HIDRA

Una nube de polvo y tierra se alzó como una rugiente ola de dolor. Se hizo el silencio. El fuego crepitaba en sus manos, en su espada, pero parecía aletargado, adormecido. La shinigami se sentía arrinconada, estaba retrocediendo, perdiendo terreno ante él.

Sintiéndose superior, divertido, Fuyaji Fuyo se carcajeó.

-Y bien, encanto...- susurró, curvando sus gruesos labios en una mueca de desprecio. -¿Le vas cogiendo el tranquillo a esto de caer de rodillas?-

Airada, la shinigami escupió, irguiéndose, trabajosamente, de nuevo, y encarando su flamígero acero al colosal rival que la estaba desafiando.

Aquella bestia no parecía humano, no señor, no podía ser. De madre y padre corrientes no podía haber surgido un leviatán como aquél, de más de dos metros quince de altura, y de músculos fuertes como ruedas de tractor. No, no podía ser que aquel gigante de ébano, de negros ojos y oscura piel fuera un ser humano corriente. Sencillamente no podía ser.

Sacudiéndose el rojizo cabello de la frente, la shinigami trató de cargar nuevamente contra él, pero el musculoso soldado se movía con una agilidad más que sorprendente para un hombre de su talla. Paraba sus golpes como si los estuviera lanzando una niña, se anticipaba a sus movimientos como si ella no hubiera luchado con la espada jamás.

La hacía bailar de izquierda a derecha, de un sitio a otro, con cada acometida del broncíneo garrote que portaba a modo de zampakutoh. Obligándola a huir, a esconderse para evitar ser destrozada por la potencia de los golpes, obviando el fuego de su espada como si sus llamas apenas le hicieran sentir calor.

Y luego estaba su sonrisa, esa sonrisa burlona...

-Vamos, señorita oficial... ¿no lo sabes hacer mejor?- prosiguió, lanzándole pullas, besos, guiños. -¿No te enseñaron que una espada no es una aguja de coser, eh?- continuó, parando un mandoble con insultante facilidad y empujando a su contrincante hacia atrás con su brutal fuerza, doblando a la shinigami por completo, menospreciando la debilidad que leía en los gestos de ella, en su esgrima, en su feminidad.

Parecía realmente el combate de un toro contra una gata, de una potente pantera contra una pequeña perdiz. Bastaría un golpe para que la derribara, bastaría un zarpazo del coloso para destrozar el esbelto cuerpo de aquella mujer.

Y todo hacía presagiar que ese momento estaba al llegar.

Fuyo barrió el aire una vez más con su gigantesco garrote, obligando a la shinigami a encogerse para evitar el golpe.

Craso error.

El poderoso africano había previsto ya ese movimiento de fuga, de modo que, cuando ella pretendió moverse para burlar la acometida fatal, solo logró postergar unos breves segundos el fin. Pues aquel violento mandoble solo había sido una distracción, solo una finta precisamente calculada, y, al encogerse, engañada, la shinigami, el gigantesco guerrero encontró un golpe franco donde descargar.

Sostuvo la respiración, fijó sus negras pupilas en la desprevenida oficial y tensó los músculos de sus brazos, que parecieron oscuras encinas siendo taladas, milenarias secuoyas, cayendo con toda su fuerza sobre el frágil cuerpo de aquella mujer.

Y entonces alguien rió, y un jadeo de dolor lo inundó todo con el amargo sabor metálico de la ignorancia.

Y unos ojos de perdiz, de mujer, de gata, brillaron por encima del resto, reflejando la luz del sol. Y unos cabellos carmesíes se tiñeron con el borgoña de la sangre y del fuego, que aullaba, que se alzaba como una fumarola en sus manos.

La shinigami sonrió, irritada aunque complacida, ladeando su desvergonzada ironía en una satírica mueca que otorgaba más valor, si cabe, a las demoníacas astas que coronaban su sien.

Pues ella tampoco era humana, no señor. No lo podía ser. Era imposible. De madre y padre corrientes no podía haber surgido una mujer como ella, capaz de dejar que su rival creyera ser el que dominaba el combate solo para hacerlo todo algo más interesante. Capaz de forzar la farsa prácticamente hasta el momento final.

Se mire como se mire, a ningún hombre, mujer o bestia, se le hubiera podido ocurrir actuar de modo así. Definitivamente, Uchiha Nalya, tercer oficial de la novena división, era un caso verdaderamente particular.

Suspirante, la pelirroja oficial, envainó su espada con cierta desidia y, con aire despreocupado, se acercó hasta su derrotado rival, que yacía, jadeante, en el suelo.

Grande como era, el africano parecía aún más descomunal allí tumbado, boca arriba. Su cuerpo apenas sí se movía, pero sus ojos permanecían con la mirada fija en el cielo, derrotados. Un insoportable dolor lo acometía, sin duda, pues tenía los brazos cubiertos de profundas quemaduras y una herida sanguinolenta en el costado, que se dejaba ver a través del pardo yukata del soldado. Sin embargo, no debía temer por su vida, lo sabía. Y Nalya también lo sabía, pues se había preocupado de ello.

La oficial había perdido ya a tres testigos potenciales del caso de las desapariciones a manos de Shin, y no estaba dispuesta a que, en caso de que el tal Kastar no fuera el responsable, no fuera a disponer de alguien con quien "hablar" de ello.

Aquel enorme bastardo misógino era ahora su prisionero. "Por el momento", se recordó a sí misma, mientras pasaba su mirada por su curtido rostro, buscando algún rastro de aquella prepotente sonrisa de antes.

-Sí...- se repitió, esta vez en voz alta -mi prisionero...- mientras sacudía la cabeza con levedad, como si se estuviera convenciendo a sí misma de algo.- Parece que, después de todo, "encanto", no voy a poderte matar.- le susurró, vengativa, saboreando cada sílaba pronunciada. Y, dejándolo allí tirado, alzó la vista, curiosa, hacia el resto de la escaramuza, paseando su atención por cada uno de los combates que se habían estado desarrollando allí desde hacía un buen rato ya. Al ver lo que estaba sucediendo, sin embargo, su rostro cambió de expresión. Primero se estrechó su sonrisa, hasta desaparecer por completo. Luego, en cambio, resopló, llevándose la palma de la mano a la frente. Finalmente, incapaz de contenerse más, estalló en un ataque mezcla de furia, vergüenza ajena y sinceridad. -¡Me cago en la puta, que sois dos contra uno!- clamó, en primer lugar. -¡Tú, cuatro ojos, ataca por el flanco, joder, por el flanco!- recriminó a otro de sus hombres a continuación, que respondieron a aquellos aspavientos con una mezcla, válgase la redundancia, de furia, vergüenza ajena y sinceridad, aunque esta última fuera, debido a su condición de subalternos, silenciosa, tan solo por dentro.

A pesar de ello, en apenas quince minutos, la presencia de su estimada tercer oficial sí se hizo notar entre los ocho shinigami de la novena división que habían sido movilizados allí, o tal vez fuera su superioridad de dos a uno en cada combate la que se acabó imponiendo. Sea como fuere, los miembros de la nueve lograron acorralar a sus cuatro respectivos rivales, desarmándolos, hiriéndoles, forzándoles a dejar de empuñar sus espadas. Venciendo.

Incluso Nalya sonrió, satisfecha más que orgullosa, o al menos eso era lo que se decía a sí misma. Empero, no pudo felicitarles por el trabajo bien hecho, ni siquiera darles un par de merecidos cogotazos, ni corregirles todas las malas posturas que, durante los combates, había podido ver. No pudo hacerlo, porque cuando se dirigía hacia ellos, para hablarles, otra voz resonó.

Provenía del Noroeste, justo del centro de la planicie. Del gris camino que nacía en la puerta Sur del Seireitei y se desviaba hacia levante, llevando hasta la meseta de los campos del Este y muriendo en los sombríos desfiladeros que hacían de frontera natural. Del mismo sendero empedrado por el que habían seguido a los porteadores que habían salido de la mansión de Kastar. Provenía de un hombre que, según parecía, por fin se iba a mostrar.

La voz sonó ajada aunque clara, anciana pero para nada cansada. Incluso poderosa en la advertencia que lanzó. El cuerpo que la acompañaba, sin embargo, no paraba de temblar.

-¡Ya basta!- clamó la voz. -¡Parad!- Y tuvieron aquellas palabras un efecto inmediato en los shinigami que estaban allí presentes, a apenas treinta metros de distancia. Pues todos apartaron la atención de sus prisioneros durante un momento y, sorprendidos, chocados, dirigieron sus miradas hacia aquel que les había hablado. Hacia él.

Nalya sonrió.

Era ya prácticamente mediodía, y el sol derrochaba, sin muchos esfuerzos, su luz por entre las pocas nubes que había en el cielo. A aquellas horas del día, con aquella iluminación, la pelirroja shinigami sabía perfectamente que no podía ver mejor, que no había posibilidad de que las sombras la confundieran o le ocultaran la verdad.

Veía perfectamente lo que tenía delante, a cinco, a veinte, a treinta metros. Y lo que veía era una extensión plana de tierra, cubierta de un manto verde y corto de vegetación, surcado por un grisáceo camino empedrado que se perdía en ambos horizontes, conectando la blancura de la ciudad de las almas puras con las oscuras montañas del Noroeste. Y, en su centro, en el centro de todo, un palanquín de madera, pequeño aunque de rica factura, tapizado en verde, con las cortinas, también verdes, echadas a un lado. Corridas por una mano delgada, prácticamente solo hueso y piel. Sostenidas por un débil anciano, calvo, con bigote cano que apenas podía parar de temblar. Por Kastar.

-Un viejo...- murmuró Nalya para sí, comprendiendo que su trabajo había concluido ya. No había peligro posible en un hombre como él. No podía haberlo.

Sin embargo, el frágil anciano sostenía algo en su mano derecha mientras hablaba. Era una espada, una espada larga. Una katana, de hecho, prácticamente tan alta como él, cuyo peso el anquilosado anciano apenas si podía arrastrar. Aunque ni la oficial ni el resto de los shinigami la vieron hasta que el anciano no hubo salido por completo del interior del palanquín. Y, cuando lo hicieron, no lo consideraron relevante en absoluto pues no había modo posible de que pudiera valerse de ella para combatir.

Ante aquella situación, con el anciano, vestido con un noble yukata ocre, plantado, armado, desafiante, a apenas veinticinco metros de ellos, Nalya chascó la lengua, meditabunda, evaluando lo que debía hacer.

Sus hombres se habían mantenido alerta, a pesar de la súbita aparición del principal sospechoso, del hombre al que habían de detener. Durante todo aquel rato habían estado pendientes de sus prisioneros, de aquellos soldados que, aunque heridos, sin duda podían resultar mucho más peligrosos que el viejo al que habían estado escoltando con tanto fervor.

Finalmente, sonrió, viéndolo claro, la pelirroja oficial de la nueve había tomado una decisión. Alzó la mano hacia uno de los subalternos que tenía más cerca y le indicó el anciano con un rápido gesto de muñeca. El shinigami asintió. Iban a detenerlo. Ya.

Con la espada desenvainada, respetando el protocolo al que debía atenderse ante cualquier detención oficial, el shinigami, de pelo corto y pajizo, y cuyo nombre Nalya nunca lograba recordar, avanzó de modo resuelto hacia el anciano, hacia el cadáver tembloroso, viviente, al que habían venido a buscar.

Cuando estaba a menos de cinco metros de distancia, se paró.

-Kastar Grogios- enunció, con solemnidad. -En el nombre de los escuadrones de protección del Seireitei, daos por preso. Entregad vuestra arma y...- sin embargo, un gesto del anciano lo interrumpió.

El demacrado viejo, que había contemplado toda la evolución del shinigami a través del campo con aire calmado, con los brazos a los costados, había adoptado de modo repentino una postura de agresión al escuchar las últimas palabras del joven.

Con un indescifrable brillo en los claros ojos, el viejo había flexionado las flacas rodillas, separando los pies, y había cerrado también su mano izquierda alrededor de la empuñadura de su katana, que hasta entonces había pendido de su débil brazo derecho. Y así, sorpresivamente, usando la fuerza de ambos brazos, la había logrado levantar.

Ahora el shinigami estaba allí, frente a un viejo armado que, por lo que parecía, no tenía pensado entregarse sin luchar, preguntándose qué debía hacer para retenerlo. ¿Debía cruzar espadas con él? ¿Debía tomárselo en serio?

Consideró, incluso, el echar la vista atrás para buscar el consejo de su oficial al mando, pero al recordar quién era ésta resolvió que lo mejor sería obrar con simple y llana serenidad. "Con seriedad y prudencia" se recordó, pero esas palabras quedaron en eso, en un breve recuerdo evocado, al descubrir el incontrolable temblor que aquella postura forzada estaba desencadenando en los fatigados brazos del anciano.

Ante aquel involuntario gesto de cansancio, y sacudiendo la cabeza, el shinigami sonrió, y dio un paso adelante, tranquilo, confiado, como el resto de sus compañeros, que contemplaban el espectáculo desde la distancia. Como su misma oficial.

-Bajad el arma, señ...- repitió, condescendiente, el shinigami, acercándose a él. Pero entonces fue el anciano el que, inesperadamente, sonrió.

-Hydra...- murmuró, con un hilo de voz. Y su pulso se volvió de hierro, sus nervios, de acero. Su espada dejó de temblar.

Y el infierno se desató.

Del corazón del anciano, de su débil espada, surgió una serpiente de fuego, un dragón de ardientes colmillos, una bestia. Era mayor que veinte pitones, y sus llamas rugían con fuerza, haciendo temblar la tierra.

La hidra, estaba aquí.

El estallido inicial golpeó al shinigami de pleno, arrastrando su insignificante cuerpo en una tormenta de llamas, en un tornado de fuego. Completamente cogido por sorpresa, el miembro de la nueve no pudo ni siquiera protegerse, no pudo huir.

Salió despedido hacia atrás, como embestido por la furia de un toro, yendo a caer entre sus compañeros shinigami, entre sus amigos, sin que ninguno de ellos pudiera aún reaccionar.

La ígnea lengua se alzaba ante ellos, ante todos ellos, como un gusano de fuego, como un ardiente y vengativo dios. El frágil cuerpo del anciano era ahora apenas visible, una sombría ascua entre la hoguera que alimentaba su fuerza interior. A sus espaldas, el palanquín humeaba, consumido, devorado por el aura de su señor. El día parecía haber oscurecido, la sombra de las cenizas había ocultado el sol, había reclamado su trono. Ahora, en aquella planicie, la violencia del fuego de Kastar había impuesto otro rey.

Buscando dominar su miedo, sus afectados impulsos, los shinigami se revolvían, inoperantes, mirando con horror y fascinación el hipnótico balanceo de la encarnación de la zampakutoh. No sabían qué hacer, no sabían cual debía ser el siguiente paso.

"¿Qué está pasando?" Se preguntaban los hombres de la nueve entre sí.

Frente a ellos, aprovechando la confusión, los prisioneros habían empezado a liberarse, a recuperar el control. Todos, sin excepción, estaban de pie, armados, de nuevo. Sin embargo, no les presentaban batalla, no buscaban vengarse de sus captores. Solo corrían, corrían hacia su señor, hacia el amo de la bestia de fuego, hacia Kastar Grogios.

Uno de los shinigami, al verlo, se lanzó hacia delante, para tratar de cortarles el paso, para recuperar por la fuerza la custodia de aquellos hombres. Una voz, empero, lo paró.

-¡No!- clamó, con autoridad, haciendo que hasta el último de sus hombres reaccionara. –No- repitió, dando un paso adelante, desenvainando su espada. -¡Dejadlos! ¡Reagrupaos!- ordenó a continuación, con la vista fija, sin embargo, en el infierno de fuego que bullía frente a ella. -¡Ocupaos de vuestro compañero, y manteneos detrás de mí!- advirtió, y en la firmeza de sus palabras había una tensión, un convencimiento, que no admitía discusión. –No podéis enfrentaros a él.- sentenció, mientras daba un nuevo paso adelante, hacia las llamas, hacia el fuego. –pero yo, sí. ¡Vilnya...!-

Y de sus gráciles manos, del filo de su espada, otro foco de fuego surgió, desafiando a la monstruosa encarnación del anciano.

Un nuevo poder aulló.

Como siempre que liberaba su zampakutoh, sus rojizos cabellos se arremolinaron por el poder desatado, danzando alrededor de sus pequeños cuernos como las olas de un rojo mar. Al sentir como el poder crecía en sus manos, Nalya entrecerró los ojos a la vez que echaba el mentón hacia arriba. Aspiró profundamente: fuego y cenizas, el olor de su espada, de su fuerza, de su ser.

Mientras las llamas iban brotando, la shinigami sintió el respaldo de su alma, sintió como ésta la completaba, como la hacía ser una consigo misma. Escuchó una voz, levemente, un susurro. Abrió los ojos, y miró al frente. La figura de su oponente se alzaba, difusa, en el vientre de aquella serpiente de fuego, llamando a su espada, desafiándola.

La oficial sonrió.

El fuego de Vilnya, de su katana, la acunó entre sus llamas, envolviéndola en una infernal esfera de fuego, amenazando con calcinar a cualquiera que tratara de entrar allí. Y, entonces, sin esperar un segundo, Nalya cargó.

Se lanzó hacia la descomunal serpiente de fuego con toda su mente, con todo su ser, atravesando la ensombrecida planicie como una flecha en llamas disparada entre nubes de tormenta.

Mantenía la espada en la mano derecha, con el ardiente acero apuntando hacia atrás, toda ella preparada para dar el golpe que decidiera aquella batalla, que terminara con aquel dragón. A su alrededor, el espíritu de su katana cremaba, protegiéndola con su fuego, revolviéndose, crepitante, ante la enorme figura que se alzaba ante ella. Ante aquella serpiente de llamas, que rugió con la voz de un volcán, que se arqueó, como una gigantesca cobra antes de lanzar el fatal ataque. Que se disparó como un gigantesco resorte para devorar a aquella pelirroja mujer que, vestida con el color negro de los dioses de la muerte, envuelta en las llamas de su alma, pretendía desafiar a su señor.

Ambas espadas se movían con furia, ambas llevaban grabadas sus nombres con las llamas de un fuego infernal. Ambas se lanzaron, la una contra la otra, en un choque suicida, en un violento y alocado duelo de voluntades que solo podía tener un final.

La grácil guerrera, ardiente, como una luciérnaga, iba a ser devorada por una bestia sin parangón. Las llamas la consumirían, la harían desaparecer. No había remedio.

El choque era inminente. La serpiente abrió sus vulcánicas fauces, mostrando a su contrincante cual iba a ser su destino, su final. La bestia rugió, la shinigami, en cambio, no dijo nada, solo siguió adelante, tensando su gesto, arqueando el cuerpo, soportando el calor. Descargando contra la hidra el más fatídico de sus golpes.

Y la bestia se desvaneció.

Con un sonoro rugido, la colosal serpiente de fuego se vio traspasada por una hoja de llamas cuya intensidad iba más allá de las suyas, cuyo poder sobrepasaba en mucho el de Kastar.

El corte de Vilnya sacudió al ígneo gusano por completo, haciéndolo trastabillarse, apagarse, morir.

Nalya, sin embargo, no se había detenido.

Con la misma resolución, con la misma ardiente inercia, que le habían permitido derrotar a la bestia, la oficial de la nueve se estaba dirigiendo más allá, hacia el núcleo de las llamas. Hacia Kastar.

Desprovisto del apoyo de su espada, el anciano estaba, ahora, desprotegido. A su alrededor se habían reunido todos sus desconcertados hombres, incluso el gigantesco africano, pero Nalya sabía que tampoco ellos eran rivales para su firme acero y su llameante poder.

Sintiéndose una diosa de fuego, imparable, la shinigami prosiguió su camino, corriendo a toda velocidad por la planicie, hasta el sendero, cargando a través del humeante campo con una sola imagen en la retina: Kastar.

El viejo parecía nuevamente derrotado, perdido. En sus ojos se adivinaba una resignación que su anciana mente no podía haber previsto. En sus manos, un gigantesco acero era apenas sostenido por sus brazos. Y, sin embargo, cuando Nalya menos se lo esperaba, el anciano sonrió.

-¿Qué...?- murmuró, la oficial, para sí. Tratando de ver más allá de aquella sonrisa, de aquel gesto, cuando, de entre las manos del anciano, una nueva e igualmente enorme lengua de fuego brotó, creciendo de modo violento, con furia. Cogida por sorpresa, la shinigami se paró, deteniendo su avance, su paso, pero no sus ánimos. Para nada. -¿De veras crees, bastardo, que estas ridículas llamas me van a poder detener?- Le desafió, entre gritos. Pero el anciano no contestó, no hizo falta.

Fueron otras voces, otros gritos, los que dieron su réplica a Nalya. A su espalda, otra lengua, otra serpiente, otro gusano, había empezado a rugir.

-¡Corred!- escuchó la oficial, detrás de ella. -¡Huid, dispersaos!- Resonó con frenética voz.

Nalya sintió un escalofrío, no lo pudo evitar.

Como en una cuidada partida de ajedrez, su rival la había atraído hacia él, engañándola con una estudiada farsa. Alejándola de sus hombres, dejándolos a su merced.

Kastar había tendido una trampa, y ella había caído. Nalya se maldijo por su estupidez.

Furiosa consigo misma, desesperada, volviendo por fuerza a la realidad, la shinigami se dio la vuelta hacia donde estaban sus subordinados, y se lanzó a toda velocidad para socorrerlos, olvidándose de todo lo demás.

No iba a llegar a tiempo.

Había una bestia de fuego allí, un colosal gusano, que bailaba alrededor de sus presas, amenazando con devorarlas. Frente a ella, varios de los shinigami portaban, en sus manos, sus espadas liberadas, tratando de combatir al enemigo con su exiguo e inmaduro poder.

No iba a servir de nada. Los acerados dardos de uno de ellos pasaron a través de las llamas de la serpiente como si ésta no hubiera de estar allí. El azulado fuego de otro murió al contactar con el aura de la bestia, y lo mismo sucedió con el resto de los ataques que lanzaron.

"¡Huid, dispersaos!". Desde luego, viendo como se estaba desarrollando todo, aquella parecía ser la única opción.

Dos de los shinigami hicieron eso, pues, separarse del resto moviéndose con agilidad hacia un lado, distrayendo a la bestia con sendos rayos de kidoh mientras dos de sus compañeros aprovechaban para llevarse a su malherido colega de allí, el mismo que había salido herido del anterior choque con la primera serpiente de fuego. Sin embargo, la bestia no titubeó.

Pasando por alto el hecho de que más de la mitad de sus presas estuvieran saliendo de su alcance, la ígnea serpiente se lanzó con furia contra las tres que aún tenía a su merced. Éstos, movidos, tal vez, por la inexperiencia en una situación tal como aquélla, se limitaron a repetir sus mismos movimientos de antes, liberando el poder que contenían sus espadas y lanzando un ataque conjunto contra el gusano.

Nalya gritó.

El estallido cegó a los shinigami que sí habían logrado escapar de la serpiente. Los cinco estaban más o menos bien, incluso el que había sido derribado por la primera bestia. Se habían mantenido a salvo moviéndose con rapidez, separándose del grupo, retrocediendo a varias decenas de metros de distancia de los otros. Sus rostros, empero, estaban desencajados por la certeza de saber que no había modo posible de que el resto de sus compañeros pudieran estar bien.

Cuando el espeso manto de llamas, luz y de polvo se hizo a un lado, sin embargo, fueron testigos de algo que les dejó sin respiración.

No había tres, sino cuatro figuras en el lugar en el que habían estado sus colegas. Tres de ellas estaban en el suelo, temblorosas, encogidas, y solo una se mantenía de pie. Era una figura delgada, de porte grácil, inconfundible, astada. Era su oficial. Era Nalya.

-O... o... oficial- musitó uno de los tres shinigami, recién incorporado aunque aún aturdido por el golpe. El tipo no podía creer que su oficial al mando hubiera llegado a tiempo para detener el avance de la serpiente, que hubiera salvado sus vidas, las de todos. Trató de rememorar lo vivido, pensando en lo que había sucedido, pero su atención se distrajo al contemplar más fijamente la silueta de su salvadora –Su... brazo...- titubeó.

Lanzando una flamígera estocada con su zampakutoh, la shinigami había, al parecer, logrado contener el ataque de la serpiente, tejiendo una barrera de fuego alrededor de sus hombres, manteniéndolos con vida. La explosión resultante del choque, sin embargo, la había alcanzado de pleno.

El brazo izquierdo de la oficial y parte de su costado, estaban cubiertos de oscuras quemaduras y ampollas. La piel, en algunas zonas, había sencillamente desaparecido, haciéndose a un lado entre retazos de sangre y ennegrecida carne. La mano izquierda de Nalya incluso humeaba, sangrando fuego.

Pero la shinigami no se quejó.

Tenía la mente fija en las llamas que se habían vuelto a congregar en la planicie, en la malévola bestia de dos cabezas que danzaba, mirando hacia el cielo, con aquel anciano a sus pies.

-Kastar...- masculló, llena de ira.

Podía verlo sonreír.

-Oficial, ¿se encuentra bien?- irrumpió, entonces, a su lado, una voz. Nalya no respondió, ni siquiera se giró para mirar a su subordinado. –Oficial...- prorrumpió, de nuevo, la misma voz.

En esta ocasión, las llamas de Vilnya hablaron por su señora."¡Callad!" parecieron decir, cuando se alzaron, arremolinándose alrededor de la pelirroja oficial de la nueve, buscando deshacer el embrujo de los poderes del anciano.

-Haceos a un lado.- murmuró Nalya a continuación, dirigiéndose a sus hombres. –Si hace falta, huid.- Y, aún ensangrentada, aún herida, se dispuso a lanzarse hacia delante, a derrotar a su astuto y ladino enemigo.

Si los apartaba lo suficiente, si le quitaba al traicionero viejo la oportunidad de escudarse en la debilidad de sus hombres, Nalya estaba más que convencida de que lo iba a poder derrotar. De igual a igual.

Pero era aquélla una ventaja que, sabio, el anciano no iba a dejar escapar.

No había dado Nalya un paso hacia delante, no había acabado, siquiera, de advertir a sus subordinados, cuando dos rugientes lenguas de fuego brotaron de entre la tierra, a los pies de los shinigami, a espaldas de Nalya, amenazando con devorarlos.

Reaccionando con celeridad, la tercer oficial de la nueve descargó el fuego de su espada contra las gigantescas serpientes, haciéndolas retroceder. Todo parecía estar bajo control, sus hombres estaban situándose detrás de ella, como les había señalado. Sin embargo, cuando el afilado fuego de la shinigami estaba imponiéndose una vez más, dos nuevos gusanos aullaron, a varios metros de distancia de ella.

Los otros cinco shinigami, los que habían esquivado el anterior ataque, los que habían retrocedido hasta encontrarse a salvo, no habían llegado, empero, lo suficientemente lejos, en realidad.

El gigantesco poder de Kastar los había alcanzado, los había rodeado, en forma de dos colosales serpientes de fuego.

Nalya tragó saliva. Habiéndose revelado todas las cartas, ya no estaba tan segura de poder vencer.

Desafiando los límites de su concentración, la shinigami alzó su malherido brazo izquierdo hacia sus cinco hombres y, mordiéndose los labios por el dolor, tejió una luminosa barrera de kidoh a alrededor de ellos.

Sus subordinados, al ver aquel muro de energía aparecer, se sintieron aliviados, reconfortados, porque sabían que solos no iban a poder deshacerse de aquellas serpientes. Pero no se quedaron, empero, cruzados de brazos. Leyeron a la perfección en las intenciones de su oficial y reforzaron, de inmediato, las paredes de aquel escudo con sus propios poderes. Aguantaron, temerosos, callados, el impacto de las lenguas de fuego contra la barrera, cuando todo se sacudió.

Temblaron los muros del escudo alzado, titiló la luz de las paredes, pero, sin embargo, aguantó, aguantó el golpe, la embestida. Aguantó. Y las bestias de fuego retrocedieron.

Dibujando una torcida sonrisa en sus labios, Nalya se sintió reconfortada, a su vez, por aquel pequeño triunfo, pero tuvo que desviar su atención a sus espaldas de inmediato, puesto que Vilnya estaba librando su batalla también.

Del mismo modo que había sucedido con la barrera de kidoh, las llamas de la espada de Kastar tampoco parecían poder penetrar el fuego de la zampakutoh de Nalya combinada con el poder de los tres shinigami escudados en su interior. Una vez tras otra, los gigantescos gusanos trataban de alcanzar a sus presas, mordiendo con sus ígneas fauces. Una vez tras otra se veían rechazados, repelidos, incapaces de proceder.

Aliviada, Nalya suspiró. Las estaban manteniendo a raya, a las cuatro. Podían...

Cuando un doloroso escalofrío la acometió.

Las cuatro serpientes de fuego, las cuatro, se estaban arqueando hacia atrás. Las cuatro. Preparándose para atacar, para golpear a la vez, para coordinarse en un único ataque en dos frentes, en un mismo momento.

Instintivamente, la shinigami desvió su atención de sus hombres y miró más allá, hacia el palanquín, hacia Kastar que, envuelto en su propio infierno, sonreía. De sus manos, una nueva serpiente había brotado, moviéndose velozmente, recorriendo entre aullidos los escasos treinta metros que los separaban a ambos. Directamente hacia Nalya.

Y, ocupada como estaba en mantener a sus subordinados vivos, la oficial sabía que no la iba a poder detener, que no iba a poder hacerlo. Que, entre sus hombres y ella, iba a tener que elegir.

Desesperada, buscando, tal vez, un milagro, quizás ganar algo de tiempo, la pelirroja shinigami dividió parte de las llamas de Vilnya, debilitando el escudo de fuego. En ese momento, sin embargo, las serpientes embistieron.

El muro de llamas a duras penas aguantó, y Nalya supo que no podía restar poder de las paredes de aquella barrera, del mismo modo que no podía apartar su brazo izquierdo, ni su concentración, del escudo de kidoh. Estaba demasiado débil. Por lo que parecía, sus heridas habían sido más graves de lo que, en principio, había pensado.

El dolor la atenazaba, golpeándola con un centenar de alfileres, las rodillas empezaban a flaquearle, también, por la pérdida de sangre, y la insoportable tensión sostenida no hacía sino martillearle las sienes con fuerza.

A cada segundo, la lengua de fuego se le acercaba más. Era inmensa. A cada segundo, sin embargo, se sentía más débil, más vulnerable. Y sus hombres no iban a poder resistir solos contra el poder del anciano, eso lo sabía.

Nalya suspiró, buscando concentrarse, aislarse, escuchar el consejo su voz. El calor se hacía más insoportable, las llamas se acercaban, los escudos estaban cediendo.

"¡Joder!" murmuraba, mientras tanto, por dentro, con la conciencia fijada en sus hombres. "¡Yo no pedí esta puta responsabilidad! ¡Yo no la pedí!" clamaba, en silencio, maldiciéndolo todo.

Sentía el brazo izquierdo adormecido, todo el costado, de hecho, en un agónico sueño del que solo despertaba para golpearla con dolor. Apenas si podía mantener el escudo de kidoh, y sus shinigami no iban a poder sostenerlo solos. Tal era la tensión que sus cuernos, símbolos de su extraño poder, estaban encendidos, prácticamente prendidos en luz y llamas por la mucha energía desatada, por su sobrehumano esfuerzo.

Y entonces oyó un rugido, alzó la mirada. La hidra atacó.

Coordinándose en un único y devastador ataque, las cabezas de serpiente golpearon a la vez. Cuatro de ellas buscando perforar los escudos de los shinigami, la quinta tratando de derribar a su oficial.

Milagrosamente, Nalya logró esquivarla, usando las fuerzas que le quedaban para desviar el curso del ataque del gusano con una estocada de fuego. Para lo que venía a continuación, empero, no estaba preparada, no tenía posibilidad de salvación.

Detrás de la serpiente que la había atacado, se habían escondido otras cuatro. Cuatro cabezas de fuego, de llameante reptil, que tenían un único propósito, una única intención: destruirla.

Nalya trató de esquivarlas, pero esta vez no fue lo bastante rápida, estaba demasiado cansada. Logró burlar los ataques de tres, pero la que hizo cuatro la golpeó en el tobillo, arrastrándola al suelo. La quinta serpiente, viniendo por su espalda, la derribó.

Arrinconada, vencida, la shinigami hizo el intento de incorporarse, pero el dolor que había estado acallando durante todos aquellos minutos se cernió sobre ella sin compasión.

Con el costado izquierdo inoperante, inmovilizado, se apoyó en su codo derecho y en su espada para tratar de levantarse, de ponerse en pie, de enfrentarse a su rival. Sin embargo no pudo, apenas si le quedaban fuerzas para respirar.

A su izquierda, a lo lejos, podía ver la intermitente luz del escudo de kidoh, titilando irregularmente ante el asedio de unos rivales que no iban a tardar en romperlo. En su cabeza y detrás de sí, la shinigami podía sentir los aullidos de Vilnya, los gritos de amargura y dolor con que el espíritu de su espada encajaba los golpes de las serpientes. Frente a ella, a su alrededor, podía percibir el flameante aliento del resto de las cabezas de la hidra, amenazando con el ataque que lo iba a resolver todo.

Nueve cabezas, nueve bestias de fuego, nueve voraces serpientes que el astuto Kastar había mantenido en secreto hasta el momento crucial. Un golpe maestro, lo tenía que reconocer.

Negando, sin embargo, en su mente, ese golpe final, agarrándose a un clavo ardiendo, Nalya trató, nuevamente, de levantarse, de alzarse, de desafiar aquel poder. Empero, cuando prácticamente lo había conseguido, incorporándose, cayó derrotada, de rodillas, incapaz de soportar su propio peso. Quedó arrodillada, con los brazos a los lados. Calcinado por las llamas, ennegrecido, uno; sosteniéndose en y sosteniendo el fuego de su espada el otro.

Perdiendo la noción de las cosas, viéndose desfallecer, Nalya tuvo las fuerzas justas para sonreír, con el gesto torcido, con amargura, mientras se repetía con sarcasmo que, de hallarse en una situación como aquélla, siempre había pensado que huiría, salvando el cuello, dejando a sus hombres morir.

-Joder...- murmuró, con un hilo de voz. –Buen momento para reformarte has elegido...- Y alzó los ojos hacia los cielos, hacia un sol gris, oscurecido por los humos y las cenizas, que, rodeado por las llameantes cabezas de las serpientes de fuego, iba a ser testigo de su perdición.

Sobre ella, las cinco cabezas de reptil bailaban, hipnóticamente, centradas en el cuerpo de la oficial. Aguardando la orden, el momento. Postergando, tan solo unos segundos, la ejecución.

Incapaz de mantenerse consciente, Nalya cerró los ojos. Las fuerzas estaban escapando de su cuerpo, huyendo, fluyendo como su mañana.

Oyó, atenuados, los gritos de sus hombres. Suspiró. Todo estaba decidido.

Las bestias se lanzaron contra ella. Escuchó sus rugidos, sintió su aliento. "Ya no hay nada que pueda hacer".

Primero, sombras. Después, luz.

La explosión le arrebató la conciencia, los sentidos. Sintió como se apagaba su mente, como su cuerpo se iba inclinando hacia un lado. Sintió como sus dedos perdían la fuerza y como su espada caía, como su energía se desvanecía, como su llamas se iban extinguiendo.

"Qué decepción..." escuchó, en su mente. Y su cuerpo cayó.

Cayó. Se fue inclinando, ladeándose sin remedio. Sin embargo, no llegó a tocar el suelo.

Antes de hacerlo, de caer por completo, de desaparecer, sintió una fuerza familiar que la sostenía, que la estaba sosteniendo. Una calidez que supo que no la iba a dejar caer. Hoy no. Y junto a esa fuerza, esa calidez, percibió, también, un extraño olor. Un curioso aroma, rodeándolo todo.

No sabía lo que era ese olor, no estaba segura. Sin embargo parecía... parecía... "¿loción para el afeitado?" murmuró para sí, sin poder evitar sonreír por dentro debido a lo absurdo de todo aquello. "Loción para el afeitado..." se repitió, rodeada de miedos, de dudas, de sombras, hasta que una voz se abrió paso en su mente, apartando las tinieblas, rompiendo su oscuridad. Murmurándole suavemente:

-Bueno, cornuda. Parece que hoy me apetecía hacer algo por ti.-