Sé que este capítulo llega encadenado al otro. He de decir que es uno de esos que estaba ya prácticamente escrito hace tiempo. Lo he revisado y tengo ciertas dudas, pero sé que no hay mucho más que pueda hacerle, así que como dice Katzempire, he de dejarlo ir. Espero que aunque sea sólo un poquito lo disfrutéis. Lo siento Luna, pero creo que éste no vas a poder leerlo por partes, o eso creo.
Picasso es español, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco.
(Dalí)
Naturaleza insatisfecha
El tiempo se muestra inestable. Tan pronto las nubes descargan toda la lluvia que retienen en su interior como hace un calor bochornoso que obliga a la fina ropa de lino, que visten bajo la armadura, a pegarse contra la piel, ciñéndose cual amante mojada de sudor lujurioso. Otras veces la tierra exuda agua que es incapaz de retener. Hoy, verbigracia, es el viento que se empeña en mecer las hojas en un vaivén indecoroso. Se golpean unas contra otras con delicadeza y a la vez con negligencia, insinuándole a Alistair un baile de dos desconocido para él, mas tantas veces escuchado en tabernas, a la luz de una hoguera o entre risas masculinas.
Se pasa la mano por la nuca mientras maldice a Zevran y su alusión a los dones sensuales que le atribuye a las mujeres enanas. Pues es desde aquel día que mire a donde mire no ve más que la carga de un deseo insatisfecho a su alrededor. Como reafirmándose en sus palabras, el elfo ríe escandalosamente con un deje de picardía en su tono.
Como contagiados por la caprichosa naturaleza, todos los compañeros del campamento se comportan acordes a esa lujuria que se palpa en el ambiente. Wynne se agarra al libro que le regaló Lady Aeducan, ¿cuántas veces lo habrá leído y releído? Al parecer insuficientes y cada vez que lo abre suelta suspiros que evocan romances apasionados.
Sandal, en los últimos días, se ha aficionado a cavar agujeritos con palos alargados en la tierra. El Canino, tomando ejemplo de su amigo, entierra y desentierra el mismo hueso una y otra vez.
─Así que tú y la jefa ─suele preguntarle un Oghren con grandes dosis de alcohol en su cuerpo y una risa obscena al que suele rehuir.
Todavía recuerda las risitas cómplices que Leliana intercambiaba con Fergus Cousland en Ostagar cuando tras salir de la espesura de Korcari pararon allí a descansar. Obligándole momentáneamente a envidiar la sensación que ellos experimentaban a la mañana siguiente de compartir tienda.
La semidesnudez de Morrigan ha dejado de serle indiferente a resultar pecaminosa. No porque le interese lo que ve, sino porque le hace imaginar lo que no ve: las redondeces ocultas de la pequeña Aeducan. Cuando ésta le habla e inconscientemente desliza arriba y abajo el índice por el lóbulo de la oreja es como si le prometiese caricias prohibidas; mientras camina a su lado él sorprende la curva de su cadera y se encuentra mordiéndose los labios reprimiendo el deseo. Al verla dar una dentellada a un trozo de carne asada y luego pasar la lengua por los labios impregnados de grasa recrea tal escena una y otra vez en su mente haciendo que su temperatura corporal suba unos grados; o bien al dormir la sueña sacándose la ropa, escurriéndose lentamente por su piel hasta descubrirse bajo la escasa luz nocturna.
Los guiños que Zevran le dedica cada vez que le sorprende mirándola tampoco ayudan nada; aunque en estos instantes hasta el hundir la espada en carne de engendro tenebroso una y otra vez resulta impúdico.
Desde que su niña tiene la zanfona, noche sí y noche también, suelen improvisar pequeños conciertos musicales tras la cena. Leliana la acompaña con el laúd y canta, Zevran toca el pandero y, casi siempre, Oghren se acopla para hacer los coros, sentado en una caja de madera que Bodahn le presta y que se empeña en palmear de cuando en vez arrancándole sonidos. Sus canciones siempre son de taberna, en las que predominan los dobles sentidos.
Anoche mismo, mientras sonaba una de éstas, él prefirió alejarse del campamento tratando de apartar de su mente cualquier pensamiento impuro. No sólo no consiguió su propósito, sino que fue peor el remedio que la enfermedad, pues se encontró con un puerco espín. Recordó lo que le había enseñado de niño el bann Teagan, que los erizos sólo salen a recorrer grandes distancias cuando están en época de apareamiento.
Y al desviar la vista del animalillo la fijó en unas ramas entrelazadas como si fuesen dos cuerpos que se buscan con hambre. En el arroyo, donde supuestamente el frescor podría aliviar su carga, percibió a través del líquido a unos renacuajos que nadaban; el sonido del agua cayendo le hizo visualizar la pequeña catarata que desde arriba descargaba el sobre exceso de humedad, igual que su cuerpo se encarga de mojar los calzones cuando durante días se siente desbordado; algo que le ocurre muy a menudo, pues últimamente ni siquiera su mano es capaz de aliviar los instintos más primitivos.
Por si esto no fuese poca tortura, cuando todavía se hallaba sentado contemplando el cielo, el único que no era traicionero, al menos a esas horas, llegó incluso a escuchar a una mujer gemir, minutos más tarde, Sten chillaba como si llegase al éxtasis de su satisfacción. Un despropósito, ya que en el Qun parecen ser capaces de controlarlo todo, incluso eso. ¿Además, dónde iba a encontrar Sten una mujer dispuesta a entregarse a él si ni siquiera habla si puede evitarlo?
A pesar de los malos días que pasó, parece que Andraste y el Hacedor se empeñan en hacer que prosiga la tortura. Ya que hoy es igual de tormentoso que ayer. Las hojas continúan con sus impúdicos movimientos, las abejas polinizan las pocas flores existentes. En los árboles más altos sus copas chirrían al inclinarse contribuyendo a potenciar el calvario.
─¡Alistair!
El aludido se para en seco, como si acabase de ser sorprendido en falta grave. Es ella y aunque lo que más desea es estar junto a su cuerpo, lo que en realidad necesita es alejarse hasta que el auto control vuelva a él. Pero no puede evitar dejarse envolver por sus brazos y corresponder al gesto. Le dedica un beso casto en la frente.
─¿A dónde vas?
─Había pensado en que podíamos ir a practicar. Sé que nunca estaré a la altura de un templario como tú, pero tengo que intentarlo ─responde iluminando su rostro con una sonrisa, bromeando ajena a la tormenta interior que se ha desatado en él.
Asiente él con la cabeza y se deja arrastrar hacia un claro del bosque. Demasiado tarde se da cuenta de que más le habría valido ir al campamento a equiparse con la armadura, al menos estaría menos expuesto que con los pantalones de lino.
Se descalzan y da comienzo la lucha que mantiene contra su bestia interior.
Aunque el entrenamiento preveía discurrir hacia lugares sosegados en donde la meditación sería el núcleo, incapaz de saber muy bien cómo, acaban los dos descalzos sobre la hierba, entrelazados en una danza que acerca sus cuerpos anhelantes y los aleja. En la que los besos esporádicos que se dan son insatisfactorios, ya que la sed en vez de apagarse se aviva. Los abrazos no les unen lo suficiente y en tan agotadora tesitura nota que, de forma indecorosa, la parte más varonil de su anatomía se empeña en crecer contra la femenina cadera. Ella lo nota y, como buena dama, lo ignora. Tiene el buen tino de proseguir con la clase tal y como debería haber discurrido si fuese una alumna normal y no el objeto de su deseo.
Mantiene ella sus bonitos ojos grises bajos. Cuando los alza es sólo para sonrojarse y el gesto tan inocente y tierno a él le conmueve y a la vez despierta ciertos instintos viscerales. Su rostro, que por lo general reivindica amparo, hoy implora que Alistair le otorgue refugio en su pecho. Sus manos prometen caricias desconocidas y generosas a cambio.
El calor es insoportable. El deseo no saciado se interpone entre los dos. Un fuego devora su estómago y le incita a ser osado. Y la clase ha acabado, porque él es un caballero y ella una dama, porque no va a dejar que tal apetito lo manipule a su antojo y dicte sus actos. Porque es hora de poner cordura y ser realistas.
El momento ha de ser especial, el adecuado y no otro, en el que el motor que les mueva ha de ser el cariño y no una vulgar pasión. Todavía no comprende que tales apetitos derivan del amor, pues son tantas las veces en las que ha escuchado irreverentes comentarios que desconoce que ambas han de ir unidas de la mano.
─Alistair, ─tira ella de la manga de su camisa reteniéndolo un poco más─, quería preguntarte algo. ─Evita ella mirarle a los ojos y cuando lo hace advierte la turbación de su semblante─ Yo..., en fin, me preguntaba si te gustaría acompañarme, a mí... a mi..., conmigo. Si querrías venir a dormir conmigo a mi tienda.
No sabe qué es lo que le enfada más, si el que ella se haya comportado de una manera impropia de una dama y tome la iniciativa que a él corresponde, o que su maldita lascivia le haya hecho comportarse como un marinero lujurioso que no sabe controlar una erección.
Y la tormenta que lleva acumulando desde hace tanto estalla en forma de iracunda negativa.
Yo tampoco
─¡No! ─acompaña el joven su palabra de una mirada de total desprecio bajo la que ella se siente empequeñecer todavía más.
─Yo creía que querías porque... ─incapaz de lidiar con la sensación de vergüenza no puede evitar la verborrea─, porque he notado que... ya sabes, y entonces... entonces me has acariciado y he creído que...
─¡Basta!
Se asusta y da un paso atrás. Pugna por no liberar las lágrimas que se agolpan en sus ojos. Mas no por ello Alistair deja de fruncir el ceño y prosigue con su reprimenda. Sólo que ella ha dejado de escucharle. Nunca en su vida se había sentido tan humillada y lo único que desea es llorar y que se la trague el Archidemonio. Sus mejillas arden y clava las uñas en el pulgar izquierdo para que el dolor le ayude a reprimir las emociones.
Acaba de ponerse a la altura de una cazanobles, ella, hija del rey Endrin Aeducan. O puede que su situación sea peor, ya que al menos esas mujeres tienen la excusa de ser unas descastadas que quieren ascender en el escalafón social. Ella no es más que una tonta que se ha dejado llevar por un momento de voluptuosidad y el pudor de un doncel.
Alistair calla. Luego le dedica una mirada y con un asentimiento de cabeza se despide.
─¿Te vas? ─inquiere alarmada.
─¿Es qué no has escuchado lo que te he dicho? ─Se ha girado y la mira indignado. Ella opta por asentir y mentir─. Ya no hay nada más de qué hablar. Me voy. Se acabó.
El vacío se apodera de ella. «¿Se acabó? ¿Qué es lo que se acabó? Acaba de dejarme y ni siquiera lo he escuchado». Siente que sus piernas desfallecen y sin embargo aguanta en el mismo sitio hasta que él desaparece. Sólo unos minutos después se permite escapar corriendo bosque adentro hasta que tropieza y cae. Se acuesta en el suelo llorando. Hasta que la dignidad reaparece. Se seca las lágrimas y espera, prevé aguardar al menos a que los ojos dejen de estar enrojecidos. Se lleva la mano al pecho y toca sin querer el medallón que perteneció a la madre de Alistair y que él se ha empeñado en que prosiga portando. Vuelve a llorar y en cuanto consigue reprimir el llanto de nuevo se seca con la manga de su camisa.
Un búho canta y descubre de repente su soledad. Se da cuenta que ha corrido sin saber hacia dónde, que no tiene ni idea de dónde está ni de cómo volver al campamento. Tampoco lleva ningún arma encima porque se suponía que iban a meditar y estaban suficientemente cerca del campamento como para temer ningún peligro. Y el disgusto se le borra momentáneamente siendo sustituido por el terror.
Trata de situarse, pero ni siquiera sabe cuál es el norte o el sur, no bajo el cielo. Si estuviese en los Caminos de las Profundidades su orientación sería otra, pero aquí fuera... aquí sin la ayuda de alguien está perdida.
«Piensa, vamos, piensa. El agua, he de buscar el lago. Las ranas, el cantar de las ranas me llevará a él. Una vez lo encuentre podré más o menos saber hacia dónde ir».
Parte con ánimos renovados centrada en su objetivo. Tras varios intentos en los que comprende que se aleja todavía más y dar dos absurdas vueltas en círculo, divisa el agua y corre a ella con media sonrisa en el rostro.
─Niña, ¿eres tú? ─la voz de Alistair hace que se pare en seco.
El arrebol pinta su cara, pues vuelve a escuchar las palabras del Guarda exigiendo que le dejase solo y ahora pensará que lo ha estado espiando. Y ella que pensaba que no podía caer más bajo en lo que quedaba de noche.
─Yo..., sí. Me he perdido y he buscado el lago porque estamos acampados cerca y... y... que nada, que ya me marcho ─consigue susurrar con un hilo de voz.
Pretende no dar tiempo a que tal degradación continúe expandiéndose, así que da la vuelta y se echa a caminar.
─En el otro sentido. ¿Cómo puedes perderte tan fácilmente?
─Es difícil orientarse bajo el cielo cuando hay pocas estrellas. Además, el bosque es todo igual en la oscuridad. ─Su voluntad de seguir de largo se quiebra. Interrumpe la caminata y se allega al borde del lago. Se arrodilla y apoya sendos puños entre el cieno y los juncos pisoteados ─. Yo... quiero decirte que no debí haber sacado el tema.
─¿Me estás pidiendo perdón? Creía que un Aeducan nunca pide perdón.
Es consciente de lo que a ella le cuesta hacer la confesión y bromea con ello. Trata de facilitarle la confidencia.
─No volveré a tocar el tema ─reitera─. Sé que necesitas tu tiempo y no hay prisa ─aventura, ignorando ese «se acabó» que no hace tanto él ha pronunciado─. Esperaré hasta que estés preparado. Quiero que sepas que llegado el momento no hay nada de lo que debas preocuparte. La naturaleza es sabia y ella te guiará, lo único que de verdad importa y que debes tener en cuenta es que nos queremos y que después de todo no somos más que tú y yo unidos.
Espera unos instantes en la misma posición, esperando que él diga algo. Sólo escucha el chapoteo que hace al moverse. Se acerca. Se debate la muchacha entre irse o quedarse, al final opta por lo último. Desea no haberlo estropeado todo de nuevo y lamenta su torpeza anterior al no escuchar lo que él le dijo antes de venirse al lago.
─¿Qué es lo último que has dicho?
La rubia cabeza ha aparecido ante ella y los ojos color miel la miran con fijeza. Se siente apabullada y hace más fuerza con los puños sobre el cieno. ¿Acaso ha formulado otra inconveniencia? Puede que no fuese buen momento para aludir a la cuestión de nuevo.
─Que sólo somos tú y yo unidos. ─Traga saliva.
─No, antes.
─¿Antes? No sé..., que comprendo que tú necesitas tiempo.
─Has dicho que nos queremos. Tú... ¿me quieres?
Lady Aeducan se muerde el labio inferior. No recuerda haberlo pronunciado, pero lo ha hecho. Ahora la vergüenza la corroe. Nunca se debe ser la primera en decir «te quiero», ello te hace vulnerable. Un nudo se le instala en el estómago y de buena gana se echaría de nuevo a correr. En vez de ello asiente con la cabeza, después de todo es Alistair, él no jugará con ella ni le estrujará el corazón. De nada sirve negar lo evidente.
─Así que dices que eres Guarda Gris.
─Sí ─responde desconcertada.
─Yo también. Y que eres hija de un rey.
─Sí.
─Yo también. Y me quieres.
─Sí.
─Yo tampoco.
En un inicio la respuesta le asusta, enseguida sonríe aliviada al descubrir que él también curva sus labios en idéntico gesto. Que haga distendida hasta la conversación más complicada con sus bromas es algo que adora de él.
─Sí ─susurra entre dientes ─, te quiero.
Esconde la princesa de Orzammar sus grisáceos iris tras los párpados, incapaz de enfrentarse a él. Las ranas croan a su alrededor, entre los juncos. Late su corazón al ritmo del batracio cantar.
El agua hace ruido cuando el cuerpo del templario se incorpora. Nota sus labios sobre los suyos, las manos mojadas de él acariciándole el rostro dejan caer a su paso gotas que se le deslizan por la mejilla cosquilleándole, haciéndole sentirse más viva que nunca.
─Sólo nosotros dos ─susurra él soltando el aire contenido. Asiente ella al escuchar sus palabras antes de mirarle ─. Yo también te quiero.
Sonríen los dos. Las palmas de él todavía sujetan su cara y así unen sus frentes. Y de súbito él la agarra por la cintura y la alza contra sí hasta sumergirla en el lago. Lo inesperado del movimiento hace que emita un pequeño grito al sentir el agua fría cercándola. La ropa se le pega al cuerpo impidiéndole hacer movimientos con facilidad. Un calambre recorre su espalda. La sensación de seguridad que unas horas atrás poseía en el bosque se ha evaporado. Y entonces empieza a temblar. Da un paso hacia atrás apartándose de él y choca contra la orilla. Un junco se engancha en su pelo y al mover la cabeza para desenredarlo el cabello se le despeina.
─¿Me tienes miedo?
─Me da vergüenza que me veas ─confiesa tras unos segundos de silencio─. Tú eres tan… ─dice ponderándolo con el movimiento de sus manos─, y yo tan… ─añade dejando caer la cabeza y los brazos hacia sí misma en señal de vituperio de su persona.
─¿Tan bonita? ─Se lleva ella la mano a la frente y ruborizada trata de esconder tras ella el rostro─. A mí me preocupa ser demasiado alto para ti.
Niega ella con la cabeza. Extiende la mano y acaricia con timidez su torso. Dueño de sí mismo, la toma él por la cintura con la delicadeza y fuerza con que la hiedra se enreda al tronco del árbol. La lengua de Alistair se abre paso por su boca, primero con calidez, luego con húmeda urgencia. Los lazos de su blusa caen libres al ser desatados. Y aquellas manos varoniles comienzan a moverse con osadía antes de despojarla de la mojada prenda.
Él está desnudo y ella lamenta de veras el no poder ir descubriendo cada tramo de su piel, poco a poco. Pero el pensamiento es abandonado en cuanto él se aprieta contra ella y nota el cálido tacto de la erección en el vientre ya desnudo. Un gemido involuntario escapa de su garganta obligándole a echar la cabeza hacia atrás. Y justo dos segundos después que su cuello haya sido atrapado por una lengua libidinosa sus manos acariciadoras se pierden bajo el agua hasta hallar las nalgas del doncel.
Una gota de agua cae sobre su nariz y otra resbala entre su pecho. Vuelven la vista hacia arriba, llueve y ello les hace sonreír. Se siente como si el cielo estuviese bendiciendo la unión. Pronto la lluvia deja de ser de interés y es olvidada, sólo es uno más de los objetos del decorado que esa noche les da cobijo y sirve para poner en escena su pasión.
Llueve sobre Calenhad en plena noche. Apenas hay estrellas que brillen en el cielo. Y en el lago el agua crea pequeñas ondas al ritmo de dos caderas que vienen y van. Allí dos cuerpos quiebran el silencio nocturno al emitir los melódicos arpegios de aquellos que se abandonan a la voracidad carnal.
A mediados del año 67, Serge Gainsbourg, que había sido un habitual del piso de Dalí en París, se basó en la afirmación que el pintor hacía sobre Picasso (la que abre el capítulo) para componer la canción de amor más hermosa del mundo que le había prometido a su amante Brigitte Bardot, Je t´aime moi non plus.
Escuchaba un día a Jane Birkin y a Serge Gainsbourg cuando saltó esta canción y el capítulo surgió. Me pareció adecuado titularlo Yo tampoco.
Creo que todas hemos probado la opción de invitar a Alistair a nuestra tienda y nos ha dicho: no. Y ahora si me disculpas voy a darme un baño de agua fría. Es una contestación que siempre me pareció tan graciosa y al mismo tiempo tan bochornosa para la Guarda que no podía dejar de incluirlo.
