Cap. 35: El murciélago que vuelve a su cueva
Ginny entró tras Hermione en su propia habitación y cerró rápidamente la puerta. Todos los invitados acababan de marcharse, y los chicos se habían despedido de ellas entre bostezos de sueño. Era de madrugaba, y calculaba que hasta el día siguiente a eso de las dos del medio día la casa no despertaría. Era tan tarde que incluso los gemelos se habían quedado a dormir en su antigua habitación. Pero no lo suficientemente tarde como para dejar que Hermione se acostara sin contarle con lujo de detalles lo que realmente había ocurrido durante los minutos en los que ni ella ni el profesor Snape habían estado en el piso de abajo. Se lo debía, pues ella la había cubierto con su mentira de la puerta del baño. Se lo debía porque era su amiga.
La observó mientras la castaña se descalzaba y se desabrochaba el pantalón vaquero, aparentemente ajena al examen visual al que estaba siendo sometida.
— ¿Y bien?— preguntó Ginny sin poder contenerse.
— ¿Y bien qué?— respondió Hermione sin mirarla, quitándose también el jersey y empezando a ponerse el pijama.
—No te hagas la tonta, Hermione, que sabes perfectamente a qué me refiero. ¿Qué tal la despedida con el profesor Snape?
—No sé de qué me hablas— contestó la castaña, ocultando una sonrisa.
Su amiga lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, pero le divertía en extremo fingir que no tenía ni idea de lo que hablaba. Había sido tan natural la forma en que Ginny se había enterado y había aceptado lo suyo con Severus, que no veía la necesidad de contárselo en el sentido más estricto de la palabra.
— ¿Vas a seguir negándolo después de resultar tan obvia que hasta Teddy se ha dado cuenta?
Hermione no pudo sujetar ya la sonrisa contra la que llevaba luchando todo el rato. Sacudió los pantalones para extenderlos y un trozo de tela negra salió del interior de uno de sus bolsillos, cayendo al suelo. Antes de que pudiera recuperarlo, Ginny se había lanzado hacia delante y se había hecho con él. Lo levantó hasta dejarlo frente a sus ojos y lo observó con atención.
Hermione extendió el brazo con gesto de fastidio.
— ¿Esto qué es, Herms?
— ¡Devuélvemelo, Ginny!
—No recuerdo que llevases pañuelo durante la cena. A ver, deja que haga memoria... Mmm, no, definitivamente no. Quizá sea de papá. No, él no tiene pañuelos de seda. ¿Y Lupin? No, tampoco. Él siempre ha sido de ropa zarrapastrosa, y este pañuelo es terriblemente elegante. Los gemelos, descartados. Bill llevaba corbata. Harry y Ron, ni mencionarlos. No es lo suficientemente ancho como para que lo llevase Kingsley. Dumbledore llevaba una bonita y estrafalaria túnica de color berenjena que no aceptaba pañuelos de ningún tipo y Wellman... Posible pero no probable. No me mires con esa cara— añadió, al ver que Hermione la observaba con una ceja enarcada—. ¿Qué te crees, que no me he fijado en ese musculoso cuello en cuanto ha entrado?
— ¡Por Merlín, Ginny, estás enferma!
—Así que— continuó la pelirroja como si Hermione no la hubiera interrumpido—, sólo nos queda una posibilidad... Un hombre alto, delgado, serio, de piel pálida y nariz ganchuda, que enseña Pociones en Hogwarts. ¿Te dice algo?
La castaña puso los ojos en blanco, sin bajar el brazo que le exigía a su amiga la devolución inmediata del pañuelo. Ginny se lo entregó sin dejar de sonreír, sabiéndose ganadora de esa batalla.
— ¿Te lo dio él o se lo arrancaste a la fuerza?
— ¡Ginny!
Hermione lo miró con cariño y se lo llevó a la nariz sin poder contenerse, cerrando los ojos. Oyó una risita desde donde estaba su amiga.
—Me lo dio él— murmuró al cabo de un momento, sin mirar todavía a la pelirroja.
De pronto, Ginny dio un salto y empezó a bailar una extraña coreografía sobre el suelo de su habitación, que hizo que su madre irrumpiera en la habitación como una exhalación.
—Pero, ¿se puede saber qué pasa, Ginny? ¿Qué son esos golpes?
La pelirroja se dio la vuelta, sorprendida, y miró a Molly con expresión de total disimulo.
—Lo siento, mamá. Es que hemos visto una... cucaracha en el suelo, y... ya sabes el asco que me dan.
La señora Weasley miró a su hija con suspicacia. La sonrisa de Ginny se ensanchó.
— ¿Es que no tenéis varitas mágicas, que tenéis que matar los bichos a pisotones?
— ¡Ah! Lo siento, mamá. Se me había pasado por completo.
La madre de Ginny la miró, y después a Hermione, con gesto de sospecha, pero un segundo después, el cansancio se reflejó en sus facciones y suspiró.
—Pues recordadlo para la próxima vez. Y ahora, ¡a dormir!
Las dos chicas asintieron con vehemencia, poniendo cara de obediencia suprema. Molly las observó durante un momento más y después salió, cerrando la puerta a su espalda.
Un resoplido de alivio se escapó de los labios de la pelirroja, que se dio la vuelta hacia Hermione con cara de culpabilidad.
—Casi nos pilla tu madre, Ginny. ¿Podrías hacer el favor de controlar tu efusividad?
—Entiéndeme, Herms... La noticia que acabas de darme merecía un baile... o dos.
La castaña sonrió mientras guardaba el pañuelo de Snape debajo de la almohada, negando con la cabeza.
— ¿Y qué tal fue la despedida? ¿Os besasteis apasionadamente? ¿Te dijo que te quería?— preguntó Ginny con todo soñador, empezando a ponerse el pijama también.
— ¡GINNY!
La pelirroja contestó a ese grito con una carcajada, mientras echaba hacia atrás las sábanas y se sentaba encima de su cama. Su amiga se había puesto colorada ante sus cuestiones, y eso la divertía en extremo.
— ¿Desde cuándo eres tan cotilla?
—Y tú, ¿desde cuándo eres tan puritana? Ni que me fuera a asustar a estas alturas...
— ¿Soy puritana porque no quiero contarte mis intimidades?
—No, eres puritana porque te ruborizas al hablar del tema.
Hermione resopló, tumbándose boca arriba en la cama y poniéndose ambas manos por detrás de la cabeza.
— ¿Cómo no voy a ruborizarme si... hasta a mí me parece extraño?
—Mujer, no es lo más común del mundo, pero... Cosas más raras se han visto.
—Eso supongo.
Se hizo un silencio entre ellas. Hermione permanecía con la mirada fija en el techo de la habitación, perdida en sus recuerdos de un rato antes, en cómo Severus había jugado con Teddy, en todo lo que se le removió en el estómago al verlo coger al niño en brazos, en cómo se paró su corazón al poder tocarlo por fin esa noche— quizá tocarlo fuera demasiado genérico, pues había hecho algo más que eso— antes de que él se fuera...
—Lo que no entiendo— empezó a decir Ginny, devolviéndola al mundo real— es qué tiene que ver Stefan Stapleton en todo esto.
Hermione se puso de lado, apoyando la cabeza en una mano. Se preguntó qué tendría de malo confiar en su amiga. Al fin y al cabo, Stapleton había desaparecido (hacía mucho tiempo para ella), y no había demasiado riesgo. Aún así, prefirió advertírselo.
—Ginny... Te lo voy a contar, pero necesito que seas discreta. Nadie puede enterarse, al menos por ahora. ¡Y mucho menos tu hermano! ¿Me has entendido?
La joven pelirroja hizo un gesto de cremallera sobre sus labios y observó a Hermione con atención.
—Vale, a ver... Esto es algo raro, así que no te pongas a gritar ni nada parecido.
—Que sí, que soy una tumba, pero déjate de misterios de una vez y HABLA.
La castaña cogió aire.
—Pues... Lo cierto es que... Stefan Stapleton no existe. Nunca ha existido.
Ginny la miró con cara de "Hermione, ¿te has tomado la medicación hoy?".
—A lo que me refiero es que el chico al que todos conocíamos por ese nombre era Severus. Siempre ha sido Severus. Lo que ocurre es que sufrió una transformación durante una misión y el profesor Dumbledore decidió que sería lo mejor que se hiciera pasar por un alumno al volver a Hogwarts para que...
—Un momento, un momento, Hermione— le pidió la joven Weasley, con los ojos como platos—, para el carro. ¿Hace cuánto que sabes esto?
—Varios meses.
— ¿¡Varios meses!
—Sí, ¿qué pasa?
— ¿Cómo que qué pasa? ¿Cómo es posible? ¿Cómo has aguantado sin contárselo a nadie?
—Hombre, Ginny... No sé qué esperabas. ¿Acaso que se lo enviase a Rita Skeeter para que escribiese un artículo amarillista que saliese publicado en primera página de El Profeta?
—Sabes que no me refiero a eso. ¡Estoy hablando de mí! Estoy hablando de que pensaba que éramos amigas y que teníamos la suficiente confianza como para hablar de estas cosas.
—Y lo somos, Ginny, pero esto... No quería... No podía traicionar la confianza de Severus. Además, no sabía cómo decírtelo.
— ¿Con la boca?
—Sí, claro... Oye Ginny, hablando de todo un poco, no sé si te lo había dicho, pero estoy perdidamente enamorada de Stefan Stapleton, que en realidad no se llama así, sino Severus Snape. Tal vez lo conozcas…
La pelirroja, en lugar de contestar, se echó a reír. Su amiga la miró con gesto contrariado. O sea, que le había insistido hasta el agotamiento para que le contase lo de Severus, y ahora que por fin se lanzaba a hacerlo, su amiga encima se burlaba de ella.
— ¿Se puede saber qué tiene tanta gracia?—preguntó de mal humor.
— ¡Tú!— exclamó su amiga entre risas—. Lo has hecho... Al final, lo has hecho.
—He hecho, ¿el qué?
—"Nunca admitiré que estoy enamorada del profesor Snape estando serena"— respondió Ginny, imitando su tono de voz—. Pues déjame que discrepe, porque acabas de hacerlo.
Hermione no pudo hacer otra cosa que echarse a reír también. ¿Tan torpe era, que había dicho eso unas pocas horas antes y ya había roto su palabra?
—Supongo que sería una tontería seguir negándolo... Casi me lo has dicho tú a mí en lugar de a la inversa.
—Entonces... ¿Confirmado?
—Qué remedio.
— ¡YUUU...!
—Pero ni se te ocurra volver a gritar, Ginny, porque entonces tu madre nos matará— la interrumpió Hermione, mirándola amenazadoramente.
La pelirroja, que ya se había puesto de pie encima del colchón, volvió a sentarse. Adoptó una postura budista, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas, y emitió unos vibrantes "ammmm" hasta que hubo recuperado la paz interior. Después, abrió los ojos y miró a su amiga.
—Ahora sí, cuéntamelo todo desde el principio y sin omitir ni un solo detalle.
Severus caminó despacio a través de los pasillos vacíos. Había decidido unas pocas horas antes que lo mejor sería regresar a Hogwarts antes de la reanudación de las clases, para tener tiempo de adaptarse a su nueva vida como profesor otra vez.
Entró en su despacho, que estaba igual que él lo había dejado a principios de agosto, antes de partir con la misión de encontrar a los mortífagos fugados, antes de volver al castillo convertido en un muchacho. Una ligera capa de polvo se acumulaba sobre los objetos que había encima del escritorio. Al menos, los elfos domésticos habían respetado la orden de no acercarse a sus cosas a no ser que él diera su consentimiento. Caminó hacia un pequeño armario que había en un rincón y lo abrió para comprobar su contenido. Unos pequeños frascos, llenos de una poción color rosa nacarado, relucieron ante sus ojos.
—Veo que quedan suficientes dosis, Albus— dijo a nadie en particular, volviendo a cerrar la puerta.
Se dio la vuelta, echando un vistazo en derredor. Suspiró. Por un lado, estaba más que agradecido por haber vuelto a su cuerpo de siempre, a su puesto de profesor, a esa posición de superioridad que le aseguraban tanto su edad como su fama, pero por otro… Recordó el último beso que le había dado a Hermione hacía ya cinco días, durante su despedida en la Madriguera, y se preguntó qué sería de ellos a partir de ese momento. Aunque siendo Stefan Stapleton no habían tenido las cosas demasiado fáciles, volviendo a ser Severus Snape, la situación tomaba un cariz aún peor. Dumbledore no les iba a quitar un ojo de encima, McGonagall tomaría eso por excusa y lo vigilaría de día y de noche, y el imbécil-tengo-melena-de-león de Wellman se aprovecharía de la circunstancia de que él— Stefan Stapleton— había desaparecido, para acercarse aún más a Hermione. Eso sin contar con lo mucho que le aterraba que Hermione se cansase de él ahora que volvía a ser un murciélago decrépito y horrible. «Teniendo en cuenta cómo te besó cuando os despedisteis, me atrevería a decir que no es precisamente eso lo que piensa de ti. ¿Crees que por mucho que Weasley babeara por ella mientras estuvieron juntos, Hermione lo besó así alguna vez?», le susurró en tono malévolo la voz de su conciencia. «Espero que no», respondió para sus adentros, notando que las ganas de freír a Ron a crucios se despertaban en la parte más baja de su estómago.
Dumbledore paseaba por su despacho. Hacía un rato que se había enterado de la llegada de Severus, y desde entonces, una súbita preocupación por cómo serían las cosas a partir de ese momento se apoderó de él. Era cierto que Severus le había dado su palabra de que tanto él como la señorita Hermione Granger se controlarían mientras durase el curso, pero sabía de sobra lo que las endorfinas podían provocar en la mente de un enamorado. No es que dudara de su profesor de Pociones, pero lo había visto con Hermione durante la cena de fin de año en casa de los Weasley, había percibido claramente el brillo en sus ojos cada vez que la miraba, eso por no hablar del tiempo transcurrido entre que él se marchó y la señorita Granger volvió del baño... Habría jurado con los ojos cerrados que se habían encontrado, y que se habían despedido del modo en que cualquier pareja que se ama lo hubiera hecho.
Unos suaves toques en la puerta hicieron que saliera de sus pensamientos. Al dar su consentimiento, una seria Minerva McGonagall entró en el despacho. Vestía una de sus clásicas túnicas verdes y sus gafas rectangulares reposaban sobre sus duras facciones. Llevaba los labios fruncidos.
— ¿Querías verme, Albus?
—Sí, Minerva. Siéntate, por favor.
La profesora obedeció, adoptando una pose rígida al entrar en contacto con el respaldo de la silla.
—No sé si lo sabrás, pero Severus ha vuelto al colegio.
—Sí, algo me ha dicho Poppy hace un rato.
Dumbledore hizo una pausa, taladrándola con sus ojos azules.
—Retomará su puesto como profesor de Pociones de los tres últimos cursos.
McGonagall se indignó.
— ¿De los tres...? Pero Albus, ¡Hermione Granger está en séptimo!
—Lo sé.
— ¿Lo sabes... y no te importa?
—Te aseguro que me importa más que los alumnos de primero, que no han tenido el gusto de conocer a Severus, terminen el curso con Horace y sin la moral demasiado tocada.
Respondió con una ligera sonrisa al entrecejo fruncido de su profesora de Transformaciones.
—Pero, Minerva, tú también deberías saber que yo no hago las cosas sin un motivo.
— ¿Qué motivo puedes tener para colocarlos tan cerca el uno del otro?
—Precisamente, haciendo eso me aseguro de que ambos, especialmente Severus, se sientan tan vigilados que no se atrevan a hacer nada. Ése fue el acuerdo al que llegamos el chico y yo: Hasta que la señorita Granger no abandone para siempre el colegio, tiene prohibido cualquier tipo de acercamiento con ella.
—Albus, sólo queda medio año para que la señorita Granger y sus amigos acaben las clases. Además, la chica ya es mayor de edad, y estaría en su derecho de...
El director la miró con gesto serio.
— ¿Qué es lo que pretendes conseguir realmente con esto, Dumbledore?
—Muy sencillo, Minerva: Lo único que busco es que, durante estos seis meses que quedan, se aclaren unas cosas y se solucionen otras.
—Como de costumbre— respondió McGonagall con los labios más fruncidos que cuando había entrado—, no puedo seguirte en tus reflexiones, Albus. Pero dime algo: ¿No te agota ser siempre el titiritero de todo el mundo?
Dumbledore suspiró con cansancio.
—No sabes cuánto, Minerva. No sabes cuánto...
—Oye, Herms, en el tren has venido muy callada. ¿Te ocurre algo?
La chica volvió la cabeza, distraída, hacia su amigo pelirrojo.
— ¿Mmm? No, no, estoy bien, Ron.
Iban sentados los dos juntos en uno de esos carros tirados por thestrals que había nada más llegar a Hogsmeade, y que desde allí los conducían a Hogwarts.
—Sería una novedad que, por primera vez, no te apeteciera que se reanudasen las clases— comentó el chico, sonriendo.
Hermione sonrió por toda respuesta. ¡Claro que le apetecía que se reanudasen las clases! Llevaba casi una semana sin ver a Severus, y sin saber nada de él salvo por breves misivas que se habían estado enviando por medio de Hedwig, que ya empezaba a agotarse de las visitas a la casa de la calle de la Hilandera, y se moría de los nervios ante la sola idea de volver a tenerlo delante. Además, todavía no les había comentado a sus amigos que iban a cambiar de profesor de Pociones.
—No sabes qué ganas tengo de llegar ya al castillo. Seguro que la cena estará deliciosa.
—Ron, tú siempre pensando en lo mismo.
— ¿Qué? Me dirás que la comida preparada por los elfos domésticos está como para tirarla, ¡no te digo!
La chica lo miró con el entrecejo fruncido. Aunque hacía algún tiempo que había dejado aparcado el tema del P.E.D.D.O., seguía sin gustarle que los elfos domésticos fueran tratados como esclavos, sin ni siquiera cobrar un salario mínimo.
No dijeron nada más durante el resto del camino, y cuando llegaron a las puertas del castillo, se juntaron con Harry y Ginny, que se habían subido en el carro de delante de ellos.
— ¿No os resulta emocionante volver a Hogwarts después de las Navidades?— preguntó la pelirroja con una sonrisa.
—Hombre… La verdad es que no me habría importado que las vacaciones durasen un poco más— opinó Ron, buscando una sonrisa cómplice de Harry.
Entraron todos juntos en el Gran Comedor, donde la mayor parte de sus compañeros ya estaban sentados, y se dirigieron a la mesa de Gryffindor, en la que encontraron hueco entre Neville y Seamus.
— ¡Hola, chicos! ¿Qué tal habéis pasado las vacaciones de Navidad?— preguntó el joven Longbottom, mirándolos con una sonrisa.
—Muy bien, Neville— respondió Ginny, sentándose la primera—. Hemos estado todos juntos en casa. ¿Y tú?
—Bien, también. Mi abuela se marchó a un balneario con unas cuantas amigas de su grupo "La edad de oro de la bruja moderna", y tuve la casa para mí solo.
— ¿Y por qué no nos lo dijiste? Te habríamos invitado, por lo menos a la cena de fin de año…
—No, si no pasa nada… Eso me sirvió para poder quedar varias veces con… Luna.
— ¿Lunática Lovegood?— Ron apretó los labios rápidamente al ver la mirada reprobatoria de su hermana. Deseoso de cambiar de tema, añadió—. Bueno, en realidad no te perdiste nada, a no ser que te hiciera especial ilusión aguantar la cara de estreñido de Snape durante toda la noche.
Hermione intercambió una rapidísima mirada con Ginny, intentando hacer oídos sordos al comentario de su amigo, deseando con toda su alma que Ron cambiase de tema después de esa frase. Al parecer, Neville no era de la misma opinión.
— ¿Estuvo Snape en vuestra cena de fin de año?— preguntó, con los ojos excesivamente abiertos por la sorpresa.
—Sí, mis padres lo invitaron— continuó el pelirrojo de mal humor—. No sé para qué, la verdad: Se pasó toda la noche con esa mueca de desagrado que tiene siempre en clase, mirando a todo el mundo como si fuera superior, como si…
—Para ya, ¿no, Ronald?— se ofuscó Hermione, sin poder contenerse.
Su amigo la miró con sorpresa, que rápidamente pasó a la indignación.
— ¡Ah, sí! Se me olvidaba que últimamente Hermione se ha vuelto una defensora de los tíos de pelo grasiento y nariz de buitre…
Mientras Neville se reía, Hermione se levantó y se sentó un sitio más allá, dejando a Harry en medio de los dos. Ginny quiso decirle algo a su amiga al respecto, pero no le pareció lo más adecuado en ese momento.
La chica castaña, después de hacer oídos sordos a los intentos de disculpa del pelirrojo, giró la cabeza hacia la mesa de los profesores, buscando un rostro en especial, que en esos momentos se encontraba ausente. «¿Dónde estará Severus?».
Snape entró en el castillo. Dumbledore le había pedido que echase un vistazo por los jardines para cuidar que no hubiera ningún elemento non grato en los terrenos del colegio. Aunque había fingido no darle demasiada importancia, la verdad es que compartía con el director su inquietud por los últimos movimientos de Bellatrix Lestrange y los suyos.
A pesar de que los grandes banquetes no eran lo suyo, y odiaba las fechas como "la vuelta de los alcornoques con los que malgastaba su talento clase tras clase", sin embargo, ese año la cosa era distinta. Ese año tenía algo por lo que merecía la pena volver al colegio. Había una insufrible sabelotodo que desearía que la llenara de su… conocimiento. Rió entre dientes, recriminándose en parte esos pensamientos no propios de un caballero como él, sino del más depravado de los viejos verdes.
Llegó frente a las puertas del Gran Comedor, preguntándose si no merecería la pena tardar unos minutos más y entrar por la puerta que había justo detrás de la mesa, desde la que podría deslizarse sin ser notado hasta su asiento al lado de Minerva McGonagall y Sybill Trelawney, que sólo aparecía por el Gran Comedor en contadas ocasiones. Sin embargo, y porque últimamente parecía que su carácter no obedecía a lo más sensato, sino a lo que más podía atraer la atención de Hermione Granger, decidió que entraría por la puerta principal. ¿Qué más daba? Y así, gozaría del placer de ser observado por ella mientras se dirigía a su lugar. Tenía la sensación de que ése iba a ser uno de los pocos placeres de los que Dumbledore le dejaría disfrutar entre esos muros hasta el final del curso escolar.
Las puertas se abrieron para él, cediéndole el paso, y Severus borró de su cara todo rastro de expresividad. Bastante nervioso se sentía interiormente como para, encima, demostrarlo. La mayor parte de los alumnos se giraron hacia él, con caras de sorpresa, miedo, desolación e incluso odio. Snape caminó con decisión, conteniendo una sonrisa de satisfacción al ver que volvía a despertar ese tipo de sentimientos en los que lo rodeaban. Empezaba a sentirse en su salsa, después de tanto tiempo. Sin embargo, no tuvo que hacerlo por mucho tiempo pues, por un brevísimo instante, sus ojos conectaron con los de la chica a la que quería, y de la cual se notaba que había buscado los suyos casi con ansia, casi con desesperación, deseando, seguramente, que no la ignorase como solía hacer delante la gente. «Aquí estamos otra vez, mi insufrible sabelotodo». Llegó a su sitio con andares rápidos y tomó asiento, saludando brevemente con una inclinación de cabeza a Minerva McGonagall, que no pudo evitar que una mueca de rencor le curvara los labios. No podía olvidársele la conversación que habían tenido Severus y ella en el despacho de Dumbledore el día después de Navidad.
Ignorando el rictus de la profesora de Transformaciones, esbozó una mueca de desprecio perfectamente ensayada, y miró hacia la mesa de los Gryffindor, deseando poder echar a correr hasta el sitio de cierta castaña de melena enmarañada, llevársela de allí y pasar otra noche maravillosamente mágica con ella. «No sé qué pasará a partir de ahora, pero estoy seguro de que no será fácil. Aunque supongo que teniéndote cerca de mí... todo es posible, incluso que esta delirante y maravillosa fantasía se haga realidad». Dumbledore se levantó entonces para hablar.
Cuando las puertas se habían abierto, Hermione había tenido el presentimiento de que sería él, y no se había equivocado. Desde el momento en que Severus puso un pie en el suelo del Gran Comedor, la chica observó cada uno de sus pasos, regodeándose con cada uno de sus suaves y elegantes movimientos, con el vaivén de sus manos sobre sus costados al andar, con esa mueca altiva y perfectamente esbozada, incluso con esa gruesa túnica negra que acostumbraba a lucir desde que lo conocía. Y el momento cumbre fue ese intercambio de miradas. Casi podría haber jurado que escuchó el sonido de las chispas al chocar sus ojos, y se preguntó si alguien más lo habría oído.
Lo siguió prácticamente sin parpadear hasta que se sentó, aprovechando el hecho de que todo el mundo lo observaba a él y no a ella. Vio que la profesora McGonagall lo miraba con frialdad, y escribió una nota mental en la que se auto-recordaba que debía preguntarle el motivo en cuanto tuviera la oportunidad.
El viejo Dumbledore se puso en pie, y la serie de murmullos y no tan murmullos que se habían extendido entre el alumnado se apagó casi de golpe. Todos los chicos esperaron a que el director empezara a hablar, cosa que no se demoró demasiado.
—Bienvenidos otra vez, alumnos de Hogwarts. Espero de todo corazón que vuestras Navidades hayan sido, cuanto menos, agradables. Si esta noche, rompiendo con la tradición, me dirijo a vosotros es porque hay unos ligeros cambios en el profesorado de los que me gustaría informaros.
Hizo una pausa dramática, para atraer aún más la atención de los jóvenes hacia lo que estaba diciendo.
—Esta información, sin embargo, sólo les concierne a los alumnos desde quinto hasta séptimo año.
Los más pequeños se miraron, con una mezcla en sus ojos de alivio y curiosidad por qué sería eso tan importante que sólo les incumbía a los más mayores.
—Las clases de Pociones, que hasta ahora habían sido impartidas por el profesor Slughorn, a partir de este momento las retomará el profesor Severus Snape, recientemente regresado al castillo.
Hubo reacciones para todos los gustos: desde resoplidos de sosiego por parte de los alumnos de cursos anteriores hasta cabezazos en las mesas, pasando por algún que otro gritito histérico producido por el pánico...
— ¡No me lo puedo creer!— exclamó Ron en voz baja, girándose hacia sus amigos—. ¿Ese bastardo vuelve a darnos clase? Por favor, que alguien me mate.
—Te recuerdo que ése es el bastardo al que le debes seguir con vida, Ronald Weasley— lo atacó Hermione, girándose hacia él con los ojos chispeantes.
—A ver, ¿sería posible que hubiera paz entre vosotros dos por una vez?— se enfadó Harry, interponiéndose entre ambos amigos para evitar que se dijeran palabras mayores—. Creo que ambos podríais concentrar vuestras energías en algo productivo, como apoyar a Neville.
Era cierto. A él más que a nadie le afectaba la vuelta de Snape, porque, como todo el mundo sabía, era el ser que más miedo le provocaba, como así demostraba el hecho de que su boggart adoptara la forma del oscuro profesor de Pociones.
Todos se volcaron con el chico, que se había puesto tan pálido como la cera y se había quedado con la mirada perdida en su copa de zumo de calabaza.
Fuera como fuese, y aunque no ocurrió nada más digno de destacarse, el caso es que la noticia de que Severus Snape había vuelto a Hogwarts para quedarse... no dejó indiferente a nadie.
Bien, aquí estoy de nuevo.
Antes de nada, me gustaría disculparme por haber tardado una vida y media en actualizar, pero en mi defensa diré que el anterior capítulo fue tan sumamente largo que me dejó exhausta (no sabéis cuánto admiro a esa gente a la que cada capítulo le ocupa lo que a mí tres), y necesitaba recuperarme por completo para empezar uno nuevo. Entendería que me dijeseis que este capítulo no es gran cosa, porque es cierto que incluso yo misma lo considero una transición, pero era necesario para ubicar lo que será la trama de ahora en adelante. Espero que por eso también podáis perdonarme.
Ya he acabado los exámenes, así que a partir de ahora podré dedicarme casi exclusivamente a escribir, por lo que espero que los capítulos, al menos hasta el día catorce, se sucedan de un modo constante y rápido.
También me gustaría dar la bienvenida, por si acaso alguno ha llegado hasta aquí siguiendo la historia, a la gente de Potterfics, a la que invito a que abandone una página web que apesta desde el principio hasta el final.
Por último, pero no por ello menos importante, me gustaría dedicar este capítulo a una persona muy especial: No sólo es una persona maravillosa, sino que, además, escribe que es una delicia para los ojos. Hoy nos hemos "conocido" por primera vez en persona, y ha sido un día increíble, cuyo recuerdo almacenaré siempre en mi memoria y en mi corazón (¿ha sonado demasiado cursi?). No sólo por lo que eres, sino también por lo que transmites, permíteme dedicarte el capítulo exclusivamente a ti, María.
Y, cómo no, un abrazo muy fuerte para todas esas mortífagas que pululan por las redes siderales de las páginas de fics.
Gracias por vuestra atención, por vuestra paciencia y por vuestra presencia.
Un abrazo
L&S
pD: Todos los comentarios serán contestados. Ya me conocéis, así que sabéis mi método *risas*
