Buen día para todos los lectores y visitantes de mi fic. Espero que el nuevo capítulo les guste y como siempre, agradezco todos sus comentarios y su apoyo. Si dios me lo permite, creo que tendré más tiempo de contestar de manera personalizada, éste miércoles, ya que tendré un poco de apoyo con mi madre.

De todas formas ya saben que siempre leo sus comentarios e intento mejorar con cada sugerencia. No duden en comentar si leen o si tienen alguna duda. Les dejo mi eterno cariño y muchos besos.

~ Capítulo 34: Veritaserum

Aquella noche y tras marcharse Ronald, sentí que verdaderamente me había entregado a Severus, mientras cumplíamos con el contrato. No pude dejar de pensar que aunque tuviésemos nuestras túnicas puestas en la mayor parte de nuestros cuerpos, finalmente habíamos traspasado la barrera de la incomodidad y reserva, llevando a cabo nuestro "deber" sin arrepentimientos. Al terminar, Severus prácticamente me había llenado de besos y no podía sentirme más extasiada, olvidando de a momento, al mundo entero y sus problemas.

Esa noche, el profesor y yo, dormimos en habitaciones separadas. La peor parte ya había pasado y sentía que necesitaba un poco de tiempo para reflexionar, acerca del gran cambio que mi vida estaba dando. Lo besé un par de veces frente a nuestra chimenea en la sala de estar, susurrándole las gracias por aquel maravilloso día que permanecería en nuestras memorias por siempre. Al menos eso pensaba en el caso de Rose.

Y aunque me resultara difícil de admitir, jamás había dormido tan plácidamente. Al amanecer me había despertado con gran ánimo e incluso con deseos de sentarme en la silla de ruedas y encontrarme con Severus en la mesa del comedor y tener un tranquilo desayuno con él. De hecho estaba sentado a la mesa y leyendo el profeta, mientras bebía un poco de café, precisamente esperándome pacientemente.

Al escuchar el sonido de mi puerta al cerrarse tras de mí, plegó el periódico con mucho cuidado y se levantó para cargarme hasta la silla junto a él. No dejó de besarme mientras caminábamos y chocamos con un par de muebles mientras nos sonreíamos el uno al otro. Al sentarme a desayunar, me di cuenta de un pequeño tubo de ensayo y un vaso que parecía contener jugo de naranja. Severus agregó tres gotas de aquel líquido blancuzco, revolviendo el jugo con una pequeña cucharilla y extremo cuidado.

- Veritaserum... - me aclaró mientras me mostraba el vaso con jugo y se lo llevaba a los labios.

De pronto me sentí tentada de preguntarle acerca de la cura para mi maleficio. ¿Podía aprovechar el momento o tenía que confiar en él? Apenas comenzábamos a gustarnos el uno al otro, de seguro que estaría mal visto si traicionaba su confianza y le obligaba a contarme todo su plan. Ahora que lo pensaba mejor, se tomaba el veritaserum frente a mí y ya sabía que yo podía hacerle toda clase de preguntas y aún así, confiaba en mí.

- Adelante, pregunta. - me mordí el labio inferior, preguntándome qué debía decir primero. Se suponía que Severus debía aprender a mentirme.

- Hmm... ¿alguna vez... mató a alguien mientras fue mortífago?

Suspiré al ver su rostro ruborizado e intentando luchar contra los efectos del suero de la verdad. Mantenía los labios fruncidos, pero la poción le obligaba a confesar y eso terminó haciendo, dejando caer su cabeza entre sus manos y en derrota.

- No, pero sí fracturé un par de miembros y quizá causé un par de heridas menores.

Me llevé un dedo a la barbilla y pensé en mi siguiente pregunta. No dejaba de creer que debía interrogarle sobre el maleficio, pero tenía miedo de escuchar la verdad y tener que enfrentarme a ella. Severus miraba su reloj y parecía contar las horas que tomarían los efectos de la poción en desvanecerse.

- Severus... ¿qué piensas realmente sobre mi hija Rose? ¿Intentas agradarle sólo por mí o...?

El profesor continuaba intentando resistirse a los efectos de la poción y me resultaba realmente gracioso, verle morderse la lengua para no responderme o tratar de mentirme de alguna forma. Terminó negando con la cabeza y ruborizándose aún más.

- No me agradan los niños y no es un gran secreto. Pero... - añadió, antes de que pudiera interrumpirlo y al parecer sin siquiera darse cuenta. El veritaserum continuaba haciéndole confesar. - pienso que Rose es una buena niña y tan ávida por aprender, especialmente sobre pociones, lo que me hace sentir halagado en cierta forma. Creo que es... - Severus intentó pelear contra una palabra que jamás había dicho en toda su vida. - una niña muy... dulce.

Sonreí y el profesor parecía sorprendido consigo mismo, de haber dicho aquellas palabras. Aquella verdad había calentado mi corazón, literalmente, de imaginarme que quizá podíamos formar la familia perfecta y que ya no necesitaba a Ron para dicha tarea.

- El efecto debería pasarse en dos horas. - dijo mientras continuaba mirando su reloj. - será mejor que ni se me ocurra salir del despacho.

- Severus... - respiré hondamente, bajando la mirada hacia mi plato de avena y el cual seguro ya estaba frío mientras conversábamos. - ¿Por qué estás enamorado de mí? Desde que era una niña, siempre tuvimos la peor de las relaciones y ahora nos llevamos tan bien...

Me dio la ligera impresión de que el profesor Snape no quiso luchar contra la verdad que brotaba de su boca, haciéndole compañía al intenso rubor que subía desde su cuello y hasta su ganchuda nariz.

- Estoy enamorado de ti, por muchas cualidades diferentes. - su voz había comenzado a temblar de pronto, luchando por expresar todo lo que sentía. Algo que sabía que jamás había logrado hacer en toda su existencia. - no solamente eres inteligente, valiente y una heroína de guerra. Posees mucha determinación y... ¡maldición, eres preciosa! - se sonrojó a un más fuerte, mientras me echaba a reír y sin poderlo evitar. - Soy un hombre cuarentón, casado con una jovencita en sus veinte que aún después de cuatro años de coma, luce realmente hermosa.

HGSS

Aquella mañana tras el desayuno y la tremenda confesión de Severus, no podía dejar de sonreír mientras continuaba mirando mis vestidos y preguntándome cuál debía usar y que causara una gran impresión en él. No podía mentirme durante dos horas, así que tenía que usar mi tiempo sabiamente.

- Él piensa que a pesar de haber estado cuatro años en cama... - le sonreí a mi reflejo en el espejo de mi habitación. - todavía eres hermosa. Y es la verdad, ha tomado veritaserum. ¡Que "todavía", así que ya lo pensó alguna vez!

Escuché un pequeño golpeteo en la puerta de mi habitación y me di cuenta de que Severus tenía problemas para sostenerme la vista, mientras caminaba hasta detenerse junto a mí, en la cama, observando lo que hacía.

Y la verdad, yo también tenía problemas para mirarlo a los ojos.

- Esa estúpida fiesta de bienvenida. - se quejó y sabía que estaba hablando en serio, puesto que aún estaba bajo los efectos de la pócima. - Minerva tenía que encontrar una forma muy embarazosa de gritarle a la humanidad: "Hola, mi nombre es Severus Snape y tengo cuarenta y seis años, casado con la gran heroína Hermione Granger en sus veinte."

- Pero a mí no me importa en lo absoluto... - intenté sonreírle para calmar sus ansias. - si alguien se atreve a hacerme alguna pregunta o algún comentario malintencionado, simplemente les diré que intenten luchar una guerra como la que nosotros tuvimos que afrontar y sobrevivir.

- Weasley estará allí y también su hija. Todos pensarán que lo ha dejado por mí, que me entrometí en la relación...

En cierta forma, me gustaba que Severus fuese capaz de decirme todos sus temores y aunque fuese con la ayuda del veritaserum. Me hacía sentir que trataba con otro ser humano con sentimientos y preocupaciones, y no con el inalcanzable jefe de Slytherin. Que estábamos al mismo nivel y que también, finalmente, podíamos ser nosotros mismos y sin pudores de ningún tipo.

- Nadie que me vea en ésta silla de ruedas. - dije, señalando la silla junto a mi cama. - creería semejante cosa.

- Y de seguro alguien pensará que Weasley la golpeaba y que por ello ha huido hasta mis brazos.

- No lo creo. - sacudí la cabeza, arqueando una de mis cejas. - Mi "accidente" apareció en todos los periódicos o eso dijeron mis padres, cuando Harry los encontró para devolverles sus recuerdos. Dijeron que Harry les había mostrado todos los artículos y así es como me encontraron en San Mungo. Hasta Draco sabe que Rose es mi hija, fue la comidilla de la prensa amarillista por mucho.

El profesor pareció pensar en otras razones para no asistir a la fiesta de bienvenida, pero yo continué negando con la cabeza y eso pareció funcionar para acabar con todas sus quejas al respecto. Sostuve uno de mis vestidos favoritos, con un top sin mangas blanco y suaves puntos de color marrón y una corta falda negra. Severus no demoró en decirme lo que pensaba, rodeando mi cintura con uno de sus brazos, tras sentarse a mi lado.

- Estoy seguro de que te verás hermosa con ese vestido. Sólo espero que Weasley sea capaz de mantenerse alejado de ti. Y se quede junto a su esposa, por supuesto.

- ¿Acaso estás celoso de Ronald? - me mordí el labio inferior, divertida, mientras el profesor hacía todo un esfuerzo casi sobre humano, por no contestar a mi pregunta.

- Maldición... ¡Hermione! - exclamó, ruborizándose nuevamente y prácticamente mordiéndose el labio también, hasta sangrar. - ¡sí, algunas veces!

El único sonido que se escuchó en el despacho, durante largos minutos, fue mi risa mientras Severus me miraba con un gesto de vergüenza, imposible de ocultar.

HGSS

La hora de la fiesta se acercaba cada vez más y Severus continuaba con la vista fija sobre su reloj, preguntándose si los efectos de la poción ya habían cedido. Relamía su labio inferior con suavidad, como si intentara comprobar si aún tenía residuos de veritaserum en su boca y también para aliviar sus heridas, tras intentar resistirse pero sin éxito.

Dentro de mi cabeza seguía creyendo que no debía desaprovechar la oportunidad y antes de que pudiera arrepentirme, la pregunta ya había sido dicha.

- Severus... ¿cuál es esa gran solución para el maleficio que pesa sobre mi cuerpo?

Sus ojos se abrieron hasta su máxima expresión natural y comenzó a sacudir la cabeza de golpe, constatando que aún quedaban unos pocos minutos para que los efectos se terminaran. Se mordía el labio con más fuerza que en veces anteriores, apretando las manos contra los reposa brazos del sillón en el que estaba sentado frente a mí y sudando frío, tras todo el esfuerzo que estaba haciendo.

- Hermione... por favor... - me imploró y no pude negar que me sentí realmente culpable al escucharlo.

Si con toda la resistencia que ponía contra la verdad que intentaba esconderme, no conseguía soportar los efectos del veritaserum, entonces nada lo haría. Alzó su cabeza para mirar el techo sobre nosotros y mientras cerraba los ojos y esperaba por lo peor.

- No... puedo... decirlo. - alcanzó a murmurar entre jadeos y yo sonreí, llenándome de lágrimas de improvisto.

- Lo sé. Y si sigues de esa forma, muy pronto podrás resistir la audiencia con el ministerio.

Sabía que sus ojos estaban sobre mí, preguntándose si lo había hecho para ayudarlo a oponerse a la poción o si en verdad quería conocer sus planes. Tenía que admitir que su ferviente deseo de protegerme, no era cualquier cosa. No me miraba con lástima y no creía que era menos fuerte que él, en ningún sentido. Simplemente estaba más consciente que yo, al parecer, sobre mis limitaciones y aunque me negara a aceptarlo, no podría serle de mucha utilidad si comenzaba a perder mis sentidos.

Le sonreí con toda la dulzura que pude y el profesor finalmente se puso de pie, tras una profunda inspiración, sentándose a mi lado en el sofá. Tomé sus manos entre las mías y las besé suavemente, mientras trataba de encontrar las palabras adecuadas para explicarle lo que sentía.

- Sé que quieres protegerme y estoy verdaderamente agradecida de que a pesar de todos los tropiezos y la forma tan accidentada como comenzamos éste matrimonio, que seas tú mi esposo. Al principio pensé que te salvaba la vida, casándome contigo. Era muy egoísta, diciéndole a todos que tú me necesitaba más que yo y que nadie se casaría contigo, condenándote a vivir fuera de la comunidad mágica. Luego fui aún más egoísta, pensando que me darías las gracias por haberte salvado, sin consultarte siquiera, mientras que tú sólo querías vivir en paz y sin importar dónde. - respiré pesadamente y proseguí, negando con la cabeza y desviando la vista al darme cuenta de lo equivocada que estaba. - cuando la profesora McGonagall me confesó todo lo que tuviste que enfrentar tras acabar la guerra, sentí que no era justo, que la sociedad te debía más respeto. Comencé a sentir que no podía dejarte volver a atravesar una situación así, por eso no quería que te arriesgaras en encontrar una cura para el maleficio. No puedo imaginarme el perderte, se me hace tan complicado. Eres el único que no me mira con lástima y compasión, el único que fue capaz de devolverme a la realidad y también, el único que podrá hacerme recuperar mi antiguo yo del que tanto gusto tienes.

Sentí sus manos sobre mis hombros, suavemente, admirando el débil color que había adquirido tras nuestro domingo en el lago y los vestigios del ataque que había sufrido, pequeñas marcas. Una mirada que de ser posible, contemplaba hasta lo más recóndito de mí ser y podía darse cuenta de que no mentía. Como espejo, mis ojos a su vez, reflejaban mis verdaderas intenciones.

Y me besó, con una ardiente pasión muy distinta de nuestros besos anteriores. Sus labios se encontraban húmedos y ansiosos, al igual que sus manos, sudorosas y causándome un gran sobresalto al sentir sus caricias.

- Lo siento... - me dijo en voz baja, cuando me separé un par de centímetros y sintiendo extraños sus dedos sobre mi piel. Aunque estuviera vestida. - sé que no ha estado con... otro hombre, además de Weasley.

Reflexioné por micro segundos, preguntándome si continuaría esperando por un milagro para volver con Ron o si le haría justicia a todo mi monólogo sobre lo mucho que me preocupaba su bienestar físico y emocional.

Terminé sonriendo mientras sus ojos me observaban fijamente, llenos de dudas si había cometido un error quizá y arruinado todo nuestro progreso.

HGSS

Nos besábamos como si el mundo y nuestros alrededores hubiesen dejado de existir y ya no tuviéramos restricciones de ninguna índole. Sus manos prácticamente me devoraban, tan ávidas como sus labios al recorrer los míos y nuestras lenguas, jugando entre sí. La poca experiencia que tenía, la compensaba con creces gracias a sus tímidas caricias. Especialmente al sentir la punta de sus dedos sobre mi sujetador, apenas rozando mi pecho.

- Gracias al cielo... todavía no he perdido la sensibilidad ahí precisamente. - dije a modo de chiste y me di cuenta de que Severus se ruborizó a más no poder. - Oh, pero si no lo decía como una crítica. - le reafirmé, enterrando una de mis manos entre sus cabellos y la otra como una pinza, alrededor de su cintura.

Cerré mis ojos al sentir sus labios sobre mi cuello y de no ser por las campanadas del reloj, ni me habría dado cuenta del tiempo y del espacio.

- Severus... - gemí tratando de advertirle que debíamos parar ahora, pero mi intención pareció tener un efecto contrario y mi gemido sólo afianzó sus labios sobre mi cuello. - es casi... hora de almorzar y... estás besándome en medio de la sala. La profesora McGonagall o cualquiera... podría entrar en cualquier momento...

Comenzó a separarse con una ligera decepción, pero dándose cuenta de que tenía razón y todos en el castillo, no tenían la misma educación que nosotros sobre tocar y esperar. Relamí mis sonrojados labios tras los besos que habíamos compartido, pensando que quizá también estaba bajo los efectos del veritaserum.

- ¿Crees que ya haya pasado el efecto de la poción?

- Espero que sí, ya terminaron las dos horas. Aunque después de todo lo que has dicho, pareciera que fuiste tú quien tomó mi dosis.

- ¿Acaso agregaste un par de gotas en mi avena de ésta mañana? - pregunté, entrecerrando mis ojos y con un gesto acusador.

- Por supuesto que no. Su uso indiscriminado, es ilegal.

Me crucé de brazos y me permití sonreír con sarcasmo, al recordar que Severus cometía un sin fin de ilegalidades y venía a leerme la cartilla sobre los interrogatorios sin autorización. Además de pensar en aquel quinto curso donde Umbridge había gastado sus reservas, interrogándonos.

- Te puedo asegurar que no puse una gota de poción en ninguno de tus alimentos. - me reafirmó y negué con la cabeza de inmediato.

- Definitivamente que los efectos cedieron, puesto que no te creo ni una sola palabra. Has perdido tus cualidades como mentiroso, ¿sabías?

Antes de que entrara en pánico y tratara de continuar diciendo, inútilmente, que era inocente, decidí tomar su rostro entre mis manos y besar la punta de su larga nariz.

- Ya, sólo estoy jugando contigo. Por supuesto que te creo, eres mi esposo y confío en ti.

Ya era tiempo para almorzar y Severus continuaba lamentándose de su fatídico primer intento de resistirse a la poción, pero yo no dejaba de recordarle que al final había podido hacer un pequeño progreso. Durante la comida hablamos sobre cualquier cosa e incluso reímos, con viejas anécdotas de mi época como estudiante. De vez en cuando resurgía el nombre de Neville y aunque hacía un gran esfuerzo, no podía evitar reírme de la forma en que Severus describía los errores que cometía mi viejo amigo, durante su clase. Maldiciendo a los dioses del olimpo, que tuviera que volver a darle clases. Pero estaba segura de que Neville ya no era el mismo niñito tímido y no podía esperar para volver a verlo.

- ¿Y ya pensaste en lo que dirás, cuando te pregunten sobre mí? - me interrogó Severus, alzando ligeramente la cabeza y dejando de mirar la ensalada en su plato, para observarme a mí y con ciertas reservas sobre lo que diría.

- Que me casé con un gran y valiente hombre. Pieza clave para que ganáramos la guerra y sobreviviéramos. Y no estaría mintiendo en absoluto.

Y me sonrió sin decir nada más, regresando su vista a su plato y comiendo con más tranquilidad.