Kongeriket Norge: Kingdom of Norway

Luego de nuestra conversación, Tino decidió que era buena hora para continuar hacia el pueblo. Removió a Berwald, quién despertó algo desorientado y ronco, producto del resfrío. Entre los tres, a medida que la noche lentamente daba al día, tomamos nuestras pertenencias para empacarlas. Me ocupé de las marcas que habíamos dejado bajo el pino y con algunas ramas, oculté los últimos vestigios quemados de nuestra humilde fogata.

Cuando retomamos la marcha, el día no parecía querer iluminar nuestro sendero. Entre las ramas del bosque, podía observar el oscuro cielo sobre nosotros, que enseguida nos entregó un diluvio enfurecido. La lluvia caía con tanta fuerza que, en cosa de minutos, el suelo del bosque se cubrió de pequeños riachuelos que se encausaban entre los espacios más profundos. El viento tenía la fuerza suficiente para derrumbar los árboles más viejos y con ello supimos que la tregua del invierno terminó.

El agua se colaba entre nuestras ropas y nos entumecía hasta los huesos, recordándome los viajes en barcos, como cuando éramos pequeños. Ya no había lecho protegido por grandes árboles; el agua colmaba cada rincón del bosque con la facilidad propia de su etérea forma. A duras penas distinguía las formas de Berwald y Tino entre la tormenta. Comencé a tiritar, rogando que las ropas que se encontraran dentro de las mochilas impermeables se encontraran secas. Nuestras capas estaban tejidas con lanas que resbalaban las gotas de agua, pero el viento cambiaba la velocidad de la lluvia y de pronto nos topábamos con el aguacero frente a nuestras caras. Sentía frío en la nuca y los pies. Tropecé un par de veces para caer directamente en enormes charcos de agua, al igual que Tino y Berwald, este último tenía más problemas ya que decidió guardar sus lentes y entre las capas grises de agua, era difícil distinguir hacia dónde nos dirigíamos.

Alcé la voz para pedir que nos detuviéramos unos momentos, ya que perdimos la orientación entre tantos traspiés y desvíos ya que, en muchas partes, el suelo del bosque dejó de ser un lugar seguro, producto de blandura del terreno.

Intenté ver la brújula antes de que el agua manchara su superficie de vidrio y no me atreví a consultar el mapa, solo sabía que debíamos caminar al suroeste.

―Nos desviamos hacia el oeste, Berwald―grité, intentando hacerme oír por sobre el gorgoteo incesante―, más que nunca necesitamos llegar a un lugar estable, si nos mantenemos en el bosque, podemos enfermar y Tino puede empeorar.

Berwald, con sus manos enguantadas en cuero, continuamente se quitaba el exceso de agua de su rostro. Tino por su parte, cubría su rostro con bufandas y la capa cerraba por completo su cara, dejando solo al descubierto sus ojos. El goteo del agua a través de la nariz de Berwald me hizo entender que tenía mucho frío.

―No sé cómo continuaremos― me dijo cerca del oído, mientras nos apegábamos a un árbol―. Esto pronto puede colapsar y podríamos quedar enterrados en el barro.

―La única opción es movernos ―contesté, cerrando mi capa, ya que el aullido del viento se colaba por las rendijas de mi ropa―, no podemos detenernos.

Berwald observó preocupado a Tino y después de meditarlo, accedió.

―Si encontramos un lugar para descansar, nos detenemos―impuso, cubriendo a Tino de la lluvia.

―De acuerdo―dije.

Intentamos caminar hacia el noroeste, tropezando con varios riachuelos y masas de lodo que se formaban constantemente entre las hendiduras de los árboles. La temperatura disminuyó y la lluvia se convirtió paulatinamente en pequeños aglomerados de hielo que golpeaban con rabia. Los troncos de los árboles hacían las de escudos, exponiendo una de sus caras a los proyectiles blancos. El día se volvió noche de un momento a otro y realmente resultaba casi imposible detectar en qué lugar pisábamos, sin introducir el pie de lleno en lodo y agua. Me detuve, desorientado, sintiendo que no tenía esperanzas más que aferrarme a un árbol y alzar la tienda como fuese. Berwald me miró y pude deducir que él pensaba lo mismo que yo.

Leves disparos de luz se expandían a través de los cielos, seguidos del intenso sonido de los truenos, rompiendo el bullicio constante del viento y la nieve. En todos los lugares en los que mis ojos se posaban, había nieve y barro, volviendo inestable el terreno.

Berwald alzó la voz nuevamente:

―Movámonos, no queda de otra.

Asentí, con algo de pesar.

No habían transcurrido más de tres horas desde que decidimos movernos del amparo del gran pino, que probablemente ahora no era más que un enorme charco. Mis huesos pedían a gritos regresar a la fogata ya muerta y mi labio inferior sangraba. Sólo pensaba en cómo quitaríamos toda el agua de nuestros cuerpos antes de que la temperatura descendiera lo suficiente como para congelar nuestras telas.

Cuando creí que la nieve ya estaba cubriendo completamente la copa de los árboles, escuché un ruido fuerte y claro que me hizo estremecer.

El fogueo de una pistola destelló entre los árboles, junto con el crepitar eléctrico de un relámpago en el cielo, seguido de los fuertes trombones estratosféricos. La luz fue suficiente como para que en la milésima de segundo que el cielo otorgó el relámpago, pudiese dilucidar un grupo de hombres encapuchados, sucios y humedecidos, los cuales rápidamente me redujeron. Sus ojos a duras penas me enseñaban bajo la tela de sus capas, el terror que infundían sus presencias. Muchos de ellos apuntaron hacia nosotros sus armas desenfundadas sin piedad alguna, mostrando sus cañones dispuestos a perforarnos el pecho. Uno de ellos tomó a Tino entre sus brazos y lo apartó de Berwald, quién ya comenzaba a forcejear. Una sombra alta y fuerte, golpeó a Berwald en el estómago, a la par que le quitaba las armas. Tino maldijo en su idioma materno, con la rabia de la lengua del hielo, olvidando nuestro acuerdo de hablar en ruso. Otro de ellos, golpeó el rostro de Tino con la culata de su arma. Me alarmé, ya que, en vez de reclamar, Tino guardó silencio, por lo que pudo quedar inconsciente.

La situación sucedió tan rápido que no comprendía del todo qué era lo que ocurría.

El hombre que unos instantes atrás golpeaba a Berwald, bajó a escopeta al rostro de Tino y utilizó el cañón para mover la mejilla ensangrentada y llena de barro, hasta mirar sus ojos. Me removí lo más que pude y Berwald forcejeaba con fuerzas, intentando zafarse. Comencé a exasperar y en un intento desesperado, pisé fuertemente un pie, siendo totalmente inútil mi maniobra. Me arrojaron como castigo al suelo y me patearon mi acalambrada espalda. Busqué mis armas entre mis ropas y como era de esperarse, estas desaparecieron. Otra gran sombra, me encañonaba la cabeza.

No podíamos acabar así. Era inaudito.

― ¿Creyeron que no nos percataríamos de las bajas? ―habló la voz ronca dueña del cañón que aprisionaba mi vida en un disparo―Marchando a través de los bosques cobardes, hijos de puta, profanando nuestra tierra, ¿No?, No van a poder contra una nación tan fuerte. Ni ustedes ni la escoria de ejército que puedan montar aquí. Me importa una mierda si no entiendes nuestro idioma, no eres digno de nuestra lengua.

Alcé mi vista, tentando la situación.

―Yo también hablo finlandés―dije, en dicho idioma, como si aquello nos fuese a salvar.

Un golpe con el cañón me provocó que me mordiera la lengua.

―Ratas inmundas, rusos que no resisten un invierno amable como este… das vergüenza manchando nuestra lengua con tus siseos.

Nunca lamenté tanto mi influencia escandinava en la lengua. Mi finlandés no era fluido y mucho menos, familiar a los oídos de los habitantes de esa nación.

Tino gritó con su voz ronca, con la vista perdida y un hilo de sangre en su nariz.

― ¡No somos rusos!, ¡Por favor ayúdenos!

Su finlandés bien ejecutado, caló dudas en la mente de quien parecía ser el líder de aquel grupo de asalto. Se agachó y tomó por el escaso cabello a Tino, provocando que él cerrara fuertemente los ojos. Sollozó asustado a más no poder, respirando fuertemente.

Intenté encontrar a Berwald entre la oscuridad y el aún no recuperaba el aliento de la enorme patada que dieron en su estómago. Intentando ayudar, volví a alzar la voz, removiéndome en mi lugar:

―Nos infiltramos. ¡No somos rusos! Yo soy noruego, por favor, sólo intentábamos avanzar por el bosque sin que los rusos nos mataran, necesitamos…

Tomé aire sintiendo los cañones más cerca de nosotros; jamás en la vida nos enfrentamos a una situación como esta. En los palacios ocurrían discusiones aburridas de pasillos o fisgoneos sobre la princesa y el jardinero, que la cocinera andaba detrás de uno de nosotros, que el rey se embriagó y lo encontraron con una concubina. Nunca encontramos más problemas que los de elegir qué libro leer y qué clases tomar.

Hace siglos nos apuntaban espadas y cruces y hoy, pistolas y escopetas.

Berwald recuperó el habla levemente y alzó la vista.

―Yo estuve cuando murió el gobernador Nikolai. Tres tiros a su pecho y dos a los de su perpetuador. La gente se organizó temprano en el amanecer frío para una revuelta. Luego huimos. Huíamos al norte ya que Helsinki tenía puertos controlados y necesitábamos llegar a algún puerto para llegar a Suecia. No sé cómo más convencerlos…

Ya no nos prestaban atención. Algunos revisaban nuestras pertenencias y encontraron las cartas de Berwald que tiraron al suelo lleno de barro. Berwald rogó por ellas, pero una sombra encapuchada propició un fuerte golpe en su rostro haciendo el ademán de callarlo, pero resultó en un descontrol de su fuerza.

Tino miraba las cartas, conforme los hombres fisgoneaban nuestras cosas. Su rostro era amenazado por una escopeta guiada por dos manos blancas y Tino cerró los ojos fuertemente. Alguien sacó su capa sucia que recuerdo haber visto el día en que los casé.

―Yo escribí esas cartas, por favor lean cualquiera, abran la que sea, revísenlas todas si gustan, si me dicen la fecha, puedo decirles qué dicen―la voz de Tino delataba que hablaba asustado.

Berwald miró de reojo a Tino y sus cartas sucias, su tesoro en el suelo, siendo mancillado por el barro. Supe que quiso llorar, pero su alma tejía estalagmitas de hielo en el fondo de su alma con sus lágrimas jamás derramadas. Una mano enguantada las recogió todas y las dejó en manos de su líder. Alguien encendió un encendedor y lo acercó a la superficie.

―Veamos…―masculló el hombre, piadoso por darnos otra oportunidad.

Confié nuevamente en que el bosque nos salvara con sus movimientos mágicos. Las manos fuertes del hombre, sostuvieron con determinación el trozo de papel manchado con tinta ya seca que se resistía a escurrirse con la lluvia y la nieve, que ya se estaba calmando.

―Tino Väinämöinen, Palacio de gobierno, Helsinki, Finlandia, para Berwald Oxenstierna, Palacio real de Staldshömmen, Estocolmo, Suecia―el hombre hizo una pausa y revisó el sello del correo ilegal que todas las cartas lucían en la superficie blanca. Se contentó al ver que casi todas eran iguales. Algunas llevaban mi nombre y otras los de nuestros hermanos. El líder dejó de revisarlas y entregó el lote a uno de sus compañeros―Tino Väinämöinen. Ese es el nombre de nuestra difunta nación… ¿De dónde sacaste esto? ¿Crees que te voy a creer que tú eres nuestro Finlandia? Es una burla a su memoria.

Tino alzó la voz nuevamente, con una avidez increíble:

―Somos mensajeros del palacio real de Estocolmo y del palacio de gobierno de Finlandia, se nos envió por esas cartas. El señor Oxenstierna pidió por ellas. Con respecto a que son de mi autoría, lo son. El señor Väinämöinen que en paz descansa no las escribía con su puño y letra. Yo era de plena confianza de él. Por favor, sólo queríamos huir de este lugar y cumplir con lo que se nos pide

Berwald observaba incrédulo a Tino y yo sin más, decidí unirme a la actuación.

―Si se nos permite, nos uniremos a ustedes en condición de rehenes. Nos pueden dejar a nuestra suerte si gustan en Helsinki o en cualquier puerto. Nos pueden quitar todas nuestras armas y no diremos palabra alguna en todo el viaje. Si se acercan soldados rusos pueden abandonarnos a nuestra suerte.

El hombre levantó una ceja y dirigió su mirada fuerte a uno de sus hombres, quien le habló:

―Encontramos dinero sueco e identificaciones… gubernamentales.

Sus pulmones soltaron el aire cautivo en ellos y alzó la mano para que bajaran las armas. Ordenó devolver las cartas al lugar de donde salieron y se nos levantó en calidad de rehenes. Nos ordenaron movernos y sin decir ninguna palabra, los tres acatamos rápidamente. Tino cojeaba evidentemente y se quejó cuando uno de los encapuchados dio con su pierna.

Nos hicieron caminar un buen trecho, sorteando el inundado bosque, además de algunas trampas que, al parecer, ellos mismos habían instalados. La nieve caía con más silencio y perdimos totalmente la noción del tiempo. De vez en cuando, nos dirigíamos miradas asustadas entre nosotros. Pude notar que la mejilla de Tino se tiñó de violeta y tonos carmesí y que Berwald temblaba.

Tras al menos una hora de tensa caminata, llegamos a lo que parecía ser una base militar camuflada entre arbustos y árboles, donde muchas personas se movían, quitando el exceso de agua y de nieve.

Berwald no soltó la mano de Tino en todo el viaje.

A pesar de que aún no teníamos certezas de cómo sería el rumbo de las cosas, tenía el presentimiento de que llegaríamos a Helsinki. Sé que lo lograremos.