Disclaimer: Nada de lo que reconozcan me pertenece, los personajes son de la maravillosa Stephenie Mayer. Solo me divierto con ellos junto a mi imaginación. La trama es mía.
Summary: Nueve años han pasado desde la última vez que Isabella sintió la felicidad en primera persona. Desde ese momento, su vida gira en una absoluta oscuridad; siendo presa de las decisiones de los demás. ¿Podrá la reaparición de alguien importante brindarle la fuerza que necesita para que, por primera vez, luche por su felicidad?
Capítulo dedicado a Claudia, ¡Feliz cumpleaños, linda! :D
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¿Qué es la felicidad?
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Capítulo beteado por Isa :)
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Outtake: El hombre detrás de la máscara
"El perfeccionismo no es una búsqueda de lo mejor. Es perseguir lo peor de nosotros, la parte que nos dice que nada de lo que hagamos será nunca lo bastante bueno."
Julia Cameron.
Emmett POV
{10 años}
Muchos niños de mi edad tienen sus superhéroes favoritos. Algunos Batman, otros Robbin, otros Capitán América… yo no era como ellos, mi único héroe era el hombre que vivía a mi lado, demostrando día tras día que yo lo era todo para él: Mi padre.
Patrick McCarty era mi modelo a seguir, mi prototipo de lo que algún día me gustaría convertirme. Él era inteligente, elegante, seguro; todos sus empleados le tenían respeto y él los manejaba como fichas de ajedrez. Yo también quería eso para cuando fuese mayor, yo quería que me respetaran y que cumplieran mis órdenes.
Yo quería ser perfecto, con todas las letras.
Muchas veces me quedaba embobado viendo a mi padre trabajar, vestirse con sus hermosos trajes y corbatas, sus zapatos bien lustrados y su portafolios. Cuando él no estaba en casa, yo jugaba al abogado, a escondidas me vestía como él y era el jefe de todos mis muñecos.
Yo quería ser como él cuando fuese grande.
Solamente éramos mi padre y yo, no había nadie más. Papá me contó que yo tuve una mamá pero nos dejó cuando yo era muy chiquito y no me acuerdo de ella. El único recuerdo que tenía de ella era una fotografía que demostraba que fue preciosa: su largo cabello marrón y sus preciosos ojos azules —como los míos—. A veces me quedaba horas mirándola embobado por su belleza y también deseando que estuviese conmigo.
—¿Has hecho la tarea, Emmett?
Levanté la vista y me encontré con la señora Susan, mi nana desde que tengo memoria.
—Pero no quiero hacerla… —respondí sin ganas—. ¿Me la haces tú?
Ella suspiró pesado y negó rápidamente con la cabeza.
—Debes hacerla tú, Emmett, ¿qué dirá tu padre si se entera que no la has hecho?
Abrí mis ojos de golpe, ella tenía razón. Papá siempre decía que había que estudiar y hacer todas las tareas para ser alguien el día de mañana.
Me levanté rápido de la cama y fui en busca de mi mochila para sacar mis cuadernos y mis libros. Susan me miró con una sonrisa y me hizo compañía en todo momento. Estaba agradecido con ella, pues era la única que nunca me dejaba y estaba junto a mí todos los días. Como mi papá era un hombre muy ocupado, muchas veces tenía que viajar por todas partes del mundo y no podía llevarme, entonces se pasaba mucho rato fuera de casa. Pero él me llamaba, no mucho, pero lo hacía.
—¿Cuándo llega papá, nana?
—No ha hablado en estos días, Emmy. —Acarició mi cabeza—. Pero seguro que lo hará pronto, nunca se ausenta más de dos meses.
—El viernes será mi cumpleaños —dije terminando de escribir.
—Lo sé, cariño —respondió con dulzura—. ¿De qué quieres tu pastel?
Me senté como indio en el suelo y aparté mis cuadernos, ya había terminado todo.
—No quiero ningún dibujo o superhéroe en él, ya no me gustan. —Susan me miró con una ceja levantada.
—¿Y eso por qué? —preguntó—. A los niños de tu edad les gustan los dibujos, solamente cumplirás diez años.
Me encogí de hombros.
—No quiero dibujos, yo ya soy grande.
Susan rodó sus ojos de una manera muy graciosa.
—No quieras apurar el tiempo, Emmett —susurró acariciando mi mejilla—. Aún eres muy pequeño para eso.
El día de mi cumpleaños llegó y a cada rato miraba la puerta por si mi padre volvía, pero aún no había llegado. Solamente lo habían hechos mis compañeros de colegio, los payasos que animaban la fiesta y no sé qué más… no estaba prestando atención, sólo quería a mi padre conmigo.
—¿No vas a ir a jugar con tus amiguitos, Emmy?
—No quiero.
—Pero Emmett, ellos están aquí por ti…
Levanté mi mirada hacia los otros niños y los vi reír y jugar entre ellos, aunque mi vista estaba clavada en las mesas de los grandes, ya que los padres de ellos también se quedaron; vi cómo no les sacaban la vista a sus hijos, preocupándose en que no les pasara nada.
—¿Por qué yo no tengo un papá que se preocupe por mí, nana? —No quería llorar, yo era un nene fuerte, pero ahora tenía muchas ganas de hacerlo.
—Cielo —susurró Susan, abrazándome fuerte—. Tu padre se preocupa por ti, quizás no es el típico que anda detrás de ti todo el tiempo, pero ambos sabemos que lo hace.
—¿Por qué ni me llamó? Él sabe que hoy es mi cumpleaños. No pudo haberse olvidado, ¿cierto?
Ella no dijo nada, pero no era tonto y sabía que no tenía ninguna respuesta para darme. Quizás, yo no le importaba tanto a mi padre como pensé. Quizás él ya se había aburrido de mí y me dejó solo con Susan. ¿Por qué no podía tener a mi mamá aquí? Quizás ella podría consolarme y abrazarme hasta quedarme dormido.
La hora del pastel llegó, todos me cantaron el feliz cumpleaños, pero yo sólo me agaché a soplar las diez velas que mi nana había puesto en el pastel de color azul. Todos habían dicho que tenía que pedir los tres deseos, pero no lo hice… ¿Qué iba a pedir de todos modos? ¿Que mi padre me quisiera?
Los invitados se fueron yendo de uno y cada vez quedábamos menos en el patio trasero de mi casa. Los sirvientes comenzaron a ordenar todo lo que se había usado, yo me quedé sentado en una de las sillas mirando sin mirar por todos lados.
Mi padre todavía no había llegado y ya no creía que lo hiciera. El sol se estaba comenzando a ir y estaba refrescando, pero yo no quería ir adentro como me había dicho mi nana. ¿Para qué iría si iba a estar solo? No tenía amigos, no tenía madre, y ahora parecía que tampoco tenía un padre… ¿Por qué todas las personas me abandonaban?
—Emmett, ven adentro a bañarte y luego a la cama.
Miré a Susan y me levanté para ir en silencio hacia la casa. Ella era lo más parecido que tenía a una mamá; tampoco quería que ella me abandonara. Al llegar al interior de la gran y vacía casa, mi nana me abrazó fuertemente. En otro momento le hubiese dicho que yo ya era un chico grande y que no necesitaba un abrazo, pero ahora era lo único que tenía y me aferré a ella con ganas.
—Te quiero mucho, Emmett.
Sentí mis ojos picar y sólo la pude abrazar más fuertemente. Jamás nadie me había dicho esas dos palabras y sentí que mi corazón se llenó de felicidad. Al menos, alguien me quería y se preocupaba por mí, después de todo.
Escuché la puerta abrirse detrás de nosotros y, al levantar mi vista, vi a mi padre mirarnos con las cejas levantadas. Susan se recompuso y me soltó, aunque yo mantuve unidas nuestras manos.
—Señor McCarty, buenas noches —saludó mi nana.
Mi padre asintió y me miró.
—¿No vas a saludarme? —preguntó, mirándome con las cejas levantadas.
—Creo que esta vez tú tienes que saludarme primero. —Me miraba confundido y me sentí peor; siquiera recordaba mi cumpleaños.
Sentí el agarre de mi nana hacerse más fuerte.
—Hay alguien que quiero presentarte —murmuró encogiendo sus hombros, sin darle demasiada importancia a mi comentario.
Recién ahí me di cuenta que no venía solo y que había una mujer parada en la puerta. Comencé a ponerme nervioso cuando la abrazó y le susurró algo en el oído a la desconocida mujer. Era bonita, debía admitirlo. Su cabello era largo y de un color oscuro y sus ojos tan celestes como los míos, tenía una sonrisa dulce y parecía una buena mujer… pero a mí no me gustaba, mucho menos cuando le sonreía de esa forma a mi padre.
—Hijo… ella es Natalie, mi novia.
El día más temido llegó, aquel en el que mi padre rompiera nuestra perfecta y pequeña familia.
—¡No! —exclamé a punto de llorar.
—No te comportes como un niño, Emmett —dijo mi padre—. Ven y saluda a Natalie.
—¡No lo haré! —Susan intentó calmarme, pero yo no quería hacerlo—. Rompiste nuestra pequeña familia y vienes con ésta e intentas que todo esté bien.
—¡¿Qué te pasa, Emmett?! —rugió y luego suavizó su expresión al voltear la cabeza hacia la ladrona—. Discúlpalo cariño, jamás se comportó así… hoy no sé qué le pasa.
—¿Qué me pasa? —grité, mi pecho subía y bajaba—. Vienes a casa con una desconocida y dices que es tu novia. Me habías prometido que jamás me abandonarías.
—Ve a tu cuarto jovencito, no voy a permitir que hagas niñerías.
Susan intentó tirar de mi mano, pero yo estaba muy enojado como para hacerle caso. Nunca antes me había enojado tanto con mi padre y, mucho menos, le había gritado como ahora.
—Al menos dime feliz cumpleaños antes de echarme hacia mi cuarto.
Los ojos de Patrick se abrieron enormemente y miró a Susan. Yo sólo vi como ella asintió y me persiguió escaleras arriba para ir hacia mi cuarto, sin mirarlo siquiera una vez.
—¡Emmett! —llamó mi padre desde abajo, pero no le di importancia.
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{18 años}
Terminé de empacar mis pertenencias en la valija. Suspiré. Había esperado mucho este momento pero, ahora que había llegado, no me sentía lo completamente feliz por hacerlo. Es decir, mi sueño siempre fue en convertirme en un poderoso abogado, igual o mejor que mi padre, pero ahora… sentía como sí este no fuese el camino adecuado para mí.
Miré hacia mí alrededor, mi habitación estaba prácticamente vacía, haciéndole un efecto de abandono y sombrío. Si bien volvería aquí para las vacaciones, me llevaba la mayoría de las cosas.
Desde mi niñez había imaginado este momento con numerosos detalles. Ir a Harvard a estudiar leyes fue lo que siempre me apasionó, no había lugar para otra cosa en mi cabeza. Sin embargo, sentía una especie de vacío inigualable y aún no entendía el porqué. O sea, estaba seguro con mi decisión, por supuesto… pero sentía algo en el estómago que esta decisión no terminaba de convencerme; algo parecido a un sentimiento de obligación.
Me recosté en la cama y saqué la foto de mi madre. Siempre la veía cuando no me sentía del todo bien e imaginaba las palabras que podría decirme cuando las cosas no salían como planeaba. Imaginé que me diría que sólo sentía nervios por lo desconocido, ya que debía mudarme a New York, una ciudad completamente gigante donde no conocía a nadie y, además, debía estudiar una carrera Universitaria nada fácil. Sumando a esa lista, se agregaba la presión de ser el hijo de un importante y reconocido abogado; debía demostrar que yo sabía valerme por mis propios medios y, que todo lo que alcanzaba, lo hacía por mis méritos y no por ser hijo de.
Sentía una gran obligación a completar mis estudios, esa era la única forma que conocía para que mi padre me aceptara completamente. No podía decepcionarlo, mucho menos después de haberme enseñado tantas cosas.
—¿Se puede? —preguntó una profunda y gruesa voz.
Su presencia me sobresaltó y pegué un brinco en la cama, escondiendo rápidamente la fotografía de mi madre debajo de la almohada.
—¿Ya estás listo? El chofer pasará en poco tiempo.
Suspiré y asentí, mirando a sus profundos e inexpresivos ojos.
—Confío plenamente en ti, hijo. Sé que harás un trabajo extraordinario y les demostrarás a todos quién manda, un McCarty nunca pasa desapercibido, créeme. —Guiñó un ojo, mientras tomaba asiento a los pies de mi cama—. He esperado este momento por mucho tiempo, estoy tan orgulloso de ti.
Le sonreí con ganas, esas eran las palabras que quería escuchar.
—No te defraudaré, papá —dije solemne, hablando con plena sinceridad.
—Tampoco permitiré que lo hagas —aseguró, sonriendo de costado—. Siempre supe que sabrías qué camino tomar, no me equivoqué en eso y me siento plenamente feliz por ver a mi hijo mayor seguir mis pasos. Jamás estuve tan tranquilo como en este momento, porque sé que dejo un legado detrás de mí… sé que la leyenda de los McCarty no terminará. Y, si tu abuelo hubiese estado vivo, estoy seguro que lloraría de emoción por ver a su propio nieto entrar por la puerta grande de Harvard.
Dio unas palmadas en mi pierna; esa era la muestra de cariño que más acostumbraba a dar, al menos conmigo.
La puerta volvió a ser tocada y ambos desviamos la cabeza hacia esa dirección. Natalie se asomó y rodé los ojos de una manera disimulada; siempre tenía que estar en el medio de todo.
—El chofer ha llegado —dijo con una dulce sonrisa en sus labios. Intenté no gruñir y creo que lo logré, odiaba cuando ponía cara de niña buena.
—¿Vamos, Emmett? —me dijo mi padre.
Me levanté de mi lugar y tomé mi maleta en mano. Pasé por delante de Natalie con la cabeza bien alta, estaba seguro que ella comenzaría con la fiesta en cuanto dejara la casa y ya no fuera un estorbo ni arruinara su perfecta familia.
Mi padre hablaba con el chofer y mandó a alguien a que acomodaran mis cosas en el coche. Aproveché ese momento para ir sigilosamente hasta el patio trasero de la casa, para buscar a mis dos mejores y pequeñas amigas.
—Creímos que te irías sin despedirte de nosotras —dijo la castaña más pequeña.
—¿Creías eso, Lily? —Despeiné sus cabellos y ella rió—. Ya les dije que ustedes son muy importantes para mí, no me hubiese perdonado nunca no haberlas saludado.
—Más te vale, grandote. —Sentí un suave golpe en mi espalda.
Al darme la vuelta me encontré con esos ojos marrones que me daban una emoción desconocida. Mucho tiempo atrás lo relacioné con un amor de hermanos, ya que nunca había tenido uno de verdad.
—¿Nos extrañarás? —preguntó Rose con una mueca de tristeza.
Me acerqué a las dos y las rodeé en mis brazos; ellas rápidamente acomodaron sus cabezas a cada lado de mis hombros.
—Por supuesto que las extrañaré, ustedes siempre han estado cuando las necesité. ¿A quién voy a molestar ahora?
Las hermanas Smith se habían convertido en una pieza muy importante en mi vida. Habíamos empezado nuestra amistad de simple casualidad y se transformaron en lo mejor que me había pasado todo este tiempo. Ellas fueron las únicas que me hacían reír y olvidar el rechazo de todos para conmigo y, también, me ayudaron a superar la muerte de mi nana, ya hacía tres años atrás.
—Tendrás muchas amigas nuevas y a nosotras nos olvidarás —siguió diciendo.
—Cállate, Rosalie —la regañé dulcemente, dándole una palmadita en su cabeza—. Jamás podría olvidarme de ustedes, ni aunque pasen veinte años y yo sea un viejo y ustedes unas hermosas jovencitas.
Lily rió y me dio un sonoro beso en mi mejilla.
—¿Te esperamos para Navidad?
Asentí besando su frente. Lily era muy dulce.
—Nos veremos en Navidad.
Rose me abrazó fuertemente y yo le devolví el abrazo con mucho gusto. Aunque sólo tuviese trece años, siempre se había mostrado más madura que cualquier otra persona.
—Cuídense mucho —pedí, antes de volverme hacia la casa.
—Lo mismo para ti —respondió Rose, abrazando a su pequeña hermana—. Te queremos.
Yo también lo hacía, pero no necesitaba repetir esas palabras para que ellas lo supieran. Los gestos hablaban por sí solos. Les revoleé un beso en el aire a las dos y ellas saltaron un poco para agarrarlo; sonreí, siempre habíamos hecho lo mismo, era como una marca registrada.
Desvié mi camino hacia el interior de la casa, y esperé a que mi padre estuviese distraído para pisar la sala. Jamás le gustó que nos mezclemos con la servidumbre, algo muy estúpido e infantil, en mi opinión.
—¿Dónde te habías metido?
Todo mi buen humor decayó cuando lo vi con su hijo entre sus brazos: el hermoso y dulce Jack. Si bien el chiquillo no tenía la culpa, pues sólo tenía siete años, no podía evitar sentir un pinchazo en la boca de mi estómago. Ver a mi padre interactuar con él me provocaba náuseas.
Lo que hubiese dado porque se preocupa una tercera parte de lo que hace con él.
Desde que nació, no se ha perdido ni un momento de él, hasta dejó de viajar tanto mandando esa obligación a uno de sus tantos empleados. Cada vez que lo miraba era como si viera el sol por primera vez. Lo ayudó a caminar, a decir sus primeras palabras, lo presentó en toda la comunidad. En cambio yo, tuve que aprender a caminar y a hablar con Susan, todo lo hice con mi nana y ahora ella ya no estaba conmigo.
—Debo irme, el avión no tarda en salir —respondí inexpresivamente.
—Adiós Emmett, buen viaje —murmuró Jack con su suave voz infantil.
Me despedí secamente de Natalie y Jack, aunque mi padre me haya pedido que intentara mejorar mi relación con su esposa. La mujer no me caía mal… o bueno, sí lo hacía, pero era completamente su culpa por intentar ocupar un cargo que jamás le quedaría. Yo sólo tuve una madre y eso nadie iba a cambiarlo… mucho menos ella con esa cara de mujer dulce y maternal.
—Buen viaje, hijo. —Mi padre palmeó mi hombro, mientras el chofer abría la puerta trasera del lujoso auto negro.
Quizás para una familia normal, lo lógico era acompañar a su hijo hacia el aeropuerto y verlo partir. En la familia McCarty, eso no existía; mucho menos la demostración de afectos o algo parecido a una muestra de cariño en público.
—Gracias, papá —respondí con un asentimiento de cabeza—. No te defraudaré.
—Lo sé —contestó con orgullo—. Te he criado muy bien. —Señaló con su cabeza el automóvil y supe que era su manera tácita de decirme que emprendiera el viaje de nuestros sueños.
Me subí al coche y, la última imagen que vi, fue a mi padre ingresar a la casa, sin siquiera regalarme el último vistazo. Recosté mi cabeza en el asiento y suspiré pesadamente, preguntándome una vez más si estaba preparado para todo lo que se avecinaba.
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{23 años}
Mis ojos pesaban como dos malditas bolsas de cemento y la luminosidad que se colaba por la ventana no ayudaba en nada, mucho menos a apaciguar mi mal humor característico por las mañanas.
Sentí un cuerpo removerse a mi lado e intenté acostumbrarme a la visión para saber en dónde carajos estaba. La habitación no se me hacía conocida, aunque todas las del campus tenían similitudes.
Con un dolor de cabeza terrible, pude abrir mis ojos y acostumbrarme a la claridad de mí alrededor y poder visualizar en el lugar en el que estaba. Una mota de cabello rubio se esparcía por mi pecho desnudo y me moví un poco para intentar sacarme a la tipa de encima. Ya había metido la pata en quedarme dormido aquí.
Me senté en la cama y le di la espalda a la hermosa y despampanante rubia que había mantenido mi cuerpo despierto por varias horas de la noche. Las fiestas que se hacían en la Universidad antes de las vacaciones de Navidad, eran las mejores y más descontroladas. Por eso, no me quejaba para nada de la gran resaca con la que había amanecido; había valido completamente la pena.
—¿Ya te despertaste, guapo? —preguntó la voz seductora de mi acompañante. Sinceramente, no recordaba su nombre.
—Quizás puedas ayudarme a despertarme mejor, ¿serás capaz?
Sentí sus manos abrazarme por la espalda, mientras que su boca comenzaba a darme besos en mi nuca y porción de la parte posterior de mi cuello. La maldita zorra, sabía cómo excitar a un hombre.
—¿No estabas muy apurado para irte? —Sus manos alcanzaron mi creciente erección y la presionó un poco, haciéndome jadear en busca de más.
—Si no eres capaz de terminar lo que empezaste, será mejor que quites tus manos de ahí —advertí posando mis manos encima de las suyas—. Odio que me dejen con las ganas.
—Luego de toda la noche que pasamos juntos, ¿me crees incapaz de darte placer? —Se hizo la ofendida mientras lamía mi oreja—. Me ofendes, McCarty.
—Demuéstrame lo contrario, nena.
Sentí sus labios curvarse en una sonrisa y, al poco tiempo, la tuve de rodillas comiéndose mi erección.
Esto era el puto cielo.
Después de mi maratón de sexo con la deliciosa rubia, junté mis cosas y salí volando hacia mi cuarto. Debía bañarme y terminar de empacar lo que me faltaba para viajar a Seattle; el vuelo salía por la tarde y ya no tenía excusas para evitar mi presencia en la dichosa reunión navideña que organizaba mi padre y su esposa.
Finalmente, las cuatro de la tarde llegaron y, por lo tanto, mi vuelo para volver a casa y pasar Navidad con la perfecta familia McCarty. Odiaba tener que viajar, pero hacía años que no lo hacía, argumentando que debía estudiar para rendir exámenes importantes. Esa era la única manera para que mi padre no insistiera con el tema.
Al subirme al avión —en primera clase, por supuesto—, conecté mis auriculares y dejé que la música me relajara. Viajar a Seattle me ponía un poco nervioso, sobre todo por el hecho de que no sabía con qué me encontraría.
Había estado fuera de la casa de mi padre por más de cinco años. Si bien era un tiempo exageradamente largo para no visitar a mi adorado papá, él no se había mostrado afectado por no tener noticias de su hijo. Lo único que hizo todo este tiempo fue hablarme una vez por mes —aunque luego ni eso—, preocupándose por mis notas en la Universidad; era lo único que le importaba.
Había podido dejar con la boca abierta a todos, me esforzaba al máximo por ser el mejor de mi clase y lo había conseguido. En toda la Universidad se rumoreaba de mí y eso me encantaba. Era el dueño y señor de Harvard, todos envidiaban mi promedio, mi popularidad; al menos en un lugar, era reconocido como alguien… ellos querían ser como yo y me sentía orgulloso de eso.
El avión aterrizó y fui en busca de mi maleta para hacer el maldito recorrido hacia la mansión del hombre perfecto —nótese el sarcasmo—, de mi padre. Al cruzar la puerta de salida, vi a todos los familiares esperando ansiosos por sus seres queridos corriendo a su encuentro para darse un fuerte abrazo, demostrándose todo lo que se habían extrañado.
«Idiotas», murmuré para mí mismo.
No me extrañó ver un cartelito con el nombre de «Emmett McCarty» escrito en él, suponía que, al menos, mi padre se había molestado en mandarme un chofer en mi búsqueda. Me acerqué hasta el tipo con mucho enojo y le dejé mi maleta.
—Llévame a dónde sea que vamos.
El hombre, un poco intimidado por mi presencia, tomó mi equipaje en mano y emprendió camino hacia el lugar del coche. Yo sólo lo seguí desde atrás en silencio con ambas manos metidas en los bolsillos de mi pantalón, odiando a todas las personas felices que me rodeaban.
El camino fue hecho en silencio. Me acordaba absolutamente todo el recorrido aunque hacía más de cinco años que no venía por aquí. Volví a recostar mi cabeza en el respaldo del asiento y cerré los ojos. Si hubiese sido otra clase de persona, lo más lógico hubiera sido que llorara por el rechazo constante de mi padre hacia mí. No tenía que ser muy inteligente para darme cuenta que toda mi vida había sido una carga para él y, quizás, hasta jamás había deseado tenerme, pero como obra del destino… había llegado a su vida, desafiándolo a ser padre.
Más de una vez me había preguntando el porqué de su trato hacia mí, pero nunca había encontrado la respuesta. A mí jamás me había mirado como Jack —su hijo favorito—, y también estaba seguro que jamás miró a mi madre como a Natalie. Se transformaba en una persona completamente nueva cuando los tenía a ellos cerca, era increíble la magnitud de esa transformación.
—Ejem… señor, hemos llegado —avisó el chofer con voz temblorosa.
No respondí nada, sólo salí del vehículo y ordené a uno de los empleados, que esperaba afuera de la casa, que llevara mi equipaje a mi antigua habitación. Antes de ingresar a la mansión, respiré hondo y me preparé para volver a la farsa de la familia feliz. De sólo pensarlo ya me daban hasta náuseas.
La casa seguía prácticamente igual a lo que recordaba, sólo habían cambiado algunos muebles y agregado tecnología alrededor de toda la sala. Pero, como siempre me había pasado luego de que cumpliera los diez años, jamás la sentí como mi casa. Es decir, no sentía que estaba entrando a mi hogar, sino que venía de visita hacia la casa de mi padre, nada más.
—¡Emmett! —escuché que alguien exclamó y, luego, sentí como me agarraban de mis piernas—. Has llegado.
Miré hacia abajo y me encontré con un chiquillo de no más de trece años. Al verlo a los ojos reconocí a ese pequeño Jack que había dejado muchos años atrás. Había crecido mucho y se veía que era el único que estaba al pendiente de mi llegada.
—Hola, Jack —respondí, intentando sonar cordial, aunque no era bueno con la amabilidad—. ¿Me puedes soltar?
El niño con ojos confundidos y, posiblemente dolidos, me soltó rápidamente. Creía que había sido muy brusco y quizás lo asusté, aunque esa no había sido mi intensión, sino que estaba perdiendo el equilibrio y podría caer, haciendo que él también cayera.
—Emmett, al fin has regresado. ¿Cómo ha estado el viaje? —me preguntó Natalie ingresando a la sala, colocándose justo detrás de su hijo para abrazarlo por los hombros.
La miré a los ojos, no había cambiado en nada; ni siquiera en querer parecer esa mujer dulce con ojos amables y mirada maternal. ¿No se daba cuenta que a mí no me engañaba? Sólo era una ladrona en busca de un lugar que jamás, jamás le pertenecería.
—Dudo que una persona que viaje en primera clase pueda quejarse, ¿no crees? —Frunció el ceño—. Tú debes saberlo bien, después de todo has viajado por muchos lugares.
No dijo nada, sólo suspiró pesado y lo dejó pasar.
—¿Mi padre?
—Está en su despacho, dijo que fueras cuando llegabas —respondió con voz monótona—. Los invitados llegarán en poco tiempo, así que puedes ir a cambiarte luego de que charles con tu papá, si te parece —suavizó un poco la voz y creí ver una sonrisa dulce en sus labios.
—Haré lo que quiera, no necesito que me digas qué hacer —le respondí bruscamente, dando la vuelta para ir en busca de mi padre. ¿Quién se creía esta mujer, mi madre?
Toqué la puerta del despacho de mi padre varias veces hasta que permitió mi ingreso a él. Al hacerlo, lo encontré como acostumbraba a hacerlo en mi niñez: estaba con la cabeza bien en alto, rodeado de sus libros y sus lentes a un lado del escritorio. Al verme, sonrió e indicó con su mano que me sentara frente a él.
—No te esperaba tan temprano. ¿Cómo fue el viaje?
—Todo salió bien —respondí, encogiéndome de hombros.
—Sólo he recibido llamados felicitándome por ti. Me siento muy orgulloso de ti hijo, yo sabía que esto sucedería. Me has demostrado ser un McCarty con todas las letras, estás a sólo un paso de poder graduarte —me sonrió y me sentí bien con sus palabras—. Pero debes concentrarte en ésta última etapa y quiero verte estudiando mucho aquí, tu próximo examen es sólo dos días después que las vacaciones terminen.
—Lo sé —suspiré—. La Universidad es mi prioridad.
Él volvió a sonreírme.
—Así debe ser si quieres ser alguien en la vida. —Guiñó su ojo—. Será mejor que vayas a cambiarte, los invitados no tardan en llegar. Tu habitación es la misma de siempre, Natalie no quiso cambiarla de lugar.
Gruñí imperceptiblemente; jamás había una charla en la cual no la nombrara ni tampoco en la que preguntara cómo estaba, sólo era el estudio, siempre lo fue.
Asentí sin ganas y fui hacia mi habitación para encerrarme unos momentos. Al llegar allí, sí me sentí como si este lugar fuese mío, después de todo siempre había sido mi lugar de refugio y el único sitio que había visto mi vulnerabilidad.
Estuve bastante tiempo mirando al techo —luego de haberme bañado—, hasta que la puerta sonó y tras ella apareció Jack, vestido con un pequeño traje. Si las condiciones hubiesen sido otras, me hubiese gustado ser su hermano mayor, lástima que mi padre había creado ese sentimiento de competencia entre ambos sin darse cuenta. O quizás solamente yo lo había sentido de esa manera desde el primer momento.
—Papá dice que bajes —me dijo cabizbajo—. Si quieres puedo decirle que ya lo haces, así no viene por ti.
Miré al pequeño niño y suspiré pesado; después de todo, él no tenía la culpa de nada.
—¿Quieres pasar un momento, Jack?
Él me miró curioso, aunque pasó a mi habitación sin omitir palabra. Rebusqué en mi armario algunos trajes y dejé dos tendidos sobre la cama.
—Si fueses tú, ¿qué traje usarías?
Vi como sus labios formaban una pequeña sonrisa y su ceño se fruncía. Odiaba tener que admitirlo, pero cuando hacía eso se parecía mucho a nuestro padre.
—Creo que el gris claro, Emmett.
Palmeé su cabeza.
—Yo hubiese elegido el mismo —le sonreí y, por primera vez, supe que lo había hecho sinceramente sin ningún esfuerzo.
—¿Puedo preguntarte algo? —pidió, mientras se sentaba en mi cama.
Asentí, empezando a colocarme el traje para esta noche.
—¿Cómo es New York? —preguntó y lo miré por el espejo—. Es decir, fuimos a la ciudad pero… me refiero a la Universidad. ¿Es tan genial como aparecen en las películas? Papá me dijo que yo iré en algunos años, para ser igual a ustedes.
Eso también era sabido. Si no eras abogado, estarías deshonrando a la familia, ese legado venía desde mucho antes que mi abuelo muriera.
—Lo sabrás cuando estés allí —respondí terminando de acomodar mi corbata—. Ya estoy listo, ¿vamos?
El niño me miró con alegría y, por un momento, me sentí un poco mal por haber hecho que nuestra relación jamás existiera. Quizás, aún había posibilidades de poder tener un hermano, creía que no era demasiado tarde.
Jack correteó por el pasillo de la casa y me esperó para que ambos bajemos juntos. Al hacerlo, muchas personas nos miraron a los dos y pude notar entre ellas a una Natalie atónita por vernos juntos. Aunque luego mi vista se eclipsó al ver a mi padre sonreírme con pleno orgullo. Hacía mucho tiempo que él no me miraba así y, debo reconocer, que eso me encantó.
La fiesta era muy aburrida, como suponía desde el primer momento. Mi padre no dejaba de presentarme ante las importantes figuras como un hombre inteligente, que cada día estaba más cerca de poder convertirme en uno de ellos; aunque en alguna otra época eso me hubiese encantado, no podía dejar de sentirme como un muñeco nuevo por estrenar, no era tan agradable tener que ser perfecto para todos.
—Debes sentirte muy orgulloso por tu hijo, Patrick —dijo uno de los tantos abogados presentes en la sala—. Ojalá hubiese podido convencer a mi hijo que siguiera mis pasos, aunque uno debe elegir su propio futuro, ahora él es un excelente contador.
Miré al hombre con curiosidad. ¿Entonces no era un deber seguir con el legado de la familia? Todos mis compañeros de la Universidad estaban en mi misma condición, o sea, que todos fueron criados para seguir el camino de sus padres y madres; eran muy pocos los que estudiaban de simple gusto.
De sólo imaginar qué hubiese dicho mi padre si elegía otra profesión, mis vellos se ponían de punta.
—Emmett siempre fue muy inteligente —respondió mi padre—. Desde el primer momento supe que encontraría su vocación en la abogacía. —Tanto mi padre como su colega me sonrieron, tomé mi copa de vino y asentí intentando parecer agradecido por las palabras—. Jack también lo es, aunque a él le resulta todo más natural, estoy seguro que mi hijo menor será mucho mejor que todos.
Sentí como si me hubiese dado un puñetazo en el medio del pecho. Siempre Jack era el perfecto para todo. ¿Cómo carajos sabía que él sería mejor que yo, si sólo tenía trece años? ¡Trece!
—Si me disculpan… —murmuré cabreado y me fui hacia un rincón. Los hombres siquiera notaron mi ausencia, por supuesto… ni los años hacían cambiar eso.
Un mesero pasó con las copas de vino y me tomé dos de un tirón bajo la mirada sorprendida del empleado.
—¿Qué? —le pregunté malhumorado. El tipo salió disparado como alma que lleva el diablo.
No me di cuenta de lo fuerte que agarraba mi copa hasta que vi mis nudillos blancos. Suspiré e intenté calmarme. Odiaba haber venido, siquiera había estado un puto día y quería salir corriendo de aquí para no volver.
—¿Qué haces aquí solo?
Miré hacia un costado y mis dientes rechinaron.
—¿Acaso te importa?
—Sólo quiero ser amable contigo, Emmett —respondió con un suspiro pesado—. Sé que jamás nos hemos llevado bien, aunque yo intenté acercarme a ti. Pero noto que no estás bien, puedes confiar en mí y decirme qué es lo que te preocupa; yo no soy tu enemiga.
—Ni tampoco mi psicóloga, así que déjame en paz.
—¿Qué te he hecho? ¿Por qué me odias tanto?
La miré como si le hubiese crecido otra cabeza, ¿me estaba jodiendo?
—Arruinaste mi pequeña familia hace muchos años atrás. Por tu culpa mi padre olvidó mi cumpleaños, ¿sabes lo que eso se siente? No, no lo sabes y jamás lo sabrás —dije con enojo—. Me has sacado el poco cariño que mi padre me tenía, has dejado que me bote a un lado y, en vez de irte, te embarazas creando al hijo perfecto. Jamás serás como mi madre, ella era una mujer respetable, no una ramera como tú que se aprovechó de un hombre necesitado de sexo.
Los ojos de Natalie me miraron furiosos —por primera vez—, y no vi venir su palma hacia mi mejilla. La muy zorra me había propinado una fuerte cachetada, haciendo que la porción golpeada me picara como los mil demonios.
—¡Emmett! —se escuchó un fuerte grito proveniente de vaya uno a saber dónde.
La sala había quedado en un completo silencio, todos los ojos estaban puestos en nosotros.
—Has deseado pegarme hace mucho tiempo, ¿cierto? —le pregunté a la mujerzuela, tallando la parte sensible por el golpe—. No durarás mucho aquí, ¿piensas que mi padre te ama? Él no sabe lo que es eso, creí que lo sabías.
Mi padre llegó hacia nosotros en tiempo record y me tomó por mi antebrazo, ejerciendo mucha presión en él, aunque a mí no me dolía, ya no me dolía nada.
—¿Qué piensas que haces? —siseó entre dientes—. Estás haciendo un espectáculo.
—¿Yo? —me señalé colocando mi mano sobre mi pecho—. No fui yo el que le pegó una bofetada, ¿o acaso sí? —añadí mirando a Natalie.
—Patrick… yo… —balbuceó la mujer.
—Te callas —protestó, y esbocé una pequeña sonrisita irónica—. Luego hablaré contigo. Acompáñame un momento, Emmett.
Mi padre murmuró unas disculpas para los invitados y me llevó a grandes pasos hacia la cocina, lejos de los oídos de los demás.
—¿Estás loco? ¿Cómo vas a montar una escena de esa magnitud? ¡Hay cantidad de personas en esa sala! ¿Qué pensarán?
—Deberías preguntárselo a tu mujercita, yo estaba en un rincón lejos de todos.
—No quieras pasarte de listo conmigo —respondió rápidamente—. Natalie jamás hubiese reaccionado así porque sí, algo le dijiste.
—Siempre soy yo el culpable de todo, ¿verdad? —contenté—. ¿Sabes? No sé para qué has insistido tanto en que esté aquí hoy, después de todo te vale madre si estoy, si no estoy… ¿Qué carajos es lo que quieres al tenerme aquí?
—Cuidado como usas tus palabras conmigo, jovencito.
—¿Acaso te importo? —gruñí—. Deja de querer aparentar esa fachada de padre protector y preocupado por su hijo. Ambos sabemos que es una total mentira.
—Eres todo lo que eres gracias a mí, no te olvides de eso, Emmett. —Sus ojos me mandaban dabas y su voz era simplemente un cubo de hielo—. En todo he estado yo, tú no sabes hacer nada por tu cuenta. No comiences con una discusión que jamás podrás sostener, no eres nadie sin mí, hijo. No lo olvides, ¿de acuerdo? —añadió advirtiéndome con la mirada—. Vuelve a la fiesta como si nada hubiese pasado y cuidado con querer hacer una de las tuyas.
Se dio la media vuelta como hombre triunfal, y yo sólo me mordí la lengua para no decir nada más y embarrar todavía más la situación. No podía hacer nada en contra de sus palabras, él siempre tenía todas las de ganar.
—Creí haberte pedido más vino en la fiesta —ordenó a uno de los empleados de la cocina—. Te he delegado esa tarea especialmente a ti, Rosalie.
La mención de ese nombre me alertó.
—Lo siento… señor… yo… —Me quedé petrificado al escuchar esa voz tan desconocida pero conocida a la vez.
—Ninguna palabra, niña —volvió a decir en tono mordaz—. Ya sabes qué hacer.
Mi padre se fue y aproveché ese momento para voltear hacia la aludida.
El aire se atoró en mi garganta y tragué saliva. ¿Esa hermosa mujer era mi pequeña amiga de mi adolescencia? La niñita que recordaba era justamente eso, una niña. Nada que ver con la hermosa mujer que estaba a tan sólo pasos de mí, concentrada en servir el vino en las copas alineadas perfectamente en distintas bandejas.
A pesar del horrible uniforme de sirvienta, podía ver todas las curvas que su cuerpo había desarrollado con el tiempo. Su cabello seguía siendo del hermoso castaño que recordaba y tenía esos lindos y delicados rizos en las puntas de éste. Su escote estaba pronunciado y era bastante bondadoso.
Me quedé momentáneamente sin recordar cómo me llamaba o dónde mierda estaba.
Ella levantó la vista al percatarse que la estaba observando y frunció el ceño, aunque luego abrió sus ojos grandemente; suponía que era porque me había reconocido.
—Rosalie, lleva eso a la sala. El señor McCarty no esperará mucho tiempo más.
Ella, algo desorientada, asintió y tomó la bandeja en sus manos. Al pasar por mi lado, su hermoso perfume inundó mis fosas nasales y quise seguir el camino de ese dulce aroma, pero me contuve.
—¿Emmett? —escuché que alguien me susurró.
Me di la vuelta y me encontré con una hermosa sonrisa y unos ojos marrones. Ella era mi chiquilla dulce, aunque ahora le quedaba poco de ser esa pequeña niña que recordaba.
—¿Lily? —le pregunté en voz baja.
—No deben vernos hablar juntos —miró para todos lados—. Has tardado mucho en regresar, creí que cumplirías con tu promesa.
Bajé mis hombros. Sinceramente, las había extrañado mucho, sobre todo el primer tiempo lejos de casa.
—Las cosas son complicadas.
—Lo sé —respondió—. Ojalá puedas escaparte en la noche, tenemos mucho de qué hablar.
—Así será, Lily —le sonreí.
—Debo irme —habló precipitadamente—. Por cierto, estás más grandote de lo que recordaba.
Vi como su figura desaparecía. Ellas también habían crecido mucho; Lily era una hermosa adolescente, pero la que más me había sorprendido había sido Rosalie. ¿En qué momento se había convertido en esa hermosa y despampanante mujer? De sólo recordar sus ojos puestos en los míos me rodeaba una sensación media extraña.
No me molesté en volver a la fiesta, me daba todo igual. Robé una botella de vodka y me fui hacia el patio trasero. La fría noche me azotó, pero tampoco importó, estaba de muy mal humor como para también hacerme problema por el invierno glacial.
Destapé la botella, mi única amiga por esta noche, y bebí un sorbo bien largo, disfrutando del raspón que me dio la bebida transparente al caer por mi garganta. Había perdido la noción del tiempo y de todo lo que me rodeaba. Quizás estaba sentado aquí, ahogando mis penas en alcohol desde hacía mucho tiempo, o puede que no, que sólo haya estado por algunos pocos minutos.
El ruido de unos pasos acercarse a mí hizo que mirara para atrás, aunque no pude ver nada.
—¿Emmett? —susurró una exquisita voz.
—A veces odio ser Emmett —dije arrastrando las palabras—. Odio ser McCarty, odio a padre y a toda su familia.
Sentí un agarre en mi hombro y, al voltearme hacia allí, me encontré con los ojos más preciosos que algún día había podido ver. No sólo eran de color marrón, sino que me miraban con una profundidad de la que estaba seguro jamás había sido mirado de la misma forma; salvo, quizás, por mi nana.
—Estás borracho —afirmó y, en mi estado de ebriedad, me di cuenta que estaba tiritando de frío.
Muy torpemente me levanté y me quité el saco para pasarlo por encima de sus hombros.
—No voy a dejar que enfermes —le sonreí mirándola a los ojos—. ¿Quieres hacerme compañía en esta noche tan agradable?
Suspiró pero, finalmente, se sentó en la pequeña banca a nuestro lado, refugiándose en mi saco.
—Has vuelto —susurró—. Pensé que te habías olvidado de nosotras.
—No lo he hecho —respondí—. Aunque debo admitir que los años te hicieron muy bien, si te encontraba por la calle jamás hubiese imaginado que tú seas mi pequeña Rosalie.
—Tu pequeña Rosalie creció, Emmett. —Mordió la uña de su dedo gordo.
Carajo. De eso me había dado cuenta.
—Créeme que lo sé —le sonreí y ella me devolvió la sonrisa tímidamente.
Nos quedamos en silencio, no me di cuenta y comencé a observarla a la luz de la noche. Realmente era hermosa, se había transformado en una criatura preciosa. Sus ojos grandes y expresivos, sus finos rasgos y su boca tan llena y apetecible. ¿Qué se sentiría besarla?
—¿Qué ha sido de tu vida? —preguntó, luego de un tiempo.
—Mi vida es una mierda —le di otro sorbo a la botella y me di cuenta que ya la había vaciado—. No hay nada más que decir.
—No creo que sea así, tienes todo lo que siempre soñaste —respondió mirándome con el ceño fruncido—. Tienes todos los elementos para ser feliz.
—¿Qué es la felicidad, Rose? —reí sin humor—. Mi niñez me la pasé en una jaula de oro, mi padre me rechaza constantemente y lo único que le importa de mí es el estudio y que su fortuna y liderazgo se mantenga con los años. ¿Qué hay de mí o lo que yo sienta? —sacudí mi cabeza—. ¿Sabes qué? Me importa un pepino lo que tenga que decirme Patrick, él dice que sin él yo no sé hacer nada, pero está equivocado, muy equivocado.
Sentí las manos de Rosalie sobre las mías y la miré con los ojos gigantes al sentir un hormigueo recorrerme de pies a cabeza. Ella puso la misma expresión y creí que había sentido lo mismo.
—Será mejor que vayas a dormir —me aconsejó—. Estás demasiado borracho y no creo que a tu padre le agrade verte en este estado.
—No me importa mi padre.
Se levantó y tiró una de sus finas manos para ayudarme. La tomé y volví a sentir ese hormigueo. Era algo extraño, jamás lo había sentido.
—Buenas noches, Emmett.
—¿Me das un abrazo? —solté, sin pensar. Rose abrió sus ojos grandemente—. Hablaba en serio cuando te dije que te extrañé.
No dejé que dudara más y la tomé en brazos para refugiarme en ella y su calor. Siempre había sabido que Rosalie era alguien muy especial para mí y jamás había entendido el porqué de esa situación. Sin embargo, al tenerla en mis brazos aprecié como si por primera vez me sentía completo. Otra vez lo vi como algo extraño, ya que jamás me había pasado antes, sobre todo con una mujer.
Medio dubitativa, Rose me abrazó con ganas y escondió su cabeza en mi pecho. Acaricié sus cabellos y disfruté del momento. No era el tipo de hombre de muestras de afecto, jamás lo había sido y estaba seguro que tampoco lo sería en el futuro, aunque me entregué a este abrazo con los ojos cerrados. Sintiéndome muy vulnerable al dejar que mis barreras bajaran al menos unos pocos segundos frente a alguien.
—Te quiero Emmett, siempre lo he hecho. —Susurró y sentí una calidez recorrer por mi pecho.
No sé si fue el momento o sus palabras, pero me vi atacando su boca con la mía. Rosalie emitió un jadeo de sorpresa y lo aproveché para invadir toda su cavidad. Sus labios eran más dulces y deliciosos de lo que imaginé. Eran suaves, cálidos y muy inofensivos. Jamás me habían atacado todas estas sensaciones con un simple beso, no tenía nada sexual, sólo necesitaba conectarme con ella de esa manera.
Sentir todas esas cosas me asustaron, pero sin embargo quería seguir más allá de eso.
Mi padre pensaba que siempre lo seguiría como un perrito faldero. Estaba tranquilo porque siempre lo había respetado y obedecido. ¿Pero qué pasaría si decidiera hacer lo contrario? Un enorme plan se instaló en mi cabeza. ¿Así qué Patrick creía que sin él yo no podía tomar mis propias decisiones? Yo me encargaría de hacerle saber lo contrario.
—Cásate conmigo, Rose.
.
El avión acababa de aterrizar. Rosalie no había hablado durante todo el viaje y yo no había podido dejar de sudar desde que habíamos salido de la casa, por la mañana.
Había sido una misión casi imposible salir de la mansión, sobre todo luego de que Lily nos encontrara besándonos en la puerta del sótano. Sabía que ella no era idiota y que uniría nuestra desaparición sin problemas. Pero ahora ya no venía al caso, no cuando sólo estábamos a minutos de unir nuestras vidas.
Reconocía que estábamos locos, por supuesto que lo hacía. Pero ya me había cansado de ser el hijo perfecto y el que seguía cualquier orden sin rechistar. Además, a pesar de que jamás pensé en casarme, no creía que hubiera una mujer mejor que Rosalie. Ella me quería, yo necesitaba ser especial para alguien, y ese alguien era Rose.
Finalmente, bajamos del avión y estábamos en la puerta de entrada del aeropuerto de Las Vegas. Miré a Rosalie y la vi más nerviosa que cuando salimos. No me contuve y la abracé; había aprendido a que tenerla en brazos se sentía realmente bien.
—¿Quieres volver a casa? —hablé despacio—. No voy a obligarte a nada, lo sabes ¿cierto?
Ella me sonrió y besó castamente mis labios.
—Siempre te amé, Emmett… Y cuando era pequeña jamás imaginé tener una oportunidad contigo. —Tragué saliva al escuchar sus palabras—. Quiero hacer esto, es sólo que tengo miedo que luego me odies por haber aceptado casarme contigo. Somos tan distintos…
—Necesito a alguien como tú a mi lado para no caer, Rose. —Besé su mejilla—. Jamás podría odiarte.
Encuadró sus hombros y me sonrió.
—¿Vamos?
Entrelacé nuestros dedos, besando el anular con el sencillo anillo que había comprado sólo hace un momento y emprendimos camino hacia un taxi. Necesitamos una capilla con un Elvis para que hiciera de las suyas y poder casarnos.
Dar con la capilla no fue una tarea difícil, hasta teníamos para elegir. Aunque sólo había pasado una semana de mi proposición, sentía que había sido más tiempo. Jamás hubiese imaginado que me casaría con mi amiga de mi infancia y, mucho menos, en estas circunstancias y tan precipitadamente.
Íbamos a cometer una locura, pero ahora eso no me importaba.
El vestido de Rosalie fue muy sencillo, hasta había conseguido que fuese blanco a pesar del apuro del momento. Debo reconocer que me había quedado sin aliento al verla, estaba absolutamente hermosa. Al encontrarse nuestros ojos, le sonreí y ella me devolvió la sonrisa, a pesar de que se la notaba muy nerviosa.
—¿Estás segura de hacer esto? —pregunté por enésima vez.
—Más que segura —afirmó mientras uníamos nuestras manos y volteábamos hacia el juez de paz que nos casaría.
El momento de los votos llegó y ambos pronunciamos unas pocas palabras, antes de sellar el momento con un beso. Ahora no sólo besaba a Rosalie, sino que besaba a mi esposa. Mi mujer de verdad, y no había nada que hacer para cambiar eso.
La realidad me atacó, pero eso no me asustó. Sentía que no había otra mujer mejor para ser la señora McCarty; ella simplemente era perfecta para mí y muy rara vez me equivocaba.
—Felicitaciones, chicos —nos dijo Elvis mientras posaba para la fotografía que nos tomaban.
Estuvimos pocos minutos más allí hasta que viajamos a la habitación del hotel que reservé antes de venir hacia aquí. Era en el mejor hotel de Las Vegas y, por supuesto, la mejor suite del lugar. Sólo quería lo mejor para mi esposa y, de alguna manera, redimirme con ella por no poder darle la boda de los sueños de cualquier chica.
—¿Qué sucederá de ahora en adelante, Emmett? —preguntó Rose, ya cuando ambos nos encontrábamos envueltos en las sábanas, completamente desnudos, luego de haber consumado nuestro matrimonio—. ¿Has pensado en la reacción de tu padre al vernos llegar juntos y, encima, casados?
Eso era lo único que rondaba por mi cabeza. Había estado muy enojado con él como para detallar cualquier tipo de reacción que tendría; no había tenido tiempo para pensar qué pasaría por la cabeza de Patrick al enterarse que su hijo mayor se había casado en Las Vegas con la muchacha del servicio. Siendo sincero, ahora comenzaba a preocuparme por ese hecho. ¿Me desheredaría?
Una alarma sonó en mi celular y abrí mis ojos grandemente al percatarme de la fecha y del compromiso que había tenido que hacer. Me quise matar por mi falta de responsabilidad. ¿Cómo había podido haber olvidado mi examen en la Universidad?
Ahora sí, iba a arder Troya.
.
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{27 años}
Los años habían pasado más rápido de lo que esperé. Sin embargo, creía que estos últimos cuatro habían sido los mejores de mi vida, sin dudas.
Me había graduado con todos los honores que una persona pudiera tener y me llovieron las propuestas de trabajo, claro que no acepté ninguna, pues mi padre tenía un puesto esperando por mí desde que había nacido. Ahora me había transformado en su mano derecha y, esperaba, que en un futuro pudiera hacerme cargo de la firma McCarty.
A pesar de las millones de discusiones que había tenido con Patrick en el último tiempo, sobre todo el día que llegué de Las Vegas siendo un hombre casado sin que él se enterara, había aprendido a trabajar con él y también a respetarnos mutuamente, aunque yo sabía que ese respeto tendía de un hilo desde el momento en que "olvidé" mi examen en la Universidad.
Por esa discusión, habíamos tenido que ocultar lo que habíamos hecho en Las Vegas y, esa huida, cobró el empleo de muchos de los empleados domésticos que trabajaban en la casa. Pero eran ellos o yo, y no iba a poner en riesgo mi carrera por algo como eso.
Los años fueron pasando y también mi oculto matrimonio. Pues sí, aún nadie sabía de eso y no planeaba que eso cambiara. Había luchado mucho para llegar al puesto en el que hoy estaba. A Rosalie no le gustaba vivir en las sombras, como era lógico, pero aprendió a entenderme; si yo me enemistaba con mi padre, todos nuestros sueños se vendrían a pique.
Hasta el momento nadie nunca sospechó de nada, ni siquiera cuando me mudé de casa para ir a vivir con Rosalie, primero cerca de la Universidad y luego a Seattle cuando ya me había graduado, aunque lógicamente de eso jamás se enteraron. Mi relación con Rose era algo extraña. Éramos marido y mujer, sí… el sexo era grandioso y ella me hacía sentir putamente genial. Sabía que ella me amaba, pues me lo repetía a cada momento y también sabía que yo le tenía un enorme afecto, pero entendía que no era amor; yo no estaba hecho para ese sentimiento.
—¿Hijo?
Quité mi vista del ordenador y lo miré a mi padre, de pie en la puerta de mi despacho.
—¿Qué sucede? —pregunté al ver que se sentaba frente a mí y sonreía con ganas. Sólo hacía eso cuando tenía buenas noticias para el estudio.
—Nuestra salvación, eso pasa.
Enarqué una ceja y lo vi desenvolver una carpeta que traía en sus brazos. Sacó una foto de allí y la colocó encima de mi escritorio.
—¿Quién es ése? —quise saber mirando al sujeto de la fotografía.
—Nuestro nuevo socio y el que nos ayudará a mantenernos en lo más alto de todo, seremos invencibles con él en nuestro bufete.
Fruncí el ceño.
—¿Socio?
—Su nombre es Charles Swan, aunque todo el mundo lo conoce como Charlie. Es un genio en lo que hace, toda la gente lo admira y lo respeta, pude verlo en acción y créeme te deja sin palabras —contó reclinándose en la silla—. Será el abogado de cabecera, yo asumiré de juez la semana que viene y necesitamos a alguien que se ocupe de mi cargo. Él es el mejor para eso, ya me darás la razón.
—Pensé que yo ocuparía tu cargo —dije confundido, mirando otra vez al hombre de la foto—. No parece ser de nuestro circulo social, papá. ¿Estás seguro de esto?
—Por supuesto, nunca me equivoco y lo sabes. Es justo lo que necesitamos: un hombre ambicioso y lleno de ganas de trabajar —me miró con una sonrisa de costado—. Todavía eres muy joven e inexperto para tomar mi cargo, Emmett; lo harás más adelante. Pero tengo otra noticia para ti.
Lo miré alentando a que continuara hablando.
Volvió a sacar una fotografía de dentro de la carpeta y la colocó al lado de la del tal Charlie Swan. En esta nueva foto había una chiquilla adolescente, muchísimo más joven que yo. Se la notaba fresca, alegre y feliz. No tenía ni idea quién rayos era esta linda castaña.
—Ella será tu esposa —sentenció.
Me atraganté con mi propia saliva. ¿Qué había dicho?
—¿Perdón?
—Lo que escuchaste, tienes veintisiete años y jamás nos has presentado una novia con clase —se encogió de hombros—. He decidido que serás el esposo de la hija de Swan, ella estudiará abogacía también y juntos haremos un imperio sin precedentes; no tendremos competencia, lideraremos todo el país y, quién sabe en un futuro, quizás hasta el mundo.
Jalé mis cabellos en una postura nerviosa. ¿En serio me estaba pidiendo que me casara con una niña?
—Es una chiquilla papá, no creo que sea mayor de edad.
—Tiene diecisiete, pero eso no es un impedimento, la edad es sólo un detalle —le restó importancia—. La única traba que hay es que la niñita está embarazada y, según averigüé, tiene un noviecito. Pero eso tampoco es un problema, las adolescentes mueren por un hombre educado y mayor de edad, sobre todo a esa edad en donde andan con las tonterías el amor para siempre y qué sé yo.
—¿Pretendes que también me haga cargo de su hijo?
Encogió sus hombros.
—Harás lo que sea necesario para ganarte su afecto. Quiero que te cases con Isabella Swan, Emmett.
—¿Qué dice el padre acerca de esto?
—Firmará el permiso —aseguró sin dudarlo—. Conozco a ese tipo de personas. Ese hombre está desesperado por un trabajo y por el dinero, hará lo que sea con tal de ganarse millones. El comportamiento de las personas es muy predecible, hijo, sólo basta que uno sea un poquito más inteligente que el otro para llevarle la delantera.
.
Debería haber aprendido con el tiempo que mi padre jamás se equivocaba en nada y que siempre conseguía lo que quería. Me había visto cortejar a la niña Swan, había viajado a Forks hacía unos días para intentar acercarme a ella, pero me hacía mi tarea muy difícil. Había hablado con su madre y, aseguraría, que ya me la había guardado en el bolsillo. Pero su hija era muy testaruda y no había querido siquiera hablar conmigo.
Marqué nuevamente el número de Rosalie, pero otra vez había rechazado mi llamada. Llevábamos sin hablarnos dos días enteros y yo comprendía su enojo, pero me veía atado de pies y manos para revertir la situación. Cuando le conté que debía casarme con Isabella Swan se había puesto como loca y había amenazado con divorciarse de mí y gritar nuestro secreto a los cuatro vientos. Aunque luego, para mi tranquilidad, recapacitó y a duras penas comenzaba a aceptar este patético trato.
El noviecito de Isabella se llamaba Edward Cullen y no la dejaba sola ni un solo puto momento, haciendo que mi plan de acercamiento a ella fuese todavía más difícil. El embarazo estaba más avanzado de lo que esperé, seguramente tendría unos seis o siete meses, no había podido averiguar bien.
Debía admitir que a pesar de su corta edad, Isabella era sin dudas preciosa. No tenía una belleza extravagante, pero sí la necesaria para que voltearas a observarla, su largo cabello castaño, sus ojos grandes y expresivos de un extraño matiz chocolate, su dulce e inocente sonrisa, podía atontar a cualquiera.
Cuando comenzaba a darme por vencido y estaba decidido a llamar a mi padre para decirle que, por primera vez, algo no salió como planeaba…
Todo cambió en un minuto.
Me había enterado de la trágica noticia que Isabella había sufrido un accidente y que había perdido a su hijo en él. No pude salir del asombro en cuando me lo contaron, pues esa misma mañana la había visto sonreír junto a su novio en un parque.
—Ésta es tu oportunidad, Emmett —me dijo mi padre—. Aprovéchate de su vulnerabilidad para casarte con ella, la pobre chica parece un zombi.
Esto era lo más bajo que haría en mi vida y no estaba orgulloso de tener que hacerlo, mucho menos al verla inmóvil y pálida recostada en esa fea camilla de hospital.
Por primera vez en mi vida sentí vergüenza del padre que me había tocado.
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{Actualidad}
—Jamás hubiese imaginado una noticia así venir de tu lado, Emmett —dijo mi padre con ese maldito sobre entre sus manos—. ¿Creíste que jamás me enteraría de esto? Eres un estúpido, deberías sentir vergüenza de ti mismo.
El día más temido para mí había llegado. Tardó bastante, pero eso no hacía que la reacción fuese diferente.
Habíamos recibido hacía poco un fax en el cual me citaban a un juicio, el cual fue organizado por nada más y nada menos que Isabella Swan. La muy astuta me tenía agarrado de las pelotas, no sabía cómo hacer para poder salir ileso de esta situación; pues, por primera vez, tenía todas las de perder.
—Lo peor de todo es que le dejaste el camino libre a esa zorra. Se fue corriendo tras Amun, ¿sabes lo que eso significa?
Claro que lo sabía perfectamente: estaba en la puerta de mi sentencia de muerte.
Amun era el archienemigo de mi padre y no se molestaba en ocultarlo, todo el mundo conocía su rivalidad y también esperaban el contraataque de Malek para con mi padre. Sin dudas, cuando esta nueva noticia saliera a la luz, sería algo que nadie se querría perder.
—Pensé que tenías mejores gustos. ¿Rosalie Smith, en serio? —rió sin humor—. Tendría que haberme dado cuenta que ustedes se traían algo entre manos, fui un idiota al confiar en ti. Has mandado todo a la borda y espero que sepas cómo revertir esta situación, porque no sólo es un asunto tuyo, arrastrarás a todo el bufete por culpa de tu inmadurez e irresponsabilidad —rugió con los puños apretados arriba de su escritorio—. Eres un bueno para nada, Emmett, siempre supe que sólo me traerías dolores de cabeza.
Mi límite había llegado hasta aquí, ya era tiempo que sacara hacia el exterior todo lo que había guardado.
—Aquí el único que es un bueno para nada eres tú —le respondí en forma de gruñido—. No me vengas con que yo soy un estúpido o qué sé yo, porque el culpable de todo eres tú. Tú me has convertido en lo que hoy soy, por culpa de tu odio hacia mí. El mismo odio que sientes por ti, pero que lo proyectas en mí porque soy producto de un matrimonio obligado.
Los ojos de Patrick se abrieron desmesuradamente.
—Parece que tampoco soy el que tiene secretos guardados, ¿cierto? —No respondió—. Desde hace mucho tiempo sé que tu matrimonio con mi madre ha sido arreglado por tu padre y de ahí nací yo, alguien no deseado por tu parte, porque mi madre sí me quería, ya que ha dado la vida por mí.
—¿De dónde sacaste eso?
—¿Qué importa eso ahora? —le devolví la pregunta—. ¿Sabes, papá? Jamás me he sentido valorado por ti, siempre he hecho de todo para intentar ganarme tu cariño…, pero he aprendido que jamás lo tendré pese a que haga de todo para lograrlo —hice una pausa, tragando saliva pesadamente—. Me he cansado de esta vida de mierda, me he cansado de ser siempre el que está debajo de ti y que jamás obtendrá nada de tu parte.
—¿Qué intentas decirme, mal agradecido? —preguntó entre dientes.
—La derrota no es tan mala como pensé —encogí mis hombros—. Ya he perdido, Patrick, no tengo nada más que hacer. Deberías aprender a aceptar la derrota también, ya deja de ensañarte con Isabella, ella ha demostrado ser más inteligente que nosotros dos juntos, ha sabido jugar sus cartas muy bien y no puedes negarlo.
—Algo que tú facilitaste con esa ridícula boda.
—Sí, tienes razón —asentí—. ¿Y sabes qué? Rosalie ha sido la única que ha estado para mí todo este tiempo, es la única que me valora y que jamás me señaló con el dedo.
—¿Vas a dejar que arruine tu carrera, entonces? —negó con la cabeza—. No puedo creerlo, no puedo creer que haya criado a alguien tan estúpido. Olvídate de todo esto, Emmett… ya no serás bienvenido aquí. Como siempre, tendré que limpiar tus mierdas.
—¿Piensas despedirme? —reí sin humor.
—¿Qué es tan gracioso?
—Creí que tú, grandioso Patrick, eras el inteligente aquí. No permitiré que me despedidas, soy el segundo accionario más importante del bufete y no dejaré que vuelvas a salirte con la tuya. Recuerda que te conozco muy bien, papá; nadie más que yo lo hace, tú también tienes muchas mierdas detrás de ti… supongo que no querrás que nadie se entere de ellas.
—¿Me estás amenazando?
—Nah, ¡qué va! —sonreí con burla—. De ahora en adelante tomaré el cargo que me pertenece desde mucho tiempo atrás y comenzaré mi vida, mi propia vida.
Me di la media vuelta, sintiéndome grandiosamente genial por haberlo dejado sin palabras, aunque antes de irme recordé algo.
—No te preocupes por esta situación, ya mismo iré a arreglarlo —le aseguré y, por fin salí del despacho con la cabeza bien alta.
No pasó mucho tiempo antes de que tuviera que pararme en seco y mirar con extrañeza a la persona que tenía delante de mí. Suponía que, de una buena vez, todo mi pasado se me venía encima y debía enfrentarlo.
Esos ojos medios verdosos, medios azules me miraban con profundo resentimiento.
—Si vienes a ver a papá, él está en su despacho —le dije señalando la puerta.
—Papá puede esperar —respondió mirándome con el ceño fruncido—. ¿Te ibas?
—¿Acaso importa?
Jack bufó y jaló sus cabellos de un tirón. Al parecer hoy no era el día del humor McCarty, todos estábamos bastante alterados.
—¿Qué pasó contigo, Emmett? —preguntó una vez más—. ¿Por qué jamás podremos ser una familia de verdad? ¿Por qué tanto odio? ¿Qué te hemos hecho?
Solté una risa irónica.
—No quiero discutir ahora, Jack… Estoy agotado —respiré hondo—. ¿Te invito un café y hablamos en otro momento?
—No me tomes el pelo.
—No lo estoy haciendo, discúlpame si esa es tu impresión. —Guardé mis manos en los bolsillos de mi pantalón y miré hacia los chismosos que nos observaban disimuladamente—. Si quieres, puedo decirte que a ti jamás te odié ni a tu madre, sino que odiaba cómo Patrick se comportaba con ustedes; ojalá alguna vez el me hubiese mirado de la forma en que los miraba. ¿Fui un inmaduro? Sí, lo fui. Pero estoy seguro que, si tú hubieses estado en mi lugar, hubieras actuado de la misma forma.
—¿Estás hablándome en serio?
—Sí, Jack —suspiré—. Hasta llegué a pensar que podríamos haber tenido una buena relación, pero eso no sucedió. Te pido disculpas si te dañó mi trato hacia ti, pero no me salió ser de otra manera.
Jack me miró asombrado; lo había tomado por sorpresa.
—¿Es verdad lo que Bella me contó? —preguntó, una vez que salió de su estupefacción.
—¿Que Rosalie es mi esposa? —No respondió, siguió mirándome con los ojos abiertos de par en par—. Sí, es verdad, y ya estoy cansado de tener que mentir todo el tiempo.
—Supongo que dejarás a Bella en paz ahora… digo, ella tiene todas las de ganar.
Encogí mis hombros, tenía toda la razón y tampoco tenía fuerzas para luchar contra lo inevitable. Ya estaba resignado, esa era la única verdad.
—Haré lo correcto, te lo garantizo. —Caminé hacia él y lo miré a los ojos—. ¿Me dejas comenzar a hacerlo ahora?
—¿El qué?
—Lo correcto —volví a repetir.
Me miró sin salir de su asombro y di un paso al costado.
—Creo que por primera vez te veo como mi hermano mayor —dijo con una sonrisa.
Lo miré con una expresión seria.
—Yo vi a mi hermano menor aquel día que me ayudó a elegir mi traje de Navidad. ¿Lo recuerdas?
No le di tiempo a que me respondiera, lo dejé allí en el medio del pasillo con la boca abierta y con los ojos desorbitados. También me había comportado como un imbécil al desquitármela con él, después de todo Jack no fue culpable de nada.
Al subir a mi auto, no tardé ni dos segundos en acelerar a todo lo que daba para ir al único sitio que me importaba ir. Hacía años que me había comportado como un asno con la única persona que demostraba que de verdad le importaba.
Al llegar al edificio, estacioné horriblemente el auto pero no importó, sólo necesitaba poder entender que no había perdido todo, que aún quedaba algo bueno para mí; aunque no lo mereciera.
Luego de sobornar al conserje del edificio para que me dejara ingresar sin ser anunciado, me paré en frente de la puerta y sentí como todo mi cuerpo temblaba de nervios.
Ella era la única esperanza que me quedaba, no sabía si podría soportar su rechazo.
Suspirando pesadamente, golpeé la puerta decididamente y esperé con impaciencia hasta que se abriera. En lo que pareció una eternidad su figura estuvo en frente de mí y volví a tener la misma reacción al ver su belleza, aquella que me había atrapado desde el primer momento, cuando ambos éramos unos niños que fantaseaban de una vida llena de emociones y sueños.
—¿Emmett? —me preguntó la mujer castaña; debía admitir que me gustaba más así que rubia.
—Lo siento, Rosalie. —Di un paso hacia ella—. Perdóname por todo lo que te hice.
Ella seguía sin habla, así terminé de acortar la distancia entre los dos y tomé su nuca con una de mis manos, mientras que con la otra rodeé su cintura. Jadeó de impresión, pero sólo pude atacar mis labios con los suyos de una manera desesperada; jamás hubiese imaginado lo mucho que la necesitaba.
—¿Por qué haces esto? —preguntó con la voz errática.
—Eres lo único bueno que he hecho en el último tiempo —miré sus ojos y vi como comenzaban a aguarse—. ¿Crees que tendremos una segunda oportunidad? Prometo que no seré el mismo idiota de siempre, he aprendido.
Jamás me había mostrado tan vulnerable frente a una chica, aunque bueno… técnicamente ella no era cualquier chica, sino mi esposa y, por primera vez, no me sentía culpable de que lo había hecho… sino feliz por la decisión que tomé ya hacía tantos años atrás.
—Eres un idiota —susurró y sonreí; por supuesto que era un idiota, me había comportado como uno prácticamente toda mi vida.
—Pero este idiota tiene la capacidad de amarte. —Sus ojos se abrieron—. Haré lo que sea para que me perdones.
Me jaló hacia su cuerpo y volvió a juntar nuestros labios. La tomé en mis brazos y la metí al interior del departamento, cerrando la puerta de una fuerte y certera patada.
Quizás no todo estaba perdido.
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¡Hola a todos! :)
Me pareció una buena idea abrir la mente de Emmett y entender el porqué de todo, ojalá les haya gustado. ¿Imaginaron que así sucedieron las cosas? Como dije antes, ya no falta mucho para dar por terminado esta historia u.u
Gracias, gracias y gracias por todo el apoyo, son geniales. Si desean unirse está el grupo en Facebook a su entera disposición, los links están en mi perfil.
Isa, como siempre, gracias por tu ayuda, eres lo máximo (L)
Nos leemos muy prontito, muchos, muchos besos :*
Alie~
