Capítulo 36

Salió y entró de su habitación. Caminó por los corredores, por los jardines, leyó alunas páginas de los libros que habían en su habitación, y ni siquiera así logró calmar su ansiedad. Sospechaba que Isabelle debía estar en la portería, y Jace en la cocina robándole chocolate a Jordan; sus dos hermanos totalmente tranquilos ya que, al fin y al cabo, la visita de sus padres les había dado un día libre. Alec, por el contrario, se preocupaba por el hecho de que se estuviera anocheciendo, y ni Robert ni Maryse habían llamado para darles noticias. ¿Y si descubrieron algo mucho peor? ¿Y si la deuda, de algún modo, creció? ¿Y si la empresa estaría hipotecada para siempre?

Y el hecho de que Magnus estuviera al otro lado del océano con Woolsey Scott, no ayudaba a sus nervios. El moreno lo había llamado cómo había prometido, y no había sonado asustado o arrepentido por el viaje. En realidad, aquella llamada fue tan casual que Alec sintió un pinchazo de molestia. ¡Magnus se había ido de viaje con su ex amante, por dios! ¿Cómo era posible que el moreno pareciera no captar la magnitud de tal hecho? Y luego, para acabarlo de rematar, Magnus había vuelto a insistir en ese "gran cambio" que había hecho para que Alec volviera a aceptarlo.

Una vez el ojiazul había leído sobre una pareja. Ambos fueron felices por un tiempo, pero luego se divorciaron. Ella, deseando reconquistarlo, y aprovechándose de la fascinación sobrehumana del hombre por los gatos, procedió a hacerse múltiples intervenciones quirúrgicas para parecer un felino. Él nunca se lo pidió directamente, pero fue como si ella hubiera sentido que aquello era lo que él quería para que volvieran a estar juntos. Al final, en lugar de ser una mujer o un gato, terminó pareciendo una extraña mutación de las dos razas, y él nunca volvió a su lado. Alec sentía que aquella historia se asemejaba mucho a la propia, porque quizás, cuando terminaron, había dado a entender que quería que Magnus cambiara, pero ahora que lo había hecho, ya no estaba tan convencido. Quizás fuera egoísta o hipócrita al pensarlo, pero prefería al viejo Magnus, aquel del que se había enamorado, que expresaba alegremente sus sentimientos como si fuera un niño, y que cometía errores como cualquier ser humano. Ahora el moreno parecía perfecto, sin dolor, sin dudas, con todo cubierto en su vida; y era como si Alec fuera solo un capricho, porque en realidad no parecía necesitarlo.

Aun así, tampoco podía decirle "Vuelve a ser el de antes". Magnus no era plastilina que se formara como Alec quisiera. Era un ser humano que luchaba por superar, y el ojiazul no podía impedirle eso.

Cansado de no obtener más noticias, ni de sus padres ni de Magnus, decidió hacer aquello que había estado rondando su cabeza: ir a ver a Camille. Era claro que Magnus lo estaba dejando por fuera de algo importante, y si su corazonada era cierta, el moreno tuvo que haberle hablado a la rubia sobre eso, puesto que ahora esos dos parecían confidentes. No le hacía ninguna gracia, y que le corten la cabeza si Camille no era una mujer extraña que no le inspiraba confianza.

Tomando sin autorización el auto de Izzy, salió de la mansión y sacudió su mano hacia la portería, donde su hermana abrió la boca e intentó correr hacia él, quizás para exigirle que dejara su pequeño automóvil en su lugar, pero Alec simplemente se giró para mirar al frente y aceleró.

Siempre había odiado la mansión de Camille, y ahora que se había vuelto un hogar para Magnus, experimentaba cierto sentimiento de celos hacia la vieja e imponente construcción. Aun así, se tragó sus dudas de si aquello era una buena idea, y timbró. Unos momentos después Camille apareció en el umbral usando un largo vestido de gaza amarilla, y una fina sonrisa en sus labios rojos.

—Alec, pero que grata sorpresa— saludó—Magnus no está, se fue de viaje por unos días. Si quieres, puedes dejarle un mensaje, y yo con mucho gusto le diré que vaya a verte a penas vuelva.

—Sé que se fue de viaje. En realidad, vine a hablar contigo— ella levantó sus cejas sorprendida, Alec también lo estaba de sus propias palabras— ¿Puedo pasar? —Camille se hizo a un lado, y Alec se hizo paso al interior de la mansión.

Inevitablemente, lo primero que hizo fue mirar alrededor, buscando cualquier pertenencia de Magnus, pero no encontró nada. Todo pertenecía a Camille, y las cosas estaban igual que siempre.

—Siéntate— pidió la mujer, y Alec obedeció— Y dime ¿De qué debemos hablar? Si es sobre Magnus, te aseguro que está en buenas manos. No dejo que se vaya a la cama sin comer, le llevo una merienda cuando está tallando madera, y siempre estoy enterada de dónde está—el ojiazul tomó una de las almohadas de los sofás y la ubicó sobre sus muslos. No necesitaba que Camille le refregara en la cara todo lo que él no había hecho cuando había tenido la oportunidad.

—Eso suena asombroso— murmuró— Gracias. Sin embargo, no es de eso que quería hablarte.

—¿Entonces de qué? —Alec la miró.
—¿Por qué Magnus está en Inglaterra?

—¿Magnus no te lo dijo? —Alec negó con la cabeza, y Camille suspiró— En ese caso, lo mejor es que yo no te lo diga. Si él quiere que no estés enterado, no soy nadie para ir en contra de sus deseos—el ojiazul soltó una exhalación exasperada ¿Desde cuándo Camille le era así de fiel a Magnus?

—Sólo quiero saber si hay algún modo de ayudarlo.

—No lo hay. Magnus y Woolsey lo tienen cubierto, te recomiendo que vuelvas a casa y esperes a que Magnus vaya a verte y te cuente todo— Alec frunció el ceño.

—¿Qué tal si Woolsey intenta lastimarlo?

—Eso no pasará, Magnus es alguien nuevo, mucho más fuerte—había algo en su voz, como si se jactara de su propia creación— Ve a casa. Magnus decidirá cuando sea el momento oportuno de hablar contigo.

—Veo que le tienes mucha estima.

—Más de la que crees

—¿Y puedo saber a qué se debe? Hace solo dos meses, él era un completo desconocido para ti—Camille giró un poco la cabeza con una curiosa expresión en su rostro.

—¿Por qué siempre esperas lo peor de mí? Nunca te he hecho nada, al contrario, intenté acercarme a ti.

—Exactamente. En los negocios, entiendo la actitud de alguien que guarda respeto, o que intenta acercarse por algún interés, pero tu empezaste a tratarme como si fuéramos amigos de toda la vida, y no podía ver qué beneficio recibías con eso—Alec frunció el ceño— Quizás Magnus esté muy agradecido como para cuestionarlo, pero yo sí me pregunto qué ganas tú ayudándolo de la forma en la que lo estás haciendo—Camille, contrario a lo que Alec creía, sonrió. No fue una sonrisa amable, parecía más bien astuta.

—Eso es entre él y yo— el ojiazul apretó la tela de la almohada sobre sus piernas.

—Espero que no estés planeando deslumbrarlo y retenerlo a tu lado, porque Magnus no es Ralf Scott, y él nunca te correspondería.

—Claro que no. Por algo lo estoy apoyando para que pueda arreglar las cosas contigo— Alec entrecerró los ojos hacia la mujer. Ahora estaba seguro de que ella tenía dobles intenciones.

—¿Entonces qué es lo que estás planeando? —preguntó firmemente. La rubia lució tranquila al hablar.

—Magnus y Woolsey se fueron a Inglaterra para confirmar que Jonathan era el dueño del casino, cuyos trabajadores golpearon a Asmodeus hasta quitarle la vida—claramente esa confesión era una treta para cambiar de tema y no tener que responder a la pregunta de Alec, y había funcionado. El ojiazul abrió los ojos.

—¿Qué?

—Y no solo eso, sino también que muy probablemente Jonathan es el dueño del casino al que has estado yendo todo este tiempo—Alec estaba impresionado— Woolsey llamó hace un rato para contármelo. Me parece que esos dos lo van a denunciar a las autoridades inglesas—el ojiazul dejó de escucharla. ¿Sería posible que Jonathan tuviera algo que ver con la hipoteca a la empresa? El rubio se había estado portando tan amable que le era difícil creerlo, aun así, las pruebas lo señalaban.

—Tengo que irme— se puso de pie de un salto. Camille lució complacida.

—Por cierto, dile a tu hermano que Magnus tiene su auto en el garaje. Puede venir a recogerlo cuando quiera.

Ya en el auto de Isabelle, Alec sabía que aún quedaba pendiente una charla con Camille, sin embargo, por el momento lo más urgente era confrontar a Jonathan. Una llamada a este último le bastó para enterarse de que estaba en el bar, por lo que sin dar mayores explicaciones, le colgó y se puso en marcha.


Magnus tenía unas ganas terribles de ir a denunciar a Jonathan, pero Woolsey le había rogado que no lo hiciera puesto que, antes de que explotara la bomba, él quería tener la primicia.

Sin embargo, para poder presentar la noticia en el Praetor Lupus, se necesitaban pruebas. Aprovechando que la noche aún no había terminado, volvieron a entrar al casino y les hicieron entrevistas a los meseros y a los encargados de los juegos, quienes se pusieron nerviosos y algunas de sus respuestas ni siquiera coincidían cuando se les preguntaba por el dueño del lugar. Luego, Magnus tuvo que entrar a un baño, cambiarse de ropa, y volver a la barra para distraer a la bartender. Afortunadamente, antes la mujer no le había prestado mucha atención, por lo que no lo reconoció, creyendo qué se trataba de un turista coqueto. Mientras tanto, Woolsey se había metido por detrás de la barra donde la mujer guardaba sus cosas, y extrajo el carnet de acceso de una biblioteca neoyorquina donde la identificaba como "Seelie Queen".

Magnus volvió al baño masculino, donde Woolsey lo esperaba sentado en el lavabo. El moreno cerró la puerta con seguro a su espalda y se dirigió hacia el periodista, quien agitada entre sus manos una tarjeta. No necesitaba leer el nombre allí escrito, con la sonrisa de autosuficiencia de Woolsey era suficiente para saber que lo había confirmado.

—Es la abogada de los Lightwood— dijo Woolsey. Magnus se acercó al grifo y mojó sus manos.

—Tienes una gran intuición.

—Lo sé— Woolsey llevó la tarjeta a su bolsillo— Ahora debemos salir de aquí.

—¿Tenemos las pruebas suficientes? —el rubio se bajó elegantemente.

—Con la grabación de los empleados, tu declaración, y ésta identificación, definitivamente es suficiente para que yo lo pueda poner en evidencia en televisión. Después, la audiencia hará revuelo, y a las autoridades no les quedará de otra que investigar. Al final, se lo llevarán preso, y a mi probablemente me darán un premio de periodismo, callándole la boca a todos aquellos que decían que yo era una vergüenza para la profesión. Y listo, todos felices—Magnus notó que Woolsey no lo había mencionado a él o a Alec, pero aunque su futuro no era del interés del periodista, también esperaba que las cosas estuvieran mejor para él. Sin Jonathan en su vida, sería mucho más fácil recuperar a Alec.

—Suena demasiado sencillo—murmuró, a lo que Woolsey se encogió de hombros.

—Es sencillo, nada puede salir mal—Magnus esperaba que así fuera.

—Vayamos al hotel a dormir lo que queda de la madrugada, y mañana tomamos un vuelo de vuelta a Estados Unidos—dijo, y antes de darle a Woolsey la oportunidad de idear un plan diferente, cerró el grifo, agarró una toalla desechable, y salió de ahí secando sus manos.

El hotel no era muy costoso puesto que, según Woolsey, no podía permitir que sus seguidores se enteraran de que estaba en Inglaterra, o aquello podría llegar a oídos de Jonathan y todo el plan se vendría abajo. El lugar era colorido y pequeño, con cómodas habitaciones de camas individuales. Cada uno eligió una habitación, y en el corredor se separaron con un seco "Hasta mañana" puesto que Magnus creía que la situación de su relación no podía llegar a más.

Una vez que estuvo dentro de su habitación, dejó caer su maleta sobre la cama, se acercó al teléfono, y marcó el número de la casa de los Lightwood con la intención de hablar con Alec, al menos para desearle buenas noches , puesto que en américa debían de ser como las nueve de la noche.

El teléfono timbró dos veces antes de que Isabelle contestara preguntando quien era. Magnus se sentó en la cama y suspiró. Escuchar a la chica en lugar de a Alec no estaba en sus planes.

—Izzy, soy yo, Magnus—saludó, e inmediatamente ella empezó a gritarle a través de la línea, regañándolo por haberse ido del país con Woolsey. Magnus la escuchó atentamente, y cuando ella pareció quedarse sin más motivos para regañar, guardó silencio— Lo sé, venir con Woolsey no fue nada prudente.

—¡En lo absoluto!

—Pero era necesario, ahora tengo las respuestas que buscaba, y estoy listo para volver por tu hermano. Por cierto ¿Podrías pasármelo? —la chica suspiró.

—Alec no está en la casa. Jace y yo lo buscamos por todas partes, y llegamos a la conclusión de que se fue a la empresa a ayudar a mis padres en lo que haga falta. Ellos tampoco han vuelto—aquella acción de Alec sería completamente comprensible.

—Entiendo. Gracias de todos modos, Isabelle.

—¿Lo llamarás mañana?

—No es necesario. Mañana Woolsey y yo volveremos al país.

—Entonces vendrás a verlo— aseguró la chica—Eso me alegra. Espero que puedan solucionar sus cosas.

Después, ambos se despidieron deseándose las buenas noches y Magnus colgó un poco desanimado. Quizás fuera un poco cursi, pero antes de dormir quería escuchar la voz de Alec. Volvió a llevar sus manos al teléfono y marcó su celular; nadie contestó. Nuevamente colgó, y esta vez sí desistió de su intento. Solo debía ser paciente, en menos de veinticuatro horas volvería a tener al frente al ojiazul. Teniendo eso en mente se quitó la ropa, se colocó su pijama, y se acostó sobre la cama, quedando dormido al instante.


Alec entró al casino y buscó con la mirada a Jonathan. Varios clientes estaban alrededor de una mesa, por lo que supuso que estarían observando algún juego interesante, y conociendo lo bueno que era Jonathan, no dudaba de que se tratara del rubio. Apretó sus puños a sus costados y avanzó hasta allí.

Con tanta gente, le fue casi imposible avanzar a paso apresurado, por lo que tuvo que empujar con sus hombros hasta finalmente estar junto a la mesa. Como sospechaba, se trataba de Jonathan, quien competía contra un hombre y dos mujeres. El rubio, con su baraja en una mano y una pequeña sonrisa en su rostro, giró un poco la cabeza hacia Alec.

—Que gusto que ya hayas llegado, Alec— comentó, y dejó una carta sobre la mesa— Dame cinco minutos que tengo una racha de suerte. Después podrás jugar— Alec se cruzó de brazos.

—Siempre tienes suerte— replicó de mala gana— No es divertido jugar con alguien que siempre gana— añadió. Los demás jugadores levantaron la cabeza y miraron a Jonathan con los ojos abiertos, al tiempo que las personas de alrededor empezaron a murmurar. Jonathan sonrió, y Alec reconoció que estaba nervioso.

—Gracias por el cumplido. Soy bueno—el ojiazul rodó los ojos.

—Eres más que bueno, y si quieres engañar y estafar a estas personas, no voy a detenerte. Solo he venido hasta aquí para decirte que eres un cobarde por no haberme hecho frente, y en lugar de eso usaste a tus empleados y a este casino con la intención de dejarme en bancarrota, mientras fingías ser el bueno del cuento ¿No es cierto? —Jonathan soltó la baraja de cartas y las dejó caer sobre la mesa. Las personas siguieron murmurando.

—Alec…—advirtió precavido— ¿Quieres que hablemos de algo que te moleste?

—Sí, y lo haremos ahora— respondió el. Sabía que estaba alzando la voz, y poco le importaba— Ya descubrí lo que has estado haciendo. Sabías que si la deuda seguía creciendo hasta el punto en el que no pudiera pagarla, el casino se quedaría con la empresa, y eso era justamente lo que querías. Este casino es tuyo, y por lo tanto tú serías el que le quitara la empresa a mi familia—uno de los competidores se puso de pie.

—¿Es el dueño del casino? —le preguntó a Jonathan, y como el rubio guardó silencio, se dirigió al encargado— ¿Eso es verdad? — el pobre hombre de uniforme miró del rubio al jugador, sin saber muy bien que responder.

—También ordenaste golpear a Asmodeus— continuó Alec con veneno en su voz. No le importaba el alboroto que empezaba a formarse entre los jugadores del casino, ni siquiera el hecho de que Jonathan mirada a todas partes como si solo estuviera buscando un lugar dónde esconderse— Ese lugar, donde Asmodeus debía dinero, también era tuyo ¿Verdad? Es tu culpa que Asmodeus esté…

—¡Alec! —Jonathan se puso de pie de un salto— Es suficiente. Estás confundido, nada de lo que dices tiene sentido, y claramente estás mezclando hechos que no tienen nada que ver. Ven, te lo explicaré todo— el rubio se acercó a Alec y pasó una mano sobre sus hombros, Alec se sacudió para que no lo tocara, pero Jonathan lo agarró con más fuerza—Oye, tú— le habló al encargado. El hombre de uniforme lo miró con ojos abiertos— Controla a la multitud.

—Pero… ¿Cómo señor? —preguntó con voz temblorosa. Los clientes lucían furiosos.

—¡¿Entonces es verdad?! —gritó una mujer.

—¡Quiero mi dinero de vuelta! — añadió un hombre.

—¡Fuimos engañados! —dijo otra mujer.

—Ofréceles bebidas gratis— recomendó Jonathan, y luego se giró hacia la multitud—Señores, les aseguro que todo esto tiene una explicación, en realidad, iba a ser una sorpresa para nuestra estimada clientela. Sin embargo, ahora la sorpresa se ha arruinado. Estaré de vuelta con ustedes en un momento, primero debo explicarle todo a este joven. ¡Por favor, sigan disfrutando de la noche! — y con eso se alejó llevándose a Alec consigo.

Ambos avanzaron por el primer piso hasta llegar detrás de una columna, donde Jonathan abrió una puerta y le hizo una seña para que entrara. Alec lo hizo con el ceño fruncido, después de todo, no le importaba el lugar. Ya estaba harto de que siempre se tragaba las actuaciones del rubio, pero ya no más. Ahora, iba a enfrentarse a Jonathan.

El lugar al que habían llegado parecía una oficina. Estaba iluminado por una luz amarilla, había una pequeña biblioteca, un mueble repleto de carpetas, cuadros de aspecto costosos en las paredes, una alfombra en el suelo, un bar, un escritorio, y varios papeles. Alec supuso que aquella era la oficina del dueño, es decir, la oficina de Jonathan, y se preguntó cuantas más tendría, considerando que al parecer Jonathan poseía más de lo que aparentaba.

Después de escanear el lugar, se giró hacia Jonathan.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que estoy confundiendo?

—¿Tienes pruebas de todo lo que me has dicho? —contra preguntó el rubio. Alec estaba confundido.

—No las tengo, y no las necesito. Tú mandaste golpear a Asmodeus, hipotecaste mi empresa, y has estado estafando a todos esos clientes— Jonathan asintió, y dejó caer su fachada de inocencia. Volvió el Jonathan que Alec recordaba, altivo y confiado.

—Tienes razón, yo hice todo eso. Sin embargo, no tienes cómo probarlo—Alec apretó sus dientes.

—¡Eres un desgraciado! ¡Por tu culpa, pude haber perdido la empresa de mis padres! —Jonathan levantó sus cejas, como si la rabieta de Alec la encontrara divertida. Aquello fue como propulsión para la ira del ojiazul— Pero tus planes ya no funcionarán, porque nunca en mi vida volveré a confiar en ti. Y solo es cuestión de tiempo antes de que aparezcan pruebas para inculparte.

—Tienes razón, mis planes ya no funcionarán— comenzó el rubio, y empezó a caminar, haciendo un circulo alrededor de Alec. El ojiazul de repente se sintió como la presa de un depredador, y aunque no quería aparentar miedo, le dio una mirada a la puerta— Pero no creas que he perdido del todo. En realidad, logré muchas de las cosas que me propuse. Aprovechando que Asmodeus estaba solo en Inglaterra, y que conozco su debilidad ante el juego, lo llevé a todos mis casinos hasta que su deuda hacia mí se hizo demasiado grande, hasta el punto que lo tenía a mis órdenes. Logré que Woolsey tuviera las pruebas suficientes para amenazar a Magnus de que debía convertirse en su prostituto personal. Y no solo eso, sino que convencí a Woolsey de que fotografiara esos encuentros, y al final que hiciera un video en vivo. El cual te mostré en el momento justo—Alec se olvidó del miedo y se giró en redondo hacia Jonathan, con las repentinas ganas de matarlo con sus propias manos.

—¡¿Todo eso fue idea tuya?!

—Siempre he tenido tu corazón, y cuando gané a Magnus en esa apuesta de su padre, él también empezó a ser de mi propiedad. En realidad, los dos han sido mis títeres por un montón de tiempo—Alec sentía que estaba temblando de la rabia— También logré que te volvieras un adicto al juego, haciendo que prefirieras ir a un casino en lugar de ir a buscar a Magnus ¿No es irónico?

—No soy un adicto—replicó Alec.

—Magnus solamente era parte de un experimento que decidí hacer contigo. Pero luego, cuando ustedes dos se unieron y tú me echaste de tu casa, me sentí tan humillado y tan lleno de rabia que empecé a planear un futuro para ustedes dos. Y claramente, en él no estarían juntos—Jonathan dejó de caminar y se plantó frente a Alec—Hace un rato me llamaste cobarde por usar mis casinos para destruirte, pero diría que lo correcto es que soy un genio. Este mundo les había hecho mucho daño, y me divertía ver cómo, a pesar de eso, seguías hundiéndote en él. Yo no te destruí, tú lo estabas haciendo.

—Tú fuiste quien me trajo a un casino en primer lugar— aclaró el ojiazul.

—Y lo hice con toda la intención de quitarle la empresa a tu familia y dejarte en bancarrota de una manera que pareciera que todo había sido culpa tuya— confesó— Y aquí te va otra verdad: Seelie Queen, la abogada de los Lightwood, es mi amante. Ella me ayudó a manipular el contrato que Jace, en su gloriosa estupidez, solicitó. Nunca me imaginé que Magnus y tu hermano decidieran quitarte todo poder sobre la empresa, pero pude aprovechar muy bien esa oportunidad.

—Manipular un contrato es ilegal— comentó Alec automáticamente, a lo que Jonathan se encogió de hombros.

—Ella se ha ido del país sin dejar rastro.

—Y a tu deberás hacer lo mismo, porque no vas a resultar impune después de todo lo que has hecho— Jonathan sonrió.

—Me falta decirte que no solo estafo a los clientes en Nueva York y en Londres. En realidad, tengo más de diez casinos solo en Estados Unidos, pero allá las cosas no están tan en regla como aquí, por lo que evito visitarlos para que no me asocien. ¿Y sabes qué más? Entre mis propiedades también se incluyen negocios donde hombres y mujeres llevan a cabo lo único para lo que es bueno tu ex prometido— Alec, a pesar de que claramente no compartía esa opinión, entendió lo que Jonathan le quiso decir, y el solo hecho de faltarle el respeto a Magnus de esa manera, lo hizo estallar. Tomó a Jonathan del cuello de la camisa y se preparó para darle una golpiza peor a la que le había dado a Woolsey— ¡Espera! Me falta la mejor parte—el rubio acercó su rostro al de Alec, como si quisiera disfrutar de cerca su reacción— Ya te dije cuáles eran los planes que tenía para ti, pero no te he dicho los de Magnus. Lo que te iba a hacer a ti lo planeé meticulosamente, pero acepto que lo de él fue solamente para sacarlo del camino, aun así, eso no quita la magnitud de lo que iba a ser su futuro.

—Habla de una vez— gruñó impaciente.

—Lo iba a enviar al prostíbulo más sucio que tuviera en Milán, de esos donde solo se venden bebidas adulteradas, y donde hay peleas entre borrachos cada hora. Iba a explotar su cuerpo hasta que ya no pudiera más, arrojándolo de cama en cama, de regazo en regazo, de un cliente a otro. Haciéndolo exhibirse y dejarse tocar por todo aquel capaz de pagar al menos un dólar, y lo que es mejor, cortando su comunicación con el mundo. Quería confinarlo a un lugar donde me fuera de provecho, y donde nunca nadie volviera a saber de él— Alec no resistió más. Usando una fuerza que ni siquiera sabía que tenía, jaló la camisa de Jonathan hacia él mismo con la intención de arrojarlo, pero de algún modo, las posiciones cambiaron. Era Jonathan el que tenía sus pies firmes sobre el suelo, y el que agarró a Alec de la camisa y lo arrojó, haciendo que el cuerpo del ojiazul cayera sobre el escritorio en medio de un terrible estruendo.

Alec soltó un gemido de dolor al sentir algo enterrarse en su espalda (sospechaba que era un lápiz) pero aun así, no fue suficiente para sacarlo de la jugada. Giró sobre su espalda, enterrándose aún más lo que sea que le pinchaba, y volvió a poner sus pies sobre el suelo. Ahora estaba seguro de que haber ido a enfrentar a Jonathan no había sido la mejor de sus ideas, y se lamentó de que quizás debía ponerle más atención a Simón cuando hablaba de películas, puesto que cuando un villano confesaba todos sus crímenes, era porque algo malo iba a pasar. Teniendo eso en mente, su nuevo plan era salir de ahí.

Miró hacia la puerta y corrió hacia ella, pero Jonathan lo atrapó en el camino, lo lanzó al suelo con rudeza, y se ubicó sobre él para que no pudiera escapar. Alec abrió la boca para gritar, y pronto los labios de Jonathan ya estaban besándolo, impidiendo que emitiera algún sonido. Cerró los ojos de rabia y frustración, y entonces sintió que Jonathan lo levantaba de los hombros y lo volvía a bajar, haciendo que su cabeza golpeara el suelo y que del impacto perdiera el conocimiento.