PECADOS EN LA SANGRE


Capítulo XXXVI

"La fortaleza saiyan"

El silencio se apoderó de la prisión del Palacio por varios minutos. Un temblor los había acechado intensamente y, luego de que menguara, sólo los rodeó la incertidumbre. Lo que cada hombre y mujer encarcelados pensaba, cada uno en su celda, era en qué había sido eso. ¿Qué ocurría en el Palacio? ¿Qué ocurría sobre ellos?

¿Qué se estaban perdiendo?

Kakarotto apoyó, cansado, su frente en los barrotes, una de las posiciones más confortables que encontró para soportar la curiosidad que lo carcomía. No tenía la más remota idea de lo que pasaba y, para colmo de males, el guardia que sirviera de mensajero del exterior no volvía desde hacía minutos enteros.

"¿Estará vivo?", no pudo evitar preguntarse el hijo menor de Bardock.

Era imposible saberlo: ese temblor presagiaba algo atroz. Sin dudas, lo que sucedía en la Plaza Central de Reuniones no era algo cualquiera, sino una total masacre. Pensó en Chichi, en toda su familia, ¡incluso en su padre! Pensó en toda su clase, en los vecinos, en los compañeros de tantas batallas a través de los años...

Y, por último, pensó en el Rey.

"¿Será que venció a Broly? Pero el guardia no vuelve, así que...".

¡Ese sujeto había dicho, en su última visita, que el Rey estaba cerca de la victoria! Sin embargo, no volvió a aparecer luego de tremenda afirmación.

"¿Se habrá equivocado? ¿Acaso el Rey Vegeta...?".

—¡ESTÁ MUERTO! —se escuchó repentinamente, las palabras acompañadas por un caminar atropellado que denotaba nervios extremos—. ¡EL REY VEGETA...! ¡ÉL...! —El guardia finalmente fue visible para todos los saiyan encarcelados en esa sección de la prisión, donde reposaban desde hacía décadas muchos pecadores, asesinos de su propia sangre, violadores de mujeres y traidores; todos allí, equivaliendo lo mismo—. ¡EL REY HA MUERTO!

Y los gritos dieron inicio.

—¡NO PUEDE SER! —bramó una anciana de Clase Baja tras sus barrotes, a tres celdas de distancia de Kakarotto—. ¡Entonces...!

—¡ESTAMOS PERDIDOS! —exclamó el guardia en respuesta—. ¡BROLY NOS VA A MATAR! —Limpió el sudor frío que corría por su frente y, apoderado de una llamarada de temblores, carraspeó—. Poco importa que el Príncipe se haya transformado en Súper Saiyan... ¡NO LO MATARÁ! Broly aseguró que el chiquillo es más débil que él... ¡VAMOS A MORIR! Nuestra preciada sangre desaparecerá del universo... —Para dar fin a sus dramáticas palabras, cayó de rodillas al suelo.

Los encarcelados siguieron pisándose los unos a los otros con palabras cargadas de desesperación; Kakarotto, por su parte, permaneció estático desde que el guardia volvió, incluso desde antes que fuera visible desde el punto donde se encontraba.

"Rey Vegeta...".

Y Cerró los ojos, lamentando la muerte del poderoso guerrero.

"Me hubiera encantado ver su Segunda Fase de Súper Saiyan... ¡Me hubiera encantado pelear con él! ¡ME HUBIERA ENCANTADO!".

Pero no tenía caso lamentarse. Era absurdo.

"Ni modo... ¡Tengo que salir de aquí! Debo ayudar al Príncipe".

No sólo él debía hacerlo: ¡todos debían! El Príncipe Trunks no podía ganarle, no con una transformación de Súper Saiyan tan reciente. ¡Era probable que no lograra controlar bien sus poderes! Por lo menos eso era lo previsible. Siendo saiyan, Kakarotto podía suponer que un incremento tan grande y repentino de fuerza seguramente desestabilizaría hasta al más prudente de los guerreros.

"Hay que ayudarlo...".

—¡Oye, tú, sujeto! —exclamó hacia el guardia, sus manos sosteniendo con fuerza excesiva los barrotes—. ¡Debes liberarnos! No te digo que liberes a todos, pero podrías liberar a quienes estamos aquí por crímenes menores. ¡El Príncipe necesita nuestra ayuda!

El guardia giró lentamente hacia él. Cuando los ojos de uno alcanzaron los del otro, el hombre que tenía la llave de la libertad alejó el miedo de sus pupilas, mas no la demencia que invadía todo su ser.

—Estás loco —farfulló—. ¡No me interesan sus nefastas vidas, el tema no es ese! El tema es que vamos a morir, ¡¿entiendes?! ¡MORIREMOS! De nada sirve ayudar al Príncipe. ¡No sacrificaré mi vida en vano!

—¡Entonces déjame ir a mí! No te sacrifiques, ¡nadie se sacrifique! Pero déjame ir a ayudar al Príncipe.

¡Estaba furioso! Lleno de una adrenalina que hacía literalmente años que no sentía. ¡Cuántas ganas de pelear! De ponerse a prueba frente al rival más poderoso de las cuatro galaxias.

—¡NO VOY A MORIR! —gritó el guardia, quien acababa de acercarse a Kakarotto para poder mirarlo desde el punto más cercano posible. Tomó con sus manos los mismos barrotes que el hijo de Bardock tomaba, intentando sostenerse para no volver a caer al suelo. Sus rodillas parecían estar dispuestas a flaquear una vez más—. ¡Debemos vivir! Yo debo vivir, para poder resguardar mi sangre y que ésta no desaparezca del universo... ¡YO DEBO VIVIR! Y no pienso liberarlos: ¡ustedes, TODOS USTEDES, están aquí por traicionar a nuestra sangre, a ese líquido rojo que no merecen tener en sus venas! ¡TRAIDORES, TODOS USTEDES! No merecen mi maldita sangre, sabandijas... ¡Y es mi última palabra, Clase Baja! No quiero escuchar más tu insoportable voz. —Sin más, se alejó de él y de la prisión, rumbo al exterior.

"¡Es inútil!".

Kakarotto, frustrado por el cautiverio y sin ninguna idea en mente, se arrojó contra la pared contraria a los barrotes.

"¡Debo salir de aquí! Todos moriremos...".

Debía pelear, necesitaba pelear.

"No soy la clase de guerrero que se queda de brazos cruzados".

¡No era un guerrero que se dejara vencer con tanta sencillez! No quería entregarse a una derrota vacía de significado, una derrota que nada dejara sobre el mundo. ¡No podía quedarse allí! No era justo.

"¡¿Pero cómo mierda escapo?!".

No podía solo, era imposible. Cada celda de la sección donde se encontraba, esa donde iban a parar los más poderosos pecadores, tenía dispositivos bloqueadores de poder en cada rincón. No podía usar su fuerza ni tampoco técnicas especiales. Lo había intentado, pero cada vez que lo hacía era como si una especie de aspiradora le chupara la energía. ¡Era inútil! Esas prisiones eran excelentes; para su desgracia, así eran.

"Maldito Tark, ¡¿por qué mierda eres tan inteligente?!".

No podía pensar. Su mente estaba bloqueada por la desesperación que subyugaba sus venas.

"¡Cuando tengo hambre no logro pensar con propiedad!".

Y qué hambre tenía...

"¡No hay escape! ¡¿Qué hago?!".

Sólo le quedaba una alternativa: que alguien lo liberara. El problema era, ¿cómo llamar a sus hijos, a su hermano, a su nieta o a su padre? ¿Cómo llamar a Chichi para que lo ayudara a escapar? No tenía poderes mentales ni conexiones espirituales como sí le pasaba a otras razas del universo, ¡algo tan absurdo no existía en su raza! Pero cuán de ayuda sería; cuánto mataba por algo así...

"¿Qué hago...?".

Esperar, esa parecía la única alternativa.


Corrió con toda la velocidad que poseía su robusto cuerpo. Corrió enceguecido, cada vez más nublado por los pensamientos que carcomían su ser.

"Goten... ¡¿Por qué...?!".

Si la princesita terrícola había llegado hasta el campo de batalla, ¿entonces qué había pasado con su sobrino? Raditz intentaba, mas no lograba comprender cómo había escapado aquella joven débil y frágil, sin el poder suficiente para derribar a un excelente Clase Baja como Goten.

"Es la Princesa, tampoco debo subestimarla... ¡Pero no está entrenada! No encaja, algo no encaja...".

Finalmente llegó al hogar de Tark, a donde no tardó en ingresar. Caminó por los pasillos, abrió puertas, subió y bajó escaleras. ¡¿Dónde estaba el mocoso?! No fue hasta que bajó hacia el sótano que lo encontró.

—¡¿Inconsciente?! —exclamó asombrado, mirando hacia el cuerpo desmayado del muchacho. Un hilo de sangre caía por su barbilla—. No es posible... ¡¿Acaso ella fue capaz de...?! —Se agachó y tomó a Goten entre sus brazos. Lo abofeteó varias veces y lo sacudió por varios minutos, intentando hacerlo reaccionar—. ¡Niño, despierta! No es hora de dormir, vago...

Sacudones y sacudones. Llegó a tomarle el pulso, el cual estaba perfecto. ¡Pero no despertaba!

—¡GOTEN, MALDITA SEA! —El sacudón y la bofetada que le siguió fueron tan fuertes que el joven, al fin, despertó de su letargo—. ¡ERA HORA! Maldito seas, chiquillo.

Goten, atontado por los golpes, abrió los ojos lentamente. ¿Qué había sucedido? Cuando intentó pensar, una fuerte jaqueca lo atacó. Tomó su cabeza con ambas manos mientras su tío lo soltaba. Quedaron arrodillados en el suelo, uno delante del otro.

—¡¿Qué fue lo que sucedió?! —espetó Raditz colérico, sin capacidad de comprensión alguna en una situación tan límite—. ¡TENÍAS QUE PROTEGERLA! ¡DEBÍAS HACERLO! ¡¿Qué mierda sucedió, Son Goten?! ¡EXIJO EXPLICACIONES!

Su orgullo estaba herido: ese era Goten, su único alumno, el hijo que jamás había tenido. Era su orgullo máximo, su dedicación absoluta... ¡Y había fallado! Había fallado en la misión más importante de su vida. Algo no le permitía perdonarlo; les había fallado a todos. No podía endulzar lo extremo de la situación para no herir sus sentimientos; debía ser duro, inquebrantable en su severidad. Debía darle a Goten la disciplina más dura de la historia. Desgraciadamente, esta vez se lo había ganado de la peor forma.

—Tío yo... —¡Qué dolor! No lograba elucubrar nada ni entendía lo que sucedía a su alrededor. ¿Qué había pasado? ¿Por qué le dolía tanto la mandíbula?—. ¿Qué fue lo que...?

El recuerdo, entonces, brilló frente a sus pupilas.

¡IRÉ CONTIGO! —Exigió Bra, levantando demasiado la voz—. ¡No me dejarás sola! ¡NECESITO ayudar a mi hermano!

¡Princesa! —Goten no detuvo el impulso y la abrazó, intentando calmar el llanto con el calor de su piel—. ¡No! No puede venir conmigo, podría ser peligroso... ¡Yo...!

¡SON GOTEN! —Lloró la muchacha en sus brazos, aceptando y devolviendo el gesto que él había tenido con ella por inercia—. ¡No me alejes de mi hermano! —Comenzó a golpearlo en el pecho, haciendo caso omiso a los quejidos del muchacho, a quien pareciera los golpes le dolían—. ¡DEBO ESTAR CON ÉL! No soportaría perderlo... ¡Si le pasara algo...! —Siguió con los golpes y Goten siguió recibiéndolos, consolándola en vano—. ¡TENGO QUE AYUDARLO! ¡ES MI HERMANO! ¡MI HERMANO!

—¡PRINCESA! —bramó—. ¡¿Dónde está?! ¡TÍO! ¡¿Dónde está?! ¡¿DÓNDE?!

Raditz no midió la fuerza: le quitó la respiración con un puñetazo en la boca del estómago.

—¡Escapó! Se fue porque tú, niño irresponsable, lo permitiste...

Le dolía como no podía pasarle con otro ser del vasto universo: no quería ser tan duro con Goten, pero era necesario. ¡Tenía que ser duro! No más clemencia con el muchacho; había demostrado, con sus nefastas acciones, que no merecía otra cosa más que la dureza de los puños y las palabras. Nada de amor ni tampoco de comprensión: Goten, ahora, no lo merecía.

Al escuchar a su tío, la respiración que lentamente empezaba a recuperar volvió a detenerse.

—No es posible... —susurró en un hilo de voz—. Ella... ella me...

Recordó, entonces, el golpe. ¡Un golpe tan fuerte!, dirigido a su rostro con furia desconocida. Esa mujer lo había golpeado con una fuerza tan gigante como el orgullo que reflejaba con sus engañosos aunque dulces ojos azules. El descontrol de la respiración, las lágrimas rodando por el rostro, los gritos que clamaban por el Príncipe Trunks.

—Me golpeó... —dijo. Las manos, que acababan de volver a tomar su cabeza para intentar, en vano, calmar al dolor que lo atacaba cada vez más, temblaron notoriamente—. Me desmayó, tío... ¡¿Cómo pudo...?!

—¿Cómo pudo? No me hagas reír, chiquillo... —Raditz intentó contenerse—. Lo siento, realmente lo siento, pero debo ser honesto contigo: te desmayó y salió disparada a la Plaza Central de Reuniones. Allí apareció, con su cabello ridículo y su mirada azul expuestos, frente a toda la población. Broly, quien hasta ese momento se enfrentaba a Vegeta, la vio.

Desesperación. Los pulmones cada vez más vacíos, más incapaces de digerir las palabras que atacaban a su pecho con potencia destructora. ¿La Princesa frente a Broly, el Guerrero Legendario? ¡¿En qué momento había aparecido Broly?! ¡¿Por qué en ese momento y no en otro?! Quiso indagar, pero otra cosa imperó en su mente: las facciones hermosas, resplandecientes, de la Princesa Bra de Vegetasei, su Princesa.

La hermosa mujer a la que Trunks había puesto bajo su cuidado, desbordando confianza y cariño al hacerlo, al darle una misión tan importante como esa.

Todo sea por Usted, Alteza. Tark no merece perder la oportunidad de acompañarlo en un momento tan importante... Yo los acompañaré en sentimiento.

¡Pero...! —bufó Vegeta, quien fue detenido por la mano tranquilizadora de su hijo mayor.

Goten es de suma confianza, padre. Si no fuera por él, yo no estaría aquí y probablemente hubiera tardado años enteros en volver, lo cual no sólo hubiera generado muertes de todo tipo, sino además sufrimiento y caos en la Tierra y aquí mismo... —Apretó los hombros de Goten con fuerza y le dedicó una sonrisa sincera—. Cuento contigo.

Gracias, Príncipe —exclamó el muchacho ante su amigo, a quien se dirigió con respeto para impresionar al Rey y ganarse un poco su confianza.

"Te traicioné, Trunks...".

Y no sólo eso: había traicionado a toda su raza. A la Realeza, a su familia...

A todos.

El puñal hizo arder la sangre que bombeaba su corazón. Un sonido retumbó en su mente, el sonido del cambio, de dejar todo atrás para sumergirse en una nueva etapa. No volvería a ser el mismo, no después de traicionar la confianza de toda la raza saiyan.

De su amigo, Trunks, el Príncipe que había depositado en él toda la confianza del universo.

De Bra, especialmente... ¿Acaso ella, por su culpa...?

—¡¿Qué sucedió con la Princesa?! —inquirió sin control de sus actos, apretando con todo su poder los hombros de su tío, de esa persona a la que también, sabía, había desilusionado—. ¡¿DÓNDE ESTÁ LA PRINCESA BRA?!

—Viva, pero sin padre —profirió Raditz, seco en sus palabras—. El Rey Vegeta ha muerto en su lugar.

"No...".

Los ojos se abrieron exageradamente, desquiciados por la noticia, desorbitados por el puñal que cada vez se hundía más en su pecho.

—¿El Rey...? —dijo en un nuevo hilo de voz.

—Ha muerto —repitió Raditz—. Broly atacó a la niña, el Príncipe la protegió, y Vegeta, el único con el poder suficiente para derrotarlo, los salvó a los dos. Fue épico, heroico..., pero estúpido. Perdimos al mejor guerrero de la historia porque éste, en un intento estúpido de redimirse de sus pecados, salvó a sus hijos. Salvó a la niña porque ella estaba allí, entregada al enemigo máximo de nuestra raza, al sujeto que pensaba y piensa matarnos a todos en cuanto elimine a lo único verdaderamente útil que le queda a la Realeza: un Príncipe destruido por los acontecimientos, demasiado poderoso para ser saiyan pero demasiado emotivo, demasiado terrícola para soportar la presión cernida sobre él. ¿Crees que pueda derrotarlo? Yo no lo creo, si he de ser honesto. —Le dio pie a Goten para decir algo, lo que fuera, pero ninguna palabra se desprendió de su boca. Seguía allí, en un estado casi catatónico, deshecho por las palabras y con la sangre anulada en sus venas; estaban llenas de la culpa más inmensa—. Iré a ayudarlo... ¡No sé cómo, maldita sea! Pero si él muere, entonces deberemos pelear todos contra Broly. Vamos a morir... —Rió ante la idea, casi con ironía—. Moriremos peleando con valentía y poder, cosas de las que tú, al parecer, careces.

No mentía; su tío estaba en lo cierto.

No podía tener más razón. Cuando se tiene la verdad, nada puede derribarla. Absolutamente nada.

Los ojos de Goten se cerraron.

—Iré a pelear, a defender esta maldita sangre en pos de vengar al guerrero más poderoso de la historia de nuestra raza. Vengaré a Vegeta porque tanto poder y tanta valentía lo merecen... Pero tú, niño, te quedarás aquí. ¡No tienes el valor suficiente! —Vio una lágrima en el rostro del muchacho, descubrimiento que hirió todavía más su orgullo—. Lo siento, Goten... Pero esta vez hablo en serio, no es una tontería: has fallado.

¿Debía responder tremendas palabras? No, se dijo.

"Es en vano; él tiene razón".

No servía para nada... ¡No podía! No sabía cómo volvería a mirar a los ojos a su Princesa y al Príncipe, a quienes debía el respeto más inmenso. ¿Cómo volver a mirar a su sobrina, a su abuelo, a su hermano, a sus padres? ¡¿Cómo?! La culpa llenaba los ojos de lágrimas, que estaban determinadas a no detenerse. ¡Esas lágrimas debían manchar su rostro! Debían hundir al alma en la vergüenza y la culpa absolutas.

Debía ahogarse en la culpa. Ése era su destino.

—Lo siento, Goten. —Raditz, a último momento, no pudo evitar la clemencia: lo destrozaba ver lágrimas en el rostro de su alumno y sobrino. En el orgullo, en la admiración, en la cercanía—. Realmente lo siento...

Sin más por hacer allí, se marchó a toda velocidad.

El silencio imperó en ese sótano frío y húmedo, donde se encerraría para siempre el error más grave de su vida: haberle fallado a todos aquellos que habían creído en él y haber permitido que la belleza antropomorfa, esa belleza que era su Princesa, huyera por culpa de su debilidad.

Era débil, era indigno...

Era basura.

Lágrimas que seguían rodando cuesta abajo por el universo que era su rostro. Sus facciones desfiguradas por la culpa, por el inmenso peso que le significaba la muerte del mismísimo Rey Vegeta sobre sus hombros. Había muerto por defenderla a ella, y ella había huido por su debilidad.

"Es mi culpa...".

Por su culpa, por una simple acción que desembocaba en los hechos más crueles e inesperados del destino, su raza estaba próxima a desaparecer para siempre.

Y todo por su debilidad, por su cobardía...

Por su miserable existencia.


—¡TRUNKS, POR FAVOR! —Bra no se resignaba: seguía gritándole a su hermano, suplicándole que no arriesgara su vida así, con tanta estupidez—. ¡VÁMONOS A LA TIERRA! Te va a matar... ¡Y sí te mata, me dejarás sola! Eres lo único que tengo, Trunks... ¡LO ÚNICO!

A Pan, por su parte, le estaba costando horrores sostener a Bra, quien en la fuerza que estaba poniendo para escapar del agarre de la mujer de su hermano demostraba qué tan saiyan era. ¡Tenía demasiada fuerza! Lo que estaba sacando todo ese talento innato de su interior era la furia, la pasión, la tristeza. Pan finalmente comprendió: Bra no estaba entrenada, pero tenía un poder descomunal. Era una digna portadora de la sangre más codiciada del pueblo saiyan. Pero le había hecho una promesa a Trunks: no permitiría que ella se entrometiera, que escapara e intentara detener a su hermano. Tenía que protegerla, pues por más poder que tuviera, seguía sin saber cómo usarlo. No pudo evitar recordar a su tío Goten al pensar en ello.

"Seguramente lo desmayó... Espero que sólo haya sido eso".

Ya no sabía qué pensar.

—Confía en él, damita... —susurró en el oído de la Princesa—. Tu hermano es un guerrero admirable, te lo aseguro. Debes confiar en él.

—¡Cállate, imbécil! —Forcejeos exagerados. Pan realmente estaba teniendo dificultades para sostenerla debidamente—. ¡TRUNKS MORIRÁ! Ese monstruo lo va a matar... ¡JUSTO COMO A PAPÁ! ¡¿Tú qué mierda sabes?! Ustedes no entienden nada... ¡USEN EL CEREBRO EN VEZ DE LA FUERZA!

—¡SILENCIO! —Pan puso más fuerza de la que se había propuesto usar en principio, apretando con todo su poder la cintura de Bra, justo detrás de ella. Escuchó un gemido de dolor proveniente de la híbrida—. ¡NO LE FALTES AL RESPETO A LOS SAIYAN! Entiende, ya te lo expliqué: somos guerreros, niña. La única forma de matar a Broly es derrotándolo como se derrota a un enemigo de su calibre... ¡Nada que pensemos sería capaz de matarlo! Hay que pensar, sí, pero en una estrategia de combate adecuada, no en escapar con lágrimas en los ojos.

Entonces, la adolescente avistó el panorama: muchos saiyan, en vez de mirar a Trunks y a Broly, quienes seguían concentrados en el otro en medio del cielo, miraban hacia Bra, hacia esos colores que nada tenían que ver con la sangre que cada uno portaba.

"No les gusta, es obvio".

Estaban viendo a una criatura débil, sin entrenamiento y sin cola. ¡No era una saiyan a sus ojos! Trunks, con su transformación, se había ganado el respeto de su pueblo, ¿pero qué pasaría con Bra?

"Van a matarla, no la aceptarán...".

Cerró los ojos mientras seguía provocando quejidos de dolor en la Princesa híbrida; cada vez más fuerza en el aferro, más determinación de detenerla.

—¡VA A MORIR!

—Cállate, Bra... No es momento para hablar. ¡Es por tu bien, entiende!

—¡LO VAN A MATAR! Y a ti también, niñita estúpida, que en vez de sujetarme con tanta fuerza deberías estar peleando junto a él.

—Si me entrometo entorpeceré la batalla y perjudicaré a Trunks. No tengo posibilidades contra Broly, imbécil.

Desgraciadamente, así era.

—Claro, y por eso mandan a pelear a Trunks... ¡MALDITOS! ¡NO QUIERO PERDERLO COMO PERDÍ A PAPÁ! ¡NO QUIERO PERDERLO! ¡NO QUIERO!

—Muchacha... —Y Pan se estremeció: detrás de ella y de Bra, Mitis la tomaba de los hombros. El susurro que acababa de depositar en su oído fue inesperado y le erizó la piel. Mitis, bien sabía Pan, tenía ideas firmes con respecto a los híbridos. Quizá podía perdonar a Trunks debido a su poder, pero no perdonaría a una híbrida sin entrenamiento ni cola que, encima, era mujer—. Está desquiciada, debemos detenerla... El Príncipe no deja de mirarla, no puede concentrarse por los gritos desaforados. Por eso no han dado inicio a la lucha.

Pan levantó la vista y sí, lo que Mitis susurraba con aquella voz entrecortada era cierto: Trunks no dejaba de mirar de reojo a Bra, no dejaba de respirar irregularmente por causa de sus bramidos inútiles y exageradamente vehementes.

"Tengo que detenerla...".

—Si no quieres hacerlo, muchacha, lo haré yo —afirmó Mitis, quien dejó los hombros de Pan con la única intención de dirigirse verbalmente a Trunks—. ¡PRÍNCIPE! Lo haré por su bien y por el bien de nuestra sangre. ¡LE JURO QUE TODO SALDRÁ BIEN! Pero necesitamos que esté lo más tranquilo posible... ¡PERDÓNEME!

Trunks observó a la anciana de Clase Alta y sus ojos se abrieron lo más posible. ¡¿A qué se refería?!

Mitis le arrebató el cuerpo de Bra a Pan y, a una velocidad que la Princesa no pudo contrarrestar, depositó un suave golpe en su nuca. Los alaridos detenidos por un estado de inconciencia.

—Así está mejor. —Mitis tomó a Bra entre sus brazos y la asió contra su pecho, sin dejar de observar a Trunks—. ¡LA PROTEGEREMOS! Los ancianos de Clase Alta la protegeremos con nuestra vida, Príncipe Trunks.

Pan giró sobre su eje. ¡¿Qué significaba eso?! Vio como todos los ancianos rodeaban a Mitis, quien seguía abrazando posesivamente a Bra. ¿Realmente iban a protegerla? ¿Se podía confiar en ellos?

—Señora, ¡¿cómo pretende que confiemos tan fácilmente en usted?! —espetó Pan, a quien se le sumaron sus padres, Tark, Tirm y otros guerreros de distintas clases.

La poderosa anciana gesticuló una pequeña y honesta sonrisa.

—Lo único que quiero, que todos queremos, es que el Príncipe sea el ganador de esta batalla. Si para ayudarlo a concentrarse debo cuidar de esta joven, entonces lo haré.

—¡Pero...!

—Si el Príncipe obtiene la victoria, yo misma pondré este cuerpo en sus brazos. La cuidaré hasta que él pueda tomar mi lugar. Ahora, la prioridad es esa y no otra: ya tendremos momento de dialogar acerca de quién y qué es esta muchacha. Sólo resta observar la batalla.

¿Y si Mitis se ofrecía a hacer aquello con la única intención de matarla al final de la pelea?

—Tengo escrúpulos —afirmó la mujer mayor, casi leyéndole la mente—. No traicionaría de una forma tan desleal al guerrero que está luchando por mi sangre.

—Ella tiene razón —exclamó Tark luego de dar unas palmadas en la espalda de la mujer del Príncipe—, no va a hacerle daño, se lo aseguro. Si lo prefiere, yo mismo vigilaré a los Clase Alta.

¿Si lo prefería? ¿Quién era ella para dar órdenes al Líder de Clase Media?

"La próxima Reina".

Su respiración se aceleró al pensarlo. Se fijó en las miradas que la rodeaban y en cada una de éstas encontró algo que jamás pensó que pudiera hallar en ojos ajenos de su raza: un respeto descomunal. No le gustaban esas miradas, ¡ella era una más, una guerrera saiyan como cualquier otra! No se sentía cómoda siendo parte de la Realeza.

Sin embargo, al parecer lo era.

"Por Trunks. Si fuera por mí, jamás lo sería".

Aún no lograba hacerse a la idea.

"Es en vano pensar en ello ahora... Si Trunks muere, seguimos nosotros. Si Trunks muere, ya no habrá clases ni Realeza: sólo habrá sangre derramada, cuerpos putrefactos regando el suelo de nuestro planeta... Si Trunks muere, la nada misma nos rodeará".

—Quédese a mi lado —le pidió finalmente a Mitis—. No se aleje ni un ápice de donde está... Si a la damita llega a pasarle algo, poco me importará que usted sea Mitis, la legendaria guerrera de Clase Alta que mató al mismísimo Capitán Ginyu junto a sus compañeros de elite durante la guerra con Freezer y su Imperio. Conozco sus victorias, todas y cada una de ellas... Mi bisabuelo siempre nos reunía a las niñas y nos hablaba de usted con el único objetivo de darnos un modelo a seguir ante la falta de Reina.

Mitis sonrió con orgullo.

—Confíe en mí, le aseguro que ella estará bien. Y me alegro de que alguien como usted sepa quién soy yo. La falta de Reina, si el Príncipe gana, ya no será tal.

"Ella es demasiado joven...", pensó la anciana. "Pero hay que decirlo: tiene un carácter ideal. Aún es inmadura, pero con una buena preparación logrará ser una gran Reina".

Eso le parecía sumamente probable.

—¡Me aburro! —gritó entonces Broly, sudando por el dolor que le provocaba su brazo roto, pero fingiendo con maestría lo bueno de su estado físico—. Aberración, ¿cuándo piensas moverte? Peleemos... ¿O acaso te preocupa tanto terminar como tu padre?

Trunks alejó su mirada de Pan y quienes la rodeaban y se concentró en su enemigo. Sin los gritos de Bra de fondo, la concentración finalmente llegó a su cabeza. Lamentó que hubieran tenido que llegar al límite de dejarla inconsciente, pero también, en el fondo, sabía que era mejor que su hermana no viera lo que estaba a punto de suceder. No sabía si era capaz de vencer a Broly, la certeza no lo acompañaba; a pesar de ello, del poder del Gigante sin pupilas que tenía enfrente y de su nuevo estado, tenía la determinación suficiente.

Debía matarlo a como diera lugar.

Por su padre, por su madre y por él, por el futuro al lado de su mujer y su hermana.

Por ellas dos... Por Pan y por Bra era que debía luchar.

De ser necesario, daría su vida por ellas.

"Aunque no quiero llegar a ese punto...".

¿Morir y perderlas a ambas por ir al otro lado de la vida? ¿Morir y no poder volver a desearle buenas noches a su hermana? ¿Morir y no poder formar una familia con su mujer?

"Imposible".

No era su deseo permitir llegar a ese límite.

Tomó el mango de su fiel espada con todas las fuerzas de su mano, sus ojos incrustados en los del monstruo a vencer. ¿Cómo debía empezar? Pensó en dejarse llevar, en medir cada movimiento, en perder la razón... ¡Le costaba tanto pensar una estrategia! Lo atravesaba un estado de adrenalina desconocida, un aceleramiento en sus latidos que casi resultaba asfixiante. ¿Sería por la transformación que había logrado? Su padre no le había dicho nada al respeto, pero parecía, mínimo, previsible que era por aquel motivo.

"Papá...".

Las lágrimas volvieron a decorar sus ojos turquesas. La inestabilidad era tan fuerte como su transformación.

—El niño llora... ¡Pobrecito! —Broly no se privó de reír con ganas al atisbarlo—. Morirás pronto, no te preocupes. ¡Casi no va a dolerte! Lo prometo, engendro.

¡No tenía que perder más tiempo! ¡Debía empezar!

—Estarás tan muerto como tu mamiy tupapi... Sólo déjame divertirme un poco contigo. No tardaré en enviarte junto a los dos.

La sola mención de sus padres erizó su piel. Sus músculos se ensancharon, sus venas se hicieron notar en su piel y su mandíbula se tensó irremediablemente. ¡Adiós cordura! No había estrategia: tenía que matar a ese maldito monstruo.

¡Tenía que destrozarlo!

—No te atrevas a faltarles al respeto... —espetó—. ¡NI SIQUIERA OSES NOMBRARLOS, ASQUEROSO!

—¡Imbécil! —exclamó Broly con una inmensa sonrisa en su rostro—. No tiene caso que chilles: vas a morir como tu patética madre terrícola y tu inútil padre, que mucho orgullo presumía pero terminó muriendo sin honores, salvando a dos aberraciones... ¡Porque eso es lo que son! Simples errores de la naturaleza, hijos de dos asquerosos pecadores...

Provocarlo parecía la única opción. Broly no iba a perderse el lujo de ver la estúpida reacción emotiva de su rival a vencer. Y Trunks estaba cediendo, ignorando la información que Broly capitalizaba con sabiduría: el estado de Súper Saiyan exaltaba la furia y la arrogancia, cosas que el Gigante sin pupilas conocía a la perfección. La estabilidad de las emociones requería un entrenamiento extra que Trunks, por haber logrado hacía literalmente minutos el estado, no tenía. ¿Pero él lo sabía? No; ahí estaba la ventaja del Guerrero Legendario. Iba a aprovecharla, más considerando que su brazo izquierdo estaba destrozado y eso, sin lugar a dudas, representaba una desventaja; además, estaba lúcido como nunca le había pasado. ¡La lucidez se mantenía a rajatabla! A pesar del dolor, la humillación que Vegeta había cernido sobre su cabeza había logrado el efecto contrario al esperado: le había dado la capacidad suficiente para meditar en detalle cada movimiento a realizar. ¡Nada de descontrol ni de cordura perdida! Su cabeza estaba allí, en ese preciso instante, atenta como nunca al rival que tenía frente a sus ojos.

Trunks, por su parte, se mostraba agitado por los acontecimientos. Las palabras habían logrado lo que esperaban al ser proferidas: la furia creció en su interior y desató el descontrol de sus extremidades. Cuando quiso darse cuenta, estaba dirigiendo su puño hacia su enemigo. Así, la llamarada de golpes dio inicio. Trunks y Broly se fundieron en un combate cuerpo a cuerpo de increíble paridad, donde uno reaccionaba con velocidad y el otro respondía con potencia. Broly era más fuerte, pero el Príncipe era infinitamente más rápido. Cada uno contaba con una ventaja y una desventaja, o eso era lo que opinaban los guerreros que vislumbraban las nueves luces que viajaban por el cielo.

—¡Vamos, Trunks...! —farfulló Pan, nerviosa.

—Tranquila, señorita —afirmó Tark a su lado, los ojos de todos los presentes fijos en los combatientes—. El Príncipe tiene la fabulosa cualidad de ser muy pensante a la hora de combatir. En este momento, sabe perfectamente cuál es su ventaja y cuál su desventaja.

—¿A qué se refiere? —inquirió una curiosa Zuzik, inmersa en lo que atisbaba pero levemente distraída debido a que Raditz, su hombre, aún no había regresado.

Tark intentó calmarse un tanto. Su vehemencia era, quizá, desbordada.

—Observen: el Príncipe se mueve con inmensa velocidad. ¡Es asombroso! Siempre ha sido rápido gracias a tener un cuerpo sumamente atlético, sin tener en cuenta su juventud; Broly no tiene esa ventaja: el Gigante sin pupilas es excesivamente corpulento, lo cual le quita mucha velocidad. A eso debemos agregarle la herida que Vegeta le provocó antes de morir: está en desventaja con respecto a sus movimientos.

Pan escuchaba atentamente al Líder de los medios y, mientras tanto, intentaba captar lo que el hombre afirmaba. ¡Era cierto! Ninguno lograba golpear a su rival, mas cada uno hacía notar su ventaja y su desventaja: Trunks se movía rápido y Broly todo lo contrario.

—Pero la desventaja de Trunks es que Broly tiene más poder. Sus golpes tienen demasiada fuerza, y cada vez que Trunks bloquea un puñetazo que no llega a esquivar, Broly le resta velocidad por culpa de la potencia de sus ataques —agregó la muchachita.

—¡Exacto! —exclamó Tark—. Esa es la desventaja del Príncipe.

—Esto está demasiado parejo —masculló Mitis.

—Debemos tener paciencia —afirmó Gohan—. En cuanto la balanza se desequilibre, y si esto beneficia al Gigante y no al Príncipe, tendremos que ayudarlo.

—¿Meternos en una batalla que no nos corresponde? Eso no es digno de nosotros los saiyan —interpeló Glomt, casi ofendido por la idea del padre de Pan.

—Disculpe —retomó Gohan—, pero el Príncipe es lo único que nos queda. Si él empieza a perder, tendremos que meternos sí o sí. ¡Esto no es una cuestión de orgullo! Es cuestión de salvaguardar el futuro de nuestra raza. Si el Príncipe pierde, todos moriremos; los saiyan estaremos oficialmente extinguidos.

—Gohan tiene razón —se metió Videl—. De nada nos serviría el orgullo si no hay nadie que lo porte. O lo matamos o nos mata, es sencillo.

—¡No puede ganarle! —gritó un hombre desde algún punto de la Plaza Central de Reuniones—. ¡Broly es más fuerte!

—¡Estamos perdidos! —agregó una mujer.

—Cállense la boca... —murmuró Pan en respuesta, irritada por la poca paciencia de algunos.

"¿Dónde está...?".

No pudo evitar reparar en su bisabuelo, conocido como uno de los estrategas más respetados de la sociedad saiyan, quien muy bien vendría en aquel momento delicado. Lo vio en el mismo lugar y en la misma posición de la última vez, arrodillado con su rostro inclinado hacia el cielo; su mandíbula descolocaba por lo que sus ojos apreciaban de la batalla. Parecía en shock.

"Que un híbrido haya llegado a ese estado debe haber sido muy duro para su orgullo".

Y lo era para buena parte de la población también: había muchos Bardock detrás de ella, hombres y mujeres que no comprendían cómo una aberración, un híbrido, había logrado transformarse en Súper Saiyan. Al parecer, Trunks se había ganado el respeto de todos a la fuerza. Sonrió a pesar de la tensión en la que estaban sumidos. Un problema menos.

Volvió sus ojos hacia el combate y allí, con inmensa dificultad, empezó a percibir cierto desequilibrio.

"No, Trunks...".

¡Broly empezaba a ganar! Trunks cada vez salía menos airoso de sus bloqueos, como si los golpes de Broly estuvieran entumeciéndolo cada vez que su puño chocaba contra él. Además, el Príncipe atacaba rápido y pensaba poco: lo golpeaba porque sí, sin analizar sus movimientos ni los de su rival, provocando poco reflejo a la hora de esquivar, razón que desembocaba en cada vez más bloqueo a los ataques de su rival. Buscó la mirada de Tark y supo, al contactarse con él, que no era la única que lo notaba.

—Trunks no está pensando —farfulló con desesperación.

—Es cierto... —tuvo que admitir el Líder de Clase Media—. Broly parece muchísimo más concentrado.

—¡¿Cómo es posible?! —indagó Mitis, sujetando con cada vez más énfasis a la Princesa—. El Gigante sin pupilas jamás se ha caracterizado por poder mantenerse en sus cabales durante la batalla. ¡Es absurdo...!

—No sé qué sucede, pero la humillación que Vegeta cernió sobre él parece haberlo hecho volver de la locura. —Tark movía sus pupilas, tan negras como sus ojos, de un lado hacia el otro. ¡Trunks golpeaba sin razón alguna! Estaba total y absolutamente desquiciado. ¡No se estaba comportando como lo hacía en cualquier batalla! Estaba notoriamente desconcentrado—. Está perdido en sus movimientos: su padre acaba de morir y, además...

—¡Maldito niño traumado! —masculló Mitis—. Es un guerrero demasiado inestable, siempre lo ha sido... ¡Ese siempre ha sido su endemoniado defecto! Perderá, maldita sea... ¡Perderá!

—Señora, respete a Trunks —no tardó en exigir Pan—. No le permito ofensas para quien está luchando por todos nosotros. ¡Silencio! Si no tienen nada interesante para decir, cierren la maldita boca. ¡Estoy harta de quejas! Mejor pensemos en cómo ayudarlo a concentrarse o en cómo sería la forma más prudente de meternos en la batalla, porque insultando y desvariando nada logramos.

Un silencio se produjo en torno a Pan. La niña, alimentada por la incertidumbre, había sido tajante en sus palabras. No estaba dispuesta a permitir tales faltas de respeto hacia su hombre.

Mitis intentó contenerse, cosa complicada, pero que tuvo que llevar a cabo.

—No ofendo al Príncipe, es que...

Las palabras, entonces, fueron detenidas por un desgarrador grito. Trunks acababa de caer al suelo por primera vez: Broly lo había derribado con inmensa potencia, gracias a un certero puñetazo en la boca del estómago que no había hecho otra cosa más que dejarlo sin aire en los pulmones. El pueblo quedó estupefacto ante la escena y reaccionó con verdaderos alaridos. Estamos perdidos, ya nada queda. ¡Nada puede hacerse! Broly nos desaparecerá del universo. Palabras así resonaban una y otra vez en la cabeza de Pan, quien al ver a Trunks con la mano en el pecho, seguramente luchando por recuperar el aire, palideció.

"No puede... ¡NO LO LOGRARÁ! ¡¿Qué podemos hacer para ayudarlo?!".

—¿Qué...? —susurró con lágrimas en los ojos, llamando la atención de quienes la rodeaban.

¿Dónde había quedado la fortaleza del Príncipe? ¿Y la del pueblo? Allí todo era gris, vacío.

—¡Para tu desgracia, estoy en mis cabales! —exclamó un triunfante Broly luego de aterrizar al lado del Príncipe—. Aberración... ¡Dulce aberración! Eres rápido, eres fuerte, pero no tienes lo que debe tenerse para derrotarme: sangre legendaria.

Risas, puntapiés en la boca del estómago, en el rostro, en la espalda de Trunks.

Las lágrimas de Pan no podían detenerse. ¿Qué hacer?

¿Cómo sumirlo en un nuevo estado de locura? ¿Cómo ayudar a Trunks en la casi imposible empresa de vengar la muerte del Rey?

¿Cómo?

—Confía en mí, Pan... —murmuró una voz femenina tras ella. Una mano acababa de posarse sobre su hombro derecho, provocando temblores en la muchachita—. Te prometo que yo arreglaré esto.

"No es posible...", necesitó decirse la joven en el preciso instante en que su mente le ayudó a detectar a la dueña de esa voz. Hacía tanto que no la veía, que no entrenaba con ella por las noches, que no comía sus fabulosos platillos...

—Abuela... —farfulló girando hacia su interlocutora, Chichi—. ¿Cómo...? ¿Qué...?

—Mujer, Chichi... ¿Qué planeas? —agregó Tark, siempre al lado de Pan.

Les sonrió a todos los presentes, desorbitando no sólo a su nieta sino incluso a los ancianos de la elite. ¿A qué se refería? Esa sonrisa, que decoraba bellamente su boca, dándole un semblante relajado que costaba comprender en la desesperante situación en la que estaban, no tenía un porqué. ¿Acaso planeaba algo? ¿Realmente?

—Lo arreglaré, mi amor —continuó la guerrera, sin inmutarse ante el estupor de quienes la observaban sin perder detalle—. Te juro que lo arreglaré.

Sin una palabra más, sólo con un pequeño aumento en su sonrisa, salió disparada entre la multitud. La perdieron de vista rápidamente. Pan, descolocada, asustada, nerviosa por el sinsentido de la situación, quiso seguirla, sin pensarlo demasiado, mas Tark la detuvo asiéndola del brazo. Se inclinó ante el Líder de los medios, quien le sonrió de forma idéntica a Chichi, prácticamente imitándola.

—Si es lo que pienso, muchacha... —suspiró—, si es eso lo que ella planea, entonces no te preocupes por nada: estará bien, es una excelente guerrera.

—¡¿Qué mierda sucede?! —bramó la joven. Movió sus pupilas de Tark a Trunks y viceversa repetidas veces, el nerviosismo impregnado a sus acciones—. ¡¿A qué se refieren?!

—Tark, ¿quieres explicarnos qué fue eso? —se metió Mitis, tan impresionada como sus compañeros de elite—. ¿Qué puede hacer esa guerrera? ¿Qué cosa puede ser tan determinante como para que asegure algo tan absurdo?

Tark atisbó a Trunks: cada vez estaba más en desventaja. La batalla se desequilibraba cada vez más; la balanza, del lado del Príncipe, caía en picada ante el peso de su rival.

—Puede hacer más de lo que crees, mujer —contestó—, te lo aseguro.

"Porque si planea lo que pienso, una idea magnífica que lamento no haber tenido antes... ¡Sí! Eso podría salvarnos, podría ayudar al Príncipe a obtener la victoria".

Trunks volvió a caer al suelo, derrotado por un puñetazo tremendo del Gigante sin pupilas.

"Sólo espero que se apresure...".

—No nos queda mucho tiempo...


—¡Tengo hambre! —gritó, intentando en vano, a pesar de su poder, mover los barrotes de su celda—. ¡Quiero salir de aquí, maldita sea!

—¡DEJA DE GRITAR, ESCORIA! —rugió el guardia en respuesta—. ¡Estamos por morir! No sé cómo mierda puedes tener hambre...

—¡Somos saiyan, todos tenemos hambre! —respondió fastidiado.

"¡Quiero salir! ¡QUIERO SALIR!".

¡Quería ver a Broly! ¡TENÍA que ver a Broly! Y ni hablar del Príncipe... ¡Debía ver esa transformación lo más rápido posible! Era un espectáculo del que podía ser parte; era una ocasión única de pelear, aquella cosa que más amaba en el mundo. No podía desperdiciar el momento, ¡no siendo como era él!

"Pero no hay manera... ¡Lo he intentado todo! Se me acabaron las ideas...".

—¡Ya! ¡Debemos ayudar al Príncipe! ¡Entiende, maldita sea! —espetó ante el guardia—. ¡Si no lo ayudamos, desapareceremos del universo!

Cosa que, de ser sincero, no le quitaba el sueño. Poco le importaba la raza a la que pertenecía; sólo le importaba su familia. Goten, Gohan, Videl, Raditz, ¡incluso su padre! Su nieta, su mujer...

Nadie más.

No era menester pelear por su raza; sí lo era por su familia, ¡y por él! Por ese guerrero que era, por esa sed de poder y batallas que había guiado su vida por aquel sendero tan impropio de su raza, tan impropio también de los terrícolas, pero que significaba todo para él.

Pelear, ser cada vez mejor...

No toparse con algo tan absurdo como un límite: ¡para él no existían esas cosas! Sí el esfuerzo, la auto-superación, la determinación a ser cada día mejor. Ése era Gokuh, quien para todos se llamaba Kakarotto, ese nombre que no lo representaba en lo más mínimo. Gokuh sí lo representaba, pues era el nombre que le había dado su abuelo, quien le había enseñado a pelear, quien le había transmitido más que nadie en la historia esa pasión por lo que él llamaba arte marcial. Pasión, eso era. Pelear lo apasionaba, así que en ese momento tenía que hacerlo más que nunca.

Por él, por su familia; por el Príncipe también, el que se había ganado todo su respeto desde hacía muchísimo tiempo.

Tenía que luchar... Tenía que, a como diera lugar, salir de esa maldita celda que coartaba su libertad y su necesidad de combate.

—¡¿Qué demonios...?! —exclamó el guardia luego de que un estruendo sonara demasiado cerca de su posición. Mucho más no pudo decir: una ráfaga veloz golpeó su estómago y lo lanzó al suelo—. ¡Maldita sea! ¡¿Qué mierda sucede?! ¡¿Qué fue eso...?! —farfulló desde donde había caído por ese golpe.

Frente a Kakarotto, entonces, alguien fue perfectamente visible. Sonrió efusivamente al verla luego de tantos días de agónico encierro.

—Chichi...

Ella tomó sus manos, que aún estaban fijas sobre los barrotes. Devolvió la sonrisa con emoción explotando en sus facciones.

—Te necesitamos, Gokuh —dijo dulcemente—. Sólo tú puedes ayudar al Príncipe. —Se volvió hacia el guardia, le dio una certera patada en el estómago para dejarlo sin aliento y, apurada por las circunstancias, robó el llavero de su cinturón. Un minuto después, abrazó a Kakarotto al terminar de abrir la puerta—. Sólo tú puedes ayudarlo —repitió sin soltarlo.

Kakarotto devolvió el abrazo como nunca en su vida lo había hecho. No era experto en las demostraciones de cariño, mas en aquel momento lo sentía absolutamente necesario: casi como si ella hubiera escuchado sus pensamientos, había acudido a su rescate. ¡Maravilloso!

—¿Cómo hiciste para saber que quería salir? —preguntó divertido, tomándola de la mano para salir corriendo de allí. Era difícil escucharse el uno al otro debido a los bramidos de quienes no habían corrido con su misma suerte, esos que se quedarían tras los barrotes que él ya no tenía que soportar frente a sus narices.

—Conociéndote, al sentir estos estruendos era obvio que te estabas babeando, casi como si tuvieras enfrente un platillo muy rico hecho por tu mujer.

Rieron sin dejar de correr a través de los pasillos que los separaban del exterior. Una vez fuera, Kakarotto respiró con ganas. ¡Al fin! Luego de esos desesperantes días de cautiverio, finalmente estaba fuera, chocándose con el viento, alumbrado por la luz, bajo el eterno cielo rosado de Vegetasei. Al fin libre, aunque el disfrute no tuvo derecho a extenderse: pudo atisbar, desde la parte trasera del Palacio, dos resplandores, uno dorado y el otro verdoso, revolviéndose por sobre sus cabezas. Los vio: el Príncipe Dorado y el Gigante sin pupilas se batían a muerte con un poder tan mortífero como escalofriante. Sus ojos brillaron obnubilados por lo que vislumbraban. La emoción le subyugó las venas: una batalla, LA batalla.

—Esta es la situación. —Chichi le habló al oído para así poder hacerse escuchar; demasiados ruidos, de la gente y los combatientes, atiborraban el entorno—. Escúchame, por favor. Dependemos de ti, mi Gokuh.


"Maldita sea...".

Trunks se levantó como pudo, ayudándose con su espada para hacerlo. La clavó en el suelo y depositó su fuerza en ella para lograr que sus piernas se enderezaran. Una vez estuvo de pie, observó a su rival.

—Estás perdiendo, aberración. ¿Por qué no te rindes? —espetó Broly ante él, tan irónico que resultaba repugnante.

Intentó ignorarlo, cosa que no logró. Tenía razón y lo sabía. Su velocidad ya no era de ayuda, esto a pesar de que la herida que Broly tenía en el brazo, regalo del Rey antes de morir, se veía cada vez peor. Sin duda le dolía, pero su poder era demasiado superior gracias a ese estado que sólo él podía alcanzar. Por esto, la diferencia, con el correr de los minutos, mutaba hacia lo que era: abismal.

¿Qué debía hacer? Respiró con dificultad, adolorido como nunca antes en una batalla. Estaba demasiado acostumbrado a ganar como para soportar esa situación. ¡Estaba perdiendo! Y él jamás en su vida había perdido. No lo toleraba, no lo entendía. No estaba acostumbrado a perder... ¿Qué podía hacer? ¿Tenía alguna opción a su alcance?

—¡Mi cordura es tu condena, aberración! —bramó el Gigante sin pupilas—. Pronto te verás como ese cadáver putrefacto. —Señaló hacia donde descansaba su padre, aún cubierto por su capa roja y negra.

"Papá...".

La puntada que aconteció en su pecho le quitó el aliento. Estaba demasiado consternado por todo lo sucedido en tan poco tiempo, tanto que no lograba pensar. No sabía qué hacer; lo único que sabía era que debía ser fuerte, que debía derrotarlo para así vengar a su padre, además de salvar a su raza de la extinción. Ganarse el corazón del pueblo por medio de su poder, de la fortaleza de su sangre... Debía demostrarles que él, el Príncipe Trunks de Vegetasei, era tan saiyan como ellos, cosa que ya evidenciaba su cabello dorado y sus ojos turquesas, pero que aún no estaba consumada del todo: era un híbrido, sí, y por ello no era menos que lo demás.

Debía demostrarle a la sociedad que no se trataba de razas, de poderes, ni siquiera de clases; se trataba de esfuerzo, de fortaleza, de amor por las batallas, de dedicación absoluta a la esencia de su poder.

Se trataba de ser saiyan, de pelear como uno, de portar la fortaleza de uno.

De ser, de hacer, de pelear. No desear más que algo se cumpliera; luchar por sus objetivos con toda la fuerza que portaba en sus venas.

Ser saiyan...

Atacó a Broly con actitud renovada, mas no bastó: el Guerrero Legendario volvió a derribarlo y lo golpeó mientras se retorcía de dolor en el suelo. Pisó su cabeza inclinada hacia la izquierda, haciendo que la batalla tomara un inesperado giro dramático. Desde su posición, pudo atisbar a Pan, quien lo atisbaba de igual forma: desesperada.

Las fuerzas lo abandonaban, la determinación resultaba no ser suficiente...

¿Acaso todo había sido en vano?

¿Acaso no tenía lo que hacía falta para ganar?

—¡MORIRÁS, ENGENDRO!

¿Acaso...?

... tengo un sueño muy grande que quiero cumplir...

¿Qué sueño?

Tener hijos contigo...

Tendremos tiempo para demasiadas cosas siempre y cuando salgas victorioso mañana.

Lo haré... Por ti, Pan.

¿Acaso...?

Vio lágrimas en los ojos negros de su mujer, de esa con quien quería compartir todo: el cuerpo, el alma, todo lo que simbolizaba su existencia. Quería luchar por ese sueño, por ese y otros tantos...

Quería hacerla feliz...

No quería verla llorar...

—Pan... —murmuró en un hilo de voz, imperceptible incluso para su rival.

¿Entonces así acababa la historia? ¿Con su raza muerta por un maldito y miserable monstruo? ¿No había ninguna esperanza? ¿Todo había sido en vano...?

¿Acaso no podría ser feliz con ellas, con su mujer y su hermana?

Broly apretó más fuerte su cabeza, hundiéndolo en la superficie.

—¡ABERRACIÓN! No paro hasta matarte, infeliz... ¡MORIRÁS! ¡Me aburres tanto que es mejor terminar con esto pronto! Así podré encargarme de todos estos imbéciles... ¡Vamos, muere ya, basura!

Las fuerzas se iban, nada tenía sentido. Soltó su espada, que hasta ese momento sujetaba con fuerza en su mano derecha, contra su voluntad.

No había esperanza, no había salvación...

—¡MUERE!

Vio, a pesar de los hilos de sangre que nublaban su vista, cómo Pan intentaba correr hacia él, cosa que Gohan impedía.

—¡TRUNKS, NO!

—¡Príncipe...! —Tark empezó a correr hacia él, pero por algún motivo se detuvo a mitad de camino.

¡Todos estaban paralizados, desencajados, perdidos en medio de la oscuridad de la ignorancia! No necesitaba verlo, pues lo percibía con cada célula de su cuerpo. Querían ayudarlo, lo sabía, lo veía en los ojos de los más cercanos a su persona, mas nadie se atrevía, nadie sabía cómo hacerlo. No había fortaleza suficiente; la acción inconsciente y enceguecida de añares de tradición, de no inmiscuirse en una batalla ajena, como la que él protagonizaba con Broly, imperaba. ¿Cómo no hacerlo? Aquellas ideas absurdas que se instalan en las sociedades despedazan las esperanzas del pueblo de cambiar. Había tantas maneras de cooperar los unos con los otros, de luchar juntos en pos de una realidad a la talla de tan maravillosamente poderosa sangre; sin embargo, allí estaban, imposibilitados de ayudar, de reaccionar. No podían hacerlo porque no entendían cómo hacerlo. No podían ir contra siglos de cultura, ideas y costumbres de un segundo al otro.

No era tan fácil dejar todo de lado y meterse, combatir, ayudar al prójimo en vez de presenciar su muerte como si esto fuera, sencillamente, inevitable.

¿Era en verdad inevitable?

—¡TRUNKS! —chilló su mujer.

—¡MUERE! —sentenció quien aparentemente sería su verdugo.

Más fuerza sobre su cabeza, que sintió pronta a explotar. Todo se anulaba, se oscurecía. Pan resplandecía cada vez más, gracias al amor que todo su ser le inspiraba en ese instante que, aparentemente, era uno de los últimos de su vida.

Muere, Trunks. Muere, aberración. Broly susurraba con diabólica felicidad esas palabras, una y otra vez, sin detenerse, sin flaquear.

Disfrutaba cada sílaba que pronunciaba con perverso placer.

Muere, muere, muere... ¡Aberración!

Aberración...

Muere...

Y la fuerza que el Gigante hacía sobre su cabeza, de pronto, se detuvo.

Toda la población se mostró estupefacta. ¿Qué era lo que había ocurrido? A pesar de estar debilitado y adolorido, pudo notar la impresión enfermiza en cada persona que estaba al alcance de su vista. ¿Acaso alguien había traspasado la barrera de los añares de tradición?

¿Acaso alguien, al fin...?

—¡KAKAROTTO!

El bramido de Broly fue tan fuerte que lo ensordeció. Pan llegó a él un segundo después, lo abrazó, lo besó en los labios y, con ojos llorosos, le sonrió.

—Vamos, principito... Sé que puedes. —Lo besó una vez más, intentando de forma desordenada despabilarlo, alejarlo de lo desesperante de la batalla, de la muerte que casi había logrado tocarlo de un segundo al otro—. Vamos, mira, ¡mira!

Amó a Pan por mostrarse tan emocionada frente a él, y siguió su vista, topándose con aquel que acababa de salvarlo: Kakarotto.

Broly estaba sobre el suelo, un hilo de sangre había bajado por su mandíbula, signo de un demoledor puñetazo. Kakarotto, de pie frente a él, apretaba sus puños, sonreía, respiraba con énfasis.

—¡Hola! —saludó al Gigante sin pupilas—. Nunca entendí muy bien por qué siempre te caí tan mal, pero bueno, en fin... ¡No hay tiempo de averiguarlo! Necesito que pierdas la razón. —Dicho aquello, se acercó a él y lo pateó, haciéndolo volar por los aires. Una vez lo vio en el cielo, voló hacia él e inició un combate cuerpo a cuerpo.

—¡KAKAROTTO! —Broly golpeó repetidamente, sus venas más desencajadas por debajo de su piel, los ojos más blancos que nunca producto de la nulidad.

No había allí posibilidad alguna de cordura.

—¿Qué sucede...? —farfulló Trunks sin dar crédito a lo que veía. Pan lo sujetaba entre sus brazos.

Tark se acercó a la pareja, aunque sin dejar de avistar lo que sucedía entre Broly y Kakarotto.

—Nacieron el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar... —explicó lentamente al Príncipe, sin mirarlo ni por un instante; tampoco daba crédito a lo que veía—. Broly lo odia, siempre lo ha odiado... Broly pierde la razón, sin excusas, cada vez que ve a Kakarotto.

Éste, justo después de que Tark lo nombrara, cayó al suelo derrotado.

Trunks, con más adrenalina que nunca por lo inesperado de los acontecimientos, se puso de pie y corrió hacia Broly; lo detuvo justo antes de que le lanzara un rayo al Clase Baja. Desvió el ataque con un energy-ha, ayudó al abuelo de Pan y, cuando se miraron el uno al otro, supo que ambos estaban debilitados; a pesar de ello, en Kakarotto captó algo fascinante: la fortaleza. Allí estaba, tan explícita que era contagiosa.

—Contágieme un poco, por favor —pidió—. Necesito un poco de su fortaleza.

Broly se abalanzó sobre ambos.

—¡KAKAROTTO!

¡Lo había golpeado, lo había derribado! ¡¿Cómo mierda se había atrevido a hacerlo?! Lo odiaba; odiaba a Kakarotto como si ese odio fuera la razón de su existir, como si ambos estuvieran unidos por ese sentir, como si fueran dos caras de la misma moneda, una llena de ese odio, él, y una llena de bondad, ese maldito desgraciado que le sonreía, feliz por pelear con él, como si su insignificante fuerza estuviera a su nivel.

¿Entonces, si Kakarotto no estaba a su nivel, cómo había logrado tumbarlo de un puñetazo?

¿Eso significaba que...?

Adiós cordura.

—¡KAKAROTTO! —Lo atacó, llevándose por delante también a Trunks, que no estaba a la vista para el enceguecido Guerrero Legendario, pero que seguía allí, más presente que nunca.

El Príncipe y su compañero de batalla fueron barridos por la potencia del Gigante sin pupilas, cual polvo. La gente empezó a gritar, aún paralizada. Cuando Trunks, más rápido y fuerte que Kakarotto, logró de ponerse de pie y reanudó el combate con Broly, el abuelo paterno de Pan hizo estallar su poder. Con esto, llamó la atención de todos.

—¡ESCUCHEN! —bramó con todo el volumen que le permitió su garganta—. ¡TENEMOS QUE AYUDAR AL PRÍNCIPE TRUNKS! ¡Si no lo hacemos, moriremos! ¡TODOS!

—¡No podemos meternos en una batalla ajena! —afirmó alguien a lo lejos.

—¡No tenemos poder suficiente!

—¡Nos matarán!

—¡No vamos a morir en vano!

Tantos gritos a la vez se volvieron un ruido que bajo ningún aspecto resultaba comprensible.

—¡DEBEMOS ARMAR UNA ESTRATEGIA! —se metió Tark mientras Kakarotto iba a ayudar a Trunks, quien si bien estaba en un momento muy lúcido, tenía demasiadas dificultades para aguantar a Broly—. ¡Como cuando derrotamos a la elite traidora de Nappa! ¡Peleemos todos juntos!

—¡Nappa era uno más! ¡BROLY ES UN MONSTRUO! —aseguró alguien por ahí, seguido por un conjunto de voces que se agolparon en el aire a la vez, perdiéndose las unas por causa de las otras.

—¡MORIREMOS!

—¡ABSURDO! —se metió Keu, el anciano de Clase Alta—. ¡TARK TIENE RAZÓN! Debemos pelear todos juntos, ¡de esto depende nuestra sangre!

Más gritos, más ruido ensordecedor.

—¡¿CUÁNDO NOS VOLVIMOS TAN COBARDES, MALDITA SEA?! —intervino Mitis, aún con Bra entre sus brazos—. ¡DEMOSTREMOS QUIÉNES SOMOS! La juventud ignora cómo éramos: les hemos dado un pésimo ejemplo. Por nuestro error, ahora nadie sabe qué hacer, nadie es capaz de meterse porque les hemos enseñado que el estúpido orgullo es más que nuestra sangre... ¡Y NO ES ASÍ, MIERDA! ¡Me costó tanto, pero al fin puedo entenderlo, discernirlo!

—¡DEBEMOS PELEAR! —gritó Tirm, uno de los pocos jóvenes que se puso a favor de la idea de Kakarotto—. ¡VAMOS, SAIYAN! ¡PELEEMOS JUNTO AL PRÍNCIPE!

—¡PELEEMOS, SÍ! —exclamó repentinamente, sumándose a las voces a favor, un entusiasmado y agitado un Raditz recién llegado, tan determinado como su hermano a luchar como nunca lo había hecho.

El griterío hizo que Pan se tapara los oídos. ¡Ese ruido era insoportable! Pero había dado resultado: una horda de saiyan se dirigió al Gigante sin pupilas, entre los que pudo reconocer a su abuela Chichi, Tark, Raditz, su mujer, Tirm, Glomt, Keu, el pequeño Net, ¡tantos vecinos de su clase también! La gran mayoría de los más respetados ancianos de Clase Alta, parte del equipo científico de Tark... ¡Tantas personas! Tantos saiyan orgullosos, pero no de sus propios egos, sino de su sangre, la única que realmente contaba. Era la sangre, no el ego, lo que debía imperar de allí en más. Los saiyan orgullosos de su sangre, de su Realeza, de su pueblo.

Nada más, nadie más: las cicatrices de un mundo que no los entendía; ésos eran los saiyan.

Sonrió, más orgullosa que nunca de ser parte de esa maravillosa cicatriz.

Se dispuso a ir hacia Broly, quien repartía golpes estúpidos, vacíos de razón, aunque fuertes, que fueron derribando a varios de los que lo habían ido a atacar; al impulsarse para salir volando, necesitada de cooperar con su sangre, Mitis y sus padres la detuvieron.

—No, Pan —dijo su padre, sonriente a pesar de todo.

—Debes quedarte con Mitis, hija —siguió su madre.

—Pero...

¿Qué intentaban decirle?

Vislumbró la batalla: cadáveres se desprendían de aquella bola de poder, de esa cantidad de guerreros saiyan que rodeaba al Guerrero Legendario, sin clemencia en sus actos, atacando sin cesar hasta desfallecer. La bola iba disminuyendo su tamaño y sólo permanecían en pie los de siempre: Tark, su abuelo, los ancianos de Clase Alta, su hombre. Trunks estaba debilitado, lo sabía, pero no claudicaba: peleaba con una velocidad tan infernal que opacaba al resto; brillaba tanto que anulaba al universo. Apretó los puños enfurecida.

—¡Debo ayudar a Trunks! ¡NO ME PONGAN EN ESTE LUGAR QUE ODIO, EL DE PRINCESITA EN APUROS! ¡NO LO SOPORTO!

—¡Entiende, muchacha! —Mitis la miró fijamente a los ojos—. Tienes que estar a salvo, tú y esta muchacha gritona que sujeto. Si a ustedes les pasa algo, el Príncipe no podrá soportarlo. ¡Es por su bien! El bien de ustedes dos, niña... ¡Entiende! Ya lo viví; no quiero que te pase lo mismo.

"¿Eh?".

Sin entender qué intentaba decirle Mitis, no pudo reaccionar a tiempo: sus padres la abrazaron.

—Estaremos allí por ti, hija —afirmó Gohan en nombre de ambos justo antes de que salieran volando hacia el epicentro de la batalla.

Luego, quedó mirar perpleja la Plaza Central de Reuniones: cada vez se acumulaban más y más cadáveres. Debían ser más de cien. Tembló al descubrirlo.

—Es una masacre... —farfulló horrorizada.

—¡Pero mira, muchacha! —Mitis señaló hacia la batalla—. Ellos están luchando con todo, y Broly, lentamente, empieza a ceder.

—¡KAKAROTTO!

Era lo único que Broly bramaba. Y una y otra vez. Estaba desquiciado, tapado por rayos, puñetazos, patadas; por la sangre que se iba acumulando sobre su piel debido a las heridas —lejos de ser mortales— que los guerreros lograban hacerle. Estaba tan fuera de razón que costó, a partir de descubrirlo así, recordar instantes anteriores de la batalla, donde él se mostraba tan en su eje, pensante, inspirado para una buena estrategia.

—Está loco: esta es nuestra victoria —afirmó una Mitis visiblemente aliviada.

—¡Pero si tiene más poder que nunca! ¡¿De qué mierda está hablando?! —espetó la muchachita, furiosa por lo estúpido que, sinceramente, le había parecido el comentario de la antigua elite.

Mitis ni se inmutó por lo impetuoso de su actitud: se sonrió como sólo un saiyan sabía hacerlo, arrogantemente, orgullosamente.

—No sabe lo que está haciendo, a eso me refiero. ¡Mira cómo ataca! Pega a lo bruto; no es capaz de analizar, de armar una estrategia... Ver a Kakarotto lo enfurece tanto que pierde la razón sin que nada pueda devolvérsela. Perderá a la larga...

—... Si es que ellos aguantan.

Se miraron la una a la otra y, después, hacia el combate: Broly seguía derribando enemigos como si éstos fueran basura, con una facilidad que lastimaba.

—¡AGUARDEN! —Trunks, de repente y para sorpresa de absolutamente todos, detuvo el combate—. ¡ABAJO, AHORA!

Sin entender demasiado pero genuinamente fascinados por el poder del Príncipe, los guerreros que luchaban con él lo obedecieron a rajatabla. Se alejaron de Broly para aterrizar en el suelo, entre los cadáveres, ante las caras de consternación de mujeres, niños y ancianos que no habían participado por pedido de los patriarcas de las familias. Broly fue tras Kakarotto, pero al ver su intención, Trunks lo interceptó con un certero energy-ha que lo dejó unos valiosos instantes sobre el suelo, fuera de combate.

—¡Escúchenme! —pidió el joven, intentando lucir calmado, estado que no lo describía en absoluto—. ¡Estamos atacando igual que él! Debemos hacerlo ordenadamente, pensando en lo que hacemos.

—¡Hacemos lo que podemos! —gritó un hombre desde algún lado.

—Príncipe, es un monstruo... —afirmó Chichi, debilitada por los varios ataques que había recibido por causa del enemigo.

Kakarotto se acercó a su mujer y revisó una herida de su brazo. Al encontrarla bien, se concentró en Trunks:

—No hay mucho tiempo... —Atisbó a Broly; éste, mostrándose más invencible que nunca, empezaba a ponerse de pie—. Poco a poco lo debilitamos, pero...

—¡TE MATARÉ! —bramó de repente, sin embargo, el Gigante sin pupilas, volando a toda velocidad hacia Trunks, cosa que Kakarotto estuvo dispuesto a evitar, aunque sin éxito: alguien llegó primero.

Un cuerpo entrenado al límite se interpuso entre Trunks y el Guerrero Legendario, y un poderosísimo ataque que todos reconocieron al instante se incrustó en el rostro de Broly. Si bien no lo detuvo para siempre, sí durante por lo menos un minuto. Ese ataque era famoso en la sociedad saiyan, pues su dueño era uno de los guerreros más respetados, incluso por muchísimos Clase Alta. Era Bardock, y su ataque el inolvidable Cañón espiritual, que tanto enemigo había derrotado durante la guerra con Freezer. Pan se sorprendió al verlo de pie, con ese porte tan suyo, tan apasionado; la actitud avasallante de su bisabuelo estaba intacta, era idéntica a la de siempre. Ése era Bardock, el verdadero Bardock, no aquel guerrero estupefacto que permanecía de rodillas sobre un campo de batalla que no estaba utilizando, incrédulo de lo que sucedía, de todo lo que acontecía frente a sus ojos.

Supo, mientras esbozaba una sonrisa, que lo que acababa de suceder era una buena señal. No tenía motivos para afirmar algo así, pero lo sabía. Cuando ese héroe que era su bisabuelo tomaba así la iniciativa, era para bien. Siempre era para bien...

Este día, se dijo, no sería la excepción.

—Están haciendo todo mal —espetó de pie frente al Príncipe, a quien le daba la espalda. Todos los partícipes de la batalla se apostaron detrás del híbrido dorado, expectantes por causa del Líder de Clase Baja—. Para ganar esta batalla, sólo tenemos una alternativa. —Rió brevemente, aún de espaldas al resto—. No es mi estilo, odio las armas que no son puños, pero creo entender cómo funciona este monstruo. Sólo servirá algo que le pertenece al Príncipe. —Volteó finalmente hacia éste; su rostro era un mar de misterios, enigmas imposibles de descifrar—. Su espada, ¿acaso no lo ha pensado? Su espada corta todo lo que exista, es la mejor espada, la de los guerreros del planeta Konnatsu. —Esperó a que Trunks dijera algo, lo que fuera, pero al no obtener respuesta, un tanto fastidiado por ello, prosiguió—. Debe cortar a Broly... Es la única alternativa. No es nuestro estilo de combate; aún así, lo único que me importa en este maldito instante es proteger la sangre que corre por las venas de todos nosotros... Si Broly sigue repartiendo ataques a todo lo que ve en movimiento todos terminaremos muriendo, así que, para no lamentar víctimas, desgraciadamente debemos actuar rápido. —Volteó del todo, elevó sus manos, gritó—. ¡POR NOSOTROS, LOS SAIYAN! ¡Por estas cicatrices del mundo! ¡Por estos guerreros ultra poderosos...! ¡ES POR NOSOTROS!

—¡Por nuestro futuro!

—¡Por el honor de nuestra sangre!

—¡Por todas las batallas que aún no hemos librado!

Trunks se atrevió a sonreír; había captado el mensaje del bisabuelo de su mujer. Esa sonrisa simbolizaba exactamente lo que Bardock interpretó: un agradecimiento por pensar en medio de esa batalla del sinsentido, de la fuerza bruta, de la no-estrategia.

—¡POR NUESTRA SANGRE! —bramó con potencia, tomando el mango de su espada violentamente—. ¡GANAREMOS!

La estela dorada explotó entorno a él. Los guerreros que lo acompañaban lo observaron con asombro; aún no se acostumbraban a ese poderío, al resplandor; no se acostumbraban a verle el rostro al Príncipe, que resultó, de repente, ser idéntico a su padre, sin las famosas deformaciones que siempre se habían mencionado que tenía. Nada de eso había en esa cara copiada a la del Rey: era un saiyan, el más saiyan de todos. Al ver la admiración de su pueblo, tanto los que participaban en el ataque como los que no, sintió cómo un torrente de alegría llenaba sus venas. Respetado, admirado, temido incluso; en sus ojos no había rechazo.

Al fin, no lo había.

Desenvainó la espada inmediatamente, determinado a hacer lo que debía.

—¡Ataquemos a distancia!

Vengar a su padre.

Una estela de rayos explotó sobre la piel del Guerrero Legendario, que aún intentaba razonar, sin éxito.

"Vengar a papá, a mamá, a todos los que murieron por culpa de esta maldita mentira...".

Arreglar todos los errores; extirpar los pecados ajenos, demasiado pesados éstos, que cargaba en su sangre.

"Sucedieron tantas cosas atroces por culpa de este secreto...".

Broly lo miró desde la distancia, como si supiera lo que estaba dispuesto a hacer. El tiempo pareció detenerse; los destinos parecieron marcarse el uno al otro.

"Sucedió tanto por un híbrido que no tenía la culpa de ser diferente...".

Un híbrido inocente, un niño cuyo destino manchado por la muerte en el preciso instante en que la sangre de su madre había caído sobre él no tenía la culpa de nada. No era culpable de ser diferente. ¡No era su culpa! Y tantos habían muerto por su mera existencia. Incluso él mismo había estado dispuesto a morir, tentado a cortar más sus muñecas con los pedazos del espejo roto con sus manos. La tentación de morir, de no soportar más la agonía de vivir bajo un cielo que no lo reconocía como un saiyan verdadero; y todo parecía, al fin, encaminarse hacia donde debía.

Se acababa de ganar el respeto de sus pares, había encontrado a su hermana, se había unido a su mujer...

Todo tenía sentido, todo había valido la pena.

Observó el cielo justo antes de dar la orden para que los rayos hacia Broly se detuvieran. Un presagio, eso era. ¿Malo o bueno? ¿Trágico o realmente feliz? ¿Qué estaba a punto de suceder? Titubeó por un instante, pero entonces pudo ver a Pan a varios metros de él. Ella no le quitaba los ojos de encima, desesperada por todo lo que ocurría. Supo que debía hacerlo sin importar el final; supo que su vida sin la de su mujer y su hermana no valía nada...

Por ellas dos, en realidad sí valía la pena morir.

Sí, así era...

"Todo vale si ellas dos están bien".

Y estaba dispuesto a conseguir que nada les pasara a como diera lugar, incluso si debía dar su vida a cambio.

Dentro del Gigante sin pupilas, por otra parte, una voz bramaba. ¡Despierta! ¡Debes despertar! ¡No mueras tan indignamente! ¡No puedes morir de forma tan humillante y por causa de unos seres tan inferiores! ¡No pues morir! ¡No debes morir! ¡No así!

"No así...", pensó. Algo en él volvió en sí. No todo, pero sí algo. Luchaba por recobrar el sentido, para entender qué estaba sucediendo, por qué estaba sucediendo y contra quién o quiénes estaba sucediendo. Veía, olía y sentía a Kakarotto, sabiendo que no debía dejarse llevar por ese odio irracional que le nacía en lo más hondo de su alma putrefacta cada vez que estaba en presencia de él. Lo odiaba, lo desquiciaba sólo saber que existía, mas no: debía salir de su escondite.

En su interior, los bramidos proseguían. ¡Piensa! ¡No debes perder! ¡No contra estos seres inferiores! ¡No contra el imbécil de Kakarotto! ¡No contra este pueblo que no merece compartir la sangre contigo! ¡No contra esa aberración!

La aberración, hijo de una insulsa humana y el Príncipe más fracasado de la historia de Vegetasei.

La aberración...

Se miraron, conscientes de que la batalla estaba a punto de culminar. Trunks no sospechaba de la repentina cordura de Broly, y éste no sospechaba del ataque final que el Príncipe iba a aplicarle para derrotarlo. No sabían, pero sí sabían. Había llegado el momento, la definición.

El camino de por lo menos uno de ellos se desdibujaría de la senda de la vida. Todo acabaría, todo se transformaría.

—¡Deténganse! —suplicó Trunks. Cuando los guerreros cesaron en lanzar rayos de energía contra el Gigante, habiéndolo debilitado lo que él creía suficiente, avanzó.

El tiempo sólo fue un segundo; al siguiente, la batalla ya había finalizado. Todos contemplaron el final con asombro, sin comprender qué estaba sucediendo; no digerían el desenlace. Antes de los gritos que prosiguieron al final, esos venidos de un pueblo conmocionado por los sucesos que, sabían, acababan de sellar sus vidas para siempre, dos guerreros vieron ese segundo en cámara lenta. El segundo duró mucho más para ellos.

Nada más había en el campo de batalla, sólo un gigante desencajado por la furia y un guerrero dorado portador de un cúmulo de sentimientos demasiado pesados para una sola espalda. Se batieron a duelo, ignorando a quienes los rodeaban, sintiéndolos, mas no incluyéndolos en la escena que estaban protagonizando. Saltaron al mismo tiempo, fatalmente sincronizados, y se encontraron en el cielo frente a frente. Se miraron a los ojos una milésima de segundo, presagiando todo, absolutamente todo lo que seguía. En la mano derecha, la única sana, del gigante, una poderosa bola de energía brillaba con potencia cegadora; en las manos del guerrero dorado, la fortaleza daba brillo a la mortal vaina de su espada, aquel preciado trofeo de guerra, su fiel compañera de años de sangre y devastación externa e interna. La boca del gigante mostró los dientes, orgullosa, más saiyan que todo el pueblo que, sin que ellos lo supieran a pesar de tener la posibilidad de saberlo, observaba absorto; la boca del guerrero dorado también mostró los dientes, aunque en sus gestos no había orgullo, sino fortaleza, la verdadera esencia de un saiyan: la fortaleza de su carácter, de sus puños, de absolutamente todo su ser.

La vaina fue hacia el cuello del gigante; la bola de energía hacia la espalda del guerrero dorado.

Dos gritos guturales se escucharon, exclamaciones del poderío infinito, pero uno, rápidamente, cesó. El guerrero dorado se vio manchado de sangre ajena, de la de su contrincante. La vaina cortó el cuello, voló la cabeza del gigante por los aires, hizo explotar las venas de éste, desatando aquella lluvia que manchó a quien aún vivía.

La victoria bañada por la sangre de la derrota, metáfora saiyan, de todo lo que significaba tener ESA sangre, la de los guerreros más poderosos del universo.

Pero era tarde.

El guerrero dorado lo sintió: el impacto de la bola de energía fue al mismo tiempo, exactamente en el mismo momento de su ataque. La bola se posó sobre la piel de su espalda y ahí mismo explotó, destrozando la funda de la espada que colgaba de uno de sus hombros. En carne viva, justo igual que a su padre.

La espada cayó al suelo.

El cuerpo inerte del gigante también.

Paralizado, el guerrero dorado, con pulso tembloroso, tocó su cintura. Al regresar la mano hacia el frente, al ver la mano roja por causa de su sangre, sólo atinó a una sola cosa.

"Pan...".

La vista se nublaba instante a instante, mas pudo encontrarla. Paralizada en el campo de batalla, Gohan y Videl la sostenían con todas sus fuerzas. Ella lo miró, clavó sus ojos en él, mientras él descendía lentamente, aunque sin tocar el suelo.

El resplandor dorado empezó a apagarse poco a poco.

La miró, la estudió, la memorizó.

"Pan...".

Y a su lado, su hermana en brazos de Mitis.

"Bra...".

Ambas, las dos personas más importantes de su vida, estaban bien.

Esbozó una sonrisa.

"Cuídala, Pan...".

—Cuídala, mi amor... —farfulló sin voz.

Y el cuerpo cayó.

El corazón de Pan se detuvo, su cuerpo se paralizó, su garganta se vació. Escuchó llantos, gritos, bramidos retorcidos, mientras el pueblo se acercaba al último descendiente de la Realeza que desde hacía cientos de años mantenía aquella tradición con el pueblo. Fortaleza saiyan, orgullo, la sangre antes que todo lo demás.

Su boca se abrió, pero no pudo proferir palabra alguna. Trunks, su hombre, la otra parte de su existencia, había caído.

Caído, herido, con la espalda en carne viva...

Trunks, su todo, caído...

—¡NO!

Y nada más se escuchó.


Nota Final del Capítulo XXXVI

No importa cuántas veces diga "perdón"; nada alcanza para pedirles disculpas por la inmensa tardanza de este update. Tuvieron que pasar casi diez meses, lo sé... Por eso disculpas a todos los que leen este fic, que lo comentan, que se apasionan leyéndolo. ¡GRACIAS POR LEERME! Gracias por las más de mil visitas que "Pecados..." recibe al mes, por los 375 reviews, por los favoritos, por seguir el fic...

Gracias; las palabras no me alcanzan, me limitan más que nunca cuando se trata de expresarles mi gratitud. =)

Déjenme explicarles qué hizo que me atrase tanto:

A lo ajetreado de mi vida real se sumaron dos cosas: la primera fue mi nuevo trabajo. ¡Estoy tan feliz! Creo que si vinieron leyendo las notas finales saben que estuve buscando trabajo estable. Finalmente se me dio y estoy muy contenta, realmente lo necesitaba, no sólo por el dinero, sino por sobretodo por una necesidad de mantenerme ocupada, de hacer una vida más sana. Esto logró que acomode mis tiempos para todo lo demás, como por ejemplo la universidad, donde hace un par de semanas acabo de terminar mi mejor cuatrimestre desde que empecé la carrera. El trabajo me hace muy bien, y la depresión que me tenía agarrada bien fuerte por no encontrar uno estable desde hacía un año y medio, lejos de las suplencias que venía cumpliendo en otra parte desde hacía tiempo, me aliviaron en demasiados aspectos de mi vida.

El otro motivo es "Triángulo": estoy demasiado enamorada de ese fic. Sé que "Pecados..." le gusta más a la mayoría y entiendo perfectamente todos y cada uno de los motivos que hacen de este fic y no el otro el mejor que tengo; sé que son distintos y es "Pecados..." es que más cerca está de DB, eso a pesar de ser un AU. El problema es que la inspiración es caprichosa, aunque no sólo eso: hay etapas para cada cosa en la vida, y hoy por hoy tengo ganas de escribir un fic distinto a este. ¡Ese es el tema! Hoy por hoy, la pasión que siento por escribir está totalmente volcada a los sentimientos que imperan en "Triángulo". Cuando una escribe, no se trata de dedicarle todo a la «mejor» historia, sino a la que mejor le hace escribir. Hoy me siento atada a "Triángulo" y no a "Pecados...", esa es la verdad.

Renegué MUCHO con "Pecados...", porque lo amo y, al mismo tiempo, lo odio. Siento que podría ser muchísimo mejor, pero que no me alcanzó todo el esfuerzo para demostrar cuánto más siento que podía dar. Pienso que es inferior a lo que me hubiera gustado hacer, como un dibujo donde la mano quedó muy grande, el ojo muy chico y la cabeza desproporcionada con el resto del cuerpo. Eso es "Pecados..." para mí: un dibujo lleno de errores, pero que aún así tiene magia, por lo menos para mí la tiene. El problema estos meses fue que me costó muchísimo reencontrarme con esa magia que siempre le sentí al escribir cada escena. Me costó, tuve que reflexionar mucho, pasar horas frente al documento de Word a la mitad, pensar y pensar en vano, porque no lograba ver las escenas, no podía visualizarlas, no quería visualizarlas. No sentía lo que escribía, lo cual para mí equivale a la nada misma. Quería distenderme, alejarme de este dibujo imperfecto y concentrarme en otra cosa, en otro dibujo que, si bien tampoco es perfecto, hoy me apasiona más que ningún otro. Pido disculpas por mi egoísmo, entonces, porque realmente no tenía ganas ni inspiración.

No valía la pena actualizar si no me reencontraba con esa magia, porque si lo hacía el capítulo hubiera sido un desastre lleno de incongruencias y escenas vacías. No quería eso, porque Uds. no se lo merecen. A pesar de que este fic sea para mí un dibujo lleno de errores, lejano a la armonía que me gustaría que tuviera, sé que a la gente que está del otro lado, que firmó, que releyó, que pidió un update durante todos estos meses de silencio, le gusta. Si les gusta, no tengo nada más que decir. Si les gusta, algo bueno debe haber entre tanto error.

Si les gusta se los agradezco. ¡GRACIAS! Gracias para siempre.

"Pecados..." es un antes y un después para mí; es un punto de inflexión en demasiados aspectos. Durante estos casi cuatro años me sucedieron tantas cosas y mi vida cambió tanto que cada vez que releo veo un pedacito de todo lo que fue sucediendo, un pedacito de mí misma... Amo a "Pecados..." a pesar de renegarle tanto, porque es tanto el amor que le tengo y tanto lo que me obsesiona expresarme, que la castigué muchísimo. La corregí, la abandoné, la volví a corregir, la seguí abandonando...

Ahora, mientras escucho una buena canción y recuerdo tantos reviews que me dejaron, tantos mensajes de apoyo por Facebook, tanto cariño por pm, por mail, siento que encontré a la magia, que soy capaz de convertirla en un capítulo, que aún puedo ser la que en una época escribía impetuosamente este fic.

Espero les guste. Acá, como siempre, les dejo todo lo que tengo. Perdonen los posibles errores, las falencias de la historia, los caprichos, el angst extremo... Perdonen todo, y GRACIAS por leer este disparate hecho fanfiction.

Gracias, en serio. Gracias totales. =')

Seguí con el asunto de la estrategia. Creo que Broly era un rival demasiado fuerte para ser subestimado, por lo cual pienso que la forma más factible de derrotarlo es pensando y no tanto golpeando. Armé todo esto teniendo ese detalle sumamente en cuenta. Quise que todos colaboraran porque creo que los saiyans tienen talento para la estrategia.

Quiero dedicarle este capítulo a Dika, quien nunca dejó de pedir la resurrección de Vegeta. XD ¡Gracias por siempre tener tan buena onda, hermosa! Por leer este fic aunque odies a Pan, aunque no sea "tu estilo", por darle una oportunidad a pesar de todo... =)

En general, quiero dedicárselo a todos los lectores que, al igual que ella, se sumaron en estos diez meses. ¡Mil gracias por leer! ¡GRACIAS!

NOTA APARTE: mañana edito bien esta nota final. Ahora estoy agotada... XD

¡Sin falta! Hay más cosas por aclarar. =)

Les mando un beso enorme... ¡Gracias, mil gracias, por estar del otro lado!

¡Nos leemos! =D


Dragon Ball (c) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation.