Susana lo vio desplomarse pesadamente en el suelo.

"¡Ahora será mío!" – pensó llena de felicidad.

Se inclinó sobre él y le dio la media vuelta para comprobar que estaba inconsciente. El aliento de Terry cosquilleó su mejilla y ella sonrió.

"Eres tan apuesto"- susurró acercando sus labios a los suyos.

Volver a besar a Terrence después de tanto tiempo era un sueño hecho realidad.

Llevó su mano hacia la mejilla masculina para recorrer las facciones masculinas mientras se decía a si misma que estaba haciendo lo correcto, él le pertenecía e iba a hacérselo entender de una o de otra manera.

Tomó los brazos de Terrence y los colocó sobre su cabeza antes de empezar a halarlo. El cuerpo del actor se resbaló muy poco y Susana se percató que no había pensado en el peso del actor antes de desmayarlo. Llevarlo hacia el sótano iba a ser más difícil de lo que había calculado.

"¿Por qué eres tan pesado?" – protestó Susana dándole un puntapié después de diez minutos.

Dejó escapar un grito de frustración y volvió a arrastrarlo mientras sudor corría por su frente. Logró acercarlo hasta una puerta y la abrió para revelar las escaleras que llevaban hasta el sótano. Una interrogación apareció en el rostro de la mujer mientras contemplaba como bajarlo. Tomando una decisión, colocó al joven en el primer peldaño y le dio un empujón. Susana palideció al verlo dar tumbos antes de caer en el sótano y corrió hacia él. Asustada colocó los dedos bajo su nariz y respiró aliviada al comprobar que estaba vivo.

"¡Pobrecito pero al menos estaba inconsciente!"

Logró llevarlo hacia una de las vigas de la casa y lo colocó en posición sentada contra ella para amarrarlo con sogas muy gruesas, del tipo que usaban en la marina.

Una vez terminada su tarea, lo besó en los labios y corrió escaleras arriba hacia el cuarto de su madre.

"¡Lo logré, madre!" – dijo llena de júbilo.

Elizabeth Marlowe miró a su hija desde la silla en que estaba atada y amordazada, sus ojos denotando angustia.

"¡No me mires así, mamá! ¿Quieres decirme algo? Espero que sea algo amable" – dijo acercándose a ella.

"¿Qué es lo que lograste?"

"Lo que te dije. Traje a Terrence hasta acá y ya lo llevé al sótano."

"Eso es secuestro."

"¿No vas a apoyarme?"

"¡De ninguna manera y te exijo que me sueltes!"

"No puedo hacer eso, mamá. Tú quieres impedir que Terrence y yo estemos juntos."

"No pueden estar juntos. Él tiene a su familia."

"¡No! ¡Ya no será así! ¡Terrence será solo mío!"

"¡Basta! ¡Estás cometiendo una locura!"

"¡No estoy loca!" – dijo amordazándola – "¿Te das cuenta? Por eso tengo que callarte, eres muy mala."

Elizabeth intentó hablar pero Susana le hizo un gesto con la mano.

"Es inútil, mamá. Mejor descansa un poco mientras yo me encargo de Terrence."

La mujer empezó a llorar al ver salir a su hija de la habitación.

Terrence abría los ojos pesadamente, la luz de la luna que se filtraba por la ventanilla lo estaba molestando.

"¡Oh…mi cabeza!" – se quejó.

No sólo le dolía la cabeza sino todo el cuerpo como si lo hubiera arrollado un camión. Intentó moverse pero algo lo detuvo y por primera vez bajó la mirada hacia su cuerpo para darse cuenta que estaba atado. Frunció el ceño intentando recordar cómo había llegado ahí. Los recuerdos se agolparon en su mente y acentuando el dolor de cabeza que tenía.

"¡Susana!"

¡Tenía que ser culpa de Susana! Ella era la última persona que habia visto antes de perder el conocimiento. Se movió contra las sogas en un vano intento por liberarse antes de mirar a su alrededor. Estaba en un sótano, rodeado de cajas y muebles viejos. El actor frunció las cejas y empezó a vociferar para llamar la atención.

"¡Susana! ¡Susana!" – llamó con rabia.

Terrence escuchó unos pasos apresurados sobre el piso de madera, el chirriar de una puerta al abrirse y los pasos apresurados de Susana que descendía por los peldaños. La mujer apareció frente a él con una mirada de susto en sus ojos.

"¡Por todos los cielos, deja de gritar! ¡Vas a despertar a todos los vecinos!"

"¡Eso mismo quiero hacer! ¿Por qué me tienes aquí?"

"¡¿Cómo que por qué, tontito?! ¡Porque te amo!"

"¿Qué?"

La mujer se arrodilló junto a él y le sonrió. Terrence la miró a los ojos y se percató que ella no estaba en sus cabales, tenía la mirada vacía y cristalizada.

"Ya te lo dije, Terrence: estamos destinados a estar juntos."

"Suéltame ahora mismo, Susana. No tienes derecho a tenerme aquí."

"¡Claro que sí! ¡Yo te amo!"

"¡Pero yo no!"

"Por eso mismo te tengo que tener aquí…necesitas tiempo para llegar a amarme."

"¿Tiempo para amarte?"

"Te voy a tratar como un rey…o como el duque que eres. Te voy a cocinar y mimar y acariciar."

"¡Estás loca!" – le espetó sin poder contenerse.

La mano de Susana le dio una bofetada.

"¡Eres un maleducado!" – dijo ella – "y ahora te quedarás aquí hasta que aprendas a amarme, quieras o no."

"Susana…"

"Y por majadero, tendré que amordazarte."

Al verla acercarse a él, Terrence empezó a debatirse pero Susana lo aquietó cerrando sus dedos alrededor del hombro del actor. El pegó un gritó y ella terminó de amordazarlo.

"¿Duele, verdad? Te dislocaste el hombro, Terrence, me di cuenta cuando te ataba a la viga. Lo pondría en su sitio pero no quiero que tengas todas tus capacidades, podrías querer escapar y eso no me daría la oportunidad de enamorarte."

Susana se puso de pie y lo besó en la frente.

"Volveré con tu desayuno en un par de horas. Descansa."

Terrence escuchó los pasos subir la escalera y la puerta cerrarse.

"¡Ha perdido la razón! ¿Cómo me voy a librar de esta?" – se preguntó luchando con sus ataduras -

Candy no había cerrado los ojos en toda la noche por más esfuerzo que había hecho. Era imposible dormir sin su otra mitad al lado y apenas empezó a filtrarse la luz del sol por su ventana se levantó. Caminó hacia la habitación de Alexander para comprobar que seguía durmiendo y se dirigió hacia la habitación de Eleonor. Sólo tuvo que dar un leve toque para que su suegra la dejara entrar.

"¿Qué sucede, Candy?" – preguntó ella ataviada en su bata.

"Terrence no ha llegado" – dijo atropelladamente.

"¿Qué?"

"Terrence no regresó anoche, no llegó del teatro."

"¡No puede ser!" – Dijo Eleonor levantándose – "¿No te avisó si se iba a algún lado?"

"No… ¿Cree que se haya ido de… juerga?"

"¿Por qué preguntas eso? Sé que Terry disfruta de una buena parranda pero hace tanto que no lo hace" – dijo pensativa.

"Creo que debemos ir a buscarlo."

"Espera Candy, déjame hablar con Robert."

Diez minutos después el director les había confirmado que ni él ni ningún miembro del elenco se habían ido de parranda con Terrence. Candy miró a Eleonor con preocupación.

Para media mañana ambas mujeres habían recorrido los hospitales de la ciudad y visitado las comisarías. No había rastro de Terrence por ningún lado, nadie podía dar razón de él. Ahora las dos estaban sentadas frente a Richard Grandchester pidiendo su ayuda. El hombre se puso de pie y caminó hacia la licorera para ganar tiempo. ¿Cómo decirle a la madre de tu nieto lo que estaba pensando? Tomó un trago largo antes de decidirse a hablar.

"¿Qué tal si decidió huir una vez más?"

La pregunta del duque fue un balde de agua fría para Candy.

"¿Qué dice? No puede hablar en serio."

"¡Richard, que ocurrencia!" – protestó Eleonor.

"No tendría nada de extraño…huir es sinónimo de Terrence."

"Eso no es verdad" – dijo la madre del actor.

"Lo ha hecho toda su vida."

"¡No! ¡El no haría eso, me lo prometió!"– exclamó Candy.

"Terrence no es bueno cumpliendo promesas" – dijo el duque – "Antes de dejarte en Londres… ¿no había prometido quedarse contigo?"

Candy sintió un horrible vació en el estómago al recordar la primera promesa que él le había hecho y lo fácil que la había quebrantado. Todos los sufrimientos del pasado retornaron a su mente.

"¡No puede ser!" – Insistió ella – "además, sus detectives no lo habrían permitido."

"Los despedí hace tiempo, Candy. Yo también creí en su palabra y ordené que dejaran de vigilarlo."

"Estoy segura que él no se ha ido, Candy" - Eleonor posó su mano sobre el hombro femenino para consolarla.

"No le des esperanzas, Elly."

"¡Claro que se las doy! Terrence ama a su esposa y a su hijo."

"Pero más se ama a sí mismo" – contestó Richard.

"¡Basta!" – Dijo Candy – "¡Estoy segura que él no desapareció por su cuenta!"

"Eso tenemos que comprobarlo. ¡Menos mal que vine a América!" "¿Te das cuenta que tenía razón cuando te dije que debía llevarme a Alex a Londres?"

"¡Terry no nos ha abandonado! ¡Algo le pasó!"

"¿Estás segura?" – insistió Richard.

"Estoy segura."

El duque la miró fijamente y terminó por cavilar.

"Está bien, Candy, voy a confiar en tus instintos. Hablaré con la policía y mis detectives…esto podría tratarse de un secuestro."

"¿Un secuestro?" – se sorprendió Candy.

"Terrence es de la nobleza"- le recordó Richard – "pero si él ha desaparecido por su cuenta, no lo haré regresar. Estoy cansado, Candy. Si él quiere seguir huyendo que lo haga pero me llevaré a Alex."

"Usted no…"

"Tú puedes venir conmigo. Es más, te lo sugiero. No creo que merezcas un esposo que te abandona por segunda vez."

Candy sintió mil punzadas en su corazón ante las palabras del duque e hizo un esfuerzo por no llorar frente a él.

"Terrence aparecerá, estoy segura."

Al otro lado del océano Atlántico, un joven soldado salía de las barracas para dirigirse hacia la playa. El cielo estaba lleno de estrellas y la brisa marina refrescaba aquella noche calurosa de verano.

"Parece mentira que estamos en medio de un guerra" – se dijo pensativo – "todo adquiere un toque de normalidad durante la noche".

Él se tendió sobre la arena y llevó una de sus manos hacia el bolsillo para sacar una foto vieja y arrugada. Un suspiro nostálgico se escapó de sus labios al recordar el día en que había sido tomada: el día en que Candy se había convertido en una Andrey.

Stear sonrió al verse retratado junto a Archi, Anthony y Candy. Ellos tres estaban de pie tras ella, como si la estuvieran resguardando, y Candy estaba sentada con una Dulce Candy en las manos. Los cuatros sonreían felices, ajenos a los problemas del mundo, ajenos a sus propias tristezas, disfrutando aquel momento de felicidad absoluta en que Candy estaba con ellos y ellos estaban con Candy, nada ni nadie los iba a separar o al menos eso es lo que ellos creían.

"¡Cuantas vueltas da la vida! ¿Quién se hubiera imaginado que Candy se casaría con alguien que no era de la familia? Ella iba a ser la esposa de uno de nosotros…bueno, de Anthony, todos lo sabíamos. ¿Quién creería que Anthony no estaría con nosotros y que yo estaría en una guerra que no es la mía?"

Stear se incorporó para sentarse y sacó una cigarrillera de su bolsillo.

"¿Quién diría que yo estaría fumando?" – pensó divertido mientras buscaba la fosforera que Terrence le había regalado.

"Yo ya no la necesito" – había dicho el actor – "espero que te sirva de algo".

"¿Para encender cigarrillos?" – preguntó Stear levantando una ceja.

"Para encender una fogata…no creo que a Candy le agrade que empieces a fumar".

"Si lo hago te echaré la culpa a ti" – dijo burlón.

"Sí, claro. ¿Quieres meterme en problemas, no?"

Stear sonrió mientras encendía el cigarrillo y exhaló después de tomar una bocanada. Sabía que no era saludable fumar y que Candy no lo aprobaría pero fumar era un lazo en común que tenían los soldados. Todos venían de estratos sociales diferentes, de diferentes países y de diferentes costumbres pero encender un cigarrillo y compartirlo con tu camarada era el comienzo de una hermandad y en una guerra tu hermandad era tu apoyo y tu consuelo.

"Archi ¿cómo estarás?" – se preguntó.

Le había dolido en el alma no despedirse de Archi pero no tuvo el valor de hacerlo.

Si bien Archi era menor a él, Stear pensaba que ellos tenían una conexión muy particular, similar a la que compartían los gemelos. Había sido imposible decirle adiós a la persona que siempre había estado junto a él, a la persona que lo conocía como ningún otro pero sabía que era la mejor opción: Archi, a pesar de su actitud arrogante era extremadamente sensible y no hubiera soportado la despedida.

"Sé que Annie cuidará de ti, hermano. Ella es tu complemento".

Volvió a tenderse sobre la arena pensando en su familia y se sintió bastante sólo.

Dejó escapar un suspiro bastante ruidoso antes de percatarse que había dos pies junto a su cabeza.

"¿Le sucede algo, soldado?" – preguntó una delicada voz femenina.

"¡Hola!" – dijo saludando a la enfermera.

Su nombre era Amy Owens y era una inglesa con piel de magnolia, cabello rubio lacio y ojos melados. Tenía una personalidad muy alegre y vivaz; decían que hablaba hasta por los codos.

"¿No podía dormir soldado?"

"Ya te dije que mi nombre es Stear."

"Me gusta más llamarte soldado" – dijo tendiéndose junto a él – "¿Qué haces? ¿Contar estrellas?"

"Podría decirse."

"¿O pensando en la novia que dejaste en América?"

"¿Novia?"

"¡Oh, vamos! No me digas que no tienes novia."

"La verdad es que no, - ¿y tú?"

"¿Novia?"

"Sabes a lo que me refiero, Amy, no te hagas la interesante."

"Me preguntaste si tenia novia y te dije que no…"

"Graciosa" – dijo halando un mechón de su cabello.

Por respuesta ella le tiró un puñado de arena sobre la camisa.

"¡Oye!"

"No te quejes…pude tirarla a tu rostro y no lo hice" – dijo con picardía.

"Entonces debo estar agradecido…"

"Más o menos"– dijo mirándolo antes de reír.

"Su risa es verdaderamente agradable" – pensó Stear.

"¿Por qué estás fumando?" – preguntó quitándole el cigarrillo de los labios.

"Tenía ganas."

"Pues, quítatelas" – le dijo – "No termino de entender por qué son los hombres tan necios."

"Es por hermandad, Amy."

"¿Hermandad?"

Stear le explicó y al terminar su relato se encontró con las cejas fruncidas de Amy.

"Eso es lo más ridículo que he escuchado en mi vida, soldado. ¿No tenías una mejor historia?"

"Te dije la verdad."

"¡Pamplinas! ¿Por qué no?… ¡Mira! ¡Una estrella fugaz!" – dijo apuntando con el dedo.

"¡No la vi!"

"¡Donde hay una, hay dos!" – Dijo entusiasmada – "¡No te olvides de pedir un deseo!"

"Un deseo…"

"¡Deseemos juntos que esta guerra acabe pronto!" – dijo tomando la mano de Stear entre la suya – "¡Dos deseos son más fuertes!"

"¡Claro!" – dijo mirando la manita entre la suya.

Una estrella fugaz cruzó el cielo y Stear pidió un deseo.

"Abre la boca."

Terrence miró a la mujer junto a él con verdadero fastidio.

"Te dije que no quiero comer, Susana."

"Tienes que comer, preparé esto especialmente para ti."

"Yo no te pedí que lo hicieras."

"Lo sé pero lo hice por amor."

"Si me quieres tanto, suéltame y deja que me vaya a mi casa."

"¿Y qué regreses con Candy? ¡De ninguna manera!"

"Ella es mi esposa."

"Yo debería serlo."

"Pero no lo eres…"

"¿Crees que si nos hubiéramos conocido antes que la conocieras a ella, te habrías casado conmigo?"

Terrence contempló la respuesta a darle y decidió correr un riesgo.

"Claro que sí."

"¡Lo sabía! ¿Te das cuenta? Por eso no te puedo dejar ir, hay esperanzas."

El actor se hubiera dado un golpe al darse cuenta de su error pero estaba atado.

"No hay esperanzas, Susana."

"¿Y si…algo le pasa a Candy? ¿Si te quedaras viudo?"

"Si algo le sucede a Candy jamás te lo perdonaré, Susana" – le advirtió.

"¡Tranquilo! No soy una asesina."

"Solo una secuestradora."

"No me dejaste otra solución. No querrías escucharme ni que te demostrara cuanto te amo. ¿No te das cuenta de lo que estoy haciendo por ti?

"¡Nadie te lo pidió!"

"No me levantes la voz" – le pidió llorosa.

"¡Me desesperas! ¡Déjame ir de una buena vez!"

"Eres un necio" – dijo incorporándose – "Volveré más tarde con tu cena."

"¡Ahórrate el esfuerzo que no voy a comer!"

"¡Malcriado!" – Dijo atando la mordaza – "pero igual te quiero."

Susana subió las escaleras y cerró la puerta tras ella. Una vez más Terrence empezó a luchar con sus ataduras hasta que la soga se calentó. El actor sintió el ardor en su piel y no se detuvo hasta que sintió la sangre correr por sus muñecas.

"¡Tengo que lograrlo! ¡Tengo que regresar a Candy!"

El hecho que Susana hubiera hablado de una viudez lo había alarmado en extremo. En el estado que ella se encontraba era capaz de hacerle daño a Candy o a Alex y él jamás se perdonaría si no lo evitaba. Tenía que escaparse y avisarle a la policía que su familia estaba en peligro.

El rubio estaba por marcar el número de Candy cuando Archi entró a su despacho abruptamente. Albert frunció y su sobrino se sorprendió.

"¿Qué te pasa, Albert?"

"Es Candy."

"¿Le sucedió algo?"

"Bueno, mejor dicho es Grandchester. Ha desaparecido."

"¡Ese desgraciado lo volvió a hacer!" – Exclamó Archi – "¡Volvió a dejar a Candy!"

"Eso no lo sabemos."

"¿Qué otro motivo habría para que desapareciera? ¡Ese canalla volvió a irse! ¡Sabía que eso iba a pasar!"

"Es difícil de creer. La última vez que lo vi se veía tan enamorado, tan feliz y despreocupado."

"Esa era la misma cara que tenía en Escocia antes de abandonar a Candy por primera vez. Yo no estaba en un error cuando dije que él no era de confiar."

"El duque cree que puede ser un secuestro."

"¿Un secuestro? ¿Quién va a querer secuestrar a ese insoportable?"

"Recuerda que tiene dinero…o bueno, su padre lo tiene."

"Piensa lo que quieras, Albert. Si quieres engañarte como probablemente lo está haciendo Candy, ese es tu problema."

Archi dio media vuelta y salió dando un portazo. El rubio se quedó muy pensativo con las palabras de Archi.

Cinco días habían pasado desde la desaparición de Terrence. La policía no se explicaba como un hombre podía desvanecerse como si no existiera. Los detectives del duque continuaban investigando en los alrededores, intentando averiguar si Terrence se había aparecido por ahí o si había alguna pandilla que secuestraba a herederos. Todos los caminos conducían a nada y estaban por declarar a Terrence como muerto. Candy se había opuesto rotundamente a esa respuesta.

"Terrence no está muerto" – se dijo – "Mi Terry no está muerto".

La rubia caminaba por las calles de la ciudad mientras la noche caía. Levantó su mirada al cielo y elevó una plegaria pidiéndole a Dios que le diera una señal para encontrar a su esposo. Ensimismada, Candy no se percató de la mujer que salía de una tienda y tropezó con ella, haciendo que se derramara todo el contenido de su canasta.

"¡Fíjese por dónde camina!" – le reclamaron.

"¡Lo siento!" – murmuró apenada.

Ambas se miraron y se quedaron de una pieza.

"¡Candy!"

"¡Susana!"

La mirada de Susana se apartó de la de Candy y se agachó para recoger los víveres.

"¿Cómo has estado, Susana?"

"Bien" – dijo cortante.

"Hace tiempo no te veía."

"¿Acaso querías verme?" – preguntó con sarcasmo.

"Susana, sé que tienes razones para odiarme."

"Yo no pierdo mi tiempo con sentimientos estúpidos" – la interrumpió.

"Susana…Terrence ha desaparecido."

"¿Ah sí?" – preguntó levantándose.

"Hace cinco días que no sabemos de él."

"¡Cuánto lo siento!"

Algo en su voz le dijo a Candy que ella no era sincera.

"¿Sabes algo?"

"¿Yo? ¿Por qué habría de saber algo, Candy?" – preguntó ofendida.

"No lo tomes así..."

"¿Qué quieres que le diga si lo veo?"

"Que regrese a casa."

"Si yo fuera tú, no esperaría por un milagro. Recuerda que Terrence te cambió por mí y luego me dejó… ¿Qué te hace pensar que no volvió a aburrirse de ti y que se fue con otra?"

Sus palabras destilaban tanto veneno que instintivamente, Candy retrocedió dos pasos.

"Buena suerte encontrándolo" – dijo Susana antes de partir calle abajo.

"¡Que venenosa es!"

Candy entrecerró los ojos mientras observaba a Susana alejarse. Algo en su modo de caminar y en su reacción le dijo que ella sabía más de lo que estaba diciendo.

Empezó a seguir a Susana a la distancia y la vio entrar a una licorería exclusiva.

Atisbando por la ventana, observó a Susana elegir una botella de vino rojo, muy fina y la preferida de Terrence. En ese momento supo que ella era la responsable de la desaparición de su esposo. Apenas tuvo tiempo de esconderse cuando Susana salió de la tienda y caminó hacia su casa.

Candy la vio entrar y se decidió a investigar un poco más. Avanzó por el corredor que separaba las casas y avanzó hacia la parte de atrás para espiarla por la ventana de la cocina. Susana revisaba las ollas sobre la estufa antes de abrir una puerta y bajar las escaleras.

"¡El sótano!" - pensó Candy.

Rodeó la pared de atrás y se dirigió hacia el otro lado de la casa. Sus ojos se percataron de una ventanilla junto al suelo y se acuclilló. Los ojos verdes se abrieron como dos platos al ver a Terry amarrado a una viga mientras Susana encendía docenas de velas a su alrededor.

"Muy pronto estará lista la cena, mi amor" – dijo Susana.

Terrence la miró con los ojos entrecerrados.

"No me mires así, mi amor" – dijo ella encendiendo unas velas- "he preparado una cena muy romántica para nosotros y no quiero que la eches a perder."

"¡Está completamente loca!"

"Compré tu vino preferido, Terrence" – dijo sonriendo – "y estoy preparando tu platillo favorito."

Susana se movió hacia la mesita que había en un costado y colocó un mantel sobre ella y un arreglo floral. Orgullosa de su trabajo dio un paso hacia atrás y contempló su obra.

"¡Está divino! Apuesto que tu Candy no puede hacer algo así. ¿Te das cuenta? Yo soy más mujer que ella."

Terrence quería decirle que jamás se compara con Candy pero le era imposible.

Sacudió la cabeza y levantó la mirada hacia la ventanilla para encontrase con los ojos verdes más apreciados en su vida.

Candy tuvo ganas de llorar al ver a Terrence atado pero más aún cuando su mirada azul la reconoció. Ella le hizo un gesto con la mano para darle a entender que lo iba a rescatar pero el negó con la cabeza. Ella le envió un beso volado y se levantó del suelo para correr hacia la entrada. Casi enseguida sonó el timbre de la casa y Susana se extrañó.

"¿Quién podrá ser?" – preguntó en voz alta.

"Que no sea ella" – pensó Terrence.

El timbre volvió a sonar con mayor insistencia y Susana pateó el suelo.

"¡Que rudeza! Vuelvo enseguida, amor."

Susana corrió hacia la puerta y se quedó de una pieza.

"Buenas noches, Susana."

"Candy…"