CAPÍTULO 32: ENTRENAMIENTO

POV KATNISS


-PARTE III-


Los días siguientes, nos dedicamos a visitar con mucha tranquilidad todos los puestos. Aprendimos cosas de mucha utilidad, desde hacer fuego, fabricar refugios, luchar con espadas, a reconocer todas las plantas venenosas que podíamos encontrarnos en la arena.

El segundo día, Peeta y yo nos dirigimos a un puesto donde había una red de cuerdas que iba del piso hasta unos metros arriba donde había una especie de estructura de forma oblicua. Me pareció una buena idea que Peeta se pusiera más fuerte en ese aspecto, porque por lo general era yo la que subía a los arboles. A Peeta le costaba bastante, aunque luego de esforzarse un poco más que yo llegaba. Yo subí y bajé sin ninguna dificultad hasta cierta distancia, y el entrenador me felicitó. Luego fue el turno de Peeta. Tomé su mano para infundirle ánimos y él me dedicó una pequeña sonrisa antes de tomar mi lugar. Le estaba costando y yo no dejé de mirar con mucha atención cada avance o retroceso de él. No era lo mismo subir a un árbol, que escalar una inestable red como esa. Ambas cosas tenían su dificultad, y al igual que yo, él jamás había escalado una red. Llegó a unos seis metros cuando la red se dio vuelta y empezó a caer.

-¡Peeta! –Grité. Por suerte cayó sobre la enorme colchoneta. Thresh, el compañero de Rue, que estaba más cerca, llegó antes que yo junto a Peeta y se aseguró que estuviera bien. Peeta estaba blanco como el papel y en shock. Me senté en cuclillas a su lado y acaricié su rostro. Él miró de Thresh a mí alternativamente.

-Peeta ¿estás bien? –Preguntó Thresh preocupado. Yo no encontré la voz. Él lo ayudo a sentarse y Peeta no se resistió. -¿No te duele nada?

-No me duele, sólo estoy aturdido. Estoy bien. –Dijo al cabo de unos minutos. –Gracias, Thresh. –Le dedicó una sonrisa y luego fijó su mirada en mí, debió ver la culpa que expreso mi mirada porque me atrajo hacia él y me abrazó. Lance un pequeño gemido apenada.

-Lo siento. –Le dije.

-Katniss, estoy bien. ¿No me escuchaste? Caí sobre una ancha y mullida colchoneta. No me moriré por eso. –Bromeó.

Solo él estando en las peores situaciones encontraba el valor suficiente para intentar animarme y bromear.

-Tienes razón, pero lo siento. Yo te arrastré hasta aquí.

-Vine porque quise. –Me tranquilizó. –Estoy bien, Katniss. En serio. –Nos apartamos levemente y él me miró a los ojos y supe que no mentía. Su rostro se tornó de su color natural y me miró con cariño y una sonrisa. Me pregunté porque me preocupé tanto cuando se cayera, sabiendo que no se haría daño. Yo sabía que estaba la colchoneta abajo y eso lo protegería. ¿Fue un auto reflejo, porque no quería que le sucediera nada malo, o tal vez hay algo más?

Fue entonces, cuando escuché las risas de los presumidos profesionales. Me di cuenta que había un segundo motivo por el preocupe, trayéndolo aquí. Lo puse en ridículo a Peeta, demostrando cual no era su punto fuerte. No pude dejar de insultarme mentalmente por ello. Todos estaban mirándonos a Peeta y a mí, pero a diferencia de los demás, solamente un grupo de siete personas se estaba riendo de Peeta, el mismo grupo que el día anterior estaba mofándose de los que comían de forma desesperada, y que se burló de todos los que fallaron en el entrenamiento.

Sentí la rabia hervir dentro de mí, y como creció mi instinto protector, porque nadie se burlaba o hería a las personas que amaba sin sufrir las consecuencias. Fijé mi mirada en ellos y del mismo modo que hizo Peeta cuando bajamos del carruaje, me puse de pie y les lancé una mirada de odio y advertencia a ellos. Ya verían lo inútiles que éramos nosotros y dejarían de reírse tanto. Quería ver sus caras luego de que se dieran cuenta lo preparados que estábamos para todo lo que se nos avecinaba.

Peeta se puso de pie con un poco de ayuda de Thresh que no se había apartado demasiado de nosotros y se colocó a mi lado.

-Ve por el arco, Peeta. –Susurré.

-¿Qué dices? –Me preguntó confundido.

-Ve por el arco, y demuéstrales lo "inútil" que eres. –Repetí. –Estoy segura que seguirán riéndose. –Me reí. Peeta entendió el mensaje.

-Pero Haymitch…

-Olvida lo que dijo, nos reservaremos algunas cosas, no todo.

-¿Tú que harás ahora?

-Tal vez pruebe algunos cuchillos. –Sonreí. Pondría todo mi esfuerzo imaginando la cara de ellos en los maniquíes.

Peeta asintió.

-Eres aterradora. –Me susurró en mi oído divertido.

-Tú también. –Contesté. Y lo sería más cuando vieran la habilidad que tenía con el arco.

-¿Gracias? –Me sonrió unos segundos, antes de alejarse hacia el puesto de arquería.

Yo me di vuelta y vi a Thresh un poco más lejos hablando con Rue. Por su expresión creo que le tenía afecto, porque con las demás personas se mostraba duro e insensible. ¿Quién lo culpaba? De todos los tributos, yo sólo era amable con Peeta, porque ambos nos conocíamos desde pequeños y teníamos una relación. Pero luego de ver como Thresh ayudó a Peeta, sentí que debía acercarme aunque sea para agradecerle.

Me acerqué dudando, pero al final llegué junto a ellos. En realidad, también fui porque la curiosidad por esa niña siguió latente. La pequeña niña me miró y yo fijé mi mirada en sus ojos marrones oscuros negros, su piel de un hermoso marrón sedoso, su cabello lleno de rulos. De cerca aparentaba diez años y no doce. Su postura me recordó a la de un pájaro. Rue estaba ligeramente de puntillas, con los brazos extendidos hacia los costados, como si estuviese lista para salir volando ante cualquier sonido. Sonreí con ternura. Pensé que era imposible no tenerle aprecio. Ella me devolvió la sonrisa. Miré entre ella y Thresh.

-Gracias por ayudarlo. –Le dije a Thresh.

-No es nada, Katniss. Sabía que era poco probable que se hiciera daño, tuvo suerte de que esto fuera entrenamiento y hubiera una colchoneta abajo. Pero la caída se vio bien fea. Los profesionales estuvieron viendo todo el tiempo desde que Peeta empezó a fallar, sus expresiones de burla fueron despreciables. Por eso lo ayude. –Su voz se volvió dura y colérica al hablar de la actitud de los profesionales.

-Yo no me di cuenta que lo estaban mirando de ese modo.

-Claro que no, estabas demasiado concentrada en él. –Me sonrió de lado y miró a su compañera. –Ella es Rue.

-Hola, Rue. –La saludé por primera vez. -¿Cómo estás? –Le sonreí y me agaché a su altura. Desde el principio la niña había llamado mi atención, y al parecer eso fue mutuo. Aunque no tuve claro el motivo de ella, mi motivo se debió a que me recordaba a Prim.

-Hola, Katniss. Bien. –Ella dudo en acercarse pero le tendí mi mano y ella la tomó entre la suya dándole un pequeño apretón.

-No nos debes temer. No te haremos daño ni Peeta, ni yo. –Le aseguré. Recibí una sonrisa sincera como respuesta. –Eres muy linda.

-Gracias. –Me respondió. –Pero no tanto como tú.

Me reí como cuando compartía un momento agradable con mi hermana.

-Gracias, también.

Thresh sonrió ante nosotras.

-Bien, seguiré entrenando. Las dejo. Espero que Peeta les demuestre a los profesionales que vale de algo, ayer descubrí que es muy bueno con las trampas, no es algo normal que se enseñé en el Doce.

Yo sonreí hacia él.

-Créeme, Thresh, los dejará con la boca abierta. Tendrán su merecido esos profesionales.

-Estaré atento, me encantará verlo. –Sonrió cómplice. Luego miró hacia donde estaba Peeta practicando con el arco como si fuera una extensión de él mismo, por la soltura con la que lo manejó. Dando en el blanco o muy cerca muchas veces. Sonreí orgullosa, porque siempre fue un excelente alumno. Había probado con tres arcos diferentes antes de encontrar el indicado. Nosotros estábamos acostumbrados a los arcos que había fabricado mi padre. Pero esos eran demasiado diferentes, por lo que Peeta estaba probando cual le resultaba más cómodo, el más flexible, liviano y elástico. –Es bueno. –Comentó Thresh. -¿Con eso los callará?

-Está practicando, acostumbrándose a usarlos. Pero, sí.

Él asintió sonriendo, antes de alejarse a un puesto cercano al de arquería. ¿Qué le habrán dicho o hecho los profesionales para que ni siquiera le importe que otro tributo que no sea de ese grupo privilegiado, tenga más habilidades que él mismo? Pensé que era imposible no sentir rechazo por ellos, cuando trataban a los demás del modo que lo hacían. Que si alguien lograba destacar más que ellos, los demás estarían felices de cierta forma.

Me quedé a solas con Rue, y ella me miró.

-¿Le hicieron algo los profesionales? –Pregunté en voz baja cuando estuve segura que él no nos escucharía.

-Hoy los profesionales le ofrecieron aliarse, pero él se negó. Me dijo que jamás jugaría con las reglas de ellos. Hubo una discusión.

-Es entendible. –Le dije. –Voy a practicar con los cuchillos. ¿Quieres acompañarme?

-No soy buena con eso. –Dijo avergonzada.

-No te preocupes, yo te enseño. –Le dediqué una sonrisa. –Tú podrías enseñarme a utilizar la honda, te he visto practicando.

La pequeña asintió y nos dirigimos al puesto de cuchillos.

-Entonces, ¿es verdad?

-¿Qué? –Pregunté confundida.

-Lo que andan diciendo… ¿Tú y él? –Me dijo con una pequeña sonrisa.

-¿Qué es lo que andan diciendo exactamente? –Le pregunté, pensando que desde la discusión, seguida de la reconciliación que tuvimos en el tren, no vimos la televisión. –Peeta y yo no hemos visto televisión desde que estuvimos en el tren.

-El primer día aquí, con Thresh nos quedamos viendo televisión en la madrugada y estaban repitiendo el desfile. Dicen que ustedes son novios desde hace años según los rumores.

Abrí los ojos como platos, sorprendida y preguntándome de dónde sacaron esa información, quien abrió la boca. Pero luego recordé que nos besamos en el pasillo del Centro de Preparación, incluso antes de que empezara el desfile y el día anterior durante el entrenamiento sin importarnos que hubiera cámaras filmando, o personas viéndonos. No era difícil adivinar que teníamos una relación. Si tenían alguna duda, ya lo confirmaron.

-¿Dijeron algo más? –Pregunté con miedo, porque no era sólo eso, había un compromiso de por medio.

-No. Pero en el Capitolio se ha desatado una gran locura, luego de que al parecer hicieran público un fragmento de ustedes besándose antes del desfile. Es algo insólito y todos están fascinados y tristes al mismo tiempo. Es extraño. Es como si compadecieran la mala suerte de ambos, en cierto punto. Con mi compañero, nos quedamos sorprendidos.

Me insulté mentalmente por olvidar un detalle tan importante como ese. Siempre pasaban fragmentos de la previa del desfile en las horas posteriores.

-Yo no… No sabíamos nada de eso. Sólo esas teorías y suposiciones suyas.

-Pero es verdad.

-Sí. Lo es. Nos conocemos desde bebés, pero tenemos más recuerdos juntos desde que empezamos la escuela. Éramos amigos y estamos juntos hace muchos años, desde los doce años y… -No supe como continuar, así que le mostré el anillo que seguía en mi dedo, lo ajusté más para que no se me perdiera durante el entrenamiento. –Me lo dio antes de la cosecha.

La mirada de Rue se volvió triste y llena de pena, al entender lo que significaba.

-Lo siento. –Me susurró.

-Nosotros nos lo buscamos. No queríamos que pasara esto. Pero nos hemos protegido y amado desde siempre. Esta no podía ser la excepción.

-Lo entiendo. Debe ser muy duro para ustedes.

Asentí.

-Pero decidimos enfrentarlo juntos.

-Hacen una linda pareja. No siempre una persona es capaz de entregar todo de sí, para proteger a la persona que ama. En tu caso, tu hermana y él. Y en el de Peeta, tú. Son muy valientes.

Sonreí. Comprendí que Peeta tenía razón en lo que me dijo el día anterior sobre ella.

Cuando llegamos al puesto de cuchillos, dirigí mi mirada a Peeta. Para mi sorpresa, lo encontré mirándome. Su sonrisa se agrandó cuando nuestras miradas se encontraron. Me guiñó un ojo, con la clara intención de quererme decir algo en silencio, antes de apartarla y concentrarse en seguir practicando. Me sorprendió su seguridad.

Yo le enseñé a Rue a lanzar cuchillos, ya que la entrenadora a cargo estuvo muy ocupada enseñándoles la táctica a tributos menos experimentados. Los profesionales no estaban en el puesto de cuchillos, sino juntos unos cinco puestos más alejados de mí, practicando con armas más letales.

Desde el momento que Peeta y yo nos ubicamos en distintos puestos, no apartaron la mirada de nosotros con burla. Eso fue hasta que Peeta encontró el arco indicado para él y se destacó entre los demás en arquería. Y yo por mi parte demostré mi puntería, lanzando cuchillos a bastante distancia que iban directo a las zonas vitales de un maniquí. Si acertabas en ciertas zonas estas se teñían de un tinte rojo, que simulaba se sangre, gracias a unas bolsitas que habían dentro del mismo. Podía no ser la mejor, como Clove, pero dejé impresionados a varios.

Rue aprendió la técnica, aunque le costó bastante. Luego de una hora aprendió a acertar lanzando los cuchillos a alguna parte del maniquí. Rue estaba un poco frustrada y yo la tranquilicé diciéndole que eso no podía ser de un día para el otro, que a mí me tomó tiempo aprender. Que con el paso de los días mejoraría. Ella jamás preguntó como aprendí, de todas formas no podía decírselo, porque se suponía que ni Peeta, ni yo deberíamos saber defendernos.

Un brazo rodeó mi cintura, mientras Rue lanzó uno de los tantos cuchillos que había en un enorme mostrador y dio en un hombro.

-Bastante bien para ser la primera vez. –La voz de Peeta fue un murmullo en mi oído, pero me hizo estremecer. –Parece que fuiste una buena maestra.

-Peeta… -Murmuré y él me dio vuelta tomándome de la cintura. Nuestros rostros casi se rozaban, llevé mis manos a su pecho fuerte y musculoso. Sentí la necesidad de hundirme hasta en lo más profundo de su ser, abrazarlo y besarlo. Me resultó muy difícil mantener mis deseos a raya.

-Creo que los dejamos callados.

-Sí, creo que tienen un poco de respeto ahora.

Peeta se río ante mi comentario.

-Creo que a ti también.

Dejé de mirar su rostro cuando sentí algo que rozaba mis hombros y mis costillas, y una tira gruesa de una textura áspera que atravesaba su pecho. Bajé la mirada y vi el carcaj de flechas colgando de su espalda y que en la mano que no me sujetaba de cintura tenía agarrado el arco.

-¿Qué haces con esto?

-Pasaré algo más avanzado. El entrenador me felicitó y quiere ver cómo me desenvuelvo en la sala virtual.

-Te dije que lo hicieras. Estaba segura que ibas a destacar.

Ambos sonreímos y él besó la punta de mi nariz.

-Sí, porque alguien me enseñó. Pero, tú causarías más impacto. Haymitch tiene razón, mejor resérvalo para la arena y la sesión privada. –Murmuró por lo bajo en mi oído para que nadie escuchará. –Quería avisarte. Tal vez, quieras verlo.

Me dedicó una tierna sonrisa, antes de apartarse de mi cuerpo.

-Suerte, Peeta.

-La necesito. –Me sonrió y miró a mi acompañante cuando ella nos miró. –Hola, Rue.

-Hola, Peeta. –Le contestó con una sonrisa.

Luego se alejó al lugar que le correspondía ir. Lo vi entrar en una de las salas de cristal y pararse en la base del centro.

-Ve. –Me dijo Rue. –Creo que quiere tu apoyo.

Asentí. Mi deseo también fue ese. Obligué a mis pies a caminar hasta donde estaba él, al menos desde fuera lo observaría. Rue siguió mis pasos. Me detuve a unos metros de la pared de cristal. Él estaba de espaldas a mí en posición alerta, como en nuestros días de caza en bosque. Rue estaba a mi lado y luego se unió Thresh, que se quedó al lado de su compañera. Vi al entrenador en un costado más alejado de nosotros. Los demás siguieron en lo suyo, pero miraron de reojo la escena. Al ver a Peeta con arco en mano, sentí envidia. Desde el primer momento deseé, tener un arco en mano y practicar; él podía y yo no. Pero Haymitch me prohibió y a pesar de desear llevarle la contraria, no era conveniente que mis contrincantes supieran cual era mi mayor habilidad.

Suspiré.

Deseé que Peeta diera lo mejor de sí, que mostrará lo mucho que valía. Que demostrará a los profesionales, vigilantes y entrenadores que no era un enclenque, porque yo siempre supe que no lo era y me lo demostró con el paso de los años.

Como era de esperarse, no me decepcionó.

Peeta ya estaba en la posición correcta. Con flecha colocada en el arco como correspondía. En unos segundos, toda la sala se iluminó, unos hologramas naranjas de personas corriendo tratando de alcanzar a Peeta para atacarlo se hicieron visibles. Y la acción comenzó. Peeta era ágil, pero con el tiempo se volvió experimentado y sigiloso.

Recordé que los primeros años, sus pisadas ahuyentaban a las presas, pero fue hasta que se acostumbro a andar en el bosque, en los últimos dos años casi ni lo sentía caminar, y solía sorprenderme y asustarme cuando me atrapaba, y luego me levantaba en volandas juguetonamente. Ni siquiera me soltaba cuando lo amenazaba con atravesarlo con una flecha. Me soltaba cuando él quería.

Peeta tenía el carcaj lleno, con lo que supuse eran unas doce flechas. Doce flechas de las cuales solo perdió una, que no dio en el holograma. Las "personas" corrieron hacia Peeta y él los atacaba en diversas zonas vitales o criticas, que de haber atacado a una persona real las hubiera matado, dejado incapacitada o gravemente herida. En cuanto la flecha daba en el holograma, este parecía quebrarse en mil pedazos y luego desaparecía, para que vinieran nuevos contrincantes solos o en grupos, para aumentar la dificultad. Pero él no falló en ningún momento, y la única vez que lo hizo, fue más un error de cálculos y tiempo, porque la flecha pasó de largo a una distancia mínima del holograma en movimiento; pero luego logró derrotarlo con otra flecha que sacó de inmediato del carcaj.

A mitad de la prueba, absolutamente todos los tributos, se acercaron para contemplar a Peeta.

Yo sonreí imaginándonos a ambos en los Juegos, pensé que de haber dos ganadores, tal vez podríamos tener una oportunidad de salir con vida. Pero era un sueño, una fantasía que pasaría. Íbamos a morir en esa arena por propia voluntad.

Escuché murmullos, conversaciones en voz alta, gente mirando con odio, envidia, asombro, perplejidad a mi prometido. El entrenador estaba balbuceando en voz baja alguna cosa. Los Vigilantes estaban estupefactos y mirando desde el borde de su balcón.

Cuando Peeta salió al fin, lo noté sorprendido por lo que acababa de hacer pero en cuanto se dio cuenta de mi presencia sonrió. Le entregó el carcaj vacio y el arco al entrenador que no paró de felicitarlo por su desempeño. Peeta le dedicó una sonrisa de agradecimiento, antes de dirigirse a donde yo me encontraba. Ignoró a los profesionales que lo miraron con odio y un brillo de venganza en sus miradas, que de cierto modo me aterró hasta a mí.

-Estuviste perfecto, Peeta. –Le dije.

-No sé como lo conseguí. Primero deja que lo asimile.

Le sonreí.

-Tal vez te concentraste demasiado en hacerlo bien.

Él se rió.

-No quería decepcionarte. –Tomó mi mano entre la mía con cariño, con una sonrisa adorable surcando en sus facciones. -¿Qué hacemos ahora?

No tuve tiempo para contestarle, porque la voz de Atala se escuchó por los altavoces informándonos que ya podíamos ir al comedor a almorzar.

-¿Tienes hambre?

-Mucha. –Le contesté.

-Entonces, vamos. De todos modos, yo necesitaba un descanso. ¿Nos acompañan? –Dijo lo último dirigiéndose a Rue y Thresh que continuaban cerca.

Ellos asintieron y nos siguieron. No sé que se le había pasado a Peeta por la cabeza. Pensé en lo que él dijo, sobre tener aliados. ¿En verdad Peeta quería acercarse a ellos para tener aliados como nos dijo Haymitch? La idea me desagradaba, porque Thresh y Rue, me habían caído bien. Confiar en ellos, para luego tenerlos de enemigos cuando la alianza se rompiera, me desagradaba mucho. Pero un almuerzo, no significaba que estuviéramos juntos en la arena. Además, me sorprendí al descubrir que quería conocerlos, sobre todo a ella. Dejé que Peeta pasara su brazo por mi cintura y nos dirigimos al comedor. Siendo conscientes que habría mucha tensión entre los tributos, luego de la demostración de Peeta.


A/N: ¡Hola! Por fin acabe el capítulo. :D En el próximo capítulo, se llevará a cabo la ceremonia del tueste. Quiero pensarlo y hacerlo con tranquilidad, porque, tiene que quedar perfecto. Luego vendrá otro con las alianzas; preparación para las entrevistas y que se lleven a cabo las mismas; la última noche y los juegos.

Eso es todo por ahora.

Saludos,

Lucy.