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El alma dorada
Capítulo 37 – Engaño
Harry dormía en los brazos de Draco, las marcas apretadas una contra la otra. Draco estaba muy lejos de dormir, sin embargo, y podía sentir a Quill moviéndose intranquilo de un lado al otro en su pecho. La idea de que Dumbledore les estaba mintiendo rondaba en su cabeza, ¿El alma dorada era un arma que sólo Voldemort podía usar? Era algo ilógico, lo llenaba de dudas. Todavía no había hablado con Harry sobre eso. Pensaba hacerlo al día siguiente.
Finalmente pudo derivar en una especie de sueño agitado, Quill se acomodó también ronroneando suavemente junto a Ember.
El laberinto estaba mucho más frío que la cama. Miró a un lado y al otro esperando ver aparecer a Harry, ya debía de estar allí, se había dormido primero.
–No va a venir. –se oyó una voz serpeando en las sombras.
Draco giró frenético pero no había nadie a su alrededor. Una carcajada aguda hendió el aire.
–La mente de tu apreciado Gryffindor se ha vuelto demasiado poderosa para mí, podría llegar a coartar mis intentos de controlarlo; en cambio vos, mi querido muchacho, estás maduro y listo para la cosecha. –otra risa filosa. Draco sintió un escalofrío, estaba solo en el laberinto y tenía a Voldemort en su mente.
–Parece que finalmente te diste cuenta de cuál es la situación. Draco, tengo una propuesta para hacerte. Sólo espero que no me desilusiones como tu padre… si ese llegara a ser el caso tendría que dejarte acá para siempre… hasta que te pudras.
Ansiaba desesperadamente volver a los brazos de Harry. –Escuchemos qué es lo que puede ofrecerme.
–Así me gusta, muchacho. ¿Será que por tu Gryffindor has perdido el espíritu combativo? Igualmente, oponiéndote a mí lo único que conseguirías es que te mate. Mirá hacia delante. ¿Lo ves?
Draco miró en la dirección indicada y divisó la arcada. Pero era diferente esta vez, las pruebas ya habían sido superadas, el arco de piedra se abría a un gran prado soleado. –Puedo verlo.
–Allí está mi recompensa. Traémela y permitiré que pases el resto de tus miserables días sobre la Tierra con tu precioso Potter.
Draco soltó una risa despreciativa. –Va a tener que esmerarse más con lo que ofrece.
Otra carcajada rasgó el entorno oscuro. –Compruebo que no perdiste tus rasgos de Slytherin, después de todo. Soy un Señor clemente… traeme el premio y los dejaré, a vos y a tu amante, indemnes. –la palabra amante había sonado como escupida con asco.
–¿Por qué habría de confiar en Ud.?
–Porque es la única opción que tenés.
–De acuerdo. –Draco pensaba seguirle la corriente. Se haría con El alma dorada y una vez en su poder volvería con Harry. Una última carcajada cruzó el cielo como un relámpago y luego sólo quedó el silencio. Se había ido… por el momento al menos.
Caminó hasta llegar al prado. Era bellísimo, cubierto de flores silvestres amarillas y rosadas. En el centro había un altar de piedra, Draco hizo una mueca, le vino de golpe el recuerdo del altar de la tercera prueba.
La superficie estaba adornada con relieves de hojas y rollos de pergamino. En la parte superior descansaba una caja nacarada, larga y angosta, con incrustaciones de plata. Exquisita. En la parte superior pudo observar el escudo de Slytherin. Deslizó suavemente un dedo por encima.
Con cierta aprensión intentó abrirla, no encontró ninguna resistencia, no había cerrojos de ningún tipo, ni físicos ni mágicos. Sobre el forro de terciopelo contrastaba El alma dorada. Una varita.
Estaba primorosamente diseñada. Muy delgada y de unos veinticinco centímetros de largo. La superficie brillaba como oro bajo la luz del sol y tenía grabadas runas milenarias en toda su longitud.
La tomó y la hizo girar con un ágil movimiento de muñeca. El altar de piedra fue impulsado varios metros alejándose de él, finalmente explotó. –Nada mal. –murmuró Draco. Otro movimiento de la varita provocó la demolición de la arcada de piedra. No había pronunciado hechizo alguno. Un arma de destrucción, simple y llana destrucción.
El suelo tembló bajo sus pies. Era lo que ocurría siempre cuando abandonaba el laberinto. Quería volver cuanto antes junto a Harry… pero algo estaba mal. Retornó la carcajada taladrante y la oscuridad lo rodeó.
Conocía perfectamente el lugar, pero no era allí donde quería estar, quería estar en la cama con Harry, no en el estudio de su padre. Sintió un escalofrío, giró sobre sí mismo, no había nadie en el recinto. Quill se desplazaba inquieto de un lado al otro de su pecho. El estudio estaba en penumbras pero nada parecía fuera de lugar.
Sintió un ramalazo de rabia al imaginar al monstruo adueñándose del estudio de su padre. ¿Que otras habitaciones de la Mansión habría mancillado? ¿Cuáles habría elegido como aposentos? ¿Necesitaría dormir una criatura como Voldemort?
Levantó la vista hacia el retrato familiar encima de la chimenea. Esos habían sido tiempos sin dificultades, tiempos felices… tiempos idos, no quería pensar en ellos. Y tampoco habían sido tan felices… ahora era más feliz, con Harry era mucho más feliz.
La varita, tan menuda de aspecto, se estaba volviendo muy pesada en su mano. El alma dorada… y entonces, repentinamente, le vino el pensamiento. Esta varita puede matar a Voldemort. Un arma de destrucción pura, un simple movimiento y Voldemort se desharía en pedazos. Harry se enojaría muchísimo si supiera lo que se le había ocurrido. Pero él tenía la oportunidad de hacerlo ahora y le ahorraría a Harry el peligro de la confrontación. Y podrían después pensar en una vida juntos, una vida normal, con problemas cotidianos… y discusiones tal vez… pero sin guerra ni muerte cerniéndose acosadoras por encima.
Con Harry había hablado sobre un futuro posible. Ninguno de los dos quería vivir en Londres, se decidirían por lo tanto por una agradable residencia en el campo. Cercana a Hogsmeade; sí eso sería lo mejor, así cuando a Harry lo nombraran profesor de DCAO no tendría que quedarse a vivir en el castillo, podría volver a casa todas las noches. Harry ni siquiera estaba seguro de que quisiera ser profesor, pero Draco sabía que ésa era la ocupación ideal para él. Su natural amable y generoso haría de él un profesor excelente. Irían juntos a ver los partidos de quidditch, cada uno hincharía por el equipo de su Casa, y Harry tendría que pagarle un trago en Las Tres Escobas cuando Slytherin ganara. Tendrían una vida simple, libre de responsabilidades pesadas y llena de calidez y de amor.
Esto era algo que podía hacer por Harry, Harry había hecho tanto por él. Podía matar a Voldemort en su lugar. Miró la varita en su mano. Tenía el instrumento, y estaba decidido a usarlo.
Salió al corredor, también en penumbras, no había nadie a la vista. El silencio parecía anticipar un presagio ominoso. Pensó en su madre, tenía que asegurarse de que estuviese segura, si acaso algo llegara a salir mal. La habitación de su madre estaba en el segundo piso, en el ala este, era un buen trecho; fue avanzando con precaución, se decía en silencio que podía hacerlo, nadie se le había interpuesto todavía, era fácil… era demasiado fácil. Comprendió entonces que no podía tratarse sino de una trampa. Voldemort lo había mandado al laberinto, sabía que tenía El alma dorada y lo había transportado de vuelta, pero no a Hogwarts sino a la Mansión. Debía de estar observándolo desde alguna parte riéndose del mocoso de dieciséis años que se imaginaba que podía vencerlo.
Abrió la puerta del cuarto de su madre. Y sí, tal como lo había sospechado, Voldemort estaba allí, de pie detrás de ella, agarrándole la garganta con una mano repugnante que semejaba una araña blanca. Sólo los ojos delataban el terror que sentía, Narcissa, era una Black y una Malfoy, su madre había sido educada para saber mostrarse fría y ajena a las emociones. Odiaba ver terror en esos ojos bellos, sabía que no era miedo por ella el que su madre sentía, sino miedo por su hijo, miedo por él.
–Madre. –saludó Draco con un breve gesto como quien llega a tomar el té. Luego le dirigió otro breve gesto a Voldemort, tenía que ganar tiempo hasta que se le ocurriera algún otro plan– Mi Señor, –el tono fue algo frío pero cortés, como cuando se dirigía a su padre– tengo su recompensa. –extendió la mano, sosteniendo sobre la palma abierta la varita dorada.
Grandes se abrieron los ojos de Voldemort ante lo que se le ofrecía, soltó a Narcissa y se le aproximó. –Veo que has entrado en razón, quizá crezcas para satisfacer mis expectativas como el heredero de los Malfoy. –estaba muy cerca ya, Draco podía sentirle el olor… no precisamente agradable, como a pescado.
Con un diestro y repentino movimiento, Draco asió la varita en el puño cerrado y la blandió con un elegante ondear en dirección a Voldemort. No pasó nada. Una sonrisa maligna desfiguró aún más los ya odiosos rasgos ofidios. Sacudió la cabeza como gesto admonitorio, como quien reconviene a un chico, e hizo chasquear decepcionado la lengua bífida. –Draco, Draco… ¿realmente pensás que podrías matarme con mi propia varita? –Draco no replicó, lo miró con desconcierto– Así es, Draco, es mi varita. No es la misma que es hermana de la de tu Gryffindor, la que comparte el núcleo con la de Potter. –Draco no sabía de qué le estaba hablando.
Voldemort le dio una violenta cachetada, le dejó marcada la garra en la mejilla. El golpe lo sacudió, el dragón de su pecho protestó por el zarandeo. –Verás, Draco, esta varita es mía porque guarda mi alma. Fue por eso que Dumbledore la escondió, para que yo nunca pudiera recuperarla. Lo que el viejo no sabía era que esta varita y el fragmento de alma que contiene fue lo que me salvó de morir cuando la Maldición Mortal rebotó.
Draco sabía que había quedado con la boca abierta, pero no tenía la presencia de ánimo necesaria para cerrarla. Sus ojos derivaron hacia su madre, la expresión de Narcissa traslucía mucho más horror que antes. –Si es lo que lo mantenía vivo, ¿por qué no la dejó donde estaba y ya? –quiso saber Draco, no pudo sino sentirse orgulloso por el tono desafectado y casual que había logrado para formular la pregunta.
–Ah… una pregunta muy pertinente. Veo que intelectualmente no sos un completo desperdicio. Quizá pueda todavía encontrarte un lugar entre las filas de mis mortífagos. Creo que voy a disfrutar doblegándote. –Draco se estremeció, la sonrisa horripilante había vuelto a la boca casi desprovista de labios– Éste es un concepto que un chico tan bonito como vos seguramente entenderá. Necesito reunirme con mi alma para recuperar mi anterior grandiosa apariencia. Puede sonar vano, pero he de asegurarte que se trata de mucho más que eso. Como Tom Riddle yo era atractivo y encantador, podía seducir a todos y manipularlos a mi antojo, igual a lo que vos hiciste con Potter. –Draco hizo una mueca, pero Voldemort pareció no notarlo– Ahora sin mi alma… estoy reducido a esto.– escupió indicándose con una mano– Tiene sus ventajas, no lo niego… suscita inmediato terror en mis víctimas… pero para el tipo de poder que ansío… no me sirve. Mi meta es el poder… el control del Ministerio y de toda la sociedad mágica. Con ese poder podré erradicar a los muggles por completo y restauraré la pureza de los linajes mágicos.
–¿Y planea empezar con Ud. mismo? Harry me ha dicho que su padre de Ud. era un muggle, ni siquiera un media sangre… –interpuso Draco sarcástico. No sabía de dónde había sacado valor para expresar un comentario así, maldijo para sus adentros… ¡se le estaba pegando el arrojo de los Gryffindor! Se preparó para la peor de las maldiciones, pero todo lo que recibió fue otra cachetada.
El golpe le ardió y sintió que le corría sangre por el rostro. –No deberías haber elegido de entre los Gryffindor, Draco. Y mucho menos al que está a la cabeza de mi lista. Tu Harry va a morir y te obligaré a estar presente cuando lo mate.
Voldemort le estrujó la mano que sostenía la varita, Draco siseó de dolor, se oyeron ruidos de huesos quebrándose. El señor Oscuro no tuvo problemas para quitársela y lo apuntó directo al pecho.
Draco cerró los ojos y enderezó el cuerpo preparándose para la Maldición Mortal. Pasaron varios segundos pero nada ocurrió. Volvió a abrirlos. Los ojos rojos lo observaban maliciosos y divertidos y el rostro de Voldemort estalló en otra carcajada. –¡Oh, no! No creas que te podés dar el gusto de fastidiarme y sacarla tan barata. ¿Acaso tu padre no te enseñó nada?
El Cruciatus silbado le pegó en el pecho con la fuerza arrolladora de un tren. No supo cuánto tiempo estuvo retorciéndose en el suelo bajo el suplicio, los gritos de su madre resonaban en sus oídos confundidos con los propios. Pero en algún momento la negrura de la inconsciencia llegó a rescatarlo.
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–¡Draco! –gritó Harry incorporándose de golpe en la cama y cruzándose los brazos alrededor del pecho. En la espalda, Ember lloraba y dejaba oír dolorosos trinos desesperadamente tristes. Constató de inmediato que Draco no estaba y tenía la certeza de que estaba en peligro. Lo sentía en la marca, lo sentía en el corazón. Lo invadió el terror.
Voldemort tenía prisionero a Draco.
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