DESPISTES DE SABUESOS

DISCLAIMER: Los personajes y demás cosas del Potterverso son de JK Rowling.

CAPÍTULO 36

CILLIAN

Diciembre de 1996

Si alguien le hubiera preguntado a Cillian si le gustaba su trabajo en la gasolinera, no se lo habría pensado dos veces a la hora de decir que no, pero dadas las circunstancias era lo mejor que tenía. Después de pasar seis meses en prisión, al chico se le habían quitado las ganas de seguir haciendo tonterías. La cárcel era un lugar lo bastante terrible como para no querer volver allí por nada del mundo y, por si eso fuera poco, Audrey le había amenazado con matarle si hacía cualquier cosa que pudiera acarrear un nuevo internamiento en prisión. Así pues, y a pesar de lo mucho que le disgustaba aquel empleo, Cillian estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para mantenerlo. Estaba en libertad condicional y los tipos del juzgado le advirtieron de que una sola tontería más no le haría ningún bien, así que Cillian había aceptado el maldito turno de noche con tal de conseguir un trabajo digno.

Ciertamente estaba agotado. Un par de semanas antes un tipo le había apuntado a la cabeza con un rifle y le había robado toda la recaudación de la caja. Por suerte había cámaras de seguridad que probaban que él no había robado nada, pero el susto no se lo quitaba nadie. Había tenido que declarar ante la policía en tres ocasiones, se había visto obligado a soportar un par de discursos de su superior y ni siquiera le habían dado un día libre para recuperarse de la conmoción. Si no fuera porque Audrey estaba encantada con su sacrificio, bien podría haberlo mandado todo a la mierda después de sufrir semejante disgusto, pero no lo había hecho. Por Audrey, porque la quería como a una hermana y ella no se merecía sufrir por su causa. Y por él mismo, porque necesitaba demostrarse que no se parecía en nada a su padre.

Cuando había llegado al orfanato, todos habían pensado que sería un criminal como su progenitor. El hombre se dedicaba a atracar tiendas porque nunca le había gustado demasiado trabajar. Cillian no era más que un niño, pero su padre empezó a utilizarlo en los atracos e incluso le permitía coger armas como si fueran juguetes. Cillian sabía que si su padre no hubiese muerto durante aquel enfrentamiento con la policía, él hubiese terminado mucho peor. En el orfanato le habían enseñado a comportarse, le habían dado una educación y había recibido un afecto que su progenitor no había sabido o no había querido darle. Y allí había conocido a Audrey, el único ser humano que le hacía querer ser mejor persona.

De niño no había sido plenamente consciente, pero ahora que era adulto Cillian comprendía que dependía emocionalmente de esa chica. No era una perspectiva agradable el saber que nadie más que Audrey le quería, pero era la realidad. A veces se preguntaba si su madre también le había querido alguna vez, si aún le quería a pesar del tiempo transcurrido, pero entonces se sentía fatal y alejaba a esa mujer de sus pensamientos porque nunca había sido una verdadera madre. No se merecía ni que Cillian pensara en ella porque le había abandonado cuando sólo tenía cuatro años. Le había dejado solo con su padre y Cillian jamás podría perdonárselo. No quería perdonárselo.

A veces rememoraba la última vez que la había visto. No tenía demasiados recuerdos de esa etapa de su vida, pero aún podía ver a su madre sentándose en su cama y acariciándole el pelo con suavidad. "Tienes que ser fuerte, cariño". Le había dicho, y Cillian había creído que estaba llorando. "Mamá tiene que irse, pero te quiere muchísimo".

Le quería y una mierda. Si le hubiera querido lo habría cogido en brazos y lo hubiera llevado con ella, no lo habría dejado allí tirado como un perro. Cillian, que recordaba haber sentido las mejillas de su madre húmedas mientras le daba un último beso, se decía una y otra vez que ella no había llorado. Durante años la había odiado, pero ahora era un hombre y todo eso estaba demasiado lejano en el tiempo. Ya ni siquiera sentía curiosidad por saber dónde estaba y qué había sido de ella.

Cuando tenía catorce años se había escapado del orfanato porque alguien le había dicho que sabía dónde estaba su madre. Obviamente no la había encontrado y sólo consiguió que el señor Lancaster le echara una bronca de las que marcaban época y le castigara bastante más severamente de lo que era habitual en él. Cillian se había enfadado tanto con el mundo que prácticamente había perdido la cabeza y a partir de ahí empezaron todos sus problemas, pero por suerte eso estaba empezando a quedar atrás. Ahora era un hombre, un adulto que debía demostrar que podía ser algo más que los que sus padres habían hecho de él. Se merecía ser mucho más.

Los ojos del joven se dirigieron distraídamente hacia el reloj situado encima de la puerta del despacho del supervisor. Sólo eran las once de la noche y aún tenía un montón de aburridas horas de trabajo por delante. Y esperaba que fueran realmente aburridas porque no estaba para más atracos. Después de aquella traumática experiencia había empezado a pensar en su padre. ¿A cuántos chicos como él habría encañonado con su pistola vieja y oxidada? ¿Habría disparado a alguien alguna vez? La policía nunca le había tachado de asesino, pero Cillian ya ni siquiera sabía qué pensar de él porque, demonios, había sido un padre de mierda, casi tan malo como su madre.

Suspirando decidió que era momento de alejar esos pensamientos de su mente y cogió el libro de texto que acostumbraba a llevar en la mochila. Audrey le había aconsejado que terminara el instituto porque eso podría abrirle muchas puertas en el futuro. Un hombre con una mínima titulación podía aspirar a mejores empleos con mejores sueldos y mejores condiciones de trabajo. Y si encima tenía la osadía de intentar hacer una carrera universitaria, las posibilidades se multiplicaban por mil. Cillian no había querido hacerse muchas ilusiones respecto a todo eso, pero debía reconocer que le gustaba estudiar. Sonaba extraño, pero le encantaban la historia, la filosofía y la literatura. Había descubierto que esas tres asignaturas despertaban algo en su imaginación que le llevaba a escribir cosas que a priori no tenían demasiado sentido pero que podrían significar algo un poco más adelante.

Esa noche pensaba echarle un vistazo a reinado de Enrique VIII. Lo bueno de intentar graduarse a su edad era que a uno nunca le faltaban temas de estudio y encontraba a ese rey de lo más simpático. Seguramente Audrey lo hubiera tachado de ser un poco hijo de puta, pero a Cillian le encantaba. Sonriendo, y volviendo a repetir que esperaba una noche sin sobresaltos, se acomodó lo mejor que pudo en su silla y abrió el libro. Desgraciadamente para él, alguien eligió ese preciso instante para abrir también la puerta de entrada.

Era una mujer de mediana edad, con el pelo castaño y los ojos azules. Cillian se quedó paralizado porque no era ninguna extraña y porque sus deseos de que ese día no ocurriera nada se acababan de ir al garete. La mujer estaba elegantemente vestida y hurgaba a toda velocidad en su bolso. Tenía una expresión de cierto fastidio en el rostro y, cuando le miró, Cillian esperó que lo reconociera, pero no fue así. Esa mujer, que un día le había dicho que le quería, apenas le prestó atención porque a sus ojos no debía ser más que el vulgar empleado de una gasolinera. Para Cillian, en cambio, la presencia de esa mujer significaba todo un mundo de sensaciones extrañas.

Porque. ¿Cómo se sentía?

En principio estaba paralizado y demasiado sorprendido para hacer otra cosa que no fuera mirarla con los ojos abiertos como platos. Siempre había creído que si alguna vez volvía a tener a esa mujer frente a frente, le haría un montón de reproches. Quería saber porqué le había abandonado y porqué nunca había vuelto a por él. Quería decirle que su vida casi se hundió por su culpa, que había tenido que ver morir a su padre y que todos habían creído que no era más que un salvaje y un chiflado. Quería gritarle que le había hecho tanto daño que nunca podría perdonarla porque la odiaba como nunca había odiado a nadie. Sin embargo, a la hora de la verdad no pudo hacer más que quedarse muy quieto y con cara de tonto.

— ¡Oye! ¿Me estás escuchando?

La última vez que la había visto, Cillian había creído que su madre lloraba. Hubo dulzura en su voz, quizá algo de amor, pero esa noche le habló como los tipos ricos y engreídos solían hablar a los que consideraban que eran inferiores a ellos: con exigencia y algo de desprecio. Pero ni siquiera eso hizo reaccionar al chico a pesar de que siempre había odiado la arrogancia de todos esos inútiles. ¿En eso se había convertido su madre, la mujer que un día vivió en uno de los peores barrios de Londres?

A pesar de su estado anímico, Cillian supo que debía reaccionar. Agitó la cabeza y respiró profundamente, intentando decidir qué hacer. ¿Debía decirle que era su hijo? ¿Debía abrazarla y hacer borrón y cuenta nueva?

—Disculpe. ¿Qué decía?

—Necesito una botella de whisky. ¿Tienes?

Una botella de whisky. La primera vez en veinte años que veía a su madre y ella le pedía una maldita botella de whisky. ¿Sería acaso una de esas ricachonas que se emborrachaban hasta perder el sentido? Movido por la curiosidad, Cillian miró hacia el exterior y descubrió un coche aparcado frente a la puerta con tres mujeres en su interior. Debía tratarse de eso. Una fiesta de féminas.

Consciente de que no podía seguir ahí parado, Cillian fue en busca de la botella y se la tendió a esa mujer. A su madre. Su cerebro le repetía una y otra vez que tenía que decirle algo, lo que fuera. Daba igual si era un reproche o si se aferraba a su cintura como un niño, pero no podía dejar que ella se fuera sin más. Sin embargo, no hizo ni lo uno ni lo otro.

Todo ocurría como si fuese algo irreal. Cillian podía verse a sí mismo entregándole el whisky. Veía a su madre pagándole con un par de billetes y unas monedas. Y la observaba salir de la tienda sin tomarse la molestia de despedirse de él para subirse en el coche y salir pitando con sus amigas. Y mientras él seguía ahí parado, con la sensación de que un atraco hubiera sido mucho mejor que lo que acababa de pasar.

Cuando reaccionó el coche había desaparecido. Sólo habían pasado un par de minutos desde que entrara en ese estado de estupidez absoluta y al despertar notó que tenía las mejillas húmedas, como su madre la noche que se despidió de él.

Cillian se frotó los ojos con un movimiento violento y decidió que iba a olvidarse de lo que había pasado. ¿Qué clase de madre era una mujer incapaz de reconocer a su hijo cuando lo tenía delante? Cillian estaba siendo un idiota profundo al llorar por ella porque seguía sin merecerse ni una sola de sus lágrimas, menos aún después de lo que acababa de hacerle. Iba a olvidar que esa mujer existía y que se había encontrado con ella y definitivamente no se lo iba a contar a Audrey. En lo que a él respectaba, ese asunto estaba zanjado para siempre. Su madre se había ido cuando era un niño y no había vuelto nunca. Pensar eso era lo único que le aportaba cierto consuelo y esa noche lo necesitaba muchísimo. Tanto que quizá se podría replantear lo de contárselo a Audrey. Seguramente, su amiga le daría el abrazo que tanto necesitaba.