Cap. 35 (Revolution - The Beatles)
―Sí, y supongo que los americanos les ayudarán también. Después de todo, los finlandeses fueron los únicos que devolvieron los préstamos de la Primera Guerra Mundial ―explicó Moody.
―Pero ¿eso significa que el Reich está ayudando a Finlandia contra los Soviéticos? ―preguntó Filius sorprendido y luego se giró hacia mí sonriente―. ¿Qué no harías tú por mi?
Yo lo miré por encima de las gafas y alcé una ceja, Amelia carraspeó un poco molesta. Era el martes siguiente y estábamos en la biblioteca, después de clase.
―Más que por ti, cualquier cosa contra los soviéticos creo yo. Sobre todo después del numerito del Veritaserum… ―aclaró Moody riendo también, sentado a su lado, frente a mí.
―Sí bueno… pero no creo que Grindelwald sepa que Slughorn interpreta a la Unión Soviética y nos tendió una trampa ―respondí yo volviendo de nuevo al panorama internacional real.
―No, según dijeron no fue cosa de Grindelwald ―explicó Moody―. Fueron los italianos. Lo que no sé es porque están ayudando a Finlandia si ellos son simpatizantes del Reich.
―Será por lo que dijo Grindelwald de que no iba a necesitarles. En cualquier caso ¿No hablaron de eso hace un par de semanas en el periódico? ―pregunté recordando―. Esperad― les pedí mientras me levantaba.
Me fui a La torre de Gryffindor, subí a la habitación, recogí todos los periódicos que tenía guardados y bajé otra vez a la biblioteca.
―Aquí están ―les dije soltándolos encima de la mesa, cuando llegué―. Pero dadme un minuto que lo busque.
Filius tomó unos cuantos también, para ayudarme a mirar las fechas una a una.
―Eh ¿qué es esto? ―preguntó extrañado eligiendo un periódico. Le miramos con curiosidad.
Yo abrí los ojos sorprendida dándome cuenta que era el periódico agujereado que había usado para espiar a Dumbledore en la biblioteca. Creía que lo había tirado.
Filius acarició las hojas para notar los agujeritos, Moody le quitó una hoja y la levantó girándose hacia él, para mirar a través.
―¡Eh! ¡Qué ingenioso! ¡Puedo verte, Flitwick! ―comentó. Yo rápidamente alcé la varita, deshice la transfiguración convirtiéndolo de nuevo en un periódico normal y fruncí el ceño volviendo a los periódicos.
―No es eso lo que estamos buscando ―les reñí. Filius me miraba entre sonriente y sorprendido, con la boca ridículamente abierta.
―Esto es… ―empezó cayendo en la cuenta de que era el mismo truco de los dos agujeros que él había inventado pero mejorado y, por tanto, entendiendo para que lo había usado yo.
―No, no lo es ―aseguré sin prestarle atención.
―¿El qué? ―preguntó Moody.
―¿Qué es el qué? ―añadió Amelia.
―Sí, sí lo es― respondió Filius sonriente, ignorándoles.
―No... No. Lo. Es. ―añadí yo mirándolo con dureza a modo de advertencia.
―¿Pero qué es? ―preguntó Amelia.
―Es tecnología punta en materia de espionaje― explicó él con una gran sonrisa, Amelia sonrió entendiendo.
―¿Espionaje? ¿A quién estabas espiando? ―preguntó Moody sin entender.
―¡No! ¡No lo es! Le hice esos agujeros porque… Porque tenía calor mientras lo leía y así pasaba el aire ―me defendí aun a sabiendas de que esa era la mayor estupidez que podría haber dicho. Ellos rieron y yo elegí otro periódico especialmente desordenado, intentando no hacerles mucho caso. Lo puse en vertical para poner todas las páginas a la misma altura.
―Claro, y todos sabemos porque tenias calor... ―respondió Filius con malicia. Yo fruncí el ceño.
―Tenemos cosas más importantes que discutir― aseguré apelando a la sensatez; no sé porque siempre hacía eso, nadie parecía tener ni un ápice.
Mientras seguía sacudiendo el periódico para que se pusieran rectas las paginas, algo salió de entre ellas. Era una carta y estaba abierta.
Urząd Dziewięć PC Bruno
Paris, Île-de-France
FRANCE
Rezaba el remitente. No entendí nada de la primera línea, la tomé y le di la vuelta para ver a quien iba dirigida, ¿Quién podía recibir correo de Francia y que hacía en mi periódico?
Mr. Albus P. W. B. Dumbledore
Escuela de Magia y Hechicería de Hogwarts
Hogsmeade, Inglaterra
REINO UNIDO
Abrí los ojos como quaffles por la sorpresa. Maravilloso, simplemente maravilloso… ¿De dónde había sacado yo esa carta de Dumbledore?
―¿Qué es eso? ¿Francia? ¿PC Bruno? ―preguntó Moody bajando la cabeza para leer el remitente mientras yo sostenía el sobre en vertical, levanté la vista para mirarlo. Amelia miró por encima de mi hombro.
―¡Es de Dumbledore! ―anunció sorprendida, me giré rápidamente hacia ella, apartando el sobre y frunciendo el ceño.
―¿De dónde has sacado una carta de Dumbledore, Min? ―preguntó Filius con una de "esas" miradas. Yo me volví hacia él.
―Minerva― corregí ―. No es mía ―dije fríamente―. Este tal PC Bruno se la debió escribir―añadí mostrándole el remitente―. ¿Lo ves? ―se la tendí.
―Sí, pero una cosa es espiarle detrás de un periódico y otra robarle el correo ―me riñó Amelia.
―No lo he robado―respondí fríamente―. Me ofende que pienses eso de mí.
Ella me sostuvo la mirada unos instantes, en silencio y al final la desvió.
―Está bien, no la has robado, ¿pero cómo ha llegado a tus manos entonces?
―No tengo ni idea… ―respondí encogiéndome de hombros―. A saber cuánto hace que está aquí, con el periódico―añadí, y entonces caí en la cuenta, ese periódico era de la semana surrealista en que le había encontrado por todas partes… por lo arrugado y desordenado que estaba, podía ser el que me tiró por el suelo cuando chocamos en el pasillo, podía recordar que a él también le cayeron papeles por el suelo, a lo mejor al recoger las páginas a toda velocidad me lo había llevado sin querer.
―Pues los sobres no andan solos―rió Filius, yo le hice un encantamiento para que le salieran patitas y se puso a corretear por encima de la mesa―. Bueno, antes no lo hacía ―se corrigió.
―Creo que me lo llevé por error con el periódico un día que sin querer choque con él en el pasillo y le tire los papeles por el suelo ―expliqué. Ellos me miraron evaluando mis palabras, pareció convencerles, Amelia deshizo el encantamiento de las patitas y lo tomó.
―¿Y qué significan estás dos palabras? ¿Urgad Ziewiec? ―preguntó leyendo el remitente lentamente.
―Parece el nombre de PC Bruno, ¿no? ―Intervino Moody―. El hecho es que me suena de algo.
―Pues debe ser alemán, por lo menos―propuso Filius alzando las cejas―. Con ese nombre…
Amelia, Moody y yo nos quedamos en un tenso silencio, Filius nos miraba de uno a otro sin entender qué pasaba.
―No, no puede ser una carta del Reich ―aseguré yo rápidamente, cortando la tensión y desestimando la idea que nos había venido a la cabeza por el comentario―. Si fuera eso, la habrían enviado desde Alemania o Polonia, no desde Francia. Francia es un país aliado.
―Deberíamos leerla ―opinó Moody, sombrío.
―¡Ni hablar! ―dije yo recuperándola de las manos de Amelia―. Es correo privado, ni siquiera deberíamos tenerla. Lo que deberíamos hacer es devolvérsela.
―McGonagall… ―me pidió él en tono de advertencia, tendiendo la mano para que se la diera.
―¡No seas dramático, Moody! Sé lo que piensas y no es un traidor. No tenemos derecho a leerla― sentencié defendiéndole.
―Pero McGonagall, tú misma viste lo tenso que se pone cada vez que se habla de Grindelwald a su alrededor y él fue quien te dijo lo del palo de la muerte ¡Y supo lo de Noruega antes que nadie! De algún modo tiene que haber descubierto todo eso... Además, ya oíste a Dung, vivía en el Valle de Godric y pudo conocerlo. Además, por algo le estás espiando, ¿no? Podríamos estar interceptando un mensaje de un traidor, es una cuestión de seguridad nacional.
―Sí, y recuerda lo que nos contó Slughorn sobre Bathilda Bagshott, Min, si realmente es la tía de Grindelwald, es seguro que se conocían― añadió Filius.
―Minerva ―corregí con paciencia―. Para empezar, eso de la tía no es seguro y, por enésima vez, no le estoy espiando. Todos nos ponemos tensos al hablar de cualquier cosa relativa al Reich. Y lo de Noruega es lo que hubiera hecho cualquier estratega militar competente. Vosotros también le conocéis y pensaba que os caía bien ¿De veras creéis que es un traidor? Por favor… Además, si tan importante fuera esta carta, no la pasearía por ahí para que alguien pudiera verla o encontrarla ―le defendí de nuevo, aunque interiormente no estaba tan segura. ¡No! ¡No! ¡Pues claro que estaba segura! Dumbledore era una buena persona, ¡Por Merlín! si se dedicaba a investigar con la sangre de dragón para crear medicamentos. Además, si pretendiera dominar el mundo… demonios, con su talento seguramente ya lo habría logrado.
―No digo que no me sorprenda, pero no podemos confiarnos― explicó Moody en tono paternal―. No le conocemos tanto y la idea de ser un traidor es precisamente no parecerlo para que todos se confíen. Vigilancia permanente, McGonagall. Además, si me lo permites, tu situación emocional actual te impide pensar con claridad. Lo mejor será que lo sometamos a votación, ¿qué creéis vosotros que tenemos que hacer? ―preguntó a Filius y Amelia.
―¿Cómo que mi "situación emocional actual"? No estoy en ninguna "situación emocional"―protesté nerviosa, pero ellos simplemente me ignoraron.
―Yo pienso que en principio no deberíamos leerla, es correo privado y hay leyes para la preservación de la intimidad, pero claro, teniendo en cuenta la posibilidad potencial de que se trate de un asunto de la seguridad nacional, es diferente… ―expuso Amelia.
―¿Pero qué seguridad nacional? ¡Una carta de Bonaccord o de Spavin también seria seguridad nacional y no se os ocurriría abrirla! ―seguí protestando.
―Yo estoy de acuerdo en leerla ―aseguró Filius.
―¡Tu ni siquiera estás preocupado por el país! ¡Lo tuyo es pura curiosidad de caradura sin escrúpulos! ―protesté de nuevo, Filius se encogió de hombros sonriendo con orgullo.
―Dijo la espía profesional… Sí, lo sé. Y me siento orgulloso de ser un cotilla, ¿a caso tú no tienes curiosidad? ―me retó.
―¡Pues no! ―exclamé. Él alzó una ceja con escepticismo y Moody me tendió la mano para que le diera el sobre, le ignoré―. Bueno… quizás si… un poco, pero ¡Yo respeto a las personas! Y no le estoy espiando― le espeté a Filius y luego me giré a Moody―. En cualquier caso, yo encontré la carta: yo decido sobre ella. Esto no es una democracia― sentencié guardando la carta dentro de un libro y levantándome.
―Petrificus totalus― conjuró Moody con la varita levantada hacia mí, sin que yo lo esperara―. Quizás no es una democracia, pero tampoco eres tu quien decide. Tienes que entender que es por la seguridad de la nación― explicó y sacó la carta del libro donde la había guardado sin que pudiera hacer nada. Maldito... En cuanto deshiciera el hechizo le echaría una maldición.
Saco los pergaminos del sobre abierto y los desdobló. Había unas cuantas hojas, todas estaban en blanco. Las examinaron una por una.
―A lo mejor están escritas en tinta invisible ―aventuró Amelia―. ¡Revela tu secreto! ―ordenó poniendo su varita sobre una de las hojas, pero no pasó nada―. ¡Muéstrate! ―intento de nuevo, aún nada.
―A lo mejor está maldita o algo ―planteó Moody―. Specialis Revelio― conjuró, tampoco tuvo éxito.
―A lo mejor no lo estáis haciendo bien―se burló Filius altivo―. ¡Filius Flitwick te ordena que enseñes la información que ocultas, por el poder que le ha sido concedido! ―añadió medio en broma medio en serio, pero como no sucedió nada se mosqueó un poco. Yo me reía de ellos interiormente.
―¿Y si tienes que decirle una contraseña o algo? ―Propuso Amelia eligiendo una hoja para sí―. "¡Por el bien mayor!" ―dijo con la varita encima suyo. Nada.
―"Gellert Grindelwald" ―la imitó Moody en la hoja que eligió para él. Sin cambios.
―No, tiene que ser un hechizo. Si es una contraseña no la descubriremos… Aparecium ―conjuró Filius con un poco más de rabia en su propia hoja, nada.
Frunció el ceño, estuvo un buen rato gritándole todo lo que supo y se le ocurrió, sin éxito, aquello empezaba a ser hasta aburrido.
―Cistem Aperio... ¡Reducto! ―gritó al final completamente desesperado, la mesa entera explotó.
―¡Fil! ¡Tranquilo! Se supone que queremos leerla, no destruirla ―le detuvo Amelia. Madame Skeeter se acercó a nuestra mesa con cara circunstancias.
―¡Pero bueno! ¿Qué está pasando aquí? ―nos riñó―. ¿Qué os creéis que es esto?
―Ah, perdón, nosotros solo… ―intentó disculparse Amelia.
―Reparo― conjuró Filius arreglando la mesa y todo lo que había estallado.
―Nada de excusas. Fuera de la biblioteca, ahora.
―Pero… pero nosotros no… ―protestó Moody.
―¡Fuera he dicho! Cinco puntos menos por cada uno ―ordenó taxativa ellos recogieron sus cosas rápidamente y cada uno guardó un pergamino de la carta.
Skeeter se giró hacia mí al ver que yo no reaccionaba.
―¿Y a esta que le pasa? ―preguntó señalándome.
Moody hizo un gesto de desagrado y deshizo el hechizo. Yo estuve a punto de perder el equilibrio, pero no lo hice. Sacudí la cabeza, me incorporé, les eché una mirada de hielo, recogí mis cosas y sin decirles nada, salí de allí.
