Como recordarán nada de lo que leerán en el capítulo es mío. Los personajes son de la señora Meyer, la historia es de la señora Marr, yo solo los uní y cree la adaptación. Apoyen a las autoras comprando sus respectivas obras si tienen la oportunidad.

La portada es traída a ustedes por Ana Bella, que fue la hermosa nena que me la hizo.

Capítulo 34: Pecados Capitales

La luna estaba alta cuando Paul cruzó sigilosamente la habitación.

A los mortales les chocaría ver cómo las puertas se abrían y cerraban por sí solas, de modo que salió al pasillo ataviado con una fachada aceptable para los humanos. Varios Vulturis montaban guardia delante de la habitación, invisibles por si pasaba algún mortal, pero como no había ninguno Paul desactivó su sortilegio y cerró la puerta de la suite a su espalda.

-Si Rosalie despierta, no la dejéis salir -ordenó a los Vulturis -Nada de paseos esta noche.

-No se le da bien colaborar. Podríamos seguirla y protegerla...

-No.

-No queremos hacerle daño -protestó otro de los Vulturis -Y ella se siente muy desgraciada si le impedimos salir.

-Pues bloqueen las puertas. -Paul hizo una mueca. Él no era el único que vacilaba por su vínculo con Rosalie. Su debilidad por ella se filtraba a toda su corte: a todos les costaba mucho hacer algo que disgustara a la joven.

«Yo los debilito. Mi afecto por ella los paraliza», pensó.

Parecía que la única manera de sortear el problema era evitar que Rosalie pidiese a los elfos cosas insensatas. La alternativa, destrozarla irreparablemente, era una solución que el Rey Oscuro no deseaba considerar.

«¿Acaso podría?» Paul evitó la respuesta antes de profundizar más en esa idea. Entregar a Emmett a su corte había sido tan horroroso que seguía soñando con aquello. Durante siglos, había soñado con el modo en que Emmett lo había rechazado después. Los soberanos débiles no prosperan. Paul lo sabía, pero saberlo no eliminó el dolor cuando Emmett decidió irse a otra corte. Ése era un dolor ya desaparecido.

Pero estar ligado a Rosalie, abandonarse en fiestas con mortales como antes hacían él y Emmett... esas cosas habían devuelto a la superficie recuerdos largamente silenciados. Era una prueba más de cómo la influencia mortal de Rosalie lo había contaminado, cambiado. No era un cambio que le gustase. La enredadera que se extendía como una sombra entre ambos se tornó visible de repente, ante él, en el aire, conforme aumentaba su agitación.

-No hablen con ella excepto para decirle que le he prohibido que salga de la habitación -ordenó a los vulturis-. Decidle que sangraran si ella va a cualquier parte. Si eso no funciona, decidle que será Kate la que sufra.

Los vulturis gruñeron, pero aceptaron decírselo a Rosalie. En el mejor de los casos, eso la induciría a obedecer sus disposiciones durante unas horas, mientras él arreglaba el último estropicio.

Dentro de la primera habitación, el suelo estaba cubierto con los sollozantes mortales que habían sobrevivido a la ronda de festejos más reciente. Habían resistido más tiempo que el grupo anterior, pero eran muchos los que cedían mental o físicamente.

Gemían mientras asimilaban la locura de lo que habían visto o hecho. Si les proporcionaban drogas, algún sortilegio y unos sencillos alicientes, los mortales se sumergían gustosamente en los abismos de la depravación oculta. Más tarde, a la luz, cuando los cuerpos de los que habían muerto estaban enredados con los que seguían vivos, había quienes no lograban conservar la cordura.

-Chelsea ha encontrado a unos cuantos robustos para reemplazar a éstos. Están disfrutando de las diversiones en la otra habitación. -Félix tiró un bolso de chica a un cubo de la basura y luego señaló un cadáver de mujer.

-Nos la pedimos. -Dos Neófitos la levantaron, un tercero abrió la puerta y se dispusieron a llevársela a algún punto de la ciudad para que la encontraran los mortales-. Ella es nuestra.

-Nada de poses indecentes -gruñó Félix cuando los neófitos pasaron ante él.

El que había abierto la puerta hizo un gesto desdeñoso, exhibiendo su palma de un rojo brillante.

Paul sorteó a una pareja que miraba ciegamente ante sí.

-Esta chica no cesó de animarlos a pelear por ella -explicó Félix-. Cualquier cosa que la tocara la volvía violenta. -Le vació los bolsillos y, mientras retiraba algunas prendas desgarradas, señaló a unos sonrientes elfos de cardo-. Hacen posar a los que les gustan. Ayer prepararon el té para unos cuantos.

- ¿El té? -preguntó Paul.

Uno de los neófitos sonrió con descaro y dijo: -También los usamos para cosas decentes. Estaban todos desnudos, excepto los sombreros y guantes que les pusimos.

-Además, les pintamos la cara -añadió un leannan-sidhe-. Estaban todos adorables.

A Paul le dieron ganas de reprenderlos, pero aquello no era peor que la mayoría de las cosas que habían hecho por diversión durante siglos. «El Rey Oscuro no exige amabilidad con los mortales», se recordó. Sofocó su malestar y dijo:

-Quizá deberíamos montar una representación en el parque que hay frente al apartamento del reyezuelo. Una escena de El sueño de una noche de verano o.

-No. Mejor de aquel otro mortal que garabateaba obras de teatro. ¿Cuál es la del desfile de los Pecados Capitales? -Un neófito se frotó la cara con las manos ensangrentadas-. Esa tan divertida...

-Me gustan los pecados -murmuró un leannan-sid- Una hermana de Jenny recogió un cadáver.

-No necesitamos movernos de aquí para cometer gula -dijo-. Éste ha servido a todos los elfos dispuestos de la habitación. Se echaron a reír.

-Ese pecado se llama lujuria, hermana.

-¿Cuál era la obra? -repitió el huraño neófito.

-Fausto. La trágica historia del doctor Fausto -respondió Rosalie.

Su voz sonó suave, pero todos se giraron hacia la puerta. Llevaba una bata que le cubría casi completamente su pijama de encaje-. La escribió Marlowe. A menos que creas la teoría según la cual Marlowe y Shakespeare eran la misma persona.

Ninguno de los elfos contestó. De haber sido cualquier otra persona, le habrían gruñido o la habrían invitado a unirse al festín. Pero con Rosalie no se atrevieron.

La muchacha sacó del bolsillo de la bata un paquete de tabaco de Paul y encendió un cigarrillo, y se quedó observando en silencio cómo los elfos reunían a los nuevos mortales enloquecidos.

Finalmente se dirigieron hacia la puerta y ella la abrió para que pasaran.

Los elfos extendieron su propio sortilegio para ocultar lo que cargaban. Sin embargo, Rosalie lo vio. Tuvo una visión en primer plano de un cadáver reciente, un demente de ojos desorbitados y carne desnuda. En ella brotaron el espanto y la repugnancia. No lo notó, por supuesto, pero esas emociones volaron hasta Paul.

En cuanto se hubieron marchado los elfos, Rosalie caminó hasta Paul, esparciendo ceniza sobre el suelo manchado de rojo. Sus pies descalzos eran de un blanco descarnado en contraste con las manchas.

-¿Por qué?

-No me preguntes eso -repuso el Rey Oscuro, viendo el leve temblor en las manos de la joven, viendo cómo resistía la reacción violenta de los sentimientos que él había absorbido.

-Dime por qué. -Soltó la colilla y la aplastó bajo su pie descalzo.

El temblor empeoró cuando oleadas de terror mortal surgieron en su interior.

-No te conviene conocer la respuesta, amor. -Paul le tendió una mano, sabiendo que, pese a sus mejores intenciones, la reacción violenta acabaría doblegándola.

Rosalie retrocedió.

-No. Lo que quiero... -Se interrumpió-. Es culpa mía, ¿verdad? Por eso estás...

-No.

-Pensaba que los elfos no mentían. -Le cedieron las rodillas y cayó arrodillada sobre una gran mancha roja.

-No te estoy mintiendo. No es culpa tuya. -Sus intentos de ser el Rey de las Pesadillas, el Rey Oscuro, todo se desvanecía al ver a Rosalie en aquel estado. Era él quien flaqueaba, no ella.

Rosalie agarró la alfombra, ensangrentándose los dedos mientras trataba de aferrarse al suelo para no alargar sus manos hacia Paul.

-¿Por qué estaban aquí esas personas? ¿Por qué están...?

Era obvio que Rosalie no iba a dejar de hacer preguntas, de modo que él dejó de esquivadas.

-Si estoy saciado, alimento a la corte lo suficiente para que tú dispongas de cierta libertad. Mis elfos pasan algo de hambre, pero no tanta como para resultar perjudicados. Y si tú hubieses permanecido dentro de la suite, no tendrías por qué saberlo.

-Así que los torturamos para...

-No. Tú no torturas a nadie. –Paul la vio percibir el horror que deseaba sentir, y sintió cómo ese horror se colaba en su propia piel. Suspiró-. No reacciones así.

Ella se echó a reír, un sonido tan falto de humor como un grito.

Paul se dejó caer al suelo, a su lado, y dijo: -Hay cosas peores.

No añadió que esas cosas peores serían inevitables si la paz entre las cortes estacionales se fortalecía más, que aquél era sólo un paso en su camino. Rosalie lo miró fijamente unos segundos, se inclinó y recostó la cabeza en el pecho del Rey Oscuro.

-¿No podrías escoger criminales o gente así? -preguntó.

A él lo entristeció profundamente que Rosalie aceptara la muerte de aquellos mortales, pero se debía a que la esencia mortal de la joven le contaminaba el juicio. Apartó el malestar.

-Puedo intentarlo -dijo-. No puedo cambiar lo que necesito hacer por ti, pero puedo ahorrarte los detalles.

Ella se puso tensa entre sus brazos.

-¿Y si no lo soporto? ¿Qué pasará entonces? ¿Y si mi mente...?

Entonces Paul admitió su debilidad.

-Yo no había planeado esta parte, Rosalie. Tan sólo necesitaba tu cuerpo para seguir vivo. A la mayoría de los mortales de los anteriores intercambios de tinta no les fue muy bien, pero yo no quiero que tú acabes en coma. Si eso significa que unos pocos mortales mueran o pierdan la razón mientras tú permaneces inconsciente durante unas horas o días...

-Entonces eso será lo que hagas -susurró la joven.

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Regreso para quedarme.

Chicas volví, después de esta larga ausencia, volví para quedarme. Pediré disculpas por la tardanza, pero comencé la universidad y estaba atareada con tanta tarea.

No abandonare la adaptación y seguiré con los demás libros, pero ténganme paciencia.

¿Me dejarían un pequeño review?