NdA. Gracias por comentar!
Capítulo 36 Escalada
Harry no daba crédito a sus ojos. No sólo habían matado a las vacas y terneros; los habían envenenado con algo que los había hecho sangrar por cada orificio de su cuerpo. Una crueldad extra para asegurarse de que ni siquiera podrían conservar la carne con hechizos para poder consumirla luego.
-Mierda… ¡Mierda! –Giró la cabeza a su alrededor, buscando al culpable-. ¿Quién ha sido?
Uno de los guardias que tenía ante él abrió la boca como si fuera a decir que no lo sabían, pero entonces oyeron las voces de dos guardias más que se estaban acercando a ellos; entre los dos llevaban, maniatado, a un chico de pelo largo y rubio, más o menos de la edad de Teddy, llamado Abraham Dufrey.
-¡Jefe, lo hemos atrapado mientras trataba de esconderse en el gallinero!
-¿Dufrey? –exclamó Draco, tan sorprendido como Harry.
-¡Yo no he hecho nada! –exclamó Dufrey al mismo tiempo, con voz quebrada-. ¡Jefe, se lo juro, no sé de qué me hablan!
Uno de los hombres que lo había atrapado le lanzó una mirada dura.
-Está mintiendo, yo mismo le he visto huyendo de aquí.
-¡No! ¡Eso no es verdad! ¿Por qué iba a hacer algo así? ¡Siempre he luchado contra los Parásitos!
Harry tenía ganas de poder descargar su rabia contra alguien, pero había algo ahí que no terminaba de cuadrarle. Dufrey no mentía al decir que no se había perdido una sola batalla, una sola escaramuza, desde que estaba en Hogwarts. Se había unido a los Cuervos prácticamente al día siguiente de su creación. Y lo más importante, allí entre los dos guardias parecía absolutamente confundido por lo que le estaba sucediendo. Como si no estuviera entendiendo nada y eso le asustara.
O quizás le asustaba la multitud consternada, furiosa, que se estaba congregando a su alrededor. Harry comprendió que si quería tener la oportunidad de interrogarlo debía llevárselo de allí cuanto antes, así que le dio instrucciones a Wood, que acababa de llegar, para que se encargara de redoblar la vigilancia alrededor de las zonas donde estaban los animales y la comida y se fue con Draco, los dos guardias y Dufrey hacia la oficina de aurores.
-¿Puedes avisar a Blaise para que se reúna con nosotros allí? –le preguntó a Draco por el camino.
-¿Blaise? Claro.
Draco usó a uno de sus elfos para llevar el mensaje y Blaise ya les estaba esperando en la puerta de la oficina cuando llegaron con su habitual aspecto impecable. Todavía no eran las siete de la mañana, pero estaba claro que el mensaje de Draco no le había pillado durmiendo.
-¿Qué ocurre? –preguntó, con el ceño fruncido-. ¿Es verdad que nos hemos quedado sin comida?
-No es tan grave, pero todas las vacas y los terneros han muerto –contestó Draco.
-¿Qué?
Blaise se giró hecho una furia hacia Dufrey, quien trató de desasirse y volvió a repetir que era inocente, y Harry se colocó entre ambos mientras les hacía a los guardias un gesto para que entraran a la oficina con el prisionero.
-Todavía no sabemos exactamente lo que ha pasado –le dijo a Blaise-. Te he llamado porque quiero que compruebes si le han hecho la Improntis.
-¿Los Parásitos? ¿Cómo?
-Es probable que hayan sido ellos, en el Bosque, pero no quiero descartar que lo haya hecho alguien de Hogwarts.
-¿Alguien de Hogwarts? ¿Crees que tenemos un traidor aquí?
-Más bien alguien que quiere aceptar el trato y ha pensado que así forzaría nuestra mano. De todos modos, lo primero es confirmar que está bajo la Improntis.
Era algo que podían comprobar en un momento. Los tres entraron a la oficina y se dirigieron a la salita donde aguardaba Dufrey, al que habían atado a una silla. Parecía a punto de echarse a llorar.
-Jefe Potter, por favor, yo no he hecho nada…
A pesar de la ira que bullía en su sangre, Harry respiró hondo y se obligó a hablarle con amabilidad. Había muchas posibilidades de que Dufrey fuera una víctima más de los Parásitos.
-Vamos a examinarte para ver si estás bajo la Improntis. Tranquilízate, ¿de acuerdo?
Nunca había visto a nadie alegrarse tanto ante la posibilidad de haber sido manipulado mentalmente.
-Oh, Merlín, sí, ¡tiene que ser eso! ¡Si lo he hecho yo tiene que ser por eso! Tomaré veritaserum también si hace falta. Lo que sea.
El examen de Blaise sólo duró unos minutos y a Harry no le sorprendió demasiado escuchar que, efectivamente, se hallaba bajo los efectos de la maldición. Le habían dado la orden de destruir las reservas de alimentos de Hogwarts si el castillo se negaba a aceptar la rendición. Un poco de Legeremancia a manos de Draco confirmó que todo había sucedido en el Bosque Prohibido. Dufrey se había quedado apartado de su grupo durante los combates y más tarde se había unido a otro grupo; según Draco, todos los recuerdos de ese espacio de tiempo estaban obliviateados.
Harry dejó ir a Dufrey sin cargos y se aseguró de dejar claro frente a la gente lo que había pasado, pero sin la posibilidad de poder dirigir su furia a alguien que estaba al alcance de su mano, todo lo que quedaba era el horror de enfrentarse a los hechos. Se habían quedado sin leche y sin dos tercios de la carne de la que disponían. Y mirara donde mirara, todos parecían estar haciendo los mismos cálculos, pensando las mismas cosas. ¿Cuánto iban a poder aguantar ahora el asedio? ¿Cuánto tiempo duraría la comida?
Al mediodía, Grudge les dejó otro mensaje, escueto e irritante:
-Nuestra oferta de paz no va a durar eternamente.
Si Narcissa hubiera podido, la habría desollado viva con sus propias manos. Lo habría hecho durar semanas.
La muerte de aquellos animales había hecho daño al castillo. Narcissa veía muchas más caras dubitativas a su alrededor que el día anterior, gente que no sólo se estaba preguntando si no deberían aceptar ese trato sino que además estaban hablando sobre ello. Como si eso fuera una opción, convertirse en esclavos de los muggles, aceptar que hurgaran en su magia cuando les apeteciera, permitir que esas alimañas se salieran con la suya.
Harry, aurores y demás estaban ahora examinado a todos los que habían participado en la batalla del Bosque para asegurarse de que no había nadie más bajo la Improntis. Narcissa sabía ya que Draco y Scorpius estaban bien y se había reunido en su tienda con los Greengrass, Zhou, Archibald Withers, Andromeda y una amiga de su hermana llamada Corinne, una mujer de mejillas abultadas que a Narcissa le recordaba vagamente a una ardilla. Se la veía nerviosa y Narcissa intentó tranquilizarla.
-No hay necesidad de dejarse llevar por el pánico. Estamos peor que antes, eso no puede negarlo nadie, pero nuestra situación no es tan desesperada. –Por supuesto, aquello sólo era cierto dependiendo de la definición que cada uno le diera a la palabra "desesperada". Ella había tenido varios meses como huéspedes a Voldemort, Greyback y aquella serpiente espantosa y eso le daba cierta perspectiva-. Draco ha visto la despensa del castillo y dice que todavía queda una considerable cantidad de comida. Y en un momento de necesidad, hay gente fuera de Hogwarts que puede intentar mandarnos alimentos.
-Entonces, ¿por qué apenas nos han dado de almorzar? –preguntó Corinne.
-Estoy segura de que la cena será algo más abundante.
-He oído que los centauros pensaban adentrarse un poco en el bosque en busca de ciervos –comentó Wei, dejando sobre la mesa la infusión floja de hierbas que estaban bebiendo.
Withers tamborileó con los dedos sobre la mesa, sus labios fruncidos con desaprobación. Narcissa lo miró inquisitivamente y él se detuvo al saberse observado.
-Estoy preocupado por mis caballos –confesó sin rodeos.
A Narcissa le habría resultado más fácil desechar esa preocupación si no hubiera afectado también a Cassandra, pues cualquier cosa que pudiera pasarles a los caballos alados de los Withers podía pasarle también a Reina y no quería ni imaginar su reacción si alguien se atrevía a matar a la yegua para comérsela. Pero no creía que ese peligro fuera inmediato. Tendrían que tener mucha más hambre para empezar a ver a los caballos como alimento, especialmente a los alados.
-Sería buena idea tomar medidas extra de seguridad.
-Oh, puedes contar con eso…
-Sé que aún no estamos en peligro de morir de hambre –dijo Andromeda, con el ceño fruncido-, pero ¿tenemos realmente tantas opciones?
-Andromeda… -Narcissa no pudo evitar el tono de desaprobación.
-No es lo que deseo, no es lo que deseo en absoluto. Pero no veo una salida y no quiero… -Meneó la cabeza con un gesto terco-. No quiero ver morir a nadie más de mi familia.
Wei le dio unas palmaditas en la mano, pero Narcissa no podía aceptarlo con esa facilidad.
-Todavía hay esperanzas. Y en el peor de los casos, lanzaríamos un ataque desesperado. Pero para mí no puede ser una solución. Sé que los Parásitos nunca dejarían vivos a Draco y a Scorpius. ¿Recuerdas lo que nos contó Fleur Weasley sobre Skeeter y madam Bullard? ¿Los rumores de que las torturaron horriblemente y luego las mataron en castigo a esas portadas ofensivas? ¿Quién crees que tuvo la idea de publicar esas portadas? Y Harry, ¿crees que dejarían vivir a Harry?
Andromeda apartó la vista porque sabía la respuesta a todas esas preguntas. Por supuesto que lo sabía.
-Yo… estoy tan preocupada –dijo, como si encontrara el peso insoportable.
Narcissa suspiró.
-Lo sé, todos lo estamos, pero no podemos darnos por vencidos aún. Y aceptar ese trato es darnos por vencidos.
Andromeda parecía haber abandonado la idea, aunque fuera temporalmente, pero Narcissa se preguntó cuánta gente estaría considerando también la rendición. Daphne, quizás; estaba desesperada por recuperar a su marido y a su hijo. ¿Cuántos más? Esperaba que pocos, pero fuera cual fuera la cifra, si las cosas no cambiaban no haría otra cosa excepto aumentar.
-¿Estás bien?
Mei volvió a la realidad y se dio cuenta de que Daniel estaba mirándola con preocupación.
-Sí. Sólo estaba pensando en la propuesta de los Parásitos. –Él no dijo nada, pero apartó la mano del ordenador para indicar que estaba dispuesto a hablar, si ella quería-. Scorpius dice que no hay una sensación peor que una de esas transfusiones de magia.
Aunque seguro que la Cruciatus era peor.
-Nadie quiere aceptar esa propuesta, Mei.
-Pero podría pasar, si las cosas se tuercen demasiado. –Frunció el ceño-. ¿Crees que el mundo mágico trata bien a los squibs?
La pregunta pilló a Daniel desprevenido, pero se recuperó pronto.
-Nos trata mejor ahora de lo que nos trataba hace cincuenta o cien años, eso seguro. Yo no puedo quejarme; en ese sentido, he tenido suerte. Pero todavía se hace poco por ayudar a los squibs a que sigan siendo parte del mundo mágico.
-¿No se hace duro?
-Cada persona lo vive de una manera. Para mí, no lo es. Me gustaría tener magia, si fuera posible conseguirla sin hacerle daño a nadie, pero mis padres me educaron para que me sintiera bien conmigo mismo. He comido dulces de Honeydukes, he visto Gringotts por dentro y he bebido cerveza de mantequilla en el Caldero. Aunque no pueda hacer magia, el mundo mágico es parte de mí también.
Una parte de Mei, enterrada bajo toneladas de presión, preocupaciones y documentos por investigar, aleteó extrañamente, deseando algo. Eso es bonito, quiso decirle, pero sonaba un poco cursi.
-¿Eso es lo que te gusta de trabajar en la BIM?
-Eso y los ordenadores –contestó, sonriendo-. Quizás dentro de unos años quiera cambiar de aires, pero de momento, estoy bien aquí.
-Me alegro.
Daniel se la quedó mirando y Mei notó un cambio repentino en el ambiente que la dejó como paralizada, incapaz de apartar la vista.
-¡Eh, Whelan! –La voz de uno de los otros BIM los hizo reaccionar a ambos-. ¡Creo que me ha entrado un virus!
Él hizo un gesto de disculpa, algo colorado, y se levantó para ir a ayudar. Mei se quedó donde estaba un momento, preguntándose qué había pasado, y después, casi de manera inconsciente, decidió que no importaba todavía. Su prioridad número uno debía ser el ritual. Apartándolo al fondo de su mente, se levantó, se despidió de Daniel y se fue a seguir investigando.
Al día siguiente, en la biblioteca, Seren miró su reloj con nerviosismo. James y los demás habían ido aquella tarde a atacar a los Parásitos que asediaban a Azkaban, un modo de decirle a Grudge lo que pensaban de sus ofertas de paz. Todavía no habían recibido noticias de ellos y no sabían si había salido bien, si estaban todos sanos y salvos.
-Es pronto –dijo Albus.
Ella asintió y tras intercambiar una breve sonrisa, unidos en su preocupación y amor por James, volvió a sus deberes mientras él, Mei y Scorpius examinaban documentos antiguos. Pensaba ayudarlos luego, cuando acabara su redacción, aunque sabía que su aportación era meramente testimonial; incluso cuando los documentos estaban en inglés, la ortografía y el tipo de letra eran tan raros que tardaba dos horas en leer un simple pergamino de longitud normal.
Los cuatro llevaban allí ya un buen rato. Albus se tironeaba a veces del pelo cuando llegaba a una línea difícil y ya lo tenía tan despeinado como su padre. Scorpius tenía a su gato Nox sentado en su regazo y lo acariciaba mientras leía con expresión concentrada. Mei, que se atascaba menos que los chicos, iba documento tras documento como una fuerza de la naturaleza. Cada poco rompían el silencio consultándose dudas en voz baja y, a medida que avanzaba la mañana, con rugidos de estómago cada vez más frecuentes. Habría sido más divertido si hubieran tenido el consuelo de saber que en el almuerzo podrían satisfacer su hambre.
-¿Os acordáis de la última vez que comimos a gusto de verdad? –dijo Scorpius-. Yo sí. Fue un desayuno. Tomé zumo de calabaza, bacon, un huevo escalfado y dos bollos.
-Yo, zumo, bacon y tostadas con mantequilla y mermelada de fresa –dijo Mei.
-Yo no me acuerdo y os voy a odiar eternamente como no dejéis de hablar de comida –replicó Albus, sin levantar los ojos de su documento.
Scorpius dio un suspiro muy melodramático y regresó a su pergamino, pero el silencio no duró demasiado.
-¿Sabéis qué me ha contado Daniel esta mañana? -dijo Mei.
-¿El squib? -preguntó Scorpius.
Mei le lanzó una mirada fulminante.
-Daniel Whelan, el BIM –corrigió.
Scorpius levantó las manos en gesto de disculpa.
-¿Qué te ha contado?
Seren la observaba, convencida de que aquella reacción sugería algo muy interesante. Total, la diferencia de edad no significaría nada en unos pocos años.
-Cree que ayer los Parásitos intentaron hacer pública la magia en Italia.
Los hipotéticos romances se esfumaron; Seren se quedó mirando a Mei de hito en hito.
-¿Qué? –exclamó Albus.
-Oh, no lo consiguieron –les tranquilizó-. Pero Daniel ha estado mirando por Internet y por lo visto ayer pasó algo raro en unos informativos de la principal cadena de televisión italiana. Alguien intentó entrar en el estudio en el que estaba la locutora hablando y ella gritó en directo que les estaban atacando. Luego la escena se quedó en negro y al cabo de un par de minutos volvió la conexión y la locutora explicó que todo había sido un malentendido. Dice Daniel que si te fijas en el vídeo, justo antes de que se corte puedes ver los destellos de los hechizos reflejados en un televisor que había detrás de la locutora.
-¿Tú lo has visto?
-No, los BIM tenían los ordenadores ocupados esta mañana. Daniel dice que los muggles están muy alborotados con el tema y que hay una docena de teorías circulando. Hay gente, probablemente Parásitos, que ha estado escribiendo en esas redes sociales que la magia es real y que iban a hacerlo público durante los informativos, pero por suerte todos los están tomando por chalados.
Seren apenas podía creer lo que estaba oyendo, impresionada ante la idea de que los Parásitos hubieran estado a punto de revelar la existencia de la magia en televisión.
-Joder… -exclamó Albus-. ¿Mi padre sabe esto?
-Sí, se lo dijeron anoche.
-No vinieron a cenar –recordó Scorpius-. Ni tu padre ni el mío ni tu tía Hermione.
-Probablemente estaban ocupados con ese asunto –dijo Mei-. Esta vez los italianos han conseguido detenerlos a tiempo, pero no me extrañaría que la CIM los obligara a ellos también a ponerse en Cuarentena, al mismo nivel que nosotros. Es realmente la única manera de asegurarnos de que los Parásitos no acaban haciéndolo público.
Y qué mundo más extraño sería aquel, todos los magos confinados en el país en el que habían nacido, familias de sangremuggles y mestizos separadas de la manera más dura y fría. Era terrible y, sin embargo, a Mei no le faltaba razón. Podía llegar el momento en el que el resto de países tampoco tuviera otra opción de asegurar el Estatuto de Ocultamiento.
Un avión de papel interrumpió la discusión al aterrizar suavemente frente a ella. Noticias de James, por fin. Seren se apresuró a desdoblarlo, más tranquila ya porque sabía que si hubiera pasado algo malo, el señor Potter habría ido a decírselo en persona.
-James está bien –confirmó con alivio-. Es de tu padre, han recibido un patronus de Azkaban. James y los demás no han podido hacer tanto daño como querían, pero al menos no han sufrido ninguna baja.
Albus recibió esas palabras con una sonrisa de oreja a oreja.
-Genial… Genial.
-Sí –dijo Scorpius, apretándole el hombro a Albus-, lo importante es que esté bien.
Seren volvió a leer el papel, disfrutando de la certeza de saber que James se hallaba sano y salvo. Por desgracia no podía besarlo ni abrazarlo como le habría gustado, pero podía saborear aquello, aunque fuera durante unos segundos. Después, con un suspiro, se dispuso a terminar su redacción e ignorar las punzadas de hambre. Les habían pedido que escogieran un encantamiento habitual y trataran de encontrarle alguna utilidad para el combate, lo cual no era fácil; por mucha imaginación que tuviera, no iba en esa dirección. Los chicos, que también habían tenido que hacer ese ejercicio, le habían sugerido el Tergeo en los ojos. Como no era un hechizo ofensivo, el Protego no le hacía ningún efecto.
-¡Oh, mierda, joder! –exclamó Albus, en voz alta. Seren alzó la vista hacia él, sorprendida-. ¡Mei, creo que he encontrado algo!
Mei le quitó el pergamino de las manos tan rápidamente que Albus no tuvo tiempo ni de protestar y Seren se la quedó mirando conteniendo el aliento. Algo sobre la Alianza de Hogwarts… Después de tantas semanas… No se atrevía a tener esperanza por miedo a sufrir una desilusión.
Entonces Mei sonrió.
-Merlín, es cierto… ¡Es cierto!
-¡Lee lo que pone! –exclamó Scorpius, que también parecía a punto de estallar.
-Es una carta de un tal Algernon Rosier. Dice: "Si los rumores son ciertos, la Alianza de Hogwarts invoca una magia tan poderosa que podría desafiar al mismísimo Fidelius. ¿Puede imaginárselo? Dicen que la propia Rowena escribió las instrucciones de su puño y letra en un pergamino. Se supone que dicho pergamino se perdió hace un par de siglos, pero he oído rumores de que sigue en Hogwarts. Por supuesto he intentado convencer a la profesora Selwyn para que me deje explorar el castillo durante las vacaciones escolares, pero se ha negado." –Mei levantó los ojos del pergamino-. El resto son quejas sobre la directora, no importa. –Sonrió ampliamente-. Lo que importa es que las instrucciones de Rowena Ravenclaw podrían seguir en Hogwarts.
Seren se mordió los labios, emocionada, aunque sabía que aún tenían que encontrar esas instrucciones.
-¿Creéis que es posible?
-La directora Selwyn fue directora de Hogwarts entre 1798 y 1835 –contestó Mei rápidamente. Tenía esa expresión arrebatada, casi feroz, en el rostro que indicaba que estaba en pleno ataque de inspiración-. Si Rosier pensaba entonces que ese documento sigue en el castillo… Hogwarts no ha sufrido daños internos serios desde entonces, ni siquiera cuando lo atacaron los mortífagos.
-No pueden estar en la biblioteca –dijo Scorpius-. Algo así constaría en el archivo.
-Probablemente –dijo Mei-. Quizás esté escondido en algún sitio. Detrás de la piedra, por ejemplo.
-¡Los centauros! –exclamó Albus.
Las últimas palabras de Firenze, que ya casi había olvidado, recuperaron fuerza en su memoria. Si tenían razón, si el centauro les había dado una pista sobre ese manuscrito de Rowena Ravenclaw… Una breve plegaria escapó de sus labios. Que sea verdad. Que se acerque ya el fin de los Parásitos…
Scorpius se puso de pie y dejó a su gato en el suelo.
-Vete al dormitorio, Nox. Y nosotros, vamos a buscar a los centauros.
Harry se frotó el estómago pensativamente mientras Hermione y él esperaban a que Draco terminara de hablar con Bagnold. Lo que más odiaba de pasar hambre era que le hacía recordar aquellas largas y oscuras noches en la alacena, como si todavía siguiera en las garras de los Dursley. Pero no era el hambre lo que tenía en la cabeza, sino a James. Harry había pensado que con el tiempo podría acostumbrarse a encargarle a su hijo mayor misiones peligrosas. Se había equivocado. Lo odiaba. Odiaba cada minuto, por orgulloso que se sintiera de su valor y su determinación.
-¿En qué estás pensando? –preguntó Hermione.
Se giró hacia ella, notando sus mejillas hundidas, las canas que salpicaban su cabello castaño aquí y allá.
-Creo que voy a darle una alegría a Draco.
Hermione lo miró inquisitivamente, invitándolo a decir más, pero Harry prefería que Draco fuera el primero en escucharlo.
-Bueno –dijo ella-, sé que no es que estás embarazado.
Harry se echó a reír tan fuerte que algunas cabezas, incluida la de Draco, se giraron hacia él con curiosidad.
-Vaya, eso además de una alegría, sería una gran sorpresa, sin duda. No, sólo es algo que esperar después de la guerra, si todo sale bien.
Hermione no le presionó y Draco se reunió con ellos poco después. Mientras echaban a caminar en dirección a la armería, donde los mecánicos construían arcos, flechas y ballestas, Draco les contó que a Bagnold le habían llegado rumores del intento de la facción italiana de los Parásitos de hacer pública la existencia de la magia. Harry no había planeado mantenerlo en secreto y esperaba que la gente no se lo tomara como una señal de que esos criminales estaban ganando terreno.
-Eh, mirad.
Hermione señalaba la escalera. Albus, Scorpius, Seren y Mei estaban bajando por los escalones como si les persiguiera un ejército de inferi.
-Chicos, ¿dónde vais? –Albus fue el primero en parar y al detenerse, los otros le imitaron, impacientes como potros-. ¿Pasa algo?
Entre los cuatro se produjo una rápida y silenciosa conversación. Harry se dio cuenta de que Hermione y Draco estaban tan intrigados como él. Los chicos burbujeaban con visible excitación y Harry dudaba que se debiera a algo sin importancia.
-Hemos encontrado un pergamino que habla de la Alianza de Hogwarts –dijo Albus al fin, con voz veloz y excitada-. Dice que Rowena Ravenclaw escribió las instrucciones para el ritual de su puño y letra y que probablemente ese otro pergamino sigue en Hogwarts. Y creemos que lo que dijo Firenze antes de morir se refiere a eso, así que queremos hablar con los centauros, a ver si podemos averiguar algo más.
Harry intercambió una mirada con Draco y Hermione para confirmar que ellos también estaban alucinando.
-¿Qué?
-Dejadme verlo –dijo Hermione, alargando la mano. Mei se lo dio, con algo de reluctancia y Hermione lo leyó en un momento. Cuando alzó la vista, le brillaban los ojos tanto como a los chicos-. Los centauros no saben absolutamente nada de las palabras de Firenze, de eso estamos seguros, pero deberíamos hablar con el cuadro de la profesora Selwyn. Ella sí podría saber algo.
A los chicos les gustó la sugerencia.
-Iba a ser nuestro segundo paso.
-Avisaré a Minerva –dijo Harry.
Aunque todavía no sabía en qué iba a acabar aquello, la posibilidad de que les condujera a un modo de acabar con los Parásitos hacía que el corazón le latiera más deprisa y si no caminó aún más rápido hacia el despacho de McGonagall fue sólo en consideración a la cojera de Hermione. Durante el trayecto, los chicos les fueron recordando todo lo que habían ido averiguando sobre el ritual. Sonaba como algo que podía vencer a los Parásitos. También sonaba peligroso. La magia tan poderosa siempre era peligrosa.
Minerva les estaba esperando y les abrió la puerta para que pudieran subir a su despacho. En cuanto Harry le explicó lo que pasaba, la directora les indicó cuál era el cuadro de la profesora Selwyn. Se trataba de una mujer de unos ochenta años con ojos fuertemente sombreados en negro y un bombín en la cabeza; en esos momentos estaba fumando en pipa. Harry tuvo la impresión de que debía de haber sido una mujer peculiar.
-Profesora Selwyin, me llamo Harry Potter y soy el Jefe de Aurores.
-Sé quién eres, Harry –dijo con amabilidad-. Es difícil olvidar al niño que derrotó a Voldemort. ¿En qué puedo ayudaros?
-Nos gustaría que contestara a algunas preguntas sobre Algernon Rosier. ¿Le recuerda?
-Sí, era un sujeto de mucho cuidado. Terminó en Azkaban por ladrón, creo.
-Sabemos que se puso en contacto con usted porque quería buscar en el colegio un pergamino de Rowena Ravenclaw, uno que describía el ritual de la Alianza de Hogwarts. ¿Se acuerda de esa conversación? ¿Le dijo dónde creía que podía encontrarse?
Ella meneó negativamente la cabeza.
-No, no entró en detalles.
-¿Está usted segura? –intervino Mei-. ¿No le mencionó ningún posible escondite?
-No. De hecho, ni siquiera me dijo lo que estaba buscando, únicamente que había pertenecido a Rowena Ravenclaw. –Señaló a Harry con la mano con la que sujetaba la pipa-. Pero le dije que no se acercara a Hogwarts. "Algernon", le dije, "si te veo por el colegio te sacaré de aquí de un zurriagazo".
Harry frunció el ceño, decepcionado. Llevaban demasiados callejones sin salida.
-Los centauros dijeron algo que nos hace pensar que ese pergamino puede estar escondido detrás de una piedra –dijo Mei-. ¿Sabe a qué puede referirse? ¿Lo sabe alguno de ustedes?
Ahora se dirigía a todos los directores de Hogwart y había un tinte desesperado en su voz que Harry compartía.
-¿Profesor Dumbledore? –preguntó Hermione.
En su cuadro, el antiguo director de Hogwarts les dirigió una mirada de disculpa.
-Lo siento, no puedo ayudaros. Si se encuentra en el castillo, me temo que podría esconderse en mil sitios. Hogwarts es un lugar de innumerables secretos.
Considerando su propia historia, Harry tenía que estar de acuerdo. Y si la única pista que tenían para hallar ese pergamino era que se ocultaba bajo una piedra, podían pasarse varias vidas buscando. Pero si era realmente una pista, si no eran las divagaciones de un centauro moribundo, debía significar algo. No podía tratarse de cualquier losa, de cualquier rincón. Tenía que ser una piedra que tuviera algún significado, que llamara la atención por algo.
Un momento…
-¿Qué hay en el torreón tapiado? –Todos se giraron hacia él-. Está en el quinto piso, al final de un pasillo. Unas escaleras conducen a él, pero la puerta está tapiada.
Draco sabía de qué hablaba –había estado maquinando allí en los días previos a la Batalla del Túnel-, pero Minerva y él parecían ser los únicos.
-¿Lo has visto? –preguntó la directora, sorprendida.
-Los dos lo hemos visto. ¿Por qué?
-Normalmente hay hechizos repelentes alrededor de la zona, pero deben de haberse debilitado. No lo había notado, lo confieso. Mandaré al profesor Zabini a que los refuerce esta tarde.
-Pero ¿por qué hay hechizos repelentes? ¿Qué hay en el torreón?
Quizás no tenía nada que ver con la Alianza de Hogwarts, pero estaba intrigado, todos lo estaban. Incluso Hermione. Al parecer, "Historia de Hogwarts" no lo contaba todo.
-Me temo que no lo sé –dijo Minerva-. El torreón fue tapiado hace siglos y su entrada no sólo está protegida por hechizos repelentes. Lo que sé es que cuando Albus me nombró subdirectora, me habló de él y me dijo que jamás debía cruzarse. Y antes de que le preguntes a él, me dijo que tampoco lo sabía, que era el mensaje que él había recibido del profesor Dippet.
-Bien, entonces hay que preguntarles a los directores quién estaba al mando en el colegio cuando tapiaron ese torreón –dijo Mei.
-Veremos si hay suerte.
Minerva se giró para hablar con los cuadros. Harry sabía por qué necesitaban suerte: no había retratos de los directores anteriores al siglo XV, incluidos, por desgracia, los Fundadores. El director más antiguo era un hombre canoso, con un jubón dorado de mangas abultadas, calzas escarlatas y un sombrero que parecía un pequeño almohadón rojo con una pluma. El que habló, sin embargo, fue otro hombre que se presentó como profesor Lemoine. Harry no habría sabido deducir su época sólo por su aspecto - llevaba una túnica verde botella y una larga barba blanca que se bifurcaba al llegar a la mitad de su pecho-, pero el propio Lemoine les dijo que había sido director de Hogwarts durante el siglo XVI.
-Mas temo ser portador de malas nuevas, mi buenos señores, pues si lo que buscáis se halla en esa alcoba, bien podríais considerarlo perdido para siempre.
-¿Por qué? –preguntó Harry, aguantando las ganas de lanzar un gruñido de frustración.
-El torreón albergaba el estudio del profesor Gaunt. Era un hombre de un intelecto brillante, mas su mente convirtióse en su peor enemigo. Durante un experimento, cometió un error e invocó una fuerza que no es de este mundo. Hay quien cree que se trata de una nube de locura, aunque nadie lo sabe con seguridad. Baste decir que el profesor Gaunt volvióse loco y loco se ha vuelto todo el que ha intentado entrar allí para deshacerse de esa fuerza. Por esa razón, decidí que lo más sensato era tapiar el torreón. La fuerza no puede salir de ahí; vinculada está mágicamente a la habitación. Si no podemos deshacernos de ella, al menos podremos evitar que perjudique a más gente.
-Esperad un momento… -Ese era Draco. Harry se giró hacia él y lo pinzándose el puente de la nariz como si estuviera a punto de dolerle la cabeza-. Profesor Lemoine, ¿estáis diciendo que en una habitación del colegio hay encerrada una fuerza que enloquece a todo el que entra en contacto con ella?
Harry le puso la mano en el hombro para tranquilizarlo e intercambió una mirada fugaz con Scorpius, que también estaba pendiente de una posible erupción de su padre.
-Puedo aseguraros de que el lugar es seguro –dijo Lemoine con una ligera condescendencia-. Nadie ha entrado allí desde que tapiamos la entrada y son muy pocos los que siquiera han llegado a verla.
Dumbledore asintió desde su cuadro.
-Como he dicho, Hogwarts es un lugar con muchos secretos.
Draco tomó aire, como preparándose para decir lo que opinaba de los colegios con fuerzas enloquecedoras escondidas, y Harry le pidió sin palabras que lo dejara correr.
-De todos modos -dijo Minerva mientras-, nada nos dice que el pergamino esté allí.
Una sensación de abatimiento recorrió el grupo, pero Mei retomó las preguntas al momento, pequeña y tenaz como un terrier.
-¿Cuándo ocurrió eso, profesor Lemoine?
El antiguo director de Hogwarts se mesó la barba.
-Dejadme pensar… Yo no llevaba mucho de director. Entre 1525 y 1528, calculo. Sé que fue antes de 1530.
-¿Qué enseñaba el profesor Gaunt?
-Historia de la Magia –contestó Lemoine.
-¿Estaba interesado en los Fundadores?
-Lo cierto es que sí, planeaba escribir un tratado sobre ellos.
Mei se giró hacia ellos.
-No podemos saberlo con seguridad, eso es cierto. Pero hay indicios de que el pergamino existe y está en Hogwarts. No consta que nadie lo haya visto desde hace siglos y casualmente hay una habitación donde nadie ha entrado desde hace siglos. Una habitación que pertenecía a un profesor de Historia de la Magia que estaba escribiendo un libro sobre los Fundadores. Encaja.
Una parte de Harry le estaba diciendo que encajaba porque el dichoso pergamino estaba allí. No era sólo lógica, era intuición. Pero eso sólo abría la puerta a más problemas, si no podían entrar al torreón para averiguarlo.
-Les contaremos todo esto a los Inefables. Puede que ellos sepan qué clase de fuerza invocó Gaunt y cómo contrarrestarla. Si… –La alarma de Hogwarts le hizo detenerse con un respingo y una maldición. Los Parásitos no podían haber elegido un peor momento-. Vamos…
Ya iban todos hacia la puerta, decididos, con la varita en la mano. Harry se preguntó qué querrían los Parásitos, si iban a atacarles, si venían con otra ridícula oferta de paz. No tuvo que esperar demasiado; apenas habían bajado las escaleras del despacho cuando oyeron la voz de Grudge.
-¡Gente de Hogwarts! Os hemos propuesto la paz y ¿cuál ha sido vuestra respuesta? ¡Atacarnos! –Hubo una pausa y Harry se dio cuenta de que todos ellos se habían quedado parados, escuchando. Con un gesto, los puso a todos en marcha de nuevo-. Pero yo me pregunto si es eso lo que realmente queréis la mayoría de vosotros. Si de verdad deseáis rechazar esta oportunidad de regresar a vuestras vidas con vuestros seres queridos. Creo que hay entre vosotros personas soberbias que os están guiando mal. Extremistas, mortífagos, personas egoístas que serían capaces de conduciros a la muerte por una miserable oportunidad de hacerse los héroes. Ahora me doy cuenta de que mientras esas personas sigan con vida, la paz no será posible. Harry Potter y sus hijos, los mortífagos que tienen por amantes, esos engreídos de la CIM que no han hecho nada por ayudaros… Esos son los que os separan de la paz. Debéis libraros de ellos. Escuchad mis palabras: cualquiera que pueda demostrar que ha matado a uno de ellos quedará libre de las donaciones para siempre. Ellos y su familia más directa. Elegid bien. Elegid lo que es mejor para vosotros.
