Disclaimer: Los personajes le pertenecen a J. K. Rowling, lo cual es una lástima porque yo hubiera escrito una saga en la que Harry Potter no fuera tan idiota… Es más, ni siquiera sería el protagonista.


Capítulo XXXV: 1999

"Ya no hay ganas de seguir el show ni de continuar fingiendo, sólo quiero ser espectador…" Love of lesbian


—Alecto está impaciente por tener víctimas… —musitó Adolf en su oreja, mientras veía directo al óculo, donde estaba una imagen de Albus Potter con esa chica rubia, Justine—. Y no es la única, Morrigan,… Rookwood también está muy sediento de sangre y de gritos.

—Todos lo están, los he oído —le respondió ella, ladeando la cabeza, intentando leer los labios de los dos chicos que estaban reflejados en el óculo que tenía enfrente. Pero con esa imagen tan pequeña era casi imposible—. Muchos se preguntan por qué no los dejo matar a la chica… o torturarla, si quiera… —«Están sedientos de sufrimiento»—. Pero les he prometido víctimas, y ellos esperan… Y si esperan lo suficiente las tendrán… —sentenció. Llevaba demasiado tiempo planeando eso, demasiado tiempo al lado de Adolf planeando una venganza que no les pertenecía, que le pertenecía a personas que habían estado en la guerra. Una guerra de la que ella sólo había escuchado historias—. Son guerreros, lucharán hasta la muerte si alguien los convence, si alguien les promete venganza, o un mundo nuevo…

—¿Y tú no quieres sólo venganza, cierto? —le preguntó Adolf, con ese tono peligroso en su voz, que le recordaba que la conocía bastante bien. En lo bueno y en lo malo.

Morrigan no le respondió. No quería responder a eso. Sólo Adolf intuía lo que iba después de todos esos planes que tantos años les había costado trazar. Ni siquiera se había atrevido a confiar en él.

—Oh, sé lo que deseas, Morrigan, lo sé muy bien —le susurró Adolf, en la oreja—. Soy sangre de tu sangre, nací casi al mismo tiempo que tú… Te conozco mejor de lo que tú te conoces a ti misma.

Morrigan alzó las cejas y no permitió que su hermano viera su rostro. Sí, quizá habían nacido al mismo tiempo… pero a la vez eran tan diferentes el uno del otro. Sonrió. Adolf había nacido con ese cabello blanco y esos ojos claros. Odiaba la luz del sol y Morrigan se había habituado a la penumbra por él.

—Piensa lo que quieras —le espetó.

—Lo haré… pero en realidad, sólo venía a decirte, que a nadie le ha caído demasiado bien la noticia de que los Malfoy estén logrando salir de esto… —le contó Adolf—. Hay que ver lo bien que has ocultado el hecho de que los Zabini también estén ilesos… ¿Cuánto tiempo seguiremos en esta burbuja?

«El que sea necesario», pensó Morrigan.

—Les daré víctimas, si eso es lo que quieren, les entregaré a los restos de la Orden del Fénix, pedazo a pedazo… no pueden quejarse —adujo, mirando aún el óculo. Estaba tentada a cambiar de escena. A buscar algo más interesante, algo que no fueran dos adolescentes llenos de dudas.

—Pero quieren también a los Malfoy, hermana —le recordó Adolf—. Quieren verlos sufrir por traidores… por haberse salvado de lo que ellos no consiguieron huir… Sabes que está entre sus requisitos.

Morrigan suspiró con hartazgo.

—Entonces, me temo que vamos a agregar a alguien a la lista… —dijo, esbozando esa sonrisa peligrosa—. Ya sabes que hacer.

«Realmente voy a disfrutar esto», pensó Morrigan, imaginando las súplicas que recibiría los próximos días y la desesperanza de sus víctimas. Oh, desgracia, le encantaba la desgracia ajena.

Sonrió. Tenía la sonrisa idéntica a la de su hermano Adolf.

Cruel y calculadora. Sobre todo cruel.


—Liverpool —soltó Liliane de improviso, cuando por fin Frank se marchó después de dirigirles una extraña mirada. Pero ya casi todo el mundo sabía que trabajan juntos—. Están en Liverpool.

Miraba atentamente los dos libros que le había dado Ted Lupin. Había un engorgio en ellos y algo más. Quizá magia negra. James ya lo había examinado y no habían encontrado lo que disparaba el engorgio. Liliane se inclinaba a creer que era magia más oscura o poco conocida, pero tampoco tenía una pista demasiado clara…

—¿Qué? —preguntó James.

—Nott declaró que la guarida se encuentra en Liverpool —completó Liliane—. Zeller se lo dijo a Lupin y Lupin a mí. —«Ya es una cadena», pensó, y nadie podía saber lo que estaban haciendo. Era tres; si uno se chivaba, todos caían. Ella por ocultar pruebas y traficar con información, James por cómplice y Ted por develar los expedientes a una persona no implicada.

Se quedó callada, esperando a que James dijera algo. Sabía lo que estaba pensando. «Si la información es correcta, su prima está en Liverpool», se dijo Liliane, «pero no puedo actuar sin pensar… no con esto. Menos cuando hay tanto en riesgo».

—Liverpool, ¿eh? —musitó y se quedó callado unos momentos, hasta que, finalmente, añadió una pregunta—: ¿Qué haremos?

Haremos. Nosotros. Liliane sonrió. Quién lo diría.

—Bueno, Potter, no nos sobran las opciones —respondió ella—. Tenemos que esperar a saber un poco más, a tener más detalles. —«No podemos arriesgarnos, no ahora».

—Rose podría morir —sentenció James.

«¿Y qué otras opciones tenemos?», tuvo ganas de gritarle. Pero a Liliane no le importaba la chica. Liliane quería la venganza y en el fondo, sabía que James quería lo mismo. Nada iba a salir mal, no si de ella dependía.

—Potter… —empezó ella—, no podemos hacer nada estúpido. Sabemos que están en Liverpool. Y si nos atenemos a los recuerdos tenemos un mapa de ese lugar. Uno en la cabeza de mi hermano y otro en la de Jezabel Nott. Si vamos a tomar venganza —empezó, «y a rescatar a tu prima», añadió interiormente—, no podemos cometer ningún error.

—Ningún error —se repitió James. «Si de él dependiera, ya lo habría arriesgado todo por conseguir rescatar a su prima», comprendió Liliane, «pero Rose Weasley está lejos de su alcance… No podemos hacer nada sin un poco de más información».

Volvió a concentrarse en los libros, lo cual era fácil, aun cuando llevaban tiempo atascados. Nunca habían creído que les sería tan difícil resolver un problema que involucrara una maldición. James estaba apuntándole a uno con la varita y Liliane a otro. Fuera del engorgio, y de rastros de magia desconocida, no había nada.

—Liliane… —empezó James—. Explotan al tacto —dijo, marcando lo más obvio—, y acabo de reconocer el rastro de magia que dejaron… —musitó—. Es demasiado parecido al de una snitch.

Liliane lo comprendió al momento.

—Memoria táctil —musitó.

¿Cómo no se le había ocurrido antes a ella?

—Bueno, Zabini —James sonrió por primera vez—, ¿sabes dónde podemos conseguir una snitch? Quiero comparar estos dos libros con una.


La lechuza estaba allí. Y había dejado muy claro que no se marcharía sin un pergamino atado a la pata. Justine se quedó viéndola, balanceando sus opciones, sentada en la cama, estrujando un pergamino en la mano. «Sólo tienes que hacerlo», se dijo, «sólo tienes que poner sí y dejar que se largue». Pero aún no se decidía. Lo había pensando más de mil veces y seguía sin estar segura. Estrujó el pergamino de nuevo.

—¿Necesitas algo, Justine? —Se sobresaltó al oír la puerta abrirse—. Tu padre y yo iremos a ver a los Flint. Quizá tu padre tenga algunas reuniones de negocios y tomemos el té con los Warrington —Tracey Higgs sonrió. Justine había heredado su boca. Y la forma de la barbilla. Menos mal que era más parecida a su padre en todo lo demás.

—No —Justine sonrió.

—Oh, perfecto, querida… —le dijo su madre—. Recuerda no regresar muy tarde si decides salir con Gaia.

Justine sonrió.

—Estaré aquí temprano —respondió con una sonrisa forzada. Y su madre se fue. Respiró hondo en cuando escuchó la puerta cerrarse y volvió a poner la atención en el pergamino.

Tenía que elegir.

Entre Albus y Niklaus.

Odiaba que la forzaran a elegir.

Pero tenía que hacerlo. Entregar a Albus o esperar que a Niklaus le ocurriera algo. La estaban forzando a elegir de la manera más cruel que sabían porque sabían que ella era demasiado egoísta como para arriesgarse a sí misma.

Los besos de Albus, y sus palabras al oído, sus manos recorriéndole la espalda, contra Niklaus, y sus sonrisas torcidas, sus caricias…

«Sin sentimentalismos», se recordó.

¿Albus? ¿Niklaus? ¿Quién vivía y quién moría? Se sentía poderosa con ese poder en sus manos, pero en ese momento no lo deseaba.

«Sólo tienes que escribir sí», se dijo a sí misma de nuevo.

Sólo un sí. ¿Qué podía costar?

La vida de Albus.

Respiró hondo de nuevo, intentando decidir. La lechuza seguía parada en su alfeizar y no se iba a marchar sin lo que había regresado a buscar.

Era uno por el otro…

«Sólo un sí», vamos, se presionó de nuevo.

Quizá su subconsiente tenía razón. Sólo Niklaus la conocía tal cual era, sólo él conocía a la serpiente que se alojaba bajo el rostro de princesa, conocía sus mayores pasiones. Habían estado juntos desde que ella había tenido edad para aprender a andar. No quería reconocerlo, pero no quería que le pasara nada.

Niklaus había susurrado secretos que nadie más había podido oír en su oído desde que tenía doce años, y a los quince se había llevado una parte de ella. A los quince la había llevado a conocer el cielo, y lo más profundo del infierno. Niklaus Pucey la conocía tal cual era, conocía los pormenores de su vida, de su relación o lo que fuera que tenía con Albus. Y no sentía celos… al menos, no demasiados.

La conocía. Era él el único que sabía quién era. «¿Me arriesgaré a perderlo?», se preguntó Justine. Conocía la respuesta. Pero no quería decirla.

«Sólo un sí», volvió a recordarse.

Sólo un sí.

No hacía falta nada más.

«Sí», volvió a repetirse. ¿Cuánto podía costar?»

Tomó la pluma y la mojó con tinta. La temblaba un poco la mano. La primera letra salió chueca y la escritura se veía temblorosa, pero no había duda de que era un «sí».

Se acercó hasta la lechuza y le ató el pergamino a la pata. Esta se marchó conforme, con lo que había ido a buscar.

«Sin sentimentalismos», se recordó Justine.

Por Niklaus.


«Si ponemos patrullas en toda esa zona de Liverpool, tarde o temprano encontraremos a alguien más, y conoceremos la ubicación exacta del lugar donde se esconden los secuestradores de Rose», pensó Zeller, «pero siempre corremos el riesgo de que sea demasiado tarde y Weasley no sobreviva…» Pensaba demasiado los últimos días. Las charlas con Creevey habían acabado por mostrarle que, si bien tenían posibilidades, el tiempo jugaba en su contra. Demasiado en su contra. Rose Zeller se masajeó las sienes. Desaba estar a campo abierto, y no frente a aquel escritorio. En el campo abierto, sobre todo en esa zona que les interesaba de Liverpool, al menos se sentiría útil. En esa oficina, no.

—Buenos días, Rose —saludó la ya habitual voz de Dennis Creevey.

—Creevey —respondió ella.

—¿Te torturas pensando? —le preguntó él.

—Más te vale que tengas una idea para hacer más rápido, Creevey —le contestó—, y una muy buena.

—Quizá tenga alguna —empezó Creevey—. Y empieza por poner guardias en toda esa zona, sin dejar un un solo resquicio sin cubrir. Pero no lo anuncies. Manéjalo como algo secreto, sólo con personas que merezcan tu confianza. Si todos tienen el encancamiento desilusionador encima, nadie será capaz de ver que allí hay alguien vigilando…

—Empiezo a seguirte, Creevey…

—Entonces, sólo queda esperar a que alguien salga… —musitó Creevey— y, manteniéndolo aún todo como completo secreto aún… averiguar la ubicación exacta.

—Si el que sale no es el guardián secreto, de poco nos servirá…

—Esperaremos tener suerte, Rose… Aunque por supuesto, sólo hay algo más poderoso que los hechizos de confidencialidad de Scabior y de Nott. Y sabes que es.

«Por supuesto que sé que es Creevey», pensó Rose, «¿cuánto estás dispuesto a quebrantar la ley para obtener lo que deseas?» En otro tiempo, se habría negado. Pero ya no podía permitirse más dudas o más fallos. Tenía que averiguar que estaba ocurriendo. Lo más rápido posible.

—Suponiendo que acceda a lo que propones, ¿qué sigue? —le preguntó Zeller.

—Si no es el guardián secreto… siempre podemos averiguar cuanto se preocupan sus compañeros por él sin que pongamos en riesgo a la señorita Weasley… después de preguntarte por el nombre del guardián secreto, por supuesto. Si lo es… tendremos que entrar.

—Vamos a pelear en su terreno, Creevey —espetó Rose. Pero sabía que no tenían más opciones. No podían obligarlos a salir. Y tenían que rescatar a Rose Weasley, costara lo que costara.

—Es una desventaja, sí…

«Que tengamos suerte, Creevey, y lo que has perseguido por tanto tiempo, será tuyo», se dijo Rose. «Pero si fallamos, moriremos».

—No tenemos muchas opciones —musitó.

—No, Rose —le dijo Creevey—. No las hay. Tenemos que arriesgarlo todo si queremos obtenerlo todo.

«Pero se te ha olvidado, Creevey, que también podemos perderlo todo». Y tenían demasiado que perder. Demasiado.

—Bien, Creevey, entonces, lo arriesgaremos todo.

«Si no queda más remedio».


¡Tenemos nuevo capítulo!

Nadie se muere y tampoco torturan a nadie, pero tranquilo lo que se dice tranquilo, no ha estado mucho.

Primero, porque descubrimos cosas de dos de los antagonistas. Morrigan y Adolf. Aunque aún queda el tipo que jamás de quita la capucha, ese es super importante. Primero, son hermanos. Aunque parecerse, lo que se dice parecerse… Adolf es albino, con la ventaja de ser metamorfomago, aunque la verdad es que parece que prefiere su horrible aspecto normal. Para quien se lo pregunte, ¿han visto a Silas en El Código Da Vinci? (película que todo el mundo debería ver para ver a Audrey Tautou en ella, porque por lo demás puaj!) Sí, son hermanos, ¿quién los procreo? ¿Por qué están allí? Y a pesar de que son hermanos, Morrigan parece llevar el peso de esa venganza desde el principio… Aunque Adolf tomó protagonismo con eso de ser el pseudo pretedientente de Rose Weasley…

Por otro lado, Liliane sabe más cosas. Como que probablemente Rose Weasley y sus secuestradores —a los que les tiene bastante tirria—, están en una parte de Liverpool. Pero James y ella empiezan a tener propósitos brutalmente diferentes. Aun cuando James aun persigue una venganza, quiere rescatar a Rose. Pero Liliane quiere venganza. Y no quiere ni un solo fallo. ¿Funcionará esa relación? ¿Qué planeará Liliane? ¿Conseguirán la venganza que quieren?

Justine, Justine. Eres simple, pero no tanto. Sales con dos chicos porque besan de puta madre, pero ni tú te crees eso… Justine, Justine. En fin, ha tomado una decisión que afectará para bien o para mal a ese triángulo que forma con dos chicos. ¿Por qué creen que escogió a Niklaus? ¿Por antigüedad? ¿Por besar mejor? Nah, me parece que queda claro en el texto… Pero sí, no sólo sale con Niklaus por buen besador. Y quizá, aunque no lo crea, tampoco salga con Albus sólo por guapo. ¿Qué pasará allí?

Zeller y Creevey. Se empiezan a plantear los límites que Creevey no tiene reparo en olvidar si eso lo lleva a encontrar a alguien, pero que Zeller insiste en seguir. Ya ha roto unos cuantos límites, tanto suyos como de la división, pero hasta ahora se plantea que será capaz de hacer. ¿Qué creen que sea capaz de hacer?

El título, 1999 es de la canción de Love of Lesbian de mi álbum favorito de ellos forever (o sea, 1999). La parte citada habla de Justine un poco, sobre la elección, y sobre cómo ha dejado de mentirse a sí misma, y sobre Zeller, y como considera los límites que puede romper para obtener éxito, y como a la vez, no quiere hacerlo. ( www . youtube watch ? v = sBwu1QQRDAY Sin espacios)

Finalmente…

El ganador recibe una recompensa… el perdedor, un castigo.

Andrea Poulain

A 24 de junio de 2013