Pupilas de Gato III
Capítulo 35
El buen clima de Los Ángeles siempre invitaba a dar un paseo por la playa. Había tomado una buena decisión al cambiarse a esa ciudad. La extrañaría… Mientras disfrutaba la suave caricia de la arena húmeda y las olas en sus pies desnudos, Terry comenzaba a darle forma al plan que lo llevaría devuelta al teatro. Aún no tenía claro el cómo, pero sí el por qué: necesitaba un cambio.
Desde luego, era imposible que terminara de un plumazo con todos sus compromisos con el cine. Sin embargo, se las arregló magistralmente para firmar un contrato por tres años, en el que se comprometía a trabajar de lleno en sus películas durante seis meses, mientras durante los otros quedaba, en teoría, "libre". Terry se negó porfiadamente a explicar para qué quería más tiempo libre. Su agente reclamó como niño con berrinche por el nuevo capricho. Tiempo libre era tiempo perdido y dinero desperdiciado, le dijo agarrándose la cabeza a dos manos. Pero Grantchester no cedió. Los ejecutivos de los estudios, en cambio, temieron que Terry en realidad estuviera pensando en independizarse, razón por la que aceptaron sólo después de incluir una serie de cláusulas que impedían a Terry formar su propio estudio o trabajar en proyectos con cualquier otro estudio cinematográfico.
El actor no tuvo problemas en aceptar las nuevas exigencias. En otro tiempo se habría opuesto sólo para darse el gusto de hacer sentir su peso de estrella. Esta vez, en cambio, le resultaban perfectas pues en la práctica limitaban su participación en el cine, entregándole la justificación inapelable para negarse a cualquier proyecto que pudiera distraerlo de su interés principal: volver al teatro. Aunque quisiera ya no podría dedicarse a otros proyectos para la gran pantalla. El contrato nada mencionaba sobre el teatro, así que en ese campo tenía plena libertad para hacer como quisiera.
Entusiasmado por sus nuevos proyectos, Terry decidió volver a casa temprano. A su llegada fue recibido por el más completo silencio. Su pequeña mansión le parecía enorme y de una soledad insoportable. Por absurdo que pareciera, se había acostumbrado al ajetreo del hotel, a su ruidoso ir y venir de personas y empleados, a sus mil historias no contadas, a las conversaciones con Miller en el bar, a sus partidas de póker junto a Colette y hasta al mal genio de la insoportable Lefevre.
Al final de cuentas, la vida no era más que una gran ironía, pensó. Había iniciado el viaje a regañadientes, maldiciendo cada minuto del camino, y terminó volviendo casi a la fuerza no con uno, sino con dos nuevos amigos; le gustaba la idea de que fueran tres, pero dudaba que Lefevre lo considerara "amigo" después de lo ocurrido.
Terry sonrió y se sentó al piano que ya muy pocas veces tocaba (*). Durante la mañana había conversado por teléfono con su madre y se sentía bien. Muy bien. Era una estupidez que no lo hubiese hecho antes. Hacía casi dos años que no conversaban y sin que hubiera motivo alguno para tan absurdo silencio, salvo la costumbre y la falta de iniciativa. Su padre había hecho un excelente trabajo arruinando su niñez y buena parte de su juventud; él no tenía ninguna razón lógica para continuar con esa labor y arruinar el resto de su vida de adulto.
Sus dedos se deslizaron suavemente sobre el teclado. Una nota alta, una nota baja. No sonaba bien, pensó frunciendo el ceño. Decidido a hacer las cosas bien, como él sabía, se levantó las mangas de la camisa. Las cicatrices que los rasguños de Camille le habían dejado en la muñeca lo sorprendieron.
- No puedo creer que no haya hablado en tanto tiempo con sus padres…
Las palabras de Camille regresaron con total claridad. Su tono de reproche o de sorpresa, no sabía decirlo, no había sido tan elocuente como su mirada triste.
- Soy una persona muy ocupada, mademoiselle – se había defendido Terry de inmediato.
- ¿En serio? ¡No me diga! ¿Y tampoco va al baño, para no perder el tiempo?
- Hablo en serio, Camille – había contestado molesto.
- Yo también. Es que… francamente… no puedo creerlo. No lo entiendo. La vida es tan injusta.
- ¿Por qué lo dice?
- ¿Por qué? Sus padres están vivos y usted no se interesa en ellos. Si mis padres vivieran, no dejaría pasar ni un solo día sin decirles cuánto los quiero y cuánto les agradezco todo lo que han hecho por mí. Si mis padres vivieran…
Camille había bajado la vista. Sentía un nudo en la garganta. No quería que Terry viera sus lágrimas. No quería hacer una escena. No quería la lástima de nadie. No quería llorar. Terry no supo qué decir.
- Si mis padres vivieran… Si tan sólo pudiera hablar una vez más con ellos…
- ¿Qué? – la animó Terry poniendo una mano sobre su hombro sano y mirándola comprensivo.
- Sólo les pediría que me perdonaran… por todo lo que les hice… y porque… - Camille no pudo seguir. La voz se le quebró y por dentro la vieja herida de su corazón volvió a sangrar.
- Usted no tuvo la culpa de lo que pasó, Camille. Deje de repetir eso. Si sus padres vivieran estarían orgullosos de usted, de ver lo valiente y fuerte que ha sido. Estoy seguro de que todo lo que es usted ahora se lo debe a ellos. Incluso su mal humor – bromeó Terry apretándole muy suavemente el hombro.
Camille sonrió y miró hacia otro lado. Terry alcanzó a ver un par de lágrimas rodar por sus mejillas. Nunca antes la había visto así. Jamás se imaginó que Camille Lefevre, la fuerte y fría mujer de negocios, ocultara dentro de sí a una joven tan frágil. Se sintió incómodo y fuera de lugar. Lo último que quería hacer era molestarla y vaya si lo había conseguido. Sin saber qué más hacer, le pasó su pañuelo.
- Gracias – dijo Camille tomándolo. Se secó disimuladamente las lágrimas y se lo devolvió. Respiró profundo un par de veces y se incorporó de nuevo – Bueno, basta ya de dramas. Lamento que haya tenido que ver una escena tan patética. No volverá a pasar de nuevo. Por favor, discúlpeme.
- ¿Disculparla? – preguntó Terry sorprendido - ¿Por qué? ¿Por ser humana? ¿Por tener sangre en las venas? Creo que tiene una opinión muy alta de sí misma, Camille. Es normal llorar de vez en cuando.
- ¿Usted también llora?
- Ahora que lo menciona… - Terry hizo una mueca divertida y dramática, digna del mejor bufón del mundo, avergonzado de lo que estaba por reconocer –… No.
- ¿No? – preguntó Camille decepcionada.
- Claro que no. Yo soy un tipo rudo. ¿No vio acaso mi última película?
- Ni siquiera he visto la primera…
- ¡No puede ser! –gritó Terry horrorizado - ¡Dígame que es mentira! Lo dice sólo para molestarme, ¿verdad?
- No, se lo digo muy en serio. Nunca he visto una de sus películas. La única que las ve siempre es Colette. Ella es su fan, ¿recuerda?
- Mi fan número uno y por eso la amo.
- ¿En serio la ama? –preguntó Camille sonriendo.
- ¡Claro que sí! Un artista se debe a su público. Sobre todo si el público es el que paga sus viajes, su ropa, su comida y sus estadías en los mejores hoteles del mundo.
- ¡Lo sabía! – sentenció Lefevre – Lo suyo no es amor verdadero, es sólo interés.
- Desde luego, mademoiselle. Negocios son negocios… O al menos eso me enseñó una francesa malas pulgas que conocí hace algunos años.
Camille se cruzó de brazos refunfuñando y haciendo un puchero. Terry hizo lo mismo. Los dos estallaron en una sonora carcajada que hizo que a Lefevre se le escapara un par de lágrimas de nuevo, pero esta vez, de alegría.
- Está bien, está bien, señor Grantchester, usted gana. Es imposible mantener una conversación en serio con usted.
- Pues yo creo que hemos tenido una conversación bastante franca esta noche. ¿O debería decir madrugada?
- ¿Por qué lo…? ¡Oh no! ¡Son más de las tres de la mañana!
- Se nos pasó el tiempo volando. Colette me va a matar si no la llevo pronto a su habitación.
- Es verdad, mañana tenemos que levantarnos temprano – dijo Camille incorporándose lentamente. Terry la ayudó a ponerse de pie.
El camino de vuelta a la habitación lo hicieron con toda calma. Al llegar al ascensor, ambos decidieron medio en serio y medio en broma que no sería buena idea tomarlo. Habían subido sin ninguna prisa, tomando un descanso en cada piso y disfrutando de las bellas vistas de la noche de Nueva York que ofrecían los enormes ventanales del hotel. Fue entonces cuando Terry la animó a no seguir escondiéndose y darse una oportunidad de descubrir qué sentía por el doctor Duval. No sabía muy bien por qué, pero al verla tan frágil y tan sola, de pronto sintió ganas de que fuera feliz. Camille se había sonrojado y, tal como suponía, había expresado sus dudas, pero parecía dispuesta a intentarlo. Terry se había estrenado como Cupido. ¡Ese sí que era un papel que nunca había pensado interpretar!
- Bien, hagamos algo. Si yo sigo su consejo, ¿seguiría usted el mío? – le había preguntado Camille justo antes de entrar a su habitación.
- Depende.
- ¿Cómo que depende? – reclamó Camille.
- Depende… si me aconseja que baje en ascensor con usted, no le haré caso.
- ¡Terry! – dijo Camille con un grito ahogado.
- ¡Shh! Va a despertar a los huéspedes del hotel. Está bien, está bien. ¿Cuál es su consejo? – preguntó Terry entre dientes, aguantando la risa.
- Hable con sus padres.
La sonrisa se le borró de inmediato del rostro. Nunca nadie, salvo Candy, le había pedido que hiciera tal cosa.
- No me mire así. Se lo digo en serio. Usted tampoco quiere ser como yo, Terry. La vida es demasiado frágil. Hace sólo unos días estábamos colgando en el pozo de un ascensor y por poco nos matamos. ¿Se imagina qué habrían sentido sus padres?
- Mi padre habría sentido alivio, supongo – contestó Terry en tono amargo, cruzando los brazos y desviando la mirada. Lo último que necesitaba eran los consejos que una desconocida tenía que darle su vida privada.
- No le creo…
- Usted no tiene idea de cómo es mi padre. No tengo nada que agradecerle, ni nada que hablar con él.
- ¿Está seguro?
- Absolutamente.
- Pues su cara de rabia me dice algo totalmente distinto – Terry abrió los ojos sorprendido y molesto – Pero está bien, está bien. No quiero incomodarlo. Sólo trato de ser tan honesta como usted fue conmigo. Dese una oportunidad, Terry. A usted y a sus padres. Tal vez…
- Tal vez si usted supiera la historia no se atrevería ni siquiera a insinuarme esto.
- Pues entonces, me alegro de no saberla. Hágame caso – le dijo Camille acercándose y poniéndole una mano sobre el hombro. La chica era más baja que él, así que aunque estuviera empecinado en mirar el suelo, sus ojos no tardaron en encontrarse con los de Lefevre. En la oscuridad, creyó notar que lo miraba con ternura, como a un niño pequeño – Hable con sus padres. No pierda el tiempo, Terry. No lo piense demasiado. Sólo hágalo.
Y lo había hecho. Esa mañana, sin pensarlo, sin proponérselo, sólo lo hizo. La conversación con su madre lo liberó de un peso que no sabía que llevaba dentro y esa tarde respiraba tranquilo y optimista. Había cumplido con su parte del trato con Lefevre. ¿Cumpliría ella con la suya?
- Ah, espere, Camille. ¿Podría entregarle esto a Colette?
La había detenido justo cuando entraba a su habitación. Camille tomó una finísima tarjeta de presentación y lo miró sin comprender.
- Tiene mi número de teléfono en California. Y mi dirección…
- ¿Los de su agente?
- No… Los de mi casa… - contestó Terry algo apenado.
- ¿De su casa? – repitió Camille sin entender.
- Es para Colette – aclaró Terry – Ya sabe, ella es mi fan número uno y nos quedó pendiente una partida de póker. No puede ser que me gane una principiante.
- Claro – sonrió Camille – Yo se la daré. Seguro estará muy emocionada.
- Estaré esperando su llamada… – agregó Terry.
Camille frunció el ceño, extrañada.
- Quiero decir el de Colette. El de Colette… - ¿por qué sentía la necesidad de aclararlo? Era evidente que se refería a ella, ¿no?
- Muy bien… Buenas noches, señor Grantchester.
- Terry…
- Señor Terry Grantchester – dijo Camille extendiéndole la mano para despedirse de él – Buenas noche. Gracias por su número.
- De nada. Buenas noches. Espero que me llame… Adiós.
Sin casi darse cuenta de lo que hacía, Terry comenzó a tocar una dulce melodía en el piano. Cerrando los ojos, se concentró para recordar las notas de Parlez-moi d'amour. Terry sintió un leve cosquilleo en el estómago, mientras una pregunta inquietante surgía en el fondo, muy en el fondo de su corazón.
La llamada que esperaba era de Colette… ¿o de Camille?
- p - p -p - p- p –
El fin de semana pasó lento en la mansión de los Andrew. Demasiado lento. Alex no comprendía qué sucedía. Nunca antes había presenciado gritos entre sus padres, ni menos aún grandes silencios. La situación lo confundía y lo inquietaba, pero a su corta edad, no tenía palabras para expresar sus miedos. No entendía si sus papás estaban jugando o no, pero recordaba que alguna vez le habían llamado la atención por haberle gritado a Marie Anne. Tampoco entendía si su mamá estaba enojada con él o no, pero sí recordaba que su papá le había dicho que era un niño "malo" y que nunca más saldrían juntos. Y a un niño malo nadie lo quiere, ¿significaba eso que su papá ya no lo quería? Pero si era un niño malo, ¿por qué su mamá sí estaba con él y le decía que lo amaba?
Entre un juego y otro, Alex olvidaba sus preguntas, reía y se divertía junto a su madre, quien lo mantuvo a su lado permanentemente. Pero cuando llegaba la hora de sentarse a la mesa y papá aparecía en el comedor, el silencio reinaba en el lugar y el niño volvía a confundirse. Al notarlo inquieto, Candy instintivamente se le acercaba, como queriendo protegerle, algo que para Albert resultaba insoportable. ¿Qué pretendía con esas absurdas demostraciones de sobreprotección? ¿Hacerlo sentir como un abusador? ¿Cuestionar su amor por el niño? ¿Molestarlo? Candy, en cambio, interpretaba sus miradas duras como agresiones silenciosas contra su pequeño. Pensaba que Albert estaba enojado con el niño y no comprendía que, en realidad, su molestia era con ella. Así pasaron dos días.
El domingo por la tarde, sin embargo, la rabia había comenzado a dar paso a la pena. Los tres estaban acostumbrados a quererse y divertirse juntos. Un fin de semana tenso y silencioso les resultaba extraño y doloroso. Pero ninguno sabía cómo expresarlo, ni menos aún cómo solucionarlo. Candy optó por encerrarse a trabajar en la habitación que había transformado en su oficina con Alex jugando a sus pies, mientras que Albert hacía lo propio en la biblioteca. La casa estaba en silencio y muy pronto Alex comenzó a aburrirse, así que Candy abrió el ventanal que daba el amplio jardín y lo dejó salir a jugar.
Albert leía una serie de documentos cuando lo vio atravesar como una sombra frente a su ventanal, seguido de cerca por Pelusa. Al poco rato, el niño saltaba y reía feliz junto a la mascota de la casa. Albert se acercó al ventanal para observarlo. Estaba tan grande… Con casi cinco años, Alex era ya bastante más alto que otros niños de su edad. Corría como el viento y trepaba árboles con la agilidad de un gato, tal como sus padres. Pero no sólo el físico y las habilidades eran lo que ellos había heredado, sino también el carácter. Albert dejó escapar un suspiro pesado. Había cosas de la vida de familia que nadie le había contado. Ser padre era bastante menos glamoroso de lo que él había imaginado, pero también mucho más adictivo.
De los tres, él era el mayor. De los tres, era él, y no Alex, quien debía actuar como cabeza de familia. No era el niño quien debía dictar el ir y venir de los Andrew, sino él. Candy seguro tenía razones que él no lograba entender para sobreprotegerlo, pero ahora que lo pensaba, ni siquiera se las había preguntado. ¿Había tal vez algo que él no sabía? ¿Algo que él hubiese pasado por alto? Si seguían empecinados en tratar de solucionar el problema cada uno por su cuenta, sin la ayuda del otro, no llegarían a ninguna parte. Un barco no puede tener dos capitanes, le había dicho su cuñado esa mañana mientras conversaban por teléfono. Recordando la risa del capitán Brown, Albert no pudo evitar sonreír.
- ¡No puedo creerlo! – rió el viejo marino.
- ¿Qué? – preguntó confundido Albert. No le parecía que su drama familiar fuera divertido.
- Te quejas de tu hijo igual como Rosemary se quejaba de ti. ¡Igual!
- ¿Cómo igual?
- ¡Igual! Ella siempre decía que tú eras un caprichoso, que tenías un carácter terrible, que siempre te salías con la tuya, que hacías como querías con tu padre.
- ¡Pero eso no es verdad! – exclamó Albert sorprendido. ¿Él salirse con la suya? ¿Cuándo, si desde niño lo habían dominado los adultos?
- Pues eso es lo que opinaba tu hermana. Creo que a veces sentía un poco de celos, pero se le pasaban muy pronto. Debes entender que por muchos años ella fue la única en tu casa.
- Lo sé… - sonrió Albert divertido. Conocer una faceta nueva de su hermana a esas alturas de su vida era algo que no esperaba - ¿Y qué más te decía?
- Bueno, que tu padre sólo tenía ojos para ti y que…
- ¡Pero eso no es verdad! ¡Eso sí que no es verdad! Mi papá la adoraba, de esto estoy seguro.
- Qué sé yo… Ideas de tu hermana. Ya sabes cómo son las mujeres – sonrió divertido Vincent – En todo caso, Albert… no me estás pidiendo mi opinión, pero ya que me cuentas qué ocurre con tu hijo…
- Si tienes algún consejo, Vincent, créeme que te lo agradecería.
- No creo ser el mejor padre del mundo – reconoció Brown -, pero sí soy un buen marinero. Cuando estoy en el mar, mi barco y mi tripulación son mi familia. Y te lo aseguro: ningún barco puede llegar a puerto si tiene dos capitanes. Menos con tres.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Quiero decir que debes decidir quién manda en tu barco, Albert. Tú, tu mujer o tu hijo.
- No creo que el matrimonio tenga que ser una competencia…
- Desde luego que no, hombre, pero tampoco puede ser que cada uno de ustedes espere que el otro le haga caso. No necesitas competir con tu mujer ni ella contigo, pero sí necesitas su cooperación. Y la única forma de que cooperen el uno con el otro es que hablen y sepan qué rayos quieren hacer.
- Supongo que tienes razón – admitió Albert.
- Y otra cosa: si vas a castigar a mi sobrino, al menos explícale las cosas.
- ¡Pero es un niño! – reclamó Albert usando la misma excusa que siempre le daba a Candy.
- Pues por eso mismo, hombre. ¿Cómo esperas que el pobre chiquillo recuerde que hace dos semanas le advertiste tal o cual cosa? Es un niño. ¿O qué te crees tú? ¿Qué tiene la memoria de George? Si aplico algún castigo que a la tripulación le parece injustificado, te aseguro que no tardaré en tener un motín. Ten cuidado en cómo usas tu autoridad, marinero. Puedes salir muy perjudicado… Y estoy seguro de que tu mujer ya te lo ha hecho pagar…
- Ni lo digas… - reconoció Albert mortificado.
- ¡Lo sabía! – rió de buena gana Vincent – Tienes que ser más astuto que ellos. Sobre todo si no quieres seguir durmiendo solo, marinero.
Marinero. Vincent llevaba el mar en la piel y el corazón. Pero tenía razón. Desde luego que tenía razón. No podía esperar que Alex recordara las consecuencias de algo que ni siquiera tenía conciencia de haber hecho, ni tampoco podía esperar que Candy lo apoyara si él antes no se daba el tiempo de saber qué era lo que su mujer pensaba y sentía. Y sentía… o no… sentir. Los sentimientos eran la parte más difícil.
Seguro que para Candy era todo un drama y él ya no tenía más ganas de saber de dramas, pero qué diablos. Era su mujer y él debía preocuparse no sólo de apoyarla en sentido material. Siempre habían sido amigos, ¿por qué ya no? ¿Por qué no conversaban ni se confiaban sus secretos como antes? Él nunca había sido bueno expresando sus sentimientos. De hecho, era un desastre: por su porfiado silencio la había perdido una vez y por su estúpido orgullo casi la pierde de nuevo. Candy, en cambio, era experta en sentimientos y la única capaz de obligarlo a decir lo que llevaba en el corazón. Ahora que lo pensaba, extrañaba a esa Candy. Extrañaba a la amiga que le hablaba sin parar sobre los problemas y los miedos de los demás, la que le daba ideas novedosas y lo obligaba a mirar la vida con más alegría, aunque él tuviera puestas sus gafas de tristeza. Extrañaba a la mujer que lo enamoraba y lo tentaba con sus sonrisas coquetas, que jugaba con su cabello rizado y lo seducía con sólo una mirada. Extrañaba las noches abrazado a ella, acurrucado contra su pecho tibio, cuando se podía dar el lujo de ser un niño atemorizado y luego un amante posesivo. Extrañaba a su mujer… extrañaba a su amiga.
Pero también extrañaba a su hijo, a ese pequeño manipulador al que amaba con locura y que necesitaba su disciplina. Si lo amaba tanto como decía, no podía permitir que las cosas siguieran así. Alex y Candy lo necesitaban al hombre que él era por dentro, no sólo al empresario que podía proveerles el sustento. No era sólo su dinero lo que necesitaba y en esos momentos en que su fortuna se le iba como agua entre los dedos, comprendía una vez más que lo único verdaderamente valioso en su vida eran ellos: su hijo y su mujer. No era ese el momento para que él se encerrara en el orgullo estúpido, ni tampoco para que perdiera ni un minuto de su cariño. ¿No sabía él mejor que nadie que la vida era frágil? Decido a ser él quien diera el primer paso y a enseñar con el ejemplo, Albert salió al jardín.
- ¿Qué haces? – le preguntó a Alex, acercándose al lugar donde jugaba con Pelusa.
- Nada… - contestó el niño sin saber cómo reaccionar. ¿Su papá lo reprendería de nuevo?
- Pensé que estabas jugando con Pelusa…
- Sí…
- ¿Puedo conversar contigo?
- ¿Conmigo? – preguntó Alex extrañado.
- Sí. Contigo. ¿Puedo?
- Claro – contestó el niño con una amplia sonrisa. ¡Papá no estaba enojado!
- Siéntate aquí conmigo, ¿quieres?
Albert se sentó en el césped. Alex hizo lo mismo y comenzó a jugar distraídamente, haciendo un pequeño hoyo con sus dedos en la tierra. Ambos quedaron frente a frente y por un momento, guardaron silencio.
- Hijo… tú sabes que te quiero mucho, ¿verdad? – Alex se encogió de hombros, mientras seguía cavando son sus deditos en la tierra – Vamos, hijo, mírame.
Alex lo miró, pero sus ojitos no le dieron la respuesta que esperaba. Albert dio un suspiro pesado.
- Ven acá – le dijo estirando los brazos hacia el pequeño.
Sin pensarlo dos veces, Alex se puso de pie de un salto y se aferró a su papá. Albert lo abrazó con fuerza, con cariño, con todo su corazón. Acarició suavemente su cabecita dorada y lo cubrió de besos, disfrutando del abrazo tierno de su niño.
- Te quiero, Alex. Te juro que te quiero, hijito.
- ¿Ya no estás enojado conmigo? – preguntó Alex con voz triste.
- ¡No! Claro que no… O sea… bueno… la verdad es que sí estoy un poquito desilusionado por algunas cosas que han pasado…
- Ahh… - suspiró el niño con tristeza.
- Ey, pero no, no te pongas triste – le dijo Albert, separándose del niño para mirarlo a la cara – Eso no quiere decir que ya no te quiera, ni tampoco quiere decir que seas un niño malo. Nunca te dije que fueras un niño malo. Yo sé que eres un niño bueno y por eso te quiero.
- ¿De verdad? – preguntó Alex ilusionado.
- Absolutamente – le confirmó Albert levantando la mano derecha, como si hiciera un juramento solemne – Pero eso no quiere decir que no pueda llamarte la atención cuando haces algo que no sea muy bueno. Tú sabes a qué me refiero, ¿verdad?
Alex bajó la vista. Albert esperó algunos momentos, en silencio. Necesitaba saber hasta qué punto el niño entendía lo ocurrido.
- Cuando no me preparo para la cena…
- Exacto…
- Y cuando no me como la comida…
- También…
- Y cuando hago enojar a mamá.
- Sí. Eso sobre todo. ¿Por qué lo haces?
- ¿Qué cosa?
- Hacer enojar a mamá. ¿Por qué siempre tienes que esperar que ella se enoje antes de hacerle caso? Cuando yo te pido que hagas algo me haces caso de inmediato… ¿Por qué no con mamá?
- No sé… - contestó con total sinceridad el niño.
- Está bien, no te preocupes – paciencia, se repitió Albert. No debía esperar que su niño razonara como un adulto - Sólo quiero que sepas que eso me hace sentir triste, igual que a tu mamá. Al final todos nos enojamos. Yo creo que no valga la pena enojarse por esas cosas. ¿Qué crees tú?
- Tampoco…
- Bien. Entonces, ¿qué tal si haces un esfuerzo grande, grande, grande por obedecer a tu mamá?
- Pero es que no me gusta tener que prepararme para la cena…
- A mí tampoco me gusta, pero creo que tampoco te gustaría que llegara con las manos sucias a la mesa y lo ensuciara todo, ¿verdad? Porque si así fuera, podríamos invitar a Pelusa a comer a la mesa. O mejor aún, tú podrías ir a comer del plato de Pelusa. ¿Te gustaría eso?
- ¡No! - admitió Alex haciendo un gesto de asco, pero a la vez riendo divertido, imaginando a Pelusa sentada a la mesa con una servilleta blanca al cuello. Tal vez…
- ¡Ni se te ocurra intentarlo! – sentenció Albert, leyendo en el brillo de sus ojillos la idea de llevar a Pelusa hasta el comedor.
- Awww… - se lamentó Alex.
- Eso está mejor. Entonces, hijo, las cosas son muy fáciles. Sólo haz lo que te pide mamá y listo. Te aseguro que será mejor para ti, para ella y para todos. Y así nunca más perderás un postre – le confidencio Albert guiñándole un ojo.
- ¿En serio? – preguntó Alex. El trato parecía interesante…
- ¡En serio! Incluso volverías a afeitarte los sábados…
- ¿Verdad? – los ojos del niño brillaron de emoción.
- Te doy mi palabra – le confirmó Albert extendiéndole la mano derecha - ¿Aceptas el trato?
- ¡Acepto! – dijo Alex de buena gana, estrechando su manito embarrada con la de padre.
- ¡Eso, muy bien, campeón! Ven aquí. – dijo Albert abrazándolo con cariño y orgullo.
Sabía que el niño lo olvidaría de nuevo, pero no importaba. Tendría toda la semana para recordárselo con cariño y espera que llegara pronto el sábado por la mañana para poder premiarlo. Sería difícil, pero sabía que lo lograrían. Era su hijo y debía aprender a tenerle paciencia. Lo primero era volver a ser su amigo, su cómplice. Lo segundo lo irían desarrollando poco a poco. Nadie dijo que los hijos aprendieran obediencia en una tarde. A él mismo le había tomado toda una vida comprender cuál era la mejor forma de mantener el delicado equilibrio entre ser obediente y ser independiente. Alex apenas comenzaba.
- ¿Todo bien entonces? – le preguntó Albert.
- ¡Todo bien!
- Pues excelente, porque tengo un problema y necesito que me ayudes – le confidencio Albert, adoptando un tono misterioso.
- ¿Qué pasó? – preguntó Alex, abriendo los ojos emocionado. Nada lo hacía tan feliz como saberse partícipe de un secreto con su padre.
- Se trata de tu mamá…
- p - p -p - p- p –
Cuando George bajó del tren, no supo qué fue lo que más lo sorprendió: si ver a Camille con el hombro vendado o verla junto al doctor Duval.
- ¿Qué pasó? – le preguntó en cuanto estuvo a su lado, mientras la abrazaba con sumo cuidado.
- Es una larga historia – le dijo Camille sonriendo – En el camino a casa te la contaré.
- Pero… No entiendo… ¿Cómo…? ¿Acaso fue necesario que te operaran…? ¿Tan rápido?
- Sí, pero no por las molestias que tenía en Francia. Tuve un accidente…
- ¡Un accidente!
- Sí, pero tranquilo, tranquilo. Charles se las arregló para volver a salvarme – dijo Camille.
A George no le pasó desapercibido el brillo en la mirada de Lefevre, ni menos aún en la del médico.
- Doctor Duval – lo saludó estrechándole la mano – No sabe cuánto le agradezco que otra vez ayudara a Camille. ¿Puedo preguntarle qué sucedió?
- Terry Grantchester me sugirió saltar de un ascensor y por poco nos matamos. Me dislocó el hombro evitando que cayera al vacío.
Camille lo dijo con una sonrisa en los labios, como si saltar de un ascensor con Grantchester fuera la cosa más común del mundo. George se quedó mirándola con la boca abierta…
- Pero… pero…
- Vamos, George, en el camino te pondremos al día.
- No puedo creerlo – contestó George negando con la cabeza.
¿Vacaciones? ¿Días de paz y tranquilidad? Nada. Debía habérselo imaginado: cuando de los herederos se trataba, nada podía ser sencillo. Camino al penthouse, Camille lo puso al día de lo ocurrido desde su llegada a Nueva York. Le contó de la fiesta en honor a Chanel, el apagón, el encierro en el ascensor y el accidentado salto. Charles conducía el automóvil y aportaba de vez en cuando algún comentario médico o alguna anécdota sabrosa.
Mirando hacia atrás, el accidente parecía casi divertido, pero desde luego no lo era. Sin embargo, no había miedo en las palabras de Camille. Al contrario, a George no le tomó mucho tiempo darse cuenta de que lo ocurrido había tenido un efecto poderoso en Camille. La chica parecía más alegre y vibrante, incluso bromista. Su seriedad y el cálculo frío que la caracterizaban desde luego aún estaban presentes, pero notaba en sus palabras una vitalidad inusual, algo que antes le habría parecido imposible en ella.
Cuando llegaron al penthouse, George notó la extrema gentileza con que Charles le extendió el brazo a Camille para ayudarla a bajar del automóvil. El gesto no lo sorprendió, porque conocía muy bien al médico, pero sí le llamó la atención la coqueta disposición de Camille para aceptar la ayuda de Duval. Definitivamente algo estaba pasando entre esos dos, pero prefería esperar. Comenzaba a entender a qué se refería Lefevre cuando le dijo que tenían mucho de que conversar.
Por más que Camille protestó, George no consintió en quedarse en el penthouse. No sería correcto que un hombreo solo alojara con dos señoritas, argumentó. Pero más allá del decoro, George tenía razones prácticas para no quedarse junto a ellas. Aunque sólo había conversado con su asistente algunas veces por teléfono, no se le había escapado el detalle de que Bellamy no parecía muy entusiasmada con la idea de que él rondara aún a Camille. George pensaba que Colette sentía algo de envidia y temor de que él pudiera tomar su lugar. Y estaba en lo cierto. Camille le había repetido mil veces que no debía preocuparse, porque George jamás volvería a trabajar con ella. Las razones podrían resumirse en dos: George ahora tenía su propio negocio y su socia era hermana de Tom. Colette, sin embargo, no se fiaba; a su juicio, esas no eran razones de peso. Camille, en cambio, pensaba que esas eran las únicas razones que importaban. Sobre todo el parentesco de Candy con su ex novio.
No era raro, entonces, que al saber que George las visitaría, Colette inventara una razón para no estar presente en la reunión. La mujer era de ideas fuertes, tanto o más que la propia Lefevre, así que prefería no entrar en más detalles. Con la excusa de tener que hacer algunas compras, Colette retrasó su regreso a casa. Aunque tenía curiosidad por conocer al famoso George Johnson, de quién tanto había oído hablar a Camille y otros, no tenía ganas de pasar un mal rato. Porque sabía que conocer a Johnson sería sinónimo de conflicto, pues no podría evitar hacerle alguna de sus famosas bromas irónicas, las cuales Camille condenaría. Lo mejor era evitarse la molestia. Pero a las cinco de la tarde ya no tenía más ropa que comprar, ni manos para cargar tantos bultos, así que armándose de valor, decidió regresar a casa.
En cuanto abrió la puerta del penthouse, la recibió un coro de carcajadas.
- Parece que lo están pasando muy bien… - se dijo a sí misma, mientras cerraba la puerta de golpe, anunciando con estrépito su llegada - ¡Ya llegué, Camille! – saludó de un grito, sólo para fastidiarla. Sabía que Lefevre odiaba que le gritara como si estuvieran en el mercado.
- ¡Ya te oímos! – respondió Camille desde el salón.
Colette pensó ir a su habitación a dejar sus compras antes de pasar a saludar, pero cambió de opinión de inmediato. Si llegaba ante los invitados con las manos llenas, tendría una excusa perfecta para retirarse de inmediato sin ser molestada. Luego podría demorarse cuanto quisiera antes de regresar. Esperaba que ese intruso se retirara lo antes posible, porque si algo había aprendido de todo lo que de él se comentaba, es que por decoro no se quedaría a dormir bajo el mismo techo de dos mujeres solas. Enhorabuena.
- Buenas tardes – dijo entrando con todas sus compras envueltas en finísimos envoltorios más caros que la ropa que cualquier mortal podría adquirir en una tienda cualquiera- Lamento llegar tan tarde, pero tenía que comprar algunas cosas… - dijo mostrando sus adquisiciones.
- No le conocía ese lado frívolo, madame Bellamy… - la saludó Charles.
- Mademoiselle… – lo corrigió severa Colette – Por favor, nunca lo olvide.
- Lo siento, mademoiselle – se disculpó Duval, haciéndole una reverencia e intercambiando una mirada divertida con Camille.
- Por fin llegas, Colette. George ya estaba a punto de irse. ¿Qué tanto compraste?
- Nada, sólo un par de…
Los ojos de Colette se posaron por fin en el solemne desconocido que, poniéndose de pie, se acercaba a saludarla. Confundido entre el mar de paquetes y bolsas de todos tamaños que la mujer acarreaba, George comprendió que no era buena idea extenderle la mano. En cambio, le hizo una profunda reverencia.
- Buenas tardes, mademoiselle Bellamy – dijo George, mientras se inclinaba ante ella.
- Te presento a George Johnson, Colette. El George del que tanto te había hablado – le dijo contenta Camille.
- Un gusto conocerla, mademoiselle – agregó George incorporándose.
A través de la montaña de paquetes que llevaba a cuestas, Colette distinguió su mentón fuerte, sus facciones masculinas, su cabello que comenzaba a teñirse de gris, sus ojos oscuros y su porte de caballero. La voz grave de George sonó cálida y viril en sus oídos, haciendo que su corazón diera un salto y las rodillas le temblaran. Quiso hablar, pero sólo atinó a mirarlo con la boca abierta. Sin previo aviso, los paquetes cayeron estrepitosamente al suelo.
- ¡Mademoiselle! – dijo George, acercándose para sostenerla por la cintura, pues la mujer parecía perder el equilibrio.
- ¡Colette! – gritó sorprendida Camille.
- No pasa nada, no pasa nada – dijo Colette – Incorporándose rápidamente, avergonzada y sorprendida por su reacción. Sus ojos grandes se encontraron con los de George, quien la miraba confundido.
- ¿Se encuentra usted bien? – le preguntó extrañado.
- No… Sí…
- ¿Sí o no? – preguntó Camille acercándosele y separándola de George - ¿Qué te pasa? Tal vez Charles…
- ¡No! – aclaró Colette abruptamente – Estoy bien. Sólo… Es que… No tuve tiempo de almorzar – inventó para salir del pasó.
- ¿Está segura, Colette? – preguntó extrañado Duval. Ese no era su estilo.
- Sí, no se preocupe – contestó Colette sin quitarle los ojos de encima a George, quien en ese momento recogía los paquetes que habían quedado repartidos por el suelo.
- ¿Quiere que los deje en alguna parte? – le preguntó George.
- Gracias… - contestó Colette, bajando la vista.
Para su sorpresa, Camille notó que Colette se sonrojaba. ¿Sonrojarse? Colette Bellamy… ¿sonrojarse?
- Creo que necesita descansar, mademoiselle – sugirió Charles.
- Desde luego, doctor – contestó dócil Colette.
- ¿Quieres que te acompañe a tu cuarto? Charles, tal vez podrías pedirle a la mucama que le prepare algo a Colette.
- No quisiera molestarlos… – dijo Colette en un tono de completa sumisión que Camille nunca le antes le había oído.
- Desde luego que no es molestia. Voy a la cocina – dijo Charles.
- Vamos, te acompaño a tu habitación – la animó Camille.
- Si le parece, yo le ayudo a llevar todo esto – agregó George haciendo alusión a las bolsas.
Colette le regaló una sonrisa y en silencio, los tres se dirigieron a su habitación. George depositó las compras de Colette en una silla y tras hacer una leve reverencia a ambas mujeres, las dejó para que Colette se recostara.
- Qué mujer más rara – pensó George para sus adentros mientras cerraba la puerta tras de sí.
En cuanto el hombre abandonó la habitación Colette se incorporó de un salto sobre la cama.
- Dios mío, Camille… ¿dónde lo habías tenido todo este tiempo?
- ¿A quién? – preguntó extrañada Camille.
- ¿A quién va a ser? ¡A George Johnson, por supuesto! – sentenció Colette casi en un suspiro.
- ¿Podrías decirme de una vez por todas qué es lo que te pasa?
- Pasa, Camille… - dijo Colette con ojos soñadores - Que me acabo de enamorar… Y esta vez, sí que es para siempre…
(*) Nota: En Candy Candy Final Story, Terry no toca la armónica, sino que el piano. Y si mal no recuerdo, bastante bien.
CONTINUARÁ...
Holas:
Capítulo de extra duración y extra romance, en pago por la espera. Por ahora ya es muy tarde en esta parte del mundo y muero de sueño, así que en el próximo les contestaré. Perdonen por favor mi mala educación por ahora.
Un gran abrazo. Y como siempre, ya saben: ¡Sus comentarios son mi sueldo!
PCR
