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-Katniss- la joven levantó la vista de la caja que estaba cerrando y etiquetando -Gianna te espera en su despacho- le dijo Irene, una de sus compañeras. Ésta frunció el ceño, extrañada.
-Ahora mismo voy- contestó -¿puedes seguir con ésto?- le pidió, mientras se limpiaba las manos en su delantal.
-Claro, ve tranquila- respondió ésta, con una pequeña sonrisa.
Durante el camino a la oficina, situada en el primer piso, Katniss saludó con una sonrisa a las chicas que estaban en las diferentes secciones; la mayoría de ellas habían salido de los campos de concentración. Todas ellas parecían hermanas gemelas, con el pelo corto y delgadas... todas ellas personas inocentes, que habían tenido la inmensa fortuna de escapar. Al llegar allí, tocó a la puerta con suavidad.
-¿Me has llamado, Gianna?- preguntó, una vez tuvo permiso para entrar.
-Pasa, Kat- la invitó ésta, con una pequeña sonrisa. La joven hizo lo que le pidió, acercándose hasta el borde de la mesa.
-¿Ocurre algo?- preguntó con preocupación.
-Tranquila- sonrió, de manera divertida, incluso un poco misteriosa -la señora Droyeski necesita ayuda con la limpieza; ¿crees que podrías ir a casa y ayudarla?-.
-Seguro- afirmó ésta -¿pero no será un problema que no esté en la fábrica?-.
-Es sólo un día, Kat; no pasará nada- la calmó -yo avisaré a Annie y al resto- después de unos minutos fue a guardar la bata y el delantal que usaban allí dentro, para coger su abrigo de la taquilla y el pañuelo para su cabeza, y encaminarse hacia la pensión.
La mañana era soleada pero muy fría; las cumbres de los montes ya lucían ese manto blanco tan característico, señal de que el frío y el invierno estaban a punto de aparecer. Escondiéndose en el abrigo que le habían dado, ya que le quedaba un poco holgado, recorrió con paso rápido los escasos cinco minutos que separaban la pensión de la factoría. Pero nada más cruzar el lúgubre portal, se topó de bruces con su casera.
-Señora Droyeski, ¿a dónde va?- le preguntó extrañada -Gianna me ha dicho que necesitaba ayuda con la limpieza general-.
-Yo ir... casa mía hermana- se explicó la buena mujer, en su escaso conocimiento de la lengua germana; Katniss no entendía nada. Ellas comían en la fábrica al mediodía, de modo que pasaban el día fuera de la pensión, a menos que estuvieran enfermas.
-Tú ir casa...- la sacó de su estupor la señora, señalándole las escaleras -tú deber ir casa...- con esas palabras la mujer salió a la calle. Katniss la siguió con la mirada hasta que ésta dobló la esquina de la calle, sin entender nada... puede que Gianna le haya dejado una nota arriba, explicándole que debía hacer.
Nada más cerrar la puerta de la casa, un extraño escalofrío recorrió cada célula de su cuerpo. Se oía la madera del suelo de salón crujir de manera suave, señal de que alguien se paseaba por la estancia. Con precaución se acercó a la estancia... y su corazón se detuvo al ver la espalda de un hombre alto, vestido con un traje de chaqueta negro. Miraba por la ventana, con las manos cruzadas detrás de su espalda; esas manos que reconocería entre miles, y ese pelo rubio brillando por la luz del sol.
-Peeta...- murmuró, a pesar del nudo que se empezaba a formar en la garganta.
El teniente Mellark se dio la vuelta nada más escuchar su nombre; su corazón sufrió una sacudida al toparse con su pequeño ángel. Sus facciones ya no estaban tan marcadas, señal de que estaba comiendo; las ojeras que rodeaban sus ojos eran menos pronunciadas... respiró aliviado para sus adentros. Aunque sabía por Caesar que ella estaba bien, necesitaba constatarlo con sus propios ojos.
El mes que había pasado había sido uno de los peores de su vida; aunque en Ravesbrück las cosas seguían igual, no era lo mismo; cada día que pasaba soportaba menos no tenerla frente a sus ojos, asegurarse por sí mismo de que estaba bien... y tenía que verla una vez más, tenía que pedirle perdón por todo el daño causado, antes de que se fueran a Inglaterra.
-Estás aquí- susurró ella, no se había dado cuenta de que se había parado frente a él; posó una de sus pequeñas y temblorosas manos en su pecho. La joven no daba crédito... estaba allí, podría verlo una vez más.
-Kat...- intentó que la joven le mirara, pero permanecía con la cabeza agachada, sollozando y llorando -mírame, por favor- volvió a insistir.
-Estás aquí, Peeta...- repetía una y otra vez; sintió su pequeña mano ser envuelta por una de las del teniente; toda su entereza se vino abajo en ese momento.
Su corazón sufrió un vuelco al sentirse rodeada por un cálido y reconfortante abrazo; su llanto se volvió intenso y nervioso, y se agarró a él como si su vida dependiera de ello, no quería dejarle ir de su lado.
-Kat, por favor... no llores- le pidió con voz suplicante, a la vez que el joven seguía refugiándola todavía más entre sus brazos. Sentirla junto a él le parecía un sueño -tenía que verte una vez más, para pedirte perdón...-.
-No tienes que pedirme perdón, Peeta...- pudo por fin hablar, muy nerviosa - Mad... Madge me enseñó tu carta- los brazos del joven se tensaron en torno a su cuerpo -¿por qué... por qué no me dijiste nada...?- le reclamó. Por fin sus ojos grises hicieron conexión con los de Peeta; había tantas peticiones silenciosas en ellos, que al joven no le quedó otro remedio que hablar.
-Kat...- empezó a decir, pero su ángel de nuevo escondió su cara en su pecho, llorando en silencio; su pequeño cuerpo temblaba, a cuenta de los espasmos producidos por el llanto. Sin separarse de ella un sólo milímetro, la condujo hasta el raído sofá que presidía la estancia. Se sentó, llevándose consigo a su amor. Esperó a que ella se quitara el abrigo y volviera a sus brazos, sintiendo un reconfortarte calor en su pecho cuando ella se acurrucó contra él.
-¿Cómo has llegado aquí... no te han descubierto, verdad?- habló ella, frenética y nerviosa, una vez que su llanto se apaciguó.
-Tranquila- la calmó, tomando su pequeña mano, que había agarrado con fuerza su chaqueta -la versión que tienen ellos es que vengo de visitar un campo de trabajo en Polonia; de hecho es verdad- le explicó, esbozando una pequeña sonrisa - Gale, uno de los oficiales, y que también trabajan en la organización, ha venido conmigo-.
-¿Por qué te has arriesgado de esta forma, Peeta?- le reclamó ella, mirándole con preocupación y pena.
-No podía permitir que nada te ocurriese, Kat; no podía quedarme de brazos cruzados, viendo todas esas atrocidades... no podía soportar que llegara un día en el que instalaran una cámara de gas, y tener que firmar sentencias de muerte, o permitir que más chicas mueran a manos de los oficiales o se quiten la vida, porque no soportan ese infierno- le explicó -puede que haya cometido muchos errores, uniéndome al ejército y dejando que esos ideales nublaran mi sentido común- se auto reprochó, con rabia contenida.
-Peeta... nunca has sido cómo ellos- le intentó decir la joven.
-Sí que lo he sido Kat; por desgracia, es algo que nunca podré borrar de mi pasado; pero tú volviste a aparecer en mi vida, en aquella estación de tren polaca... y mi mundo se desmoronó; había pasado años tratando de olvidarte, ahora sé que el estampar mi firma en ese documento para que fueras a Ravensbrück fue dictada por mi corazón... debía tenerte conmigo- los ojos de Katniss volvieron a aguarse -te amo, Kat... nunca dejé de hacerlo y nunca dejaré de hacerlo- el corazón de ésta se expandió en su pecho -sé que quizá nunca puedas perdonarme...-.
-Nunca he tenido que hacerlo- le interrumpió ella, acariciando su cara con cariño -has arriesgado tu vida para poder sacarnos de allí... y lo sigues haciendo, salvando a gente inocente; nunca ha sido como ellos-.
-No podía permitir que siguieras en ese lugar- exclamó Peeta, con un nudo en la garganta -y me dan igual las consecuencias de mis actos; tú podrás ser libre, vivir tranquila, segura y alejada de este infierno... esa es la mejor recompensa que puedo sacar de todo ésto-.
-Ven conmigo...- la súplica de su amor le dejó paralizado -yo jamás he dejado de amarte Peeta... y no podría soportar que algo te ocurriera-.
El cuerpo de teniente seguía sin poder reaccionar... oír esas palabras que creyó no podría volver a escuchar jamás fue como si un torrente de energía iluminara de nuevo su alma y maltrecho corazón... su Kat seguía amándole; sin apenas pensarlo, sus labios se posaron en los suyos de manera lenta y delicada; sintió las pequeñas manos de su ángel cruzarse por detrás de su cuello, acercándole más hacia ella, y no pudo evitar dejarse llevar.
Volver a sentir el calor y la suavidad de sus labios fue un regalo para Katniss... tantos meses reprimiendo unos sentimientos que seguían ahí, latentes como el primer día. Su padre siempre decía que, a veces, las personas se obcecan en sus propios sentimientos, impidiendo ver los de la otra persona, aunque las señales estuviera ahí... y eso era lo que había pasado con ellos. Él, porque pensaba que ella nunca podría perdonarle el haberla puesto en peligro, y haberla mandado a un campo de concentración; y ella, porque si su autoestima de normal ya era baja, en esos meses había pasado a ser completamente nula.
Creía que su amor era imposible.. un oficial de las SS, una prisionera judía... pero su Peeta nunca dejó de ser ese chico delgado y encantador, que le susurraba palabras al oído mientras la besaba, bajo la atenta mirada de las montañas de Landeck... el hogar al que, seguramente, jamás regresarían.
El tiempo se detuvo para la pareja, los besos pasaron a ser demandantes y necesitados, y ambos temblaron cuando sus lenguas entraron en contacto, bailando una delicada danza; muchos sentimientos contenidos a lo largo de esos meses; con ese silencioso gesto, ambos sacaron todas esas sensaciones que tan bien guardaban, pensando que era sólo eso... recuerdos.
Lágrimas se agolpaban de nuevo en los ojos grises de Katniss, que se aferraba a esos besos y al cuerpo de su amado como si su vida dependiera de ello. El joven notó la humedad en sus mejillas, y lentamente fue deshaciendo el beso.
-Kat mi amor... no llores- le pidió, besando su cara, arrastrando con sus labios las lágrimas.
-Te quiero...- era lo único que acertaba decir ésta -te quiero ...-.
-No merezco nada de lo que me estás diciendo, Kat...- negó frustrado... dios... ¿tan buena era, para que no le importara nada de lo ocurrido los meses anteriores, y siguiera siendo merecedor de ese cariño...?
-Claro que te lo mereces- le contradijo, abrazándose a él; no sabía que iba a pasar con ellos en el futuro... pero tenía clara una cosa, ella le esperaría, y estaría a su lado, aunque estuvieran a miles y miles de kilómetros de distancia.
Una necesidad recorrió su cuerpo, desde el último pelo de su cabeza hasta la punta de sus pies... quería sentirlo junto a ella, lo necesitaba, para poder sobrevivir a todo lo que se les venía encima.
-Hazme el amor... quiero estar contigo...- le suplicó contra la piel de su cuello. Sintió los fuertes brazos del joven tensarse en torno a su cintura, y enseguida la joven se dio cuenta de sus palabras... que idiota había sido; ella todavía no estaba plenamente recuperada, y su cuerpo tardaría mucho en ser lo que era.
-Kat...- exclamó, sorprendido por esa petición.
-Necesito sentirte conmigo- le volvió a pedir, ahora con la cabeza baja y avergonzada -puede que mi cuerpo no sea el m...- en completo silencio, Peeta se levantó, todavía con ella en sus brazos, llevándola con cuidado a través del angosto pasillo, como si fuera la cosa más frágil que existiese.
Una vez llegaron a la habitación, Peeta la posó con delicadeza en la cama, para después cerrar con la pequeña llave que tenían cada una de las puertas de los dormitorios.
-Kat... no sé si pued...- la mente del teniente no podía pensar con claridad... era lo que más deseaba en este mundo, ser uno sólo con ella.
-Por favor- de nuevo sus preciosos ojos chocolate cristalinos, llenos de pena y súplica -sé que mi cuerpo todavía está dañado y feo... per...- un dedo paró la nerviosa verborrea que salía por su boca.
-Siempre me has parecido la criatura más preciosa que jamás he visto- susurró él, sentándose a su lado en la cama -eres tan bonita...- las mejillas de Katniss se sonrojaron, y a Peeta le pareció lo más delicioso y encantador del mundo -siempre serás la mujer más hermosa para mí- siguió diciéndole, a la vez que deshacía el nudo del pañuelo. Una mueca de vergüenza se instaló en el rostro de ésta, pasando tímida una mano por su cabello, todavía corto.
-No, mi amor- le reprochó con cariño -no tienes por qué sentir vergüenza conmigo... dios... eres tan bonita...- sus palabras murieron en los suaves y pequeñitos labios de la joven, acariciando a su vez su cara, sus hombros, su pelo...
A partir de ese instante, el tiempo dejó de existir para la pareja. Entre susurros, promesas y palabras de amor, la ropa desapareció, dejando el camino libre a las ávidas manos tanto de Peeta cómo de Katniss. Sus cuerpos fueron recorridos con lentitud y cariño, registrando en su mente el tacto, el olor, la sensación de estar piel con piel...guardando todos esos toques y besos para que su esperanza de volver a reunirse, en el futuro, no fuera tan larga y triste.
-Te quiero...- repetía el joven, degustando el sabor de la piel de Katniss, besando sus pechos con infinito cuidado, pasando sus manos por sus todavía marcadas caderas... tan suave, tan pálida... tan bonita...
-Por favor, Peeta...- la súplica de su pequeño ángel era música para sus oídos. Con extremo cuidado fueron uniéndose, quedándose estático unos segundos, disfrutando de su calor, de tenerla debajo de él; los orbes grises que tanto amaba le decían tantas cosas, le miraban con tanto amor...
En completo silencio su boca volvió a reclamar la de su amada, a la vez que esa danza tan intensa para cualquier pareja de amantes empezaba a surgir de sus cuerpos... sus dedos entrelazados, sus frentes pegadas, sus labios bebiendo el uno del otro... disfrutando de todas las sensaciones que ese íntimo acto les proporcionaba.
Susurros ahogados por besos, cuerpos entrelazados entre sí, suaves gemidos y jadeos... un nombre salía de los labios de cada uno, cuerpos colapsando y cayendo agotados el uno junto a otro... miles de te quieros inundaron la pequeña habitación, testigo de ese gran amor que nunca murió.
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El resto del día pasó deprisa, para desdicha de la pareja. Apenas se separaron, necesitaban tocarse el uno al otro, bien fuera con un pequeño roce involuntario o tomarse de la mano... les quedaban muy pocas horas para poder estar juntos, y debían aprovecharlo.
La sorpresa de las chicas fue mayúscula cuando llegaron de su jornada laboral, corriendo hacia Peeta y abrazándolo con cariño. La pequeña Prim, todavía cohibida por su presencia, también le agradeció todo lo que había hecho por ellas. Con la compañía de Gianna y de la señora Droyeski, disfrutaron de una sencilla pero agradable cena. Allí el joven les explicó que irían a Inglaterra, con Sae, hasta que pudieran rescatar a los familiares que hubieran sobrevivido. Johanna se iría directamente a Canadá si conseguían dar con el paradero de su hermano y cuñada; la joven pudo aportarles más datos cuando llegó a Lebork, y ahora intentaban localizarle en Toronto.
Gale también estaba en la mesa, compartiendo plato con las chicas. Peeta y Gianna les explicaron que tanto Jared, Boggs como el propio Gale trabajaban para la organización, y que no tenían nada que temer. Madge reconoció la voz que le dijo que no respirara cuando destaparon su cuerpo, y le agradeció al joven oficial moreno el haberla sacado de allí; Katniss los miraba curiosa, ya que no dejaban de charlar entre ellos... y los ojos de su amiga brillaban contentos.
Esa noche Madge les cedió el dormitorio, y Peeta y Katniss se quedaron despiertos hasta altas horas de la madrugada, hablando de mil cosas; recuerdos alegres y tristes fueron evocados, y pequeños y dulces besos robados... así hasta que ambos sucumbieron al cansancio, quedándose dormidos en los brazos del otro.
Pero a la mañana siguiente, Katniss no pudo reprimir sus lágrimas cuando Gale avisó a Peeta que debían partir. El joven tampoco estaba mejor que su ángel; ahora que la había recuperado odiaba dejarla... pero si se iba con ellas, sería demasiado sospechoso, y tal cómo le habían dicho Finnick, Gianna y el resto, debía guardar las apariencias por un tiempo. Sin soltar la pequeña mano de la que volvía a ser su novia, se despidió de todas ellas. Annie, Johanna y Madge lloraban, a la vez que le daban las gracias de nuevo. Incluso Prim le dio un pequeño abrazo, alentada por Katniss.
Por fin, el teniente abrazó a su amor con fuerza, queriendo fundirse con ella una vez más. Ésta escondió su cara en el hueco de su cuello, mojándolo con su llanto.
-Prométeme que nada te pasará...- le suplicó, ahogando un sollozo y agarrando su chaqueta con fuerza -prométeme que volverás a mi...-.
-No quiero que estés condenada a esperarme, Katniss; quiero que seas feliz, y...-.
-No podré ser feliz con alguien que no seas tú- le interrumpió -prométeme que me escribirás, y volverás a mi- le volvió a pedir.
-Te lo prometo- le aseguró, tomando su cara y enmarcando su rostro con ternura -tampoco podría vivir sin ti- le dijo, antes de acercar sus labios una vez más a los suyos, robándole un último beso, que Katniss respondió con todo lo que tenía.
Sin poder soportar de nuevo ver sus ojos tristes, Edward deshizo el beso, para murmurarle un último te amo antes de darse la vuelta, y montar en el coche, junto a Gale, la joven se quedó quieta, viendo como el automóvil se alejaba por la estrecha y oscura calle, todavía oscura, ya que apenas había amanecido.
-Vuelve a mi...- exclamó en voz muy baja y entre lágrimas -vuelve a mi, Peeta...-.
