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El amor es...

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La encuentras en cosas pequeñas o grandes. La puedes apreciar en detalles, en palabras, incluso en objetos inanimados. Puedes recibir una linda palabra, y la sentirás. La percibirás dormida o despierta, de noche o de día. Puede llegarte en un santiamén, o puedes perderla, pero no para siempre, porque siempre regresa. Es una sensación que se puede alcanzar por suerte, o por persuasión. La gente lucha toda su vida por conseguirla pero ¿sabe realmente lo que es? cuando la tienen ¿la valoran realmente? ¿por qué seguimos buscándola, si no sabemos dónde está o con quién encontrarla? Quizá sea porque no está en el exterior, sino en uno mismo. Aunque nos topemos con situaciones que nos hagan sentir dichosos, si no estamos dispuestos a disfrutarla se disuelve, es más, ni siquiera te das cuenta que está ahí, a tu lado, esperando por ser tu compañero de vida. Gente que lo tiene todo, y jamás abre los ojos, gente que la pasa mal, pero supera las adversidades... y al fin lo consigue.

La felicidad no es buscar lo que no tenemos, si no darle un buen uso a lo que sí.

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"Es felicidad"

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Pasaron tres semanas largas y calmas, aunque plagadas de desenlaces. A cada evento que ocurría se le unía una pieza más al rompecabezas que inició ésta historia. El cierre de ciclos está a la orden del día. La culminación de algunos de ellos eran, primeramente, la separación oficial del grupo Three Lights. Igual que la última vez, hubo histéricos reclamos de las fanáticas y decepciones de aquellos magnates que querían hincharse los bolsillos con el talento de aquellos tres jóvenes. No obstante, los tres hermanos permanecieron firmes en su decisión, pues sus caminos ya estaban trazados con claridad y para dos de ellos la música no era uno de ellos.

Taiki aplicó para la carrera de Astrofísica en la universidad de Tokio, y ni siquiera necesitó recomendación de los profesores, estuvieron encantados de abrirle las puertas a semejante prodigio. Se dio cuenta que podía estudiar el fascinante mundo del universo desde la perspectiva científica que le encantaba, pero le hizo caso a lo que le dijo una personita hace dos años, y se prometió que no dejaría de hallarle algún tinte romántico al tema. Yaten recibió un sin fin de ofertas de compañías de teatro tanto nacionales como internacionales, pero él las rechazó todas. Sabía que quería ser actor, pero no estaba muy seguro de que quisiera quedarse en Japón y estabilizarse en otro sitio tan pronto. Tenía otros planes, y por primera vez, quiso no agendar absolutamente nada que no fuera seguir sus deseos personales del momento, egoístas y emocionantes, aunque fuera difícil de creer en alguien como él.

Seiya seguía pensándose mucho un regreso al mundo del espectáculo. Estaba muy acostumbrado a contar con el apoyo profesional de sus hermanos, y aún no se sentía tan recuperado como para sonreír a las conferencias de prensa, bromear con los reporteros o firmar autógrafos sin entrar en ansiedad. Quizá podría volverse un compositor de canciones más que un cantante y serviría, pero incluso de éso también dudaba de su capacidad para ello. Su cerebro era como un enjambre atiborrado de dudas y miedos, y no creía que ninguna palabra que escribiera sonara sincera y leal hacia lo que siempre había sido su devota inspiración: el amor.

Amy estaba en recuperación después de su intervención operatoria. Todos los estudios posteriores salieron exitosos, y si aplicaba un par de tratamientos más, no quedaría rastro de la metástasis. Taiki le insistió en pedir al menos tres opiniones diferentes y todos concluyeron en lo mismo, si llevaba una vida sana y calmada, podría dormir tranquila por al menos treinta años más. Después ya veremos. El asunto era bastante optimista dadas las circunstancias, y la mañana que recibió su carta de aceptación para la escuela de medicina, Amy no pudo evitar gritar de felicidad, asustando incluso a su madre, que estaba aún dormida. Estaba tan agradecida con Reika, con sus allegados y con su fe, que no podía evitar sonreír antes de despertar cada día.

La siguiente en ponerse a dar piruetas como gimnasta fue Mina. Su respuesta para la inscripción a la academia de música que quería no llegaba, pero eso no le preocupaba. Desde que fue amenazada de muerte con una pistola en la cara, Mina entendió la verdadera importancia de las cosas. No era el pase para la siguiente audición. Ni siquiera salir de la preparatoria con buenas notas (cosa imposible a éstas alturas), y mucho menos buscar ser perfecta. Eso no existía. La verdadera perfección de la felicidad radicaba en simplemente disfrutar de las pequeñas cosas que la rodeaban todo el tiempo. En cada beso que recibía de su amado, cada abrazo que le daban sus amigas o cada correo electrónico cariñoso que recibía de su mamá. Eso era lo que la llenaba, y no le importaba por ahora nada más que vivir minuto a minuto, con la misma intensidad.

Serena atravesó la encrucijada después de que pudiera convencer a Seiya de quedarse, o al menos, no demostraba intenciones de marcharse más. Sin embargo, muchas cosas aún parecían vulnerables y fracturadas. Ella sabía que no iba a poder arreglar todo el estropicio que había ocasionado con aquellos besos tiernos y ésas confesiones que le dio en el aeropuerto. Sabía que sería un trabajo duro lograr que Seiya confiara en ella, pero no iba a retirarse, ni ahora ni nunca. Seiya le había dado una oportunidad, y no dudaba que fuera la última, así que con la buena corazonada de que todo iría mejor a partir de ahora, se esforzó por esperar. La noticia del año fue que no sólo aprobó sus notas satisfactoriamente, si no que además, ya tenía todo listo para ingresar a la universidad de enseñanza y trabajo social para el siguiente curso. Seguía dándole vueltas sobre cómo pagaría la condenada matrícula, así que aplicó para varios empleos de medio tiempo. Desafortunadamente, seguía siendo demasiado atolondrada. Mala para hacer las cuentas y despistada para atender a la gente. Tampoco era buena cocinando, ni ordenando... vamos, ni siquiera haciendo café. Perdió tres empleos en un mes y seguía tratando de conseguir uno... sin éxito. Eso le preocupaba, pero no había perdido la esperanza de ganarse la lotería o ser la hija perdida de algún millonario para antes del verano.

El último día de clases regulares, Mina fue a recoger sus cosas al gimnasio para vaciar su casillero. Sintió una punzadita de nostalgia en el estómago cuando echó todo a la maleta. No volvería a entrenar ahí, y extrañaría los buenos recuerdos que formó en la cancha.

Se echó la maleta al hombro porque varios de sus amigos ya estaban esperándola, pero no esperó ver a Eichi aguardando a algunos pasos de distancia. Mina suspiró. No se habían dirigido la palabra en el último partido, a pesar de que ganaron con gran ventaja y todos se felicitaron con abrazos.

—¿Tienes un minuto? —preguntó cauteloso. Ella asintió, aunque no hizo más. Sólo se quedó en su sitio, examinándolo con los ojos sombríos.

Esta vez, Eichi no esbozó una de sus sonrisas de comerciales. Habló con neutralidad.

—Mina... um... bueno, quería decirte que jugaste estupendamente en la final, aunque supongo que ya todos te lo dijeron.

Mina arqueó las cejas y mantuvo su distancia.

—Pues gracias.

Tras un silencio algo prolongado, Mina supuso que debía agregar algo para quitarle la tensión a la escena. Eichi había roto el hielo para hablar con ella y suponía que le correspondía hacer su parte, así que agregó:

—No lo habríamos conseguido sin ésos pases mágicos que me echaste —halagó, y prosiguió—. Eichi... yo... lamento que las cosas terminasen así. Soy muy tozuda cuando me lo propongo, pero creo en tu versión, sobre lo que me dijiste de Aranna. Quiero que sepas que estamos en paz.

A él se le notaba perdido y vulnerable, pero la forma en que sacó el aire de sus pulmones, con tanto alivio, le confirmaron a Mina lo que ya sabía. Eichi no era una mala persona. Sólo era un chico que quedó atrapado en los juegos de una pobre loca. Igual que Yaten. Igual que ella misma.

—Sé que entiendes la gravedad de lo que pasó y no pienso castigarte con ello. Ya no tiene caso, no volveremos a vernos.

Por un segundo, Eichi no pudo disimular su decepción, pero se recuperó rápido.

—Gracias, Mina. Confío en que es cierto y no porque... ahora llevas miles de endorfinas circulando por tu torrente sanguíneo —medio bromeó.

Mina sonrió amistosamente.

—Ayudan a ya no querer romperte algo en la cabeza, pero ya lo había decidido antes. No te preocupes.

Al final, Eichi le sonrió con sinceridad.

—Supongo que ésto es todo —murmuró él algo incómodo, y después le sonrió con sinceridad —. Te deseo suerte en todo lo que hagas. Si un día te haces famosa, no me niegues un autógrafo.

Ella rió ligera.

—Pasará mucho tiempo para eso. Además aún nos veremos en la graduación, ¿no?

—No, no pienso ir. Tomaré mi diploma y... sólo quiero estar con mi familia. Mi padre me necesita más que nunca.

Ella asintió dándole la razón. Gracias a los Hyori, la familia de Eichi casi se había ido a la quiebra.

—Entiendo.

—Cuídate mucho.

Él le extendió la mano de un modo demasiado formal, como si acabaran de tener una entrevista de trabajo en la que nadie iba a ser contratado. Obviamente terminó pareciendo ridículo, y ambos sacaron una carcajada estrepitosa a la par. Mina avanzó un poco y se animó a abrazarlo muy brevemente. Apenas fueron dos segundos de contacto, ya que no quería confundir las cosas.

—Ya debo irme, mi amiga me está esperando —señaló el pasillo —. Adiós, Eichi.

—Adiós, Mina —devolvió —. ¡Ah! Y... quiero que sepas que no te equivocaste en elegir.

Ella arrugó la frente, porque eso no era algo que esperaba.

—Con Kou —admitió él rodando los ojos —. Casi me descuartiza cuando supo que algo te podía haber pasado. Yo no habría hecho eso por ti. Así que, no te equivocaste en elegir. No lo dejes ir tú.

Mina soltó una sola carcajada.

—No se me va a escapar. Gracias, Eichi. Espero que encuentres una buena chica pronto.

—¿Bromeas? ¡Hay fila! —presumió para aligerar las cosas. Luego le guiñó un ojo y salió por la puerta trasera, dejando a Mina con un buen sabor de boca, antes de reunirse con Serena.

Luego, varios del grupo de amigos más cercano se reunió en el apartamento de Amy. Ella no se encontraba en condiciones muy propias como para beber cerveza y comer pizza, así que le llevaron un sándwich de pavo a ella. La encontraron leyendo el final del un capítulo de su décimo quinta novela policíaca, acostada en el sofá y con una frazada en las piernas. Taiki fue quien abrió la puerta, dejando pasar el torbellino de ruido dicharachero que le sacó una sonrisa feliz a Amy. Aunque Taiki puso los ojos en blanco al oírlos, también se alegraba de verles.

Enseguida sus amigas la llenaron de cariños y novedades, entre ellas el último fracaso de Serena como camarera en un billar. Mina chocaba sus rodillas con impaciencia hasta que se hartó de no haber contado su hazaña en el voli a Amy y se robó el protagonismo, quitándole la palabra.

—Ahí va de nuevo... —suspiró Yaten, tumbándose en en el sillón después de haber abierto otra cerveza.

Seiya levantó los brazos, indicándole que no tenía remedio, así que los que ya habían sido parte de la audiencia prefirieron llenarse de boca de comida. Mientras lo hacía, a su lado, Serena lo miró sin que él se diera cuenta. Estaba tan dichosa de que siguiera aquí, de alguna manera dentro de la normalidad. Charlando, comiendo... riéndose. Parte de ella le daba miedo que todo ésto fuera un sueño. Que se despertaría mañana y él otra vez la rechazaría, la odiaría... pero no había sido así. Aún así, Serena vivía con angustia constante de que Seiya se arrepintiera de haber tomado su mano en el aeropuerto y regresaran juntos a casa, ante las miradas cotillas de los demás.

Pero no iba a desistir. Ese día, cada paso que había impulsado hacia adelante, cada zancada dada sobre las escaleras eléctricas, y cada parpadeo buscando en la multitud de viajeros, supo que valía la pena. No iba a rendirse hasta que estuviera así, bien derrotada, aunque confiaba en que no ocurriera eso. No porque se considerara muy merecedora de ganar, sino porque sabía lo que Seiya seguía sintiendo. Lo había visto en su mirada lastimada, en sus palabras hirientes. Era natural, así se había sentido ella cuando Darien le había traicionado. Y no porque realmente se sintiese doblegada por su dignidad, sino porque lo quería. Las personas lastimadas lastiman a otros. Es un círculo inevitable. Y lo veía ahora... porque aunque no era el chico entusiasta y arrasador que la llenaba de mimos enfrente de los demás, ahí estaba. Y si seguía ahí es porque aún luchaba, aunque ella tuviera ahora que ser la más fuerte.

Y ese era otro miedo que tenía. ¿Podría tener la suficiente fuerza? ¿Para hacer lo que le pedía y proporcionarle serenidad? No le estaba pidiendo mucho, claro. Pero no quería volver a meter la pata.

Aún notaba a Seiya pensativo, al margen en muchas maneras. Sabía que la confianza es un cristal delicado, que se rompe y ya no vuelve a ser como antes aunque esté pegado. No le importaba que pudiera sacar el escudo de vez en cuando, sólo quería que ya no la mirara con rencor. Que siguiera sonriendo del mismo modo que solía hacerlo, y la abrazara como tantas veces hizo en el pasado. Y así ella se quedaría allí, con su rostro recargado en su pecho, dejando que el tiempo avanzase sin contarlo realmente. Sabía que al menos había recuperado a un amigo, y ése era sólo el pilar para todo lo demás.

Como ahora, que sólo estaban ellos visitando a Amy para ver cómo se encontraba. Como ir a ver el partido de la final de voleibol, escuchar música o simplemente charlar.

Y que se cortara una mano si éso no era ser feliz, al menos por ahora.

—¡Mina, te robaste mi último pedazo de peperoni! —gritó Serena emberrinchada, cuando miró llorosa la caja vacía.

—Oh —dijo falsamente compungida, limpiándose la boca con una servilleta —. Pues lo lamento, ¡no tenía tu nombre por ningún lado!

—¡Pero sabías que la quería!

—Y tú sabes que los hongos no me gustan, no seas tacaña.

—¡Qué odiosa eres!

—Anda, no berrees. Mira, si hasta te guardé un poco...

—¿En serio?

Serena se levantó, y Mina le entregó su plato, lleno de orillas de la masa dura. Serena enrojeció de coraje mientras Mina le sonreía con cinismo.

—¡Qué groseraaa!

Mina se rió sin misericordia de ella, y los demás le acompañaron, aunque quien no podía evitar traslucir un alivio profundo era Yaten. Ver que Mina no miraba la comida como si fuera su peor enemiga y haciendo maldades sin tomarse la vida demasiado en serio, era algo que añoraba que volviera a hacer, y se estaba cumpliendo...

Serena y ella empezaron a aventarse las orillas de la pizza, haciendo un desastre por doquier. Luego las reprendió Taiki y amenazó con ponerlas a limpiar todo el apartamento, pero ellas no le hicieron caso y así estuvieron hasta que sonó el timbre. Seiya, que era el más cercano a la puerta, se levantó para abrir.

Reconoció a aquél chico menudo de cabellos oscuros y revueltos, que alguna vez había ido a visitar y pelear con Amy en el instituto. Lo vio varias veces después, en el hospital para su cirugía y así.

—Ho-hola —saludó, de inmediato mostrando su timidez agachando la cabeza—. Yo... no quiero interrumpir pero...

—Oh, sólo interrumpes una guerra temible con sangre de ketchup, adelante —le dijo Seiya, permitiéndole el paso.

—¡Rich!

Amy se iluminó al verle, porque desde que fue ingresada no había sabido mucho de él, más que por los demás y sus mensajes de texto. Aún algo cohibido pues todos lo miraban, avanzó por la sala y saludó a su amiga, entregándole un paquete envuelto que sabía exactamente lo que era: otro libro fascinante.

Ni siquiera Taiki emitió una mirada juiciosa. El sólo ver como a Amy le alegraba saber de él o hablar con ése chico, se sentía complacido por ayudarle a recuperar su amistad. Comprendía hasta cierto punto las decisiones que había tomado él (aunque nunca las aprobaría), pero lo respetaba por ella.

—¡Me encanta! —exclamó ella, acariciando las letras de la portada de aquella famosa saga de novelas —. Justamente era el que quería y... de acuerdo, dejaré de pretender que todo esto es coincidencia. ¿Adivinaste que quería comprar el libro? —le regañó en juego.

Richard se puso colorado.

—¡No! Taiki mencionó que que te gustaría —explicó el muchacho. En realidad así había sido con todos, pero Taiki lo mantenía en secreto porque quería que Richard contribuyera también a la recuperación de Amy sin que ella supiera que era cosa suya.

Yaten, Mina y Seiya se miraron como si estuvieran hablando en ruso. Ninguno de ellos conocía las habilidades especiales de Richard.

—Nosotros nos entendemos —les dijo Amy a sus amigos —. Gracias —le dijo a Taiki tomando su mano. Él simplemente sonrió.

—¿No te aburres de leer tanto? —le preguntó Seiya echándose los brazos a la nuca —. Yo estaría trepando por las paredes.

—Claro que no, cada uno es como meterte en una historia diferente —dijo Amy con entusiasmo.

Él bostezó.

—Suena genial, con la excepción de que no te estás metiendo en ningún lado...

—¿Cómo va la recuperación? —Richard sabía que, por el color de sus mejillas y su humor más fresco, iba cada vez mejor. Aún así siempre preguntaba.

—¿Bromeas? Dame un par de patines y me largo de aquí —bromeó Amy estirándose —. Me siento muy bien, estaré lista para la ceremonia de graduación. Quiero estar ahí.

—Claro, quien no querría estar ahí si vas a recibir mención honorífica... —refunfuñó Mina cruzándose de brazos.

—Pues tú deberías agradecer que pasamos el año con todo lo que faltaste... —le recordó Yaten. Ella le sacó la lengua.

Richard parecía ansioso por preguntar algo. Enseguida que hubo una pausa entre la cháchara de los chicos, habló tratando de parecer casual.

—¿No ha venido... cómo se llama tu amiga, la pelirroja?

—No desde la semana pasada. Está preparando su mudanza para la universidad...

—Ya —cortó Richard de modo tácito.

Taiki sonrió desde su puesto, cuando Amy le miró con interés.

—Reika viene los jueves usualmente, si es lo que quieres saber —reveló Taiki de modo sutil —. Te estás oxidando en las predicciones, ¿eh?

Richard enrojeció aún más que antes.

—¡Oigan, no es un truco de circo! A veces va, a veces viene y... —luego sacudió la cabeza, como si quisiera cambiar de tema —. Sólo quería conocerla porque me dijiste que era tu media hermana. Es todo.

Todo lo dijo de modo atropellado, y aunque la mayoría estaban más revueltos que un crucigrama porque no entendían casi nada, Serena y Mina resolvieron uno de los enigmas enseguida, y no pudieron evitar meter las narices.

—¿Te gusta Reika, Richard? —le preguntó Serena en modo pícaro, picándole las costillas.

—¡No, sólo preguntaba por curiosidad!

—Deberías practicar el truco de circo, Rich, así sabrías cada que ella pasará por aquí y podrías aparecerte por "casualidad" —sugirió Amy con algo de malicia.

—Amy, no me ayudas —Richard estaba que se hundía más y más en el colchón del sofá, como si quisiera ser absorbido por él. Eso hizo que los demás lo mosquearan más.

—Que no te de pena —le dijo Mina muy solemne —. Amy no es la única nerd del planeta, ¡y lo mejor es que está solterita!

Un cojín le cayó a la rubia en la cara.

—¡Ey!

—Puedes ser muy bocona, Mina —le regañó Taiki —. Trataré de tomarlo como un cumplido.

—¡Pues lo era!

—Dejemos de molestar a Richard —intervino Amy, aunque con una sonrisa burlona —. Y tú, Richard, sólo necesitas pedirme su número telefónico... no te compliques la vida. ¡No seas lento!

Él se puso muy colorado y como no objetó nada, todos rieron con ganas porque Amy no solía dar ése tipo de comentarios. Era parte de su nueva yo.

Se despidieron un rato después, cada grupo marchándose por su lado. Serena y Seiya salieron a pie, porque la casa de ella quedaba bastante cerca de la de Amy. Aquellos días en los que habían terminado de presentar exámenes, de ordenar ideas y ajustar corazones, al fin se veían terminar para que apareciese un poco de calma. Frente a ella, el sol ya se ocultaba, sintiéndose como el frío invernal estaba quedando atrás y dando muestras en los arbustos y árboles de los primeros brotes florales, que desprendían aromas relajantes y agradables.

Mientras pensaba en la tranquilidad de mirar las nubes rosáceas y sentía el viento fresco sobre el rostro, sintió unas ganas enormes de tomar la mano de Seiya, y caminar como siempre lo hacían. Apenas rozó sus dedos, él la apartó instintivamente, y algo desorientado, se metió las manos a los bolsillos de la chaqueta.

—Um... ¿quieres ir por un café? —improvisó él, señalando con la cabeza un puesto de bebidas que estaba cerca de ahí.

Serena rechinó los dientes. Su actitud había cambiado por completo en un nanosegundo. Se había acabado el Seiya juguetón y sociable, un sólo intento de acercamiento y ya la miraba como si fuera a darle un bofetón.

—Seiya... —le llamó Serena con seriedad —. Mírame.

Él tenía sus ojos azules oscurecidos, como presos de una extraña tormenta interior. Pasaron unos cuantos minutos antes de que respondiera con media voz:

—Yo... lo siento, Bombón. Necesito tiempo.

Esas últimas dos palabras y la forma en que las pronunció dijeron muchísimo. De él y como se sentía. De sus temores y aversiones.

—Lo sé —concedió, aunque muy triste —. Pero yo te necesito a ti, y me duele que me rechaces.

—Lo sé —repitió él mecánico, como si fuera un eco.

A Serena se le encogió el corazón, y ya quería sucumbir a un sollozo silencioso, a pesar de haber estado tan contenta hace un rato. Claro, no hubiera podido ser tan ingenua... una cosa era estar conviviendo con amigos, en un círculo seguro y confiable. Y otra muy diferente estar con ella a solas, porque le gustase o no... las cosas no iban a cambiar de un día para otro.

Algo debió ver en su rostro que lo hizo retractarse, porque de pronto, giró y la estrechó con cuidado en sus brazos. La había pillado completamente por sorpresa, y percibió en ése abrazo su miedo y su desesperación.

Serena se refugió en su pecho, sonriendo imperceptiblemente porque sabía que ahí pertenecía. Su hogar era ahí, entre ésos brazos fuertes y aspirando aquél aroma tan particular... a gel caro de baño, ropa limpia y él. Durante gloriosos minutos se permitió fantasear con que todo iría bien, y eso apaciguó su alma.

Sólo era tiempo. Necesitaba ser paciente, lo sería siempre si sabía que él la quería. Pues lo poco que él hacía, con todo y lo receloso y distante que pareciera, seguía diciéndole en otro lenguaje que la amaba. Y eso debía bastarle por ahora. Para conseguir lo que pocos tienen, hay que hacer lo que pocos hacen, ¿no?

—Estaba pensando... —Seiya rompió el silencio, el abrazo y también la calma de su burbuja protectora —. Si te apetecería algún día acompañarme a ver a Sakura al hospital...

Serena pestañeó unos segundos, pero enseguida sonrió.

—Me encantaría.

—Ella quiere conocerte —siguió Seiya, aunque había fruncido un poco el entrecejo —. Y no ha dejado de dar la lata con el tema. Niñas, ya sabes...

—Oh... ¿y por qué querría conocerme?

Seiya rumió un poco la respuesta, mientras volvían a caminar y atravesaban un puentecillo de tabiques empedrados que conectaban el área verde del pequeño parque con otra.

—No tengo idea, pero no me siento capaz de negarle algo. Después de todo, lo que ocurrió es solamente mi culpa...

Serena se le adelantó, y ambos dejaron de andar.

—También fue mía —le dijo ella firmemente. Seiya negó con la cabeza vacilante. —. Claro que sí. Tú estabas sufriendo por lo que te hice, si no no habrías actuado de ésa forma... Tú no eres así.

El chico parpadeó, pero pronto volvió a su rostro ésa expresión agria.

—Sí lo soy. Sólo que me tenías en un altar... igual que yo a ti.

No siguió hablando. La angustia de su expresión era palpable, y parecía como si los ojos le ardieran. Serena se aclaró la garganta, queriendo no echar más leña del árbol caído. Puso una mano sobre su hombro de modo consolador.

—Ya no te castigues por eso...

—Casi mato a una persona, Serena. No es para que lo olvide como si hubiese roto una taza de cerámica —espetó él frustrado, y se recargó en el barandal del estanque, agachando la cabeza.

Bueno, ahora entendía que su nuevo indicador para medir cuán enfadado estuviera Seiya con ella, sería como intercalaba su nombre de pila con su apodo. Puso en blanco los ojos sin que él lo notara.

—No digo que lo olvides, sólo deja de torturarte con éso. ¿A quién ayudas así? Incluso a Sakura, si te ve hecho un trapo de persona... dudo que le sirvas de mucho para animarla. Después de todo eras su ídolo, ¿no? Sabes lo que representa eso. Por eso te dije que le cantaras, Seiya, que le hablaras de lo mágico que llevas en tus canciones... Y también porque sabía que al menos tú te sentirías útil, y harías algo que ni los doctores ni nadie más podría hacer por ella. Y aunque no sabemos por qué, funcionó. ¿No podemos simplemente estar agradecidos y avanzar de una vez por todas, aunque sea un poquito?

—Avanzar... —repitió él mirando hacia el cielo coloreado de tonos nacarados —. Sí... puede ser.

¿Se te ocurre alguna idea?

Siguieron caminando y tras patear una pequeña piedra que se atravesó en su camino, se le prendió el foco y propuso:

—Ya sé, ¿quieres ir a la fiesta de graduación conmigo?

Le dedicó una sonrisa afectuosa y él le sonrió también, aunque sin la misma efusividad.

—No sé si estoy para fiestas... —dudó, sin embargo.

—Precisamente, por eso necesitamos una. Además sólo te vas a graduar del instituto una vez en la vida —le dijo ella con un tinte petulante —. ¿Qué dice, señor? ¿Me haría el honor?

—Está bien, pero sólo para proteger al pobre diablo que le pisarías los pies si no estoy ahí.

—¡Oye!

Y al fin esbozó ésa sonrisa juvenil, la que tenía tanto tiempo sin ver.

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Unos cuantos días después, Amy terminó dando el último y determinante "enter" al teclado en su portátil, guardó el documento y se estiró largamente en su silla. Estaba satisfecha con el resultado, así que sonrió y echó un vistazo hacia la cocina, donde Taiki tarareaba muy entre dientes una canción pegajosa que había dicho que no le gustaba, supuestamente.

Se internó a la cocina y percibió un agradable aroma a albahaca. Taiki estaba escurriendo en el lavaplatos una pasta cuando advirtió su presencia.

—¿Has terminado?

—En teoría —respondió mientras tomaba una manzana verde del frutero y se sentaba en una de las sillitas del desayunador —. ¿Crees que puedas echarle un vistazo? Sigo pensando que parece un monólogo de AA o el prólogo de un libro de auto-ayuda...

—Seguro que no está tan mal —sonrió él maniobrando la sartén para que los vegetales se saltearan.

—Taiki, te juro que me van a lanzar un montón de patatas.

—¿Ya no están de moda los tomates?

—Las patatas duelen más, me preocupa.

Taiki rió mientras sacaba un sartén del fondo de los anaqueles.

—Oh, vamos. No hay promedio más alto en la ciudad... ya no digamos en la escuela. No me imagino a nadie mejor para dar el discurso de generación.

—Eso dices tú. Yo sólo veo a una chica que supuestamente plagió un ensayo y que ahora le están premiando con un momento de protagonismo porque ya se va... Me siento como a ésos chicos enfermos que les regalan un viaje a Disneylandia...

No lo dijo con rencor, pero no dejaba de incomodarle que la hubieran elegido para dar el discurso en la ceremonia de diplomas. No se lo había tomado mal, de hecho le había halagado, pero aún así la última experiencia que tuvo ante el público estudiantil había sido una experiencia bastante horrible, y no quería pasar por nada similar nunca más. Aunque todo hubiese sido aclarado y casi enterrado en el pasado. La memoria es traicionera.

Taiki rodó los ojos y siguió revolviendo y especiando la salsa.

—No es tu estilo ser tan negativa, Amy. Te sale muy forzado.

—Me esfuerzo —bromeó.

—Yo creo que eres un ejemplo a seguir—explicó él con suavidad, limpiándose las manos —. No se trata de calificaciones. Eres la chica más buena que conozco, en serio. Y no tiene qué ver con lo que sienta por ti... lo sabía desde antes. No sólo te la pasabas ayudando a tus amigas a que mejoraran (y créeme, que con Serena y Mina cualquiera habría fracasado estrepitosamente), si no que estuviste enferma, encontraste una hermana perdida que te odiaba y te la ganaste. Lidiaste con un tipo con complejo de salvador y conmigo, que tampoco actué nada bien. Y aún así, ¡mírate! No te levantaste, literalmente resurgiste de las cenizas cual ave fénix. ¿No te emociona que en ésas butacas, puede haber alguna chica que se sienta como tú? ¿Que puedas cambiar el modo de pensar de alguien que pase por lo mismo?

Tras escucharlo con los ojos entrecerrados y mordisquear la fruta con recelo, Amy le espetó:

—Eres algo fastidioso a veces. ¿Te lo he dicho?

—¿Por decir la verdad?

—Por saber siempre qué decir.

Él sólo se rió.

Se quedaron en silencio un buen rato, mientras Taiki le hacía al chef y ella simplemente desde su sitio dejaba la mente en blanco. Físicamente, como se sentía algo cansada, se dio el lujo de holgazanear un rato más en el apartamento de él. Despejó la mesita de la cocina para que pudieran almorzar y ahí, Amy reparó en el montón de correspondencia que estaba acumulada en la barra de la cocina.

—Uau... ¿todas ésas son cartas de universidades?

Él simplemente se encogió de hombros.

—¿Y vas a rechazarlas?

—Supongo. Soy un nerd como dice Mina, pero no soy un robot, nena —le dijo colocando el plato humeante de fideos frente a ella. Amy enseguida empezó a picotear con apetito —. ¿Quieres hacer algo ésta noche?

—No, estoy exhausta y necesito ahorrar baterías para la fiesta del viernes.

—Me alegra oír éso, yo necesito ocuparme de empacar mis cosas. Separar los libros que me interesan va a ser toda una odisea...

El tenedor con fideos se quedó a medio camino, y cayeron salpicando un poco la mesa. Amy lo limpió rápido con la servilleta.

—¿Cómo?

—Mis cosas. Mudanza. Universidad —explicó de modo pragmático; abriendo una lata de soda como si nada. Amy seguía con la misma cara de confusión total.

—¿Qué pasa?

Taiki entornó los ojos, como si fuera cosa obvia pero Amy parecía completamente en blanco. Luego sacudió la cabeza, reaccionando.

—Pero... tú ya tienes un apartamento —explicó haciendo un circulito con el dedo índice, y hablándole a Taiki como si se hubiera vuelto loco de remate.

—Qué observadora —le sonrió entrecerrando los ojos.

—¿Por qué cambiarías un penthouse de lujo, de seis habitaciones y con una vista espectacular, por un minúsculo loft donde tus vecinos harán borracheras en lunes y donde se escuchan perfectamente sus conversaciones con... er... gemidos?

Taiki ensanchó su sonrisa. Muy de vez en cuando, a Amy le salía un pequeño lado ácido que le encantaba.

—Estoy consciente de los riesgos, señorita Mizuno.

—¿Y entonces?

—Si me quedo aquí estaría a más de una hora de distancia de la facultad de medicina, Amy. Creí que era obvio —respondió él ladeando la cabeza, un tanto desconcertado.

—Oh —soltó ella, ruborizada —. Pero... ¿por qué? —repitió todavía, como si no le hallara realmente coherencia a la situación... le entendía, pero no sabía como expresarlo.

—Yo te adoro Amy. ¿Por qué no me mudaría a una madriguera de porquería si eso implica estar más cerca de ti? —comentó con aire despreocupado.

La peliazul le miró fijamente, invadida por ésa veneración implícita por aquél dulce reconocimiento. Torció el gesto mientras meditaba la respuesta.

—¿No te parece bien?

Amy suspiró y enseguida se relajó.

—Claro que sí...

—¿Y por qué entonces..?

—¿No echarás de menos a los chicos?

Él la miró como si se le hubiera ido la olla.

—No realmente... Algo me dice que las cosas van a dar un giro muy pronto... no voy a quedarme a esperarlos. Además son unos críos malagradecidos, no creas que ellos me extrañarían a mí si los papeles estuvieran invertidos.

Lo dijo medio en joda, medio en serio. Igual Amy indagó:

—¿Por qué lo dices?

—Todo a su tiempo —le sonrió él extendiendo la mano y jugueteando un poco con su pelo —. Además si te lo cuento, puede que me equivoque, porque por ahora sólo son suposiciones.

—Casi nunca te equivocas.

—Y no comenzaré ahora, nena.

Ambos rieron y ella se levantó lentamente, sin dejarlo terminar, y le dio un abrazo por detrás, enredando los brazos en torno a su cuello. Lo cubrió de besos dulces y livianos y Taiki giró la cara para besarla suavemente y luego con más intensidad, algo descolocado por la acción. Amy no solía ser tan efusiva, pero obviamente no le desagradaba en absoluto.

—Gracias.

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.

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Aquél templado día de marzo prometía para mucho, pues representaba el final de un ciclo muy importante para todos. Por la mañana, la ceremonia de diplomas fue todo nervios y propiedad. Amy cerró con un discurso tan bonito, que hizo incluso levantarse a todos de sus asientos y definitivamente no sólo para aplaudir por compromiso.

Luego, los profesores dieron sus mejores deseos a sus alumnos y uno a uno, se les entregó su respectivo diploma. Los padres de Serena estaban que no cabían en sí de contentos, que no creían que su hija, ésa atolondrada que lloraba hasta porque volaba la mosca y se quedaba en los corredores castigada un día sí y otro también, ya estaba lista para la educación profesional y convertirse en la verdadera adulta.

—No llores, papá —le dijo Serena abrazándolo con cierto bochorno, mientras su padre gimoteaba en su hombro.

—Mi niña ya es una mujer...

—Pero si sigue haciendo las mismas tonterías de siempre —replicó Sammy poniendo las manos sobre su cabeza —. Sigue sin ser responsable, come puras porquerías y... ¡bueno, al menos te quitaste ése peinado ridículo! ¡Ya era hora!

Serena le dio un punta pie bien dado en la espinilla, y Sammy lloró de dolor y se alejó cojeando. Su mamá ni siquiera intervino para reprenderlos, estaba demasiado feliz.

—Nada de éso, tu hermana ha hecho un buen trabajo —reconoció Ikuko poniendo ambas manos sobre los hombros de su hija —. Y muy pronto serás toda una universitaria... estoy orgullosa de ti, cariño.

Serena, aunque sonriente, se mordió el labio inferior. No le había dicho a nadie que acababa de ser despedida de su tercer trabajo como asistente de un dentista, porque confundió los expedientes y le terminaron sacando dos muelas a una persona completamente sana y a la otra no y eso le causó una infección... Y tampoco sabía qué hacer al respecto de cómo iba a arreglárselas cuando llegara el momento de pagar la matrícula, pero ya se le ocurría algo después. Era perfectamente consciente que sus padres no gozaban de ningún buen estatus, y no quería quitarles los ahorros de su vejez. Algo en ella le decía que sentía cierta culpa por renunciar a su... bueno, a su deber predestinado y debía compensarlo inconscientemente con algo.

Lita, que acababa de inaugurar el mes pasado un pequeño y pintoresco café (al que llamó el Roses's), seguro podía darle trabajo... ¿no podía despedir a su propia princesa o sí? Vale, eso era aprovecharse de la situación, además de que, teóricamente, ya no era princesa de nada.

Ya no era la princesa. No más. Nunca...

La aseveración de su libertad la hizo sonreír al cielo, que ése día estaba muy azul y limpio.

Iba a correr donde estaban sus otras tres amigas parloteando, cuando alguien jaló sutilmente de su falda. Serena bajó la vista y se sorprendió sinceramente de ver los ojos violetas y profundos de Hotaru.

—¡Hotaru! Qué... —y casi en automático, supo que no venía sola. Ahí estaban Haruka, Michiru y Setsuna, todas a prudente distancia —. ¡Todas...!

—Muchas felicidades, pequeñina —le sonrió Michiru, tendiéndole un ramo de gerberas multicolores.

—¡Waaa, qué lindas, gracias! ¡Haruka!

Serena abrazó a la más sobreprotectora de sus allegadas. Esta le devolvió el abrazo de modo cercano y cálido, y luego le dio un beso muy suave en la frente. Serena carraspeó sonrojada, y Michiru se echó a reír con su habitual elegancia.

Fue Setsuna quien estaba mortalmente callada. Serena tomó aire con fuerza para lo que la esperaba. A veces, consideraba la presencia de Setsuna como una portadora de malas noticias, y no le parecía justo.

—Vamos a saludar a las demás, Hotaru —le dijo Michiru tendiéndole una mano a la adolescente pelinegra. Ésta le dio un último beso a Serena y la pareja y la niña le dieron espacio y privacidad a ambas, a pesar de que el instituto era un lugar no muy íntimo que digamos en ésos momentos.

Setsuna no miraba a Serena, no se atrevía, y ella sabía por qué. El silencio llenó los espacios hasta que Serena se puso demasiado nerviosa. A veces sentía a Setsuna como ajena a todas las demás. Como si fuera de un planeta diferente, incluso. Siempre distante, callada y cautelosa. Demasiado madura a su comparación. No tenía sentido, aunque no fuesen uña y carne, todas eran amigas después de todo, ¿no? Decidió entonces que era el momento de tomar la palabra.

—Set, estoy segura que lo que sea que planeas decirme tiene sus motivos de peso, así que no creo que deberíamos seguir haciéndonos las cordiales. No te preocupes, puedes decirme lo que sea.

La sailor del planeta más lejano frunció ligeramente su ceño, y negó levemente con la cabeza. Sus ojos brillaban de aprensión.

—No merezco que me trates así. Te mentí, le mentí al príncipe también... a todos...

—Lo sé.

—¿Y entonces por qué...?

Serena dejó momentáneamente el ramillete sobre una de las bancas de piedra de su escuela, y tomó ambas manos de Setsuna.

—Porque la quieres. Y porque no querías despedirte de ella... yo tampoco quería, ni Darien. Por eso nos hicimos daño como dos idiotas. No voy a decirte que hiciste bien, pero éso lo sabes de sobra tú misma... te conozco, valoras demasiado tu deber como para actuar a la ligera. Pero Set... todos fuimos egoístas... ¿por qué no habrías de hacerlo tú también?

—Te hice sufrir, cuando mi obligación es protegerte —soltó Setsuna, profundamente arrepentida —. Yo... no sabía lo que sentías por Seiya. No sabía que era tan fuerte.

Serena sonrió melancólicamente.

—No te preocupes, yo tampoco lo sabía. Así que no tiene caso seguirnos lamentando, ¿de acuerdo? —pidió, aunque claro, ya sentía la garganta hecha un nudo. Después de todo era Rini de quien estaban hablando, no de cualquier hija de vecino.

Setsuna lo percibió casi de rebote, y sus ojos ya luchaban por no querer dejar escapar el llanto.

—¿El príncipe te explicó lo que averigüé?

—En versión preescolar... no es como si vaya a entender de agujeros de gusano y la relatividad del tiempo de un día para otro. Apenas pude pasar matemáticas, ¿ves? —y le mostró su certificado. Setsuna no sonrió mucho ante el chiste, estaba aún triste y frustrada, o así se le notaba. Explicó de modo contundente:

—La dimensión por la que atravesé la última vez que les mostré el futuro estaba torcida... usé mucho de mis poderes y pude echar un vistazo al futuro. Todo se ve así, como... bueno, con la historia como la conocían ustedes. No vi alteraciones en lo más mínimo... y eso me hizo pensar que no conocemos un sólo futuro. Si no que hay millones de posibilidades, y entre ésas muchas más... como un ensamble sobre otro. Incluso pude ver el futuro congelado, y a ti... durmiendo como cuando luchamos con Black Moon.

Serena parpadeó estupefacta.

—¿Qué?

—Lo sé... se supone que ya habíamos terminado con eso. La pequeña dama volvió, yo misma la miré correr hacia sus padres. Y también es un hecho que Diamante y todos los demás murieron en aquella batalla. ¿Cómo es que pude verlos? Simple, porque usé otra dimensión.

—¿Y cómo...?

Setsuna negó la cabeza con frustración.

—Yo sólo tengo la obligación de cuidar la puerta que conecta el túnel del tiempo, no se supone que debería ir y venir a mi antojo ... yo no debería moverme de ahí, ¿entiendes? Creo que al pretender atravesar al futuro hice un montón de fracturas en la dimensión. Por eso yo creí que el futuro que les mostré era el único y el verdadero.

Serena se quedó de piedra, sin creer lo que acababa de escuchar. Setsuna, a pesar de la reacción de ella, continuó.

—No creo que exista un sólo futuro, creo que el futuro que modificamos y creímos salvar lo vimos porque estaba basado en cuando tú y Darien estaban enamorados... y tenían la intención de fundar Tokio de Cristal. Ése fue el escenario que yo les mostré. Y no debí... hay muchos puntos de partida y a partir de ahí se forman millones de escenarios y posibilidades, no sólo una...y erré... estaba tan errada...

Las imágenes de aquella pequeña familia fueron sucediéndose en su cabeza con una dolorosa precipitación, y Serena luchó por disolverlas. O al menos, por ahora.

—Pero lo que querías era ayudar a Rini, todos queríamos —se empeñó Serena apasionadamente —. No hiciste nada mal, Set... de hecho, gracias a éso ella pudo volver con sus padres. No se quedó atrapada ahí, en aquél horrible futuro...

Finalmente, tras una pausa de callada aceptación, Setsuna asintió con resignación.

—Lo único que me consuela es saber que ella estará bien —sonrió la peliverde —. Lejos y sin poder volver... pero bien.

—Sin volver... —murmuró Serena débilmente.

—Sí, he decidido cerrar la puerta del tiempo para siempre. No podemos repetir un error más... así, aunque ella quiera usar la llave para volver al pasado, ya no podrá hacerlo y por tanto, no podrá modificar su futuro.

Se le cortó la voz y ya no pudo seguir.

Dicen que a los ojos tristes hay que dejarles menos consejos, y darles más abrazos. Así que Serena se limpió una solitaria lágrima de la mejilla, y abrazó a su compañera. Sabía que a Setsuna le dolía mucho el corazón, porque estaba siendo irrespetuosa con sus convicciones para curarse el dolor de su sangrante amor maternal por ésa niña.

—¿La echarás de menos? —preguntó, como si rogara que le dijera que sí. Serena sonrió, y por primera vez, se sintió mucho más fuerte que ella, y que el resto de sus compañeras. Quizá sí era una verdadera líder después de todo. Porque tenía las palabras correctas:

—Por supuesto. Yo nunca la vi como mi hija, porque de repente apareció dándome la lata e imitando todo lo que yo hacía. Yo era muy joven, y muy niña en muchos aspectos, así que supongo que la veía como una hermana. Algo que también era mi sangre, pero no de ése modo. No tenía la madurez... la extrañaré como se extraña a un ser muy especial, pero no puedo decir que perdí a un hijo porque realmente nunca la tuve. ¿Tiene sentido?

Setsuna asintió, conforme con su respuesta. Sólo Haruka y Michiru volvieron después, con Hotaru muy contenta. Setsuna se giró para que Hotaru no viera sus ojos rojos.

—Lamento interrumpir, conejita... pero ésta señorita no deja de dar la lata con que la llevemos ya al parque de diversiones. No eres la única que se graduó hoy, ¿sabes?

Serena le sonrió a Hotaru y ella se la devolvió a la par.

—¡Fui la mejor de mi clase!

—¿En serio? ¡Muchas felicidades!

Hotaru hizo un mohín infantil.

—Prométeme que nos veremos pronto aunque vayas a la facultad... mamá Michiru dice que ésas cosas te hacen estar muy ocupada, pero no quiero que te olvides de mí.

Serena se revolvió algo incómoda. Claro estaba que sus tutoras ya le habían explicado que no volvería a ver a Rini, y entendía el miedo de que, una vez que dejasen de tener Tokio de Cristal en común, ambas niñas no volvieran a verse nunca.

—Claro que sí. Para tu cumpleaños haremos una merienda en tu casa con muchos dulces. ¿Qué dices?

—¿Como una fiesta de té?

—Exacto, a la inglesa —sugirió a Michiru, quien asintió muy alegre dando su consentimiento.

—¡Genial! —saltó.

—También nos enviaremos dulces en San Valentín y nos daremos regalos en Navidad, podemos invitar también a los chicos Kou.

Otra vez Serena miró cautelosa a la pareja. Esta vez fue Haruka quien le dijo que sí. Serena suspiró de alivio... eso significaba que al fin los aceptaban como parejas de ellas. Se despidieron por turnos, siendo Haruka la última.

—¿Estarás bien? —preguntó, como tanteando.

—¿La verdad? Cada vez me siento mejor —admitió ella con una media sonrisa, una algo culpable —. Gracias por entender... y por estar aquí.

—Siempre lo estaremos.

No agregó mucho más, volvió a darle un beso y Serena se quedó mirando alejaban hacia la reja de la entrada aquella peculiar familia. A cada hora que pasaba se sentía más ligera, como en su cuerpo piedras fueran sustituidas por algodones. No debía preocuparse más por eso... las cosas irían bien a partir de ahora. No sería el final de cuento, quizá, pero sería suyo, nadie le diría como escribirlo.

Y eso le bastaba por ahora.

Como era costumbre que la fiesta de la noche estaba únicamente dedicada a los graduados y sus amigos invitados, el padre de Serena insistió en llevarla a comer a un buen restaurante de carnes. Serena no objetó nada, después de una vida de regaños y clases de regularización, fue insólito que por una vez la llevaran a celebrar un logro académico. La familia Tsukino regresó como a eso de las cinco de la tarde a casa, y Serena sintió un cosquilleo emocionante en el estómago. Debía ya alistarse para la fiesta, y vería a sus amigas y a Seiya. ¡Incluso Rei estaría ahí!

Apenas había logrado atravesar el recibidor para desplegar corriendo por las escaleras, cuando el timbre sonó. En automático abrió la puerta, pero su boca se abrió con sorpresa cuando vio quien aguardaba ahí. Un muchacho mayor, alto y delgado de pelo oscuro y mirada inteligente. Era Darien.

Estaba algo absorta como para tomar la palabra, así que él lo hizo.

—Hola... esto... supe que hoy fue tu último día de instituto, muchas felicidades —se anunció con propiedad —. ¿Podemos hablar, por favor?

Serena miró en respuesta hacia dentro. Sus papás se habían instalado a ver televisión de modo normal y Sammy seguramente ya estaba encerrado en su cuarto con los videojuegos, sin percatarse de nada. Ella cerró la puerta tras de sí, y se quedaron hablando en la reja del porche.

—Gracias —dijo ella, aunque algo inquieta por la situación—. Fue una linda ceremonia. Amy dio el discurso...

—Por supuesto —sonrió él coincidiendo —. Muy apropiado. No quiero quitarte mucho tiempo, imagino que estarás ocupada con los preparativos...

Serena sonrió algo cohibida.

—Sí, algo así... pero tengo algo de tiempo. Dime, ¿a qué debo tu visita?

Darien no se fue para nada por las ramas. Inhaló profundamente y reveló:

—Vine a despedirme. Mañana me vuelvo a Estados Unidos —. A Serena ni siquiera le dio tiempo de procesarlo ni responder —. La idea ha rondado mi cabeza durante todo este tiempo y no creo que tenga caso postergarlo más. Ahora todo está en orden entre nosotros y creo que ambos necesitamos un nuevo comienzo... es lo justo.

Serena atinó a asentir con torpeza.

—Ya veo... —trastabilló.

La verdad no sabía que decir. No lamentaba que se fuera, pero por alguna razón tampoco podía alegrarse. El peso de los recuerdos, de los buenos detalles... eso supuso. Ése inoportuno pensamiento le dio pena, no pudo evitarlo.

Como ella no agregaba gran cosa al diálogo, fue Darien quien tomó el control de la conversación nuevamente. Se metió una mano al bolsillo del pantalón y le entregó a Serena un sobre blanco y cerrado. Ella lo palpó por ambos lados con curiosidad.

—¿Una carta?

—No precisamente. Ábrelo, por favor.

Cuando Serena leyó las letras y el sello impreso de uno de los bancos de Japón, casi se va de espaldas.

—¿Esto...? —tartamudeó.

—Es para ti —apuntó.

—¿Qué? —gritó.

—Vendí el apartamento —le dijo Darien sonriendo divertido, al darse cuenta que Serena miraba el cheque y la cantidad de ceros, embobada —. Empezaré una nueva vida en América y tú también... en la universidad. Por favor, usa ése dinero para pagar la matrícula y... lo que sea que necesites.

Casi enseguida, Serena replicó insultada:

—¡De qué hablas, pero claro que no puedo aceptarlo!

—Sí puedes, y lo harás —insistió Darien retrocediendo un paso para obligarla a retener el papel —. Por favor. No pude darte nada de lo que merecías, te fallé y te decepcioné...

—Darien, esto no es para nada necesario...

—Déjame hacer algo por ti, por favor —. Su ojos eran tranquilos y dulces, tal como lo recordaba en años anteriores cuando la protegía. Cuando una sola palabra suya bastaba para que se sintiera capaz de afrontar cualquier dificultad. Y ahora, sumada a ésa expresión suplicante, como si buscara una absolución... le conmovió a un nivel profundo y primario —. Por favor, no lo rechaces.

Serena enrojeció mientras cruzaba los brazos con terquedad. ¿Sería posible que Darien supiera de sus fracasos laborales recientes? ¿De su bancarrota evidente para estudiar? ¿Intuía que no querría pedirle dinero a sus padres...? O era simplemente una de ésas raras coincidencias del destino o mera suerte. Darien se quedó mirándole fijamente, casi perforándole el cerebro con sus gélidos ojos azules.

Unos minutos después, Serena resopló con una sonrisa evasiva.

—No, no me debes nada...

—No es una deuda, es un regalo de graduación.

—Ya me ayudaste mucho antes... cuando luchábamos.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué no cuenta? Además es tu casa, yo...

—No cuenta porque era mi obligación, eras mi prometida y mi futura compañera. Y ése lugar nunca fue mi hogar, sólo fue una de tantas herencias de mis padres y pasé días muy solitarios y nefastos ahí hasta que te conocí. Y sin ti, ése lugar no tiene ningún valor sentimental y ya no lo necesito... y tú sí.

Se le enturbió la mirada al hablar de su pasado, y Serena sintió una pequeña punzada al pensar en aquél niño de cabellos azabaches que se ocupaba de sí mismo porque a nadie más le importaba. Era una idea triste, pero no quiso que ésa idea los privara de ése momento de intimidad sincera.

—Ay, Darien... —gimió Serena y tomó el papel con los labios fruncidos —. No debería...

—Conmigo no tienes nada de qué avergonzarte. Sé que no compensa en nada lo mal que te hice pasar. Es sólo... sólo déjame apoyarte con éso. Los libros son caros, el alquiler... en fin, son muchas cosas. Y sé que aunque las cosas mejoren con Seiya, no aceptarás un centavo de él, ¿o me equivoco?

Los dos pares de ojos se encontraron. Serena asintió, estando de acuerdo con él. Después de un rato que pareció una eternidad y durante el cual el tiempo quedo en un suspenso envolvente, Serena volvió a alzar la mirada hacia él, esta vez con un escozor molesto en los ojos.

—Gracias... Por cierto, quisiera devolverte algo tuyo. ¿Podrías aguardar un momento?

Serena corrió como flecha hacia su cuarto, abrió la cajita de terciopelo en el que guardaba sus pocas joyas, y luego casi con la misma velocidad volvió a plantarse delante de él, ignorando las preguntas de sus padres sobre qué tanto hacía en el jardín de la entrada. Darien apenas miró el delgado anillo de corazón, negó rotundamente con la cabeza.

—Ni hablar, es tuyo...

—No, era para un compromiso... y no es correcto que me lo quede, y no quiero quedármelo —atajó Serena y de igual forma, lo colocó en su mano y la cerró en un puño —. Dáselo a alguien especial... para serte sincera, a mí ya me trajo mucha mala suerte, así que a ti no puede más que traerte de la buena.

Darien parpadeó, sorprendido por sus palabras. Ninguno quiso mencionar a la chica americana por la que había empezado todo éste drama, pero en el fondo, sabían que hablaban de ella.

—Ya eres toda una mujer. Esto no me lo hubieras dicho hace dos años...

—Ya lo sé —replicó con un retintín. Luego borró su sonrisa, pues era hora del cierre —. Bueno, supongo que ésto es todo...

—Esto es todo —repitió Darien con voz apagada, reafirmando la despedida —. Si necesitas algo, tienes mi correo electrónico...

—Sí, claro —dijo, aunque ambos sabían que muy probablemente no volverían a verse ni comunicarse. Era lo mejor.

Darien le hizo un pequeño cariño en la mejilla, y luego la atrajo para abrazarla. Fue algo breve, fraternal, pero no menos importante para ella. No era un trámite, era algo necesario y leal que querían hacer ambos.

—Adiós, princesa...

Serena notó que había desaparecido toda ironía y crítica en sus palabras. ¿Por qué? ¿Era porque al fin también era libre?

Y simplemente se dio vuelta. Serena se sintió superada por tantos cambios... y se le empañó otra vez la vista. Aunque el coche de su ex amigo, ex novio, ex protector y gran parte de lo que representaba su pasado se había marchado para siempre, Serena no pudo evitar mirar el sobre blanco y saborear ése fugaz momento en el que se sentía capaz de conquistar el mundo.

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.

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Al caer la noche en casa de Mina, Yaten se abotonaba la camisa frente al espejo del tocador de la rubia (atestado de cosas de los dos, por cierto), mientras ella estaba aún duchándose. No pudo evitar sonreír mientras la escuchaba cantar a todo lo que le daban las cuerdas vocales. Mina cantaba muy bien, de hecho, pero era muy cómico oírla en el baño porque nunca se aprendía completas las letras de las canciones. Entonces terminaba cambiándolas (igual que los dichos y refranes) y las sustituía por otras que resultaban incoherentes o absurdas, y cuando ninguna de ésas se le ocurría, se limitaba a tararear sin ningún sentido. Estaba seguro que no se había percatado de sus peculiares conciertos, y no iba a ser él quien se lo hiciera a notar. Al menos no por ahora.

Apenas dejó de oírse que caía el agua, un gritito agudo se escuchó desde dentro. Yaten rodó los ojos.

Mina asomó la cabeza por la puerta entreabierta, mojada y sonrojada, aunque no sabía si por la vergüenza o por el calor del baño.

—Esteee... ¿Yaten?

—Adivino —gritó él desde su sitio, dentro de la habitación —. Te olvidaste otra vez de meter la toalla...

La chica sonrió a modo de disculpa, pero él se tomó su tiempo para terminar de acomodarse el flequillo platinado a propósito, sabiendo que Mina ya comenzaba a exasperarse.

—¿No me la vas a traer?

Yaten accedió de último minuto y le puso una a su alcance. Apenas ella extendió la Mano, Yaten la alejó, haciendo que Mina le gruñera como un cachorro.

—¿Y estás desnuda y mojada ahí adentro? —le preguntó desde su lugar, de modo burlón.

—Obviamente —farfulló.

—¿Puedo entrar?

—¡Claro que no!—urgió con la mano— ¡La toalla!

—Diez minutos, es todo lo que necesito —siguió picándola. No porque realmente quisiera tener sexo (o quizá sí), pero más que nada no porque Mina era muy desesperada y friolenta, y sabía que eso estaba mosqueándola —. De todos modos vamos a llegar tarde...

—¡Serás...!

Yaten rió con ganas y amortiguó las maldiciones de su novia, y se dio. Mina la arrebató de mala gana y cerró de un portazo. Solían tener ése tipo de riñas "domésticas", para no caer en la monotonía y también porque siempre había sido algo habitual en ellos, sólo lo habían adoptado a su convivencia. Y a ambos les funcionaba, porque podían descargar los típicos arranques de cualquier pareja pero lo mantenían dentro de lo sano. No querían volver a caer en ésa dinámica enfermiza nunca más.

Un buen rato después, cuando Yaten estaba a punto de echarse una siesta en el sofá de puro aburrimiento, Mina bajó vestida para matar con un precioso vestido sin mangas y entalladísimo al cuerpo en color melocotón.

Sabía que Mina iba a tomar venganza por lo de la toalla (siempre lo hacían), aunque no esperó que fuera tan pronto:

—Oh, olvidé decirte que le prometí a Seiya que pasaríamos por él al penthouse —dijo ella como quien no quiere la cosa. Yaten soltó un irónico ¡ja! —. Y también por Serena...

Él arqueó una ceja, claramente disgustado. Serena y Seiya vivían en extremos opuestos de la ciudad.

—Oye, mi coche no es un autobús escolar —se quejó.

—Pues se lo prometí, Yaten —dijo con voz lastimera.

—Pues desprométeselo... —le arremedó.

Mina se puso una mano en la cadera.

—Sabes que le retiraron un buen tiempo el permiso de conducir. ¿Vas a ser tan, tan, tan insensible como para que tu hermano, una súper estrella del momento, llegue su propia graduación con su cita en un pulgoso taxi?

Yaten entrecerró sus ojos verdes con recelo. Cuando Mina no podía defender su postura con argumentos lógicos, siempre sacaba el lado sentimental y era muy difícil mandarla al diablo. Al menos así le pasaba a él.

—Bueno, qué remedio... —refunfuñó poniéndose de pie.

—Por cierto, ¿como me veo? —le preguntó con una sonrisa que pretendía ser muy lasciva, aunque a Yaten sólo le parecía tan simpática como siempre.

—Soberbia.

—¿Eh? —preguntó con aire desdeñoso —¿Por qué?

—Es un halago, lela —le dijo Yaten reprimiendo una sonrisa y atrayéndola de un brazo —. Vamos, que entre más lo pienso más me quiero quedar...

El trayecto fue muy diferente a como Mina y Yaten pensaron que sería. Usualmente, la fórmula de Serena más Seiya significaba diversión asegurada. Todo era risas, juegos y escándalo. Se contaban anécdotas y rememoraban otras que habían pasado juntos en cada una de sus divertidas citas. Eran un equipo muy mono y envidiable para quien los mirara, aunque podían pasar casi por buenos amigos. Aunque eran algo infantiles y cursis, no dejaban de ser una pareja muy tierna y cariñosa... cuando lo eran. Antes.

Pero como ya nadie sabía qué ocurría exactamente entre ellos dos, el ambiente era extraño e incómodo. Algo demasiado formal que no calzaba para nada con ellos, y los diálogos que se decían parecían memorizados y planos. Además, todo cuanto actuaban uno con otro parecía que se manejaban como si tuvieran en las manos un cristal muy frágil, y que por temor a romperlo no se animaban a ir más allá. Seiya, aunque ya no parecía un espectro, aún lucía aprensivo y como en constante posición de alarma. Y Serena, aunque se veía muy linda con ése vestido en rosa pastel, no podía evitar traslucir una decepción aplastante.

Como la tensión entre los dos era agotadora, Mina había mostrado intenciones de "ayudarlos" con sus usuales comentarios picantes para que se relajasen un poquito; pero Yaten, como si le leyera el pensamiento, le atravesó con los ojos desde su sitio frente al volante, y tuvo que morderse la lengua. Básicamente, le estaba diciendo que se mantuviera al margen. La rubia se encogió de hombros y prefirió subir el volumen del sistema de audio, para amortiguar la incomodidad con música.

El salón estaba muy elegante dentro de la sencillez que lo decoraba: la luz estaba intercalada en tonos neutros y cálidos y las mesas redondas tenían bonitos floreros larguísimos transparentes que eran adornados por orquídeas sumergidas en agua. Una de las paredes del fondo era una fuente vertical con hiedra verde, en la cual los graduados se tomaban fotografías de recuerdo. Todo era muy bonito.

Ahí se reunieron con Rei, que estaba magnífica con su vestido de cóctel rojo y con encajes floreados en el pecho. Conforme fueron reuniéndose los amigos, empezaron a disfrutar de la fiesta, la música, la comida y todo eso.

Seiya, sin embargo, no podía dejar de sentirse un extraño entre sus amigos. No es que se la estuviera pasando mal, al contrario. Mina y Yaten le daban material de sobra para reír, Lita le contó toda la historia de cómo abrió su cafetería y hasta estaba pensando en asociarse con otra persona, y que, en menos de un mes ya alguien había escrito un artículo en una revista muy conocida. Rei la había puesto al tanto de su decisión de estudiar dirección empresarial. No le extrañó, ella siempre le había parecido una perfecta líder para los negocios. No estaba aburrido, estaba demasiado inquieto y tenía ganas de meterse debajo del mantel y quedarse ahí, igual que los niños en las reuniones de adultos.

Miró a Serena, que estaba a dos lugares de distancia. Ni siquiera se atrevía a sentarse junto a ella, a pesar de ser supuestamente su pareja para la fiesta. Estaba hermosa, con ése vestido pálido que resaltaba sus rasgos delicados de piel blanca y el pelo rubio cayéndole con gracia sobre la espalda... y sus labios, sonriendo, aguardando por él, porque los besara. No podía creerse que la hubiera rechazado apenas días atrás, en el parque... no sabía por qué.

Bueno, sí sabía por qué, pero la daba vergüenza reconocerlo. La verdad es que tenía miedo. Miedo de que Serena no lo quisiera como decía, y de que sí lo quisiera. Era un sentimiento incoherente, tan incoherente que por eso no lo entendía. En cierta forma, sentía que Serena nunca había sido suya realmente, y quizá por eso pensaba que no lo sería ahora. Por otro lado, el reprimirse no le hacía bien. Quería seguir su consejo, y avanzar... caminar a zancadas tan largas que casi ni se acordara del dolor o del engaño, pero no lo conseguía. Los buenos momentos pesan, pero no podía negar que los malos siempre sobrepasaban a los buenos. Y eso era lamentable, porque le impedía ser feliz.

Sintiendo su escrutinio, Serena levantó la vista y sus miradas se encontraron. Sus ojos azules se iluminaron bajo las luces difusas del salón, y le sonrió, mostrando toda su dentadura perfecta. Seiya le correspondió, de todos modos, ésa niña que era torpe y despistada le había lanzado un hechizo hace mucho tiempo... y posiblemente no iba a desembrujarse jamás.

Después de la cena de cuatro tiempos, la fiesta siguió, con música tecno estridente y otras más cadenciosas. Mientras seguía en lo suyo, fue Rei quien se recorrió un lugar para hablar con él.

—Parece que tu mente está a años luz de aquí —comentó, hablando un poco más fuerte de lo normal para que pudiese oírla.

—¿Por qué lo dices?

—Te ves distante... como preocupado.

Seiya sonrió a modo de cortesía. Después de todo, estaba acostumbrado a sonreír para las revistas aunque se sintiera enfermo, molesto o triste. Le salía en automático.

—Estaba pensando en mi princesa. ¿Sabes? Cuando venimos para acá, ella estaba casi a punto de casarse. Me pregunto si lo hizo, o si es feliz...

—¿La extrañas mucho?

—A veces. Ella era buena consejera... sabría que decirme en éstos momentos —dijo Seiya dándole un largo trago a su vaso —. Y cuando no tenía consejos, su simple esencia me hacía sentir tranquilo, como en paz.

—No sé si sea buena para consejos, pero soy buena escuchando —le propuso Rei.

—No quiero amargarte la fiesta.

Él sacudió la cabeza, como si quisiera deshacerse de aquella idea que le rondaba la cabeza.

En ése momento, la música dio un giro especial, y una balada que cantaba una chica inglesa que Seiya no identificaba, sonó en la pista. Él dejó su vaso en la mesa y le extendió una mano a su amiga:

—Deberíamos bailar.

Rei frunció el entrecejo y le miró como si estuviera tomándole el pelo. Luego le dio unas palmaditas a Seiya en el hombro con resignación.

—Eres muy galante, Seiya... pero no es conmigo con quien quieres bailar.

Y señaló con sus ojos oscuros a la chica vestida de rosa que venía caminado desde el baño. Sonriendo veladamente, él se puso de pie, y se dirigió caminando hacia Serena.

Entretanto, Mina y Yaten se dieron un descanso y fueron a sentarse a una mesa abandonada de un rincón, que no era la suya. Yaten le dio fin a un vaso de whisky en las rocas y Mina le miró arqueando una ceja.

—Eso no es agua.

—Lo siento, lo único bueno de éste circo es la barra de bebidas.

Mina contempló su rostro encantador y malhumorado.

—Es cierto —dijo luego mirando al suelo sus zapatos de tacón. Yaten pestañeó contrariado y se inclinó sobre su hombro.

—Oye, estaba jugando... me la estoy pasando bien, ¿tú no?

Mina le sonrió, levantando la cara.

—Me acostumbré a nuestras noches en soledad, esto no es malo... pero no es mejor.

—¿Qué quieres decir?

—Siempre soñé con vivírmela en eventos así. Vestir de gala, ser fotografiada, admirada y rodeada de gente... pero realmente, Yaten, lo que ocurrió en el último año me hizo darme cuenta que me gusta más lo que hay detrás de las cortinas.

Yaten se encogió de hombros.

—No tienes por qué privarte de ambos mundos, aunque no es fácil mantener el equilibrio, créeme —le dijo él tomando su mano y besando sus nudillos.

Mina se quedó mirando el panorama en general. Las parejas bailando, riéndose. Ella era feliz, en cierta forma, probablemente no podía serlo más. No tenía pensamientos raros, sólo... se dedicaba a apreciar cada detalle que la rodeaba y la tranquilidad que los envolvía. Ya no soñaba con el glamour del espectáculo ni estar en boca de todos. Quería hacer música y transmitirla, eso no había cambiado... pero lo único vital que necesitaba era la mano de Yaten ahí, enredada con la suya.

Giró el rostro hacia a él, que le miraba curioso, como si quisiera adivinar sus pensamientos.

—No me importa donde estemos, siempre y cuando esté contigo —le dijo, y lo besó con suavidad, gozando de su proximidad y del tacto de su mano en su espalda. Yaten, que normalmente no rompía ninguno de sus besos, ésta vez hizo una excepción.

Y fue bueno, pues lo hizo para superarse a sí mismo.

—Entonces vayámonos.

—¿A dónde? —rió socarrona — ¿A ver televisión?

—A París.

Cuando Mina dirigió los ojos hacia los suyos, y se sostuvieron la mirada. Durante ése breve momento se quedó paralizada, contemplando a ése chico que la tenía embelesada, y que la observaba con emoción contenida, sin disimularla ni tantito.

—Es una broma —sugirió Mina riendo. Yaten no se estaba riendo y ella dejó de sonreír—. ¿No es broma...?

Él negó con la cabeza como un chiquillo que ha hecho una travesura muy gorda.

—Yaten...

—Sólo tomemos los boletos y larguémonos.

Su mirada ardiente la abrasaba por dentro, y por un instante, todo el mundo del salón desapareció. La sucesión de imágenes se formaron en su mente. Sólo él y ella, lejos...

—M-mis amigas... —tartamudeó señalándolas vagamente.

Su voz ya sonaba tentada, insegura... maravillada. Yaten lo notó.

—Les dejarás una nota.

—No he preparado el equipaje...

—No necesitas ropa usada en la ciudad de la moda —discrepó ofendido.

—¿No le dicen la ciudad de las luces...?

Yaten se le quedó viendo con cara de "¿a quién le importa?" y Mina se revolvió el pelo suelto, echa un lío. Era una locura, ciertamente. Ése hombre quería irse a Europa con ella indefinidamente, ahora, así... como un par de fugitivos pirados. Y sí, quizá lo eran, pero a pesar de éso, la idea no dejaba de ser alucinante, y acababa de reconocer que ya había modificado radicalmente el modo de como veía la vida. Y al parecer él también... esa espontaneidad, ésa forma de entregarse tan apasionada... sólo podría ocasionarlo el amor.

Y eso era condenadamente perfecto.

Asintió sin más, y sujetó su cara entre las manos, acercando sus labios a los suyos y saboreando su sorpresa con la lengua... Ya quería ponerse de pie y correr, pero se dio el gusto de experimentar mientras lo besaba profundamente, la increíble sensación de euforia, que es otro tipo de felicidad. Ésta era más absurda, pero más placentera... ésa que te lleva por la pasión y por la aventura.

.

.

.

Pasaron alrededor tres semanas, donde cada uno siguió re-organizando la vida que le esperaba. Serena no pensó que pudiera tener tantas cosas inservibles e inútiles, hasta que de verdad se puso a empacar sus cosas. No bastaba haberse deshecho de sus juguetes de infancia meses atrás, tenía demasiadas chucherías y no podía llevar más que lo indispensable a su pequeño dormitorio en la universidad, de modo que seleccionar la ropa, los accesorios y los objetos personales resultaba una tarea difícil. Se debatió a meter una caja musical que había heredado de su abuela y al final la dejó.

Suspirando, cerró una de las cajas de cartón con cinta y escribió con garabatos su contenido con un plumón.

Rei se desperezó largamente a sus espaldas, y Serena sonrió mirándola a través del espejo. También estaba ahí Lita, Luna y Artemis, quienes sólo se dedicaban a tomar una siesta junto a la ventana. Ambas amigas se habían ofrecido a ayudarle a empacar ése fin de semana. Después de todo, ninguna de ellas tenía ésa preocupación, Rei iría a una escuela de negocios cerca del templo porque no quería descuidar sus labores de sacerdotisa, y Lita estaría completamente enfocada en su negocio, que hasta ahora, tenía muy buena afluencia y la tenía a tope.

—¡Son tan buenas amigas! —canturreó apilando ropa —. Si hubiera hecho esto sola no habría acabado en cien años... ¿Alguien quiere té helado? Ya empieza a hacer calor...

Ambas aceptaron y cuando Serena colocó la jarra y los vasos sobre la mesita que estaba al centro de la habitación, Lita se quedó pensativa, mirando los árboles de afuera que ya estaban copados de flores blancas y rosadas. De repente las tres se habían quedado silenciosas, tomando traguitos de sus vasos. Lo único que se escuchaba era el tintineo de los hielos de vez en cuando. Serena sintió la necesidad de poner la radio. ¿Por qué todo parecía tan calmado?

Entonces, casi como si se leyeran el pensamiento, Serena captó por qué les parecía extraño aquél vacío, y Lita lo manifestó en voz alta.

—¿Qué estará haciendo Mina?

Cierto, Mina siempre hacía de cualquier reunión un carnaval, era por eso que se sentían tan apagadas.

—No puedo creer que se fugara sin decirle a nadie —rió Rei negando con la cabeza, mientas estiraba sus largas piernas sobre la alfombra —. ¡Está como una cabra!

—Pues yo creo que es tan romántico —volvió a suspirar Lita con devoción —. Ha de estar pasándosela de maravilla... conociendo tantos lugares, ¡en la ciudad más romántica del mundo con el amor de su vida!

Y miró a Rei como si fuera incapaz de sumar dos más dos. A ella le salió una gotita de sudor en la cabeza.

—Ya, si tú lo dices...

Artemis movió las orejas dese su sitio a de espaldas a ellas, hecho un ovillo. Serena les sonrió a sus amigas en confidencia y susurró:

—Ha estado un poco malhumorado...

—Tal vez piense que Mina no va a volver —sugirió Rei.

—No digas eso, claro que volverá —le reprendió Serena —. No lo sabe, pero se le va a pasar muy pronto el enfado, ya verás...

Rei le cuestionó con ademán de la cabeza. Las otras dos chicas se acercaron más. Serena se puso una mano en la boca a modo de pared y les contó en voz bajita:

—Luna está embarazada.

—¡No!

Serena las chistó, mientras las otras se reían bajito.

—Cree que no me he dado cuenta, pero ése bulto no es de sardinas, te lo aseguro. Además ha dormido mucho éstos días... sé que está de encargo.

Lita se puso una mano en el pecho, conmovida, y Rei también expresó un "aaaw" mudo.

—¡Qué buena noticia!

—Lo sé. Al menos la pequeña Diana es lo único bueno que queremos que se cumpla del dichoso futuro, ¿no?

Entonces ya pudieron volver a hablar en voz alta.

—Estarás bien. Tendrás tu propio futuro con Seiya —le dijo Rei muy tranquila, doblando un juego de sábanas.

La verdad, ni Rei ni el resto de las chicas lo diría nunca abiertamente, pero en el fondo, se alegraban de que no estarían atadas a servir a dos monarcas para toda su vida. ¿Y si eso implicaba no poder casarse, tener hijos o estudiar? No solamente Serena cargaba con unas cadenas pesadas, si no también el resto de sus protectoras. ¿Y quién pensaba en ellas? Indirectamente, las había salvado también de un destino duro qué cumplir.

Al recordar el nombre de Seiya, Serena se estremeció, como si le hubiera entrado una corriente de aire fría por la espalda.

—La verdad, ya no estoy tan segura, Rei...

Lita frunció el ceño y se atrevió a preguntar:

—¿Qué ocurrió?

—Pues...

Durante los días posteriores a la graduación, las cosas empezaron a fluir nuevamente con Seiya. No es que a los dos se les hubiera borrado la memoria, al contrario, pero ya lo notaba más relajado, haciendo chistes más seguido y cada vez pasaban más tiempo juntos. Empezaron con cosas inocentes como simplemente andar por la plaza o ver alguna película, hasta que en menos de lo que imaginó, ya podían charlar casi de todo. No era el manojo de felicidad de antes, pero cada vez sonreía más, y le dedicaba detalles más cercanos. Un cariño en la cabeza, un pique de ojo, un beso fugaz...

Así, los sucesos empezaron a cambiar favorablemente después de que visitaron a aquella niña en el hospital. Fue justamente ésa noche en el penthouse, que las esperanzas parecían haberse abierto como enromes girasoles al amanecer.

Estaban simplemente sentados en uno de los futones del salón, devorando un litro de helado completito con dos cucharas. Ninguno tenía nada mejor qué hacer.

—Y entonces Kyle dijo que los solistas necesitan muchísima suerte para funcionar, porque las bandas parecen gustarles más a las admiradoras —le contaba Seiya mientras hundía su cuchara en el helado —. Probablemente termine anunciando gaseosas en la televisión.

—Claro que no, ya verás como se pelean por darte contratos. Tu voz es espléndida.

Seiya resopló.

—Bueno, tú no eres precisamente imparcial, Bombón.

—En eso tienes razón, yo siempre te voy a mirar con ojos de amor.

El chico se quedó mirando el helado de modo ausente... y le sonrió incluso, pero éso no confortó a Serena. Su modo de reaccionar le produjo un dolor que no pudo tampoco ocultar. Daba la impresión que Seiya, en su mutismo, contradecía a los gritos que parecían poseer su cabeza.

Un rato después, Serena no aguantó más.

—Esto no me gusta —espetó.

—Mmm, creo que también hay de chocolate...

—No el helado, Seiya, ésto, nosotros siendo así —protestó —. Y sabes exacto a que me refiero.

Seiya no se dignó a levantar la cabeza, era como si le pesara enfrentarla. Serena continuó:

—Sé que necesitas tiempo, pero entiende que lo que siento por ti también me asusta, ¡y te necesito! Como antes... en todos los sentidos. Y parece que cada vez que me acerco a ti, física o emocionalmente, en vez de intentarlo tú das tres pasos hacia atrás.

—Quedamos que lo llevaríamos con calma —se defendió Seiya.

—No, eres tú quien quiere llevarlo con calma —sonrió Serena lacónica —. Yo me muero por estar cerca de ti y es humillante tener que admitirlo y soportar lo poco que me ofreces. Lo siento, pero es la verdad, y ya no lo aguanto. Quisiera que tuviéramos nuestro final con flores, corazones, lucecitas y ésas cosas... pero si no se pude, al menos quiero que estemos bien. ¿Es que es mucho pedir?

Seiya colocó el bote de helado en el piso y se recorrió un lugar en el sillón. Llevó una mano hasta su mejilla y la dejó ahí, tanteando su piel. No lo hacía a propósito. De hecho, entendía perfecto como se sentía Serena, porque él ya había estado en ésa posición por mucho tiempo.

—Tienes razón, estoy convirtiendo nuestra segunda vuelta en un completo desastre. Estoy con la chica más extraordinaria del mundo y yo lo estoy arruinando todo con mi idiotez. ¡Deberían ponerme en cuarentena!

Serena le dedicó una bonita sonrisa. Se acercó más a él, y quedó sólo a centímetros de su boca.

—Pues hola... sigo aquí.

—¡Pf, menos mal!

Su boca se cerró suavemente con la de ella, logrando separar sus labios, mientras la rodeaba con los brazos y la atraía hacia sí. Su mano reptó por la espalda, y enredó los dedos en el pelo de su nuca, tirando con delicadeza, apretándolo contra él.

La proximidad mutua era irresistible. Esa atracción familiar seguía ahí, dormitando en algún lado y acababa de despertarse de golpe. Todas sus terminaciones nerviosas empezaron a empujarla hacia él, y la vocecita de la Serena audaz que dormía en su interior casi le hace señas para que sea más osada, que no se corte, y le hizo caso.

Ésa noche hicieron el amor. Todo parecía como antes... o al menos, mientras fueron piel con piel, lo sintió así.

Serena omitió la parte gráfica, porque aunque ninguna de ellas era una cría, seguiría dándole algo de vergüenza.

—Y de este entonces ha estado raro, no necesariamente frío. Más bien como esquivo, nervioso... a veces no me toma las llamadas y ni hablar de vernos —explicó ella mirando sus pies, colgados de la cama —. En serio pensé que las cosas iban mejor, pero creo que no me ha perdonado, o ya se arrepintió...

—Seiya no parece ser rencoroso —le dijo Lita, al cabo de un minuto —. Tal vez sólo sean ideas tuyas, cosas de la culpa... ¿y si está ocupado en el trabajo?

Serena exhaló largamente, ni siquiera cuando asistían al instituto y tenían los conciertos programados Seiya se había atrevido a cancelarle una cita, ya no digamos no proponer ni una. La verdad lo echaba mucho de menos, aunque hubieran pasado sólo unos diez días desde su último encuentro. Sabía que cada segundo que había transcurrido en el apartamento con él únicamente servía para aumentar la ansiedad que experimentaría más tarde, cuando estuviera sola. Ya se le estaban echando encima las cuentas, como un adicto con dosis de drogas limitado. Cuánto más disfrutaba de su compañía, más duro iba a resultar el contraste cuando se acabara. Como ahora...

Y tampoco, una parte de ella no dejaba de sentirse algo utilizada. ¿Y si al acostarse con ella, Seiya se había molestado por algo? ¿Habría hecho algo mal? ¿Como qué?

¿Y si la dejaba?

Era una idea terrorífica, así que la desechó de inmediato. Justo en ése instante Rei se tanteó los labios con los dedos, y luego le sonrió melancólicamente a su amiga.

—Ya hiciste todo lo que podías, Sere. Deja que las cosas sucedan, no lo forces.

—¿Tú crees?

—¡Por supuesto! Ahora, creo que nos merecemos un descanso... ¿quién quiere ir al cine?

Mientras Lita y Rei levantaban la mano en un gesto de infantil, Serena volvió a mirar por la ventana. El cálido viento primaveral le rozaba el rostro. Su inquietud no iba a cesar con la misma inmediatez que se apaga la luz cuando pulsas un interruptor, pero haría un gran esfuerzo por contenerla. Tendría fe. En Seiya, y en ella misma.

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Con el cosquilleo del sol sobre la piel de la cara, Yaten se despertó sintiendo que diez elefantes le habían pasado por encima. No era tan tarde por la intensidad del luz, aunque no estaba seguro. Maldijo haber dejado los cortinajes abiertos la noche anterior, aunque realmente aquello ya carecía de importancia... porque ya estaba despierto, y además del dolor en cada músculo, el estómago le rugía salvajemente. Gruñó negándose a querer abrir los ojos y levantarse, pero le era imposible sentirse malhumorado después del maratón de... bueno, de ayer.

No le vio necesidad a incorporarse. Le echó una mirada a la blanca espalda de Mina que era lo que tenía como agradable vista próxima. A la iluminación de la alborada, su piel nívea y la lustrosa melena desparramada sobre las sábanas, parecía que literalmente resplandecía sobre la cama, durmiendo boca abajo y dando la cara hacia él. Sonrió. Era tan guapa... También parecía un angelito, pero no lo era. Un angelito no sería tan lujurioso, tramposo ni insaciable.

Luego le echó una ojeada general a la suite. Parecía que un tornado había arrasado con la mitad de las cosas. Más gastos a la cuenta... ni hablar.

El rugido de león parecido al de Metro Goldyn Meyer resonó por todo el cuarto. Yaten se sonrojó y se echó a reír.

—Hey —despeinó a Mina para ver si así se despertaba, pero no funcionó —. Despierta, no voy a desayunar solo...

Mina balbuceó algo y lo ignoró, sumiéndose de nuevo en un sueño profundo. Él le miró con envidia. Estiró la mano para recorrer con los dedos la línea de su espalda, una y otra vez de arriba hacia abajo. Podía darle cinco minutos.

Después de su acto de generosidad, Yaten se hartó y prácticamente se le trepó encima.

—¡Ay! —se quejó ella con voz adormilada —. ¿Qué haces...?

—Estoy famélico... ¿tú no?

—Yo estoy exhausta... ¿por qué no me dejaste dormir otro poco?

—¿Exhausta de qué? Si yo hago todo el trabajo —se mofó, sacudiéndola. Sabía a qué se refería, y Mina abrió grandes sus ojos celestres y le dio buen un almohadazo en la cara y luego se tapó la cabeza con ella para no verlo.

—Qué carácter... creí que estarías de mejores ánimos.

—Lo estaría, si me hubieses dejado dormir.

—Ya pasaron como ocho horas. Si no fuera por tus ronquidos, habría jurado que entraste en coma.

Mina tiró repentinamente de él, y cayó sobre su regazo. Le rodeó con sus brazos como si estuviera aplicándole una llave en el cuello, pero claro, sin ninguna fuerza. A ninguno le quedaban ya fuerzas para nada.

—¡Qué te pasa eh, yo no ronco!

—¿Por qué siempre terminamos peleando? —murmuró debajo de ella, con sus dientes rozando el lóbulo de su oreja.

—Porque nos gustan las reconciliaciones —respondió Mina con una risita tonta, y luego lo besó profundamente. El corazón le empezó a latir cada vez más fuerte, hasta que quedó desbocado. También empezó a notar la respiración de Yaten alterarse, y como el cuerpo ya se le estaba enardeciendo y endureciendo... Oh, no, otro asalto no.

Fue Yaten quien de malas, cortó el rollo dándole una fuerte palmada en trasero.

—¡Anda, tengo hambre!

Mina respingó y luego se estiró, sintiendo una placentera tensión en todas las extremidades, que crujían después de todas sus proezas de ayer. Desde usar ésos caros zapatos de tacón alto y haber bailado con ellos, y del posterior e increíble maratón de sexo. Sonrió para sí misma y prácticamente se arrastró por la cama para coger del suelo uno de los sedosos albornoces del hotel y llamar al servicio al cuarto por teléfono, que estaba en una mesita cercana a uno de los enormes ventanales.

Ordenó todo lo que se le ocurrió: tortitas con beicon y sirope de arce, huevos, fruta, varios crossaints y café. Luego abrió de par en par la ventana de la terraza para aspirar el aire fresco matutino. Al fondo, el paisaje ponía de buenas a cualquiera.

El cielo parisino estaba repleto de ópalos, rosas y aguamarinas celestes perfectamente mezclados, como sólo sabía hacerlo la madre naturaleza. Los prados de la ciudad en aquella época eran de un verde tierno y ahí, como si no fuera suficiente con eso, la imponente Eiffel sobresalía y protagonizaba la mejor de las postales europeas. Era como estar metida dentro de un sueño, pero mejor. Porque los sueños se acaban cuanto te despiertas, y aquí, Mina sentía que nunca se despertaba. Sólo sentía que aterrizaba a la tierra a veces, desde ésa gran altura a la que se subía cuando se evadía de todo con Yaten. El mundo fuera de Francia se hubiera podido acabar y ella ni se habría enterado, por eso a veces trataba de acordarse de enviarle algún texto a sus amigas o encender el televisor.

De repente se saturaba con tantos cambios. El idioma distinto, la cultura europea, la gente más abierta... las costumbres, pero todo le fascinaba. Había descubierto que Yaten era un excelente guía de turistas, y la había llevado a muchos museos, plazas e iglesias. También habían probado un montón de manjares exóticos (otros no tanto) en los restaurantes y paseado hasta que los pies no les daban para más. Y ni hablar de las tiendas, ya tenía suficientes vestidos como para estrenar por un mes consecutivo y él se había aguantado las compras como un campeón, así que a ella le tocaba lo mismo con los museos y levantarse siempre a ordenar el desayuno. Aún así se sentía bastante malcriada, pero si a él no le molestaba, ¡a ella menos!

Admitía que a cada día que pasaba en París, más se olvidaba de Tokio... y aunque le preocupaba Artemis, confió que Serena lo cuidaría como prometió. A pesar de eso, no se sentía culpable en absoluto, y menos en las noches (y en el día, a decir verdad). No es que en Japón hubieran estado célibes precisamente, después todo habían estado meses bajo el mismo techo. Pero las circunstancias eran muy diferentes. Allá los habían perseguido los problemas, propios y de los demás, y habían estado enfocados en el estrés de los estudios y las responsabilidades... Nada de éso existía en París, todo era disfrute, comida, paseos y mucho sexo...

Sexo en la cama, en la alfombra, de pie, en el taburete, en los sofás... en la ducha (hasta ahora su favorito), en el jacuzzi, o en ése pobre secreter que ahora estaba cojo de una pata...

Yaten, sentado en la pequeña mesita redonda que usaban como comedor, le miró con expresión divertida. Mina acababa de darse cuenta que tenía la mirada perdida y embobada por sus pensamientos. Incluso se abrazaba a sí misma de lo feliz que era. De puntillas se dirigió hasta ahí , le arrebató el periódico de las manos y se sentó confianzudamente sobre sus piernas.

—¡Estaba leyéndolo!

—Ni siquiera sabes francés.

—Estoy tratando...

Mina se colgó a su cuello como si fuera un columpio.

—¿A dónde iremos hoy?

—Creí oírte decir que estabas exhausta —le dijo Yaten arqueando una ceja.

—Estoy exhausta, no estoy en la morgue —replicó Mina riendo y moviendo las piernas—. Entonces, ¿dónde?

—¿Es que todavía no te aburres de mí?

—A veces me enojas, me exasperas, me encantas... me vuelves un poco loca, pero nunca me aburres.

—¿Yo te vuelvo loca?

—En el mejor de los sentidos —unos golpecitos tímidos sonaron en la puerta anunciando el servicio al cuarto—¡Ah, ya voy!

Comieron hasta quedar satisfechos, y después de alistarse y agregar a la cuenta el recuento de los daños de anoche, salieron en un coche compacto rentado. Mina estaba muy curiosa, no creía que hubiera algo diferente que no conocieran ya. El Sena, La Notredame, el Arco del Triunfo, los Elíseos, al menos todo lo que les habían recomendado ya había sido más que visitado.

—¿Dónde vamos?

—Es sorpresa.

Y subió el volumen de la música, como clara respuesta de que la conversación se había terminado. Mina hizo un puchero y miró por la ventana asombrada como cambiaba el paisaje. Los pinos y los abetos se extiendían en una línea de abundante follaje sobre la carretera, hasta que llegaron a una zona de casonas de madera de aspecto próspero y apacible. ¿A quién iban a visitar o qué?

Luego, rodearon la zona boscosa y aparcaron cerca de donde se extendía un terreno muy lindo. La hierba y las flores de campo daban un paisaje rural pero idílico, donde se respiraba gran tranquilidad. No estaba tan lejos del centro, por lo que si tenía la suficiente altura, seguramente la vista sería magnífica.

Ahí, a la cima de una pequeña colina, estaba un bonito chalé de estilo inglés, construido en piedras y madera tosca. Era como si perteneciera al propio bosque, incluso una de las paredes estaba cubierta de madreselva. Yaten le dio la mano y juntos subieron los escalones amatistas de piedra plana hasta pórtico. Una vez ahí, él exhaló con fuerza. ¿Qué le ocurría? Se veía nervioso. Yaten no tocó a la pintoresca puerta en forma de arco. Se sacó del bolsillo del pantalón una pequeña llave dorada.

A Mina se le descolgó la mandíbula y se quedó ahí, estoica, mientras intentaba recordar cómo se cerraba.

—Yaten, ¿qué...?

Él entró como si fuera su propia casa. Porque de hecho... lo era.

—Bienvenida. Sé que el hotel tiene su encanto... pero después de cierto tiempo ya no es tan divertido. Además ya es momento de avanzar —explicó con una gran sonrisa, sin darle tiempo de asimilar nada.

Las altas paredes llegaban al techo en forma de V hasta las vigas de una madera fina, y el suelo era diverso... había alfombrados elegantes o mosaicos de piedras planas de diferentes tonos desvaídos. Las puertas conservaban su esencia tosca y europea. En el salón rodeado de ventanas había una chimenea al fondo en forma de óvalo, y todos los muebles eran piezas diversas que no conjuntaban entre sí, pero no por eso lucían mal... no, era justamente la intención. Todo parecía como salido de una novela antigua.

Y allá afuera, el amplio terreno repleto de encinos era del tamaño de un campo de fútbol. A la cabeza, el cielo cerúleo casi sonreía con los escasos jirones de nubes. Toda la casita de campo era de una belleza salvaje y acogedora. Si Mina hubiera podido definir qué tanto le gustaba, no le habían alcanzado las palabras. Se imaginó como luciría en Navidad, todo cubierto por la nieve...

—Pero... ¿ésto qué? —titubeó, al fin volteando y dirigiéndose a Yaten.

—¿Te gusta?

—Claro que no. Es horrible —rió burlona. Yaten sonrió —. Pues claro, ¿a quién no le gustaría?

—Es tuya. Nuestro, quiero decir —compuso él con cierta dificultad. Sí estaba muy nervioso. La tomó de los hombros y levantándole la barbilla clavó sus ojos en ella —. Mina, te prometí que conseguiría un lugar para los dos, ¿no es así? Y no te había visto tan feliz en toda mi vida que estando aquí... así que se me ocurrió que no tenemos que regresar a Japón todavía si no quieres, podemos quedarnos. Lo conseguí así, pero se puede cambiar lo que no te guste. Muebles...todo eso. O podemos buscar algo más moderno en la ciudad... Aunque como sólo estamos a veinte minutos, pensé que te gustaría sentirte aislada y tranquila cuando estuviéramos solos, como dijiste el día del baile.

Mina apenas podía contener el popurrí de emociones que le invadían el cuerpo y la mente. Por supuesto, ésa casa tiene todo lo que se puede desear en un hogar, un castillo miniatura, en una ciudad de cuento, pero... ¿sería suficiente? ¿podría?

—La verdad, amo mi vida en Tokio —murmuró Mina agachando la cabeza. Sonaba como una clara disculpa, y los ojos expectantes de Yaten dejaron de centellear. Justo un minuto después, una sonrisa nueva y tímida arrasó con todo a su paso y lo miró —. Pero te amo más a ti... así que, ¿cuándo podemos estrenarla?

—En cuanto abra el champán que está en la heladera. O espera, mejor aún... ven acá.

Tiró de su mano para alcanzar su boca, y se quedó ahí un buen rato entre sus brazos, siendo todo besos, caricias... Sin embargo, la situación y el lugar ahora eran de lo más excitante, así que las reacciones se fueron incrementando de menos a más, en una espiral de deseo que hizo que la sangre les ardiera en las venas.

Yaten se deshizo de la chaqueta y la condujo hasta alguna parte más cómoda que la fría pared de piedra, aquél tapete esponjoso bastaría. La verdad es que a ninguno le importaba, normalmente cuando entraban en ése trance sexual a los dos se les enturbiaba la mente. Todo era sensaciones. Sin separar sus bocas, él trepó las manos por sus muslos suaves y sin más le levantó el vestido. ¡Qué prácticos eran los vestidos! Además de que le quedaban bien, claro. A trompicones Mina le sacó la camiseta y bajó la cremallera, y enseguida lo rodeó con sus piernas, queriendo tenerlo y sentirlo ya dentro de ella, o al menos rozándola. Todo iba demasiado rápido, como si estuvieran haciéndolo en un lugar prohibido a punto de ser pillados. La realidad es que a veces no les apetecían muchos preámbulos para eso, al menos ahora no los necesitaban. Ya habían tenido muchos experimentos y fantasías en el hotel, no querían eso en ése momento.

Yaten la levantó con urgencia, y tras colocarse en una posición más cómoda, se adentró despacio varias veces, y luego con mayor brusquedad; haciéndola gemir y arquear la espalda. Como siempre, la explosión de placer y sensaciones era deliciosa... no por lo que era en sí, si no por lo que significaba ahora. Esa era ahora su casa, ¿verdad? Juntos... estarían juntos siempre. Sus ojos verdes la fulminaron y volvieron a besarse, incrementando el ritmo y deleitándose con ello, gozando, viéndose, sintiéndose, alcanzando el climax y luego quedándose unidos y tumbados un buen rato...

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Serena no dejaba de jugar con el bolígrafo que tenía en la mano. Como la pobre tapita ya estaba muy mordisqueada, se contentó con pulsarla frenéticamente y chocar las rodillas, causando un sonido irritante para cualquiera que estuviera ahí, pero no había nadie. Los números verdes del reloj del microondas de su cocina marcaban exactamente las seis y cuarenta y dos. El tiempo, ésa cosa horrible que te tortura y que te hace dar saltos extraños e insoportables, estaba jugando en su contra.

Sus padres se habían marchado al teatro aquél viernes, y ella creía que no tendría planes, hasta que justo cuando terminaba de secar los platos, recibió la campanilla de un mensaje en su teléfono. Era Seiya, quien solicitaba verla ése día por la noche si no tenía inconveniente, y era urgente.

Y ella no habría tenido inconveniente, de no ser porque aquella petición era tan extraña como espeluznante.

Si Seiya se hubiera comportado como meses atrás, a ella no le habría causado ningún impacto. Se habría metido a bañar y habría elegido algo bonito para usar si iban a salir a cenar o lo que fuera. Si hubiera sido antes de que decidieran darse aquella segunda oportunidad que le costó sangre conseguir, Serena habría pegado de brincos hasta el techo, feliz de que le dirigiera aún la palabra y además quisiera verla.

E irónicamente, si hubiera sido hace un par de semanas, antes de estar tan voluble y raro... ni siquiera lo habría tomado como algo digno de pensar. Pero volvemos a que el tiempo cambia el contexto de todo. Y después de haber sido terriblemente ignorada por su novio durante tantos días, y con el historial arrastrado como mala referencia, Serena sentía miedo. No, miedo no. Pánico.

"¿Podemos vernos en el penthouse a las 8? Necesito hablar contigo..." decía.

Ay... aquellas palabras tan frías y tajantes no auguraban nada bueno, y lo sabía. Seiya jamás había respetado las formalidades, y que ahora lo hiciera no le decía más que su peor temor se cumpliría. Seiya había pensado bien las cosas, y después de ésos días tan incómodos... había decidido que lo mejor era que cada uno estuviera separado del otro.

O sea... terminar. Finito, the end... sayonara, ciao, adiós.

Claro, nunca había sido propio de ella ser tan negativa... pero no podía evitarlo. Lo conocía demasiado bien, se conocía demasiado bien... y conocía su historia perfectamente también, y no... aquello sería una catástrofe. Daba igual que todos ésos engranajes se hubieran acomodado para que fueran felices, las cosas no siempre salen como uno quiere porque las emociones no se racionalizan. Y posiblemente Seiya, a pesar de quererla mucho y haber hecho el amor con ella días atrás, ya no la amaba lo suficiente.

Su mente era pésima para resolver acertijos, de modo que no estaría tranquila y en paz hasta que le dijera lo que fuera que pensaba y ya podría poner a marchar el plan: ¿llorar? ¿suplicar? ¿argumentar otra vez? ¿cancelar la cita para ganar tiempo? No, ya no era posible... ya no le quedaba de dónde agarrarse para ésto. Tendría ésta vez que resignarse y continuar. No tendría su final de cuento como no lo había tenido desde el principio y nada podría hacer contra eso.

Para no ponerse a hiperventilar, Serena trató de separar éstos pensamientos pesimistas hasta que llegara la hora. Si los dioses la bendecían aquél día, Seiya sólo estaría estresado por aquél nuevo contrato de solista y excusaría su ausencia física y emocional con una historia perfectamente convincente, ella correría feliz a sus brazos y entonces todo sería como antes.

Aún así, esperar fue una muerte lenta. Miró con las mejillas ruborizadas los tres platos que se había cargado por culpa de los nervios. Ya los repondría después... o si no, estaba segura que su mamá entendería. Lo peor es que le deseó suerte con una sonrisa entusiasta y le dijo que se animara... ¡cómo si eso fuera posible o sirviera de algo! No entendía a su madre. O más bien, nadie la entendía a ella.

No se preocupó en arreglarse, no quería sentirse más patética si le iban a dar puerta... así que eligió unos vaqueros desgastados, una camiseta de lycra y una cazadora ligera con capucha, y mucho antes de tiempo, salió a tomar el autobús.

Otra señal inequívoca de fracaso: Seiya siempre pasaba por ella para ir a cualquier lado, así fueran al supermercado a comprar patatas fritas.

Se dedicó a mirar por la ventanilla y aunque llevaba en los audífonos buena música, no ayudó a su humor. Cuando bajó en la parada correspondiente y miró el edificio en el que hasta hace poco vivían los tres Kou se le revolvieron las tripas. El corazón le latía de forma audible contra las costillas, y el aliento lo sentía atascado en la garganta, provocando que tosiera continuamente con su saliva durante todo el trayecto del elevador. Miró las zapatillas deportivas planas en sus pies. Al menos servirían para correr a toda prisa si lo necesitaba. Quizá hasta sería buena idea irle avisando a Rei... necesitaría una noche con una amiga. Si había alcohol, mejor.

—¡Basta, contrólate! —se dijo a sí misma entre dientes con furia y obligando a su cerebro a detenerse. No estaba ocurriendo nada aún.

Tragó saliva pesadamente y avanzó... ahí estaba la puerta del penthouse. Pero cuando extendió su dedo tembloroso para tocar el timbre, se dio cuenta que la puerta estaba entreabierta. Eso la extrañó.

La abrió en automático, dejando ver los muebles, pero sin rastro de Seiya. Serena frunció el ceño y miró instintivamente hacia atrás y por el corredor. ¿Habría salido de momento?

Se encogió de hombros y caminó hacia su destino. En efecto, él no estaba ahí. Todo parecía limpio y ordenado, no como la última vez que estuvo allí. Taiki y Yaten eran algo aprensivos con el tema y ahora que supuestamente no estaban todo se había ajustado a la personalidad de Seiya. Dejaba sus revistas y sus guitarras por ahí, o envoltorios de comida, cosas así. Así que aquella inesperada estancia acicalada tampoco le dio buena espina.

Bueno, a éstas alturas nada le daría buena espina, a decir verdad. Tendría que ocurrir algo así como un milagro navideño en plena primavera.

Rodó los ojos y se obligó nuevamente a dejar de inventarse estupideces.

—¿Seiya? —llamó con suavidad, sólo por no quedarse ahí parada como idiota.

—Estoy aquí afuera —dijo él, sobresaltándola.

Caminó hacia afuera lentamente, como si quisiera postergar el momento, pero apenas atravesó el ventanal, se quedó con la boca abierta.

Toda la terraza estaba irreconocible. El lugar estaba invadido de flores por todas partes, ¿eran cientos, miles? en jarrones, colgando en tiras desde una carpa de tamaño mediano, que estaban unidas con vaporosos lazos. La fragancia a rosas, fresias y jazmines la envolvió como en una neblina. Incluso en las ventanas, alguien había creado un emparrado de preciosas flores silvestres y tulipanes, entremezcladas con cálidas y amarillas luces en serie que iluminaban todo el lugar con un fulgor tenue y sobrecogedor. Por si no fuera poco con ello, todo el ancho balcón y el suelo estaba adornado con vasitos de cristal, que contenían cada uno, una vela pequeña. Arriba y a lo lejos, en el horizonte de tinieblas, no había luna, pero el cielo estaba tan despejado que era un manto atiborrado de estrellas, todas titilitando. Era algo mágico, increíble...

Casi de inmediato, volvió la cara para mirarlo, que estaba parado ahí, a escasos pasos de ella con las manos detrás de la espalda, mirándola con intensidad. Aunque no llevaba un traje o algo así, iba vestido muy elegante, con una camisa en color escarlata y unos pantalones caqui. Serena enrojeció y lamentó haberse vestido como cualquier domingo en casa, aunque el pensamiento le duró poco tiempo.

Seguía completamente extraviada, sólo atinó a abrir los ojos desmesuradamente al admirar el esplendor en general. Incluso ya los tenía inundados de lágrimas, simplemente de reconocer lo que él había preparado sin motivos aparentes. No podía creer lo que estaba viendo, y aunque lo creyera, de todas formas no lo comprendía. Su corazón, en cambio, parecía que algo intuía y ya bombeaba frenético, aguardando lo que se avecinaba...

—Querías un final con flores, corazones, luces y ésas cosas —reveló, extendiendo una mano hacia ella. Serena la tomó por inercia asintiendo como autómata y quedó frente a él. Seiya tomó aire profundamente y siguió —. Mi corazón no lo necesitas, ya es tuyo desde hace mucho... desde que ti vi la primera vez. Y bueno, pues aquí están las flores y las luces...

Serena se quedó paralizada. Sólo atinó a gemir mientras cabeceaba aún mirando alrededor.

—Es hermoso...

Y Seiya clavó su mirada zafiro en ella, sonriendo, con una expresión tan radiante como si lo hubiera impactado una oleada de infinita emoción. A Serena se le erizaron todos los folículos pilosos del cuerpo, y entró como en estado de alerta. El mundo a su alrededor dejó de girar, como si a sus pies de pronto se abriera un abismo al cual iba a caerse. Nunca se había sentido tan nerviosa en presencia de Seiya... ¿por qué? ¿qué pasaba?

Antes de que pudiera reaccionar con cualquier palabra o acción, retrocedió un paso y ya lo tenía frente a ella con una rodilla hincada en el suelo.

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Notas:

Oh. My. Gosh. Sí, bueno... ¡hola! *se abanica con la mano*. No me voy a extender en disculpas, explicaciones ni detalles. Para eso, habrá un pequeño espacio al final y no quiero marearlas más porque ¿pensaron se me había achicharrado el cerebro y lo dejaría aquí? Of course not! o.ó Habrá un epílogo (breve, no esperen otras 40 hojas xD), pero no esperarán mucho, de verdad. Duerman tranquilas que no volveré a desaparecer. Sólo me falta ajustar algo y ¡voila! Se acabó ésta melodramática, larga e intensa historia... sé que lloraré en su momento, pero ahora no. Al contrario, estoy feliz y satisfecha con el resultado y por haberle dado una justa continuidad, pese a haber tardado demasiado, no lo niego.

Mil gracias y espero sus reviews, ya que si no llegamos a los 500 me temo que no habrá epílogo y nunca sabrán que pasó...muajaja! es broma.

Besos de pre-despedida (snif) agridulces,

Kay