Capítulo XXXVI
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Mis manos se abren paso a través de tu ropa, tocando, sintiendo, apretando tu piel. Arrastrándote más cerca, sosteniéndote contra mí cuando me siento profundamente dentro. Asfixiándome cuando tu boca me besa y se lleva mi aire.
Sexo. Sólo sexo, repite mi mente. Y mi corazón late agónico, preso, atrapado.
- Háblame… - me pidió Andrea en medio de jadeos contenidos. Desabotonando la camisa que llevaba, tocándome.
¿Qué podía decirle? ¿Qué me volvía loco? ¿Qué no era capaz de razonar cuando la tenía cerca? ¿Que la he extrañado cada noche y cada día? ¿Cada respiración?
- Me gusta sentirte… - le había murmurado, con los labios pegados a su clavícula. Ella soltó el aire junto a mi oído, para luego hablar.
- Te gusta estar dentro de mí… - murmuró, golpeando mi deseo con sus palabras. Sus caderas balanceándose suavemente sobre las mías.
- Mucho… - respondí buscando sus labios. Abriendo con mis manos, un poco más sus muslos, para profundizar mi entrada.
Su boca contuvo un gemido y sus uñas se clavaron en mi pecho. Me quejé suavemente ante el dolor que me estaba causando. Un dolor que no se acercaba, ni mínimamente, al que me significaba no tenerla. Ante ese pensamiento, apreté más sus caderas contra mí, alzando la mía, chocando y oprimiendo contra sus huesos, porque no podía estar más dentro. Andrea se quejó doliente, pero contrario a lo que podría parecer, no escapó de la violencia de aquella entrada, se aferró más a mí.
- Te necesito… - murmuró y mi corazón se aceleró ante aquellas palabras –… te necesito profundamente… fuerte…
Me sentía demasiado confuso, sus palabras al principio parecían amor, y luego pura lujuria. Quizás por eso, por aquella mezcla de deseo y frustración, fue que enterré mis dedos en su piel, indagando el límite de aquella necesidad, queriendo saber el límite de dolor que ella podía soportar, buscando conocer mi propio limite.
- ¿Lo quieres fuerte?... – le pregunté con cierto acceso de ira que no reconocía en mí.
- Sí… - aceptó quejándose dolida, en tanto mi cadera se alzaba nuevamente hasta levantarla a ella conmigo.
- ¿Quieres saber si duele?... – pregunté. Notando una pequeña vocecita en el fondo de mi mente que me hablaba de algo más que sexo. Pero su respuesta, reafirmada por el modo en que se aferraba a mí, me hizo olvidarla.
- Sí… quiero que duela… - me pidió con la voz entrecortada, con el rostro escondido en mi cuello.
Aproveché el mismo abrazo, para comenzar a golpearme contra ella, notando el dolor en los huesos de mi cadera, cada vez que me impulsaba y el embriagante placer, cuando mi sexo se rozaba en su interior, con las paredes del suyo. Haciéndola jadear, quejarse y suplicar.
- Sigue… - me pedía casi sin voz. Soltándose del abrazo, para sostenerse del respaldo y mantener sus piernas firmes a cada lado de mi cadera, esperando mis embestidas, pidiéndome con aquel gesto, que entrara, que me sumergiera, que la atacara.
- Así… - jadeé, cuando me golpeé nuevamente. Ella se quejó.
- No… más…
Una oleada de deseo me mareo ante su petición.
Ya no importaba la cena, ni las personas que había fuera. Ni el tiempo, ni las razones e nuestra separación. Ni siquiera importaba que alguien entrara y nos descubriera. Sólo importaba el placer, el dolor y la culminación.
Me impulsé otra vez, jadeando ante el choque.
- Así… - angustiado por el latigazo culpable del placer.
Ella se quejó, nuevamente dolida. Recomponiéndose antes de decir algo.
- Oh Bill…
Mi nombre brotó de sus labios, como si cada letra goteara, lastimeramente, desde su boca. Y la apreté otra vez contra mí, rompiendo la resistencia que había mantenido. Busqué sus labios y los lamí desesperado, con la respiración tan agitada, que no podía besarla. Andrea apresó mi rostro, devolviéndome la húmeda caricia. Ambos perdidos y consumidos. O al menos era como deseaba pensarlo. Porque mi alma si estaba consumida.
- Muévete… - le pedí contra los labios. Déjame sentirte, pensé.
Ella comenzó a ondular sus caderas sobre las mías con intensa suavidad, sin dejar de acariciar nuestros labios, nuestras lenguas.
- Más… - le exigí.
Sus movimientos comenzaron a ser más rápidos, poco a poco más inquietos. Nuestras bocas se separaban y nuestras respiraciones se agitaban nuevamente, dejando atrás aquel pequeño remanso, para dar paso a la segunda parte de la tormenta que quería estallar. Quería romper en medio de nosotros. El relámpago de mi deseo, anhelaba abrir su húmedo cielo. Surcarlo, destrozarlo. Así que mis propios movimientos contra su sexo, no se hicieron esperar. En cuestión de segundos éramos el caballo y el jinete, uno montando, el otro conteniendo, ambos compartiendo el ritmo, acelerando el paso como una unidad. Mi sexo cada vez más duro, el suyo cada vez más mojado. Sus gemidos contra mi sien. Mis dientes encerrando su pezón. Mi semen disparándose dentro de ella, como la más primitiva, y egoísta, forma de posesión, marcándola por dentro con mi semilla. Su orgasmo acogiéndolo y convulsionando, extrayendo de mí hasta la última gota, hasta el último resquicio. Llevándoselo todo.
Nos quedamos así un momento. Perdidos en las convulsiones y los jadeos. Hasta que la razón volvió a trabajar.
- Me voy… - dijo ella, poniéndose en pié, separándose bruscamente de mí. Buscando en medio de la oscuridad, su ropa interior.
Yo comencé a acomodarme el pantalón, esperando no tener señales visibles en la ropa, de lo que acabábamos de hacer. Andrea ya estaba lista.
- Bueno… - quiso decir algo y sentí pánico.
No quería palabras, no quería nada que me hiciera pensar que esto significaba algo. Había sido sexo, no quería adornarlo de nada más.
- Nos vemos mañana – concluí.
Ella se quedó de pie un momento si decir nada.
- Sí.
Fue lo último que pronunció antes de salir.
De alguna manera, sentía que ambos temíamos a lo que podíamos decir. Yo no quería que se me escapara ninguna cursilería, sabía que en mí, más allá del sexo, había un sentimiento. No, no había dejado de quererla, aunque aquello me dolía más que dejar de amarla. Y sabía que tenía que matar el sentimiento. Me reí irónicamente, cuando comprendí que estaba buscando matarlo a estocadas.
La puerta se abrió nuevamente, un minuto después de que Andrea saliera. Y el corazón se me disparó. Por un momento tuve la esperanza de que ella hubiese vuelto, para confesarme sus errores y declararme ese amor por el que mi alma agonizaba.
Pero no era ella.
- ¿Estás presentable? – me dijo Tom, desde la puerta.
- ¿Qué haces aquí?- pregunté algo molesto, al sentirme descubierto.
- La vi entrar y luego a ti… - yo mantuve el silencio – fue cuestión de sumar dos más dos.
- Piensa lo que quieras… - me encogí de hombros, no me sentía capaz de reconocer lo que acababa de hacer. Sentía que estaba pisoteando mis propios valores. Había vuelto a caer con Andrea y ella me había engañado. Definitivamente no era algo que quisiera reconocer.
Tom no me contestó a eso, simplemente se limitó a cambiar de tema.
- Deberíamos irnos, mañana tienes trabajo ¿recuerdas? – me preguntó.
- Lo sé mejor que tú… - caminé a la puerta.
Cuando nos despedimos de los presentes. Andrea estaba en un rincón del salón, hablando con los demás integrantes de su equipo, con Esteban sentado en el brazo del sillón en el que ella se encontraba, casi rodeándola con el brazo.
Notaba como se me formaba un nudo en la garganta. Sólo una vez, habíamos dicho ambos. Y sería todo lo que habría.
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Pasaban de las tres de la madrugada y no era capaz de dormir. Sentado junto a la ventana de mi habitación, miro la noche fumando un cigarrillo. Experimentando una profunda intranquilidad. Recordando el ansia de dolor de daño, la momentánea tranquilidad que aquello me ocasionaba. El modo en que Andrea respondía a mis exigencias, con más exigencias aún. Compenetrándonos de una forma tan intensa.
Quizás era lo único que hacíamos bien juntos.
Y ahora mismo deseaba más, en mi mente se recreaba la forma de tener un segundo y último encuentro. Porque sería el último, no habría más después de ese. Quería que ella se me entregara y que luego extrañara todo lo que no volvería a tener.
Me llevé la mano hasta la entrepierna y acomodé la presión que ahí se estaba generando.
Tenía que conseguir verme lo más sensual posible, ser capaz de seducirla con una mirada, atraerla, como hacían las serpientes antes de engullir a sus presas. Eso era lo que quería, saborearla, marcarla, inutilizarla para otro amor. Después de todo, su esposo debería agradecérmelo ¿no?, ella nunca volvería a buscar sexo en otro, porque no encontraría jamás lo que yo iba a darle.
Suspiré, derrotado por mis propios pensamientos.
- No puedo ser tan cruel… - me dije a mí mismo, sabiendo que no podría jamás, ser ni la mitad de lo despiadado que quería ser.
Apagué el cigarrillo y me metí a la cama, poniendo ambos brazos tras mi cabeza, observando el techo. Permitiéndome por un momento sentir lo que realmente había en mi alma, un sentimiento de amor tan intenso que me ahogaba, y luego la frustración, el dolor de saber que ese sentimiento tenía que morir, tenía que matarlo. No podía seguir existiendo.
Y un par de lagrimas se desprendieron de mis ojos, pero no quise secarlas, quería sentirlas mojarme la piel y enfriarse, tal como tenía que enfriarse mi corazón.
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Los exteriores de la campaña, se estaban realizando en los jardines de la residencia de Joseph Krause. Así que ahora mismo me encontraba junto a uno de los arboles, que la noche anterior observaba desde la penumbra de aquella habitación con Andrea.
- Descansa un brazo en el árbol – me ordenaba ella, por petición de Isabelle, la fotógrafa que se había pasado gran parte de la tarde mirando a mi hermano, pero extrañamente Tom no parecía hacerle el mismo caso que la noche anterior.
Hice lo que me pedían y abrí de paso uno de los botones de la chaqueta que me había puesto. La chica comenzó con su secuencia de fotos. Andrea se quedó mirándome, para luego decirle algo, me miró nuevamente y se acercó a mí, haciendo que mi corazón se inquietara. Casi no la había mirado, al menos no mientras ella pudiese notarlo.
Tragué cuando estuvo sólo a unos pasos y sin mirarme a los ojos, e invadiendo completamente mi espacio personal, comenzó a mover la solapa de mi chaqueta y girarla a la altura de la cintura, como si buscara crear un efecto con ello. Todo aquello en un estricto control profesional. El único momento en que sus manos dudaron y sus ojos buscaron fugazmente los míos, fue cuando tocó la cintura de mi pantalón y soltó el primer broche. ¿Era eso necesario? Entreabrí los labios, dejando escapar un suspiro traicionero. Me observó un segundo y noté como se agitaba su propia respiración.
Si sólo no hubiese tanta gente alrededor.
Dos de sus dedos acariciaron mi vientre por encima de la camisa, en una muy clara insinuación.
- No hagas eso… - le pedí en un susurro.
- ¿No te gusta?...
- Mucho…
Me estaba excitando y si seguía así, la foto tendría de mí, más de lo que querría mostrar.
- ¡Andrea! – escuchamos la voz de Esteban, que había llegado junto a Isabelle.
Apreté la mandíbula. Sabía que estaba aceptando este juego, por encima de lo que había.
Ella se separó de mí y regresó, Esteban comenzó a discutirle algo, a lo que Andrea respondió encogiéndose de hombros.
- ¡Bill!... – llamó mi atención la fotógrafa. La miré directamente y una nueva secuencia de fotos comenzó.
Volví a desviar la mirada hacía Andrea, que iba discutiendo más acaloradamente con Esteban. Me sentía tan frustrado por no comprender lo que se decían. La discusión comenzó a distraer a los demás. Isabelle dejé su labor con la cámara y se acercó a ellos, lo mismo hicieron los demás. Tom me miró y alzó las cejas en señal de pregunta. Yo me encogí de hombros, no sabía si debía acercarme también. Uno de los hombres del grupo, puso su mano sobre el pecho de Esteban, intentando alejarlo un poco de Andrea, que para ese momento tenía el ceño fruncido y las mejillas encendidas.
Por primera vez, desde que había vuelto a verla, había sentido cierta compasión por ella. Quería saber qué le pasaba, si estaba bien, si tenía algo que ver en aquella discusión.
Ella alzó ambas manos hacía su esposo y se dio la vuelta, buscando alejarse. Isabelle le habló, pero Andrea negó rápidamente. Miré a Tom nuevamente, notando como creía la incertidumbre dentro de mí. Quería ir con ella.
- ¡Nos tomaremos un descanso! – avisó Esteban, alejándose al interior de la casa, en dirección contraria a la que había tomada Andrea, que se había alejado hacía el estacionamiento.
Tom se acercó a mí.
- Cúbreme – le pedí.
- ¿Qué te qué?... – preguntó incrédulo. Lo miré – a este paso tendrás deudas conmigo, hasta el final de tu vida… - auguró.
Me alejé en la dirección que había tomado Andrea, encontrándola apoyada en uno de los coches. Comencé a caminar lentamente hacía ella, que permanecía con la mirada baja, escribiendo algo en su móvil.
¿Qué podía decirle?
- ¿Vamos a seguir con las fotos o me voy? – casi me reprendí mentalmente, ante la poca suavidad con la que habían sonado mis palabras.
Andrea alzó la mirada y encerró el móvil en su mano, como si quisiera evitar que yo viera lo que decía.
- Hay que terminar… - me dijo. Su voz sonaba ligeramente quebrada, debilitándome – voy enseguida…
Me quedé de pie a un metro de ella.
- ¿Estás bien? – quise saber, sin poder evitar que la pregunta se filtrara. Metí las manos en los bolsillos de aquel pantalón, evitando así la tentación de tocarla.
- Arrugarás el traje… - sonrió un poco.
- No me has respondido… - insistí.
Se encogió de hombros.
- Podría estar mejor… - respondió, dejando la sugerencia abierta. Lo sabía por la forma en que me estaba mirando y por la tentadora manera en que sus labios se entreabrieron. Dios, como deseaba hundir mi lengua entre ellos.
Me atreví a aceptar la sugerencia.
- Quieres… - titubeé, pero me infundí fuerzas, no me iba a atemorizar - … que nos veamos luego…
Tragó antes de separar los labios nuevamente, con un gesto que se me antojó tan sensual.
- Me gustaría pero…
- No me expliques… no quiero… - me apresuré a detenerla. Si me decía que tenía que esconderse de alguien lograría que me arrepintiera.
Ambos nos quedamos en silencio. Hasta que ella habló.
- Estoy en el Atlantic, habitación… - se mordió el labio - …cuatrocientos ochenta y tres…
- ¿En serio?... – no pude evitar la sonrisa sarcástica.
Andrea se encogió de hombros. Yo observé a lo lejos al equipo, que aún se mantenía en su descanso, para luego inclinarme hacía ella y absorber sus labios con un solo movimiento de los míos. Notando de inmediato la punzada del deseo en mi vientre.
Iría a esa cita, aunque sólo fuese por esta última vez. Me sacaría el amor, aunque fuese a base de aburrirme de él.
Continuará…
Que les puedo decir… cómo me cuesta escribir los errores de las personas, las cavilaciones, los caminos errados que toman, pero claro, todos alguna vez los hemos recorrido, hemos intentado engañarnos a nosotros mismos pensando que tomamos un camino, para deshacernos de la espina, pero lo cierto es que nos la enterramos más.
Vanniia… ya lamento que este Bill te cause tantos dolores de cabeza, pero ya verás como su personaje mejora… tenle paciencia.
Besitos a todas y muchas gracias por leer.
Anyara
P.D.: yo quiero que estén así de enfadados conmigo… jojoojojoj
