CAPÍTULO 35

Marvel se alegraba de haber llevado la carroza. Tenía la esperanza de que Katniss estuviese mejor cuando él fuera esa mañana a verla, tanto como para volver a casa, aunque lo que sí no esperaba era toparse con su tozudez.

Se la notaba fatigada, aún peor, estaba derruida tras la noticia de la captura de Peeta y lo que más la torturaba era que había sido por lo que ella consideraba culpa suya. Todos habían tratado de convencerla de que su caída había sido fruto de la propia persecución, los franceses eran los culpables, nadie más, y ella había respondido simplemente cambiando de tema, preguntándole a Haymitch si podía levantarse.

Marvel creyó que la llevaría a casa con él… nada más lejos de la realidad, y las pocas fuerzas que Katniss poseía las utilizó en negarse. No sabía ni dónde ni cómo pero quería quedarse en el pueblo así que, entre tiras y aflojas, habían ido a parar al mesón de Cato.

Ahora estaban sentados a la mesa mientras Johana les servía unos vasos de vino para templarse después del viaje.

-Es más amplio de lo que imaginaba –miraba Marvel a su alrededor. –Reconozco que nunca había entrado, pero un buen vaso de vino será siempre una buena excusa para venir, si te animas a reabrirlo –miró a Cato con intención.

-Todo se andará –le sonrió a Johana levemente. –Por lo pronto tenemos otros asuntos de los que preocuparnos.

-Sigues con la idea de sacar a Peeta del Fuerte –discrepó Haymitch.

El muchacho le hizo un mohín.

-Algo tendremos que hacer –lo apoyó Cinna quien había acudido acompañado a Marvel. -Cruzándonos de brazos no conseguiremos nada.

-Ni discutiendo este tema delante de Katniss tampoco –Haymitch torció el gesto haciéndolo callar.

-Pues yo lo prefiero –le contradijo ella con resolución. –No pienso abandonar a Peeta en esto. Tenemos que liberarlo, cuanto antes –le advirtió. –Y yo estoy dispuesta a hacer lo imposible para sacarlo de esa celda.

-No es lo que Peeta desea –le recordó el médico. –Quiere que te mantengas al margen y yo mismo procuraré que así sea.

Katniss se cruzó de brazos, molesta, sintiéndose como una niña pequeña a la que controlar. Sabía que no valía la pena discutir, sería como golpearse contra un muro. Aunque no necesitaba convencer a nadie, solo actuar.

-Yo creo que sería buena idea que volvieras al palacio, conmigo.

-Deja de insistir, Marvel –dijo ella con, tal vez, demasiada brusquedad. –Aquí estoy más cerca del Fuerte –comenzó a decirle, –y la plaza es un hervidero. En cuanto haya noticias me enteraré al instante y… -dudó si seguir hablando.

-¿Qué?

-Prefiero mantenerme lejos de tu mujer –terminó finalmente.

Marvel frunció el ceño con extrañeza.

-Tengo la firme idea en la cabeza de que fue ella la que entregó a Peeta.

-¿Pero qué barbaridades dices? –le increpó su hermano. –Sé que no sentís ningún tipo de simpatía la una por la otra pero de ahí a que ella quiera tu mal…

-Piénsalo por un momento –le pidió Katniss. –Ella nos vio ir de camino hacia la puerta cuando Peeta iba a entregarse y se extrañó mucho por nuestra actitud, puede que sospechara algo.

- Katniss, ¿no te das cuenta de que no tienes base alguna para sostener dicha afirmación?

-Tal vez… -quiso mediar Cinna. –Tal vez vuestra esposa vio como Peeta me entregaba su morral.

-Eso es absurdo –negaba Marvel. –No son más que suposiciones y conjeturas. ¿Acaso no pudo ser uno de los tantos campesinos que ocupaban nuestros jardines?

-Lo dudo mucho –respondió Cinna. –Un simple campesino jamás se arriesgaría a presentarse ante Seneca con la máscara de El Gavilán para culpar a un noble como Peeta y sin mayor prueba que su palabra. No solo no le creerían sino que correría la misma suerte que Peeta.

Todos guardaron silencio por unos instantes.

-Al menos debes reconocer que da que pensar –habló Haymitch.

-Esto es ridículo –se removió en su silla disconforme. –Y para el caso…

-¡Conde! –los interrumpió Octavia que entraba a toda prisa al mesón, dirigiéndose a la mesa. Cinna se levantó para acudir a su encuentro.

-¿Qué sucede?

-¿Edward…? –se sobresaltó Bella.

-No, tranquilizaos –le pidió ella, -pero el asunto afecta a vuestra familia y reviste cierta gravedad.

-Habla ya, mujer –le instó Cinna con impaciencia.

-He oído en la plaza que, al amanecer, vuestro amigo, el Conde Thresh se retó a duelo con el señor Gloss.

-¿Qué? –se levantó Marvel, alarmado. -¿Por qué?

-Al parecer… -trató de buscar las palabras apropiadas, -anoche, el señor Gloss quiso violentar a la Marquesa Rue y vuestro suegro lo retó a duelo. Sin embargo, se indispuso justo antes del encuentro así que Thresh ocupó su lugar.

-¿Pero…? –temía saber el final de aquel enfrentamiento.

-Gloss resultó muerto.

Marvel respiró con gran alivio y por un sinfín de razones que se arremolinaban en su pecho, algunas honorables y otras no tanto.

-¿Y cómo no he sido informado de esto?

-Te dije que éste es el mejor lugar para estar al tanto de todo –le recordó Katniss.

Y él frunció los labios, aunque no tuvo más remedio que guardar silencio.

-Debo ir a visitarlo –decidió entonces. –La dejo a vuestro cuidado.

-Pierde cuidado –respondió Haymitch. –Por lo pronto va a guardar reposo.

Marvel asintió agradecido.

-Deberías visitar también a Glimmer –le sugirió su hermana, aunque él no contestó, no hacía falta.

-Luego vendré a verte –besó a su hermana en la frente y, despidiéndose de los demás, se dirigió a casa de sus suegros.

Al llegar al palacio, se encontró allí con Clove. No era que le importase, aunque sí le molestaba su incomprensible mirada de reproche. Tomaba una taza de té sentada en un butacón mientras, en el diván, Rue se recostaba sobre el hombro de su prometido, con ansiedad en su semblante y los dedos crispados agarrados a la solapa de su casaca, como si necesitase la mayor cercanía posible a él, y no era para menos.

-Thresh, ¿cómo estás? –lo saludó con efusividad.

-Bien. Gracias, amigo mío.

-Acabo de saberlo…

-Te habrías enterado antes si hubieras estado en casa –ése era el reproche de Clvoe. –Mi padre y tu mejor amigo al borde de la muerte mientras tú…

-Estaba con mi hermana –le respondió, mirándola con dureza.

-¿Está bien? –preguntó Rue al escuchar la primera noticia sobre su amiga desde la captura de Peeta.

-¿Dónde está? –demandó sin embargo Clove.

-Cualquier diría que sois hermanas –ironizó Marvel. –Desde luego, vuestras preferencias son bien diferentes. Apuesto mi fortuna a que, si te dijese dónde está Katniss, saldrías corriendo a contárselo a tu amigo el Capitán Seneca.

-Yo velo por mi familia –se justificó ella y Marvel dio una carcajada.

-¿Te refieres a nosotros? –se mofó.

-Sí, a esa familia que tú hermana se ha esforzado tanto en destruir.

-Eso no te lo voy a consentir –apretó la mandíbula, sintiendo que su paciencia comenzaba a agotarse.

-De mí no consientes la verdad pero a ella sí le consientes relacionarse con un asesino –le reprochó, -con un delincuente.

-No sigas por ahí… –le advirtió.

-Claro que sigo –lo desafió ella. –No me extrañaría que ella supiera de su identidad desde el principio, ¡que fuera su cómplice!

En un par de zancadas, Marvel llegó hasta ella y la tomó del brazo con rudeza, tanta que hasta la hizo ponerse en pie, rodando la taza sonoramente hasta el suelo.

-Daña a mi hermana de cualquier forma posible y yo mismo te destruiré –masculló con furia en sus ojos. –Ser mi esposa no te da más derechos de los que yo quiera concederte, así que aleja tu veneno de mi familia o sabrás lo que es vivir en un infierno.

De un empujón volvió a sentar a una Clove que lo miraba boquiabierta y caminó hacia su amigo que compartía incómodas miradas con su prometida. Para Marvel, tampoco estaba resultando la visita que esperaba.

-Será mejor que venga en otro momento –se lamentó Marvel. –Me alegra enormemente saber que estáis bien y comunícale mis deseos de una pronta mejoría a tu padre –le dijo después a Rue.

Sin una palabra más, comenzó a recorrer el salón y casi alcanzaba la salida cuando la pérfida voz de Clove resonó entre las paredes.

-Ya vivo un infierno –la escuchó decir a lo lejos.

Marvel suspiró sin dejar de alejarse.

-Como si fueras la única –farfulló para el cuello de su camisa, guardándose una maldición para sí.

Volvió a montar en el caballo que Haymitch le había prestado y se dirigió al palacio de Delly. Había sabido por algunos campesinos que se había encontrado a la salida del mesón que, tras el fatal encuentro, Glimmer había decidido que se realizase el sepelio inmediatamente. En definitiva, imaginaba que nadie iba a velar el cuerpo de su esposo, ni siquiera ella… ella menos que nadie… Tal y como confiaba, el criado le indicó que Glimmer ya había vuelto al palacio, haciéndolo pasar.

La encontró recostada en un diván y, el temor de que todo lo sucedido le hubiera afectado demasiado la hizo correr hacia ella y arrodillarse a su lado.

-¿Estás bien? –le preguntó haciéndola sobresaltarse.

-Sí, sí –respondió adormecida mientras se incorporaba. –Sólo estaba descansando. Apenas he dormido esta noche –bajó el rostro con culpabilidad.

Marvel acarició su mejilla y luego la envolvió con fuerza entre sus brazos. Entendía perfectamente su mortificación, él la había sentido igualmente, aunque durante unos segundos, hasta que Octavia le había anunciado el resultado del duelo. Desear la muerte a alguien era una barbarie ajena por completo a su naturaleza y su alma pero, durante esos instantes, había deseado la muerte de Gloss y por muchas razones distintas.

-No te atormentes más –le pidió él. –Nuestros deseos no han matado a Gloss, ha sido el florete de Thresh.

-Es este sentimiento de liberación lo que me hace sentir culpable –lo miró ella buscando su censura, sin hallarla.

-El mundo entero ha quedado libre de un miserable como él –escupió con rabia. –Y ha muerto de una forma mucho más honorable de la que se merecía. Debería haber sido arrastrado y pisoteado por una reata de caballos.

Marvel chasqueó la lengua con malestar.

-¿Por qué no me habías avisado?

-Ya tienes suficiente con el problema de Peeta y Katniss –se excusó ella. –Nadie ha sabido darme razón de tu hermana.

-Tranquila, está bien. Acabo de ir verla.

Glimmer respiró con claro alivio, aunque luego frunció el ceño.

-Ir a verla… ¿a dónde?

-Es mejor que no lo sepas. No es falta de confianza –le aclaró aunque no fuese necesario. –Simplemente es más seguro para todos. Seneca no está mostrando demasiado interés en ella, de momento, pero no sabemos cuál será su siguiente paso.

-¿Cómo pudo ocurrir algo así? Justo cuando parecía que las cosas empezaban a arreglarse.

- Katniss piensa que Clove tiene parte de culpa.

Glimmer lo miró con extrañeza.

-Yo tampoco le había dado crédito a sus palabras hasta hace un rato, tras una conversación con mi esposa –pronunció con retintín. –Y hablar de ella me recuerda que hay cierto asunto que debo resolver cuanto antes mejor.

-De eso te quería hablar.

Él sabía, más bien temía lo que iba a decirle pero aun así guardó silencio para dejarla hablar.

-Debo volver a Florencia. Mi estancia aquí siempre ha sido temporal, hasta que Gloss terminase ese maldito retrato.

-Ya lo sé –lamentó, -pero tú también sabes que no lo puedo permitir.

-¿Y qué vas a hacer? –casi lo desafió, haciendo que él gruñera disconforme. –No puedes pretender que viva bajo el mismo techo que tu esposa como la…

-No lo digas –la cortó con brusquedad. –Nunca has sido la otra.

-Lo sería si me fuera al palacio contigo. ¿O pretendes que finja que entre nosotros no hay nada?

Marvel llevó su mano a su vientre, el que albergaba a su hijo y que no tardaría en redondearse. Glimmer estaba en lo cierto, sería imposible fingir y, por otro lado, ella no se lo merecía. Había vivido demasiado tiempo sometida a su marido, denigrada, anulada como mujer y él no iba rebajarla como había hecho ese gusano.

-Marvel, sabes que nunca te he pedido nada –le habló ahora con suavidad, como disculpándose, -pero lo que ha sucedido lo cambia todo.

-Tienes razón –la tomó por la nuca y acercó su rostro a su pecho para después rodearla con fuerza entre sus brazos. Sabía que este momento tenía que llegar, tarde o temprano, y debía admitir que parte del problema se había resuelto con la muerte de Gloss. Solo faltaba plantearle la situación a Clove y, conociéndola, no iba a resultar nada sencillo. Pero Glimmer era el amor de su vida, iba a darle un hijo y no iba a perderla otra vez.

–Le pondré solución a este asunto mañana mismo.

-§-

Annie caminaba con nerviosismo en aquel claro del bosque. Se atusaba las manos para luego esconderlas bajo el mandil y, finalmente, volvía a buscar en el bolsillo de su falda la nota que le había hecho llegar Finnick. Debía ser por algo muy grave pues la noche anterior ya le había advertido lo complicado que podía ser un nuevo encuentro entre ellos. Se sentó en un viejo tronco caído para volver a levantarse a los pocos segundos, llena de inquietud.

De pronto se escuchó el ruido de pasos entre la maleza y miró hacia el lugar para ver llegar a Finnick. Corrió hacia él recibiéndola en sus brazos.

-Menos mal que estás bien –suspiró ella. -¿Qué ha sucedido?

-¿Tiene que haber otra razón además de querer verte? –trató de bromear él aunque sin éxito.

-Tal y como están las cosas, sí –lo miró ella con seriedad.

Finnick acarició su mejilla, aunque sin apartarla de su pecho.

-Tienes razón. Vamos a sentarnos –le pidió llevándola hacia aquel viejo tronco donde ella había estado sentada momentos antes.

-Me asustas, Finnick –susurró ella al ver como su semblante se ensombrecía. -¿Peeta está bien?

-Sí –la tranquilizó. –Anoche le hice saber de Katniss así que, al menos, no estará tan preocupado.

-¿Y entonces?

-Tras visitarlo en su celda fui a ver a Seneca para reportarme y escuché una conversación entre él y Chaff –hizo una pausa. –Oh, Annie fue peor de lo que me imaginaba –le confesó atormentado. –Aunque creía en la culpabilidad de Seneca, oírlo parlotear con Chaff sobre aquello, mofándose, sin el menor escrúpulo y todo por unas míseras joyas… Sentí deseos de matarlos allí mismo.

Annie acarició su espalda regalándole su calidez.

-Lo siento mucho.

-Corrí a encerrarme en mi recámara, incapaz de asimilar lo que había escuchado, pero después…

-¿Qué? ¿Qué hiciste? –quiso saber, temiéndose lo peor.

-Las joyas de las que hablaban, resultan ser del propio Napoleón.

Annie se estremeció.

-Y necesita recuperar la parte de Chaff se gastó en vino y furcias para poder ser Prefecto en París, así que…

-No me digas que tienes las joyas…

Finnick sacó un pequeño saquito del interior de la casaca. Annie no sabía realmente si alegrarse por aquello.

-Le ordené a Laurent algunas tareas que me concedieran algo de tiempo y fui al burdel. No me fue difícil encontrar a la muchacha, una tal Cressida.

-¿Y te entregó las joyas sin más?

-Un uniforme francés provoca gran respeto, y miedo –le explicó, -y en cuanto le dije a quién pertenecían las joyas las soltó como si fueran candelas ardientes.

El rostro de Annie se iluminó.

-¡Entonces ya está! Bastaría con que se las entregaras a…

-No, Annie –negó él. -Esas joyas por sí solas no demuestran nada, incluso podrían inculparme a mí. Que esa muchacha declarase podría haber ayudado pero puede que tampoco le diesen crédito a la palabra de una simple meretriz. Así que…

-Se ha negado –supuso ella, desilusionada.

-Pero algo se me ocurrirá, ya lo verás –trató de animarla.

Annie asintió, cabizbaja pero con la pequeña esperanza de que aquellas alhajas sirvieran para algo, cuando una idea cruzó por su mente.

-Un momento. Imagino que Chaff fue después a buscar a la joven, a pedirle las joyas y sabrá que las tienes tú.

-Le di un nombre falso –se encogió de hombros como si no tuviera relevancia, -y antes de irme le aconsejé que le dijera que ya no las tenía en su poder, que se las había vendido a algún comerciante ambulante.

-¿Y crees que te hará caso? –preguntó ella molesta, preocupada por el peligro que corría y que a él no parecía importarle.

-Al menos Chaff no ha venido aún a confrontarme.

-No le hace falta –casi le gritó. –Y ese traidor es de los que atacan por la espalda.

-Por eso debo cuidármelas bien –le dijo con media sonrisa, queriendo mostrarle una seguridad que a ella la irritó más que otra cosa.

Se levantó y se alejó unos pasos de él mientras se cruzaba de brazos, pero Finnick no tardó en ir tras ella, soltando sus manos de su agarre y tomándolas entre las suyas.

- Annie, soy un militar –le recordó. –Y no únicamente porque sea mi oficio.

Era su vocación y Annie lo sabía aunque no quisiera aceptar su temeridad.

-Sé que me he puesto en peligro para demostrar la inocencia de un hombre, de Peeta, pero ése es mi deber –Finnick suspiró sonoramente. –Sé que no te servirá de consuelo pero seré muy cuidadoso y tomaré todas las precauciones posibles.

Finnick acarició su mejilla, buscando aprobación en sus ojos.

-Tal vez debería conservar yo las joyas –le propuso ella un poco más calmada.

Él negó enérgicamente con la cabeza.

-Jamás te pondría en un peligro semejante.

-Pero Chaff no sabe sobre nosotros –quiso convencerlo, -tal vez ni me conoce.

-Aun así –insistió él con rotundidad.

Annie dejó caer los hombros a modo de rendición y apoyó su rostro en su casaca.

-¿Por qué ser dueño de la verdad no sirve de nada?

Finnick la estrechó, paseando su mano por su cabello. Compartía su misma impotencia pero también le hacía seguir luchando. Tal vez no podría liberar a Peeta con la verdad, pero de algún modo u otro lo haría.

-§-

Clove dejó caer con malas formas su cepillo sobre la cómoda y acarició su rostro mientras se miraba al espejo. Belleza. De qué le había servido su belleza hasta entonces. Ciertamente le había servido para conseguir un marido, si bien no sabía con certeza si quería conservarlo. Marvel no le hacía sentir nada en absoluto, más bien comenzaba a asquearle su presencia pues no sólo había roto sus sueños de convertirse en una gran señora de sociedad, alejada en aquel palacio en la campiña piamontesa, sino que le cortaba las alas, de raíz, robándole toda posibilidad de ser feliz, de encontrar ese hombre que sí la hiciera vibrar.

Aunque sí lo había encontrado, en forma de capitán francés, tan enigmático como poderoso, a la par que inaccesible porque, aun habiendo compartido lecho en más de una ocasión, su corazón parecía estar tras una barrera infranqueable y que ella no había conseguido derribar.

Todo lo que había hecho por él no había servido de nada, únicamente para venir a darse cuenta de lo que ella era capaz de hacer por él, por tenerlo. Hubiera permitido que se casara con Katniss con tal de seguir formando parte de su vida e incluso le entregó a Peeta para que viera en ella algo más, una aliada. Hasta se había humillado ante él… todo para nada.

Lo amaba, ahora sabía que lo amaba. Siempre se preguntó cómo sería amar a un hombre y ahora se maldecía por ello porque era un sentimiento infame que le había hecho rebajarse hasta lo insospechado.

Maldito fuera…

Un ruido a su espalda la hizo sobresaltarse. Parecía venir del exterior así que tomó un abrecartas de la cómoda y se puso en pie mirando hacia las cortinas del balcón tras las que alguien se ocultaba.

-¿Qué demonios hacéis…?

El beso intenso del que fuera su amante no la dejó continuar y Clove creyó que se desvanecería de felicidad al volver a sentirse entre sus brazos.

-¿Qué estáis haciendo aquí? –volvió a preguntar aún reticente. Recordaba dolorosamente cómo había sido su último encuentro y esto era lo que menos podía esperar de Seneca.

-Sé que es tan difícil para vos creerlo como para mí reconocerlo pero necesitaba veros –la besó de nuevo, -sentiros.

-Mentís –le dijo con la voz entrecortada por la pasión que está reprimiendo. –Sé bien porqué estáis aquí.

Clove se deshizo de su abrazo y se separó unos pasos, como si la distancia fuera a darle seguridad, alejándose de la tentación.

- Hoy no se hablaba de otra cosa en Turín –comenzó a decirle. –Cuando no era sobre el duelo entre mi cuñado y Gloss Dante, era el posible nombramiento del Capitán Seneca como Prefecto de Paris –alzó la barbilla con altivez. –Sé que estáis aquí por el anillo, el anillo de Napoleón.

Seneca no pudo evitar sorprenderse y Clove se percató de ello, y se lo hizo saber soltando una de sus risas femeninas a la vez que irónicas.

-Vuestro General me tiene en mayor estima que vos y me informó de todo –continuó ella con voz tensa, -así que no me ha sido difícil llegar a la conclusión de que ese anillo os congraciará con él y os allanará el paso hacia ese nombramiento –lo recorrió con la mirada de arriba abajo. –Y aquí estáis.

Seneca se fue acercando a ella mientras se obligaba a pensar con rapidez. Tenía que reconocer que había subestimado a esta mujer.

-Pues sabed que ya soy el Prefecto de París –mintió. –Gracias a la captura de El Gavilán y que os debo a vos.

Tomó sus manos para besar sus nudillos y lanzó una media sonrisa de suficiencia… ya casi la tenía.

-¿Además creéis que habría venido aquí en mitad de la noche, arriesgándome a que me descubriera vuestro marido por un mísero anillo que ya no me sirve para nada?

Alzó su mano y enredó sus dedos en unos de sus rizos, con la mirada encendida.

-Él… -titubeó Victoria. –Él no está.

-Mejor –sonrió Seneca e inclinó su rostro hacia el suyo, lanzando su aliento cerca de su oreja y sintiéndola estremecer…

Bien…

-Si pretendéis que crea que tenéis algún tipo de interés en mí, os equivocáis –se escurrió ella de repente pero él la atrapó devorando sus labios con afán.

-Todo el interés que una mujer podría despertar en mí –susurró sobre su boca. –Pero es tan difícil de admitir –dijo ahora con aire lastimoso.

-¿El qué? –preguntó ella con emoción contenida.

-Que os amo.

Clove no quería creerlo, no quería que le afectasen esas palabras, pero la hacían sentir tan bien…

-Eso es imposible. Katniss…

-Katniss es una niñita ignorante y consentida que ni siquiera sería una grata compañía –le aseguró. –Sabéis que me interesaba porque quería ascender a las altas esferas de la sociedad, pero ahora, esos aristócratas retrógrados serán los que querrán codearse conmigo –la miró con complicidad. –Yo lo que necesito es una mujer que satisfaga mi pasión y mis deseos –se acercó más a ella, atrapándola entre la cómoda y su cuerpo, aprisionándola para que sintiera su potente masculinidad deseándola.

Entonces Clove deslizó su mano entre ambos, descendiendo hasta alcanzarlo, palpándolo por encima del uniforme.

Seneca siseó de satisfacción y alzó sus manos hasta sus pechos, y comenzó a acariciarlos, torturándolos a través del fino camisón.

-Sí, Clove –murmuró mientras comenzaba a deslizar su lengua por su blanco cuello. –Ninguna mujer me entiende como lo hacéis vos, ninguna me hace sentir como vos, tan indefenso y poderoso al mismo tiempo.

Clove gimió echando la cabeza a un lado para darle mayor acceso y deseando que esos besos de fuego la recorrieran por entero de una vez. Provocándolo, intensificó su caricia y James mordió su hombro ahogando un gemido.

-Venid conmigo –le escuchó decir de repente. Clove buscó su mirada abriendo la suya ampliamente, sorprendida. –Ven conmigo a París –le repitió él. –Mañana mismo.

-Pero yo… estoy casada –logró decir.

-Tú no eres una mujer que se rija por los convencionalismos, ¿verdad? –le sonrió con ojos pícaros y labios llenos de deseo.

Entonces buscó el borde del cuello del camisón y, en un movimiento que incendió a Clove por completo, rasgó la fina tela de un solo tirón y la dejó desnuda frente a él, a su merced.

-Di que vendrás conmigo –le pidió, arrodillándose frente a ella.

Clove apenas podía controlar su respiración, temblando por la anticipación de sentir los labios de Seneca contra su piel.

-Dime que sí –le repitió antes de atrapar uno de sus pechos con su boca. Clove hundió sus manos en su pelo embargada por la gloriosa sensación.

-Sí –musitó finalmente.

Seneca gruñó complacido y alzó la mirada, oscurecida por el deseo. De repente, la tomó por la cintura y la sentó encima de la cómoda, abriendo sus piernas para dejarla completamente expuesta a él. Clove creyó que moriría cuando sintió que Seneca hundía su boca en la intimidad de su carne y reclinó su cuerpo hacia atrás abandonada aquel placer. No sabía si aquel sueño se evaporaría con la primera luz del amanecer, aunque de una cosa sí estaba segura, esa noche Seneca no la poseería, la amaría.

Continuara…

Pasad al siguiente capítulo que esperáis.