Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.
Capítulo 36
Mis botas y mi jersey estaban en paradero desconocido, así que Edward me pasó el suyo por encima de la cabeza, con lo que él se quedó con una camiseta fina de algodón y vaqueros. No podíamos hacer nada con respecto a los zapatos.
Pero había sobrevivido. En realidad, tener los pies helados era agradable comparado con lo que acababa de experimentar.
Sin tiempo que perder, Edward me cogió en brazos y salió corriendo del almacén. Una vez fuera y sin verse afectado ya por el ónice, sentí el cortante viento contra las mejillas cuando cogió velocidad. Segundos después, estaba abrochándome el cinturón en el asiento del pasajero de su todoterreno.
—Puedo sola —murmuré mientras obligaba a mis dedos a sujetar el metal. Edward vaciló al ver que me temblaban las manos y luego asintió con la cabeza. En un abrir y cerrar de ojos, ya estaba detrás del volante y girando la llave.
—¿Lista?
Cuando el cinturón se enganchó en su sitio, me recosté contra el asiento, sin aliento. El ónice había hecho algo más que bloquear la Fuente. Me sentía como si hubiera escalado el monte Everest llevando un peso de cincuenta kilos atado a la espalda. No entendía cómo Edward todavía iba a toda máquina, sobre todo después de la labor de curación con Jason, aunque hubiera admitido que había sido una chapuza.
—Podrías dejarme —dije cuando caí en la cuenta—. Irías más rápido… sin mí.
Edward enarcó las cejas mientras rodeaba con cuidado los contenedores de basura.
—No pienso dejarte.
Yo sabía cuánto deseaba llegar hasta el edificio de oficinas… hasta Emmett.
—No me pasará nada. Puedo quedarme en el coche y… tú puedes hacer la cosa esa de la supervelocidad.
Edward negó con la cabeza.
—Ni hablar. Tenemos tiempo.
—Pero…
—Que no, Bella. —Pisó a fondo en cuanto salió del aparcamiento—. No voy a dejarte sola. Ni por un segundo, ¿está claro? Tenemos tiempo. —Se apartó el pelo de la frente con una mano mientras apretaba la mandíbula con fuerza—. Cuando recibí el mensaje sobre lo de tu madre y luego no me contestaste, pensé que tal vez ya estabas en el hospital en Winchester; así que llamé, y cuando me dijeron que tu madre no estaba ingresada…
El alivio me inundó. Mamá estaba bien.
Edward negó con la cabeza.
—Pensé lo peor… creí que te tenían. Y estaba dispuesto a hacer pedazos este maldito pueblo. Pero luego me llegó el mensaje de Jason… Así que no, no pienso perderte de vista.
Sentí una opresión en el pecho. Mientras yo era presa del pánico en aquella jaula, no había tenido tiempo de considerar que Edward era consciente de todo lo que estaba pasando; pero ahora sabía que esas horas debían de haber sido un infierno para él, una repetición de los días posteriores a la supuesta muerte de Emmett. Se me partió el corazón al pensarlo.
—Estoy bien —susurré.
Me miró de reojo mientras aceleraba por la carretera principal en dirección este. Si no nos paraban por exceso de velocidad, sería un milagro.
—¿De verdad?
Asentí con la cabeza en lugar de hablar porque tenía la sensación de que le afectaría oír mi voz dañada.
—Ónice —dijo aferrando el volante—. Hacía años que no lo veía.
—¿Sabías lo que hacía? —Si mantenía la voz baja casi no sonaba áspera.
—Cuando nos estábamos integrando, los vi usarlo con aquellos que causaban problemas, aunque yo era joven. Pero, de todas formas, debería haberlo reconocido en cuanto lo vi. Lo que pasa es que nunca lo había visto así: en barrotes y cadenas. Y tampoco sabía que te afectaría a ti de la misma forma.
—Fue… —Me quedé callada mientras respiraba hondo.
Había sido el dolor más atroz que jamás había experimentado. Supuse que era como dar a luz, más una cirugía sin anestesia. Como si las células mutadas de debajo de mi piel intentaran liberarse, rebotando entre sí. Como si me desgarraran desde dentro… Al menos, eso me había parecido.
La idea de que otra persona pasara por eso me provocó un nudo en el estómago. ¿Controlaban así a los Luxen que causaban problemas? Era inhumano y una tortura. No hacía falta mucha imaginación para pensar que así habrían estado controlando a Emmett… y al amigo de Benjamín. ¿Y habían retenido a Emmett durante más de un año y a Amun quién sabe cuánto? Horas… Yo solo había pasado horas en la jaula con el ónice. Horas que permanecerían conmigo hasta que exhalara mi último aliento. Pero solo habían sido horas, mientras que era probable que otros hubieran pasado años. Durante aquellas horas, algunas partes de mi alma se habían oscurecido… endurecido.
Hubo momentos en los que habría hecho cualquier cosa para que parase. Sabiendo eso, no podía ni imaginarme lo que les habría hecho a otros… y a Emmett.
La ansiedad se apoderó de mí. No podría soportar que Edward pasara por eso. Enjaulado y sufriendo sin un final a la vista… La desesperanza que acabaría invadiéndolo, el dolor que lo convertiría en una persona diferente. No me veía capaz de poder vivir con eso.
—¿Bella? —Su voz estaba cargada de preocupación.
Esas horas y lo que había aprendido en ese tiempo me habían cambiado. No. Ya había empezado a cambiar antes de eso: había pasado de ser alguien que odiaba los enfrentamientos a alguien que quería entrenar y conseguir poder para luchar… y matar. Mentirles a las personas que me importaban se había convertido en algo que hacía de forma natural, cuando antes siempre había sido una persona bastante honesta. Era para protegerlas, sí, pero mentir era mentir.
Ahora era más audaz, más valiente. Algunas partes de mí también habían cambiado para mejor.
Y sabía, sin lugar a dudas, que mataría para proteger a Edward y a mis seres queridos sin vacilar ni un momento. La antigua Bella no podría entenderlo.
Las cosas ya no eran blancas o negras, sino de un tono gris: mi brújula moral se había vuelto ambigua.
Necesitaba que Edward supiera algo.
—Benjamín y yo no somos muy diferentes.
—¿Qué? —Me miró bruscamente—. Tú no te pareces en nada a ese hijo de…
—Sí nos parecemos. —Me volví hacia él—. Hizo lo que hizo para proteger a Amun. Traicionó, mintió, mató. Ahora lo entiendo. No significa que nada de lo que hizo estuviera bien, pero lo entiendo. Yo… yo haría cualquier cosa para protegerte.
Se quedó mirándome mientras lo que yo no había llegado a decir flotaba en el aire entre nosotros. No estaba segura de si me había convertido en una versión mejor de mí misma o no. Y tampoco estaba segura de si eso cambiaría la forma en la que Edward me veía, pero tenía que saberlo.
Edward estiró una mano y entrelazó sus dedos con los míos. Se mantuvo concentrado en la oscura carretera mientras apretaba nuestras manos unidas contra su muslo y las mantenía allí.
—Aun así, no te pareces en nada a él, porque al final no le harías daño a alguien inocente. Tú tomarías la decisión correcta.
Yo no estaba tan segura de eso, pero su fe en mí me llenó los cansados ojos de lágrimas. Parpadeé para contenerlas y le apreté la mano. Edward no lo dijo, pero yo sabía que él no tomaría la « decisión correcta» si alguien a quien quería estuviera en peligro. No había tomado la « decisión correcta» cuando los dos agentes del Departamento de Defensa nos sorprendieron en el almacén.
—En cuanto a Jason, ¿qué… qué crees que le pasará?
Edward soltó un gruñido.
—Dios, quiero ir a por él, pero hicimos un trato. En el peor de los casos, se cabreará cuando la mutación desaparezca y volverá a por nosotros. Si pasa eso, me encargaré de él.
Enarqué las cejas. Para mí, el peor de los casos sería que regresara de cualquier forma (normal, mutado o lo que sea) y volviera a acercarse a mi madre.
—¿Crees que es imposible que la mutación permanezca?
—Sí, siempre y cuando Anthony tenga razón. Me refiero a que quería hacerlo para sacarte de ahí, pero no era ese tipo de deseo auténtico y profundo. Se rozó una arteria, pero no estaba muriéndose. —Me miró un momento—. Ya sé lo que estás pensando. Que si mutó, estamos conectados a él.
Curar a Jason sin saber con certeza cuál sería el resultado suponía un riesgo y un sacrificio enormes para Edward.
—Sí —admití.
—Ahora no podemos hacer nada al respecto, salvo esperar.
—Gracias. —Carraspeé, pero no sirvió de nada—. Gracias por sacarme de allí.
Edward no respondió, pero sus dedos apretándome los míos me anclaban a la realidad. Le hablé de los Dédalos; pero, como esperaba, no sabía nada de ellos.
La pequeña charla que mantuvimos de camino al edificio de oficinas debilitó aún más mi voz y, cada vez que mis palabras terminaban con una nota áspera, Edward se estremecía. Apoyé la cabeza contra el respaldo a la vez que obligaba a mis ojos a permanecer abiertos.
—¿Estás bien? —me preguntó Edward mientras nos acercábamos a la calle Hopes.
Esbocé una sonrisa temblorosa.
—Sí. No te preocupes por mí ahora. Todo…
—Todo está a punto de cambiar.
Paró en la parte posterior del aparcamiento, frenando en seco. Se soltó la mano y apagó el motor. Respiró hondo mientras le echaba un vistazo al reloj en el salpicadero. Nos quedaban cinco minutos.
Cinco minutos para sacar a Emmett de allí si lo que Jason había dicho era verdad. Cinco minutos no eran, ni de lejos, tiempo suficiente para prepararse para aquello.
Me quité el cinturón de seguridad haciendo caso omiso del cansancio que se había apoderado de mis huesos.
—Vamos.
Edward parpadeó.
—No tienes que entrar conmigo. Sé… que estás cansada.
Ni de coña iba a dejar que Edward se enfrentara a aquello solo. Ninguno de nosotros tenía la menor idea de lo que nos aguardaba allí dentro, de en qué condiciones estaría Emmett. Abrí la puerta e hice un gesto de dolor al sentir como si miles de alfileres y agujas se me clavaran en los pies. Edward apareció a mi lado en un segundo y me cogió de la mano mientras bajaba la vista para mirarme a los ojos.
—Gracias.
Sonreí a pesar de que por dentro las entrañas se me retorcían. A medida que nos acercábamos a la puerta principal, comencé a rezar una pequeña oración en mi cabeza dirigida a quienquiera que estuviera escuchando.
« Por favor, que esto no acabe mal. Por favor, que esto no acabe mal.» Porque, en realidad, había tantas cosas que podrían salir mal que resultaba aterrador.
Edward agarró el tirador de las puertas dobles de cristal y, sorpresa, sorpresa, no estaban cerradas con llave. Nuestra desconfianza aumentó. Era demasiado fácil, pero ya habíamos llegado hasta allí.
Levanté la mirada y vi un trozo redondo de ónice incrustado en el ladrillo.
Una vez dentro, estaríamos sin poderes, con excepción de la curación. Si aquello era una trampa, estábamos jodidos.
Entramos. A la derecha, el sistema de alarma tenía una luz verde, lo que significaba que no estaba conectada. ¿Cuánto dinero había invertido Jason en aquello? Los guardias del almacén, Vaughn y toda la gente a la que había tenido que sobornar para que dejaran el edificio de oficinas abierto.
El dinero no debía de haber sido un obstáculo para él. Por favor, si hasta había entregado a su propia sobrina.
El vestíbulo era como el de cualquier otro edificio de oficinas: mostrador semicircular, plantas artificiales y baldosas baratas. Había una puerta que daba a una escalera y que habían dejado convenientemente abierta. Le eché un vistazo a Edward y le apreté la mano. Nunca lo había visto tan pálido, tenía la cara tan tensa que parecía hecha de mármol.
En cierta forma, su destino esperaba arriba. Su futuro.
Enderezó los hombros y se dirigió hacia la puerta. Subimos la escalera tan rápido como pudimos. Cuando llegamos arriba, me temblaban las piernas de agotamiento, pero el miedo y la emoción me bombeaban adrenalina en la sangre.
En el último rellano, había una puerta cerrada. Encima de esta, había más ónice: una buena señal. Edward me soltó la mano y rodeó el picaporte con los dedos mientras un ligero temblor le subía por el brazo.
Contuve el aliento mientras abría la puerta. Se me pasaron por la cabeza fugaces imágenes del inminente encuentro. ¿Habría lágrimas y gritos de alegría? ¿Estaría Emmett en condiciones de reconocer a su hermano? ¿O habría una trampa esperándonos?
La habitación estaba a oscuras y la única iluminación provenía de la luz de la luna que entraba por una ventana. Había un par de sillas plegables apoyadas contra la pared, un televisor en el rincón y una jaula grande en medio de la habitación, equipada con el mismo tipo de esposas que colgaban de la mía.
Edward entró despacio en la habitación y las manos le cayeron a los costados. Su cuerpo emanó calor a la vez que se le tensaba la espalda.
La jaula… estaba vacía.
Una parte de mí no quería procesar lo que eso significaba, no podía permitir que ese pensamiento penetrase y arraigase. El estómago se me encogió y las lágrimas me quemaron el fondo de la dolorida garganta.
—Edward —lo llamé con voz ronca.
Él se acercó a la jaula con pasos rígidos, se quedó allí un momento y luego se arrodilló, apretándose una mano contra la frente. Un estremecimiento sacudió su cuerpo. Corrí a su lado y le coloqué una mano sobre la rígida espalda. Los músculos se le contrajeron cuando lo toqué.
—Nos ha mentido —dijo con voz entrecortada.
Estar tan cerca, estar a pocos segundos de ver a su hermano de nuevo, resultaba desgarrador. La clase de devastación de la que uno no se recuperaba.
No había nada que yo pudiera decir. No había palabras que pudieran hacerlo sentir mejor. El vacío que se abría en mi interior no era nada comparado con lo que sabía que estaría sintiendo Edward.
Me arrodillé detrás de él, conteniendo un sollozo, y apoyé la mejilla contra su espalda. ¿Habría estado Emmet allí alguna vez? Por lo que había dicho Jane, había muchas probabilidades de que hubiera estado en el almacén; pero, si había estado allí, ahora había desaparecido.
Había desaparecido otra vez.
Edward se incorporó de pronto. El movimiento me cogió desprevenida y perdí el equilibrio; pero él se dio la vuelta, me agarró antes de llegar al suelo y me puso en pie.
Mi corazón titubeó y después se aceleró.
—Edward…
—Lo siento. —Su voz sonó áspera—. Tenemos… que salir de aquí.
Asentí con la cabeza, dando un paso atrás.
—Lo… lo siento mucho.
Él apretó los labios formando una fina línea.
—No es culpa tuya. Tú no has tenido nada que ver con esto. Nos ha engañado. Nos ha mentido.
Francamente, lo único que me apetecía era sentarme a llorar. Aquello era tan injusto…
Edward me cogió de la mano y regresamos al coche. Subí y me abroché el cinturón con los dedos entumecidos y el corazón apesadumbrado. Salimos del aparcamiento y tomamos la carretera en silencio. Varios kilómetros después, dos todoterrenos negros pasaron a nuestro lado a toda velocidad. Me volví en el asiento, esperando que los vehículos dieran un giro de ciento ochenta grados en medio de la carretera, pero siguieron adelante.
Me di la vuelta y miré a Edward. En ese instante, su mandíbula parecía tallada en hielo. Los ojos le brillaban como diamantes desde el momento en que salimos del edificio de oficinas. Quise decir algo, pero no había palabras que pudieran hacerle honor a su pérdida.
Edward había perdido a Emmett otra vez. La injusticia de aquella situación me corroía.
Me estiré entre los dos asientos y coloqué una mano en su brazo. Me miró un segundo, pero no dijo nada. Me recosté en el asiento y observé pasar el paisaje formando un borroso mar de sombras. No aparté la mano de su brazo, esperando que le proporcionara consuelo, como él había hecho antes por mí.
Para cuando llegamos a la carretera que conducía a nuestra calle, apenas podía mantener los ojos abiertos. Era tarde, pasada la medianoche, y lo único positivo era que mamá estaba trabajando y no preguntándose dónde diablos había estado todo el día. Probablemente me hubiera mandado varios mensajes, y no iba a hacerle ni pizca de gracia cuando le respondiera con alguna excusa patética.
Mamá y yo teníamos que hablar. Ahora no, pero pronto.
Edward aparcó el todoterreno delante de su casa y apagó el motor. El coche de Alice estaba en la entrada junto con el de Anthony.
—¿Los llamaste para contarles lo que había pasado… conmigo?
Edward inspiró y me di cuenta de que no había estado respirando durante todo ese rato.
—Querían ayudar a buscarte, pero los hice quedarse aquí por si acaso…
Por si acaso las cosas salían mal. Una medida muy inteligente. Por lo menos, Alice no había tenido que experimentar la desgarradora esperanza que luego se había convertido en una desesperación infinita, como le había pasado a Edward.
—Si la mutación no permanece, encontraré a Jason y lo mataré —me aseguró.
Era probable que yo lo ayudara. Pero, antes de poder responder, Edward se inclinó y me besó. La tierna caricia no concordaba para nada con lo que acababa de decir. Mortífero y dulce: así era Edward; dos tipos muy diferentes de almas vivían en él, fusionadas.
Se apartó con un estremecimiento.
—No puedo… no puedo ver a Alice justo ahora.
—Pero ¿no se preocupará?
—Le mandaré un mensaje después.
—Vale. Puedes quedarte conmigo. —« Para siempre» , quise añadir.
Una sonrisa irónica apareció en sus labios.
—Me marcharé antes de que tu madre vuelva a casa. Lo juro.
Eso sería una buena idea. Me pidió que esperara mientras bajaba y rodeaba la parte delantera del todoterreno, moviéndose más despacio que de costumbre.
Los últimos sucesos habían hecho mella en él. Abrió la puerta y estiró los brazos hacia mí.
—¿Qué haces?
Enarcó una ceja.
—Has ido descalza todo este tiempo, así que no vas a caminar más.
Quise decirle que podía caminar, pero un instinto me advirtió que no lo presionara. Edward necesitaba hacerlo, en ese instante necesitaba cuidar de alguien. Cedí y me deslicé hacia el borde del asiento.
La puerta principal de su casa se abrió de golpe y chocó contra la pared, haciendo un ruido parecido al de un disparo. Yo me quedé paralizada, pero Edward dio media vuelta, con los puños apretados, preparándose para enfrentarse a cualquier cosa y esperando lo peor.
Alice salió corriendo. Incluso desde allí pude ver las lágrimas que relucían en sus pálidas mejillas y bajo sus ojos hinchados. Pero estaba riéndose. Sonreía, parloteando sinsentidos, pero sonreía.
Bajé del asiento e hice una mueca cuando el penetrante frío me hirió la piel.
Edward dio un paso adelante a la vez que la puerta de la casa empezaba a cerrarse pero luego se detenía. Una figura alta y delgada llenó la entrada, meciéndose como un junco. Cuando la forma dio un paso al frente, Edward tropezó.
Dios mío,
Edward nunca tropezaba.
Comprendí el motivo despacio y tuve que parpadear, demasiado asustada para creer lo que veía. Todo aquello era surrealista, como si me hubiera quedado dormida en el camino de regreso y estuviera soñando con algo demasiado perfecto.
Porque bajo el resplandor de la luz del porche había un chico de pelo cobrizo y ondulado que se rizaba alrededor de unos pómulos anchos, labios grandes y expresivos y ojos apagados pero aún de un llamativo tono verde. De pie en el porche había una réplica exacta de Edward. Estaba demacrado y pálido, pero era como ver a Edward en dos lugares al mismo tiempo.
—Emmett —susurró Edward con voz ronca.
Entonces echó a correr, aporreando con los pies el suelo congelado y luego los escalones. Los ojos se me llenaron de lágrimas, que cayeron por mis mejillas mientras Edward estiraba los brazos y su cuerpo más ancho ocultaba el de su hermano.
De algún modo, no sabía cómo, Emmett estaba en casa.
Edward abrazó a su hermano, pero Emmett… simplemente se quedó allí, con los brazos colgando. Su rostro era igual de hermoso que el de su hermano, pero estaba trágicamente falto de expresión.
—¿Emmett…? —La voz de Edward estaba cargada de incertidumbre cuando se apartó.
Sentí que las entrañas se me retorcían formando dolorosos nudos de ansiedad que me subieron por la garganta, donde se quedaron atascados y me dejaron sin aliento..
Mientras los dos hermanos se miraban fijamente (con el viento levantando copos de nieve del suelo y haciéndolos girar hacia el cielo nocturno), recordé lo que Edward había dicho antes. Había estado en lo cierto. En ese momento, todo cambió… para bien y para mal.
Yyyyyyy eso es todo!!!!
Terminamos el segundo libro!! Si quieren seguir leyendo la saga entren a mi perfil y encontrarán la adaptación del tercer libro llamado OPAL.
Gracias a quiénes siguieron la historia y por sus comentarios! nos seguimos leyendo... :)
