Harry Potter le pertenece a JK Rowling. Esta historia le pertenece a White Squirrel. Y yo aquí disfruto de mi papel de traductora.
Notas del autor: Se lo que algunos de ustedes están pensando. No, Dumbledore no es malo. Sólo tiene una lección que necesita aprender.
Notas de la traductora: Disculpen del retraso. Muchas distracciones en el mundo real. Aquí les dejo dos nuevos capítulos. Disfruten!
Capítulo 37
Harry Potter, sin embargo, no fue a hablar con McGonagall sobre Quirrell y Snape, a pesar de la continua insistencia de Hermione. Continuó diciendo que lo estaba pensando, pero esa misma inquietud siempre lo detenía. Antes de saberlo había pasado un mes, llegando al punto en el que Hermione estaba obsesionada con los exámenes, diciendo que debió de haber comenzado a estudiar antes, creando horarios de estudio para ambos, y estresándose tanto de manera tan insufrible que Harry finalmente tuvo que quitar sus manos de sus libros y obligarla a sentarse por un minuto.
–Mione –le dijo con severidad–. Tú. Necesitas. Relajarte. Vas a sacar calificaciones perfectas. A mí me va ir bastante bien. Y ambos vamos a estudiar lo razonablemente suficiente para que no nos volvamos locos al final del año.
–Bien, bien –concedió Hermione–. Intentaré reducir el tiempo de estudio.
–Bien. Ahora, ¿por qué no estudiamos afuera por un tiempo? –Harry miró afuera con anhelo–. Es el primer día agradable en meses.
Hermione se inclinó.
–Por supuesto que dirías eso, bola de pelos –susurró. Harry nunca había dejado atrás su temporada como gato callejero.
Pero Harry la observó fijamente y ganó esta vez.
–De acuerdo, podemos ir. Sólo necesito regresar este libro a la biblioteca primero.
–¡Sí! –dijo Harry detrás de ella. Ambos caminaron a la biblioteca para regresar el libro de Hermione, donde encontraron a Neville ayudando a Ron con un ensayo de Herbología.
–Hola, Ron. Hola, Neville –dijo Harry.
–Hola, Harry. Hola, Hermione –respondió Neville.
Ron los saludó con la mano.
–¿Qué hacen?
–Sólo regresando un libro –dijo Hermione–. Harry quería estudiar afuera.
–Eso sería agradable –dijo Ron pensativamente–. Pero tengo que terminar esto. –Señaló los libros de la biblioteca sobre su mesa.
–Pues, cuando acabes, deberías… –comenzó Harry, pero fue interrumpido por un hombre enorme con un abrigo de piel de topo, buscando entre los estantes–. ¿Hagrid? ¿Qué estás haciendo en la biblioteca? –preguntó.
–Sólo mirando… –dijo Hagrid evasivamente. Parecía estar escondiendo algo en su espalda–. ¿Hacen tarea? –Pero antes de que pudieran responder, continuó–. Nos vemos luego –y se apresuró a la salida.
–Eso fue extraño –observó Hermione–. Incluso para él. Me pregunto qué trama.
–Quizás podamos ver en qué sección estaba –sugirió Neville.
–Buena idea –dijo Hermione contenta y se apresuró a los estantes. Pero regresó un minuto después, luciendo bastante pálida–. Dragones –dijo–. Estaba en la sección sobre dragones.
–Oh-oh. ¿No nos dijo Hagrid una vez que quería un dragón? –dijo Ron.
–Ajá. No me gusta a dónde va esto.
–A mí tampoco –dijo Harry–. No se pueden mantener dragones en los terrenos, ¿verdad?
–Para nada –respondió Ron–. Charlie dice que apenas y los pueden mantener en las islas Hébridas. Sin mencionar que es ilegal fuera de las reservas.
–¿U...ustedes no cr...creen que Hagrid en verdad tenga un dragón? –dijo Neville nervioso.
–Llama a su perro gigante de tres cabezas Fluffy –dijo Hermione con seriedad.
Los cuatro guardaron sus cosas y se apresuraron a la cabaña de Hagrid.
La cabaña del guardabosque estaba cerrada con llave, las cortinas cerradas, y cuando llegaron, la respuesta de Hagrid al golpe en la puerta de Harry fue bastante cortante.
–¿Quién es?
–Hagrid, somos nosotros –dijo Harry.
Después de varios sonidos extraños, Hagrid abrió la puerta.
–Ah, ustedes –dijo con tono molesto–. Bueno, pasen.
Hacía bastante calor dentro, con un fuego intenso en la chimenea a pesar del buen clima.
–¿Había algo que querían preguntarme? –dijo cortante.
–Sólo nos preguntábamos sobre lo que estabas buscando en la biblioteca –dijo Hermione, intentando sonar dulce.
–Oh, ¿eso? Bueno, yo sólo, eh…
Pero Ron ya había notado lo que estaba ocurriendo. Tener a un hermano que era dragonólogo tenía sus ventajas. Señaló al objeto negro enorme en el centro del fuego.
–Hagrid… ¿es un huevo de dragón?
–Ah, eso, eh…
–¿De dónde lo sacaste? Escuché que cuestan una fortuna en el mercado negro.
–¡Lo gané! –dijo Hagrid, sonando escandalizado ante la sugerencia de frecuentar tal mercado–. Anoche, bebiendo en el pub. Un extraño dijo que jugaría cartas conmigo por él… aunque siendo honestos, creo que estaba feliz de deshacerse de él.
–Vaya, me pregunto porque –dijo Hermione.
Hagrid, sin embargo, lucía bastante feliz consigo mismo.
–Pero todo saldrá bien. Tengo unos cuantos libros aquí. Tengo todo lo que necesito… brandy, sangre de gallina…
–No puedes tener un dragón aquí, Hagrid –dijo ella con sensatez–. No sólo es ilegal, pero vives en una casa de madera.
–Puedo controlarlo –dijo Hagrid con confianza–. El tipo de anoche también lucía preocupado, pero le dije, después de Fluffy, un dragón será sencillo.
Harry lo observó con escepticismo.
–No estoy seguro de que puedas hacer la comparación…
–No puede ser tan difícil –insistió el hombre enorme–. Cualquier bestia es fácil si sabes cómo tranquilizarla… mira, Fluffy, por ejemplo. Le tocas algo de música y se va a dormir.
–¡Hagrid! –gritó Harry horrorizado.
El semi-gigante frunció el ceño.
–No debí decir eso… Olviden que dije algo.
Pero Harry apenas lo escuchó. Su mente corría a mil. En un parpadeo, todo tuvo sentido. Le tomó todo lo que podía no saltar y correr de regreso al castillo, pero no quería que Hagrid pensara que iba a decir lo del huevo de dragón… aunque lo que él haría sobre eso, no tenía idea. Pero en cuanto sintió que sería correcto, pidió permiso para irse, jalando a Hermione con él.
–Nos vemos luego –dijo a Ron y Neville antes de llevarla de regreso al castillo.
–Harry, ¿qué ocurre? –demandó Hermione.
–Tengo que hablar con la profesora McGonagall.
–Sí, probablemente, pero iba a intentar convencer a Hagrid primero…
Harry bajó su voz.
–No sobre el dragón. Sobre la piedra filosofal.
–¿Qué? ¿Lo dices ahora?
–Te lo explicaré cuando lleguemos.
Harry corrió las escaleras hacia la oficina de la profesora McGonagall con Hermione detrás de él y golpeó la puerta.
–Buenas tardes, Sr. Potter, señorita Granger –dijo McGonagall–. ¿Cómo puedo ayudarlos?
Harry abrió su boca. Era ahora o nunca.
–Profesora, hace mucho tiempo me dijo que el profesor Dumbledore estaba metiéndose conmigo –McGonagall parpadeó un par de veces mientras su mente comenzaba a recordar–. De hecho, creo que sus palabras exactas fueron… –Dejó salir una serie de aullidos que hicieron a Hermione y a McGonagall hacer una mueca, McGonagall principalmente por su destrucción del lenguaje felino con su garganta humana. Fueron sólo sus décadas de experiencia y su recuerdo del incidente lo que le permitieron traducirlo: "Dime si el mago anciano causa problemas".
–Lo recuerdo, Potter. Por favor, pasen. –Por la barba de Merlín, eso había sido hace mucho tiempo… la primera vez que se habían conocido. Pero era una promesa de un gato a otro, y la guardaría–. ¿Y el director está causándote problemas?
–No estoy seguro, profesora. No sé nada con seguridad, pero… mire, creo que me está tendiendo una trampa.
–¿Eh? –dijo Hermione.
–¿Una trampa? –dijo McGonagall lentamente–. ¿Sientes que el director está planeando que… hagas algo?
Los niños se sentaron al otro lado del escritorio.
–Algo así –respondió Harry–. O que encuentre algo, o que aprenda algo quizás. El punto es, tengo el presentimiento de que me está tratando de manipular para que haga… no sé qué.
–¿Y qué provocó este presentimiento? –preguntó, sonando preocupada. No estaba segura de si creer ese arrebato tan repentino, pero estaba inclinada a escuchar al sexto sentido felino del joven ya que sería algo serio si era cierto.
–Es complicado, profesora –respondió Harry–. Muchas cosas no tienen sentido… mire, ¿cuánto tiempo lleva Dumbledore de conocer a Hagrid?
McGonagall parpadeó de nuevo ante la tangente. Por supuesto, pensó, la otra posibilidad es que Harry se haya vuelto loco.
–¿Disculpa?
–Sólo me preguntaba que tan bien Dumbledore conoce a Hagrid.
–Ya veo… el profesor Dumbledore persuadió al director Dippet de contratar a Hagrid como aprendiz de guardabosques inmediatamente después de que fue expulsado, Potter. Eso fue hace cuarenta y nueve años.
–¿Así que su relación es larga?
–Así es, Potter.
–¿Y Dumbledore confía en Hagrid para proteger la piedra filosofal?
McGonagall casi se cayó de su asiento.
–¿Cómo sabes sobre eso? –dijo con un bufido felino.
–Es una larga historia, profesora, pero por favor, esta es la parte de la que estoy preocupado. ¿El profesor Dumbledore confía en Hagrid sobre alto tan importante y secreto?
–Así es, Potter –dijo con frialdad–. ¿Por qué sería un problema?
–Mire, profesora, sé que es una buena persona y eso, pero sólo llevamos unos meses de conocerlo, ¡y podemos ver que Hagrid no puede guardar un secreto!
Hermione soltó un grito ahogado mientras comenzaba a comprenderlo todo.
McGonagall no expresó sonido alguno, pero lucía pensativa ante su evaluación. Estuvo callada por un largo tiempo.
–Supongo que la discreción de Hagrid siempre deja algo que desear. ¿Les dijo sobre la piedra, entonces?
–No, no directamente, pero dejó salir lo suficiente para que lo descubriéramos.
–Sin mencionar el hecho de que toda la escuela sabe sobre Fluffy –intervino Hermione.
–¿Fluffy? –dijo McGonagall con confusión.
–El cerbero.
–Oh –gruñó la profesora–. Le dije al director que debería de poner protecciones más poderosas en esa puerta.
–Es lo que le dijimos a Hagrid, profesora, pero el profesor Dumbledore no ha hecho nada.
–No, no lo ha hecho. ¿Es lo que te preocupa, Potter?
Harry sacudió la cabeza.
–No sólo es eso. Hagrid accidentalmente nos dijo como pasar a Fluffy.
–¡Qué!
–Y, suena a que se lo dijo a un extraño en el pub anoche.
–¡QUE! Oh, Hagrid, tonto –siseó McGonagall.
–No creo que sea su culpa, profesora –intervino Harry–. Quiero decir, lo es, pero el profesor Dumbledore lo aprobó, ¿o no?
–Bueno, sí… así fue.
–Y también sé que aprobó un troll de seguridad como la protección de Quirrell.
McGonagall lo observó cómo un gato observa a un canario particularmente evasivo.
–Y cómo, dime, aprendiste eso, Potter –dijo en un tono que parecía querer imitar a Snape.
–Escuché al profesor Quirrell y al profesor Snape hablando sobre el tema. Creo… –lanzó una mirada a Hermione–. Creo que uno de ellos está intentando robar la piedra.
Al final, McGonagall logró sacar la historia completa de la reunión en el bosque de Harry, algo que no le hizo ganar puntos (literales o no) con su jefa de casa.
–Discutiremos tu castigo después, Potter. Primero, deberías de saber que son cargos muy graves los que estás presentando en contra de tus profesores, pero me temo que es razón suficiente para examinar con más atención al profesor Quirrell, por lo menos. Sin embargo, aun no comprendo por completo tu problema con el director.
–Pero él aprobó el troll, profesora –dijo Hermione, colocando las piezas juntas–. Y Fluffy. Esas no parecen protecciones poderosas. Comprendemos que no puede decirnos la suya, ¿pero qué tan fuerte cree que es su protección?
McGonagall lo pensó por un momento. No había considerado que su idea de un juego de ajedrez fuera la mejor, pero Albus la había tomado y la había alentado a implementarlo.
–El director dijo que era suficiente –respondió–. Está vigilando las protecciones personalmente. Son principalmente para alentar… al ladrón… –Pensó sobre el resto de las protecciones, las cuales había convencido a Albus que le mencionara, con dificultad, en caso de emergencia–. Pomona… Filius… Severus… –susurró, contando cada una con sus dedos. No sabía cuál era la de Albus, pero aun así…– Por Morgana, no está nada a salvo, ¡es una maldita trampa! Planea capturar al ladrón, no detenerlo. –Y nunca lo mencionó al resto de nosotros, pensó. ¿Quizás sospecha de alguien entre los profesores? ¿Quizás sospecha de mí? Pero de vuelta al asunto presente–. Pero en ese caso, Potter, sospecho que tu implicación en este asunto es sólo una coincidencia.
–No lo sé, profesora –respondió Harry–. Quiero decir, Dumbledore aprobó una serie de protecciones en la piedra filosofal que no son nada fuertes, y también dio información crítica sobre ellas a alguien que debió saber era capaz de revelarla, especialmente a mí. Debe saber cuánto me quiere Hagrid. Quizás es una locura, pero tengo este extraño presentimiento de que está intentando que participe en algún tipo de búsqueda de tesoro mágico.
McGonagall abrió su boca para responder. Quería decirle que tenía razón, que era una locura, pero algo la detuvo: su propio sexto sentido felino le decía que era lo suficiente loco para que Albus lo hiciera.
–Bien, Potter –dijo eventualmente–, parece algo exagerado en mi opinión, pero basado en lo que me acabas de decir, es información que tiene que ser llevada al director de inmediato, así que puedes preguntarle por ti mismo.
Una hora después, se encontraban en la oficina de Albus Dumbledore, donde retratos de los antiguos directores escuchaban con atención mientras Harry, Hermione, y Minerva explicaban sus preocupaciones, varios de ellos expresando su desdén ante su impertinencia. Fawkes el fénix estaba canturreando desde su percha, aparentemente ignorando todo el asunto.
Albus observaba con sorpresa como su plan cuidadosamente creado caía a pedazos. ¿Cómo es que un niño había deducido tanto de lo que tenía planeado antes de poder implementarlo? No había adivinado la verdadera razón por la que se le había permitido escuchar esos secretos, pero de algún modo, eso era peor. No podía decirle que la piedra no estaba a salvo, y no había razón para que Harry investigara la trampa en ese caso.
Y Minerva no lo iba a dejar salir bien librado. La seguridad de la piedra fue, de hecho, su primera pregunta.
–Está a salvo –dijo Albus con honestidad–. Sería casi imposible para cualquier ladrón el pasar la protección que yo coloqué.
–¿Y los demás sólo somos decoraciones? –presionó.
–No lo diría de ese modo…
–Como lo dirías tú es irrelevante, Albus. Me sorprende que crearas una trampa como esa sin informarme. Una capa de protección no parece adecuada, incluso si es tuya. ¿Sería posible usar una piedra falsa como señuelo?
–Desafortunadamente, la presencia mágica de la piedra es imposible de imitar –dijo–, pero les aseguro que mi protección es bastante segura.
–De acuerdo. ¿Y qué de Potter? ¿Pretendías que aprendiera todos los detalles de esto?
–Pues… –dijo–, ciertamente no hay necesidad de que Harry sepa todos los detalles del plan.
Pero Harry no se lo creía.
–Profesor, si hay algo que quiere que haga, por favor dígalo. No tiene que hacer que Hagrid me de pistas.
Albus fue tomado por sorpresa. Era casi una salida, ¿pero qué podía hacer? Incluso si podía convencer al niño y sus amigos de enfrentarse a los obstáculos, no había garantía de que lo harían al mismo tiempo que Quirrell. No, no era bueno. Tendría que conformarse por capturar al ladrón, y quizás convencer a Harry de ayudar después… quizás un poco de la sangre del niño sería suficiente.
–No, Harry –dijo–. No hay nada que necesites hacer. Te aseguro que tengo todo bajo control. Y espero que mantengas esta información confidencial.
Harry suspiró con alivio.
–Gracias, profesor. Me estaba preocupando, todo parece tan extraño… Sólo hay algo que aun no entiendo. ¿Estaba planeando que Hagrid revelara esa información como parte de su "trampa"?
–Bueno… admito que había anticipado…
–¿Qué? ¡Pero lo está usando! –gritó Hermione–. Se supone que ha sido su amigo por cincuenta años, ¡y está jugando con su debilidad! En verdad estaba preocupado de que revelaría cosas.
Albus retrocedió. Harry y Minerva tampoco lucían contentos.
–No puedo creer que le harías eso a Hagrid, Albus –dijo su subdirectora–. Esta es la peor decisión que has tomado desde que dejaste a Harry con sus tíos, y sugiero que te disculpes con el hombre de inmediato.
El director bajó la cabeza. Quizás sí se había sobrepasado en los límites de su plan. Era manipulativo, lo admitía abiertamente, pero parecía necesario. Ocupaba de una trampa muy inteligente para atrapar al sirviente de Voldemort con vida, una que pudiera negar con facilidad… aunque parecía que no había hecho el cálculo correcto en ese punto.
–Sí, me temo que crucé mis límites, Minerva –dijo–. Hablaré con Hagrid esta noche.
–Bien… Potter –dijo con seriedad–. Veinte puntos de Gryffindor y una detención, y agradece que no sean más. Tú y tu hermana pueden irse.
–Sí, profesora –dijo Harry avergonzado. Él y Hermione salieron con rapidez de la oficina.
El día siguiente era el último sábado en marzo, lo cual quería decir reunión del Wizengamot, lo cual quería decir que Dumbledore estaría fuera del castillo. Por un buen accidente, estaría fuera más tiempo de lo normal debido a su necesidad de deshacerse del dragón ilegal que había encontrado bajo posesión de Hagrid la noche anterior. Quirinus Quirrell estaba sorprendido, pero feliz por la situación. No pensó que Dumbledore encontraría la nueva mascota del torpe hasta después de nacer, pero eso, combinado con la manipulación de Dumbledore sobre el semi-gigante, había dejado a Hagrid de un mal humor que, si tenía suerte, lo distanciaría del anciano entrometido.
Teniendo toda la información necesaria, Quirrell implementó su plan en el pasillo del tercer piso. Necesitaría algo más sutil que un troll esta vez. Después de considerar unas cuantas posibilidades, decidió plantar la idea en la cabeza de uno de sus estudiantes de tercer año, Lee Jordan, de enlistar a Peeves a que lo ayudara a vandalizar las mazmorras. En retrospectiva, debió de hacer eso la primera vez en lugar de usar al troll. Mientras Snape limpiaba el desorden afuera de su aula, Quirrell se escabulló al tercer piso.
Quirrell inhabilitó las complejas barreras de detección lo mejor que pudo. Con suerte, reduciría el tiempo que le tomaría a Dumbledore darse cuenta. Fluffy fue rápidamente resuelto con un arpa encantada, el lazo del diablo con fuego, y las llaves (con dificultad) con su habilidad para el vuelo. Era bastante fácil… definitivamente una trampa, pero hasta ese momento, nada estaba bloqueando su ruta de escape.
El juego de ajedrez de McGonagall… bastante inteligente. El nivel de dificultad no fue el problema. Fue el tiempo. Para eso, Quirrell se quitó su turbante y dejó que su amo, quien tenía una mente analítica más rápida que él, viera el tablero. Su troll fue resuelto con un golpe en la cabeza, y finalmente, resolvió el ridículamente fácil acertijo de Snape para enfrentarse con… el espejo.
El espejo de Oesed. Claro que Dumbledore pensaría en algo así. Podía ver la piedra en el espejo… la presencia mágica lo confirmaba; pero no podía sacarla. ¿Cómo estaba atrapada dentro? Sacó su varita y comenzó a lanzar hechizos de diagnóstico, algunos de ellos sugeridos por su amo. Había poderosos encantamientos encima de la magia original del espejo. Nada que hizo los rompió. Trabajó tanto tiempo como se sintió a salvo antes del regreso de Dumbledore, intentando descubrir cómo funcionaban, pero sólo tuvo tiempo de hacerse una idea. Parecía algún tipo de magia sensible a la intención, pero no podía estar seguro de qué era. No era un buen día. Su amo estaba molesto por su fracaso, pero tendría más oportunidades. El trabajo político de Dumbledore se estaba incrementando, y el año escolar aún no acababa. Aunque su cuerpo estaba cada vez más débil. Algo tendría que ocurrir pronto.
En medio de la práctica de quidditch de ese sábado, Harry Potter de repente se detuvo en el aire, bajó a las gradas, y se sentó, tocándose su frente.
–Oye, Potter, ¿estás bien? –lo llamó Wood desde arriba.
–Sí… –dijo–. Sólo… un dolor de cabeza. Dame un minuto.
El dolor duró un minuto más antes de desaparecer. Harry se montó de nuevo en su escoba y se unió al equipo. Para la hora de la cena, se había olvidado por completo del asunto.
Arthur Weasley, cabeza de la Casa de los Weasley, Jefe de la Oficina del Uso Incorrecto de Artefactos Muggle, para Lord Harry James Potter, cabeza de la Casa Noble de los Potter, y Hermione Jean Granger.
Estimado Lord Potter y señorita Granger:
Quería mantenerlos informados de lo que mi oficina ha estado haciendo detrás de escenas en el Wizengamot ya que son amigos de la familia y promotores importantes de la Ley de Defensa de los Muggles. También quería agradecerles por su continuo apoyo. Yo personalmente he luchado por más protección para los muggles por años, y es bueno finalmente ver resultados.
Hubo desarrollos importantes en la reunión del Wizengamot del fin de semana pasado. Su padrino, Lord Black, ayudó a resolver uno de los mayores obstáculos para aprobar la ley. Un número de miembros pensaba que las restricciones en encantamientos a objetos muggles eran muy estrictas, o más bien en su uso, como lo escribí en un principio. Lord Black públicamente dijo que compartía mis preocupaciones… creo que una motocicleta voladora quizás tuvo algo que ver… y él y su otro amigo, el Sr. Lupin, trabajaron conmigo en una enmienda para reducir estas restricciones y enfocarnos en ventas y otras transferencias. Por supuesto, el hacer carnadas para muggles y dar artefactos oscuros a los muggles continuará estando prohibido.
De cualquier modo, la enmienda fue un acto brillante de parte de Lord Black. Una vez que encontré el lenguaje, movió cuatro votos a nuestro lado de aquellos que aún tenían reservas. Aún no es suficiente, pero llevamos ventaja. Si todo sale bien, creo que podremos pasar la ley en la reunión de mayo. Deberían de estar orgullosos de su padrino. Buena suerte con el resto del año.
Sinceramente,
Arthur Weasley
–Increíble, Ron, suena a que tu papá hace muy bien su trabajo –dijo Harry después de leer la carta en voz alta.
–Sí, supongo –respondió Ron mientras intentaba calmar a su lechuza hiperactiva.
–Sabe para lo que es bueno –dijo Percy con algo de prepotencia… no es que estuviera en contra de la ley, pero había insinuado que no estaba impresionado con las decisiones profesionales de su trabajo.
–En serio –le dijo Hermione a Ron–. Nos alegra tenerlo como aliado.
–Sí, bueno, a mí me alegra tenerlos como amigos –dijo él.
–Eso también –respondió Harry.
Abril estaba pasando con rapidez. A pesar de los intentos de Harry, Hermione cada vez actuaba más frenética por los exámenes. Por suerte para ella, no hubo ninguna interrupción mayor. Lo único que ocurrió fue que sus padres publicaron una carta anónima en El Quisquilloso quejándose de los métodos de enseñanza del profesor Snape. Siendo El Quisquilloso, había tomado un tiempo para que se filtrara a la población mágica de Gran Bretaña, pero las respuestas parecían haber comenzado a llegar, y cuando finalmente fue reimpresa en El Profeta, muchos le prestaron atención, como Harry y Hermione pronto aprendieron en la entrega más reciente de Hedwig.
Hola Harry y Hermione:
¿Pueden creer esa carta en el Profeta en contra de Snape? ¡Fue impresionante! Y bastante valiente de esos "anónimos padres preocupados". Por supuesto, la mitad del país sabe que Snape es un terrible maestro, pero ahora las personas están comenzando a hablar como si en verdad pudieran hacer algo al respecto. Yo no tengo mucho que decir considerando que pasé mi EXTASIS en Pociones, pero voy a escribir a mis compañeros de clase e intentar que ellos también escriban cartas. Si saben quién escribió esa carta, agradézcanle por mí.
¡Y fue una reimprenta de un artículo en El Quisquilloso, de entre todos los lugares! El Profeta en verdad sufrió una vergüenza por eso. Están diciendo que es el ejemplar más vendido del Quisquilloso en su historia. ¿Pueden creer que El Profeta rechazó algo así la primera vez? Ya saben, considerando que son tan justos e imparciales. Esperemos que esto lleve a una menor presencia de Snape en sus vidas.
Dora
–Sí, pero sería mejor si no pusiera a Snape de un humor tan terrible a mí alrededor –gruñó Harry. El profesor Snape le había quitado diez puntos por respirar muy fuerte en la clase del viernes, y su presencia era suficiente para intimidar a Neville al punto de hacer explotar su caldero accidentalmente… de nuevo.
–Y tú dijiste que no estaba en tu contra –susurró Hermione. Lanzó una mirada a la mesa principal, donde Snape los estaba mirando con molestia.
Severus Snape no tenía prueba, pero lo sabía. Oh, sí, lo sabía. Una campaña organizada para que lo corrieran se estaba preparando, y tenía Potter escrito por todos lados. Había intentado tratar con respeto al niño por el bien de Lily, pero desde que su padrino infernal había sido liberado era cada vez más difícil. Ahora, su desafío más grande quizás sería mantener su trabajo… no que no fuera un trabajo sin aprecio.
Albus Dumbledore estaba vigilando a Severus de reojo. Él también tenía sus sospechas sobre la procedencia de la carta anónima. No podía negar que Snape era un mal maestro… muchas figuras prominentes ya habían reiterado su insatisfacción con la mala educación en Pociones en la escuela, pero por su seguridad, y si se era honesto, su continua utilidad, era imperativo que permaneciera en Hogwarts. Si el problema continuaba creciendo, necesitarían alcanzar algún tipo de compromiso.
–Oh, Andi también envió una –dijo Harry mientras un búho real aterrizaba sobre la mesa de Gryffindor. Leyó la nota… la primera de dos:
Queridos Harry y Hermione:
Esto llegó dirigido a Harry y pensé en enviarlo. Creo que lo encontrarán entretenido.
Andi
Harry desdobló la siguiente nota, la cual estaba escrita en tinta que cambiaba de color y, con algo de dificultad, la leyó:
Queridos Harry Potter y Hermione Granger:
Las ventas del Quisquilloso han sido las más altas… más altas incluso que los ejemplares con las artículos de mi mami en runas y los artículos de mi papi sobre los snorkacks de cuernos arrugados. Mi papi está maravillado. Dice que con el dinero extra podemos expandir nuestro jardín de ciruelas dirigibles y tener las suficientes para vender algunas.
Suena a que el profesor Snape tiene una mala infestación de torposoplos. Espero que se pueda deshacer de ellos antes del próximo año escolar ya que sería muy difícil aprender de un maestro con una infestación tan grave. Mi papi dice que quizás podamos crear un sifón de torposoplos lo suficiente fuerte para ayudarlo en septiembre si los nargles no interfieren. ¿Creen que podrían convencer al profesor Snape de usarlo en su sombrero?
No sé quién escribió la carta anónima, pero un blibber maravilloso me dijo que apreciarían saber lo mucho que nos ha ayudado a mi papi y a mí, y nunca me han mentido.
Sinceramente,
Luna Lovegood
Ron no sabía lo que era un sifón de torposoplos (¿acaso alguien sí?), pero se carcajeó ante la sugerencia de Snape usando algo sobre su sombrero. Harry, quien sospechaba que Luna Lovegood sí sabía quién había escrito la carta, simplemente sonrió ante la nota. Era casi como si estuviera escrito en código, aunque claro, probablemente creía en todo eso.
–¿Qué es un snorkack? –dijo Hermione–. ¿O una ciruela dirigible? O… creo que voy a necesitar comparar esto con libros en la biblioteca.
Harry sacudió la cabeza.
–No creo que ayude.
Aun así, estaba feliz de poder ser de ayuda a una niña a quien, por lo que escuchaba, necesitaba ayuda. Quizás era porque era tan extraña, pero tenía el presentimiento de que debía mantener el ojo en ella cuando llegara a Hogwarts el próximo año para asegurarse de que le fuera bien.
El viernes después de Pascua, el tonto de Dumbledore se fue temprano para la reunión del Wizengamot del día siguiente. Aparentemente, había mucho trabajo por hacer para esa absurda Ley de Defensa de los Muggles. Eso le caía muy bien a Quirinus Quirrell. Probablemente necesitaría toda la noche para descubrir los secretos del espejo.
Pero Snape estaba tan alerta como siempre, y cada vez era más difícil para Quirrell esconder su enfermedad que empeoraba. Los dolores en el pecho eran cada vez más frecuentes, al igual que la niebla de la confusión. La ira de su amo crecía cada vez más. Se sentía agotado todo el tiempo y tenía dificultad en mantenerse al corriente de sus clases. Su lengua se tropezaba con más palabras que el nombre de Potter, y lo peor de todo, estaba seguro de que tanto Potter como Snape lo notaban. No estaba seguro de cuánto tiempo más podía seguir así.
En cualquier caso, no sería bueno usar el mismo truco dos veces, sería bastante sospechoso. Necesitaría otro tipo de distracción. Por suerte, no era ignorante de lo que ocurría en el mundo mágico de Gran Bretaña y estaba más que al tanto de las cosas que su amo había aprendido de Colagusano.
Quirrell no era un mago tan poderoso, pero con el lore arcano de su amo, había mucho que podía hacer… cómo hacer ilusiones sutiles y lo suficiente convincentes para engañar a Severus Snape. Era un plan bastante fácil. Simplemente se escabulló a la esquina donde Snape estaba vigilando el pasillo prohibido y conjuró la sombra de un perro negro enorme, el cual comenzó a moverse por el tercer piso.
Snape lo notó en cuanto la sombra apareció en la esquina.
–¡Black! –siseó–. ¿Qué crees que…? ¡Regresa aquí! –Siguió a la sombra al siguiente pasillo.
Quirrell aprovechó su oportunidad. Trabajó con rapidez y desactivó las barreras de protección. Sabía que sólo tenía un minuto. Pronto Snape alcanzaría a la sombra, usaría un encantamiento Lumos, y se desvanecería. Y sí, un minuto después, el Maestro de Pociones regresó a su puesto, pensando que quizás sus ojos le estaban jugando un truco, pero Quirrell ya había entrado, sin ser detectado. Su trabajo no sería suficiente para engañar a Dumbledore, pero probablemente engañaría a Snape.
En menos de una hora ya había llegado al espejo de nuevo y miraba con anhelo a la visión dentro. Le estaba presentando la piedra filosofal a su amo. Estaba siendo honrado con fortuna, poder, e inmortalidad… pero no podía distraerse. Ante el sonido de un siseo debajo de su turbante, Quirrell comenzó a trabajar, examinando con cuidado para visualizar los complejos hilos del encantamiento que Dumbledore había colocado en el espejo.
Trabajó toda la noche. Era un trabajo difícil y delicado. Un movimiento incorrecto podría avisar a Dumbledore, o dañar el encantamiento y perder la piedra. Al principio, pensó que sólo ciertas personas podían sacar la piedra del espejo. Eso hubiera sido lo más lógico, pero pronto resultó no ser el caso. Después, buscó señales de algún candado y llave, o de una contraseña mágica que era necesaria para sacar la piedra. Eso sería una buena idea. Pero no, no podía detectar señal alguna de eso. Todo lo llevaba, parecía, a la intención.
Quirrell estaba cada vez más nervioso mientras el amanecer se acercaba. No podía arriesgar quedarse después que terminara el toque de queda en la mañana, no después de todas las ocurrencias sospechosas en el castillo. Pero tenía que descubrir el secreto para su amo. Su tiempo era cada vez menos, pero casi al último minuto, y con la ayuda de su amo, ¡lo encontró! ¡Aprendió el secreto!
Era obvio, si lo pensaba. Dumbledore era un romántico. Cualquiera que fuera tan noble de pensamiento que quisiera remover la piedra del espejo, pero no usarla, podría hacerlo. Desafortunadamente, era muy tarde para actuar con ese conocimiento, pero tendría una última oportunidad. Dumbledore seguramente estaría especialmente ocupado durante la reunión del mes siguiente, y tenía tiempo para formular un buen plan. Quirrell sonrió mientras caminaba de regreso a su oficina en la tenue luz del amanecer. Por una vez, su amo estaba contento con él. ¡Ya casi lo lograba!
No podía comprender lo que estaba viendo. Había un cristal enorme y borroso enfrente de él, como una ventana congelada en la noche. Algo se estaba moviendo dentro… algo oscuro y malvado.
¡No! ¡Vete!
Pero no se fue. La sombra se acercó más y fue más distinguible.
¡No! ¡Detente!
¿Harry?
Llenaba la ventana ahora. Iba por él.
¡Detente! ¡Haz que se vaya!
¡Harry! ¡Harry!
Podía verlo con claridad. Estaba sobre él. Se impulsó adelante para romper el vidrio.
¡Detente! ¡Detente!
¡Harry, despierta!
–¡Harry, despierta!
–¡NOOO!
–¡AH!
Hubo un fuerte ruido, y varios gruñidos de dolor y confusión. Parpadeó y miró a su alrededor para ver lo que había ocurrido y finalmente recuperó el sentido. Harry Potter se dio cuenta de que se había levantado de golpe y lanzado un Flipendo con cada una de sus manos, lanzando a Ron y Neville contra la pared.
–¿Ha...Ha...Harry? ¿Qué ocurrió? –dijo Neville nervioso.
–Demonios, ¿qué fue eso? –agregó Ron, acariciando la parte de atrás de su cabeza.
–Eh, magia sin varita. Lo siento –dijo Harry con incomodidad.
–¿Eso fue magia sin varita? –dijo Neville con asombro.
–Sí –admitió Harry. Estaba agradecido de que Dean y Seamus aún estaban parpadeando y despertándose–. Yo, eh, tuve una pesadilla.
–Lo notamos –dijo Ron–. Estabas prácticamente gritando mientras dormías. ¿Qué ocurrió?
–Yo… no lo recuerdo.
–¿Qué te pasó en la cabeza? –preguntó Neville con preocupación.
Fue sólo entonces que Harry se dio cuenta de que había estado tocándose la frente, y su cicatriz le ardía como si fuera una cortada nueva.
–Sólo… un… dolor de cabeza –respondió.
Tenía un mal presentimiento sobre eso.
Rita Skeeter era una mujer con una misión. Sabía que los registros para estudiantes hijos de muggles en Hogwarts eran increíblemente difíciles de encontrar. Simplemente no había la suficiente información sobre ellos en el mundo mágico, y en el mundo muggle, pronto se encontró ahogándose en un mar de ellos. Le había tomado meses buscar a los amigos de la escuela Lily Potter para encontrar el lugar donde se había criado. No ayudaba que muchos no querían hablar con ella, pero era para lo que servía ser una mosca (o escarabajo) en la pared.
Le tomó varios intentos y algunos encantamientos ilícitos encontrar la escuela primaria de Lily Evans y el obtener acceso a sus registros. Encontró los documentos sobre Lily Evans y Petunia Evans y los copió, anotando en particular la dirección en ellos. Mientras examinaba los nombres encontró otro, uno más sorprendente: Severus Snape. También copió ese documento, para futura referencia.
El próximo paso era ir a la casa de los Evans. La familia de Evans ya no estaba ahí, por supuesto, con los padres muertos y las hijas lejos, pero preguntó a los vecinos a dónde habían ido, y las pizcas de información que obtuvo sobre ambas pintaba una buena imagen. Poco sorprendente, nadie sabía mucho sobre lo que había ocurrido con Lily Evans después de que se había graduado de su exclusivo internado en Escocia, pero Petunia Evans, quien no había sido aceptada en esa escuela, se casó con un hombre llamado Dursley y se mudó a Surrey. Por suerte, uno de los vecinos que resultó estar en el mismo grado de Petunia conocía el lugar exacto: Little Whinging.
Buscar en lugares fáciles como el directorio telefónico muggle no ayudó a encontrar a ningún Dursley en el área de Little Whinging, así que repitió su investigación en las escuelas primarias. Finalmente, los encontró… sólo en el primer año, pero ahí estaban: un Harry Potter y un Dudley Dursley, ambos registrados viviendo en el número 4 de Privet Drive.
Desafortunadamente, los residentes actuales del número 4 de Privet Drive conocían el nombre Dursley sólo de la mujer que les había vendido la casa, pero Rita estaba determinada. Usando varios estratagemas (artículos periodísticos, censos, estudios académicos), entrevistó a los vecinos de los Dursley, y lo que encontró fue muy interesante.
–¿Los Dursley? –dijeron las mujeres más entrometidas y chismosas con una sonrisa–. Un par de lo peor, esos dos. Fueron encarcelados hace unos años.
Rita no podía creerlo, pero muchos vecinos lo confirmaron.
–¿A la cárcel? –dijo, genuinamente sorprendida–. ¿Por qué? ¿Qué hicieron?
–Abuso infantil, escuché –dijo la mujer con un susurro.
–¿Abuso infantil? ¡Por Dios!
Fue al juzgado a encontrar registros del caso, pero estaban sellados bajo la Ley de Protección de Menores para proteger la privacidad de Harry Potter. Considerando el nivel de vigilancia en Potter, no quería romper la ley si podía evitarlo, pero había más de una manera de pelar a un kneazle. Regresó a los residentes actuales del número 4 y preguntó a la mujer que le había vendido la casa. Después de algo de insistencia, le dieron el nombre y dirección de una tal Marjorie Dursley.
Esto iba a ser bueno.
