ANGOR MORTIS
...
El futuro se decide de maneras arquetípicamente naturales, decisiones pequeñas que marcan hitos, pequeñas acciones que remarcan el curso de una historia. Dos días atrás Aaron había dejado la oficina que como agente de seguridad ocupó en la gran torre; después de la poco convincente absolución de la agencia al consorcio, Aaron recibió la orden de regresar a la central de inteligencia.
En cambio Ed, quién hasta entonces continuaba la reestructuración de su gabinete se contentaba con trabajar medias jornadas y pasar el resto de la tarde junto a su pequeña familia.
La vida de Edward e Isabella comenzó una pequeña e idílica rutina, casi incompleta sin el constante acoso que les propinaba mantener a Aaron Hase metido entre la cocina y la habitación; o a su especial familia pisándoles los talones. Tenían por costumbre tomar el desayuno en compañía del pequeño hermano de Isabella, ella hacía chocolate caliente para los tres, Edward preparaba huevos y el pequeño Ethan correteaba entre un lado y el otro de la barra, contando anécdotas que considerara graciosas, chistes que encontraba en la red, o simplemente se sentaba al otro lado de la barra del desayunador a observarlos. Isabella solía atraparlo a la mitad de esas miradas, sonreía hasta ver cómo los pequeños ojos grises de Ethan se estrechaban en una carcajada que a su hermana le sonaba a música celestial. Le abrazaba por un costado y colocaba un beso en lo alto de su cabeza, susurraba cuanto le quería, y en compensación Ethan acariciaba el hinchado vientre.
A ella, quien medio departamento de Pediatría y su muy nervioso esposo le habían hecho tomar un permiso de maternidad, le sobraba tiempo para acompañar a su hermano de un lado al otro de la ciudad. Sin Aaron siguiéndola de cerca sentía la libertad rozando la punta de sus dedos. Iban juntos al cine, le llevaba al imponente London Eye, al museo británico, al jardín botánico y por el almuerzo junto a Esme.
Redescubrió la infinita felicidad infantil de antaño. Aguardaba en cada memoria la misma sonrisa explendida de Ethan, llena del tintineante sentimiento que le hacía brotar de su interior el verlo de un lado al otro, feliz y risueño. Esa mañana le había hecho prometer enseñarle a montar bicicleta, Así que en cuanto Edward salió por la puerta del edificio en dirección a un par de juntas aburridas de consorcio, ella y su hermano tomaron maletas, la pequeña bicicleta regalo de su abuelo y marcharon directo al parque Victoria.
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—¡Ethan, más despacio! —gritó ella a paso lento al mirarlo pedalear cada vez más rápido la bicicleta—. Este niño hará que nazcas antes de tiempo…
«—Tiene un hijo muy travieso y bonito —exclamó una mujer a su lado. Parecía más vieja que su abuela, y Marianne Swan estaba cercana a su septuagésimo aniversario. »
Isabella había fruncido los labios divertida murmurando un agradecimiento a la anciana. En su recuerdo abrigó protectoramente al niño en su pecho. Ethan de casi tres años no era su hijo, aun cuando para la mujer del café debió parecérselo al verla entrar de la mano de Edward que cargaba a su hermano antes de colocarlo en sus brazos.
«—¡Yo no soy bonito! —exclamó el niño en su pecho.»
Edward le había aclarado, hacia bastante tiempo, que los hombres como él eran guapos y varoniles, desde entonces Ethan se esforzaba por parecer lo más rebelde y varonil que podía, alzando el cuello, hablando duro y fuerte, incluso dejando de lado el pequeño peluche de mono que solía cargar a cada lugar que fuese. Sin embargo su faceta bien aprendida de rebelde masculinidad perdía el interés del niño cuando era hora de tomar galletas y mirar caricaturas en su pijama favorito.
«—Tú y tu marido deben estar muy satisfechos —concluyó la mujer antes de salir por la puerta del café a la mitad de Park St.
—Bella, ¿qué es un hijo? —había interrumpido Ethan.
Su hermana lo miró largamente sin saber qué contestar, sonrió de medio lado y buscó ayuda de su querido novio que se acercaba con un par de vasos en cada mano. El niño continuaba con su vista perdida en la de ella, esperando una respuesta que no llegaría.»
—¿Ethan? —exclamó ella reanudando su búsqueda en el parque.
La densa arboleda del parque Victoria era el escondite favorito de su hermano. Se había vuelto casi una costumbre el caminar a través de ella. Isabella apoyó sus manos en la espalda mientras buscaba alrededor por él, renegando en parte por dejarlo correr sin freno mientras ella apenas si podía moverse libremente. Unos metros más adelante logró verlo. Un escalofrío recorrió su espalda, haciéndole erguirse tan recta que dolía. Vestida en un llamativo abrigo rojo y botas altas encontró a Victoria, cabello recogido y labios brillantemente oscuros, maquillaje denso y la misma sonrisa sardónica adornando su rostro. Sostenía la mano de Ethan entre las suyas, tomándolo con tanta fuerza como le fuera posible.
—Tardas mucho en estos días, ¿no es así, Isabella?
Ella miró a su alrededor, estaban solos en medio del parque cerca al zoológico, eran casi las diez de la mañana y, como tal, habían pocas personas a quienes acudir. Bella se debatía entre provocar un escándalo que probablemente generara inestabilidad en su muy de por sí impredecible tía, o aguardar a lo que sea que el señor quiera que esa loca mujer haya planeado.
―No, Bella… Bella –llamó ella—. ¿Qué estás planeando hacer?
La intranquilidad le era casi palpable a través de los ojos de su hermano. Bella se había encargado de advertirle a Ethan sobre Victoria, frases cómo "Aléjate de ella" "Busca algún adulto si la encuentras" "No me gusta esa mujer", sus advertencias claramente eran cosa de todos los días para el pequeño Swan. Sin embargo el recuerdo de la mujer leyendo entre los ventanales de la casa de sus abuelos, arropada en densos suéteres de lana, sonriendo levemente al ser descubierta o sirviendo la merienda entre risas se colaban al mismo tiempo a través de la mente del pequeño.
―Hacemos lo que quieras ¿sí? —aseguró Bella. ―Haremos lo que tú digas… por favor, sólo déjalo ir.
El niño tembló bajo las manos de Victoria. Susurró el nombre de su hermana y eso logró que la mujer le apretara con más fuerza provocando una mueca de miedo y dolor de su parte.
―Sólo déjalo ir, es un niño… déjalo ir. Victoria, vamos, no quieres hacerle daño.
Bella caminó despacio a reserva de asustarles, fue entonces cuando la tercera figura emergió del denso bosque. Tan callado como siempre, silencioso e impredecible; guardó silencio y exhalo despacio, temiendo por la seguridad de todos en ese mismo instante.
—James —saludó Bella. La sonrisa frívola de su tía no tardó en reaparecer. ―Por favor… —suplicó de nuevo.
—El trato es este —interrumpió James tomando al niño de las manos de Victoria—. Dejaremos a Ethan en un lugar seguro, digamos… aquí, y tú vendrás a charlar un poco.
Isabella sabía cuan traicionero el hombre podía ser, no le era sorprendente, sin embargo estaba decepcionada. Silenciosa tomó el hombro de su hermano, quién fue apartado de ella en el mismo instante por James. Victoria se acercó y mostró entonces su más radiante sonrisa y la misma mirada desequilibrada y dulce con la que miraba a sus víctimas antes de acabar.
—Está bien —concedió entonces Isabella.
―No, no lo haré Bella. No me voy a ir.
James soltó a Ethan que se refugió en seguida en ella, Bella, quien en susurros le prometía seguridad. Victoria se giró entonces al niño, caminó segura y acarició su mejilla.
―Tenía numerosas aspiraciones en cuanto a ti, Ethan—. Se burlaba debido a la actitud de resguardo del pequeño Swan ante sus falsos mimos. —Un niño tan cobarde no puede ser mío.
Si había algo que Isabella había aprendido a lo largo del tiempo en la unidad de cuidados pediátricos era que el miedo de un niño se desarrollaba de manera abrupta. La mente compleja se cerraba ante aquella persona que les amenazaba, sin vuelta atrás, sin ni un atisbo de retorno.
El montón de ideas se formaban en la cabeza de Isabella. ¿Cuánto podría correr lejos de ellos? Absolutamente no había oportunidades para ello. ¿Cuánto podría correr Ethan? Esa era una idea absolutamente posible, de no ser por la fuerza con que le afianzaba su mano; por supuesto que no comprendía nada, y allí el único puerto seguro era la única madre que Ethan había conocido, ella.
―Ethan…
Isabella no perdía de vista a la pelirroja, parecía nerviosa al mirar a su complice. Fue entonces cuando Isabella se percató de James, no los miraba a ellos sino a la obscura tierra de bosque, su cabello que comenzaba a crecer tras ser cortado hasta la raíz, se encontraba desordenado, su ropa estaba sucia, ¿dónde diablos se había metido? Por qué parecía querer resguardarse de la misma manera que su hijo hacía con ella.
»—Ethan, mírame —susurró tranquilizadora —Ethan, tienes que hacerlo. Sé que tienes miedo, corazón, todo estará bien…
—¡Oh no! No te atrevas a mentirle, zorra —exclamó la voz aguda de Victoria —No te atrevas a mentir.
Victoria tomó entonces el viejo revolver que poseía apuntando directamente a un desconcertado Ethan, quién en su vida, sólo conocía la vieja Colt del tío Jasper. Bella sabía que estarían perdidos en el momento que le mostraran miedo, cosa que exudaba de cada poro de la piel de ambos.
―¡No! —gritó James acercándose a paso rápido a Victoria, forcejeando por el arma. —El niño no, Vicky, el trato es que el niño no.
―Está bien—. Aseguraba Isabella mirando fijamente el rostro arrepentido de James Wade que evitaba encontrarse con las dos gemas frías que eran en ese momento los usualmente cálidos ojos. Hervía en rabia, en terror y cuidado. —Lo que quieras. Hacemos lo que quieras.
El turbado pensamiento de su hermano le incentivo a correr al otro lado del parque, un movimiento que Isabella anticipó, sujetando sus hombros, le colocó frente a ella y se acercó a su oído.
—Tienes que calmarte, todo estará bien, bebé.
―¡No le llames bebé! Él no es tu bebé. Es MIO… ¡solo mío!
Isabella sosegó la imperiosa necesidad de golpear a la mujer.
―Vamos, camina. —Victoria apuntaba a Isabella mientras caminaba con lentitud, sus ojos oscuros no dejaban de mirar el profundo odio en los azules de su tía, luego miraba el metálico acero de James quien tranquilo cómo usualmente se mostraba caminaba tras la pelirroja. —James, ata al niño
―Estás loca —murmuraba él.
―¡Que lo hagas te digo! —Victoria le amenazó con la vieja pistola de su mano.
James tomó la soga y juntó ambas manos del niño, rodeo y ató de manera experta, justo pero sin lastimarle. Le dejó la soga entre sus dedos y guiñó un ojo cómplice. Ethan, quién había guardado silencio hasta entonces tembló ocultando el cabo suelto del nudo.
―Jala de ella cuando estés seguro, vendrán pronto por ti —susurró James.
―¡Ya, corre! —gritó Victoria.
...
Estar frente a ella era un acto de valentía… quizá de estupidez. Había obtenido a la preciada nieta de su padre. Le tenía frente a ella, sentada en el piso superior de su propia casa. Encerrada en la misma oficina que su padre usaba para mantener sus casuales encuentros, la misma en que ella tuvo que enfrentar las pesadas instrucciones que él dejaba sobre si misma antes de cegar la vida de su esposa.
Victoria tenía un arma cargada frente a la mesa de escritorio. Bella solo era Bella: imprudente, demente, protectora y sumamente estúpida.
Solían juzgarle cómo valiente. No era más que una cobarde corriendo al lado opuesto del fuego. Se jactaba de domarlo, penetrarlo y ser inmune a su poder destructivo. Alardeaba de nacer del fuego, y cuando lo conoció se aterro como pequeño ratoncillo. La hija de satanás, con su cabello de fuego y el alma inquebrantable. Esa era Victoria, fuego puro, en su más demente estado.
Caía a pedazos. ¿Cómo rearmaría algo que está completamente destruido? ¿Cómo cuando cada pequeña pieza es igual a la anterior? Victoria Biers era ese ser. Destruido y renacido en su maldad. Sobrepasada por el fuego interno, completamente consumida de celos, odio y asco por todo aquello que le tocará. La miraba con esa increíble frialdad tan propia de ella, forjada tras años de Lars, criada con el mismo esfuerzo que ponía resistencia a los ultrajes y torturas del lugar donde su propio padre le había sumergido. Victoria era fuerte por sí misma, por sus méritos, sus derrotas y también todas las conquistas acumuladas.
¿Cómo sabré cuándo ha llegado el momento? Moriré. Dios ayúdame a no saltar. Quiero verlos a Edward, a Ethan… a mi bebé. El pensamiento desorganizado de Isabella era un rasgo de agotamiento.
Biers, ese era el apellido de su madre. Nada de Victoria Van Iveren, como se hacía llamar. Nada de Victoria Swan. ¿Pero quién era Victoria Biers, quien había sido Gabrielle, su madre?
—Prefieres hacerlo tú o lo hago yo. —Victoria le preguntaba tan indiferente, despectiva o fingía desinterés. Como si preguntara "¿Quieres una cucharada de azúcar en tu té o prefieres dos?".
—Basta Biers. Sólo somos tu y yo. No más juegos
La risa escalofriante y metálica le erizaba los pelos de la nuca.
—Ese es un problema Swan. Tu no eres nada.
—¿Por qué me quieres muerta?
—A ti no. —La respuesta había sido inmediata, nada frontalizado, por tanto nada medido. Era quizá la mejor oportunidad para Bella, tomar ese tipo de respuestas, otorgarle el tipo específico de situaciones que le impidieran detenerse a analizar. Las decisiones impulsivas eran su especialidad, pero eran el talón de Aquiles para su destructiva tía.
—Ese es un problema grave Bella. Creer que eres el centro del mundo cuando sólo eres… un cero a la izquierda. Por eso te quiero fuera, para que te des cuenta que no vales nada.
Ella guardo silencio. Permanecía con manos atadas a las reposaderas, espalda pegada a la silla favorita de su abuelo. Sumergida en lo profundo de los secretos de su familia, rodeada por los colosales muros de una casa imperial, rota bajo sus propias traiciones, consumida de mentiras, avasallada de consecuencias no esperadas de los errores de generaciones pasadas. La oficina del abuelo en Swansea era un moderadamente grande estudio escondido al fondo del primer piso del complejo. Contenía lo necesario para Alexander, un escritorio modesto de fuerte Roble blanco, tres sillas altas y pesadas, una para Bella y otra más para ella. También estaba rodeada de austera tecnología, en esa zona de la casa a penas si llegaba el cableado eléctrico.
—Edward tiene una hija, a Kate ¿por qué te querría a ti? Eres miserable, disfrutas el dolor. Somos familia Bella, y por mucho que eso te desagrade, sabes tan bien como yo, que fuimos hechas para hacer daño. Todo a nuestro alrededor se marchita, cada camino que hagas, cada paso que des solo hará que lo que esté a tu lado se rompa.
Nunca le dejaría ver todo el daño que eso le causaba. Y era verdad. Edward y Kate, junto a la pequeña Ivy. ¿Por qué siempre lo imaginaba teniendo una hermosa familia donde ella no estaba? ¿Por qué podía tener hermosos recuerdos con alguien que no era ella?
—Ethan, mi bebé Ethan. James irá con él, estoy segura que estará mucho más feliz de estar con su padre, a uno que considera muy interesante. Uno que no lo abandonó.
—Yo no abandoné a Ethan —replicó en defensa Bella.
—Lo hiciste perra, ¡dejaste a mi bebé!
—No.
Victoria golpeó con tanta fuerza su cara que Isabella estaba segura que eso iba a requerir algún vendolete. La pistola en su mano parecía una extensión de su implacable crueldad. Conocía esa admirable guerra dentro de ella. Temerosa, reservada, todo posible para su desorganizada personalidad.
—Huiste, cobarde. Al menos mírame cuando te hablo, ¡mírame!
Isabella giró entonces su cabellera rebelde tras su tía. Sostuvo la mirada altiva, característica de su abuelo, pensó en la frialdad de Jasper tras su cubre bocas de quirófano, invocó toda la fuerza que debía sostener Rose tras su andar por las pasarelas, se refugió tras la risa de su mejor amiga Alice y los brazos protectores de Emmett.
Tenía todo el ejército de familia y amigos entre el medio de su cabeza. Tenía también el espíritu férreo de Charlie y el fuego rebelde de su madre ardiendo dentro de ella.
—Creo que todos están mejor sin ti. Entiendes ahora porqué no importas, ¿lo entiendes ahora, lo entiendes pequeña Bella?
Isabella tenía una contextura pequeña aún después del abultado vientre que se notaba a kilómetros de distancia. Internamente, lo que más lloraba era eso. Un bebé, que dadas las circunstancias actuales, estaba mucho más allá de aterrada de no conocerlo. Si ella salía sin él, todo sería peor. Lloraría sangre por él. Si él salía sin ella… no, ni siquiera podía pensarlo.
La mirada insistente de Isabella no se apartó de su figura desde entonces. Le seguía mientras Victoria acechaba, no parpadeó ni un solo segundo al verle encender uno de los puros selectos de Alexander Swan. Verla tirar las fotografías familiares al piso fue lo último que soportó.
—No te cubras el vientre Bella, no lo mataré yo. Lo harás tú.
Nunca
—Oh sí bebé, lo harás. Haré que mueras lentamente y junto a ti tu pequeño engendro.
El bebé estaba permanentemente apoyado en el fondo de ella. Podía sentir como se movía. Sufría con su propia adrenalina, y ¿si ella los mataba, y si ella cumplía sus promesas? No habría nada que pudiera hacer por ellos.
—¿Ruleta rusa? —le preguntó casi amistosamente. Eso le dio mucho más miedo.
—¿Un juego?
—Sí —psicópata, Victoria estaba desquiciada, y completamente segura de ganar su juego favorito. —Vamos, tu primero
¿Dejaría atrás una oportunidad? Por mínima que parezca, por ínfima que sea la posibilidad de ganar. Ruleta rusa, su única salida.
No había nadie allí para defenderla. Solo ella y el bebé. Solo de ella dependía su vida. Había visto pasar miles entre sus manos. Era hacedora de bien y mal, de equilibrio y caos. Tocada por el alma de miles, avasallada por la adrenalina, convencida de tomar aunque fuera la oportunidad más estúpida e improbable que se le presentara.
Jasper solía recordarle que un movimiento en falso en una intervención y tendrían un enorme problema. Un pequeñísimo error y podrían acabar con la vida de alguien. Aunque también había observado a las manos de su mejor amigo hacer grandes trabajos en los cuerpos de aquellos pacientes que su clínica de malformaciones aceptaba.
Hoy tenía su propia vida en sus manos. Era ella la que debía jalar el gatillo, Isabella la que sería autora de su muerte o su salvación.
Toda la maldita vida había sido así pero, era ahora, cuando tenía los intestinos atorados a la mitad de su garganta, cuando podía sentir el dolor en su espalda de mantenerla completamente recta. Solo ahora, cuando ella era fuente de vida y no de muerte, que realmente podía tomar control de su vida. Era un huracán, nada los destruye a menos que ellos lo deseen. Ella no quería destruirse, no más. Quería salir de ese lugar. Quería tenerlos de nuevo, a su familia, a sus amigos, a Edward. Ansiaba con desesperación a su bebé, un bebé de ambos, la promesa de luz.
No dejaría que una estúpida pelirroja con complejo de justiciera de mierda le quitara todo ello. Luchaba, aún cuando no quedará nada para ella. Lo hacía aún cuando al regresar significara observar la desolación y la destrucción. Lo haría. Renacería.
Había vivido dentro de un huracán la mitad de su vida, era su fiel compañero. Su escudo, su arma. Sabía domarlo porque aprendió a hacerlo. Debía hacerlo. Era tiempo de usarlo. El viento, la fuerza, la desesperación. Todo ello lo haría chocar contra esa bruja, tanto como pudiese.
Se salvaría, los salvaría.
Un paso más y estarás más lejos que ayer. Se fuerte. Todo tiene un fin, el dolor también. Lo que ellos no saben es que con cada paso más lejos, es un paso más para dañarse.
Todo tiene un fin, ¿su amor también? ¿era el fin?
Toda su vida estuvo llena de sombras que no le dejaban ver más allá de unos cuantos pasos. Todas sus decisiones tomadas con instinto, porque certeza nunca la hubo. ¿Cómo podría garantizar que eran correctas? Nunca podría.
Esta era de esas. Un impulso, y más le valía al maldito funcionar porque era el único que tenía.
Luego nada. La inconsciencia llegaba a ella cuando Victoria no alcanzaba su mente impenetrable. Pasaba horas enteras observándola, a veces callada, a veces desquiciada en ira, tomaba el revólver y lo apuntaba directo a su cien. Isabella sostenía la respiración más no se alejaba del frío metálico del arma contra su piel. La miraba directo a los ojos y Victoria sonreía a ella, casi orgullosa de su oponente inmovilizado.
El dolor en su cadera iba en aumento. Y estaba segura que la herida de su cabeza sangraba más de lo que debería. ¿Donde mierda se supone que estaba el complejo sistema de seguridad qué tanto Edward como su abuelo habían instalado al rededor de la casa y la familia. La ironía se burlaba de ella tras cada metro del conocido papel tapiz de su hogar.
¿Cuánto había pasado, horas, días? El enclaustramiento al que se veía sometida le desorientaba en tiempo. ¿Podría estar también desorientada en lugar?
—¿Por que estoy aquí Victoria?
—Openning Time.
—¡Basta ya! Abre la boca, al menos ten la cortesía de responder cuando te llaman. ¿Por que la oficina del abuelo? ¿Por que en la residencia familiar?
—Los veranos en la costa debieron en buenos no crees. —Victoria parecía debitar, tomó asiento lejos de ella, diestras de su silla y cerca la única ventana disponible. —Siempre me pregunte porque él te prefirió a ti, porque mientras construía tu fuerza, se empeñó tanto como pudo por destruir la mía. Creo que adoraba verme luchar hasta que me doblegará, hasta verme suplicar, hasta que exudara miedo... tal vez tu miedo te salvó.
—¿Quién él? —preguntó Bella, un cuarto de tono más agudo esta vez.
—Te vendió. Te vendió por. Nuestro hijo, prefirió a Ethan sobre ti, sobre mi... sobre cualquier cosa.
—James... —susurró aliviada ella. Al menos eso sería un indicio de que El Niño estaría bien, pero nada garantizaba que no lo hubiese obligado a desaparecer con él. Un miedo atroz, se instaló en cada hueso de su piel, ¿no se atrevería no es así? Lo había prometido...
Como dijo no dañarte, y venos, estamos aquí, atadas y expuestas.
—Vamos Belly-Bells, tengamos un pequeño juego. Si tu ganas dejaré que corras tan lejos como puedas, si yo gano… seguirás aquí hasta que alguna acabe con la otra. —Su tía se acercó a su oído y susurro cada palabra con fina crueldad-—. No pierdes nada… vamos Isabella responde o mi paciencia se acaba
El rostro de Victoria estaba tan cerca de su rostro que el horrible olor dulzón que la acompañaba le mareaba aún más. Bella juntó toda la saliva de su boca y en un osado y estúpido acto la arrojó en el rostro marmóreo de la pelirroja.
—Bueno —se dijo así misma mientras se limpiaba con la ropa de su prisionera— creo que eso es un no.
Tomó la rodilla y la pierna de Isabella entre sus manos y giró hasta que un pequeño –Crack– retumbó hasta la ultima esquina de su cerebro. Inmediatamente un punzante dolor recorrió su pierna hasta su espalda. Rota o no, eso dolía como los mil demonios.
«—¿Qué mierda es eso Bella?
—¡Lenguaje! —Lo reprendió ella — es solo el bebé.
—Oh no… eso —Emmett tocó su abdomen— es un jodido futbolista.
—No seas exagerado… solo está pateando. Qué tal que tiene hambre, deberías llevarnos por un emparedado, Emmett —añadió su prima con cierta diversión en su rostro.
—¿Te duele? –estaba nervioso de verla pasar por ello.
—Por supuesto que no… no seas exagerado. —Sólo le gusta la fiesta.»
Estaba en el piso. De algún modo Victoria la había dejado en un rincón. Hacía mucho frío, quería agua, quería ir al bañ ía llorar, quería ayuda. Deseaba estar lejos de allí.
—¿Te has despertado?
Isabella se quejó en voz alta del dolor en su cuerpo.
—No aguantas nada Bella, apenas comenzamos.
Tienes que sacarme de aquí… por favor
—No llores. No desestimes lo único que me agrada de ti —añadió Victoria con algo de temor en su voz. Es que era capaz de dañarla así, indefensa, rota, inmóvil.
—Debemos hacerlo, Swan. Tenemos que hacerlo.
Victoria sonrió ampliamente, incluso se rió tan bajo y expectante que más que psicópata parecía de una niña perdida.
—Eres un fantasma Vicky. No hay nada que se pueda poner peor para ti. Yo en cambio... ¿Que quieres de mí?
—Tengo mil cosas que se pueden complicar, me encantaría hacer que eso pase.
—Lo sé… lo amarías
—Me fascina el dolor Bella, a quien quiera que valla dirigido.
Ella se calló un momento, reflexiono sus actos y todo lo que le había sido arrebatado hacía tanto tiempo atrás. Victoria alma correcta que fue profanada por la mitad del mundo. Victoria que fue solo un intercambio comercial, la que fue usada como prostituta, probadora de drogas, contrabandista y asesina.
—Vivo con él, es algo que es tan propio, que si me separas de él me perdería.
Victoria le puso de pie, el dolor punzante de su rodilla le impedía la marcha, por lo que a pulso de dolor y con la inesperada y no agradecida ayuda de su captor, Isabella alcanzó la silla más próxima. Victoria se colocó frente a ella, guardó silencio y colocó una bala dentro el revólver.
Isabella tomó la pistola que le era ofertada, había solo una bala. Lo cerró lentamente y giró tan rápido como pudo el rodillo.
—Es tu única posibilidad. Ahora, dispame primero.
—Creía que debía dispararme a mí...
—No seas aburrida, no será la primera vez que acabas con la vida de alguien. —Victoria tomó las manos frías de ella junto al pesado objeto dentro de ellas, y lo colocó entremedio de sus ojos.
—¿Que haces? —Exclamó repulsiva.
Victoria golpeó la cabeza de Isabella de nueva cuenta. Tomo algo dentro su chamarra de cuero negro y lo empuñó dentro de ella, otra punzada de dolor se hizo presente mientras su abdomen se llenaba de sangre. El terror paralizante entonces le llegó hasta el último de sus cabellos.
—Respuesta equivocada. —Victoria sostuvo con mayor fuerza a Isabella junto al revolver contra su cara—. La primera vez que yo maté a alguien, fue a tu abuela. Ella o yo.
Bella empuñó con fuerza el metal.
—Ahora dispara. Vamos Bella, jala el puto gatillo, o tú o yo. ¡Hazlo! Maldita sea, sólo jala.
Milímetro a milímetro sintió la fuerza de los dedos de Victoria contra los suyos, apretando el gatillo con lentitud dolorosa esperando a que se diera la detonación.
Un enorme escandalo se formó de un momento a otro. Una serie de eventos sin control, Isabella jaló el gatillo de la pistola entre sus manos. Victoria sonreía casi consciente de que esa bala no llegaría a su cráneo. La noche que atravesaba la habitación no dejaba ver más allá de la nariz.
Un respiro.
Dos respiros.
Isabella sentía a su sangre correr desesperadamente contra de sus venas. El martilleo contra el vaso hacía que se levantara un poco de su piel.
—Sigo aquí nena… es mi turno
Quería llorar, quería huir, morir.
—Ya basta… ¿qué pretendes?
—Isabella, para ser toda una doble cara eres demasiado remilgada y aburrida. Al final nunca te deshiciste de tu cara de niña buena. Te detesto por eso, porque no tuviste el coraje de deslindarte del poder de tu familia, de la protección de Edward… ni siquiera de decir la verdad. Si hubieses sido más real, más recta… tal vez... —Victoria se calló enseguida—. Ya no importa.
Ella jaló el gatillo una vez, con la punta pegada al cráneo sangrante de Isabella. Escuchar el chasquido del disparador impactarse contra su piel le cortó la respiración. Tenia un maldito nudo en la garganta. Moriría… y no podía detenerlo.
Su pecho comenzó a temblar. Seguía allí
—Justo… bala equivocada —Tenía una risa demente. —Jala tú de nuevo
—No… déjalo ya, sólo déjalo . Vete, ten tu vida en otro lugar, no necesitas esto.
—Jala el puto gatillo, perra
La segunda vez que puso su dedo en el arma no lo pensó. Ni siquiera terminó de apuntarlo a ella. Solo sintió el frío entre sus dedos y disparó. Ver la cara de esa mujer quedarse en una mueca suicida había sido lo ultimo que vio.
Todo le dolía. No podía respirar. Al final, ella siempre ganaba. Gano muriendo entre sus manos. Gano al romper lo único que ella nunca había podido. La muerte… la muerte siempre había sido su compañera, la que nunca le abandono.
Al final, había sido ella quién cargaría con el peso de un asesinato.
Victoria estaba muerta. Ella estaba viva. Victoria descansaba ¿Cómo lo haría ella después de lo que había hecho?
...
"¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!"
Ernesto "Che" Guevara.
Desde mi guardia en el segundo piso de Medicina Interna.
Espero poder postear el que sigue este fin de semana.
XOXO V
Prometo responder todos los rw al final.
