INTERCAMBIO

Capítulo 35

La Batalla de Ogygia

[SEGUNDA PARTE]


Annabeth POV

Cuando las espadas de metal mortal estuvieron listas, algunas de las cabañas comenzaron a repartirlas entre los campistas. Yo tenía una daga que, si bien no se sentía tan cómoda en mi mano como la original, estaba hermosamente hecha.

Por fin con un arma servible, me acerqué a una de las banshees que peleaba con mi cabaña.

En un momento en el que mi actitud me recordó increíblemente a Percy, sacudí mis brazos sobre mi cabeza, intentando llamar la atención de la banshee.

—¿Qué haces? —siseó Malcolm.

Lo ignoré.

—¡Hey, tu! ¡El cruce entre bruja y fantasma! ¡Ven por mí! —Que mal insulto. Debería haber pensado en uno mejor. Por suerte, el insulto funcionó para su propósito y llamó a la banshee. El cabello le llegaba hasta la cintura y era ondulado, de un color negro ébano. Llevaba un vestido azul grisáceo, con algunos detales blancos al final de la falda. No tenía piernas, pero volaba, así que ella no tenía problema. Sus ojos… sus ojos eran lo más terrorífico que había en ella. Sentía como llamaban a mi alma. Intentaban absorberla. Eran de un color blanco… blanco vacío y ausente.

Mientras volaba hacia mí, con su cabello sobre sus hombros, noté que era terriblemente bella. Al igual que muchos monstruos. Una obra de arte de la naturaleza y los dioses. Tan terrible…

Y tenía que matarla. De otra manera, ella mataría a más personas, y no podía permitir eso. Mis amigos están en este campamento, mi familia, y este es el campamento al que Percy debería regresar, no a un lugar desierto. Ciertamente esperaba que pudiéramos mudarnos de vuelta a la Colina Mestiza antes de que regresara Percy.

Levanté mi daga, justo en su pecho cuando llegó la banshee, pero ella la esquivó fácilmente, desviando ligeramente su vuelo hacia arriba. Si esperar, ni ella ni yo, me di la vuelta para continuar con ella frente a mí, ella hizo lo mismo. De nuevo, ella se lanzó hacia mí, y abrió la boca para gritar.

Imaginé lo que diría Percy. Tal vez algo como «Tienes mal aliento», pero sonaba demasiado poco sarcástico.

Esta vez, cuando ella gritó, fue mi turno de esquivar. Sabía que cuando ella gritara en mi dirección, me dejaría inconsciente, dejando mi cuerpo vulnerable para que ella pudiera succionar mi alma. No podía dejar que eso pasara, debía esperar por Percy.

Percy…

Su nombre me dio fuerza. Me daba algo por lo que continuar. Primero fue Thalía. Ella era como una hermana para mí, hasta que murió. Después fue Luke. Él era mi razón para seguir. Él cuidaba de mí, y yo quería hacer lo mismo por él, y para eso, yo necesitaba estar viva. Cuando Luke se fue al otro lado… No quedaba nadie. Estaba sola, sin ninguna razón para seguir y en medio de una búsqueda. Como si todo hubiera sido orquestado para darme un empujón, una ayuda para morir.

Pero estaba Percy. Percy, quien, durante cinco años, fue una constante en mi vida. Durante años, yo esperaba por cada verano para ver a Percy. Mi ancla. Y ahora el no estaba.

Pero estaba vez no iba a rendirme, o anclarme a otra persona. El no estaba muerto, o se había ido al otro lado. Él estaba perdido, y yo lo iba a encontrar. Cuidar de él como el me cuidó a mi cuando no tenía a nadie más.

Al mismo tiempo que esquivaba a la banshee que voló hacia mí, levanté mi brazo y saqué mi daga. De haber sido un monstruo griego, la banshee se habría disuelto, el corte era lo suficientemente profundo, aunque hubiera sido en su costado y no en el pecho o en la cabeza. Si yo hubiera tenido el brazo más largo, si ella hubiera ido más lento, si ella no me hubiera gritado… yo habría alcanzado a encajar la daga en su corazón. Ella habría muerto y yo hubiera sido libre a ayudar al resto a batallar con las banshees.

Pero eso no fue lo que pasó.

¡Demonios, no! ¡Que los dioses no permitan que algo vaya de acuerdo al plan!

En lugar de eso, la banshee cayó. Bueno, no exactamente. Su balance se volvió un poco más torpe, lo que la causó caer un metro hacia al suelo, pero recuperó el vuelo. Sabía que eso no lo había causado la daga, había sido una flecha que lanzó una hija de Apolo. Solo la rozó, pero molestó su sentido de la orientación durante unos segundos.

La sangre que salía de su costado derecho era verde. De un verde oscuro. Algo atrayente. No recordaba haber visto jamás a un monstruo sangrar. La mayoría de las veces no se dejaban tocar por nuestras armas y era la primera y la última herida lo que los mataba. No podíamos jugar con los monstruos, cada vez que estocábamos, el objetivo era un lugar mortal.

Los brazos de la banshee se apresuraron a envolverse alrededor de su torso, pero se mantuvo en el aire. Torpe, pero con exitosamente, esquivó cada una de las flechas que los hijos de Apolo le lanzaban desde los techos de las cabañas más cercanas. Era de acero, pero no había muchas, así que la cabaña de Apolo estaba siendo cuidadosa al gastarlas.

En algún momento, las flechas de los que apuntaban a mi banshee dejaron de llover. Se habían acabado. La banshee por fin se pude detener a tomar aliento, y, segundos después, procedió a lanzarse hacia mí.

Por suerte, mientras que ella esquivaba flechas, yo había conseguido más cuchillos. Eran más pequeños que mi daga y los había guardado en una bolsa que llevaba amarrada a mi cadera. El filo de los cuchillos era de los dos lados, de modo que, cuando los lanzara, no importa qué lado se encajara en ella, le dañaría.

La banshee, cuando se lanzó, estiró sus manos hacia mí. Con solo ver la sangre verde en sus manos, supe que era viscosa y que tan pronto como me tocara, desharía mi piel como el ácido.

Esta vez la banshee voló bajo, lo que me forzó a tirarme al piso. Solté un pequeño suspiro de alivio cuando sus horrendas manos no lograron tocarme.

Con destreza, lancé uno de los cuchillos a la banshee. Había estado practicando desde hace un par de años, cuando vi una película donde usaban eso y pedí a la cabaña de Hefesto que me hiciera algunos cuchillos de doble filo. Cuando se perdieron en el bosque todos los que me habían hecho, Chiron decidió que ya no me harían más de bronce celestial, ya que era un desperdicio, así que comencé a practicar con cuchillos de hierro.

Jamás había estado tan feliz de que todo eso hubiera sucedido como lo hizo.

Hice los cálculos. Tenía diez cuchillos, si contaba el que recién lancé, no contando mi daga de bronce celestial. Solo necesitaba que seis de ellos quedaran en la bruja y causaran heridas de medio grado. La falta de sangre la haría marearse y se desmayaría. Entonces podríamos deshacernos de ella.

Tomé un respiró profundo. La banshee había tenido que alejarse de mi cuando le lanzaban las flechas, así que estaba volando hacia mí, no rápidamente por la herida en su costado.

Intenté convencerme de que eso era bueno, ya que mis cuchillos no podían llegar tan lejos aún, pero no pude evitar sentirme algo nerviosa al verla acercarse.

Cuando el cuchillo que lancé por fin la alcanzó, ella lo esquivó. No fue lo suficiente para no causarle una herida en el brazo, pero le rozó el brazo. Me sentí algo decepcionada, pero también algo satisfecha. De cualquier manera, la daga no la había alanzado.

Lancé el siguiente cuchillo. Planeaba lanzarlo a su cabeza. Si le daba en un ojo o en la frente, la sangre la cegaría y no podría esquivar tan efectivamente mis ataques, y, si tenía suerte, el corte sería lo suficientemente profundo para matarla.

Desafortunadamente, ella vio mi cuchillo venir y lo esquivó fácilmente.

Maldije bajo mi aliento.

Rápidamente, saqué otro cuchillo y lo lancé a la banshee. Por suerte, este llegó a su objetivo, su hombro derecho. Se encajó de lleno en su hombro, y, siendo el hombro de la banshee huesudo, prácticamente la atravesó.

De haber sido más inteligente, la banshee habría sabido que cuando quitara el cuchillo la sangre comenzaría a salir, pero hizo justo eso. Sacar el cuchillo. Solté un minúsculo suspiro de alivio al verlo.

Lancé otros tres cuchillos a la vez. Los dirigí a su torso. Dos de ellos se encajaron en su torso, mientras que el otro salió a través del espacio entre su costado y su brazo. Uno de los cuchillos estaba en su costado y el otro en la parte baja de su estómago.

Bien. He lanzado seis cuchillos de diez y tres han logrado lo que quería. Solo necesitaba que tres delos otros cuatro también lo hicieran. Como hija de Atenea, no pude evitar pensar en las posibilidades. Quiero decir, simplemente no se podía evitar, mi mente lo hacía automáticamente. Y por ahora no se veían bien. Solo la mitad de los cuchillos que había lanzado habían lastimado a la banshee satisfactoriamente, mis posibilidades eran cincuenta-cincuenta. Si eso seguía así, solo habría cinco heridas graves en ella. No era suficiente.

Tiros rápidos.

Siempre hacía mejor en tiros rápidos. Instintivos. Podía intentar eso. Era menos seguro, pero, para mí, era lo más probable. Era mi única oportunidad.

Me mordí el labio, intentando evitar que mi brazo temblara por el nerviosismo. No importaba. Eran tiros rápidos, el hecho de que mi mano temblara no afectaría el resulto drásticamente, como lo haría con arco y flecha. Pero ahora no importaba cuanto afectaría, sino si afectaría. Debía ser extremadamente cuidadosa.

Lancé uno, después el otro, otro más y luego el último cuchillo.

El primero llegó a su otro hombro. Se encajó tan profundamente como el del otro hombro. El segundo pasó entre el espacio de su costado y su brazo. Mierda. El tercero se encajó en su estómago. Su hubiera sido una daga o una espada, o incluso una flecha, eso la podría haber matado —después de unos minutos claro, pero era un cuchillo pequeño. Aun así era una herido grave. Bien. El cuarto, desafortunadamente, no la alcanzó. Pasó entre sus piernas sin tocarla.

La banshee se congeló, pero no duró mucho tiempo. Su vista se fijó en mí.

La banshee se abalanzó, volando en mi dirección. En sus ojos podía ver que ella sabía que iba a morir (No lo suficientemente rápido como la manera de los seis cuchillos, manera en la cual ella no habría tenido tiempo de atraparme). Había algo como aceptación (como un monstruo llegaba aceptación sobre su muerte, no lo sabía) pero también determinación. Mi corazón se encogió cuando advertí que la banshee había aceptado su muerte, pero me iba a llevar con ella.

Di traspiés hacia atrás. No lo podía permitir… pero no me quedaban más cuchillos. ¿Iba a morir? Iba a morir…

Parpadeé. Era algo… decepcionante. Había sobrevivido a una Titanomaquia. Durante todo ese tiempo había sido segunda al mando. Había luchado con cientos de monstruos. Había huido de casa a los siete años y, aunque tuve ayuda, seguía viva.

¿He iba a morir por una banshee? Si, seguro. Su comportamiento y apariencia guardaban algunas similitudes con las arpías, las torturadoras de Hades y criaturas increíblemente poderosas… pero era algo decepcionante. Había esperado algo más… ¿espectacular, tal vez? O morir luchando, por lo menos. Pero no iba a morir luchando, no me quedaban más cuchillos…

Mi daga. La de bronce celestial. La que me dio Luke. Vacilé. El cuchillo no me iba a ayudar mucho. Tan pronto como la banshee llegara hacia mí, ella alargaría sus brazos y me levantaría en el aire, para después gritar en mi cara y dejarme inconsciente. Después, ella procedería a destrozar mi garganta con sus dientes, hasta que yo muriera. Difícilmente el cuchillo me iba a ayudar ahí. Ella lo haría rápidamente, de otra manera no viviría lo suficiente para lograrlo.

Pero no podía lanzar el cuchillo por múltiples razones. Primero, si no lograba darle a la banshee, había altas probabilidades de que el cuchillo se perdiera, ya que, a las espaldas de la banshee se encontraba el océano. Era el océano de Ogygia, el cuchillo podría terminar en cualquier lugar. Nunca lo encontraría. Por otra parte, podía encajarse en la banshee. En ese caso, la lograría matar, ya que el cuchillo era lo suficientemente grande para causarle un daño serio al instante. No sabía cómo afectaría la sangre de la banshee a mi daga. Era bronce celestial y la banshee era de otro mundo…

Demonios, gemí. Iba morir. El bronce celestial no afectaba a nada fuera del mundo griego o a alguien que fuera mortal. El bronce celestial no afectaría en lo más mínimo a la banshee, y yo moriría sin tener ninguna manera de defenderme.

Me mordí el labio y retuve las lágrimas.

—¡Annabeth! —llamó Thalía.

No tenía la menor idea de en qué momento ella había llegado, pero me alegraba. Podría… podría ver un rostro amigo antes de morir. Preferiría que fuera el de Percy, pero Thalía era como mi hermana y eso bastaba para mí.

Pensando, casi no vi la espada que Thalía había lanzado hacia mí. La había sacado de su cinturón. Lo examiné brevemente, mis instintos urgiéndome que mirara a la banshee. Pero me di cuenta de que la espada era diferente. No era de bronce celestial u oro imperial. Esos eran tonos cálidos… más de Apolo. La plata… era lo contrario. La plata era de Artemisa. Este cuchillo era de plata bendecida por Artemisa… pero aún era de plata, un metal mortal.

Esbocé una sonrisa torcida y, con remordimientos, lancé mi daga a la banshee, ya que de otra manera ella no habría caído por el truco de mi espada.

Entonces, con la banshee distraída por la daga, encajé mi espada en su torso.

Alivio recorrió mi cuerpo. La adrenalina me abandonó y sentí débiles las rodillas.

Segundos después perdí la consciencia.

Era negro. Todo era negro. El cielo, la tierra, y mi alrededor, todo era negro, excepto una pequeña área. Dicha área tenía el tamaño… el tamaño de Percy. No como estaría normalmente, en sus pies. Este Percy, el único color que veía, estaba montado en algo. Si tuviera que decir algo sería un caballo, pero después de pensarlo mejor decidí que era algo grande. Mucho más grande.

Percy yacía sobre su estómago sobre la criatura. Llevaba una extraña túnica de color gris oscuro, con una corbata de rayas de rojo y amarillo. Fuera de eso, no había nada más.

Todo desapareció de nuevo.

Por primera vez noté lo molesto que era despertar de estar inconsciente. Quiero decir, Percy muchas veces que quedaba inconsciente, él quedaba molesto por haberse dejado dejar inconsciente, si eso tiene sentido. No lo culpaba. Comprendía que no lo pudo evitar y nunca lo culpé. No era razonable. Él también podía quebrarse, y comprendía eso como pocas personas en el campamento. Pero el nunca parecía tomarlo a la ligera.

Siempre pensé que el exageraba.

Y ahora entendía que no lo hacía.

Fueron pocos momentos de mi vida en los que yo dejaba que me vieran cuando era débil. Cuando lloraba, o cuando estaba inconsciente. Personalmente, detesto la idea de estar inconsciente. No es como estar dormido, cuando puedes sentir el peligro y despertarte. No, era peor. No podía despertarme cuando estaba inconsciente, mi propio sueño me mantenía atrapada. Así que lo evitaba lo más posible.

Y hoy no había solo sido una ve la que quedé inconsciente.

Sino dos veces.

Ugh.

La frustración burbujeó dentro de mí.

—Ya estás despierta —notó Will, con una sonrisa suave en su boca.

Lo fulminé con la mirada.

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —demandé.

Will rodó los ojos, lo que me hizo fulminarlo con más fuerza.

—Solo cinco minutos.

Mis ojos se ampliaron mientras recordaba mi lucha con la banshee.

—¿Mi daga? —pregunté, mi voz con un pequeño borde de pánico. No estaba, estaba segura tan pronto como vi la mirada de Will. Nadie en el campamento sabía de historia de la daga, pero creo que todos intuían que era especial, por cómo me aferraba a ella algunas veces. Presioné mis labios—. No importa.

—Lo siento —susurró—. Se perdió en el océano cuando la lanzaste.

Solté una risa amarga.

—Oh, no solo en el océano. El cuchillo podría estar en cualquier cuerpo de agua, por la forma en que viaja la isla de Calypso —repliqué secamente. Tomé un respiro profundo—. Se lo que debemos hacer. Que alguien traiga a Harry y al éter.

Harry POV

—Annabeth quiere que vengas —dijo una chica rubia. Ella me cogió por la mano y comenzó a jalarme.

—¿Qué? ¿Para qué? —pregunté, intentando soltar mi mano.

La chica me dirigió una mirada asesina.

—Annabeth tiene una idea para inclinar la balanza a nuestro favor.

Supe de que hablaba la chica. La batalla. Miré alrededor. Hace un segundo había estado luchando con un hombre de seis metros. No lo hacía muy bien, teniendo el brazo herido y forzado a usar un arma que no era la mía. Hace unos segundos el gigante había mascullado algo y había salido corriendo al bosque. Yo se lo agradecí mentalmente, por supuesto. No en voz alta… podría haberlo hecho regresar.

Apresuré mi paso.

La chica me guió a una cabaña pequeña. Unos tres metros por tres metros, calculaba. Adentro había un pequeño camastro y un escritorio de las mismas dimensiones.

Adentro, Will, Malcolm y Annabeth habían movido el escritorio al centro de la cabaña, y, justo en medio, tenían los cuatro frascos del éter, formando un cuadro. En medio de los frascos había una vasija de metal… bronce celestial, para ser exactos. Y, dentro de la vasija, había una mezcla de los diferentes tipos de éter.

Instintivamente supe que ese era éter en su estado puro.

Y que debía tomarlo.