Capítulo 36
Severus pensó mucho esa noche. No solo acerca de Lily, de su amistad, sino también de su futuro. El santuario era un lugar seguro; no le importaría continuar sus investigaciones ahí. Tan solo deseaba, por otro lado, poder comunicarse con la Academia, con la maestra Nuska. Ella tenía mucha experiencia en proyectos de investigación y quería que le asesorara sobre la posibilidad de continuar en Inglaterra pero con el sello de la Academia.
Esa era la parte conflictiva, no obstante. Si tan solo pudiera viajar fácilmente entre Tovenarij e Inglaterra, Severus no estaría pensando tanto ese asunto. No, el problema radicaba en que no podía viajar. Si pudiera viajar, aquel sitio en el que estaba no sería un santuario sino un cuartel y no habría que defender a inocentes. Severus suspiró profundamente, viéndose en una vicisitud importante.
Por otro lado… Severus quería quedarse con Lily, James, Black incluso. Su relación con ellos era complicada, pues Severus no sabía muy bien en qué términos estaban, pero no le desagradaba permanecer a su lado. Y pelear contra el Señor Oscuro… Bueno, esa parte no le hacía tanta gracia, pero podía no hacerlo de todas formas. Serviría de ayuda en el santuario, pensó haciendo planes.
A la mañana siguiente, Severus se despertó con la determinación de encontrar una forma de comunicarse con Tovenarij – escapar de Inglaterra incluso – que le permitiera quedarse en el santuario. Ver a James, recuperar a Lily y sentir que estaba en casa le hacían pensar con cierto optimismo acerca de su futuro. Desayunaron en silencio, Severus acosado por la mirada insistente de Black. No había pensado mucho acerca de Regulus. No quería hacerlo de todas formas, le hacía sentir un regusto amargo en la boca.
Lily le enseñó esa mañana el campamento, donde estaba todo y lo que podía o no hacer. Algunos niños, los más pequeños, le miraban con curiosidad y algo de miedo. Pensándolo bien, Severus podía percatarse de que había niños allí que tan solo habían visto el santuario. Aquello le daba muy mala espina y le hacía sentir un coraje inusual en el pecho; su infancia ya había sido difícil sin una guerra en medio, no quería pensar en lo duro que resultaba para ellos, aquellos niños inocentes que apenas entendían lo que estaba pasando.
Lily le acomodó en un laboratorio en el edificio central y se marchó a realizar sus tareas rutinarias. Ella enseñaba magia en la pequeña escuela que habían montado. James y Black aparecían de vez en cuando por el lugar para alguna lección especial, o al menos lo que los muchachos consideraban especial. Ellos eran algo parecido a héroes entre los más mayores, pues peleaban con la Orden y les protegían. Severus sonrió sin malicia al escuchárselo decir a Lily, pero no hizo ningún comentario.
Esa tarde, sin embargo, sí sucedió algo especial. Apenas habían terminado de comer cuando las alarmas saltaron. Potter y Black se marcharon con presteza, dejando los platos medio acabados. Lily, pálida, llevó los platos a la cocina con un golpe de varita y después cogió a Severus. Afuera la gente se apuraba a llegar al edificio central, aunque no parecía una buena táctica. Severus podía escuchar llantos y gritos a su alrededor cuando, apenas medio minuto después, la alarma cesó.
Lily se quedó paralizada en su sitio. Severus la miró, inseguro de lo que había pasado en esos pocos minutos. Luego, el ciervo plateado que era el patronus de James apareció en el aire y con su voz, dijo:
—Falsa alarma. Remus ha vuelto.
Lily cerró los ojos con fuerza. Un momento después, comenzó a dispersar a la gente aterrorizada, haciendo correr la voz de falsa alarma. Severus la miró, mudo. Parecían saber exactamente qué debían hacer en caso de ataque. No dejaba de ser algo siniestro, pero parecía ser útil. Luego, Lily lo llevó a las murallas, donde James y Black abrazaban con fuerza a un demacrado Remus Lupin. Tenía una cicatriz en la cara que le recorría la mejilla y parte de la sien, pero era vieja, para nada reciente.
—Remus. —murmuró Lily. Se abrazó con fuerza al licántropo, que le correspondió con igual sentimiento. —Me alegra tanto que estés bien. Gracias por venir.
—No hay problema. Siento haberme ido, de todas formas. No debí hacerlo. —se disculpó Lupin. Llevaba al cuello un petate pequeño, seguramente todas sus posesiones. Severus lo miró con fijeza, detrás de los demás, analizándolo. Era sorprendente que hubiera aguantado tanto tiempo por su cuenta, dada su fragilidad y su maldición. —Snape, qué sorpresa verte aquí.
—Lupin. —Severus hizo una pequeña reverencia, apenas moviendo la cabeza, y Lupin le palmeó el hombro, más cariñoso. Severus le gruñó, aunque fuera por costumbre.
—¿Te quedarás? —preguntó Black, esperanzado.
—Por supuesto… Si todavía queréis que me quede.
James rió jovialmente y abrazó a Lupin con un solo brazo. La cara de Black cambió por completo, de hombre malhumorado a un joven alegre. Lo llevaron también a la casa de James, Lily y Black. Parecía haber tenido su propia habitación antes en esa casa, pues sabía dónde estaba todo y dónde se hospedaría. El resto de la tarde, los gryffindors se apostaron en la sala de estar a hablar de sus cosas. Severus se marchó al laboratorio de nuevo; por suerte era todo suyo, así que podía permanecer allí el tiempo que quisiera pensando en qué hacer.
Sus pensamientos eran, cuanto menos, poco coherentes. Tan pronto pensaba en cómo comunicarse con Tovenarij como, al instante siguiente, le daba vueltas al asunto de Black y su hermano Regulus. La pronta boda de James y Lily también asaltaba su mente a ratos, pero aquel asunto estaba solucionado mayormente.
Le costó a Severus la mitad de la tarde centrarse en una sola tarea (sus investigaciones sobre la licantropía se colaban también en sus pensamientos de forma repentina) y al final se decantó por averiguar más acerca de la comunicación entre países. El resto de la tarde la gastó entre libros y papeles, pero tampoco sintió que estuviera perdiendo el tiempo.
Los días siguientes pasaron con tranquilidad, sumidos en la rutina, hasta que la boda de Lily y James llegó. Aquella mañana era calurosa y soleada. Los dos prometidos habían desaparecido de la casa para arreglarse para la pequeña ceremonia. Severus se dio cuenta de que no sabía cómo iba a ser la ceremonia, pues Black le había dicho que iban a hacer algo tradicional del mundo mágico y él nunca se había interesado por esas cosas.
Severus se puso su túnica negra más elegante. Cuando bajó a la sala de estar, se dio cuenta de que no importaba mucho lo elegante que fuera: Lupin se había puesto su túnica menos ajada y la de Black parecía bastante vieja de todas formas. En cualquier caso, los tres fueron a la casa de los Bones, donde James se preparaba para la ceremonia. Severus permaneció al fondo de la habitación, tratando de pasar desapercibido mientras miraba todo a su alrededor.
La casa de los Bones era muy parecida a la suya en cuanto a estructura y muebles. Parecía como si fueran todas las viviendas prefabricadas, pero Severus sabía que las habían hecho con magia. Edgar Bones iba de un lado a otro, recuperando los gemelos y los cordones de los zapatos de James. Frank Longbottom le ayudaba a terminar de vestirse y, a la vez, intentaba tranquilizarle. No había nadie más, pues no hacían más que estorbar.
—Chicos, qué bien que habéis llegado. —les saludó James. Se le veía pálido y ojeroso. —¿Estoy bien?
—Perfecto, James. —le aseguró Black. Lupin, visiblemente emocionado, atinó a asentir con la cabeza.
—¿Y si se echa atrás? Quizás deberíamos esperar un poco más para la boca. ¿No somos demasiado jóvenes?
—Lleváis meses con esto de la boda y no te he visto dudar hasta ahora. —intentó suavizarlo Frank. —Tranquilízate, son solo los nervios.
Bones dio un grito de alegría, levantándose con aire triunfal. Los gemelos brillaban en su mano. Se apresuraron a ponérselos a James, que no dejaba de moverse de todas formas. Severus suspiró, algo abrumado por el frenetismo de la situación; luego, alguien entró en la casa, gritando incoherencias. Ese alguien corrió por la vivienda hasta la habitación donde vestían a James. Dorcas Meadowes les miró a todos, todavía sin vestir (aunque su pelo ya estaba arreglado y el maquillaje la hacía verse muy guapa).
—Snape, estás aquí. —suspiró, cansada por la carrera. Como Severus era el más cercano a la puerta de entrada, Dorcas no tuvo mucho problema en agarrarlo del brazo, tirando de él hacia la salida. —Lily te busca.
Meadowes se lo llevó de la habitación. Lo último que vio Severus de sus compañeros fue la mirada angustiada de James, pero no se preocupó: por más que James dudara en esos momentos, Severus no tenía ninguna duda de que lo haría bien, de que esa era la decisión correcta. Igual eran un poco jóvenes, pero quizás no tenían el tiempo suficiente para pasarlo juntos.
—Será mejor que te mantengas asertivo, Snape. —le aconsejó Meadowes con una mirada asesina.
Meadowes le llevó a la casa de los Longbottom. Parecía que Lily y su corte de ayudantes chismosos se habían atrincherado en la casa aunque según le había comentado Meadowes de camino, Frank había intentado calmarla antes. Severus no tenía mucha idea de lo que encontraría, pero temía que fuera algo más exagerado que las dudas de James: quizás no se sentía bien y quería cancelar la boda…
La escena que se encontró en la casa le hizo suponer que las cosas no estaban muy bien. La voz de Lily, aunque distorsionada a través de las paredes, sonaba como la de alguien muy angustiado. Otras voces, masculinas y femeninas, intentaban hacerla entrar en razón. Cuando Severus entró en la habitación donde estaba la susodicha, el resto de la comitiva hizo mutis por el foro, lanzándole miradas amenazadoras, seguramente porque creían que lo estropearía todo.
—Severus, aquí estás. —Lily se abalanzó hacia él, abrazándole. Parecía a punto de empezar a llorar. —¿No ha sido un inconveniente venir?
—No hay ningún problema.
Lily se apartó, secándose las lágrimas rebeldes de los ojos. Severus la miró bien, fijándose por primera vez en ella. Llevaba una túnica verde clara (suponía que tendría algo que ver con sus ojos igualmente verdes) muy elegante y arreglada. Se veía muy guapa con aquella ropa y los pendientes nacarados. Sin embargo, su cara estaba contraída en una mueca de angustia, dejando entrever que no todo era tan bonito.
—Estás preciosa. —Lily se sonrojó. Severus parpadeó un momento y luchó por contener su sonrojo al caer en la cuenta de lo que había dicho.
—Gracias. —las manos de Lily cogieron una de las suyas y comenzaron a jugar con sus dedos con nerviosismo. —Pero… Deberíamos cancelar la boda.
—¿Por qué? ¿No quieres casarte con Potter? —preguntó Severus.
—No, no es eso, pero… No sé si estoy preparada.
—Si no te gusta después, siempre te puedes divorciar.
—No haría falta, la ceremonia no es una de esas bodas muggles. Se supone que es un contrato de fidelidad, pero no hace falta tramitar un divorcio para romperlo. —le explicó ella. —Es solo que… ¿Somos muy jóvenes para esto? Mis padres se casaron a los 26 y entonces se contraía matrimonio cuando se era más joven. No quiero que… —Lily inspiró profundo. —Quiero a James. Eso no va a cambiar. Pero no quiero precipitarme.
—No sé qué decirte. —dijo finalmente Severus después de una prolongada pausa. —No puedo decidir por ti. No sé qué es lo mejor. Pero – no le des tantas vueltas al contrato. No es como si no estuvierais casados ya espiritualmente; vivís juntos y demás. Quizás si esto te importa tanto…
—Me importa mucho. Y sé que a James también.
—Entonces hazlo. Si te equivocas, no costará mucho remediar el error. Y si no…
—Eso es bastante pesimista. —se quejó Lily, insegura. Severus se encogió de hombros:
—Estoy siendo práctico. Este contrato no va a cambiar nada entre vosotros, solo es una formalización. Pero es importante para los dos. No me gustaría que sintieras remordimientos después si algo llega a pasarle a James.
—Lo sé. Es la razón por la decidimos… Ya sabes. —Lily se sonrojó como si hubiera dicho una obscenidad.
Severus y Lily se miraron un momento. Nada de lo que Severus había dicho hasta ese momento parecía haber convencido a Lily de que hiciera una cosa o la contraria. Severus tampoco tenía claro si tenía que animarle a llevar a cabo el contrato de fidelidad o debería sacudirle por los hombros y decirle que esperara un tiempo. Eran demasiado jóvenes, sí, pero quizás nunca pudieran casarse si esperaban al final de la guerra. Por más que todo estuviera tranquilo en el santuario, Severus podía ver los signos por todos lados: la gente era cauta y se mostraba inquieta ante cualquier signo de turbulencias. Potter estaba metido en la Orden del Fénix, eso era peligroso, pero Lily también estaba en el santuario y además era hija de muggles, su pronóstico no era mucho mejor.
—Hazlo. —dijo finalmente. —Prefiero que te arrepientas de haber firmado ese contrato a que te culpes por no haber podido disfrutar de esto con James. Tú le quieres y él te quiere, no hay ningún problema por intentarlo.
Lily le miró con ojos acuosos. De un momento a otro, rompió a llorar ruidosamente, agarrándose a Severus como si fuera su salvavidas. Pensó que igual había dicho algo malo, pero Lily murmuraba agradecida por debajo del aliento. Ante tanto estruendo, la comitiva que rodeaba a Lily entró, preocupados todos. Lily se despidió de Severus, todavía llorando pero con una enorme sonrisa en los labios, y Meadowes le acompañó hasta la puerta.
—Gracias. —le dijo con voz cortante ella. —Por lo que sea que le hayas dicho. Ya pensaba que nos quedábamos sin boda.
—Sin problemas. —le susurró Severus de vuelta, su voz igual de afilada que la de ella. —Nos vemos.
Severus se marchó antes de que Meadowes pudiera decir lo establecido por cortesía. Tampoco importaba mucho, pues ellos no se llevaban. Volvió a casa de los Bones solo para encontrarse a Edgar cerrando la puerta. Caminaron juntos – a lo lejos podían ver las figuras recortadas de los demás – y en silencio. Su esposa e hijos le esperaban en el camino, así que por educación, Edgar se quedó un rato con ellos, parado, dándole a Severus tiempo para que llegara solo hasta la plaza central.
La pequeña explanada había sido tristemente decorada: los árboles secos del final del verano tenían lazos blancos y cintas; había también una pequeña tarima y un semicírculo de sillas para los invitados. Amelia Bones, la hermana de Edgar, preparaba los papeles del contrato de fidelidad (ella había sido una oficial del ministerio bastante prominente antes de que el Señor Oscuro subiera al poder y era la más entendida en esos temas). Había más gente esperando, incluido James Potter, que no dejaba de sobarse las manos, nervioso.
Severus no quiso acercarse a hablar con él o sus otros compañeros. En su lugar, se sentó en una silla apartada y miró a su alrededor. Moody andaba por el lugar, renqueante por su pierna de madera – aquello era nuevo, pues Severus todavía no lo había visto en lo que llevaba de estancia – y con más cicatrices en la cara que antes. Los Weasley trataban de controlar a sus hijos, sobre todo a los gemelos, que no dejaban de correr por todos lados. Edgar Bones y su familia, mucho más discretos y con la sempiterna educación sangre pura, se mantenían a un lado, apartados. Los Longbottom trataban de calmar a Potter, aunque no parecía surtir mucho efecto.
—¡Severus! —le llamó en ese momento James. Severus apenas movió los ojos para mirarle discretamente (¿podía hacerse el loco por un rato más? Parecía ser imposible) y se levantó, acercándose al grupo. —¿Qué pasaba con Lily? ¿Está bien?
—Sí, sí, todo bien. —respondió Severus, intentando ocultar el cansancio de su voz. Por más que aquel fuera un momento especial para James y Lily, a Severus no le podía apetecer menos el quedarse. Tantos niños le incomodaban y la gente a su alrededor no dejaba de charlar de cosas insulsas. Al menos no esperaban que participara en esa reunión social.
—¿Seguro? —James le miró con grandes ojos. Antes de que Severus pudiera responder, exclamó —¡Ah, ya viene! Deseadme suerte.
Todos se sentaron con rapidez. Severus se deslizó hasta segunda fila, detrás de Black y Lupin. Estar en primera fila era demasiado para él, sobre todo dadas las miradas que algunos le dirigían. No confiaban mucho en él y no se molestaban en ocultarlo. A Severus tampoco le importaba demasiado: mientras los demás no intentaran nada, él tampoco haría nada. Arthur Weasley se sentó a su lado; a su izquierda, los gemelos y el niño más mayor le miraban con curiosidad.
—Ah, qué cosas más bonitas… —exclamó el mago. Severus apenas le miró, fingiendo ignorarle. —Las bodas son maravillosas, ¿no crees?
—Si tú lo dices. —murmuró finalmente Severus.
—Por supuesto que lo digo. —aseguró Weasley. —Ahí llega la novia.
Lily atravesó el pequeño pasillo central que separaba los dos bloques de sillas. James estaba en la tarima, junto a Amelia Bones, que se recolocaba el monóculo en el ojo. Lily parecía un sol en el firmamento, bella como siempre había sido. A Severus le dio cierta punzada de dolor, pues era James Potter el que la esperaba en el altar improvisado, pero lo retiró rápidamente al fondo de su mente (no le gustaba Lily de esa manera, se recordó).
—Estamos aquí reunidos para ser testigos de la unión de fidelidad de Lily Evans y James Potter. —comenzó Amelia Bones. Black le murmuró algo a Lupin delante de Severus. —Al firmar este contrato, Lily y James se comprometen a cuidar el uno del otro y a permanecer fieles a su relación y a su compañero mientras esta relación dure. Ahora, los dos compañeros leerán –
Uno de los gemelos saltó al suelo. El otro se revolvía en su asiento, discutiendo silenciosamente con su padre. El mayor de los niños los miraba con grandes ojos azules, sin decir nada. Aquel niño – no sabía si era Fred o George – pasó por delante de Severus y, cuando iba a salir al pasillo, Severus decidió que debía hacer algo al respecto. Con una mano pescó al niño por el cuello de la túnica, lo alzó unos centímetros en el aire y lo colocó en el regazo de su padre. El niño y su hermano gemelo le miraron con grandes ojos y sus pequeñas bocas abiertas en sorpresa.
—Gracias por cogerlo. —le murmuró Arthur, devolviendo al niño a su asiento.
—Guau, eso ha sido muy chulo. ¿Podemos repetirlo? —dijo el crío. Severus le lanzó una mirada asesina – él no era ninguna atracción para niños – y luego pasó su mirada al resto del séquito de críos de los Weasley, callando sus incesantes murmullos de golpe. Después, volvió su vista al frente.
—Da miedo. —susurró el otro gemelo.
James habló durante cinco minutos más acerca de todas las bondades de Lily, de cómo se habían conocido, de todas las veces que ella le había llamado cretino engreído y de cómo al final habían acabado juntos. Luego, Lily dio su parte del discurso, también larga y emotiva. Cuando terminaron, los dos tenían los ojos llenos de lágrimas de alegría. Molly Weasley se sonaba discretamente la nariz, demasiado emocionada.
Después, Amelia Bones volvió a tomar la palabra, concluyendo la ceremonia, y James y Lily firmaron en el contrato de fidelidad con manos temblorosas. Los invitados empezaron a aplaudir y pronto se volvieron a formar aquellos círculos sociales que tan poco le gustaban a Severus. Todos pasaron a felicitar a la pareja, aunque Severus no entendía qué tan importante era aquel condenado trozo de papel. Lupin le arrastró con Black y él y por un momento, Severus le agradeció por dentro: no quería ir solo a felicitar a la pareja, sería demasiado incómodo.
—¡Chicos!
—Felicidades. —Lupin y Black abrazaron a la pareja a turnos. Severus les inclinó la cabeza un poco, no realmente cómodo con tanto abrazo. Aún así, Lily primero y James después le abrazaron, aunque le soltaron bastante rápido.
No tardaron mucho en ser empujados a un lado por los Longbottom, que también querían felicitar a los novios. A Severus no le pudo importar menos el desaparecer del centro de las miradas de los demás: Moody no dejaba de mirarlo como si fuera a ponerse a lanzar maldiciones imperdonables en cualquier momento. Lupin se quedó a un lado, hablando con Meadowes sobre la ceremonia, y Severus y Black se sentaron de nuevo en las sillas. Parecía que Black quería volver a hablar.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le preguntó finalmente. Percy y Charlie cruzaron corriendo entre las sillas, delante de ellos.
—No lo sé. Si encuentro una forma de comunicarme internacionalmente, me plantearía quedarme. —le respondió Severus, sincero. Los ojos de Black brillaron con esperanza.
—Mi hermano es el subdirector del Departamento de Transporte Mágico. Si hablaras con él, podría darte ideas sobre cómo evitar al ministerio. —Black le guiñó un ojo. —Piénsalo. Él te ayuda, tú le ayudas… Y me haces un inmenso favor a mí. Si tan solo pudieras convencerle de venir aquí, ya te estaría agradecido eternamente.
Black se marchó, palmeándole la espalda con una mirada esperanzada. Severus desvió la mirada: no estaba seguro de querer salir del santuario para meterse en territorio sumamente peligroso, ni quería saber cómo estaba Regulus. Por más que su relación no estuviera excesivamente deteriorada, Severus no tenía claro si quería volver a contactar con él. Se arriesgaba a que lo denunciara al ministerio de magia, realmente. Si no, podía ponerlo en peligro al relacionarse con un desertor y un traidor.
