Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia le pertenece a AngstGoddess003. Y está siendo traducida por varias personas en el Blog de A.P.
Capítulo 31: Sabrosos Mordiscos de Mora.
Traducido por: Ioreth y Lucía.
*Edward*
Era como si viviéramos en nuestra propia burbuja cuando estábamos juntos. Y sé que esa mierda suena como un jodido cliché, pero era totalmente cierto. La burbuja hacía que mi chica se sintiera segura, y a mí me hacía sentir relajado. Nos daba a cada uno un motivo y nos sentíamos queridos cuando caminábamos por los pasillos de la escuela. No era totalmente impenetrable, pero en esos pequeños momentos cuando permanecía intacta éramos completamente felices.
Rose y Emmett se unieron a nuestra mesa el siguiente lunes. Brandon y Rose seguían puñeteramente charlando sobre la mierda más inútil que se pueda imaginar mientras Emmett soltaba sus lindezas ocasionales y Jazz se reía y le seguía el juego.
Pero mi chica y yo vivíamos en nuestro propio mundo, sin importarnos una mierda lo que pasaba alrededor. Ella movió su silla más cerca de mi lado ese día. Tan cerca que estaba casi sentada en mi regazo. Yo estaba malditamente encantado; pasaba mi brazo por sus hombros y la dejaba apoyarse sobre mí respirando las flores y las galletas de su cabello. Aún me frotaba mi rodilla y yo le acariciaba el cuello mientras comíamos nuestras galletas en completo silencio. No teníamos ni que mirarnos o susurrar nada en los oídos del otro. Nos decíamos todo lo necesario con esas ligeras caricias.
En pequeños instantes como ese, todo lo demás seguía existiendo, pero para nosotros no. Estoy seguro de que los dos éramos vagamente conscientes de la forma en que todos los demás en la mesa nos dirigían miradas curiosas, a nosotros y nuestra evidente intimidad. Pero ese tipo de mierda no penetraba la burbuja.
En los pasillos, mi chica seguía sintiéndose nerviosa y ansiosa. Pero yo podía disiparlo con un movimiento de mi dedo pulgar en su brazo o la mano mientras caminaba con mi brazo envuelto en su hombro. Ella eventualmente deslizaba el suyo alrededor de mi cintura, devolviéndome el abrazo y relajándose contra mí mientras caminábamos de una clase a otra.
En los pasillos era cuando la burbuja era más frágil. La gente siempre caminaba muy condenadamente cerca, o alguien decía algo ofensivo de uno de nosotros, lo que me hacía desear poder dejarme llevar por un segundo y darles exactamente lo que se merecían. Pero Bella siempre calmaba esa rabia dentro de mí, apretándome, o diciéndome que me amaba. Era extraña la forma en la que funcionábamos así. Extraño y endemoniadamente perfecto.
Hacíamos todos los trabajos de Biología juntos. No nos importaba si estaba destinado a ser un trabajo individual, nos acercábamos igual el uno al otro y lo discutíamos como una pareja. La hacía reír en voz baja cuando soltaba un comentario despectivo sobre algunas de las fotos, muy poco favorecedoras, de los órganos reproductivos de la rana. Ella me hacía reír cuando fruncía el ceño e inclinaba su cabeza sobre el libro, tratando de averiguar dónde estaba el órgano en cuestión. Después se ruborizaba hasta las cejas.
Nunca me hablaba de la jodida clase de Gimnasia o de lo que ocurría después que la dejaba delante de las puertas. Pero siempre salía sonriendo cuando me veía esperándola. Me ofrecí a llevarla a su casa un par de veces, pero parecía disfrutar tener tiempo libre con Brandon, así que siempre la acompañaba a pie hasta el auto y abría la puerta para que entrase.
Yo pasaba las tardes con Carlisle en su estudio. Por lo general, jugábamos una partida de ajedrez o debatíamos algunos temas médicos que me habían interesado recientemente. Le encantaba esa mierda. Cada vez que tocaba un tema en el campo de la maldita medicina, sus ojos se iluminaban y pasábamos horas hablando. Mantuve los temas de las conversaciones completamente neutrales. Él tenía curiosidad acerca de mi chica, pero se abstenía de hacerme preguntas directamente relacionadas con su condición. Así es como Daddy C trabajaba. No podía contenerse a sí mismo cuando veía a alguien que él creía que podía ayudar de alguna manera. Para el final de la noche, se reía de mí y sacudía la cabeza. Por lo general me destrozaba con el ajedrez.
Y las noches. Las puñeteras noches eran siempre lo mejor con mi chica. Y no solo porque nos enrolláramos, o utilizáramos el método más sucio de desensibilización jamás documentado. Sino porque no necesitábamos la burbuja cuando estábamos solos en mi cuarto. Simplemente éramos nosotros. Normales y cómodos.
Ella se apoyaba en mi hombro y me miraba comer con una sonrisa mientras hablábamos de toda la mierda que habíamos hecho ese día.
Y después… bueno…
Las dos primeras noches, mantuve la mierda súper simple. Solo besándonos hasta que nos cansábamos como la primera noche. Dejé que mis manos vagaran por las zonas de su cuerpo menos sensibles. Brazos, espalda, costados, muslos, estómago. Solo mierda simple. A Bella siempre le gustaba cuando la tocaba. Ella dejó que sus manos me tocaran también. Le encantaba frotar mi pecho y los costados. Y, por supuesto, tirarme del cabello.
La tercera noche de la desensibilización, nos acabábamos de tumbar y comenzábamos a besarnos como las dos noches anteriores, cuando descubrí que yo necesitaba usar la palabra de seguridad también. Nos mantuve de lado mientras nuestras lenguas luchaban por el dominio y ella apretaba su cuerpo cerca del mío. Deslicé mi mano de su mejilla al hombro y luego más abajo, hacia su brazo, ella agarraba mi cadera con fuerza, tirándome más cerca.
Como siempre, permití que el beso se volviera urgente. Y como de costumbre, ella enganchó su pierna en mi cadera y se retorció, provocándome un gemido entrecortado. Siempre puñeteramente le encantaba escucharme hacer sonidos. Nunca contuve esa mierda. Ella jadeaba en mi boca a la vez que su pequeña mano se abría camino hasta mis costillas y subía hacia el cuello. Yo sabía lo que iba a suceder, pero estaba demasiado concentrado en tirar de su muslo y hundir la lengua más profundamente en su boca para poder pararla a tiempo. Enredó sus dedos por mi cabello y los cerró en un puño apretado, aplastando su rostro al mío con fuerza.
Siseé en su boca y me aparté de ella intentando poner un poco de distancia.
—Jodida galleta —casi le grité sin aliento y abrí los ojos para encontrarme con su mirada sorprendida.
Intentó mover su pierna de mi cadera, pero la sujeté firmemente con la mano. Finalmente su puño soltó mi pelo y me miró con curiosidad.
Suspiré aliviado y la miré con disculpa.
—Cabello —contesté, frotándole el muslo lentamente mientras me acariciaba el pelo suavemente con los dedos.
Ella frunció el ceño, todavía ligeramente sin aliento.
—Lo siento, pensé que te gustaba eso —susurró, moviendo su mano para acariciar mi mejilla con cariño.
Me contuve de rodar los ojos con fiereza.
—Claro que me gusta —susurré con sinceridad admirando sus ojos marrones oscurecidos—. Pero dale al cuero tiempo de recuperarse —expliqué con una mueca porque mi cuero cabelludo prácticamente palpitaba. Tres noches seguidas de constantes tirones era una mierda dolorosa.
—Oh —murmuró al comprenderlo, moviendo su mano para acariciarme la nuca, yo seguía acariciando con suavidad arriba y abajo su muslo—. Bueno... —susurró con una expresión extraña de curiosidad—. ¿Qué más te gusta? —Preguntó, lamiéndose los labios, con su respiración volviendo a la normalidad.
Detuve mi mano en su muslo, usando solo mi pulgar para acariciarlo a la vez que la miraba a los ojos. Decidí que este tipo de mierda era importante. La honestidad en todo lo que nos gustaba y lo que no. Así que malditamente se lo dije.
—¿Sabes esa mierda que hago con tu cuello? —Susurré suavemente acariciando mi nuca con sus pequeños dedos. Ella sonrió y asintió con la cabeza, pero de todas formas me sentí obligado a enseñárselo.
Desvié la mirada de ella y moví los labios a la mandíbula y poco a poco los llevé hacia abajo, a su garganta. Empecé a besarla hasta la oreja muy despacio. Ella suspiró y apoyó la cabeza en las almohadas para darme un mejor acceso lo cual aproveché para sacar mi lengua y lamer y chupar la piel, hasta llegar a su lóbulo de la oreja, haciéndola temblar ligeramente.
Ella hundió su rostro en el hueco de mi cuello, besándolo suavemente con sus labios, cosa que hacía a veces. Pero esta vez usó la lengua y lamió. Suspiré en su piel cuando su lengua cálida tocó mi cuello, y retomé mis caricias frotando arriba y abajo su muslo. Ella murmuró mientras seguía lamiendo mi cuello, a veces chupando un poco, hasta llegar a mi oído obligándome a empujar las caderas contra su cuerpo mientras mi respiración se aceleraba.
Cuando sus labios encontraron mi oído, rozó suavemente mi lóbulo de la oreja con los dientes, lo que me provocó un escalofrío.
—Sabes muy bien —susurró en voz baja en mi oído.
Expulsé de una bocanada todo el aire de los pulmones y envolví mis dedos alrededor de su muslo con fuerza. Fue muy posiblemente la cosa más jodidamente sexy que me hubiesen susurrado al oído. No la más sucia ni de coña, pero sin duda la más sexy. Quería decirle que usara más los dientes, pero mi cuero cabelludo me recordó que cerrara la maldita boca. Así que sumergí mis labios en su cuello en vez y le devolví el favor, lamiendo y chupando suavemente mientras le recorría el muslo. Quería preguntarle qué le gustaba, pero imaginé que no tendría mucha idea hasta que no lo hiciéramos por primera vez.
Cuando iniciamos nuestro camino de vuelta a los labios del otro, decidí empezar a desensibilizar un lugar que nunca antes había probado. Después de besarnos un rato, me retiré un poco, sin aliento, y mantuve la mirada en sus ojos ensombrecidos cuando poco a poco deslicé la mano arriba de su muslo.
Sus ojos no protestaron cuando disminuí la presión de la palma de mi mano y con un toque muy ligero recorrí su trasero.
Ella se tensó un poco, y yo sabía perfectamente lo que iba pasar.
—Galleta —susurró, todavía acariciando mi cabello con suavidad y lamiendo sus labios cuando comencé a frotar su muslo, una vez más.
Necesité dos intentos más antes de acabar agarrándole completamente del culo y apretarla contra mí, provocándole un suave gemido y reanudando sin más los besos.
Ese era solo el proceso de toda la jodida cosa. Y tres noches después, fui capaz de agarrarla directamente sin que mi chica tuviera siquiera un leve pensamiento de galletas. Lo que la hizo sonreír mientras nos besábamos.
Empezamos a intentar la cosa de manosear la noche siguiente. Sus pechos eran siempre lo peor. No llegábamos más allá de las galletas antes que nos cansáramos y nos fuéramos a la cama. Tenía miedo de que la hiciese sentir frustrada, pero podía ver que tenía fe en la técnica cuando me acariciaba con dulzura y se relajaba antes de irnos a dormir.
Seguimos intentándolo, noche tras noche. Siempre dejaba de besarla para hacerlo, para que pudiera decir la palabra de seguridad sin problemas. Empecé a rozar sus costados para relajarla en lugar de sus brazos. Pareció ser más eficaz. Después pasaba de la cintura a su estómago y luego hasta la garganta. Siempre costaba tanto tiempo que nunca conseguíamos un verdadero apretón antes de irnos a dormir. Casi me sentía feliz por ello. Yo estaba cagado de miedo de que una vez que empezáramos a agarrarnos y sobarnos sin problemas en mi cama, fuera a perder mi casi inexistente autocontrol y la dejara marcar el ritmo. Y mi chica era tan jodidamente impaciente como el infierno.
Y cada mañana, pasaba más y más tiempo en la ducha para aliviar todo la tensión sexual que había acumulado en la cama la noche anterior. Realmente, no me importaba ir tan jodidamente lento. De hecho, lo prefería. Sentía como si estuviera haciendo algo de la manera correcta por una vez. Haciéndolo bien por mi chica. Hacía que las dolorosas y palpitantes erecciones valieran la pena. Y cada día cuando salía de la ducha y veía su cepillo de dientes azul al lado del mío, sonreía como un maldito idiota.
=:=
El instituto siempre nos ponía en el borde. Caminar por los pasillos con toda la gente y agarrar a mi chica fuertemente mientras pasábamos su alrededor. Ella mantenía su mejilla en mi costado mirando al suelo. Yo deseaba que levantara la maldita barbilla y los mirara a todos a la cara. Pero no podía. Así que lo hacía yo por ella.
Y me alegraba de que por lo general no mirara hacia arriba y los viese, porque algunas de las miradas que recibíamos eran malditamente ridículas. Veía cada día a Stanley antes de la clase de gimnasia de Bella lanzándole dagas envenenadas con los ojos cuando caminaba hacia las puertas. Hacía que mis puños se estrecharan.
La comida se volvió cada vez más... interesante. Todo comenzó la primera semana cuando Jazz empezó a hablar sobre un libro que Bella había leído. Alguna biografía histórica de mierda o algo así. Picó su curiosidad mientras acariciaba mi rodilla y le ofreció tímidamente su opinión sobre el libro. Y empezaron a hablar sobre ello, comiendo las galletas y con mi brazo alrededor de ella. Era la primera vez que había hablado con alguien más en la mesa de la cafetería.
De alguna manera, Rosalie entró en la conversación, dejándonos a todos endemoniadamente flipados con su conocimiento sobre el tema. Ella puso los ojos en blanco y sacudió su cabello rubio de nuevo mientras se inclinaba sobre la mesa y hablaba con mi chica un poco más. Me quedé en silencio acariciándole el cuello y escuchando la conversación. Estaba tranquila y jodidamente cohibida, pero aún así continuó hablando.
Emmett y el Jazz se estaban llevando mejor de lo que creí posible al principio. Se contaban chistes guarros el uno al otro y se reían a carcajadas, mientras que Rose y Brandon rodaban sus ojos con exasperación. Bella y yo nos acariciábamos suavemente y, ocasionalmente, nos reíamos de los chistes. Quería pedirle que les contara el chiste de las monjas, pero sabía que solo se ruborizaría y se escondería debajo de mi chaqueta.
La cosa se volvió aún más interesante en la segunda semana. Brandon estaba hablando de un nuevo grupo que le encantaba, mientras que todos estábamos sentados a la mesa y comíamos galletas. Estaba sentada junto a Jazz y hablaba de la música como si fuera la próxima venida de Cristo o alguna mierda parecida. Yo odiaba a ese jodido grupo. Así que resoplé hacia ella. Jazz, observó divertido cuando insulté el grupo que ella obviamente idolatraba.
Brandon se volvió hacia mí con una ceja arqueada.
—Así que dime, ¡oh maestro de la sapiencia musical! —Me dijo con sequedad delante de toda la mesa, ganándose una puesta de ojos en blanco sin dejar de acariciar el cuello de mi chica. Bella suspiró y negó con la cabeza caída, mientras que a mi lado Brandon continuaba—. ¿Qué música es "aceptable" para alguien como tú? —Preguntó haciendo comillas en el aire.
Jazz y mi chica gimieron al mismo tiempo, yo me limité a regalarle una sonrisa sardónica. Esa sonrisa inició la conversación más larga que he tenido con Brandon. Le dije lo que me parecía la música aceptable, y para mi sorpresa ella me explicó su idea de música aceptable. Su gusto musical no era una mierda, pero había algunos esqueletos en su armario de iPod. Todos en la mesa nos miraron en estado de shock cuando realmente estuvimos de acuerdo en algo que nos gustaba a los dos. Y al final de la hora, Brandon no me asesinaba con la mirada. No nos hicimos eternos amigos o cualquier mierda como esa. Pero ella me sonrió irónicamente cuando caminó hacia clase de la mano de Jazz.
Bella estaba tan jodidamente feliz porque los dos parecíamos llevarnos bien que sonrió toda la puta clase de Biología, a pesar de que nuestra práctica era de bacterias come carne. Me hice una promesa a mí mismo en silencio de esforzarme más con Brandon si eso iba a hacerla sonreír así.
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Había algunas noches que no nos limitábamos a atacarnos mutuamente como dos putos adolescentes hormonados. Algunas noches fueron oscurecidas por la realidad de nuestros fantasmas.
Una noche en particular, yo estaba con Carlisle en su estudio en medio de una partida de ajedrez muy humillante. Y nombró a mi madre. Condenadamente sutil. Lo sacó de la nada, sentado en frente del tablero de ajedrez delante de mí y tratando de adivinar su edad con una mirada cautelosa en mi dirección por debajo de las pestañas, mientras mataba mi torre.
Y como siempre cuando alguien sacaba esa mierda, los recuerdos vinieron. A pesar de que intenté con todas mis fuerzas tragármelos y dejarlos ir, aún consiguieron poseer mi mente y me hicieron apretar los puños.
Me puse de pie y salí de la habitación, cabreado, negándome a hablar con él acerca de algo así. Una pequeña mención había arruinado mi noche entera. Creo que Bella supo en cuanto abrió la puerta que estaba jodido.
Comí en silencio, ansiado coger mi cuaderno de dibujos y plasmar un recuerdo en particular sobre el papel para sacarlo de mi puta cabeza durante dos minutos. Pero en cambio, me hizo acostarme frente a ella y acarició mi cabello suavemente. Me hizo suspirar. Empezó a hacerme preguntas sobre los recuerdos que tan duramente intentaba mantener alejados.
Algo en la forma en la que me sostenía y me susurraba al oído me hizo abrirme por completo, contarle mierdas que ni siquiera podía pensar durante el día alrededor de otras personas. Mierdas que me llevaron años atrás en el tiempo, a una pequeña casa en Chicago.
Quería estar cabreado con ella por preguntarme esas cosas y forzarlas a salir de mi cabeza con su voz sedosa y sus cautivadores ojos marrones. Pero no pude. Porque contárselo fue incluso mejor que simplemente dibujarlo, y cuando me desperté a la mañana siguiente, pude centrarme de nuevo.
Al igual que yo, a veces mi chica también tenía una mierda de día. Siempre era tan condenadamente obvio para mí cuando entraba con una descarada sonrisa forzada. Se quedaba callada y retraída mientras yo comía la cena y le echaba miradas de reojo cuando se apoyaba en mi hombro. Después, la agarraba y la sentaba en mi regazo para abrazarla. Rogándole en voz baja que me contara lo que iba mal. Por lo general me hacía caso.
Una vez en particular, fue algo tan tonto que me dejó confundido como la mierda. Le había tenido que decir que no a Brandon cuando le pidió que fueran de compras. Otra noche, fue algo mucho más evidente. Ella me dijo que había visto a Esme y Brandon acostadas en el sofá juntas recordando la infancia de Brandon. Agonizante lo declaró: "Momento madre e hija". Yo podía simpatizar con ella tan malditamente por completo. Esa era la principal razón por la que rara vez iba a casa de Jazz. Su madre y él eran muy cercanos.
Mi chica lloró esa noche. Me rompió el maldito corazón mientras acariciaba su espalda con dulzura y la mecía en mi regazo. Por lo general, era la amargura de su condición o una crisis lo que la hacía llorar. Nunca la había visto llorar por esta razón en particular. Lloró en silencio en mi hombro durante más de una hora mientras yo la abrazaba.
Parecíamos saber cuándo necesitábamos una noche para vivir la realidad de nuestras existencias. Solo unas pocas horas para revolcarnos en la oscuridad y sacarlo todo fuera. Era un tipo raro de intuición.
Esas noches oscuras siempre hacían que las noches siguientes fueran más brillantes. Porque toda esa mierda estaba fuera y se había ido, y podíamos volver a estar juntos sin pensar sobre ello. Podíamos sonreír y reír de nuevo mientras yo devoraba la comida. Y después, podíamos continuar ansiosamente donde lo habíamos dejado en el proceso de desensibilización.
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En la duodécima noche hubo un progreso. Estábamos enrollándonos como siempre cuando ella enganchó la pierna en mi cadera. Yo había estado sobándole el culo descaradamente mientras lamía y chupaba su cuello. Haciéndole escapar un gemido. Tuve el incontenible impulso de tumbarla sobre su espalda. En cambio, decidí tumbarme sobre la mía, con lo que ella quedó encima de mí a la vez que nuestros labios se encontraban de nuevo. Era la primera vez que habíamos cambiado la posición normal de estar de lado.
Ella gemía sin aliento, apretándose contra mí y contorneándose contra mi erección, moviéndose dubitativamente encima de mi entrepierna suspirando en mi boca. Gemí y le apreté el culo, solo medio animándola para que lo hiciera de nuevo. Fue jodidamente sexy. Pero después de unos momentos de forcejear los dos con la lengua, nos senté, separándome de sus labios jadeando y me puse a intentar tocar sus pechos mientras ella pasaba los dedos por mi cabello y se lamía los labios. Hubo roces y caricias y tanta relajación que ella apoyó la frente sobre la mía y cerró los ojos cuando comencé mis recorridos.
Esa fue la primera noche que lo conseguí. Hubo dos galletas. Por lo general llegábamos a cuatro antes de estar demasiados cansados para continuar. Dejé que mis manos permaneciesen inmóviles sobre sus pechos en la última y exitosa pasada. Todavía tenía la frente apoyada en la mía cuando en las comisuras de sus labios apareció una sonrisa de triunfo y por fin abrió los ojos para mirarme.
Aplastó sus labios con los míos, presionando su pecho en mis manos y pidiéndome que la agarrará con más firmeza. Y lo hice. También solté un quejido sobre sus labios cuando empecé a manosearla, apretando y a la vez presionando y saboreando su lengua. Solo rezando para que no comenzara a retorcerse encima de mi erección mientras me montaba.
Nos quedamos despiertos un poco más tarde esa noche. Sabía que ella quería sentirlo durante más tiempo. Su victoria, y la prueba de que la técnica estaba funcionando. Así que continué masajeando y presionando contra sus tetas mientras ella lamía y besaba hacia arriba y abajo mi cuello y volvía a mis labios sin aliento.
Eventualmente dejé que los besos se redujeran a suaves roces lentos y disminuí la presión sobre sus pechos con las manos, y finalmente las moví para acariciar sus mejillas y su cabello. Ella comprendió lo que estaba haciendo, y se bajó de mi regazo con un último beso y una sonrisa que me hizo reír.
Seguía sonriendo en mi pecho cuando me tarareó para dormir y yo olía todas sus flores y galletas hundiendo mi nariz en su cabello.
Fue una buena noche para mi chica. Y yo había conseguido meterle mano, así que realmente, no pude encontrar nada para quejarme tampoco.
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Empecé a cambiar de posiciones, tratando de encontrar la que le gustara más. Aprendí tan malditamente tanto de mi chica. Pequeñas cosas que eran importantes. A ella le gustaba cuando le mordisqueaba el lóbulo de la oreja suavemente. Y a cambio, ella mordía el mío, y yo gruñía en su cuello. También había cosas que le hacían decir la palabra de seguridad. Mierda que no me esperaba para nada.
Una noche había elegido una postura en la que yo estaba encima. Ella parecía disfrutar mucho cuando peleábamos con las lenguas sin aliento y movía sus caderas contra las mías. Luego comenzó a tirar de mi cabello. Mi cuero cabelludo estaba dolorido de la noche anterior, y realmente no quería que empezara otra vez. Pero en lugar de decir la palabra de seguridad, levanté la mano y la agarré de la muñeca, tirando suavemente para alejarla de mi cabello y suspiré de alivio dejando su mano al lado de su cabeza. No sé por qué lo hice, pero seguí sujetando su muñeca cuando me separé jadeante de sus labios y comencé a besarle el cuello hacia abajo sintiéndola retorcerse debajo de mí. Entonces levanté su muñeca y la sujeté encima de su cabeza.
Ella se puso rígida debajo de mí, dejando de moverse.
—Galleta —dijo con voz ahogada mientras tiraba de la muñeca.
La solté y me levanté para alejarme tan puñeteramente rápido que la cabeza me dio vueltas. Jadeaba cuando me senté de rodillas entre sus piernas, frotando arriba y abajo sus muslos y mirándola en forma de disculpa a medida que recuperábamos el aliento.
Acabé la noche allí, sintiéndome realmente como una mierda por hacer algo tan estúpido y descuidado como intentar asumir una posición de dominio sobre mi chica. Debería haber sabido que la haría sentir incómoda.
Tuve más cuidado después de eso, por lo general le permitía ponerse encima de mí, tratando de mostrar a su subconsciente que era ella, sin ninguna duda, la dominante. Y siguieron los manoseos. Ella siempre estaba jodidamente ansiosa por empezar con la técnica todas las noches, a veces separándose de mis labios y en silencio, rogándome que comenzara antes de que estuviera listo.
Las galletas y la relajación fueron poco a poco consumiendo menos y menos tiempo, lo que nos dejaba más libre cada noche para disfrutar de la sensación de su pecho en mis manos. No se me escapó que ella comenzó a vestir suéteres mucho más finos.
Era una batalla nocturna contra la voluntad de su mente, y conseguíamos constantemente ir rompiendo esa barrera con cada toque y cada caricia. Jadeando el uno encima del otro, y más calientes que todo el infierno mientras nos besábamos sin descanso y nos apretábamos el uno contra el otro con quejidos y gemidos. El proceso fue malditamente lento. Pero finalmente lo logramos.
Treinta días. Un jodido mes entero de la técnica centrada en su pecho. Y finalmente fui capaz de acunarlos y acariciarlos en mis manos sin una jodida galleta.
*Bella*
Estaba sentada a horcajadas sobre su cuerpo, inclinando mi frente contra la suya con los ojos cerrados completamente relajada, y tratando por todos los medios de contener el enorme grito que se encontraba en grave peligro de explotar. Edward había conseguido tocar mis pechos sin necesidad de la técnica. Y no hubo pánico o incomodidad de ningún tipo.
No pude evitar la amplia sonrisa que poco a poco se extendió por mi cara, cuando los agarró con más firmeza. Se rio en voz baja delante de mí, bañándome la cara en su cálido aliento mientras masajeaba mis pechos. Suspiré y abrí los ojos, encontrándome con su mirada y acariciándole el cabello suavemente.
Me sentía tan viva. Tan victoriosa y triunfante que aplasté mis labios en los suyos con entusiasmo y presioné su cara más cerca de la mía. Sonrió contra mis labios y se acomodó de nuevo en las almohadas, llevándome con él a la vez que metí mi lengua en su boca y Edward continuaba apretando mis pechos.
Fue la mejor noche de todo el mes. Había sido un obstáculo ridículamente difícil. Y si mi trasero era una indicación de lo que la técnica realizaba, entonces no necesitaríamos la técnica para mis pechos nunca más. Y ese pensamiento me hizo correr al cuarto de baño cuando llegó el momento de ir la cama.
Habían sido unos largos treinta días. Los había estado contando, y mentalmente había documentado cada detalle de todas las noches dentro de mi mente.
Edward era un bendito santo. Porque mi autocontrol salió de la habitación veintiocho días atrás. Tomé prestado el suyo el resto de las veces, usándolo para abstenerme de tocarlo como lo hice en el prado aquel día. Edward tenía mi palabra de seguridad para mantenerlo bajo control todas las noches. Yo no tenía ese lujo. No había nada que me impidiera tocarlo y escuchar esos sonidos de nuevo. La dignidad y la virtud estaban muy sobrevaloradas.
Podía sentirlo contra mí todas las noches cuando nos metíamos en la cama. Estaba excitado. Por mí. Cada noche. Incluso las noches que no nos tocábamos y que solo hablábamos sobre cosas que nos hacían llorar. Aún así estábamos excitados por la sensación y proximidad del otro cuando acercábamos nuestros cuerpos debajo de las sábanas.
Me preguntaba cómo podía soportarlo. Toda esa frustración sexual. Desde luego, no podía quejarme porque él lo estaba haciendo todo por mí. Para mí. Pero tenía curiosidad en cómo podía incluso funcionar algunas noches. A mí me costaba mucho apartar la lujuria la mayoría de veces.
Por supuesto, hubo noches en las que la lujuria se iba ella solita. A veces estaba desanimada cuando llegaba a su cuarto, obsesionada con algo que había sucedido ese día. Él simplemente me abrazaba y me dejaba llorar. Escuchando a mis problemas, sin importar lo triviales que fueran, y siempre me hacía sentir mejor al final de la noche.
Los días en la escuela aún eran difíciles de superar. Pero tener Edward a mi lado en todo momento lo hacía soportable. Caminaba conmigo por los pasillos, mirando a la gente, y a veces se tensaba por algo que le molestaba. Yo apretaba más estrechamente su cintura y le susurraba que lo amaba mirando al suelo mientras caminábamos. Parecía que lo relajaba.
El almuerzo se convirtió en mi momento favorito de la jornada escolar. Tenía la oportunidad de sentarme todo lo cerca de Edward que quisiera con mi capucha abajo, él pasaba su brazo alrededor de mi hombro y yo le acariciaba la rodilla. Jasper, Rose y yo podíamos hablar sobre biografías históricas. Me costaba más hablarle directamente a Jasper, pero pasaba un buen rato hablando con Rose. Siempre me molestó que no tuviéramos ningún interés común, y aún así nos llamáramos amigas solo por nuestra asociación con Alice.
Empecé a hacerle también una bolsa de galletas desde el primer día que hablé con ella. Era sarcástica, y no le gustaba ni mi primer chico favorito ni el segundo. Pero ella era la cosa más cercana que tenía a una amiga que no estaba emparentada conmigo. Y no quería que se sintiera excluida porque todos teníamos una bolsa de galletas y ella no.
Al día siguiente, cuando le di las galletas en la mesa de la comida, hizo un comentario acerca de cómo iban a engordarle. Pero pude ver la esquina de su labio curvándose hacia arriba mientras abría la bolsa y empezaba a comer con el resto de nosotros.
Casi me dio un ataque cuando Edward y Alice se pusieron a hablar. Estaba tan asustada cuando empezó todo, deseando poder desaparecer en la chaqueta de cuero de Edward porque había previsto la Tercera Guerra Mundial en el comedor del instituto de Forks. Pero en cambio, se pusieron a comparar mutuos intereses musicales. Fue terrible. Fue divino. El verlos de acuerdo en algo, sin rencores o miradas buscando sangre. Se sonreían el uno al otro cada vez que coincidían en algo que al otro le gustaba. Incluso las bacterias devoradoras de carne no pudieron arruinar el estado de ánimo que tuve en ese momento.
Y al final del día, cuando me metí en el Porsche con Alice, en realidad me felicitó por haber encontrado a un chico con buen gusto en la música. La miré boquiabierta mientras ella sonreía todo el camino a casa. Me había estado preguntando durante semanas qué sería lo que la haría desistir. Y eso fue lo que lo consiguió.
Después de ese día en el comedor, Alice no volvió a mirar mal a Edward. En lugar de eso de vez en cuando le preguntaba sobre algún nuevo disco, o insultaba a su ropa. Siendo Alice, eso era un cumplido. Se lo dije mientras caminábamos a Biología, solo para que él entendiera cómo de entrañable y ridícula era su relación con la moda. Eso le hizo reír y mover la cabeza a la vez que yo le apretaba la cintura firmemente con una amplia sonrisa.
Nunca dejé que gimnasia me bajara la moral. Sin importar la frecuencia con la que Jessica me mirara o James se escondiera de mí, puse todo mi esfuerzo para borrar todo eso. Contando los minutos hasta que sonara la campana y pudiese salir por las puertas para encontrarme con Edward, que siempre estaba esperándome con una sonrisa torcida.
Los paseos hasta casa con Alice se volvieron mucho más cómodos ya que finalmente fui capaz de introducir poco a poco mi relación con Edward en nuestras conversaciones. Siempre manteniendo inofensivos los temas, su tipo favorito de galletas, lo mucho que le gustaba mi cocina, lo dulce que era conmigo abrazándome en los pasillos. Tenía miedo de tocar algo que pudiera molestarla. Sobre todo si era algo relacionado con la intimidad física más allá de lo que ya había visto de nosotros.
Creo que probablemente lo sabía, pero nunca intentó preguntar más allá de lo que voluntariamente le contaba. Tal vez un día sería capaz de hablar con ella cómodamente sobre ese tipo de cosas. Realmente deseaba poder hacerlo.
Cuando llegábamos a casa, por lo general me sentaba con ella en su cuarto y leía algunas de sus ridículas revistas femeninas, mientras ella hacía los deberes o elegía cosas de su armario. Siempre sonreía cuando me veía leyendo, pensando probablemente que algo de su vanidad femenina se me estaba pegando. Lo que era una soberana mentira.
Aún le permitía vestirme cada fin de semana. Estaba más que contenta de que ella hubiese mantenido las cosas en su mayoría poco llamativas, aunque algo me dijo que me estaba introduciendo poco a poco en su idea de la moda. Aún agotaba mi veto en su primera selección todos los sábados. Creo que lo planeaba así apropósito. Duendecilla tramposa.
Y cada noche hacía la cena para las tres. Esme sonreía mientras discutíamos nuestros días. Tenía la sensación de que Alice estaba también más cómoda discutiendo cosas de Jasper a mi alrededor desde que tenía alguna información propia para ofrecer en el tema, en cuanto a novios se refería. No que yo usualmente lo hiciera.
Me impacientaba porque llegaran las diez, siempre haciendo galletas y alineando las ocho bolsas en el mostrador. Ya estaba acostumbrada a usar cuatro moldes para galletas todas las noches. Me encantaba. Tener tanta gente para compartir mis creaciones. Era solo medio embarazoso que les diera a todos una idea respecto a mi día con los nombres. Especialmente cuando los nombres eran algo así como, Sabrosos Mordiscos de Mora. Por supuesto, solo Edward y yo sabíamos el contexto exacto de ese nombre. Le gustaba cuando usaba mis dientes. Probablemente pensaba que yo no lo sabía, pero me di cuenta de que cada vez que rozaba su lóbulo de la oreja con ellos se estremecía.
Estaba guardando esa pieza particular de información para cuando necesitara medidas desesperadas. Cuando necesitara desafiar su control y no pudiera tirar de su cabello. Probablemente era injusto, pero lo guardé bajo llave para su uso posterior.
Cuando escalaba el enrejado de madera y abría la puerta por la noche, siempre estaba ansiosa. Nerviosa de que algo hubiera sucedido durante el tiempo separados y que Edward se hubiese perdido en sus recuerdos de nuevo. Movía mis pies con ansiedad cuando se abría la puerta. Le miraba la frente primero y antes que nada.
Fue todo por culpa de una noche en particular. Cuando llegué pude ver su arruga en la frente y supe que estaba alterado. Fue inesperado, porque había estado bien en la escuela al principio del día. Pero yo sabía leer sus comportamientos. Estaba igual que como actuó la noche que Esme le preguntó sobre su infancia.
Comió en silencio, lanzando miradas al lugar donde descansaba su cuaderno de dibujos. Pero cuando terminó no le permití hundirse en su tristeza.
Hice lo mismo que esa noche cuando vino a cenar. Lo jalé a mi lado en la cama cuando acabó de comer y acaricié su cabello suavemente. Le pedí que me contara cosas sobre su madre. Y al igual que anteriormente, un destello de dolor apareció en sus ojos antes de cerrarlos. Y cuando se abrieron de nuevo, había vuelto a transformarse en ese Edward inocente y vulnerable que era tan ajeno para mí.
Empezó a girar un mechón de mi cabello alrededor de su dedo en mi espalda, exactamente como la última vez. Sonrió con nostalgia cuando empezó a relatar los hechos de uno de los cumpleaños de su madre cuando era un niño. Como le hizo una tarjeta de cumpleaños, él solo, con corazones de cartulina y globos. Sonrió ampliamente y sacudió la cabeza mientras me hablaba de cómo derramó el pegamento por toda la mesa de la cocina y usó su camiseta para limpiarlo.
Parecía muy orgulloso de la tarjeta que había hecho, describiéndomela con todo detalle, mientras seguía girando mi cabello alrededor de su dedo y me miraba con los ojos abiertos. Verde y rosa con rotulador negro. Los primeros tres corazones estaban torcidos, por lo que dobló una de las páginas de cartulina rosa por la mitad y cortó un corazón por la mitad. Cuando terminó y lo desdobló, eran perfectamente simétricos con un corazón solitario partido en dos en el centro.
Empezó a girar más rápido mi cabello, sonriendo y contándome cómo el mismo proceso no funcionó igual de bien con los globos verdes, y le llevó mucho más tiempo poder dejarlos perfectos.
Me reí con suavidad cuando relató el debate mental que había tenido sobre si añadir o no purpurina. Sus ojos abrieron más y se tornaron más inocentes explicándome el momento en el que se lo dio.
Podía verlo en mi mente tal y como le lo contaba. Un pequeño Edward muy emocionado y feliz entregándole la tarjeta a su madre con entusiasmo, el interior de su camiseta pegada a la piel por el pegamento seco.
Su sonrisa se hizo más amplia y más melancólica al describir la reacción de ella. Feliz y radiante. Tan orgullosa de él, como él estaba de sí mismo.
Dijo que ella la colocó junto a su cama esa noche, y luego fue a tararearle para dormir con una amplia sonrisa y le dio un dulce beso en la mejilla antes de dormirse.
Sonrió con un suspiro dándole aún vueltas a mi cabello.
—Me pregunto qué habrá pasado con la tarjeta —reflexionó en un suave susurro. Y mientras trataba de recordar, mientras me miraba a los ojos, su sonrisa melancólica desapareció lentamente. Frunció el ceño y sus ojos verdes agonizantes se llenaron de lágrimas y abrió la boca, solo para cerrarla de nuevo.
Empezó a enredar mi cabello furiosamente alrededor de su dedo y frunció el ceño aún más, mientras seguía abriendo y cerrando su boca. Como si supiera perfectamente lo que había pasado con ella, pero sin poder obligar a salir las palabras.
Y cuando las lágrimas finalmente se derramaron sobre la almohada, metí mi cara en el hueco de su cuello y lo abracé con fuerza. Lo sostuve mientras él lloraba en silencio en mi hombro, luchando con las ganas de llorar que tenía yo misma.
Algo en la historia era increíblemente triste para mí, a pesar de que era un recuerdo feliz para Edward. Algo acerca de la tarjeta de cumpleaños de cartulina hizo que mi corazón se encogiera, luchando por contener las lágrimas y acariciándole su pelo. Algo más que el hecho de que la tarjeta probablemente se habría quemado en el incendio.
Era el corazón de color rosa con el pliegue por la mitad.
Se suponía que iba a hacer que el corazón fuese perfecto, pero lo estropeó. El corazón aún era, técnicamente, físicamente entero. Sin embargo, el pliegue lo dividió en dos piezas separadas.
Puso tanto tiempo y esfuerzo en él. El más pequeño de los gestos que le hizo sentir orgulloso y emocionado cuando se la entregó a su madre en su cumpleaños.
Lo hizo todo por ella. La mujer que le tarareaba para dormir todas las noches y le permitía usar su ropa buena para cavar hoyos en su jardín todos los veranos. Él le dio todo su amor, como cualquier niño a su madre. Sin condiciones y sin ningún tipo de dudas o reservas. Dobló su corazón rosa de cartulina por la mitad para que fuera perfecto para ella.
Y tal y como sentía su agonía filtrándose a través del hombro de mi suéter, quería encontrarla y pedirle que me explicara lo que pasó. Quería preguntarle cómo pudo hacerle eso a él. Esta alma hermosa que solo quería su amor y aceptación. Quería mirarla a los ojos y tratar de entender lo que podría haberle hecho volver la espalda y alejarse de él.
Pero la imagen mental del corazón rosa de cartulina roto de Edward me originó el impulso más fuerte que hubiese sentido alguna vez en toda mi existencia.
Quería encontrarla y escupirle en su jodida cara.
Muchas gracias por los reviews y alertas. (disculpen a quien no conteste, ya me estoy volviendo disco rayado)
Muchas gracias a Ioreth y Lucía por traducir este capítulo.
!Llegamos a 2000! Viene el regalo, esta semana subiré 3 capítulos, uno será el jueves y el otro el sábado tal vez, lo que si me disculparé es que no responderé reviews aunque los leeré todos, es que voy a viajar esta semana y tendré menos tiempo. Pero sí les subiré los capítulos.
Sobre el capítulo, yo también quiero perseguir a la perra y hacerle más que escupirle.
Nos leemos en el siguiente (El Jueves). Si les gustó o no, dejen reviews. El adelanto lo enviaré en los reply de reviews.
