25. …Y LEALTADES.

Clem había pasado toda la noche sin poder dormir, velando el sueño de Mary. La promesa que le había hecho a Kate, la atormentaba. Aún confiaba en Sigmund y aún le dolía que hubiese tenido que ser él quien le hubiese contado la verdad sobre el pasado de su padre…, pero también tenía miedo de estarse equivocando, de que por su culpa pudiesen sufrir algún daño, de hecho ya se lo había causado, Kate estaba esposada y encerrada, su padre, camino de la isla contra su voluntad y Mary sola con ella preguntando constantemente por sus padres.

Eso no era lo que ella quería, ella sólo quería la verdad, quería entender porque nunca la había dejado entrar en su vida y sí, quería mostrarle que a pesar de sus esfuerzos había conseguido desvelar lo que él había tratado de ocultarle, pero no a este precio. No podía hacerse cargo de Mary, no quería esa responsabilidad sobre sus hombros, no quería que Kate tuviese que pasar por lo que estaba pasando a causa de ella. Tenía que hablar con Kate y tenía que hacerlo rápido, la reunión era a las nueve.

Entró sin hacer ruido pero se encontró a Kate mirándola fijamente.

- Kate…

Ella la miró con dureza.

- ¿Quién te manda ahora, Clem?

Clem se tragó el orgullo, no venía a discutir con Kate.

- Si consiguiese soltarte, ¿querrías irte en una lancha con Mary?

La esperanza iluminó su rostro.

- ¿Podrías conseguirlo?

- Podría intentarlo, sé donde están las lanchas y puedo intentar conseguir un teléfono vía satélite…, pero estaríais solas en medio del mar.

- Créeme, prefiero estar sola en el mar que en este barco.

- Kate, puede ser peligroso, sería sólo una barca y Mary…

Kate no la dejó acabar, la tomó de la mano y se la apretó con fuerza.

- ¿Me vas a ayudar o sólo has venido aquí a hacer que me haga ilusiones?

Clem dudó, no sabía si dejarlas solas en el mar sería una locura aún mayor.

- Te ayudaré a hacer lo que tú quieras.

Kate la abrazó sinceramente, conmovida de alivio.

- ¿Tienes las llaves?

- Las conseguiré, espérame aquí.

Clem salió y Kate pensó que no podría dominar la impaciencia ¿dónde pensaría Clem que iba a esperarla sino?

Clem avanzó por los pasillos, era temprano, pero quizá Hegel ya estaría en su despacho, madrugaba mucho, dudó un segundo antes de llamar a la puerta, se entendía bien con Hegel, era él quien había ido a visitarla en la facultad, había sido directo con ella y no aparentaba falsas amabilidades como hacían muchos allí. Hegel sólo quería saber, igual que ella, y no perdía el tiempo con filosofías baratas.

- ¿Sí?

- ¿Podría hablar contigo un momento?

- Pasa, Clem. ¿Qué querías?

- Estoy preocupada, John, sabes que esto no es lo que me habíais dicho.

- Clem, Clem, ¿quién iba a pensar que iban a ser tan testarudos? Sigmund fue a hablar con ella desde el primer momento y mira lo que acabó pasando.

- Tuvo que ser un arrebato, ¿no podrías al menos dejarla estar con su hija? Sigmund me había asegurado que sería así pero no he podido volver a hablar con él.

- Es un momento muy delicado, Clem, ahora tenemos esa maldita reunión, ellos tienen que estar a punto de llegar, haremos la reunión y llamaré después a Sigmund y se lo diré. Si todo ha ido bien no creo que haya ningún problema.

- ¿Y si no va bien?

Hegel la observó, era joven, ingenua y estaba preocupada pero él tenía muchos otros problemas.

- Si no va bien, tendremos muchas otras cosas de las que preocuparnos pero tienes mi palabra de que no sufrirán ningún daño, son tu familia, Clem.

El teléfono interior del despacho de Hegel sonó. Él lo cogió.

- Hegel, soy Karl, tienes que bajar aquí abajo. Quiero que veas algo.

- ¿Y qué quieres que haga yo ahí abajo, Karl? ¿No puedes subir?

- Es mejor que lo veas tú.

Hegel colgó el teléfono, le tenían bastante harto, tenía que ocuparse personalmente de todo en ese maldito barco. No veía el momento de que le dejasen en paz y poder centrarse en la isla y en lo que le prometía. Él era un científico, no el maldito chico de los recados.

- Ya lo ves, Clem. Me reclaman, te veo en la reunión, después hablaremos, te lo prometo.

Los dos salieron del despacho, Hegel se fue por el pasillo y Clem en la otra dirección pero en cuanto vio que giraba se dio la vuelta y volvió a entrar en el despacho. No la servía una simple posibilidad, eso no era lo que le habían asegurado. No podía arriesgarse a que las cosas no fueran como todos esperaban. No podría perdonárselo nunca.

Registró los cajones, enseguida encontró unas llaves, parecían las adecuadas, sino tendría que conseguir alguna herramienta, pero primero probaría con las llaves.

Regresó a la zona donde estaba Kate, cada vez había más gente por los pasillos, esperó a que estuviese despejado y volvió a entrar en la habitación.

- Tengo unas llaves pero no sé si son las tuyas.

Kate le tendió el brazo, Clem probó el cierre y las esposas se abrieron. Kate dejó caer el brazo y abrazó a Clem con el otro, ese apenas podía moverlo.

- Escucha, tienes que esposarte otra vez.

Kate miro a Clem y consideró si este sería un buen momento para darle una bofetada.

- Los pasillos están llenos de gente, dentro de una hora y media comenzará la reunión, todos estaremos allí, cuando comience yo vendré a buscarte y te llevaré a donde está Mary y a la barca. Ahora sería demasiado peligroso, no lo conseguirías. Tienes que creerme.

La cara de Clem reflejaba su preocupación. En contra de todo lo que le pedía su instinto decidió hacerla caso, ella sola buscando a Mary por el barco no podría pasar inadvertida. A pesar suyo, y sintiendo como si el brazo se le fuese a partir, con la ayuda de Clem volvió a colocarse las esposas.

- Ahora me voy, pero te dejo la llave. Por favor no lo hagas tú sola, te prometo que vendré a por ti.

Se fue y Kate se quedó pensando si de verdad podía ser una buena idea confiar en Clem.


Ilse esperaba impaciente, prácticamente todos estaban ya allí y Hegel no aparecía. Eran las nueve y cinco, maldito inútil, seguro que se había olvidado. Tendría que ir a buscarlo, sino no tardarían mucho en pedirla que lo hiciese ella y no estaba dispuesta.

Se levantó de su sitio, después de decir a una de las chicas que fuese leyendo las páginas que había seleccionado del libro de Sigmund. Clem entró en ese momento, Ilse la observó pero ella evitó su mirada y se colocó en una de las últimas filas.

Se dirigió al despacho de Hegel, sabía que él siempre había despreciado las ceremonias que a Hanso tanto le gustaban pero a estas alturas no podía permitirse cabos sueltos. Hegel tenía que estar allí.

Cuando entró dentro le vio, parecía alterado, revolvía los cajones buscando algo.

- ¿Qué demonios estás haciendo? Todos están esperándote.

- ¿Eh? Tú… Ahora no puedo ocuparme de eso, Ilse. Dirígelo tú, lo harás muy bien.

- ¿Cómo que no vas a hacerlo? No puedes faltar. ¿Qué ejemplo vas a dar ahora que estamos tan cerca?

- ¡Es solo una maldita payasada, Ilse! Lo sabes tan bien como yo. ¡Déjame en paz!

Ilse ardía de rabia. Lo echaría todo a perder.

- Se lo diré a Sigmund. No le gustará.

Hegel la miró más despacio. Ilse intentó controlar su ira.

- Tú lo sabes, ¿no es así? Tú y él lo habéis arreglado todo.

Ilse palideció y pareció confusa.

- ¿De qué estás hablando? No me digas que has vuelto a beber, John.

- Tenía que haberlo supuesto, maldita serpiente, sólo tú serías capaz.

- Aléjate de mí, John.

- Le he dedicado toda mi vida y crees que voy a dejar que llegues tú a arrebatármelo. ¿Sabes cuánto tiempo he estado esperando?

Ya sólo tenía la pared tras ella, Hegel se interponía entre ella y la puerta, le miró a los ojos, no hacía mucho que la habían mirado de la misma forma que Hegel la miraba ahora. Llevo la mano a su cintura y sacó un arma de bajo su ropa. Hegel se sorprendió y dio un paso atrás. Ilse disparó y Hegel cayó al suelo.

- Al menos no tendrás que esperar más, John.