Si algún día decides volver

.

Disclaimer: La historia es mía, los personajes son de Stephenie Meyer. Prohibida su copia. Contiene escenas sexuales +18. NO APTO PARA PERSONAS SENSIBLES.

Summary: La veo en fotos, revistas y en televisión. La conozco. Ella me conoció. Mantengo la esperanza de que vuelva, que deje los vicios, que acepte que su vida no gira en torno a excesos. La quiero devuelta, para volver a ser lo que nunca fuimos.

Recomiendo I'm a fool to want you de Billie Holiday


.

Capítulo XXXV

.

"En Hollywood te pueden pagar mil dólares por un beso, pero sólo 50 centavos por tu alma"

-Marilyn Monroe.

.

Isabella POV

—¿Está segura que no quiere que le ayude con eso, Srta. Swan? —inquiere Charlotte, parada detrás de mi silla.

La miro por medio del espejo con luces a su alrededor y le niego un par de veces.

—Puedo hacerlo sola —murmuro.

Luego de pasar el pincel sobre mis párpados y delinearlo con un lápiz negro, voy colocando mis pestañas, una por una. Pestañeo al acabar y me aseguro de que están bien puestas. Le hago una señal a Charlotte para que se apresure a ponerme las uñas postizas y luego las pinte del color que deseen.

—¿Ha llegado Félix? —le pregunto mientras la veía actuar en mis dedos.

Levanta ligeramente la cabeza para mirarme.

—Sí, Srta. Swan, está en el camarín del frente.

Asiento y con una mirada le pido que continúe con su labor.

Félix Soulmate es mi pareja en la película y fue una escapada de camas hace un año atrás. No sé qué tan fácil será volver a interactuar con él ahora que yo estoy con Edward, pero me pone un poco nerviosa. Al menos es solo la grabación de dos escenas que no salieron bien según Stanley; la película ya está prácticamente lista.

Cuando Charlotte acaba con su trabajo y las uñas están bien puestas y pintadas, me cambio de ropa con rapidez. Un suéter rosa de cuello alto y una falda de cintura hasta las rodillas color caqui. Me doy una última mirada en el espejo y hago un mohín, tiro de mis cabellos rubios y me aseguro de que la peluca está apegada a mi frente. Antes de salir me calzo una bata.

—En diez la necesitamos, Srta. Swan —anuncia un asistente medio apurado, yendo hacia el estudio.

Asiento y me aferro a la bata.

Los faroles de las esquinas parpadean de vez en cuando hasta que topo con uno más grande, que da al estudio principal. En la esquina está Stanley con un megáfono atrapado entre los labios y una carpeta en una de sus manos. Ahí veo a parte del elenco tomando una taza de café con unos cuantos cigarrillos, charlando de algo por lo cual ríen. Félix es uno de ellos, vistiendo como mi marido en esta película.

—Buenos días, Isabella —exclama Stanley, levantándose de la silla. Me besa ambas mejillas con su picuda barba, tomándome de los hombros—. Vamos, querida, a escena, necesito a mi principal.

Me mira con sus gafas cayéndose poco a poco de su nariz y luego vuelve a subírselas. Su cabello despeinado y medio arrancado parece más desorganizado que antes, hasta se ve más gordo.

—Buenos días, Stanley —le digo con una sonrisa suficiente y arrogante. Yo soy su estrella en este mismo momento.

Muevo los hombros para quitar rigidez y retiro la bata de mi cuerpo. Le doy un saludo a los asistentes de cámara y vuelvo a sonreír, imaginando que ésta podría ser mi última escena en un largo tiempo.

Estoy decidida.

Siento la luz contra mi rostro y comienzo mi escena, repitiendo el guion que ya me sé perfectamente. Me sale con total naturalidad y sé que Stanley está callado porque no he hecho nada mal, todo lo contrario. Félix aparece también y me besa los labios, permitiéndome seguir con la escena, que va perfectamente.

.

Alec me ayuda a salir del coche y me indica que dentro se encuentra el corredor de propiedades. Pero antes de entrar doy un ligero suspiro, este apartamento fue mi primera adquisición con el primer papel. Es tan inmenso y jamás lo sentí mío.

—Si gusta no lo hacemos —me repite con undécima vez.

—No, no, Alec, esta vez sí lo haré.

Asiente y me conduce hasta lo que alguna vez fue mi apartamento. En la entrada espera el corredor, por lo que de inmediato nos saludamos. Es cano y lleva un impecable traje. Mi ama de llaves me saluda amablemente al verme, me cuenta que ha limpiado mis cuadros durante todo este tiempo y que los premios están intactos en mi estante.

Es pelirroja y muy gordita, me da muchísima ternura. Aunque sus ojos grises siempre andan tristes por el fallecimiento de su único hijo en un trágico accidente, generalmente me sonríe y me atiende como si fuese su niña.

—Déjanos a solas, Marianne —le pido con suavidad.

Asiente y se va, cerrando la puerta del estudio.

—Como puede ver es un apartamento de lujo, avaluado en muchos dólares —le comento al corredor.

Alec está parado a mi lado y sostiene su mirada firme.

—El Sr. Krugher ha especificado el precio en 3 millones de dólares.

—Al contado —murmuro con acidez.

—Así es, Srta. Swan —me dice con aires fríos.

Sonrío.

—El Sr. Krugher debe firmar antes del 30 de Abril, o de lo contrario yo me buscaré otro comprador.

—Créame que lo hará. ¿Sigue en pie la oferta de los muebles?

—Desde luego —mascullo—. Nada de eso me sirve.

Asiente y me entrega algunos papeles para que el contrato de venta quede estipulado lo más pronto posible. El corredor se va de inmediato con sus aires suficientes y al sentir la puerta cerrada le sonrío a Alec, quien también lo hace.

—Ha salido de esta, Srta. Swan —murmura—. Al menos ya está casi vendida.

—Así es —mascullo—. Viví tanta miseria en este estúpido apartamento de lujo.

Camino por los rincones tan limpios pero tan desprovistos de vida. Los cuadros por todos lados con mi rostro mirando a la cámara; son cuadros de fotografía de todas mis portadas y sesiones, casi todas de gran tamaño. Nunca me gustó vivir aquí, más que nada porque odiaba observarme por todos lados. El estante que está en mi habitación está lleno de mis premios, unos más importantes que otros. Rozo el más importante de todos con mis dedos y sonrío, al menos hice historia en este mundillo de mierda.

—¿Va a llevarse todo esto con usted? —me pregunta mi asistente.

—Claro que sí, todo esto fue el resultado de muchas lágrimas y dolores —murmuro—. Es lo único bueno de esto.

La estatuilla del hombre deja de estar en mis manos, parándose nuevamente en el estante.

Me meto entre las cajas llenas de polvo y encuentro lo más importante: el dibujo que me dio Edward cuando hui de Forks. Suspiro y lo sostengo entre mis dedos, reprimiendo mi llanto. Luego sonrío, porque sé que él me espera en casa. Lo único que deseo es verlo y besarlo, no quiero separarme nunca más de él.

Alec me deja a solas para que seleccione lo que sirve y lo que no, así que meto de inmediato el dibujo en mi bolso.

Me lanzo a la gigante cama que hay en mi habitación, aunque sé que ni siquiera es mi habitación. Aquí estuve llorando durante tanto tiempo, qué graciosa era la vida, cuando creí que lo tenía todo perdido aparece nuevamente él.

Le doy vueltas a la cuerda y vuelvo a escuchar el sonido de la música, la pareja vuelve a bailar y me vuelvo a transportar en Edward con su bello regalo. Toco el detalle tan bien tallado y me muerdo el labio para luego apretar la cajita de música entre mis brazos. Lo extraño tanto y queda tanto para volver a verlo.

Me quedo dormida sobre el edredón y la cajita entre mis manos, sin darme cuenta de ello hasta que alguien toca la puerta de la habitación. Me desperezo enseguida y deposito la cajita de música sobre la mesita de noche, abriendo con rapidez la puerta.

—Srta. Swan, la ama de llaves, Marianne, me ha avisado que han llamado desde el banco. ¿Qué quiere que haga?

Bostezo ligeramente y le pido entre gestos que vaya él a hablar con ellos. Al rato lo sigo y lo noto hablando con fervor, mientras va anotando algunas cosas en su agenda. Cuando me ve me llama con sus dedos y yo me siento frente a él, sobre el escritorio de mi despacho.

—Un segundo. —Se quita el aparato de la oreja y lo tapa con la palma de su mano—. Me han avisado que James ya no tiene acceso a su cuenta, por lo que puede estar tranquila, él ya no tiene poder sobre usted. Ahora solo falta que rompamos el contrato.

—¡Eso es perfecto, Alec! —exclamo—. Ahora necesito que requisen todas las actividades de mi cuenta, sabes bien que no he tenido acceso a ella desde hace muchísimo tiempo y James controlaba todo ello…

—En eso estamos, Srta. Swan —me dice con dulzura—. Sr. Jones, por favor, necesito la actividad de la cuenta. —Se calla—. Está bien, lo espero. Srta. Swan, por mientras debería seleccionar lo que dejará aquí para llamar a mudanza y llevar sus pertenencias hasta Forks. La Srta. Brandon esperará y guardará todo en su casa, así usted podrá acabar por firmar rápidamente el contrato de venta con el Sr. Krugher.

Cuando voy hacia la cocina para comer algo, Alec profiere un ligero grito de cólera.

—¡¿Está queriendo decir que alguien ha tenido acceso a la cuenta por más de siete años?!

Frunzo el ceño y corro hasta el estudio, en donde veo a Alec agarrando firmemente el aparato con sus dedos.

—¿Está seguro de eso? —vuelve a preguntarle—. Maldita sea.

—¿Qué es lo que sucede, Alec? —le pregunto con la voz queda, un poco temerosa de su respuesta.

Corta de golpe y se levanta del sofá para hacerme frente.

—Srta. Swan, James ha tenido acceso a su fortuna, ¿no?

—S… sí —tartamudeo—, pero se lo permití cuando comencé con mi…

—James ha estado robando su dinero antes de que abriese la cuenta para almacenar el dinero de la primera película.

Un balde de agua fría cae de lleno sobre mi cabeza y yo me sostengo del brazo del sofá más próximo para no caer. Viajo por los años hasta regresar a mi pasado de prostituta y me interno en las mil imágenes que he querido borrar durante todos estos años.

Yo abrí esa cuenta mucho antes de que hiciera mi primera película y ganara dinero. Recuerdo perfectamente que fui al banco el primer día que el negocio de la prostitución me daba buenos frutos, tanto así que no tardé en ponerme el dispositivo en el útero, dispuesta ciegamente a no ser madre nunca más y menos a quedar embarazada de uno de esos imbéciles.

No creí que fuese a desear tanto quitármelo.

James en ese entonces… me buscaba… Él me robaba el dinero que tenía en el banco, mientras me prostituía. Él me quitaba el dinero que con tanto asco lograba poseer, sin siquiera yo darme cuenta. ¿Cómo fui tan tonta? ¿Cómo lo hizo?

—¿Se llevaba mi dinero directamente? —le pregunto con un hilo de voz.

Maldito hijo de perra. Me robaba hace tanto tiempo sin siquiera yo poder evitarlo. Me robaba cuando me veía llorar por todo lo que sufría acostándome con esos hombres. Robaba el dinero que él me daba cuando quería un polvo.

—Lo traspasaba a una cuenta , Srta. Swan.

—¿Él es el titular de la cuenta? —inquiero con un hilo de voz.

—No —responde—. Es Louis Harrington.

Aprieto mis manos con fuerza y sostengo mi barbilla en lo alto, digiriendo lo que acabo de escuchar.

No. Eso no puede ser cierto. James le ha dado mi dinero a Louis… Todo cuanto me prostituí no sirvió de nada, porque ese dinero iba a parar a sus manos otra vez. Sigo siendo su puta, porque luego de todos estos años es como si estuviese pagando… mi libertad.

—Dios mío —gimo—. ¿Cuánto me han quitado?

—Casi el 35% —murmura con preocupación.

—Dios, eso es muchísimo —exclamo con la voz rota—. ¡Es demasiado dinero!

—Podemos demandarlo, quizá si…

Alec frunce el ceño y me queda mirando con preocupación.

—¿Quién es Louis Harrington, Srta. Swan?

Me miro las manos y éstas tiemblan constantemente. Trago saliva y levanto la barbilla otra vez.

—Mi ex proxeneta.

.

Edward POV

—Tu novia me ha caído muy bien —exclama Ángela detrás del mesón de atención.

—Tú también le has caído muy bien —le digo, mientras saco mi abrigo del perchero.

—Fue tan genial poder hablar con ella. No sabía que fuese tan callada y serena —me susurra para evitar llamar la atención del cliente que está revisando algunos muebles cerca de la entrada. Al menos nos da la espalda—. Creí que era más…

—¿Más vanidosa? ¿Extrovertida? ¿Charlatana?

Se encoge de hombros.

—Algo así —murmura—. Supongo que todos tenemos estereotipos y prejuicios con la gente que trabaja frente a una pantalla.

—La conozco hace más de 16 años, hasta yo creí que no sería la misma.

—Señor, no puede tocar los cuadros —le advirtió ella al hombre que nos daba la espalda—. Esas cosas pasan, Edward.

Asiento y ella me queda mirando un buen rato.

—¿Aún no te persiguen los periodistas? —vuelve a susurrar como si confesara un crimen.

La sola idea me asusta.

—No —mascullo—. Pero debiste ver el periódico. Ahora todo Forks y gran parte de Seattle me reconocerá en la calle.

Ella hace un mohín y camina hasta el cliente que aún sigue observando, mientras yo aprovecho de pasar un paño en el mostrador de vidrio. Sin embargo el hombre se da la vuelta y lo sorprendo observándome, mientras sostiene un juguete de madera entre sus dedos.

Charlie mueve su bigote en lo que parece ser una sonrisa, y Ángela lo sigue con la mirada hasta mí. Frunce el ceño y de paso me pide explicaciones del porqué de su mirada. Él acaba acercándose algo indeciso, pero sin flaquear, yo por lo menos no me alejaré, me intriga su presencia.

—Buenas tardes, ¿necesita ayuda con algún producto a la venta? ¿O prefiere la confección personalizada de algún mueble a elección? —le digo con naturalidad y amabilidad.

Charlie no viste traje de policía como solía hacerlo hace mucho tiempo, ahora lo reemplaza una ropa muy oscura que le acentúa las pocas canas del cabello castaño oscuro y ondulado. Lo demás sigue intacto, pues con los años no se ha puesto tan viejo como cualquier ser humano. Tiene buena sangre, pienso. Tiene unas cuantas arrugas sumadas en las comisuras de sus ojos y la piel de la frente ya desgastada, pero su iris castaño ya no está inyectada de sangre como hace unos años, cuando corrían los rumores de que era un policía borracho.

Cuando conocí a Bella lo veía constantemente cerca de la cantina vistiendo un uniforme gastado y maltratado con los años, con la placa a medio salir y el bigote sin peinar. Ahora parecía… recompuesto. La última vez que oí de él fue cuando le pidió a Jasper que no bebiera en vía pública y la última vez que lo vi fue cuando buscó a Bella; en aquella oportunidad no tuve la posibilidad de analizarlo.

—Buenas tardes, creo que solo pasaba a mirar —me dice con su característica voz.

—Puede seguir haciéndolo. Ángela, ¿qué tal si vas al taller y traes las últimas confecciones?

—Claro, Edward.

Cuando cierra la puerta detrás de mí, yo le doy una repasada a Charlie. Suspira y mueve el juguete de madera entre sus dedos.

—¿Qué hace aquí, Sr. Swan? —Rompo el silencio incómodo, ya que él no iba a hacerlo.

—Te buscaba —masculla.

Elevo mis cejas por la sorpresa de sus palabras y luego me cruzo de brazos.

—¿Qué necesita? —inquiero directamente, ya no quiero rodeos.

Charlie Swan no abre la boca de inmediato, porque medita bastante qué decirme. Yo lo espero pacientemente, analizándolo de por medio para conocer sus intenciones.

—Leí el periódico de hace unos días —murmura con cuidado. Me lamo el labio inferior a falta de otra cosa, ya sé hacia dónde quiere llegar—. Fue una sorpresa leer tu nombre en aquella nota.

—Charlie…

Pero no me deja terminar.

—¿Desde cuándo que ustedes dos son...?

—Ya van unos meses —mascullo un poco incómodo, al fin y al cabo es el padre de mi novia.

Él asiente y me quita los ojos de encima por un rato.

—Siempre han sido muy íntimos.

No le contesto.

—¿Dónde está ella? —me pregunta, de pronto con los ojos iluminados.

—Está en Los Ángeles —respondo con voz queda.

—¿En Los Ángeles? —exclama—. Vaya. Necesitaba hablar con ella.

La sangre se sube a mi cabeza de inmediato. Aprieto mis puños hasta que los nudillos se vuelven blancos.

—Venir aquí no le asegura absolutamente nada, Sr. Swan —le digo con sequedad.

Charlie frunce el ceño y deposita suavemente el juguete sobre el mueble.

—Sé muy bien que en este mundo ya no puedo asegurarme el rol de padre.

—Que usted claramente dejó ir al abandonarla —escupo.

Él gruñe, pero no insiste en hacerme nada. Se pasa una mano por el rostro, afligido, y luego la deja caer a un lado de su cuerpo.

—Tú no sabes qué sucedió realmente, ¡ni siquiera Bella o Renée! —vocifera con voz temblorosa.

Tenso mi mordida.

—Usted tampoco sabe lo que ambas tuvieron que sufrir por su abandono.

Charlie frunce el ceño y su bigote parece arrugarse junto a sus labios.

—No hables si no sabes, Edward —me dice con voz severa.

Bufo exasperado y doy un paso al frente.

—Vi llorar a Bella lo suficiente para saber de lo que hablo, Sr. Charlie Swan —escupo a regañadientes—. ¿Qué quiere con ella? ¿Eh? Tuvo muchísimo tiempo para enmendar su error, ahora ya es muy tarde, Bella no lo quiere…

—Ya calla, chiquillo insolente —me interrumpe—, he luchado toda mi vida por acercarme a ellas.

Sus ojos marrones se tornan acuosos y por un instante creo que va a llorar.

—¿No crees tú que no he discutido conmigo mismo si visitar a Renée o no al hospital? —su voz se quiebra—. ¿O cuando Isabella era una niña, ir a ver sus presentaciones de teatro en la primaria, a hurtadillas de su madre?

—Entonces, ¿por qué las abandonó? —le pregunto con un nudo en la garganta.

¿Por qué me decía esto ahora?

—Yo no quería, pero tuve que hacerlo —afirma con la barbilla tensa—. Volveré cuando sea pertinente, buenas tardes.

Lo vi salir de la tienda con la cabeza gacha, caminando hacia el frente para luego cruzar la calle. Suspiré y dejé caer los brazos, algo de lo que me había dicho Charlie había quedado muy fresco en mi mente y era precisamente el hecho de que no era él quien quería hacerlo. ¿Lo habían obligado? No, eso era imposible, Charlie era un policía muy respetado en Forks, ¿quién podría ejercer poder sobre él?

Negué para quitarme esas ideas de la cabeza y me volví a mi trabajo.

.

Me despedí de Ángela en cuanto hube salido del taller. El público se había hecho más numeroso desde que salió en televisión, donde exponían que yo era el dueño del taller y que era un empresario. Gracioso, cuando aún trabajaba para mi padre. De cualquier manera, el dinero se hacía más fácil de ganar, pero mi trabajo volvía a hacerse pesado, a pesar de que mi padre había contratado a alguien para que me ayudara.

.

Ya llegaba el ocaso y era hora de irme. Ha cesado la lluvia, por lo que aprovecho de caminar por el lugar más corto hasta recoger mi coche. Aún hay luz en el cielo y los focos todavía no se han encendidos.

Cuando llego a la calle siguiente una gran cantidad de focos me dan contra la cara y yo lo único que logro hacer es taparme con una mano.

—¡Edward Cullen! ¿Qué podrías decirnos de tu noviazgo con Isabella Swan? Hemos sabido que ustedes se conocían desde hace muchísimos…

—¡Hey, Edward Cullen! ¿Es cierto que planeas mudarte con ella a Los Ángeles?

—¿Qué tan ciertos son los rumores de que ella firmará un contrato con Universal?

Dios, son miles y miles de preguntas tan ridículas.

Retrocedo unos cuantos pasos, topando con una gran cámara que me enfoca, luego me ponen un micrófono contra la cara.

—¡Aléjense! —exclamo.

Corro hacia la otra calle con el corazón en la boca, pero nada parece tener salida. La gente se va dando cuenta de quién soy yo y hacen de esto algo mucho más difícil de digerir. Miro hacia atrás y me aseguro de que no tengo escapatoria, ellos me siguen corriendo.

Mi corazón está desbocado y me pitan los oídos. Pero unas luces me hacen una señal, justo cuando he entrado a un callejón sin salida. Es un coche negro y estoy casi seguro que lo he visto antes. Se pone al frente de mí al mismo tiempo que los periodistas van acercándose a mí, abren la ventanilla y de ella sale Tanya Denali al volante.

—¡Sube! —exclama.

No lo dudo ni un segundo. Abro la puerta trasera y me meto dentro, rebotando sobre la silla. Tanya mueve la palanca de cambio y acelera, haciendo que las ruedas chirreen de manera grotesca.

—¿Estás bien? —me pregunta, ladeando ligeramente la cabeza para mirarme.

Me recompongo luego de unos segundos y apego mi espalda al respaldo.

—Algo así —le contesto—. Me has salvado.

Se larga a reír un poco lo que libera tensiones.

—Fue una suerte encontrarme justo en ese momento, ¿no?

—Ni que lo digas.

—¿Qué ha sido todo eso? —me pregunta luego de un rato. Ahora me mira por el espejo retrovisor.

Me encojo de hombros, pero al final hago un gesto de desesperación.

—Es por tu novia —afirma.

—De un día para otro pareciera que todos quieren hablar conmigo. Es…

—¿Diferente?

Vuelvo a encogerme de hombros, arrugando mi gesto.

—Creí que podría soportarlo más rápido.

Tanya Denali se calla y sigue conduciendo concentradamente. Para frente a una fuente de soda y se recarga en el manubrio, mirándome con sus ojos claros.

—Te invito un café y así podemos charlar —me dice amistosamente.

.

Me pongo el popote en la boca y succiono hasta beber la malteada de chocolate. No soy bueno hablando en este momento. Tanya está sentada a mi lado en un taburete largo, apoyada de hombros sobre la barra con una malteada de fresa. Es raro verla en una fuente de soda, sobre todo con su forma de vestir tan elegante.

—Fue una suerte que me encontraras en medio de la estampida —le digo para cortar el silencio—, no supe cómo zafar.

—Es natural, no es tu mundo —habla con el popote en los labios.

—Gracias —acabo.

Me sonríe y se quita el popote de la boca para hablar con mayor claridad.

—¿Ella no está aquí?

—No —respondo—. Se ha ido a L.A por unos días —murmuro—, tiene que terminar de ver un par de cosas.

Eleva las cejas y vuelve a beber la malteada. Yo la imito.

—¿Sabes, Edward Cullen? A veces es bueno enfrentar los miedos.

—Tienes razón. —Sueno avergonzado—. Soy cobarde.

—Puedo apostar a que estás mintiendo. No creo que seas cobarde. Los artistas son muy valientes.

Elevo mis cejas y bufo.

—Ah, ya veo, otra vez ese cuento de que no eres un artista. A veces no sé si exageras tu humildad.

—Solo…

—Yo creo que tu novia debe tener razones suficientes para quererte, las mismas que yo veo en ti —me interrumpe con la voz queda.

Agacha la mirada y se dedica a beber su vaso con fervor. No sé qué decirle.

—Ya te he dado suficientes razones para que hagamos esto juntos, conozco a muchas personas que podrían ayudarte, haríamos una exposición de tus cuadros en Seattle y…

Ésta vez la interrumpo yo:

—Prefiero no hablar de eso.

.

—Hola, cariño —le digo a la interlocutora.

—Hola, Edward —murmura ella con la voz queda—. Extrañaba tu voz.

Aprieto el aparato entre mis dedos y me muerdo el labio inferior.

—Yo te extraño a ti —mascullo.

Bella lanza un jadeo cansado y sé que está aburrida ahí, sola.

—¿Cómo están las cosas ahí? ¿Has estado mucho tiempo frente a la cámara?

—Muchísimo, es tan cansador. Quisiera poder irme a Forks lo antes posible, aquí todos me están preguntando por ti.

La garganta se me aprieta.

—¿Y… les has hablado de mí? —le pregunto con la voz baja.

Bella se queda callada un momento.

—No sé si sea correcto, ya sabes, como te incómoda.

Asiento, aunque sé que no me está mirando.

—¿Estás bien, Edward? —inquiere.

Tapo el teléfono para que no escuche mi bufido cansado.

—Sí, estoy bien —le miento—. Todo va bien.

Me evito decirle que he visto a su padre, no quiero que se preocupe estando tan lejos. Tampoco voy a decirle que me ha perseguido una turba en medio de la calle y que ahora Forks me mira desde otra perspectiva. Tampoco voy a decirle que tengo miedo de que todos sepan que solo soy un carpintero de mierda que trabaja para su papá y no un empresario como todos dicen en los medios (ya lo he escuchado incansablemente por todos los medios), ya que todos no entenderían cómo una actriz de tal nivel esté enamorada de un hombre tan simple como yo.

—Suenas extraño.

Suspiro.

—Tranquila, solo he trabajado mucho.

—Quisiera poder estar contigo en este momento.

Mi garganta se ennudece.

—Yo también —le hago saber con sinceridad—. Te amo, recuérdalo, ¿sí?

—Te amo, Edward. Por favor, si algo te sucede dímelo.

—Lo haré.

.

Jasper sostiene una caja entre sus brazos luego de sacarla del maletero de su coche, me saluda con las cejas y yo también lo hago, mientras sigo tallando el pedazo de madera que tengo entre mis dedos.

—¿Lo dejo adentro? —me pregunta.

—Sí, encima de la mesa del comedor.

He llamado a Renée para que me diga si tiene algunos registros de Bella durante su carrera, ya que yo solo tengo unas cuantas revistas. Nunca pude comprarlas todas, pues me ganaba la angustia. Ella me confesó que coleccionó todos sus recuerdos en una caja que estaba en su armario. Le pregunté si podría revisarla y ella accedió. Le pedí a Jasper que me ayudara trayéndolas, pues no quería pisar la ciudad otra vez, con lo último ya estaba exhausto.

Me pregunto a cada instante qué quiero hacer con las revistas, a lo que me respondo de inmediato: Quiero asegurarme de que su mundo no es tan ruin. Quizás un viaje a su vida de famosa me ayuda a esclarecer todo.

Dejé de tallar y me metí dentro. Jasper ya estaba desembalando la caja grande, de la cual sacó otras dos más pequeñas.

—Me debes una, primo —murmuró—. Tuve que decirle a Alice que venía a beber unas cervezas contigo para que ella no viniese, como tú me pediste. ¿Qué pretendes? No entiendo por qué ocultarle esto a ella. ¿Sucede algo malo?

Niego con mi cabeza y le pido que siga ayudándome a sacar las cosas.

Entre el tumulto de la primera caja encuentro muchísimas fotos de Bella cuando era una bebé. Sonrío y me dejo llevar por el brillo de sus inocentes ojos. No tiene cabello y sonríe con un par de dientes abajo. Renée la sostiene con aprehensión y le besa la cabecita. Se nota con su sola mirada que la ama con todo su corazón y bien sé que gran parte de los pesares de ella comenzaron cuando su hija se fue de su lado.

—¿Por qué nunca se fue? —pregunto a la nada.

Jasper me aprieta el hombro y se acerca para ver la foto.

—¿Te refieres al hecho de que nunca dejó a Phill? —inquiere con timidez.

Asiento.

—Ama tanto a Bella, pero nunca la liberó de los maltratos de él.

Mi primo suspira y me aprieta aún más fuerte el hombro.

—Quizás hay una razón demasiado fuerte —murmura.

Y es lo más sensato. Entre Carlisle, Renée, Charlie y Phill hay más secretos que verdades.

Sigo mirando las fotos, en todas es Bella cada vez más grande. Son increíbles todas las fotos que hay. Me topo con unas cuantas en donde sale Charlie arropando a su hija, lo que a mí realmente me hace sentir incómodo. "Yo no quería abandonarlas; tuve que hacerlo". ¿Por qué…?

Sigo sacando algunas cosas hasta topar con un montón de periódicos y revistas, todas de Bella. Se me escapa otra sonrisa cuando veo sus portadas, sus nombramientos en la prensa, las calificaciones de sus películas y sus primeras apariciones. Renée conservó todo, incluso más que yo.

"La nueva promesa del cine", dice en la plana de su primera portada. Mi pecho se infla y me muerdo el labio. Jasper la mira también sonriente.

—¿Recuerdas la primera vez que vimos esta portada? Estábamos de camino a Seattle. Tú gritaste, diciéndole a todos que Bella lo había logrado al fin.

—Fue la primera vez que agradecí que se fuera de Forks.

Seguí leyendo las adulaciones a su trabajo, como también el nuevo apodo que le habían puesto en esos años: El Picaflor de Hollywood debido a su gran capacidad por escabullirse del amor, no sin antes robarse el polen de las flores. Aquello me hace preguntarme por qué Bella nunca lo intentó con alguien más.

—Se ve muy linda aquí —me dice Jasper—. Pero ¿sabes? Aun no entiendo qué quieres buscar.

Me sincero con él de forma rápida, dejando ir todas mis preocupaciones. Sé que me entenderá.

—Busco su historial según la prensa. Hace unos días una turba de periodistas volvió a acecharme, me inundaron de preguntas y… según la prensa soy un empresario. ¿Te das cuenta de eso?

Jasper se pone una mano bajo el mentón y niega con la cabeza.

—Solo están mal informados…

—Sí, lo están, porque yo solo soy un simple carpintero.

Tomo entre mis dedos las revistas y periódicos que hablan de los amoríos de Bella, en donde aparecen actores de gran renombre, empresarios, músicos y uno que otro director de cine.

—Edward, tú no eres un simple carpintero —me regaña Jasper, quitándome las hojas de las manos—. Pintas, dibujas y creas, ninguno de estos hombres lo han podido hacer.

—Todos se reirán de Bella y de mí cuando sepan que soy un hombre simple.

—Por Dios, primo, ¿qué importan los demás? Además, ni siquiera sabes si Bella ha estado con esos hombres. Eres tú el único que ha podido escuchar su "te amo", ¿no es eso ya suficiente?

Me siento en el sofá porque tiene razón y todo esto me está abrumando.

—No pensé que sería tan difícil convivir con su vida.

Jasper se sienta a mi lado.

—Sé lo que piensas, ¿se te ha olvidado que también tengo una novia hollywoodense?

Le sonrío y paso mi brazo sobre sus hombros.

—Las cámaras nos acabarán matando.

—Ellas también —me dice.

Mi sonrisa se enancha.

—Ya nos tienen acabados, ¿no?

Y sabemos que estamos demasiado enamorados para rebatirlo.

.

—Vaya que ha sido vinculada a hartas personas —me dice Jasper, moviendo las revistas y los periódicos a lo largo de la mesa.

—No me extraña que gran parte de ello sea mentira —digo un poco molesto.

—Ah, eso está claro. Alice una vez me dijo que Bella solía coquetear mucho, pero al rato se aburría…

—Por eso el apodo —acabo por él—. Ten, esto podría gustarte.

Le tiendo una revista en donde salen Bella y Alice juntas. Los ojos de Jasper caen en una dulzura bastante peculiar.

—Es tan preciosa —susurra.

Me largo a reír y niego reprobatoriamente, pero le entiendo completamente.

Reviso una caja pequeña medio escondida entre las otras, también más vieja y más sucia. Parece que nadie se ha metido a hurgar durante mucho tiempo. De inmediato la dejo donde estaba, un poco culpable siquiera de tocarla. Pero Renée me permitió ver todo lo que había adentro, quizá solo hay fotos y nada más.

—¿Qué hay ahí? —me pregunta Jasper, viniendo de la cocina con dos botellas de cerveza. Me tiende una y yo le pido que me la sostenga un momento—. Parece que nadie la ha abierto por siglos.

El polvo se expande cuando quito las fotografías y demás papeles, revisando entre lo que me encuentro. Topo con la imagen de Charlie vestido de policía a un lado de su patrulla, debió ser cuando asumió la jefatura. Se ve feliz bajo el color gris que lo invade. No sé por qué Renée guarda estas fotos, pero parece que no ha vuelto a tocarlas en muchísimo tiempo.

Frunzo el ceño inmediatamente cuando veo una foto de Renée y mi padre, juntos y abrazados. Mi corazón retumba y siento un sudor muy helado. Parecen tan jóvenes. Vuelvo a mirar las fotografías que van quedando y topo con una que me asusta, tanto así que dejo caer el pedazo de papel al suelo.

—¿Qué sucede, Edward? —me pregunta Jasper, levantando la fotografía—. Oh… Carajo —farfulla.

Phill y Charlie aparecen abrazados como dos viejos amigos, los dos vistiendo su traje de policía, solo que el primero parece ser el acompañante de menor rango. Phill era su pareja en las rotativas por la ciudad y sé que ni siquiera Bella lo sabe. No sabe que su padre biológico y el asqueroso de su padrastro fueron muy amigos, como lo muestra la fotografía.

—Esto no está bien, Edward, creo que nos estamos adentrando a terreno demasiado peligroso —sisea Jasper, dejando caer la fotografía a la caja como si ésta fuese a explotar.

Asiento, dándole la razón. Nos estamos desviando.

En automático comienzo a ordenar las revistas de Bella y las dejo para mí con el consentimiento previo de Renée. Jasper me ayuda a guardar las cosas más personales de ella, pero con la prisa y el nerviosismo una de las cajas se derrama sobre el suelo. Lanzo una maldición y me inclino para guardar los múltiples papeles, hasta que tomo entre mis manos una de las páginas del diario que Bella estaba leyendo. Frunzo los labios y evito darle una repasada, no me incumbe en lo absoluto, pero sé que a Bella sí. No dudo ni un momento; la dejo entre las fotografías y revistas de mi novia y me hago el estúpido.

.

Jasper se va de mi cabaña bastante temprano, alegando que debe estar con Alice. Me quedo completamente solo cuando el sol aún no se pone y enciendo la televisión por primera vez desde que la instalé. Bostezo un par de veces y me lanzo sobre el sillón que hay junto a la cama de huéspedes. Recuerdo efímeramente a Jessica y su estadía en mi casa, y sin embargo una extraña sensación se forma en mi pecho: la extraño, sobre todo su cordura. Si tan solo se hubiese tomado las cosas con calma… Suspiro. Yo fui un gran culpable, dándole alas cuando sabía que aún estaba enamorado de Bella.

Topo con un canal de espectáculos y comienzan a hablar de Bella y su nueva película, en donde debe utilizar una peluca rubia, ambientándose en la década de los treinta. Sale una imagen oficial de las grabaciones, ella medio sonríe, sosteniendo su cabeza con sus manos y sus brazos apoyados en la mesa, mirando intensamente a otro hombre, el quizá sea su pareja en la vida real. Es increíble lo parecida que se ve a su madre con aquella peluca.

—Eres tan preciosa, Bella —murmuro para mis adentros.

También hablan de lo mucho que se ha desaparecido de ese mundo, apuntando a un nuevo amor. Mis entrañas se retuercen y yo estoy a punto de cambiarla, pero muestran mi rostro, medio tapado con las intensas cámaras que me persiguieron, aludiéndome como al nuevo novio de Isabella Swan. La periodista vuelve a señalar que soy un empresario, como también un misterioso hombre incapaz de enfocar directamente. Muy misterioso.

Apago la televisión y cierro la puerta detrás de mí al salir del cuarto. Le doy una repasada a mi despacho, en donde me dedico a pintar. ¿Qué dirían si Edward Cullen fuese un pintor? Sería mucho más llamativo que un empresario. "Isabella Swan sale con un pintor, con un artista", dirían.

.

Le doy vueltas a la tarjeta una y otra vez, mirando el número de Tanya. Si tan solo fuese fuerte para intentarlo…

Suspiro y tomo el aparato con mis dedos, tecleo y espero a que conteste. Un timbre, dos, tres… Voy a colgar, pero me contesta de inmediato con la respiración un tanto revoltosa.

—Tanya Denali.

—Ho… hola, soy Edward.

—¡Edward! Veo que has decidido llamarme.

—Necesito conversar sobre esto… Sobre tus propuestas.

.

Tanya Denali vive en un apartamento de Seattle, muy cercano a la ciudad. Es de ladrillo rojo y de muchos pisos. Vive en el último, con unos cuantos vecinos. Parece ser lujoso y muy elegante, lo que sostiene mi idea de que ella es una mujer muy exitosa.

Cuando toco ella me abre enseguida, vestida con un bonito vestido rojo. Me sonríe y me invita a pasar.

El lugar es bastante grande para una mujer sola, aunque está muy bien decorado. Se nota que vive sola, porque la femineidad reina.

—Me has dejado muda, Edward Cullen —murmura.

Me pide que me siente en el sofá junto a ella y yo tímidamente lo hago. Tanya me imita y se cruza de piernas frente a mí, pero antes de seguir hablando, vuelve a levantarse y me pregunta si quiero beber algo, aunque ni siquiera escucha mi "no, debo conducir de vuelta", pues me tiende rápidamente una copa de vino. Le correspondo con una sonrisa algo incómoda, mientras dudo considerablemente si lo que estoy haciendo está bien.

—¿Qué sucede, Edward? —inquiere—. ¿Has decidido que te ayude?

Me miro los dedos y me llevo la copa a la boca para beber.

—He… he decidido que quiero dedicarme a la pintura —susurro.

—Dios, has decidido muy bien —me responde—. No sabes lo feliz que estarán todos de tenerte en una de sus exposiciones.

Deja la copa sobre la mesa y se va hacia lo que parece ser su habitación, luego regresa con una agenda de cuero y una pluma muy bonita de color plata. Comienza a escribir en ella, sosteniéndola sobre los muslos.

—¿Por qué no te veo feliz? —me pregunta—. Cada vez que he comenzado a asesorar a los jóvenes artistas veo ojos llenos y sonrisas suficientes. Tú…

—Estoy asustado, Tanya —le digo—, no quiero fracasar en el intento.

Ella me da una mirada empática y se acaba sentando a mi lado, poniendo su mano sobre mi rodilla.

—¿Es por tu novia? —inquiere.

—Es por mi inseguridad. Nada tiene que ver con ella —digo quedamente.

Asiente y vuelve a escribir algo en su agenda, sin saber yo qué.

—Bien, Edward, quiero que sepas que tienes que estar seguro sobre este paso, yo ya tengo mis contactos listos para ti. Debes creerme cuando digo que tú eres un genio. He visto muy pocas de tus pinturas, pero eso ha sido suficiente para entender que tu talento sobra. Mr. Van Houten estará impresionado cuando vea tus creaciones.

—¿Mr. Van Houten?

—Es el crítico de arte más conocido de Estados Unidos, muy exigente. —Se me aprietan las entrañas—. Vive en Seattle las primaveras y regresa a Nueva York para los inviernos.

—O sea que está en este Estado —mascullo nervioso.

—Así es, Edward, y yo ya le he hablado de ti.

Asiento y me limpio las palmas de las manos para quitar el sudor. Trago y la miro, Tanya lo hace también y me sonríe con naturalidad.

—Vas a brillar, Edward Cullen, no tardarás en hacerte muy famoso. Has tomado la mejor decisión del mundo: permitirme ayudarte.

.

Isabella POV

Alec me ayudó a hacer constancia en la policía de Los Ángeles para que estuviese más tranquila. Pero por otro lado me daba miedo demandar a James, sobre todo por Louis. ¿Y si la gente sabía que fui prostituta? Sin embargo mi asistente insistió, diciéndome que si yo perdía ellos aún más, porque el delito fue hecho por ellos.

Y tenía mucha razón.

La policía me prometió ayudarme, más que nada a impedir que James volviese a atacar mi dinero. Con eso me quedé un poco más tranquila, aunque no menos ansiosa por el miedo de sus ataques. La última vez casi me viola, pero no lo hizo.

Terminé de grabar mi quinta escena y final, ya lista para preparar solo los afinamientos. Stanley es demasiado perfeccionista, así que nunca se sabe.

—¿Ya está aquí? —le pregunto a Alec, mientras reviso los papeles que hay sobre mi escritorio.

Asiente.

—Dile que pase, tú te quedas a mi lado cuanto puedas.

Desaparece y luego vuelve, pero acompañado del corredor de propiedades y el comprador, un hombre rechoncho y moreno. Ambos me saludan dándome la mano y se sientan frente a mí. Alec prefiere pararse a mi lado con las manos unidas entre sí frente a su cuerpo.

—Buenas tardes, Srta. Swan, es un placer conocerla —me dice el comprador con una sonrisa bobalicona—. Es usted muy bonita en persona.

Solo le sonrío agriamente y estiro el contrato sobre la madera del escritorio.

—Todo está perfectamente estipulado en la hoja, si gusta puede leerlo.

—No hace falta, Srta. Swan, ya le he explicado perfectamente lo que dice y debe hacer —me dice el corredor.

—Entonces no hay nada más que hablar —les sonrío.

El comprador firma el contrato de venta y de sus rodillas eleva un maletín negro y medianamente grande. Lo pone sobre el escritorio y lo abre frente a mis ojos, mostrándome todos los dólares que yo le he pedido en efectivo por el departamento.

—Como usted lo ha pedido —me dice con una sonrisa suficiente.

Le sonrío también, pero de satisfacción. Al fin este departamento no me pertenece. Es como desprenderme de muchos malos ratos.

Alec me brinda otra mirada, pero sé que está tan feliz como yo. Lo hemos conseguido.

.

Edward POV

—¿Has estado pintando? —me pregunta con dulzura.

Sonrío contra el aparato y suspiro. Cómo adoro escuchar su voz.

—Como siempre —mascullo.

Luego mi sonrisa se quiebra lentamente, espero que cuando regrese ya habré conquistado al crítico de arte del que tanto me habló Tanya.

—¿Seguiré esperando a que te dediques a ello? Ya sabes, darte a conocer…

Por un momento me planteo comentarle lo que va a suceder hoy, pero lo reprimo, pues la sorpresa será muchísimo mejor. Además, sé que hay una gran posibilidad de que nada resulte y no quiero darle falsas esperanzas.

—Soy un cabeza dura y lo sabes —le digo, algo culpable por mentirle. Sé que quiere estar conmigo cuando ocurra, pero ésta vez deseo hacerlo solo—. ¿Qué tal allá? ¿Hace calor?

Bella se demora en contestar, pero al fin y al cabo lo hace.

—No está tan mal —me contesta.

.

—Bien. No te sentirás mal si él no entiende tu arte —le digo a mi reflejo, mientras me arreglo la corbata frente al espejo.

Tanya Denali abre la puerta y me señala que el hombre ya ha llegado. Ella lleva otro de sus vestidos rojos, pero más formal, junto a un moño en lo alto de su cabeza, sujetando el cabello rubio con muchísima fuerza. Está nerviosa, aunque temo que yo más.

A pesar de que estoy en mi cabaña siento que no es mi hogar por primera vez en mi vida. Me siento muy extraño.

El crítico es un hombre regordete y calvo, no parece especial ni mucho menos muy sabiondo. Lleva un traje apretado, sobre todo en sus cortas piernas, y un maletín muy fino en su mano izquierda. Cuando me ve sonríe de oreja a oreja, lo que me sorprende, no creí que fuese tan amable, al menos de primera vista. Se acerca y me tiende la mano libre, la cual aprieto con algo de temblor en mis dedos.

—Es un gusto conocerlo, Sr. Cullen, la Dra. Denali me ha hablado mucho de usted.

Tanya se sonroja levemente y me sonríe.

—El gusto es mío, Mr. Van Houten.

El tipo es un holandés sabiondo del arte europeo, expresamente del vanguardismo. Creo que tiene muchos contactos y que de gustarle podría brillar… muchísimo. Será perfecto, porque todos me conocerían como Edward Cullen, el pintor, no el carpintero mediocre.

—Pero bueno, que estoy muy ansioso, muéstrame lo que tienes para mí —murmura él, sacando un puro del bolsillo interno de su traje.

Asiento y con el corazón en la mano lo conduzco hasta la sala más interna, en donde he colgado tres cuadros. Son los cuadros más malos que he hecho, prefiero que analice ellos antes que los mejores, así tengo más chance.

Tanya se apega a mí y me sonríe para que me tranquilice, pero yo miro hacia un lado, consciente de que la única persona que podría tranquilizarme es Bella.

Mr. Van Houten se acerca a los cuadros colgados y deposita su maletín sobre el sofá. Se lleva una mano al mentón y analiza con los ojos bien abiertos, los comienza a tocar con la mano libre y lo remueve lentamente. En este momento siento el estómago removerse incómodamente y el corazón se me desboca.

¿Qué sucede si me dice que son horribles? Dios, debí mostrarles todos mis retratos de Bella, todos mis sentimientos hacia ella. Dios… Debí esperar a que estuviera ella aquí, al menos tendría cómo aferrarme sin caer.

Y el crítico está por lo menos media hora observando, mientras yo me estremezco cada dos minutos.

Cuando levanta la cabeza él me mira y se acerca a mí. Me fijo por primera vez en sus ojos marrones y luego me tiende la mano.

—Increíble, Sr. Cullen, Tanya tenía razón, usted brillará. ¡Su talento es increíble!

Todo el aire que tenía acumulado se va lentamente, ya más relajado. Luego, un júbilo desconocido se cierne sobre mí, al fin siento que he logrado algo.

—Es un trabajo prolijo, lleno de vanguardia. Hace mucho tiempo que no conocía a alguien que manejara el realismo de manera que éste se confundiera con lo surreal y onírico. ¿Quién te ha enseñado esto? —murmura.

Me encojo de hombros.

—Siempre vi a mi madre pintar y dibujar, lo demás es fruto de mi imaginación.

—Naciste con el talento, hijo, es lo único que se me ocurre. ¿Nunca estudiaste algo?

Miro al suelo un momento.

—No pude hacerlo, aunque me hubiese gustado.

—Es magnífico, Sr. Cullen. Le tengo una propuesta.

Esbozo una sonrisa de inmediato.

—Lo invito a exponer sus tres cuadros en la galería de aficionados en Seattle, verá que tendrá muchos frutos.

—¿Cuándo será?

—En cuatro días. Lo espero ahí. Solo le pediré algo, únicamente por esta vez.

Asiento, mientras Tanya me enseña otra sonrisa.

—No revelará su identidad, aún es muy pronto, ya sabrá por qué.

.

.

Isabella POV

Hoy es la fiesta que organizó la productora que es bastante comercial, así que habrá muchos fotógrafos. Hay que ir vestido de gala, así que me he visto obligada a llevar un vestido ceñido de color azul oscuro a juego con unos tacones de ensueño. Charlotte me ha maquillado más de lo que he podido tolerar y cada vez que pestañeo las postizas se remueven de mis párpados. No la culpo, mi rostro se veía muy cansado antes de maquillarme, más que nada porque acabé hablando con Edward hasta las 3 de la madrugada. Teníamos tanto que decirnos.

Parecía más feliz, incluso lo notaba entusiasmado, aunque no me dijo por qué. Esperaba que fuese alguna sorpresa de su parte, quizá Carlisle había aceptado venderle el taller.

Lo extraño muchísimo y siento que la espera para verlo se hace cada vez más larga. Y la noticia de mi noviazgo con él no se hizo esperar en boca de mis colegas, menos en la de Félix que hasta me felicitó. Pero lo conocía, sus ojos aún me miraban como antes y eso que nosotros jamás fuimos más que una noche de imbecilidades.

La fiesta era en un palacete, cerca de la playa. Es más, se veía el mar desde el balcón, que tenía las puertas abiertas para que todos pudiesen salir y mirar el paisaje.

—Oh no —sonrío, mostrando mis dientes con nerviosismo—, yo no hablo de eso —murmuro al periodista que me sostiene el micrófono frente a los labios, preguntándome por mi novio.

Contoneo mi cuerpo en medio de la gente, muchos se paran a sonreírme y a hablar un poco conmigo. Me adulan, me dicen que con esta película consagraré muchísimo más mi carrera, que quizá ganaré otro premio.

Una pareja bastante extravagante se me queda mirando y me van a saludar amablemente. No los conozco, pero algo en ellos me agrada, quizá su forma muy humana de darme un cálido abrazo. Yo, algo fuera de lugar, les sonrío.

Ella es muy rubia y bastante alta, con el cabello liso y recto hasta más allá de la cintura. Lleva un vestido alargado y de telas muy suaves, dibujada de formas que no logro entender. Debe ser hippie o el resto de lo que quedó de su moda hace ya un año. Tiene los pómulos altos y los ojos azules, muy grandes, al igual que sus labios. Pero él es más alto que ella, de cabello castaño desordenado en la nuca y en la frente, cayéndole a mechones. Tiene una sonrisa muy amable y su traje es lo más parecido a Ziggy Stardust que he visto en toda mi vida. Muy excéntrico.

—Es un gusto para nosotros conocerte, Isabella —me dice la chica rubia, atrapando mi mano con sus delgados y níveos dedos—. Soy Katrina Solberg, pero me dicen Kate.

—Garrett Solberg, Srta. Swan. —Él me sostiene la otra mano y me besa el dorso de ella. Su barba prominente me pica.

Es un matrimonio muy particular.

—Un gusto para mí también —murmuro, un poco intimidada con su contacto.

Me pregunto qué son y por qué unas personas tan originales están aquí, en una fiesta organizada por Stanley Kubrick y la producción de la película, un puñado de aburridos.

—¿Son invitados de Stanley? No los había visto por aquí —les digo.

Ambos se miran y sonríen.

—Somos actores —explican al mismo tiempo—. Estamos dentro del gremio.

—Nunca los había visto —me sorprendo—, serían muy difíciles de olvidar.

Se largan a reír y yo me sonrojo, pues he sido un poco descortés.

—Lo sabemos.

¿Por qué hablan en plural?

—Usted es muy difícil de olvidar —me dice Garrett.

Vuelvo a sonrojarme, más que nada porque me ha adulado frente a su esposa. Pero a ella parece no importarle.

—Hemos buscado la forma de dar con usted y hoy es el momento, ha sido muy difícil, usted no ha participado en ningún evento desde hace meses…

—No estaba en la ciudad.

—Ah. No, nosotros no somos de aquí —susurran—. Somos de Nueva York.

Elevo mis cejas por la sorpresa. ¿Han venido hasta aquí por mí?

—Pero eso es muy lejos —exclamo.

—Eso no ha sido problema —me dice Kate, poniendo su mano en mi antebrazo—. Necesitábamos verla.

Frunzo el ceño. ¿Por qué tanta insistencia?

—Somos actores y tenemos un espacio en Broadway, pero nuestro mayor apego es en Seattle, donde trabajamos la mayor parte del tiempo. Solemos estrenar cada dos semanas y hemos agrupado a muchos actores, de muchas partes del mundo —prosigue Garrett—. Créame que ha sido un trabajo muy duro desde que hemos viajado desde nuestra Noruega, pero es nuestra pasión, ¿sabe?

Asiento. Y claro que lo sé, el teatro es lo más hermoso dentro del arte. Desde pequeña he guardado en mi corazón una porción de ello, incapaz de olvidarlo. Por más que me doliera, mis únicos recuerdos de Charlie son aquellos en donde me llevaba al teatro de Seattle. Tengo imágenes difusas en donde aplaudo entre sus brazos, apuntándoles a los actores con euforia. Desde aquella vez algo creció en mi corazón, un amor a los escenarios en vivo que jamás pude aprovechar, porque no tengo talento según aquellos directores que me dieron el papel de extra por unos cuantos momentos íntimos. Según James resultaría. Mentira.

Al menos tengo talento para las cámaras. Ja.

—Los entiendo —murmuro, llevando mis dedos a la frente.

—Sabemos que a usted le gusta —me dice Garrett.

Lo miro interrogante y Kate le da una corta mirada. Luego se dirige a mí con sus ojos azules.

—Nos lo ha contado alguien que la conoce, bueno, fue algo trivial en un encuentro. Debo decirle, Isabella, que la admiro, admiro su trabajo y su versatilidad. Pero cuando me confirmaron que usted era aficionada al teatro pero nunca pudo estar en uno… simplemente decidimos que la queríamos en el nuestro.

Abro mi boca, sorprendida. ¿Quién le dijo que me gusta el teatro? Eso solo es parte de lo más profundo de mi corazón, muy pocos lo sabían. El nombre de James me cruza por la cabeza como la única persona capaz de decir abiertamente mis secretos, pero algo no me cuadraba.

—La necesitamos en él —me dice Garrett, mientras me atrapa las manos con fuerza—. Sabemos que el teatro es muy diferente al cine, pero…

Dejo de escucharlo y me centro en lo que sucede en mi cabeza. ¿Una propuesta para el teatro? Dios mío. Lo que tanto he soñado… El teatro… para mí. Mi corazón se desboca y en él se abrazan todas las ilusiones, todos mis deseos. Actuar entre luces tenues, aprender mis libretos en una corta semana, poder moverme en un espacio sin capacidad de error, liberando mis palabras frente a un público respetuoso, educado y por sobre todo naturalmente amable. El bendito teatro.

—Sabemos que no es el lugar más apropiado para decírselo, pero nos era indispensable, pues debemos volver a nuestro lugar.

—Es… no sé qué decir —murmuro con los labios apretados—. No saben lo mucho que amo el teatro. —Miro al suelo.

—Le damos la cordial bienvenida al teatro de La Quinta Avenida.

Abro mis ojos de sopetón. ¡Por Dios! Jamás habría pensado que sería aquel teatro, pues Seattle es cuna de más de 100 teatros independientes. ¡La Quinta Avenida!

—¿Ustedes son actores de La Quinta Avenida? Oh mi Dios, ese teatro es…

—El mejor del estado, el más hermoso de Estados Unidos, la cuna de los mejores actores junto con Broadway —añade Garrett con una sonrisa entre dientes.

Dejo ir el aire y me abrazo a mí misma.

—¿Realmente ustedes quieren que yo esté ahí? —le pregunto con mis mejillas un tanto ruborizadas.

—Sería un placer, Srta. Swan. Hemos sido parte de numerosos espectáculos con artistas de su calibre, pero usted específicamente es a quien queremos para nuestro próximo proyecto. Nuestro director, Vladimir Albu, está entusiasmado y lo que más desea es hacerle una prueba de escena teatral y…

No, eso no sería posible, pienso con los dientes apretados. ¿De qué serviría hacerme ilusiones? Todos los directores que conocí probaron haciéndome una escena teatral y me dijeron que no tenía talento para ello, que buscara cineastas básicos para entrar al cine, que eso es más basura. No quiero llevarme otra decepción.

Le sonrío de forma agria a los dos y asiento, solo para que no insistan más.

—Pueden llamar a mi asistente. —De mi bolsa saco una pluma y Garrett me entrega una servilleta tímidamente. Anoto rápidamente el número de Alec, mordiéndome el labio inferior al mismo tiempo, y se la entrego—. No aseguro nada, la verdad es que el cine me sienta bien —miento—, tengo mi agenda completamente llena.

—A veces es bueno cambiar de ambiente —masculla Kate con cierta seriedad.

Pero yo solo les sonrío de vuelta, me despido y me escabullo hasta el aparatoso banquete de la esquina, sacando tranquilamente un bocado de carne, aunque no tengo mucha hambre. Suspiro un poquito e intento olvidar las pocas ilusiones que me he hecho con lo del teatro, no puedo perder toda mi carrera de cine por el teatro, no cuando no tengo el talento que me hubiese gustado.

Doy una corta mirada hacia mis colegas, incluso a algunos asistentes, todos acompañados de su pareja o lo que sea. Suspiro, deseando que Edward se encontrase aquí. Lo extraño tanto. Niego con mi cabeza y suspiro nuevamente; quizá ha sido bueno separarnos un poco, para desearnos un poco más quizá. Pero ¿por qué me desespero tanto?

—Estás despampanante —me susurra alguien detrás de mi oreja y yo doy un salto, girándome rápidamente.

—Me has asustado —exclamo, llevándome una mano al pecho.

Es mi pareja en la película, Félix, quien me mira de pies a cabeza con un labio mordido por sus dientes. Está muy guapo con traje, debo reconocerlo.

Una canción de David Bowie comienza a sonar de fondo y yo me distraigo un momento con su letra.

—No ha sido mi intención —me dice, pero su mirada me dice otra cosa.

Ruedo los ojos y le sonrío débilmente.

—¿Por qué no estás bailando? —me pregunta, llevándose una mano a la barbilla.

Doy una corta mirada a la gente que está bailando con Bowie, pero la retiro enseguida.

—No me siento muy cómoda —le contesto.

Félix pasa un brazo por mis hombros y me aleja de la gente, llevándome hasta las puertas del balcón. De camino un mesero me tiende una bandeja con alcohol, pero yo la rechazo, manteniendo mi promesa. No volveré a beber.

Cuando salimos al balcón, que es espacioso y bastante solitario, Félix se recarga en la baranda de mármol, mirando hacia la playa y la luna. Luego se gira a mirarme y me sostiene una sonrisa bastante coqueta en sus labios. Yo inspiro con paciencia y me quito el cabello de la cara, mirando de vez en cuando al mar.

Qué hermosa vista, pero no puedo sentirme mejor.

—¿Desde cuándo que no bebes? —inquiere de pronto, mirándome con inquisición.

—Eso no te incumbe.

Lanza una risita.

—Te conocí sin tapujos, supongo que verte de esta manera es algo… raro. Estás embarazada, ¿no?

—Por Dios, no —le susurro, tapando su boca con mis manos—. No digas eso tan alto, que los periodistas pueden creerlo.

Me sonríe con mis manos en sus labios. Las quito con rapidez.

—No me extrañaría si lo estuvieras, ya sabes, con todo lo que han hablado… Te ves diferente.

—¿Qué han hablado, Félix?

—Lo de tu novio nuevo.

—Sabes que no he tenido otros a lo largo de mi carrera.

—Ya, pero te han vinculado con muchos, hasta conmigo.

Ruedo los ojos y me recargo en el mármol, mirando el horizonte con cierto resquemor. No me gusta que me lo recuerden.

—Lo de nosotros…

—Fue increíble —interrumpe con aire socarrón—. Ahora no bebes, no bailas, no me miras como antes —me toma la barbilla con los dedos—. ¿Es de quien todos hablan?

Estrecho mi mirada y me suelto de él. Debo reconocer que Félix me gustaba, pero eso, me gustaba. Ahora no puedo mirarlo como antes.

—Es de quien todos hablan —mascullo.

—¿Estás segura que no estás…?

Me largo a reír.

—No. No he concebido —digo mordaz.

Tenía el DIU desde hace mucho tiempo, me lo puse cuando era prostituta y me lo cambié un tiempo después. Las razones eran obvias. ¿Cómo iba a embarazarme de todos esos malditos que se acostaban conmigo? Lo conservé durante muchísimos años, hasta hoy, cuando le he pedido al médico que me lo quite. He cambiado por las pastillas, creo que es más cómodo y menos invasivo.

—Edward Cullen —murmura para sus adentros—. Me pregunto quién será.

Aprieto la mordida.

—¿Por qué no te ha acompañado?

—Tiene trabajo que hacer.

—¿Qué es?

—Ya basta, Félix.

Nos quedamos en silencio un momento hasta que él me sostiene la cintura con sus manos y me aprisiona contra su cuerpo.

—Félix, suéltame —le digo con la boca seca—. Anda un grupo de periodistas, pueden vernos.

—¿Y? ¿Acaso Edward es muy celoso?

Me enfurruño.

—Debo respetarlo, es mi novio —le digo con sequedad.

Hace un mohín y se larga a reír.

—Pero te ha dejado venir sola, entonces no le importas mucho —insiste.

Lo empujo, pero no me puedo quitar a Félix de encima.

—No le importa tu mundo, Bella. ¿Por qué no volvemos a la cama? Tengo un cuarto de hotel en el de enfrente, podríamos rememorarlo.

—Mi novio me ama y me respeta, no como tú —le escupo—. No quiero nada contigo, déjame ir.

Me aprisiona una vez más y con esto da una corta mirada hacia el lado, pero no puedo seguirlo porque me besa los labios con fervor. Tira de mi inferior, mientras un flash iluminante me da contra el rostro. Me suelta entre risas y con las manos temblorosas le doy un golpe en la mejilla, botándolo en el suelo.

—¡No vuelvas a tocarme! —le grito.

Sigo al periodista que sostiene la cámara con los ojos muy abiertos y le imploro que por favor no vaya a venderla.

—Ya lo has visto, no ha pasado nada —exclamo con desesperación—. Te puedo pagar…

—Es mi trabajo —insiste, yéndose hacia adentro.

Maldición, maldición, maldición, es lo único que pienso.

Me acomodo el chal sobre los hombros y con rapidez pido a mi chofer. Luego de unos minutos éste aparece con la limusina y me abre la puerta para entrar.

—Al departamento, ahora.

La ama de llaves me sostiene el chal cuando estoy dentro de mi departamento, el cual aún falta por empacar, mientras llamo a Alec entre gritos. Él aparece de dentro del despacho y con mi sola mirada él entiende lo que está sucediendo.

—¿Qué ocurrió?

Me siento en la silla alta de cuero y me quedo mirando las manos.

—Félix me besó —digo, pero él no entiende la gravedad del asunto—. Una cámara me apuntó y el maldito periodista escapó con la foto. ¿Qué le diré a Edward? —No permito que Alec me conteste, pues me levanto de la silla y le tiendo el teléfono a mi asistente—. Llama al aeropuerto, necesito irme cuanto antes a Forks.

—¿Y Stanley?

—Él entenderá.

—¿Qué haremos con las cosas de su casa, Srta. Swan? —insiste.

Suspiro.

—Mis premios, mis cuadros y mis mayores objetos preciados se irán contigo, los envías directamente a esta dirección.

Anoto rápidamente la dirección de Edward, la verdad es que no se me ocurre otra que esa, la casa de mi madre voy a venderla pronto y no tengo tiempo de enviar todas mis cosas a otro lugar.

—Ten —murmuro.

Asiente.

—¡Marianne! —doy un ligero grito y ella aparece en el umbral de la puerta.

Veo sus mejillas sonrosadas tan típicas y su cabello rojo amarrado en dos tomates en sus extremos. Con suavidad tomo sus manos y ella me sonríe.

—¿Estás lista para venirte conmigo a Forks?

Ella asiente con los ojos brillantes y le susurro en su oído.

—Empaca tus cosas junto a Alec, se irán juntos. Recuerda qué debes traer contigo.

Vuelve a asentir y se da media vuelta para seguir su orden.

Decidí que no podía dejarla sin trabajo, no cuando estaba tan sola. Junto a mi madre podrá vivir muy feliz.

.

.

.

Edward POV

Me quedo mirando el cheque entre mis dedos sin poder creerlo, esto es brillante. Es mucho dinero para mi primera venta.

Vendí tres cuadros… al fin.

El crítico quedó de venir para otra ocasión, incluso para mover un poco las piezas y conocer mis otros cuadros. Dice que hará todo lo posible para asignarme un lugar en una feria de arte en Seattle, que se celebrará en unas semanas, lo que me dará tiempo para pintar otras cosas, quizá con una temática. Siento que aún es muy pronto para dar a conocer la historia de Bella en mis cuadros, de dar al mundo todo mi sufrimiento vertido en esas pinturas que tanto trabajé en mis ratos de soledad. No… Es muy pronto aún.

La cantidad de ceros parecen increíbles. Uau. Bella se pondrá feliz y… Es maravilloso. Al fin. Y eso que solo eran los cuadros más burdos que tuve a mano.

—¡Esto es increíble! —grita Alice, dándome un abrazo—. Aunque no sé si Bella se ponga tan contenta de saber que has decidido incursionar en el mundo del arte justo con los consejos de Tanya —murmura con un tono agrio.

Yo ladeo mi cabeza sin entender. Pero Jasper se larga a reír y le pasa un brazo sobre los hombros de su novia.

—Alice cree que estás muy apegado a Tanya y eso le molesta. Viejo, yo no sé si Bella esté muy contenta con la idea de que no le hayas dicho, hubiera venido tan solo para estar contigo en ese momento tan importante.

Me miro las manos a falta de otra cosa. No lo había pensado de esa manera hasta ahora.

—Necesitaba hacerlo yo solo —les contesto.

—Con Tanya —dice Alice.

Suspiro.

—Ya, está bien, amor, dejemos que Edward tome sus decisiones. —Le hago un mohín de agradecimiento y Alice se cruza de brazos. Pero tan pronto como ella se molesta cambia a la felicidad.

—Ya está lista la compra de la casa del frente, la mamá de Bella podrá venir a vivir aquí. Lo bueno es que yo podría ir a verla y no estará tan sola.

—Eso es increíble, Alice, al fin podrá salir de esa casa —murmuro, recordando todo lo que me contó Bella de los golpes que le propinó Phill.

—Solo espero que salga luego de ese hospital para que disfrute de su nueva casa, así tendrá más tiempo de estar con su hija. Supongo que Bella vivirá con ella, así podré verla más seguido —exclama Alice con entusiasmo, aplaudiendo y saltando sobre la silla, mientras Jasper se ríe de ella y le besa el cabello de vez en cuando.

—Me parece que eso no ocurrirá —les digo a ambos con una media sonrisa. Me quedan mirando interrogantes.

—¿Qué?

—Quiero pedirle que se venga a vivir conmigo.

Alice se tapa la boca con ambas manos y salta gritando casi al mismo tiempo.

—Edward, eso es muy lindo —susurra con los ojos brillantes—. Oh Dios —masculla con la garganta apretada. Oh, qué sensible está—, lo siento, es que vi a Bella llorar tantas veces por no tenerte consigo, que ahora estoy tan feliz por ustedes.

Jasper me palmea la espalda y me sonríe, también consciente de lo mucho que nos costó a ambos estar juntos.

—Solo espero que acepte —murmuro algo nervioso.

—¡Claro que lo hará! —exclama la pequeña Brandon—. Bella te ama tanto, Edward, nunca te dejaría, no ahora.

Sonrío y me quedo más tranquilo.

Alice hace el ademán de mirar hacia el lado y ve, por medio de la ventana de la sala, cómo un hombre lanza el periódico matutino sobre la cerámica de la entrada. Sonríe y va tras él, y al regresar tiene en sus manos la bolsita que lo protege. Cuando abre el periódico ella esboza una mueca de horror y lo cierra de golpe, cambiando de expresión de una manera tan drástica como increíble.

—¿Qué sucede, nena? —inquiere Jasper, levantándose de la silla para observarla desde cerca.

Frunzo el ceño e imito a mi primo, acercándome curiosamente a ella para ver si está bien. Sin embargo Alice se lleva el periódico al pecho y yo le pido amablemente que me lo pase. Cuando lo hace me arrepiento de habérselo pedido y una sensación muy extraña se prende de mi pecho.

—Esto no es verdad —murmuro.

En la portada sale Isabella besándose con un hombre al que todos llaman Félix, aludiendo a que quizá Edward Cullen no existe y el único amor de Bella es él. Pero no es verdad… ¿Y por qué se besan? ¿Es… real?

—Edward no le creas a estos medios…

—No, está bien —susurro.

Pero no está bien, porque no entiendo qué hace mi novia besando a otro hombre. Me cuesta procesarlo.

Pestañeo un par de veces y me alejo de Alice, lanzando el periódico el suelo. Mi corazón da un giro sobresaltado y se cierne una increíble desazón que me parte el pecho en mil pedazos.

¿Es que creí mal al pensar que me amaba? Niego y me despido de ellos, corriendo bajo la lluvia típica de Forks.

¿Cuándo sucedió aquello? ¿En qué momento? ¿Por qué…? ¿Por qué no me lo contó? Tuvo muchas instancias para hacerlo.

Miro hacia el cielo cubierto de nubes y agua, respiro hondamente, cierro los ojos. Gruño y saco el cheque de mi bolsillo trasero, cuento la cantidad de ceros, cuento los días que me faltan para verla, cuento los días para contarle lo mucho que la amo. Solo quedaban un par de días…

¿Por qué no me lo dijo?, me pregunto otra vez.

Tanto dinero. ¿Por qué ya no me importa? ¿Por qué la idea de pedirle que se venga a vivir conmigo ahora parece absurda y sinsentido?

¿Quién carajos es él?

Todo el dolor se transforma en ira. Vi un par de segundos aquella fotografía y es increíble cuán prendada quedó en mis ojos. ¿Cómo se atrevió a besarla? ¿¡Por qué!?

Una idea irrefutable cruza mi cabeza. No debí permitir que se fuera sola hacia aquel estado, no debí ignorar sus peticiones por mi cobardía, sin embargo lo hice.

Me cruzo con un callejón por andar caminando sin rumbo y en él siento que me llaman, muy despacio. Freno con el corazón en la mano y giro sobre mi eje, esperando a que solo sean mis sentidos dándome una mala pasada. Pero vuelven a llamarme y por una extraña razón siento que me están siguiendo, porque oigo sus pasos. Por esto corro y me encamino hasta la otra calle, acercándome raudamente hacia otro callejón, en donde me meto y parto como una bala, pero no el callejón está cerrado.

—Maldición —gimo.

Alguien me pone un pañuelo a la altura de los ojos y de inmediato siento el sonido de un gatillo a milímetros de mi frente.

—¿Quién es? —inquiero con la voz temblorosa.

Una risotada me escupe el rostro, pero no puedo ver quién es. Luego le sigue otra, otra más grave y así, hasta que las cuento todas. Son cinco. Maldición.

—Así que tú eres Edward Cullen —me dice uno. Su aliento huele a puros y a whisky.

No sé por qué, pero su voz me parece conocida, pero no sé a quién.

—Este chico ha salido ya en los medios, debe estar muy contento de robarle nuestro dinero a Isabella Swan —susurra otro.

¿Nuestro dinero?

—La puta ha buscado muchas maneras de escaparse de nuestras manos —exclama el hombre de la voz.

—¡No la llames así! —gruño con los dientes apretados—. ¿Quiénes son ustedes?

No logro distinguir nada con el pedazo de tela sobre mis ojos, pero puedo escucharlos muy bien.

—Cuida tu tono de voz, maldito bastardo, yo conozco a Bella mucho más que tú —me gruñe también él, sosteniéndome el arma con mucha fuerza contra la piel de mi frente.

¿Qué?

—Bella nos pertenece, jamás se huye de la Elite, ¿te ha quedado claro?

—¿La Elite? ¿De qué demonios estás hablando?

Se largan a reír con fuerza, esta vez con prepotencia. Me abren la boca y en ella me meten lo que parece ser un pedazo de tela. Siento el perfume. Abro los ojos de golpe a sabiendas de que tampoco podré ver quiénes me están haciendo esto. Es el aroma de Bella. ¿Qué me han puesto en la boca? ¿Por qué tienen algo tan propio de ella en sus manos? ¿Y si la tienen cautiva?

—Tengo muchos de estos guardados en mi ropero, te lo regalo, no le gusta mucho el blanco —masculla, soltándome suavemente el arma de la frente.

Me propinan un golpe duro en las entrañas, y lanzo un grito amortiguado por la tela que han puesto en mi boca. Luego me golpean la cabeza con el arma y antes de liberarme de sus agarres me susurra al oído:

—Nos pertenece, tenlo muy claro. Tú decides si inmiscuirte en estos asuntos, mocoso de mierda. De nada por el regalo.

Me lanzan al suelo y yo ahí puedo quitarle la venda de los ojos. Me quito la tela de la boca y la miro confundido. Es una de sus bragas. ¡Son sus bragas! Son blancas. Mis ojos se llenan de lágrimas y las miro con detenimiento. ¿Por qué huelen tanto a ella? Mi corazón martillea duramente contra mi pecho y recuerdo las palabras detalladas del tipo que me ha retenido y golpeado: no le gusta mucho el blanco.

Aprieto mis puños con toda la fuerza que conservo y un profundo dolor de cabeza se apodera de mí.

—¡Hey! ¿Edward? —exclama un hombre, acercándose a mí.

Miro algo mareado al sujeto y solo veo dos iris muy azules. Frunzo el ceño.

—William —susurro.

—¿Quién te ha hecho esto, Edward? —inquiere, ayudándome a levantarme.

¿Qué hace él aquí? Creí que se había ido de Forks.

Me ayuda a levantarme y mira las bragas del suelo. Yo las recojo y las guardo en el bolsillo trasero de mi pantalón.

—¿Esas son…?

—No te importa.

Se queda callado hasta que termino por pararme dignamente del suelo. Me ayuda a caminar hasta mi coche mientras hago mohines producto del dolor en mis entrañas y mi cabeza.

—¿Estás seguro que manejarás bien en ese estado? Por Dios, Edward, ¿quién te ha hecho esto?

—No te importa —le repito.

William eleva sus manos dándome signos de paz, pero no le creo. Niega con su cabeza, como reprochándome, y saca del bolsillo de su chaqueta cara un puro muy grueso. No me despido de él y manejo con rapidez hasta alcanzar la autopista de la carretera, para ir a mi cabaña. Miro por el espejo retrovisor, buscando si alguien me persigue, pero no hay nadie.

Parpadeo y siento un líquido caliente cayendo débilmente por mi frente. Freno, me toco y lo veo en mis dedos: sangre.

.

Cuando abro el gran cerco de hierro veo a un hombre esperándome con hartas cajas en su poder. Parece aburrido. ¿Quién es?

—¿Quién es usted? —inquiero.

—Oh, buenas tardes, ¿es usted Edward Cullen?

—Sí —susurro en siseos, mientras me pongo el trozo de mi camisa sobre la herida de mi cabeza.

—Me han pedido que deje esto aquí, es de una mudanza.

—Yo no lo he pedido. ¿De parte de quién?

Se encoge de hombros y me tiende una hoja con un lápiz. Firmo rápidamente y me acerco a las cajas. En una hay muchísimos cuadros de Bella.

—Ayúdeme a entrarlos, no me siento muy bien.

Miro las cajas y veo algo de su ropa, aunque parecen ser vestidos muy caros y zapatos avaluados quizá en el precio de mi casa. Muchos cuadros con sus portadas y sesiones de fotos. En la caja que dice "FRÁGIL" con letra mayúscula, blindada casi con mil cajas más dentro, se encuentran todos sus premios, chiches y joyas.

—¿Qué demonios es esto?

Pestañeo y en mis labios caen gotitas de sangre fresca. Gimo, esto no está bien.

Busco entre mis cosas un paño grande para empapar la sangre que aún cae, pero en menos cantidad y aprieto para que deje de salir. Comienzo a sentir frío.

—Te besas con él y luego envías tus cosas a mi cabaña —susurro con la garganta apretada.

De mi bolsillo saco sus bragas blancas y las miro con detenimiento. Puedo sentir su aroma. ¿Y si algo malo le ha ocurrido? Me desespero y me arrepiento de mi pensamiento, pero la rabia se cierne sobre mí, mas no es tan dura como el profundo miedo que tengo.

¿Quién podría tener las bragas de Bella en sus manos? Es algo tan íntimo de ella.

Como puedo me aproximo al teléfono y digito el número que ella me dio, pero no contesta nadie.

—Maldición —mascullo.

Tengo mis manos temblorosas y gran parte de eso es mi miedo a que Bella le haya pasado algo. Bufo y espero a que la sangre deje de brotar, para luego irme hacia el patio y talar algo con el tronco liso que he encontrado en el bosque esta mañana.

El dolor se difumina al mismo tiempo que yo voy haciendo detalles en el cascanueces que acabo de hacer precariamente y la sangre parece no seguir brotando de mi piel. Aun así tengo mucho frío y estoy un poco mareado.

Tallar el tronquito fue la única forma de despejar a Bella de mi cabeza. Al fin.

Veo de reojo que alguien corre hacia mí con dos maletas muy grandes en sus manos. Su vestido parece un paracaídas con el viento de la tarde y su cabello casi negro se esparce por su cuerpo.

—¡Edward! —llama ella con la voz desgarrada, como si estuviese muy cansada.

Dejo de tallar para levantarme a su encuentro, pero en su carrera una de las ramas se enreda en su vestido, haciéndola caer duramente contra el prado de rosales que he hecho crecer en este mes gracias a Alice, quien me las regaló. Su mirada inocente se cruza con la mía y yo no tarde en correr hacia ella, quitándole las espinas de su cuerpo. La sujeto de la cintura y la elevo. Sus piernas sangran junto con sus brazos, la tierra parece haberse apoderado de ella como también su sudor, y su rostro de ojos grandes y mejillas ruborizadas me hacen estremecer, ahora sí, como jamás lo había hecho.

—Lo siento —susurra con el aire escaso en sus pulmones—, no quería caerme, yo… las rosas me agarraron el vestido y…

Sus ojos se tornan brillantes al verme perplejo y se abraza a mi cuello, pidiéndome y ansiándome. ¿Por qué me pide perdón? Solo se ha caído, no tiene la culpa de eso.

Es increíble lo mucho que extraño su calor cuando no está cerca de mí, sobre todo cuando se va y vuelve de esta manera, sin avisar. Siempre sucede entre los dos.

Acaricio su mejilla y tiro de su labio inferior. Bella no me quita los ojos de encima, ahora parece a punto de llorar.

—¿Te has hecho daño? —le pregunto quedamente, con la voz baja.

Asiente y baja la mirada, y es ahí cuando dos pequeñas gotitas caen de sus ojos. Una punzada muy dura me cruza el vientre.

—Pero más daño me hace que no me mires como antes —me dice, llevando sus dedos a mi mentón.

—Quizá es mejor que me… vaya —susurra.

Toma con cuidado sus maletas, pero sus brazos tiemblan, suspira y vuelve a tomarlas con fuerza, para luego caminar hacia adelante. Pero no quiero permitírselo. Tomo su muñeca y la giro para besarla, rozando sus labios con furia. Bella se retuerce entre mis brazos, dejando caer las maletas al suelo.

Isabella POV

Su beso es rápido, me toma entre sus brazos con tanta fuerza. Deseé unos de sus besos por semanas y ahora lo tengo, pero me está haciendo daño. Se separa de mí y pone su frente junto a la mía, respirando mi aire. Tira otra vez de mi labio inferior y me mira, pero no es mi Edward. El corazón se sube a mi garganta y un dolor agudo se cierne en mis entrañas.

—¿Él te besó como yo lo hago ahora? —me pregunta con sequedad.

Toma mi rostro entre sus manos y yo pongo las mías sobre las suyas. Vuelve a besarme, pero me está haciendo daño y realmente no lo soporto.

—No, Edward, nadie jamás podrá besarme como tú lo haces —le respondo con rapidez—. Pero por favor, no me hagas esto, me haces mucho daño.

Gruñe y se aleja de mí.

—Él lo hizo a la fuerza —lloro—, un periodista nos encontró y sacó la fotografía. Créeme que yo no quise hacerlo, por favor, Edward, créeme.

Sus ojos se nublan y dejan de mirarme otra vez.

—¿Por qué lo hizo? —murmura.

—Porque todos creen que no tengo dignidad.

—¿Por qué creen eso? —me pregunta con la voz queda.

—Porque cometí muchas estupideces antes de volver a caer en tus brazos. Pero me miras de esta manera y me duele tanto. Si no me crees por favor dímelo.

—No tengo nada que creer, Bella, simplemente ya no sé qué pensar de esto.

Siento desesperación y lo único que quiero es que deje de comportarse así, pero no puedo exigirle nada.

—Te amo, Edward, no quería faltarte el respeto —insisto, tomando sus manos entre las mías—, perdóname.

—La culpa es mía por permitirme dejarte ir sola, cuando me implorabas constantemente con tu mirada que te acompañara. ¿Por qué no me doy cuenta de lo fácil que es dañarte como si no tuvieras ya demasiadas cicatrices? —me dice con la voz suave, mientras me observa atentamente con el ceño fruncido—. Perdóname tú a mí, Bella, sobre todo por ser un maldito cobarde incapaz de afrontar quién eres y lo mucho que haces por mí. Solo le temía a todo esto que se está generando. Le temo a no ser nadie.

Frunzo el ceño y de mi boca no logra salir ninguna palabra. ¿A no ser nadie? ¿Qué demonios quiere decir?

De su bolsillo trasero saca un cheque, me lo entrega y yo leo la cantidad de ceros. Es mucho dinero.

—Vendí tres cuadros, Bella —susurra.

—¿Cuándo?

—Este mes —me responde.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No lo sé —me dice con sinceridad.

Dejo caer mis brazos a los lados, cansada.

—Veo que Tanya logró convencerte. Es grandioso, pues llevo años intentando convencerte de ello —le digo entristecida.

Le tiendo el cheque, pero no me lo recibe.

—Gran parte de mis sueños se acabaron cuando tú te fuiste, no es fácil para mí.

Mi corazón se hace trizas en un segundo. Asiento con la barbilla tiritando, a punto de llorar frente a él. Sus ojos dorados se han tornado líquidos y su cabello bronceado ondea con el viento que nos azota constantemente en medio de la vegetación.

—Siento haberte cagado la vida, Edward. Al menos has decidido pintar —le digo con una risa sardónica.

—No he querido decir eso, Bella, sabes perfectamente que eres lo más importante en mi vida.

Me limpio las lágrimas con la manga de mi vestido, mientras Edward gruñe furioso.

—Necesitaba comenzar con esto para que así no me conocieran como el carpintero, sino como el pintor. Eres Isabella Swan, serías el hazmerreír de todo Hollywood si todos supieran que soy un bueno para nada. Ahora al menos he vendido tres cuadros… En un mes más podré ser algo más que simplemente… yo.

Me llevo una mano a la boca y miro al suelo, es inaudito.

—¿Es que no es suficiente lo mucho que te amo? ¿No te basta eso?

—Lo hice por ti —susurra.

Niego con la cabeza.

—Todo lo que puedes hacer por mí es acompañarme en esto. Te quiero en mi vida de cualquier manera y a mí no me importa si te reconocen por un pintor o un carpintero. Eres Edward, qué demonios me importa lo que piensen los demás.

Edward me mira ahora y me abraza con fuerza. Necesitaba tanto sus abrazos. Cierro mis ojos y huelo el aroma que expele de su cuello; es volver a casa.

Pone una mano en mi espalda y me acaricia con lentitud. No me odies, por favor, pienso para mis adentros.

Si no vuelve a mirarme como antes debería irme, no puedo soportar la forma en la que me analiza, como si no me creyera, como si todo lo que le he dicho y confesado no valiera de nada.

Se acerca lentamente a mis labios y ahora sí me besa como el Edward de siempre, tan lento, tan delicado. Me separo un poco para dejar ir pequeños besos en su mentón y quedarme ahí con los ojos cerrados.

—No cambiaría tus besos por nada en el mundo, Tony, quiero que lo sepas.

Se larga a reír por primera vez desde que nos hemos vuelto a ver y mi vientre se estremece con el sonido. Es tan hermoso cuando ríe. Sus mejillas se elevan y unos hoyuelos acaban adornando sus mejillas. Su forma de sonreír es tan deliciosa, tan masculina, tan… mío. Verlo sonreír es de las cosas más preciosas que podría regalarme.

Tony —susurra con la mirada brillante—. ¿Hace cuánto que no me llamas así? —inquiere.

Ahora soy yo quien se larga a reír.

—Hace muchísimo tiempo. Te amo, Tony.

Vuelve a besarme, ésta vez con un gruñido de por medio.

—Perdóname por ser un tonto.

—Créeme, cariño, por favor, te amo de todas las maneras posibles. No quiero que te dediques a esto por lo que digan en la televisión. No quiero que dudes nunca de lo mucho que haría por ti.

—Shh… —me calla, mordiendo suavemente mi labio inferior—. No lo dudaría nunca. Te amo, cariño.

Suspiro y me dejo caer en su pecho.

Cuando levanto mi cabeza para mirarlo, una gota gruesa de sangre cae por mi nariz. Miro a Edward asustada, pues un hilillo de sangre brota de su cabello.


Buenas noches, lectoras y lectores. Cumplo con otro capítulo de mi fic. Sé que ha pasado tiempo, no saben cómo lo lamento, pero la universidad me consumió de manera brutal durante un mes completo y escribir a la par se me hizo imposible. Con todo mi esfuerzo he terminado este capítulo que a simple vista no tiene grandes secretos descubiertos, pero nos adentramos de lleno a lo que viene principalmente después: los sueños de Edward y por sobre todo James. Aparte de eso quiero informar que ya quedan pocos capítulos, aunque éstos son largos como acostumbran a ser. Lamento si no tiene la emoción de antes, pero estos capítulos de por sí eran un poquito más lentos, para abrir la caja de secretos.

Gracias a las lectoras fieles que siguen ahí a pesar de todo, juro solemnemente que terminaré esto como debe ser. Gracias por entenderme también, porque a pesar de lo mucho que amo escribir, el deber me llama. Quisiera poder escribir siempre, pero el tiempo se desgasta. Lo bueno es que ya terminé mis primeras pruebas, lo que me da chance de escribir más por este mes.

¡Un beso enorme a todas!