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(¸.•' (¸.•' ¤ ❀ ❁ CAPÍTULO 35
EL ruido y la vibración de los pasos de unas botas sobre el suelo metálico del camión la sacaron de su sueño rápidamente. Apenas había luz. Debía de haber casi anochecido. Quien había subido a la trasera del vehículo permanecía ahora inmóvil, estaría de pie como a un par de metros de ella. De momento no pudo adivinar si era Osten. No podía ser Dicker, el chico no era tan corpulento. Vio como apoyaba un arma contra el lateral del camión, al lado de las cajas. Una prenda calló al suelo. Una guerrera.
Se decidió a incorporarse y alargar la mano hacia la linterna que solía colgar de uno de los remaches laterales. Tanteó sobre el metal y sus dedos agarraron agradecidos el objeto.
La tomó en sus manos, y la encendió, enfocando al techo. La iluminación no dio de lleno en su acompañante, pero le reconoció. Cromwell. La miró después de sacarse la camisa. Su hombro se hallaba manchado de sangre.
—¿Está despierta señorita? —su voz sonó calmada. —necesito algo de ayuda con esto.
Candy se incorporó y se levantó apartando las mantas. Empujó a un lado con el pie la caja de municiones para no tropezarse. Colgó de un gancho del techo la linterna y se acercó a Cromwell. Su hombro estaba sangrando profusamente por una herida en diagonal.
—¿Qué ha pasado Cromwell? ¿Dónde está Osten? ¿Y Dicker?
—Todos bien. Hemos tenido un encuentro con una pequeña patrulla, la escuchamos llegar con sus motocicletas, y nos escondimos en el viejo molino. Acabamos con todos, menos a uno, pero ese si lo encuentran puede ser que tampoco sobreviva a la noche o a los lobos. Y Osten ha pedido a Dicker que vaya con ellos a una batida hacia adelante. Volverán en un par de horas. Me ha dicho que me quede aquí para que usted pueda curarme, si es tan amable.
Candy sonrió de forma forzada, no le hizo gracia tanta cortesía por parte de un hombre que llevaba casi cinco días viajando con ella, y siempre la había mirado de extraña manera y nunca le dirigía la palabra.
—Siéntese en el suelo, voy por el botiquín y más luz.
Cromwell no puso ninguna objeción, se dejó caer casi pesadamente, y cruzó las piernas. Se sacó la gorra militar. La camisa manchada calló junto a la guerrera. Sólo llevaba una camiseta de tirantes color verde militar de algodón aferrada al cuerpo. Era un hombre ancho y sólido. No tan alto como Terry, pero igualmente, si alguna vez quitaba esa mueca despectiva de su rostro, podía llegar a ser considerado atractivo. El hombre echó un mechón demasiado largo de cabello castaño claro hacia atrás.
Candy acomodó otra segunda linterna enfocándole directamente en el brazo, y se arrodilló a su lado con el botiquín. Eso se estaba volviendo ya una costumbre. A lo mejor tendría que solicitar un puesto de enfermera en vez de institutriz. Experiencia estaba acumulando, desde luego.
Sacó unas gasas y el rollo de vendas lo dejó en su regazo. Primero limpiar la herida. Quitó el tapón de rosca de la botellita.
—Le tengo que desinfectar primero los alrededores. No parece un agujero de bala.
—No, no hay proyectil dentro, es un "arañazo", me rozó solamente. Upss.
Ella había tocado el borde casi con un algodón empapado en agua oxigenada. Volvió a echar en una gasa limpia, y dejó la botellita a un lado sin cerrar.
—No se mueva, ya está casi limpia. Es verdad, es una rozadura que le ha roto la piel. Quizás debería de darle algunos puntos.
Cromwell echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Haga lo que crea conveniente. — Candy sonrió huecamente. Seguía sin fiarse de un Cromwell tan sumiso.
Buscó la aguja y la desinfecto, pasando hábilmente una fina tranza por el ojo.
—Estese quieto, un instante, sólo serán cuatro o cinco puntos. Quiero hacerlos bien rectos para que no le quede cicatriz.
—Las cicatrices de un hombre son como las medallas de una guerra. — Cromwell seguía con los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás, reposando contra el frío metal.
Mientras cosía con rapidez y eficiencia recordó otras cicatrices, las de Richard, que ella misma curó. Y las de Terry, que eran estrellas oscuras sobre su cuerpo. Tembló un poco cuando dio la última puntada e hizo un pequeño nudo.
—Ya casi está. Volveré a limpiarle y le pondré una venda para evitar el roce y que se ensucie. — Limpió la aguja y la coloco en su pequeño estuche junto a unas cuantas más, tomó la tijera y cortó el hilo. Lo arrojó junto a las gasas ensangrentadas de haber limpiado la herida. Cogió el rollo de venda e hizo con unos cuantos giros de muñeca, un vendaje bastante aceptable, lo suficientemente apretado para la herida, pero lo acómodo para no interferir en la rotación del brazo.
Se dispuso a recoger las cosas esparcidas dentro de la caja de madera del botiquín.
Cromwell se llevó la mano al bolsillo del pantalón. Con el rabillo del ojo Candy vio algo que brillaba bajo la luz de la linterna. El hombre dejó caer el fino objeto en su otra mano. Lo tomaba, y lo dejaba caer con un susurro tintineante. Su mirada se enfocó en el movimiento, sin querer, hasta que lo vio claro. Un destello dorado, y turquesa. Una diminuta cruz latina enganchada a una cadenita de eslabones redondos. Tembló. Se le cayó el rollo de vendas no usado de las manos.
Cromwell sonrió ante la reacción de la chica. Si, era la que había previsto. No se equivocaba en sus conjeturas. Ella y Terry habían estado juntos. Reconocía la pequeña joya.
—Bonita, ¿eh? —Candy alternó su mirada entre la pequeña cruz y los ojos oscuros de Cromwell. —Se la arranqué del cuello al coronel alemán. Bueno, medio alemán que mandaba la patrulla que sorprendimos. El cabrón desertó del ejército inglés hace seis años para venir hasta aquí.
La voz de Candy apenas fue un susurro.
—Está, ¿muerto?
La risa ronca de Cromwell llenó el silencio del vehículo.
—Podría ser que lo estuviese, o que pronto lo esté. Aún estaba vivo cuando le dejamos, pero la noche, las alimañas, o que no le encuentren a tiempo, puede hacer el resto. Yo quise acabar pronto con su sufrimiento. Quise dispararle entre las cejas. Pero Osten es demasiado compasivo. Dijo que él no mataba a hombres atados e indefensos. Puaj. —Hizo un gesto de asco— Ese hijo de mala madre de Terry Grandchester no se merece más que la muerte por traidor.
Otra realidad paralela golpeó a Candy. El pequeño objeto seguía subiendo y bajando en las manos de Cromwell, tintineante y reluciente. ¿Terry Grandchester? Ella conocía a un Grandchester. Richard. ¿Podría ser que ambos fueran familia? ¿Hermanos? ¿Por eso había acudido en su ayuda Terry tan prontamente? ¿Por eso vigilaba que subía al tren ese mismo día?
¿Por eso estaba en el registro de la casa de los Colber? ¿Y la había alojado en su casa? ¿Y dado protección? Porque ella ayudó antes a su, ¿hermano?
—Te gusta ¿verdad?—Cromwell tomó la cadenita entre sus dedos, sujetándola por las puntas, la cruz osciló en su centro. —Podría ser tuya.
Es mía bastardo, pensó Candy, es de Richard, es de Terry. Alzó sus ojos del objeto dorado hacia la mirada torva de Cromwell.
—Si la quieres, es tuya. —la alargó hacia ella. —Tiene el mosquetón roto, pero algún orfebre la arreglará en un instante.—En tu cuello luciría muy bonita, adornando esos preciosos pechos que ocultas bajo la camisa.
La cadenita cayó al suelo entre ellos, Candy veía todo como a cámara lenta, la caída de a cruz, el breve tintineo, de nuevo los ojos de Cromwell tras sentir una mano ancha y fuerte en su nuca y otra cerrarse alrededor de su brazo haciéndola sentir su fuerza bruta. Él la acercó bruscamente hacia sí, su boca quedó a centímetros escasos de distancia. —No finjas Candy, conoces esta cruz, te has acostado con su dueño, eras su puta.
Cromwell acortó la poca distancia hasta sus labios y pegó a ella su boca, hiriente, intentando acceder con su húmeda lengua dentro de ella, para poseer, para dañar su cuerpo.
Candy abrió más los ojos y sus manos tantearon alrededor, cerrándose sobre la pequeña botellita que aún no había guardado ni cerrado. Tiró con toda su fuerza hacia atrás, ayudándose con la otra mano sobre a recién curada herida, consiguiendo que él se separase de su boca con un siseo de dolor.
—No te resistas zorra. —su risa grosera hizo eco bajo las cubiertas del camión. —Nadie va venir a ayudarte.
Candy abrió la boca como si fuese a contestarle, pero lo que hizo fue tirar del carro y arrojar el agua oxigenada a la cara de Cromwell. Al sentir el escozor él la arrojó con furia al suelo mientras soltaba una sarta de maldiciones. Candy resbaló hacia atrás sobre su trasero ,pataleó, intentando poner distancia, su mano cayó en la caja de municiones de madera que había quedado a su lado, Sin pensárselo la agarró y la elevó con ambas manos, dejándola caer sobre la cabeza de su atacante.
Cromwell cayó pesadamente hacia adelante, apenas le dio oportunidad de darse cuenta lo que le venía encima, cuando ya había perdido el conocimiento, con un segundo golpe de la pesada caja.
Candy se limpió los labios con asco en la manga de la guerrera que llevaba. No lo pensó, tenía que ir a por Terry. Corrió hacia el petate donde había guardado su vestido, su ropa interior y sus zapatos. Desde hacía días cuando se aseaba sólo usaba la ropa limpia que llenaba un cajón de los suministros. Lo sacó y lo dejó a un lado. Buscó otro y metió apresuradamente unas latas de comida, otra con galletas, una cantimplora que comprobó llena. Tomó una de la navaja suiza que usaba Dicker y la había dejado allí encima. Metió una linterna y varias baterías. Con su carga pasó por el lado del inconsciente Cromwell, aliviada que aunque respirara, aunque no se movía. Tiró dentro del morral el agua oxigenada que quedaba aún, tapándola, y la cajita de agujas e hilo. También gasas y unos rollos de vendas. Enrolló una manta y la puso en los correajes.
Tanteó debajo del brazo de Cromwell, y tiró de la cruz que enganchaba. La guardó en su bolsillo. Por último metió la bolsa de tela de su ropa sobre los suministros que había cogido, y cerró la mochila. Usó sus correas para ponérsela a la espalda.
Miró hacia afuera moviendo apenas las cubiertas. Todavía quedaba algo de luz natural. Tendría que ser suficiente para llevarla hasta la pista de tierra por donde habían rodado en camión. Dos o tres horas a buen paso, ida y vuelta. Pero ella no iba a volver, tanto si encontraba a Terry vivo, como si no.
Se deslizó del camión comprobando por si misma que no había nadie del grupo cerca. Caminó rápido el par de centenares de metros que le llevaron hasta la pista de tierra apelmazada que servía de cortafuegos y carretera a la vez. Se orientó y comenzó a seguirla a buen paso. Con los oídos atentos. Aguzando cada vez más la vista en los últimos resplandores del atardecer. Ni siquiera notaba el peso en su espalda. La adrenalina que corría por sus venas la hacía ser más rápida, y no cansarse del peso que llevaba en el morral.
Un par de veces se paró y escuchó los sonidos del bosque. Rumor del viento entre las ramas más altas. La carrera de algún pequeño depredador, el ulular de un búho. Miró con aprensión cuando le pareció escuchar un trotecillo entre las malezas que dejaba atrás. Ella había visto una vez zorros en la zona, pero no sabía si en realidad había animales más grandes, lobos u osos.
Redobló sus pasos. No llevaba reloj, no tenía noción de cuanto tiempo hubo transcurrido desde que dejó el camión atrás. Solo una débil franja de claridad iluminaba ya el camino. Pronto sería noche cerrada. Noche sin luna.
No tendría más remedio que usar una linterna para no salirse de la pista, con el riesgo de ser vista por algo más que por las criaturas del bosque. ¿Iría Osten o Dicker en su búsqueda? ¿Volverían sobre sus pasos para encontrarla? ¿Qué les diría Cromwell?
Paró de nuevo y se sacó la mochila, hurgó en su contenido hasta que agarró la linterna. Comprobó que encendía. Se volvió a poner al hombro su carga, y de nuevo al camino, Sólo la encendería cuando realmente no pudiera seguir la carretera.
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—¡Cromwell! ¿Qué diablos?
La voz gutural de Osten hablando en su idioma sacó a Cromwell de su sueño. Osten le gritaba y le agitaba. Él sólo quería dormir y que se acabase ese dolor sordo en su cabeza.
—¡Cromwell!
—Sí, sí. —Abrió los ojos, Osten lo sostenía por los hombros, Dicker estaba acuclillado tras él sujetándole la espalda para incorporarle.
—¿Dónde está Candy?
Se llevó las manos a los ojos, aún escocían, la herida tironeó en su brazo. La venda, la zorrita había curado su herida, le vendó, pero cuando le enseñó la cruz que arrebató a Terry...
—No sé, ella me golpeó con algo, cuando le conté lo de la patrulla del molino.
Dicker habló a su espalda.
—Se ha llevado su ropa, y creo que algo de comida.
—¿Qué le has hecho para que se vaya? ¿Qué le has dicho? Le sacudió por los hombros, algo más recuperado, Cromwell se zafó de él, dándole un torpe manotazo.
—Es la amante de un alemán, ¿no? Se habrá ido de vuelta con ellos. Por mí se la puede tirar el ejército entero.
—No. —Osten se incorporó. Habló a Dicker, —dile a los chicos que lo preparen todo para salir ya, acaba de ponerse el sol. —Luego miró de nuevo a Cromwell. —Aquí ha pasado algo y no me lo quieres contar. Está bien, tenemos que irnos ya a nuestra cita. He prometido que te llevaría al punto de encuentro con los que te van a sacar de aquí y lo haré. Pero luego volveré a por ella. Y reza porque nada le pase, o que yo no descubra que le has hecho algún daño. El mundo te va a parecer demasiado pequeño para huir de mi o de uno de los míos.
Cromwell se encogió de hombros. Le daba igual. Él se iba para Inglaterra en pocas horas. Osten no era tan poderoso para cumplir su amenaza. De todas maneras, la zorra huyó por que quiso hacerlo. Él ya estaba K.O. Si hubiera querido se hubiese escondido cerca a esperar al grupo. Si se había largado, mucho mejor. Menos estorbo para el resto del camino.
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Un haz de luz rompió su oscuridad. Sus sienes latían intensamente. El cuerpo se sentía pesado y dolorido. El hormigueo de sus brazos en una extraña postura le incomodó aún más. Quiso ponerlos bien, bajarlos. Tiró de sus manos, una cuerda hirió sus muñecas. Torció el gesto.
Una mano tibia se posó en su mejilla. Una voz de mujer. Alguien suavemente, intentaba despertarlo.
—Terry. —la voz tenía una nota de miedo y otra de pena. No, no sientas pena por mí, pensó, quizás hasta me lo merezco. Otra vez la caricia—Terry, Terry despierta. —Si su mente o sus oídos no le engañaban conocía a la dueña de esa suave voz que le llamaba en inglés, pero ella nunca le había hablado en su idioma natal.
Notó una caricia suave y fresca en su frente, en sus pómulos, luego bajando por su mandíbula. Unas gotas de frescura aliviando la sequedad de su boca, y la tirantez de la sangre reseca. Parpadeó de nuevo. Tenía los ojos abiertos, pero apenas distinguía nada, o ¿era de noche? Se esforzó en enfocar. Si, había luz, un resplandor desde abajo, desde el suelo. El haz de luz de una linterna, rebotaba contra la pared.
Ante él, en penumbra un rostro suave, unos ojos grandes y suplicantes, no distinguió su color, pero eran unos preciosos ojos de gacela.
—Candy.
—Estoy aquí Terry, estoy contigo, espera..—. La escuchó arrastrar algo algún objeto. Luego sintió como tironeaban de las amarras que le sujetaban a la argolla de la pared. Tras un minuto de ida y vuelta de dolor lacerante, sus brazos cayeron pesadamente. Pero ella no dejó que se golpeasen, se metió contra su pecho y le abrazó sujetándole en su caída.
—Despierta amor mío—un sollozo acallado, un intento de ser fuerte, ella era fuerte. Ella estaba allí, no era un sueño.
—Candy, ¿nunca, obedeces, órdenes? ¿Nunca, te quedas, donde te dejan? —Quiso sonreír, pero su labio roto le dolió a rabiar. Aspiró sobre su cabello ensortijado y éste le hizo cosquillas en la nariz.
—Oh Terry, estás despierto, gracias al cielo, creí que te había perdido.
Dejó que él se recostara sobre la pared. Tomó las gasas y curó sus muñecas con eficiencia, y limpió su rostro.
Él la miraba como de muy lejos. En silencio, como si se temiese que fuera una aparición y una simple palabra pudiera hacer que se volatilizase.
Luego desabotonó su camisa y tiró de su camiseta interior hacia arriba. No había sangre, pero palpó sus costillas y él hizo una mueca de dolor.
—Ssst, está bien, no sé si tienes algo roto. ¿Puedes respirar hondo?
Calladamente, Terry tomó una bocanada de aire frío nocturno. Consiguió llenar sus pulmones, aunque con algo de dolor e incomodidad, pero lo hizo. Inspiró y expiró tres o cuatro veces, eso le vino muy bien para despejarse y tomar consciencia de todo lo que le rodeaba. Candy, colgó de la argolla que antes le sujetaba, la linterna.
—¿Respiras bien?
—Si, duele algo, pero bien, ¿me das agua? —ella acercó prontamente la cantimplora a sus labios, hizo una mueca dolorida cuando rozaron su herida, ella murmuró, —lo siento.
Le ayudó a beber. Dos o tres sorbos más.—Ya— dijo Terry elevando la cabeza.
Ella retiró la cantimplora y la cerró, dejándola junto a la mochila.
Él se recuperaba por momentos, ahora sus ojos se estaban enfocando mejor, la miraban seriamente.
—Que haces aquí, tenías que estar a punto de embarcar.
—Supe que estabas aquí.
—¿Quién te trajo?
—Vine sola, me escapé cuando se fueron a dar una batida camino adelante.
—¿Quién te dijo que yo estaba aquí?
—Cromwell, él se jactó ante mí de que te había dejado herido y atado, dijo que Osten le impidió terminar de rematarte. Él llegó a donde permanecía escondida, con una herida en el hombro, me pidió que le curara y lo hice. Luego me mostró la cruz que te dejé, y supe que eras tú.
—¿Cómo escapaste?
—Le golpeé con una caja de municiones medio llena en la cabeza.
Terry rió bajito, le dolieron las costillas, su valiente mujercita. Se había deshecho de Cromwell y había caminado hasta donde él estaba. Abrió los ojos y la miró seriamente.
—¿Están muy lejos?
—De hora y media a dos horas. Ya no queda luz natural, no creo que me sigan. — suspiró mientras volvía a buscar en su mochila.—Al que tienen que llevar hasta la costa es a Cromwell, yo, estaba con ellos por casualidad.
—Ya me contó Geüser, vino a buscarme y me lo dijo todo. Te pregunté antes. ¿Nunca acatas mis órdenes?
—Si lo hubiese hecho, no estaríamos aquí, juntos. —Ella se inclinó dejando lo que tenía entre las manos en el suelo, se abrazó a su cuello. La escuchó suspirar hondo, no iba a derrumbarse. Ella era una mujer fuerte, siempre lo supo. Pero no había tiempo para carantoñas. Su mente militar y estratega se puso en alerta.
—Tenemos que movernos Candy. Tengo que llevarte a la costa otro barco te espera a ti, Geüser me dejó instrucciones. Además, tenemos que alejarnos de aquí, si no es tu grupo será alguna patrulla de mi acuartelamiento, buscándome. Y en cuanto encuentren los cuerpos.
—No hay nada ahí fuera, deben de haberlos ocultado, sólo un socavón en la carretera tapado ya con tierra, pero se nota blanda.
—¿Tampoco se ven motocicletas? —Candy negó con la cabeza sobre su pecho.
De todas maneras, pensó Terry, no debía de quedar mucho de las que fueron afectadas por la explosión. Tendrían que andar, y hacerlo ya, antes del alba, poner distancia entre ellos, las patrullas de búsqueda, y aunque fuese improbable, del grupo que llevaba a Cromwell hasta la costa. Ellos tenían otro punto de encuentro distinto.
—Tenemos que irnos, —ella le miró con su ojos grandes desde el nido que se había construido en un momento entre sus brazos.
—¿Podrás moverte Terry?
—Tenemos que intentarlo, al menos unos kilómetros. —Palpó en su bolsillo. Sacó la brújula. La abrió, por suerte estaba intacta. Tanteó otro bolsillo del pantalón. El mapa y las indicaciones de Geüser.
Ella se separó de él para mirar que estaba haciendo. Terry movió el mapa y lo abrió bajo la luz de la linterna, lo estudió unos instantes.
—Aquí estamos—dijo señalado el molino y el poblado en ruinas dibujado sobre el papel. —Tendremos que salir de la pista de tierra, y coger un carril, supuestamente que está a unos cien metros más adelante. Tomándolo nos puede dejar muy cerca del punto de encuentro con la embarcación que te llevará a Inglaterra.
Candy asintió.
— ¿Podrás levantarte?
—Si, — ella se apartó y se levantó. Terry guardó el mapa y se colgó del cuello la brújula por el cordón que la sujetaba. Alargó su mano hasta la pared y se incorporó con cuidado, agarrándose a la argolla a la que antes estuvo atado. Parecía bastante mejor de lo que Candy esperaba. Sujetándose las costillas se elevó por fin en toda su altura. Le sonrió. — ¿Ves?
Ella asintió, le señaló hacia el pilón del molino, donde se vertía antes el grano.
—Antes de irnos, comamos algo.
—Si, pero démonos prisa. —Caminó hacia el sitio señalado y se sentó procurando no hacer ningún gesto de dolor. Ella se acercó con una lata de carne fría y la cantimplora. Sacó una navaja suiza y la abrió con habilidad. Luego, sacando el utensilio que servía de cuchillo, corto un trozo y se lo ofreció, ella cortó otro luego para sí.
Comieron en silencio y bebieron agua fresca. Cuando terminaron ella dejó a un lado la lata, y salió con la cantimplora para rellenarla en una fuente que fluía casi a la puerta.
Cuando volvió, tomó de su mochila un rollo grande de vendas.
—Te vendaré las costillas Terry.
Mientras, le levantó la camisa y la camiseta y se afanó en hacerle un vendaje suficientemente cómodo y fuerte, él la miraba. Desde que llegó le hablaba en inglés y él le contestaba igualmente.
—¿Qué te ha contado Cromwell?
Candy no dejó su tarea, ni siquiera alteró su ritmo.
—Dijo que hace seis años desertarse de ejército inglés, y que viniste para unirte al ejército alemán.
—¿No me juzgas por ello?
Ella se encogió de hombros. Continuó.
—También te llamó por tu nombre inglés Terry Grandchester Entonces Richrd...
—Richard es mi hermano.
—Sospeché algo así cuando me lo dijo. —Levantó la cabeza hacía él. —Está terminado. ¿Nos vamos?
Terry se levantó sin apoyarse en nada. El vendaje aliviaba mucho cuando respiraba, y cuando se movía. Ella fue hasta su mochila y la cargó en sus hombros.
—Candy, dámela a mí. —ella negó con la cabeza.
—Yo la traje hasta aquí y puedo continuar llevándola. Tú estás herido, además tienes que orientarte. Si vamos hasta los acantilados, salgamos ya.
Ella era una mujer fuerte y práctica. Tomó la linterna que colgaba del gancho y se la pasó a Terry, él la cogió. Salieron del molino.
Una vez cruzado el puentecillo de acceso al pueblecito abandonado, tomaron la pista de tierra. Terry iba contando en silencio los pasos para llegar a calcular los cien metros, ella a su lado caminaba callada. Llegaron al punto que se vio claramente como se bifurcaban los caminos. Si seguían por la pista, en algún momento llegarían hasta donde estaba oculto el camión, si cogían por el de la izquierda, le llevaría hasta el sitio señalado como de encuentro.
Terry le dio la mano cuando guardó el mapa.
—Tenemos que seguirlo lo más recto posible. —Ella asintió. —Nos internaremos un buen rato y luego buscaremos donde descansar. Así estaremos lejos de la carretera y de donde suelen pasar las patrullas. Descansaremos hasta el alba y volveremos a adelantar. Calculo que no estamos tan lejos. Intentaremos movernos a primera hora y a última. Cuando anochezca quiero estar en la linde del bosque. Una vez que sea noche cerrada bajaremos al acantilado.
—Bien, —se aferró a su mano mientras caminaba guiada por el haz de luz de la linterna. Caminaron largo rato y en silencio. Llegaron a unas rocas que estaban bastante lejos del camino, y bien ocultas entre los matorrales. Terry salió del carril hacia ellas.
—Descansaremos aquí.
La zona rocosa ofrecía poco abrigo, más bien era un refugio donde ocultarse por unas horas. Iluminó una roca plana baja, aunque ligeramente algo inclinada. Dos más grandes y más altas hacían como de pared o de cortavientos. Se sentaron. Terry se dejó caer la espalda contra una de ellas y Candy desplegó la manta para envolverlos a los dos. Luego miró hacia arriba, hacia la cúpula de árboles. El cielo era de una negrura infinita, una vez que apagaron la linterna. Entre las copas se veían estrellas brillar aquí y allá.
—Terry?
—¿Si?
—¿Habrá lobos por esta zona?
—No, están exterminados por aquí. —ella suspiró aliviada. Luego volvió a elevar los ojos hacia él de nuevo.
—¿Osos?
—El único depredador que hay cerca soy yo, mujer, y estoy lo suficientemente herido y cansado para no ser una amenaza para ti.
Ambos rieron. Terry bajó la cabeza y suavemente rozó sus labios con los de ella, bebiendo a grandes sorbos de su dulzura.
Luego acarició su cabello para que ella descansara sobre su pecho la cabeza.
—Pero en cuanto me recupere, prometo no tener piedad contigo mujer.
Con esa promesa, y rodeada por sus brazos, a pesar de su incierto futuro, y de tantas preguntas sin respuesta que tenía en la cabeza se durmió.
CONTINUARA
