.-.-.-.-.-.-. Capitulo 36 .-.-.-.-.-.

Las nubes cubrían el cielo . Durante las procesiones, la lluvia había sido la amenaza constante. Y ese domingo seguía igual. Robin y su padre habían salido con Noah para dar una vuelta por los alrededores hasta que llegara Law a recoger al niño. Bonney y él lo llevarían a Disneyland París y Noah estaba loco de contento. Robin había pensado que un paseo le ayudaría a tranquilizarse. Esa mañana habían ido a misa con sus padres. Eso evitó otra de las disputas con su madre por no asistir al culto. Ya la había tenido dos días atrás por no haber querido ir a ninguna de las representaciones de la Pasión, que se llevaban a cabo cada Semana Santa y atraían a curiosos de varios kilómetros a la redonda. Su concesión había suavizado el humor de su madre y la comida transcurrió mucho más alegre que en días anteriores. Noah vigilaba el vuelo de las cigüeñas que anidaban, tanto en las espadañas de las iglesias y en cualquier otro lugar cuya altura sobrepasara los tejados.

—¿Por qué no te quedas en casa con nosotros, ahora que Noah se marcha con Law? — preguntó su padre—. Sabes que estaríamos encantados de tenerte aquí.

—Ya he pasado toda la semana, Papá. —Entrelazó el brazo en el codo de su padre—. Tengo ganas de volver a casa. Si me quedo terminaré riñendo con Mamá. No la entiendo. No comprendo esa obsesión por las formas, por lo correcto. Hace que la vida sea algo cuadriculado y estricto.

—Siempre ha sido así. En los últimos años se está relajando un poco. Supongo que tu divorcio tiene algo que ver. Se ha dado cuenta de que no se han abierto los cielos para castigarla. —Le palmeó la mano con cariño.

—Pero eso no evita que me lo recuerde cada dos por tres. Es incapaz de encontrar defectos en Law y a mí me los encuentra con facilidad.

—Ella te quiere mucho. Y en el fondo sabe que tu marido se portó muy mal, pero siente que su deber es enseñarte los mismos valores que le enseñaron a ella —la disculpó su padre, como siempre—. Ahora está deseando que le presentes a tu novio. Cree que te avergüenzas de nosotros y por eso no le has traído a casa.

—¡No, Papá! No me avergüenzo de ustedes. No pienses eso, por favor . —Apoyó la cabeza en el hombro de su padre, algo encorvado—. Zoro es una persona maravillosa que me hace muy feliz y a Noah también.

—¿Pero...? —insistió—. Robin, cariño, te conozco muy bien. Intuyo que hay un "pero". ¿Qué te preocupa?

Su padre la conocía bien. Nunca había conseguido engañarlo por mucho tiempo.

—Es joven, Papá —confesó al fin—. Es más joven que yo... —Inspiró, cerrando los ojos —. Mamá no lo entenderá. ¿Recuerdas la vecina del cuarto, la viuda que empezó a salir con el chico del bloque de enfrente? —Se enderezó para mirarlo.

—Sí, lo recuerdo.

—Pues te acordarás de lo mucho que ama despotricó contra ella. ¿Crees que esta vez será diferente porque soy su hija? Yo no lo creo. Será aún peor . Mucho peor que cuando les anuncié que me divorciaba.

—Si tú le quieres y él también... —Los ojos, algo acuosos, de su padre la miraron con simpatía.

—No, Papá, a ella no le servirá eso. Tú lo sabes. —Robin se detuvo, pues ya estaban cerca de la casa y no quería que su madre los escuchara—. A veces a mí tampoco me parece suficiente.

—¿Qué quieres decir?

—Tiene casi veintinueve años. Aún es muy joven. Y a veces pienso que la diferencia de edad es importante —pronunció en voz baja.

—A ver si va a resultar que estás más anticuada que tu madre... —murmuró su padre, muy serio—. Yo también creo que es muy joven, pero algo le habrás visto para estar con él. Nunca te he considerado una alocada. Noah habla mucho de él; parece encantado.

—Lo está. Es que es difícil no estarlo al lado de Zoro . —Sonrió con nostalgia. Le había echado mucho de menos en esa semana. Lo cierto es que estaba deseando verlo. El móvil no siempre funcionaba y tampoco quería molestarlo durante las clases, así que las llamadas habían sido muy pocas. Demasiado pocas para ella—. ¿A ti te parece bien que salga con un hombre diez años menor que yo?

—No niego que no es lo usual. Supongo que los tiempos cambian y hay que estar abierto a todo. —Volvió a sonreír—. Solo deseo que seas feliz y si lo eres con él, pues me parecerá perfecto.

—Te quiero mucho, Papá. —El remordimiento por no haberle contado que Zoro vivía con ellos se coló en su mente. Las noticias de una en una. Ya se lo diría más tarde.

—No tanto como yo a ti, cariño. Mejor vamos; tu madre habrá preparado café. Entraron en la casa, aún cogidos del brazo. Tal y como su padre había predicho, su madre ya tenía preparado café y un plato con pastas encima de la mesa camilla del comedor.

—Mamá, ¿tardará mucho en venir Papá? —preguntó Noah, mirando por la ventana—. ¿Te dijo a qué hora iba a llegar?

—No tardará, tranquilo. ¿Has guardado las cosas que quieres llevar?

—Están en la bolsa desde esta mañana —aseguró el niño—. ¡Ay, creo que es ese coche!

En efecto, oyeron que un coche se detenía frente a la casa y apagaba el motor. Noah ya estaba abriendo la puerta con impaciencia. Law entró con la misma seriedad que si fuera a un entierro. Al verla, su gesto se endureció y sus ojos oscuros la miraron con desprecio. A ella no le gustó nada esa mirada. Presagiaba problemas.

—Buenas tardes —saludó a sus padres y recorrió la estancia con la mirada—. ¿No has traído a tu crío?

Robin sintió que se le helaba la sangre. Law era un capullo, siempre lo había sido; sin embargo, no había pensado que pudiera serlo tanto.

—¿Qué crío? —indagó la madre de Robin, mirándole con aprensión el bajo del jersey, como si en cualquier momento fuera a sacar un niño de allí—. ¿De qué está hablando, Robin?

La sonrisa de Law hubiera asustado al mismísimo Joker . Lo había hecho a propósito, pues conocía de sobra el modo de pensar de su ex suegra. Le odió por eso.

—¿No se los ha contado? ¿No les ha hablado de su novio? —Chasqueó la lengua al mirarla con sorna—. Muy mal, Ro.

—Law, creo que te estás pasando —le amonestó, muy seria—. No creo que debas meter a mis padres en nuestras diferencias.

—No, Ro . Yo creo que ellos deben saber que su hija vive con un crío que casi podría ser su hijo. Robin apretó los puños, rabiosa.

—Eso ya no es de tu incumbencia, Law —la defendió su padre, pese a mirarla con una mezcla de conmiseración y decepción, pues le había ocultado que vivía con Zoro . La mirada de su madre era de completo estupor. La mano en la garganta y los ojos abiertos.

—¿De qué está hablando, Robin? —Las palabras precisas contradecían su gesto asustado—. ¿Con quién estás viviendo? ¿Qué crío es ese?

—Se refiere a Zoro. Llevamos dos meses viviendo juntos —murmuró, sin mirar a su padre para no ver el dolor que, estaba segura, reflejarían sus ojos—. Vive en mi casa con Noah y conmigo. Tiene casi veintinueve años. —Trató de no pensar en su costumbre de decirlo de ese modo, como si así pudiera aumentarle la edad—. Por eso dice que es un crío.

—¡Dios mío! ¡Virgen Santa! —Su madre se dejó caer en una de las sillas, pálida como la cera—. No era suficiente con que te divorciaras; ahora esto. ¿Cómo voy a mirar a mis vecinas a la cara? —La censura estaba implícita en cada una de las palabras. Robin clavó la mirada en su ex marido. Hubo de hacer verdaderos esfuerzos para no lanzarse y golpearle aquella cara dura que tenía. Su hijo estaba delante y les miraba sin entender muy bien qué pasaba. Por él, se contuvo. Por Noah permitió que aquel cabrón siguiera delante de ella, sin agredirlo.

—Noah, ¿estás preparado? Será mejor que nos vayamos; tus otros abuelos están deseando estar contigo —anunció Law, como si no hubiera dicho nada inconveniente; como si no hubiera creado un cataclismo con sus palabras—. Hasta otra —se despidió tan tranquilo. Robin reaccionó a tiempo para dar un beso y un abrazo a su hijo antes de que saliera por la puerta.

—Diviértete mucho, cariño. Disfruta de todo. Te quiero mucho, mi amor.

—Te lo contaré todo cuando vuelva. Dile a Zoro que saludaré a Mickey de su parte — añadió el niño, sin saber que metía el dedo en la llaga.

—Nos vamos —ordenó Law, saliendo de la casa. Robin les siguió para despedirse con la mano hasta perder a su hijo de vista. Demoró volver a entrar en la casa todo lo que pudo. Una lástima que no pudiera ser eternamente.

—¿En qué estás pensando, hija? ¿No te das cuenta de que vas a ser el hazmerreír de todo el mundo? —empezó su madre en cuanto la tuvo otra vez de frente—. Te mirarán y verán a una mujer desesperada por...

—¿Por qué, Mamá? Termina de decirlo —estalló Robin, rabiosa por las circunstancias —. Desesperada por estar con un hombre. ¿Eso querías decir?

—No es necesario ser tan grosera, hija —habló su padre—. Podrías habernos dicho que estabas viviendo con él.

—Lo sé. Perdona, Papá —dijo, más calmada—. Temía lo que iba a suceder.

—Eso no iba a variar por mucho que lo demorases. No obstante, para nosotros habría sido mejor que enterarnos por tu ex marido y de este modo. —El tono era de reproche. —Lo siento —volvió a disculparse.

—¿Lo siento? —pronunció su madre, disgustada, desde la silla—. ¿Crees que con eso se arregla todo? No, Robin, eso no es suficiente. Vas a hacer que tu nombre esté en boca de todos. No te imaginas todo lo que dirán...

Una furia helada comenzó a extenderse por las venas de Robin.

—Lo mismo que tú decías de la vecina del cuarto, supongo. Me pregunto si lo que te molesta es mi relación o que todas las vecinas vean que tus críticas se han vuelto en tu contra —se atrevió a decir con frialdad. El gesto de su madre podría haber cortado la leche.

—Eres una hija desagradecida. Haces que me avergüence de ti.

—No te preocupes; no tendrás que verme más.

Salió del comedor y subió a su habitación corriendo. La rabia y el dolor hacían que le temblaran las manos. Así y todo, terminar de hacer la maleta no le llevó ni un minuto. Con ella de la mano, bajó a la entrada. Notaba el corazón pesado, con una mezcla de amargura por no ser comprendida por su madre y arrepentimiento por no haberse sincerado con ellos antes. Si se lo hubiera contado, Law no habría conseguido nada con su mezquindad.

—Me voy —anunció, dolida por la situación.

—Hija, no creo que debas conducir en estas condiciones —empezó su padre. Preocupado, le puso una mano en el hombro—. Quédate hoy y te marchas mañana. Cuando estés más calmada.

—No, lo siento mucho; prefiero marcharme ya. Quedándome lo único que conseguiría es prolongar esta discusión. No sabes cuánto me arrepiento de no habéroslo contado antes. Así solo he conseguido que Law se salga con la suya y cree cizaña entre nosotros. —Suspiró, derrotada—. Ya no puedo cambiar las cosas, Papá. Lo siento.

Les dio un beso en la mejilla a cada uno. Su madre no se lo devolvió, se mantuvo con el rictus abatido de una Dolorosa, muy acorde con las fechas. Ya en el coche, se dio cuenta de que su relación con Zoro la estaba alejando de la mayoría de las personas que quería y volvió a preguntarse si estaba haciendo bien. Si no tendrían razón y la equivocada era ella. Si se estaba obstinando en una relación que, desde el principio, sabía condenada al fracaso.


—Bueno, chicos, espero que la experiencia les haya gustado —comentó Zoro.

Habían llegado al puerto y sus alumnos se preparaban para regresar a su casa. Pese a que el tiempo no les acompañara, pues llovió todos los días, habían conseguido aprender las nociones básicas para navegar . Aún estaban muy verdes para hacerlo solos, pero con unas cuantas salidas más, no tardarían en lograrlo.

—Por supuesto. Gracias, Zoro . Nos vemos —dijo Silvia—. A ver qué tal nos sale en el examen.

—Seguro que bien. Hoy lo habéis hecho todo casi perfecto —aseguró él.

—Hasta otra —se despidieron los demás. Parecían contentos con la experiencia—. Nos vemos.

Zoro se dedicó a poner en orden el exterior del Garbñe. Había cosas que limpiar y que guardar . Se aplicó a ello para hacerlo en el menor tiempo posible. No veía la hora de llegar a casa y estar con Robin. Demasiados días sin ella.

—Hola, hijo —saludó su padre desde el pantalán—. ¿Quieres que te ayude?

—Sí, gracias.

—Supongo que tendrás prisa por marcharte —comentó, con una sonrisa socarrona, subiendo a bordo.

—No lo sabes bien —confesó Zoro.

—Tu madre está preocupada. Cree que ella no es...

—Ya me lo ha dicho —le cortó, terminando de guardar la vela mayor en su funda—. Y ya le he contado que la quiero y que no voy a renunciar a Robin —añadió, mirándolo con seriedad.

—Tranquilo, fiera —murmuró, alzando una mano—. No he venido a persuadirte de nada. Si tú quieres estar con ella, no voy a ser yo quien te lo impida.

—Gracias, Papá —dijo, más tranquilo.

—Tu madre se preocupa porque la diferencia de edad es bastante evidente, y siendo la mujer mayor...

—Lo sé, pero no me importa. Para mí no tiene edad. No veo sus años cuando la miro. Para mí es Robin. La mujer que amo —insistió.

—En ese caso, ¿qué haces aquí? —preguntó su padre. Las manos, en la cadera—. ¡Ve a por ella, muchacho!

—¿Qué ha sido de «las obligaciones tienen prioridad»? —indagó con sorna.

—Tu madre ha ido al cine con unas amigas. —Agitó una mano en el aire, como si espantara moscas—. No tengo prisa. Yo me encargo de terminar de ordenar el barco —se ofreció, entrando en la cabina—. Ve con ella, hijo.

Zoro no se lo pensó. Recogió sus cosas lo más rápido que pudo para salir corriendo a por el coche. No tardó en llegar a casa. Al entrar , vio que Robin salía de la habitación. Acababa de llegar , pues aún llevaba los zapatos puestos. Se la notaba cansada y un tanto seria, pero no le importó. Ya estaban juntos. La necesidad de abrazarla y besarla hasta perder la noción del tiempo le hizo soltar la bolsa en el suelo y correr hasta Robin. El olor de su colonia lo volvió loco; el sabor de sus besos le hizo perder la cordura. Antes de pensarlo, siquiera, ya se estaban quitando la ropa como si la vida les fuera en ello. El tacto de su piel era como una droga; una a la que era completamente adicto. Cuando, minutos después, la cordura volvió a hacer acto de presencia en sus cerebros, estaban sobre la cama, a medio desnudar y sonriendo, satisfechos.

—Te he echado de menos, cielo —confesó él, acariciando su cara. «Soy feliz», pensó —. Estos días sin ti se me han hecho eternos. Si no hubiera sido por lo liado que estaba, me habría vuelto loco.

—Yo también te he echado de menos —aseguró ella. Luego se levantó de la cama para terminar de quitarse la ropa y ponerse una camiseta y unos leggins. A Zoro no le gustó que quisiera poner barreras entre ellos, aunque fueran meras prendas de ropa. Iba a pedirle que no se vistiera cuando ella volvió a hablar— Law les ha contado a mis padres que vivimos juntos.

—¿No se lo habías dicho tú? Pensaba que ibas a hacerlo en estos días —observó, sorprendido y algo desilusionado por ese recelo a hablarles de él. —Justo le había contado a mi padre lo de tu edad... —Inclinó la cabeza y se sentó en el borde de la cama—. Law llegó un momento más tarde y lo primero que hizo fue soltarlo. Mi madre ha puesto el grito en el cielo. Ya te he contado lo anticuada que es respecto a todo.

Zoro se acercó para abrazarla por detrás. No quería pensar en lo mucho que le fastidiaba el modo en que ella hablaba de su edad como si fuera algo vergonzoso. Si ella tenía tantos prejuicios...

—Terminará por aceptarlo. A mi madre tampoco le hace mucha gracia, pero su prioridad es verme feliz y tú me haces feliz. —Retiró un poco la tela de la camiseta y la besó en el hombro.

—Es posible que tu madre lo haga. Desde luego, la mía, no. En estos momentos soy una vergüenza para ella.

—Cambiará. Eres su hija y te quiere.

—De camino aquí, he pensado si no tendrían razón... —continuó como si no le estuviera escuchando.

—¡Hay que joderse! Por supuesto que no la tienen. Robin, deja de pensar esas cosas—le pidió, soportaba que ella dudase de lo que tenían. Que se dejara influir por los convencionalismos—. Nos queremos, eso es lo único que importa.

Intranquilo, saltó de la cama y se arrodilló a sus pies para verle la cara. Ella tenía los ojos húmedos y el rictus apenado. Con las manos rodeando su cabeza, la besó en los labios. Necesitaba convencerla de que entre ellos había algo más importante que las ideas retrógradas de otras personas o las de ella misma. Deseaba demostrarle lo mucho que la amaba y lo importante que era para él.

—¿Por qué no me los presentas? Quizá si me ven... No sé, puede que tengan una imagen de mí que no es real —sugirió, acariciándole la cara con los pulgares—. ¿Quieres que vayamos y les hagamos una visita?

—No sé si será buena idea...

—Algún día tendrás que presentarnos. Cuanto antes lo hagamos, mejor . La semana que viene tenemos vacaciones. No hay horarios ni prisas. Les hacemos una visita y luego nos vamos a donde tú quieras.—Necesitaba convencerla antes de que esa duda germinara. La besó en la comisura de los labios, repetidamente; besos castos y delicados—. ¿Vamos?

Al sentir que ella sonreía, el peso que tenía en el estómago empezó a diluirse.

—Iremos —claudicó Robin—. Pero no mañana. Prefiero que lo dejemos para otra ocasión. —Zoro sentía que ella trataba de protegerse y no le gustó nada—. ¿Has hablado con tu amigo abogado?

—No —respondió él. Se apartó un poco para observarla—. Está de vacaciones. Volveré a llamarle la semana que viene, pero seguro que no hay de qué preocuparse.

—No lo sé. Estoy asustada. Law es capaz de hacer cualquier cosa para salirse con la suya —murmuró, cabizbaja—. Y lo peor de todo es que contaría con el beneplácito de mi madre.

—Entre los dos lo solucionaremos, cariño.

—Me encantaría tener esa certeza —confesó Robin, con una sonrisa triste.

—Tu ex no va a salirse con la suya. Deberá dejar de comportarse como el perro del hortelano y dejar que vivas tu vida como mejor te guste. A poder ser , conmigo. —Le guiñó un ojo con picardía y volvió a besarla, esta vez en profundidad. Notar que ella respondía con el mismo ardor le alivió más de lo que hubiera imaginado. Su estómago, inoportuno, eligió ese momento para protestar . Se apartó, reacio—. Voy a preparar algo de cenar antes de que comience a comerte entera. —La besó en la sien antes de levantarse y ponerse los boxers—. ¿Tienes hambre, profe? —preguntó, de camino a la cocina.

—Mejor no te digo de qué —respondió ella con voz sedosa.

—¡Ay, Profe!, para eso deberás esperar a que me alimente, luego...

—Palabras, palabras, palabras...

Zoro soltó una carcajada, satisfecho. De momento había capeado otro temporal. Esperaba que, cuando al fin conociera a sus padres, todo mejorase.

Continuara...


Un capitulo por ser hoy y tambien por que luego de ver EL Especial de Navidad de One Piece, claro que los que saben cual es, me senti como Luffy emocionado Nivel: Dios , osea brillando y destellando de la emocion, SUGOIIII... nos vemos... REVIEWS?