Quiero ser escritora

36º

¿Los príncipes se convierten en ranas?

Después de que tocaron la campana, Megan y sus amigas eligieron sentarse en unos bancos vacíos en el flanco lateral del patio de la escuela y charlar. Casi siempre se van en grupo a la casa de una de ellas a terminar la conversación o a jugar con las muñecas o a estudiar, sin embargo, esos casos sólo se aplican si la prueba es complicada o se acercan las finales. Hoy el tema era de chicos. Megan intercedió la primera vez, posteriormente fue disminuyendo el volumen de su participación hasta nada más abrir la boca en cuanto le dirigieran la palabra. Del resto apenas unos monosílabos, algunos "uhm" y otros "ah" en los momentos propicios sin hacer hincapié en ellos. De esta manera, ella se quedó escuchando los cuchicheos de sus compañeras en silencio.

—Para mí, el niño más bonito de la clase es Boris, pues es amable y dulce. No es grosero ni asqueroso como los otros que únicamente se burlan, se tiran de la axila y hacen bromas, ¿no están de acuerdo, chicas?

—¡Sí, en definitivo!

—¡Boris!

—Ah —Megan dejó escapar el aire entre los dientes, azorada.

—¡Ay chicas! Ya presentamos el examen final y todos pasamos al sexto grado ¿pero se dan cuenta que pronto estaremos en séptimo grado y todavía varias de nosotras no tienen novio? —las niñas gimen escandalizadas. Megan desvía la mirada para darse el placer de poner los ojos en blanco fuera de ser reprochada— sí, amigas, y saben lo que eso significa: Sol-te-rí-a garantizada. Los niños están bien, que uno esté solo no es tan malo como a una mujer. Así que a ponernos las pilas —asintió y se quedó mirando a Megan. Cruzó los brazos— y bien, ¿qué opinas tú, Megan? Hoy estás demasiado callada en comparación a otros días.

—Uhm, no lo sé, chicas. No pienso tener novio ahora ni casarme después, a los veintiuno le voy a decir a mis padres que me encerraré en un convento para monjitas, ¡ustedes lo verán! Será la primera monja con cabello púrpura —Megan se fuerza a reír para rematar la broma. Minutos más tarde la risa es auténtica, acto continuo se reprime y añade— ¡chicas no tomen en serio todo lo que sale de mi boca, quiten esas carotas! ¡Estaba jugando! Claro que quiero casarme (y teñirme el cabello); es que no me gusta nadie del salón, todos son amigos, de lo contrario tal vez se lo hubiera pedido y porque tampoco tengo prisa, me gustaría hacer unas cositas antes de pensar en eso.

Tuvo cuidado de no contar lo que en realidad pasaba por su cabeza delante de sus amigas, hay unas que son sensibles. Lo que no sabía es que las otras niñas consideraban que Megan presentaba menos oportunidades para conseguir un novio que ellas por sus gustos tan poco femeninos, su manera de ser para nada delicada y la carencia radical de faldas en su ropero. Omi se acercó, tenía las manos en su espalda.

—¡Qué tal señoritas, ¿en qué andan?!

—En nada que te importe.

—¡Uy, ya parece que iba a interesarme sus asunticos de niñitas! Pero yo no vine hablar con ustedes, miedosas, si no con Megan ¿puedes venir hacia acá? —indicó con un ademán. Vio por el rabillo del ojo a sus amigas apiñarse; rodó los ojos y avanzó al frente— te quiero dar las gracias por apoyarme en el torneo y también porque tú accediste a colaborar conmigo en mi pequeña venganza en contra de Jack, ¡así que vine a darte un regalo! —Omi mostró una amplia sonrisa. Las niñas ulularon ansiosas, eso no ayudó a que el corazón de la pequeña desacelerara— ¡oh vamos, contribúyeme un poco ¿quieres?! ¡Cierra tus ojos!

Ella apretó los párpados, sentía que en el más ligero movimiento los abriría de la emoción. Ahora la sonrisa de Omi parece malvada, atrapada en un puño, pero con una brecha abierta para que respire, tenía a una arañita. La colocó en su hombro. Las niñas pegaron un grito de terror y corren despavoridas. Abrió los ojos, extendió las palmas hacia arriba donde cayó la araña.

—¡Una araña! Jamás me habían regalado un animal, es lo más lindo que alguien ha hecho por mí, ¡muchísimas gracias! —exclama Megan sonriente. El interpelado puso una mueca horrible llena de decepción, parecía que un cuchillo le rasgara la cara. Choca los dientes y asiente.

—Este... sí, sabía que te gustaría —masculló, enderezó los hombros—. Eres algo extraña, si bien creo que eso es bueno, no te asustas como las demás niñas. Ejem, escucha, voy a ver a Jack, la carrera es mañana, por lo tanto, hay que tenderle la trampa hoy.

—De acuerdo, ¿qué necesitas?

—Tu celular, debes grabar todo lo que suceda entre tu primo y yo. Empezaré a tirarle varias cosas para provocarlo y tratar de que suelte la lengua.

—Creí que habías dejado las bromas para siempre luego de ese discurso largo que nos diste en el edificio de tu abuelo. Estaba perdiendo las esperanzas.

—Querida Megan, —suspiró él— eso es lo bueno de confesarse, estrujas y botas la hoja de papel y comienzas de nuevo desde cero, como si nada hubiese pasado. Es una ventaja de ser malo.

—¿Crees que podrás? —indagó raspando con la lengua los dientes, aun desconfiada— Jack es meticuloso.

—¡Ja, eficiencia es mi segundo nombre! —carcajeó señalando su pecho con el pulgar.

—Perfecto, entonces podemos irnos juntos. Mi chófer está esperándonos.

—¡Espera, espera! ¡¿Irnos?! ¡¿Tú y yo?! ¡¿juntos?! ¡¿dentro de un mismo auto?!

—Sí, ¿cuál es el problema? —preguntó Megan lentamente jugando con la araña—. Bueno, tampoco es que disfruto pasar todo mi día contigo, pero hemos ido a otros sitios juntos. ¡No me digas que te estás retractando porque te acompañará una niña!

—¡Ponte en mi lugar! ¿Qué pasará si me ven con una niña? —bramó. Megan entrecerró los ojos ya molesta, perdiendo la sonrisa.

—¿Y qué es lo que tendría que pensar la gente?

—Que yo... ¡tengo novia! —contestó sin vacilar y soltó un ruido desagradable, una especie de gruñido o resoplido. Megan apoyó las manos en las caderas.

—¡No seas tonto! Somos muy jóvenes para ser novios. No vamos a ir tomados de la mano o besarnos, ¡es asqueroso! ¡Puaj, saliva con saliva! ¿Cómo los adultos lo soportan? —puso cara de asco.

—Eh... ¿por qué son ADULTOS? —refunfuñó en alusión a lo obvio.

—¡Pero en fin! Tan sólo podrían pensar que somos primos o amigos.

—¡Peor todavía! ¡¿Amigo de una niña?! —Chilló él, meneando la cabeza y cubriéndose la vista con el dorso de su brazo— ¡soy demasiado joven para empezar a sufrir!

Las comisuras de los labios de la niña se estiraron formando una línea gruesa. No sabía que tenía los músculos entumecidos hasta que tiró de la manga de Omi, arrastrándolo consigo al reluciente y hermoso Volvo negro que aguardaba afuera. A su lado, un hombre de hombros cuadrados, piel aceitunada y alto, sostenía en alto un cartel blanco del cual colgaba un lindo globo rosa, éste decía en letras mayúsculas MEGAN. El chófer abrió la puerta. Ella empujó a Omi hacia el interior —demasiado aturdido como para hacerlo por sí mismo— y luego se subió. Posteriormente de cerrar la segunda puerta, el Volvo arrancó y empezó a alejarse.

Kim tocó suavemente dos veces a la puerta de Clay. Ambos se habían puesto de acuerdo en verse hoy en su apartamento puesto que la última reunión se celebró en casa de Kim. Sólo porque ahora tenía nuevos amigos no es justificación para descuidar a los viejos. Kei y Kim se habían visto recientemente, en adición que hablaban por celular siempre y cuando Kei no estuviera en compañía de su pastelito. Creyó que nadie estaría hoy interrumpiéndolos, pero estaba equivocada: Quien abrió la puerta era Jessie, la hermana menor de Clay; al igual que él tenía el rostro redondo, el cabello dorado, las pecas salpicaban su cara y la misma arruga entre las cejas. Ahí se acababa el parecido. Ella es rechoncha y bajita con cuello de tortuga. Y antes de que ustedes lo pregunten no vestía como la típica dulce colegiala de quince, traía puesta una cazadora americana de cuero negro y pantalones bajos, aunque para sus adentros no consideraba que necesitaba el cinturón. Jessie le echó una mirada que podría marchitar a las flores.

—¡Oh eres tú! Mi hermano dijo que vendrías —dijo sosteniendo el marco de la puerta. Kim no se dio mala vida, le dirigió una sonrisa con la boca cerrada y contestó.

—Sí, ¡hola Jessie! ¿Está él? ¿me dejas pasar?

—¿Hay otra opción? Adelante —retrocedió cediéndole el paso. Kim entró— Clay ya viene.

—¿Están el resto de la familia aquí también?

—No, nuestros padres están afuera mientras que Patrick fue a su trabajo. Yo ya saldré en un momento... —Jessie presionó una tecla y siguió conversando por teléfono.

La guarida Bailey: Modesta y cálida. La estancia principal era espaciosa que la suya y la de Raimundo o quizá era porque ocupaban menos cosas, de todas maneras era lo normal. Clay y su familia habitaban uno de los tres pent-house. En el medio hay una mesa de madera con una pinta muy restregada, en su torno colocaron seis sillas. No obstante compartían algunas cosas en común los tres apartamentos: El juego de muebles y el color de la tapicería. En las paredes se podía hallar adornando cantidad de artificios que han pertenecido a generaciones anteriores. Los libros no alcanzan a cubrir todas las repisas. La navidad estaba presente, ya habían instalado el árbol, los calcetines rellenos, las coloridas guirnaldas colgando, el olor de las galletas de jengibre se extiende desde la cocina, en una esquina situado el pesebre —con todos los personajes singulares del pasaje bíblico, excepto Jesús que no aparecería si no luego del veinticuatro de diciembre— y en el sofá moraban los peluches, las fundas de los cojines era sugestivas y con un mensaje navideño y emotivo repasado en hilo blanco. Kim se descolgó el bolso del hombro y se desplomó en el asiento, agarró y leyó los cojines empezando por el que más captó su atención, ¡el reno de peluche con nariz roja era tan adorable! Guiándose por una sensación, apretó la nariz. Una voz sonora y musical dijo: ¡Feliz navidad! Kim se echó a reír.

—¡Kim, vaquera! ¡Aquí! —saludó Clay.

—¡Clay, hola! —respondió ella devolviéndole el saludo—. Estaba admirando la decoración navideña que han puesto aquí.

—¡Ah, mamá hizo los cojines! Y también las fundas, ¿no son lindas? A mí me gusta esta.

—Tiene mucho talento, ¿y los peluches?

—No, esos sí los compró a su distribuidor —intercambiaron sonrisas— ven. Aquí te tengo lo que te prometí dar.

Era una alfombra enrollada encima de la mesa. Ella pudo cogerla —¿qué tanto podía pesar eso? Por favor—, pero no la dejaría hacer eso, como anfitrión no. Kim no quería contenerse en esperar hasta llegar a su casa, si bien tampoco buscaba ser descortés. Él pudo leer sus pensamientos y la animó a que lo hiciera, declarando que se sentiría ofendido si no lo hiciera. Más confortada, la desplegó y evaluó. Era roja con unos semicírculos dorados que iban creciendo en proporción, del centro hacia afuera y tomando forma en figuras extrañas y fascinantes, de estrellas, flores, diamantes, ondas y otras. A la luz del sol adquiría otras tonalidades.

—¡Está muy lindo! Gracias, ojalá que no haya sido molestia para ti y el resto de tu familia.

—Nada de eso, a mamá le gusta ayudar y a mí también —repuso enarcando una ceja—. En cuanto a papá y mis hermanos no lo toman en serio, piensan que está bien.

—De acuerdo, ¿podrías encargarte de darles las gracias?

—¡Cómo no! ¡Con gusto! —sonríe—. ¿Ya tienes listo todo?

—Casi todo, he resuelto la parte de los adornos, este fin de semana desocupé para limpiar y empujar los muebles para acomodar un espacio donde ubicar el árbol, sólo queda encontrar un precioso pino. He estado ahorrando desde finales de octubre, revisé por internet y salí a caminar por las tiendas, consultado los precios, creo que ya lo tengo, hablé con el vendedor para que me lo apartara. Lo más probable es que en esta última semana de noviembre vaya a comprarlo. Quiero que mi apartamento esté muy navideño para recibir este diciembre —la risa sube por la garganta y sale sola, luego dijo entusiasta— ¡ay qué emoción! ¡No puedo creerlo! Esta será mi primera navidad desde que me mudé para tener mi vida independiente, ¡qué rápido pasan los meses! ¡Pronto vendrá mi aniversario y luego...! ¡ah!

—Me alegro por ti, Kim —repuso—, ¿pero cómo piensas transportar el árbol hasta acá?

—¿Quizá si lo llevo arrastrando...? ¡Sabré apañármelas!

—Tal vez si dejas que te ayuden, yo me puedo ofrecer. Vendré con el auto. Somos amigos, ¿eso no es lo que se hace? —Clay hinchó el pecho y espiró profundo—. Kimiko, tienes que aprender que algunas veces depender de alguien no te hace una inútil, te recuerda que eres humana —el vaquero le da una palmada en la espalda con una mano que es más grande que su omóplato. Kim aprieta la mandíbula, reprimiendo el gemido en respuesta al golpe. ¡Clay es fuerte!

—¡Pero estás equivocado! ¡yo no soy una humana común y corriente! ¡Tengo poderes que me permiten controlar el fuego, miran como brincan de mis deditos estas chispas de luz! —exclamó ella abriendo y cerrando las manos, los dos amigos se rieron con tantas ganas hasta que el estómago de Kim dio un retortijón y los músculos de la cara de Clay dolieran— Ya, bueno, está bien. Si insistes, puedes venir y ayudar —Kim se encogió de hombros—. Oye ¿tienes algo interesante qué hacer este viernes en la tarde, Clay? Se desarrollará una carrera de automovilismo entre Raimundo y Jack, no sé si te ha comentado algo pero están abiertas las invitaciones y me gustaría que fueras, ¡dile también a Keiko, que venga! —Clay se dio unos golpecitos en la barbilla, meditabundo.

—Uh sí, el compañero me mencionó algo al respecto la semana pasada. Es un poco extraño a mí parecer. Creo que sí podremos ir, aunque claro de todos modos le preguntaré a Keiko si puede así que voy a hablar solo por mí —afirmó.

—No eres el único que piensa que esto es extraño —susurró Kim cruzando los brazos bajo el pecho.

En el intenso silencio que siguió sus palabras se percibió el miedo que contemplaban dicho manifiesto y se prolongó un buen rato. Kim tenía razones de sobra para querer a su amigo Clay ahí. Si ganaba Raimundo o ganaba Jack o antes del evento ocurría una pelea, al menos él era lo suficientemente alto y fortachón para separarlos halando del cuello de sus camisas. Si no es que Kei retenga a su pastelito por temor a que se interponga entre los dos y acabe con el ojo lesionado. Justo entonces Jessie salió a abrir la puerta. Clay se puso de pie.

—¿A dónde crees que vas jovencita?

—¿Tú a dónde crees? Afuera, es obvio —contestó con desdén— no es asunto tuyo, ¿sí? No eres mi padre para decirme lo que debo o dejo de hacer, además no te estoy molestando.

—No se trata que sea de mi incumbencia o no —replicó—, aquí nadie te juzga porque estés con tus amigas. Es sólo que debes avisarnos en donde estés, es lo normal si vives bajo el techo de tus padres.

—Bien, tú mandas ociosito —puso los ojos en blanco, se fue y no dijo para dónde iba. Clay soltó un bufido. Volvió a dirigirse a Kim.

—Perdónala, ella no se comporta así naturalmente. Dime, por favor, ¿no estoy impidiendo que cumplas tu trabajo de niñera?

—No, tengo libre esta semana. Omi debe estar en este momento compartiendo con su papá.

Sin embargo, nosotros sabemos que eso no es cierto. Por fortuna, sí conocemos dónde está. Omi y Megan fueron hasta el centro comercial en el cual Jack preside. Cada vez este centro comercial parece mucho más grande, ¿lo estarán remodelando? —pensaba Omi. Megan se encariñó rápidamente con Úrsula —nombre con que bautizó a la arañita que le "regaló" el niño— de inmediato se pusieron a discutir durante el trayecto acerca del sexo de la mascota y cómo podían averiguarlo. Desde el punto de vista de Omi, todos los insectos les parecían macho y estaba seguro que Úrsula lo era igualmente. Megan no estaba de acuerdo.

—¿Cómo puedes asegurar que es hembra?

—Intuición femenina —gruñó—. Además, a ti nadie te dijo nada sobre Dojo, ¿cómo sabías que era macho? ¿No has pensado que quizá sea una lagartija hembra?

—No porque me lo afirma mi intuición masculina —protestó.

Megan protegía a Úrsula con ambas manos. Estaba tan conmovida que no vislumbraba ni el tiempo para dar a conocer a su mascota. El primero fue, por supuesto, el chófer que llevó al niño y la señorita. Uno entendería si fuera un gatito, un perrito y hasta un hámster, pero una araña era tan inusual, en especial si hablamos de una niña. El hombre, a pesar de que tenía un inmenso terror por los arácnidos, se apartó con cuidado de no herir sus sentimientos y la elogió. Aunque su primo, sangre de su sangre, debería mínimo comentar algo lindo, actuó todo lo contrario de lo que quería evitar el otro.

—Aleja esa asquerosidad de mí ahora mismo —advierte Jack con voz ácida y separando las palabras entre pausas cortas para que los niños reconocieran el matiz de autoridad. Entornó los párpados al papeleo encima del escritorio.

Aunque Megan no era santa de devoción de Omi, el trato displicente que no se esforzaba en escatimar su primo era suficiente para que él ignorara por una ráfaga de segundo el pasado y sintiera compasión. Tuvo que aguantarlo unas horas, pero ella estaba obligada a verlo casi toda la semana así no lo deseara. ¡Qué castigo tan horrible! Megan quería contestar, hubiera sido la excusa perfecta para un comentario sarcástico o asegurarle que nada de lo que dijera la afectaría, por ejemplo; no quería darle esa satisfacción, se devanó los sesos pensando una respuesta, empero todas las palabras le fallaron. ¡Rayos! Lo que dijo Jack la afectó más de lo que quería. Hubo un silencio de ultratumba antes que alguien interviniera, salvo por un zumbido molesto. Cuando Omi apretó los puños, se dio cuenta que el zumbido provenía del interior de sus oídos.

—Bien, iré abajo a revisar si tienen jaulas para arañas en la tienda de animales...

—De acuerdo, ve, ¡sólo ten en cuenta que todo lo que compres va por tu cuenta! —dijo sin voltear en cuanto alejó. Megan cerró la puerta, sí, no obstante, no abandonó la habitación si no que se escondió atrás de una planta, trasladó la araña en una mano y con la otra buscó el celular en el bolsillo para grabar. Jack se rió—, a veces quisiera ¡no sé! Agarrarla del brazo y encerrarla en el closet, ponerla en un avión rumbo a Tanzania o lo que sea mantenerla lejos de mí, pero no puedo, es mi familia, es una niña, hay que tenerle paciencia y respeto el apellido Spicer, más que por imposición por convicción, además está la cuestión de lo que limita lo ilegal de lo legal. Si bien no eres mi primo y si haces que pierda el tiempo, a mí se me puede olvidar hasta lo que me puede pasar en caso de quebrantar la ley ¿entiendes?

—Claro y conciso —Omi sintió que sus ojos ardían y se derretirían delante de Jack, cuando éste bajó la vista se sintió más seguro para hablar—. No te preocupes, mi solicitud es rápida —él apretó los labios antes de continuar— a decir verdad, no es una solicitud, es una queja. Yo creía que estábamos trabajando para el mismo equipo: Raimundo y Kim no deben estar juntos, ¿te acuerdas? Lo prometiste en esta oficina, entonces ¿por qué no me dijiste nada de la fulana carrera? Si no fuera porque yo estaba al lado de Raimundo ese día seguiría como si nada hubiera pasado. ¿Sabes? Te habría ayudado.

—¿Es que acaso tengo que rendirte explicaciones? ¡¿en qué escenario se ha visto semejante cosa?! Hace falta más que un simple negocio para ganarse la confianza de Jack Spicer y tú has fracasado demasiadas veces para que siga delegando responsabilidades en ti, pero ése fue mi error y aprendí la lección: Jamás dejes trabajos de hombres en manos incompetentes de un niño.

—¡¿Hola?! La idea del asalto fue tuya, genio, no estés echándome la culpa ¡eso es caer muy bajo! —a propósito Omi se detiene y se corrige a sí mismo, Jack está rechinando los dientes de la frustración— no, perdón, ¡no tan bajo como ordenar a sabotear el auto de Raimundo para ganar por default! ¡Eso es trampa, incluso yo reconozco mis límites!

—No sé de que...

—¡Oh sí lo sabes muy bien! Le dijiste a un corredor rival de Raimundo que se acercara a su auto y lo desbarajustara un día antes de la carrera, de esa manera no tendría oportunidad de que ningún mecánico lo reparara a tiempo. ¡Yo estuve allí y lo oí todo! Mi amigo, no sabes ni la mitad de suerte que tienes, ¡ahora podría estar con él contándole lo que sé!

—¡Ups! Me parece que percibí un ligero tono de amenaza en esa última parte, ¿querrías repetirla? —dijo con voz monocorde mientras se limpiaba la cera del oído izquierdo.

—Te estoy dando la opción que compitas con honestidad. Esto está cruzando fronteras que nunca quise llegar y si estoy en lo correcto, tú prometiste que no harías daño a nadie. Faltar a la palabra de un guerrero es la acción más mala que puede haber.

—¡¿Mala?! —Jack se queda mirándolo unos segundos antes de reírse— mala es la caída de la bolsa de valores, pero malvado soy yo. ¡Cuídate! A mí nadie me pone entre la espada y la pared ni me dicta órdenes y nadie que me haya desafiado ha logrado salirse con la suya —a Jack le brillaban los ojos— ¡¿entendiste?! ¡No! No, no, no, lo lamento, pero no me pongas esa carita. Mira, sé que te debo parecer un monstruo sanguinario con colmillos puntiagudos y sin sentimientos, sin embargo, no lo soy. Créeme, lo que sé, lo que siento, lo que pienso es como me han instruido, ¡hasta como actúo! Todo es premeditado. Tú no lo comprendes, pero no puedo ser de otra forma. Es demasiado tarde y no hay modo de evitar lo que pase...

—¡Señor! —interrumpió una voz grave— tiene una llamada de Tubbimura.

—¡Aj idiota! ¡Te he dicho que antes de entrar tienes que tocar la maldita puerta! ¡cómo eres de osado al venir así y mirarme a los ojos, se supone que tienes bajar la vista! —rugió en un tono asesino, se levanta apoyando las manos en el escritorio, lo rodea saliéndose para que ambos pudieran estar frente a frente entre tanto que Omi reculó unos centímetros. Vlad dijo algo en voz baja, a lo mejor su disculpa, Omi no pudo oír bien porque inmediatamente Jack se dirigió a él— como te iba diciendo: El daño ya está hecho, es irreversible, Pedrosa tendrá que atenerse a las consecuencias por muy lamentable que suene. Y para cuando se reponga, Kim y yo estaremos comprometidos celebrándolo a lo grande en las Vegas y...

—¡No creo en nada de lo que dices Spicer! —acusó con un dedo— ¡a mí tú no me engañas, no soy uno de los pelagatos sin cerebro al que puedes controlar! ¡No tienes que fingir que eres el bueno, aquí estamos solos! Y sé también que sí tienes el poder para impedir que mi hermano salga lastimado, ¡pero no quieres! ¡AY YA! ¡Prepárate para una humillante derrota!

Omi se lleva los puños a la altura de la cara, dobla los codos en un ángulo extraño y hace lo mismo con las rodillas, a punto de saltar o encogerse de un dolor del estómago. Jack enarcó una ceja y cruzó los brazos, atolondrado. Iba a preguntar qué demonios estaba haciendo, sin embargo, el dolor apuñala su entrepierna. Las rodillas de Jack tiemblan y se desmorona sin aliento. Al ponerlas en el suelo sus oídos pitan. No vio cuándo fue que vino ese puntapié, él sólo estaba meciéndose de un lado para otro jugueteando y... ¡auch! ¡Diantres! El niño salió corriendo antes que Vlad o cualquiera pudieran alcanzarlo. Después de aquello, esta sería la última vez que visitaría ese centro comercial...

Raimundo estaba sentado frente de su computadora escribiendo. Tenía abierta dos pestañas, una era acerca de un artículo monótono del que debía estar listo para entregar mañana súper temprano y la otra era el portal de su perfil en su sitio web; cada vez que su musa se hallaba perdida o sus ganas desaparecían como ahora, disfrutaba leer los mensajes motivadores que escribían sus seguidores. Conseguían sacarle sonrisas. Sólo que esta vez una fan en especial atrajo su atención y lo inspiró a lo largo de su novela. Él miró de soslayo, echó para un lado una carpeta y cogió el libro 49 semanas. Lo abrió en la contraportada donde supuestamente debía figurar su mini biografía y una foto, pero en su lugar había un repertorio de los libros escritos por el autor.

¡¿Cómo es posible que Kim se enamore de esto?! Concebiría hasta cierto punto si estuviera enamorada de los protagonistas, pues pensó en ellos basándose en el estereotipo soñado de las mujeres del hombre ideal. Raimundo no prestaba importancia en presentar a un hombre que se ajustara a sus criterios, él nada más buscaba ganar dinero al precio que fuera. Quizás si lo hiciera no fuera ni de cerca el éxito que es ahora, si bien eso nunca se sabe, no se había atrevido a intentarlo. Kimiko. Raimundohizo clic en el buzón de mensajes y presionó el de TheGivenchyGirl, leyó la última conversación. "¿Le he dicho lo mucho que lo admiro?...". Las comisuras de sus labios temblaron convirtiéndose en una cálida sonrisa, sus ojos verdes se desviaron al libro.

—¿Qué te parece eso Tom, eh? Tú y yo estamos enamorados de la misma mujer —él se rió sin alegría—. Eso no puede ser, va en contra de las leyes de la naturaleza: Jamás pensé que llegaría un día en que yo mismo iba a apartarme a la chica que amo. Debería sentir celos de mí, ¡pero no! No siento nada. Ni ira ni odio ni envidia, únicamente impotencia —Raimundo lanzó una mirada al vaso de agua en la mejilla y su propio reflejo le devolvió una mirada dura, daba la impresión que estaba bebiendo ácido, comúnmente ocupaba ese sitio una copa de vino, no obstante, hoy sólo quería agua. Lo puso allí por si tenía sed, para evitar pararse e ir a la cocina y él no quería que nada lo distrajera— no podemos ganar los dos, Tom ¡y tú no existes! Te creé para que apareciera tu nombre en los periódicos en vez del mío y de la misma forma tengo el poder para quitarte del medio —Raimundo guardó silencio— genial, justo a donde quería llegar. Primero veo a Kim por todos lados y ahora peleo conmigo, esto no me sucedía ¿qué te pasa Raimundo? ¡Tú no eres así! —cepilló su cabello con una mano. Cuando escuchó su celular repicar, alargó el brazo y se lo llevó a la oreja.

«¿Sí? ¡Ah, hola ¿cómo estás?!... ¿Yo? No tan bien como tú, ocupado con el trabajo que me han dejado. Mira ¿podrías hacerme un favor? Si no estás muy congestionado, te agradecería lo que pudieras hacer... —Raimundo miró de nuevo la pantalla. Al hacerlo sintió un placer malvado. ¿Con que alta alcurnia, Spicer? Bueno, eso lo veremos pronto.

Finalmente llegó el gran día de la carrera. El autódromo en que se desplegaría quedaba en la cumbre más empinada de la ciudad. Los Spicer y otras familias ricas estaban afiliados a él para ver desarrollarse las carreras. Raimundo y Jack se adelantarían, con la intención de tener unos minutos de ventaja para llegar y prepararse. Kim y Omi irían en la camioneta con Clay y Keiko. No podían irse a pie: Demasiado lejos y bastantes curvas acumuladas podían encontrarse en el camino. Sólo hay dos asientos: Pero podían contener a tres si el copiloto se arrimaba. La opción ideal es que esa tercera persona fuera el pequeño. Sin embargo, Omi únicamente quería montarse en la parte trasera. Sí podía, claro, siempre y cuando alguien lo acompañara. Kim fue de voluntaria a riesgo de que el viento despeinara su cabello, ¿la razón?: Su niño, su responsabilidad. En adición que no podía aislar a Kei de su novio, el conductor. Comparado cuando todos llegaron el transcurso del viaje fue lo más divertido, ella elevó los ojos al cielo donde un sol recortado se asomaba a través de una fina capa de nubes. El viento soplaba fuerte y helado, pero no era un frío insoportable, más bien uno refrescante. Perfecto para el ocaso de esta época otoñal y saludar el orto invernal.

A Kim no le gustaba para nada el viento. Era cínico, gélido e irreflexivo. Pasaba al lado de las personas con absoluto desparpajo: Alzando las faldas de las señoritas, tumbándolo todo, despeinando al que se interponía, enfermando a quienes tenía más cerca. No tenía un rumbo establecido, pareciera que lo hiciera sólo por diversión. Había conocido a Raimundo tras un ventarrón fugaz, no obstante lo interpretó como una casualidad anteriormente, hoy adquiría otro sentido: Raimundo y el viento poseían caracteres similares. ¿Es una cruel coincidencia o una broma ineludible? Habría tiempo para pensarlo. Kim estaba en lo cierto, al bajarse de la camioneta tenía el pelo enredado, las mejillas y los ojos brillantes. Omi se estuvo riendo los primeros minutos.

Aunque fue amparada unos generosos años bajo el refugio de los privilegios que una cuna de oro le proporcionaría, no visitó jamás este lugar. Ni recordó a su padre mencionarlo. Los edificios desaparecieron, adelante se extiende un mundo de hormigón de uso exclusivo para los autos. Metidos dentro de las tribunas está la zona de boxes. El autódromo es un óvalo en torno a un doble circuito. No hay pantallas como suele haber en las carreras de la fórmula uno. Subiendo las escaleras, a la izquierda de las gradas está una cabina, qué bien… ¿quiere decir que habrá un narrador?

—Disculpen, tengo que irme. ¡Ahora regreso! —Omi salió corriendo.

—¡Pero espera Omi, ¿a dónde vas?!... ¡Bueno, a lo que sea date prisa, la carrera no esperará a nadie!

En la pista estaba Raimundo junto a su monoplaza, quizá encargándose de hacer los últimos ajustes a su vehículo. Vestía un mono térmico con bandas negras las cuales indican tirantes, éste estaba compuesto por dos piezas: Una camiseta ajustada hasta la cintura, incluye cuello y cierre frontal y pantalones estrechos. Las suelas lisas y funcionales. Parches en los codos. La sombra en su traje resaltaba a la vista una textura metalizada y brillante. Bueno, el color era plateado. En cambio no hay signos de Jack por ningún lado. Sin conocer la circunstancia que la llevó hacerlo, la muchacha sonrió y levantó la mano para saludarlo. Inmediatamente de darse cuenta la bajó, sintió las mejillas calientes.

—¡Miren! ¡Allí está Raimundo! ¿lo saludamos? —los incisivos se engancharon en su labio, había olvidado que Kei estaba resentida con él y Clay, para mantener la paz, se distanciaba de su amigo sólo en presencia de su novia.

—Quizá vayamos más tarde —repuso rápido— vamos a escoger los asientos pero puedes ir tú.

—Sí, no nos molesta. Ya quiero ver en qué lugar se ven mejor mis binoculares —dijo Kei.

Kim sonríe y el grupo se desintegra. Raimundo estaba de espaldas hacia el monoplaza. Así que intentó acercarse con pasos ligeros y silenciosos, casi apoyándose de las punteras de los zapatos. Él, sin embargo, sus movimientos salvo que fingió lo opuesto. Cuando ella saltó, él dejó caer adrede el gato al suelo. Flexionó las rodillas para recogerla.

—¡Kim! —sonríe mirándola por el rabillo del ojo— ¡decidiste venir!

—Te dije que vendría.

—Lo sé, —Raimundo se reintegra—, pero cuando lo hiciste estabas molesta y, lo normal es alejarse de lo que enfurece a uno. Bueno, lo que quiero decir, es que me alegro que lo hayas hecho... —hace una pausa. Su tono se ablanda para añadir— ¿viniste sola?

—No, vine con Clay y Kei (quienes están sentados allá). Y también vine con Omi, que no sé a dónde se fue, debe estar saltando por ahí. Ellos vendrán después —Kim retrocede para echar un vistazo al auto, las yemas de sus delicados dedos acarician el capote—. ¿Este es tu auto? Es muy lindo.

—Es un monoplaza, un auto especial para carreras.

—Yo sé lo que es, no soy tonta ¿sabes? —gruñó frunciendo el entrecejo— no me lo tienes que explicar en términos "sencillos". Eso se lo puedes dejar a Omi, quien es un niño.

—Claro —soltó el idiota. El sarcasmo no destiló ni de reojo en aquella palabra, pero estaba convencida que en alguna parte allí estaba oculto.

—¿Estás nervioso?

—He corrido millones de veces y en peores pistas que estas, creo que he logrado aprender a controlarlo a través de la práctica, empero hoy se trata de algo más importante que cruzar la meta: Va por ti —su mirada penetrante se resbala sobre los ojos azules de Kim y hacen una parada en sus labios, continúa hasta la barbilla y retorna a donde estaba hace segundos— y, ¿algo qué agregar? ¿Quizá un incentivo? Antes de que comience la carrera. Sé que actuarás imparcial, pero viniendo de ti ayudaría.

—¿Un incentivo? —repitió— ¿cómo cuando los entrenadores le gritan a sus condiscípulos en esos programas de comedia? Uhm... —pensó en su respuesta— ¡Pedrosa si no ganas esta carrera mi espíritu vendrá por las noches a sacarte de tu sofá y molestarte!

—¿Es una promesa? Tiene pinta de promesa, por lo tanto debes prometerlo.

—Es una promesa —confirmó Kim con aplomo en su voz. Travieso, Raimundo le guiñó un ojo y se puso el casco.

—Muy bien.

Kim le dirige una última sonrisa torcida y se aparta. Sube hasta donde estaban sus amigos y se deja caer. Jack vino conduciendo en su monoplaza, tenía un uniforme igual al de su rival, pero de color negro. Por aparentar que era una competencia amistosa, ambos se estrecharon las manos rígidamente. Raimundo sintió un pinchazo en el estómago, en tanto Jack sentía la bilis en su garganta. Los dos se suben. Raimundo se deslizó detrás del volante y puso andar el motor al mismo tiempo que Jack. La carrera está a punto de comenzar.

—¡¿Dónde está Omi?! ¡Se perderá la carrera! —alguien estaba ocupando un asiento en las gradas: Era Megan.

—¡Hola a todos! Kim, ¿has visto a Omi?

—Estaba por preguntarte lo mismo.

Un disparo de cañón las interrumpió. La carrera dio inicio, los monoplazas se estrellaron en la marcha. Rugiendo a través de la intersección, Raimundo giró como una curva cerrada se apareció en la estrecha vía de regreso entre tanto le envía una mirada carena a su oponente. Jack lo imitó. Durante el primer tiempo ambos estuvieron muy parejos. Cabeza a cabeza, él no se impacientó si no sonrió y tiró de las ruedas de su vehículo. Pisaba el acelerador cada vez más abajo conforme distaban los segundos. Su corazón latía avivadamente en su pecho. Podía saborear el abalorio de su sudor hasta el labio superior. Las imágenes, como película, pasaban una por una en su mente de forma retrospectiva: En la oficina de Jack, trazando los parámetros de la apuesta; en el box, cuando Jack fue a indicarle en qué lugar y momento se llevaría a cabo la apuesta y ahora Kim, deseándole suerte. No podía perder esta carrera. Ella entendió lo que estaba haciendo y, también que no reduciría la velocidad. Estaba enojado y Raimundo enojado podría ser juvenil, egoísta y peligroso.

Jack no comprendía cómo es que el idiota tenía suficiente potencia para seguir conduciendo en la pista. De vez en cuando miraba por encima del hombro hacia el ala de su contrincante. Hace media hora el idiota debió haber perdido el control de su monoplaza y chocado contra lo primero que tenía el frente, entonces ¡¿quién podía explicar por qué estaba rebasando su vehículo?! Los neumáticos chirreaban lamiendo el pavimento. Se lanzó encima aplastando el acelerador, zigzagueaba de izquierda a derecha cortando el paso de Raimundo. No lo iba a dejar tomar la delantera. ¡Definitivamente, algo tuvo que salir mal! ¡Ese gordo japonés no supo hacerlo bien! Bueno, Jack se preparó en caso de una emergencia igual a ésta. Todavía esto no acababa.

Su mandíbula apretada, sus bíceps abultados como Raimundo acorraló con furia el exceso de velocidad del monoplaza y se inclinó a su voluntad. Un camino de grasa apareció a un lado tal cual lo hubieran hecho tractores o equipos pesados que viajaron cinco km por hora. Kim se cubrió los ojos con ambas manos. Pedal al suelo, el idiota atacó la carretera. El auto chocó contra un golpe de lleno y durante tres segundos estuvo en el aire. El vehículo pasó sobre la grasa, las ruedas gemían, las puertas del coche traqueteaban, el tronco palpitaba. Él sintió sus dientes y huesos crujir en crisis. No reprimió un jadeo.

—Kim, listo, ya pasó. Puedes mirar —murmuró Clay sacudiendo su hombro— el vaquero superó ese pequeño obstáculos.

—¡¿Qué?! ¡Pero si yo ya estaba mirando...! —dijo con voz estrangulada abriendo los ojos.

—¡Volví! —exclamó Omi— ¿me he perdido mucho?

—¡De sobra! Raimundo y Jack están muy iguales, ¡qué emoción!

—¿Y dónde estuviste todo este tiempo, Omi?

—¡Ah ya sabes! Estuve en todos y en ningún lugar.

—¡Oh, miren eso! ¡Jack no está jugando limpio! —soltó de repente Keiko.

Keiko le prestó a su novio sus binoculares. El monoplaza de Jack asediaba al de Raimundo, éste arrimaba y empujaba fuera de la pista. Si no se dejaba arremeter entraría en la grama y si golpeaba saldría volando. El escalofrío que subía por su nuca impulsó a Raimundo tomar una decisión, giró la llanta y dejó escapar el aire. Jack puso una mueca, presionó otro botón en el tablero liberando una maloliente nube vaporosa negra. Observó lo que se venía arriba de él, se llenó los pulmones de aire y contuvo la respiración, entrecerró los ojos antes que el humo lo hiriera. Las lágrimas enturbian su visión. Intentó resistir. Todos lo habían visto. La monoplaza de Jack echaba una cortina de humo. Raimundo no podía ver nada, disminuyó la velocidad automáticamente. Se aproxima un derrape, él se precipitó, estaba cerca de ganar, pero sucedió un imprevisto. El auto se bamboleó con peligro. Se escuchó un crujido y poco a poco iba deteniéndose. Entre tanto, Raimundo había dejado muy atrás el nubarrón, a pesar de que Jack le llevaba una enorme ventaja... ¡podía avanzar hasta llegar al final! Ahora más que nunca.

—Parece que a Jack se le espichó una llanta —comentó Clay.

—¡Déjame ver! —Keiko recuperó sus binoculares. Omi se echó a reír.

—Pero Omi, tú no estás viendo la carrera... —susurró Kim volviéndose al niño— sólo estás mirando tu celular.

—¡Perdona, es que esto también está muy interesante! Toma, es para ti —Omi rodó el dedo hasta el principio del vídeo y luego presionó el botón de encendido. Se lo entregó.

—¿Para mí? —preguntó Kim. Omi se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio para que el vídeo se escuchara.

"—...pero ése fue mi error y aprendí la lección: Jamás dejes trabajos de hombres en manos incompetentes de un niño.

¡¿Hola?! La idea del asalto fue tuya, genio, no estés echándome la culpa ¡eso es caer muy bajo!.."

Raimundo aceleró, sin precedentes, a través de la cuesta y salió volando en una línea curva. Cayó en picada, cruzó la meta, pisó hasta el fondo el freno, dio dos vueltas completas y una media y se paró al fin. Salió del monoplaza y se quitó el casco. Acabó la carrera. Raimundo era el ganador. Kim y los demás bajaron con prisa. Asimismo, Jack se bajó del suyo y azotó la portezuela.

—¡Raimundo lo hiciste! ¡ganaste!

—¡Sabía que podrías, compañero! ¡enhorabuena!

—Muchas gracias —asintió él.

—¡TÚ! —gritó Jack. Lanzándole una mirada furibunda— ¡¿tú qué le has hecho a mi auto?! ¡No funciona, está como muerto! ¡Lo planeaste todo, ¿eh?!

—¿De qué hablas? —inquirió Raimundo. Sus ojos verdes eran duros.

—Pero yo sí sé, tal vez Raimundo no tuvo agallas. Menos mal que no soy él, por lo que ¡no me tengo por qué aguantar! —masculla entre dientes Kim mientras arrastraba los pies. Algo dentro temblaba salvajemente. Una oleada de calor recorrió todo su cuerpo cuando apuñaló su barbilla provocando que sus nudillos ardieran. El tronar de ellos es el único sonido que se oye, aparte de la respiración entrecortada de ambos. La risa reprimida de Raimundo hace que se le agiten los hombros. El hombre se le quedó mirando con los ojos desorbitados y un lado de la cara roja. Ella le devuelve una mirada fría. Estaban tan cerca el uno del otro que inhalaba en su cuello.

—¡¿Por qué hiciste eso?!

—¡No, ¿por qué tú haces esto?! ¡Eres un mentiroso y además, un descarado! Yo te defendí, creí que habías cambiado, pero te burlaste de mí ¡me hiciste parecer una tonta delante de lo demás! ¡¿en serio creíste que sería fácil?! ¡¿cómo pudiste?! —la voz era sorprendentemente tensa y rígida. Jack está paralizado, sus ojos son como un pozo: Oscuros y vidriosos— ¡no! ¡Ni lo intentes siquiera! Si das otro paso, no sólo te golpearé con mayor fuerza si no que yo en persona te enviaré al mismísimo infierno —dijo con frialdad, y sonrió amargamente—. Me largaré de este lugar, de este suelo, sólo me produce náuseas.


N/A: Un coro de ángeles baja a cantar en el estrado: ¡Aleluya, aleluya, aleluya, aleluya y más aleluyas! ¡Hasta que por fin Kim ha visto la luz!

Tarde, pero llega. Este episodio fue diseñado, en especial, para desenmascarar a Jack. Vimos que la carrera transcurrió tranquila… —en el sentido de que no recurrimos al extremo de necesitar un hospital para algún personaje, este deporte es muy rudo pues que a veces ni los espectadores están a salvo. Sabíamos desde un inicio que Jack haría trampa, trampita, tramposota—, Raimundo ganó y lo más importante las triquiñuelas de Jack se terminaron. De seguro tienen curiosidad por saber cómo una tachuela llegó hasta la rueda de Jack, cómo Raimundo no sufrió ningún daño, si a Omi lo descubren que fue cómplice, todos sabemos que eso tiene el nombre de Omi, pero quieren saber los detalles. En el próximo capítulo lo averiguaremos. Omi no iba dejarse al desnudo así como así, ¿luego de la reprimenda con la gata-maníaca de Ashley? ¡¿'tá loco, chico?! De las experiencias se aprende a no repetir ciertas cosas.

Además de la carrera, también hubo otros aspectos que valen la pena destacar: Como cuando Omi se las ingenió para hacer hablar a Jack, la sutil conversación entre Clay y Kim o la araña Úrsula —no soy Megan, si me regalan una araña. La aplasto y si está en mi hombro, salgo corriendo como las demás niñas, es asqueroso ese bicho de ocho patas—. Bueno, es innecesario, pero el título hace hincapié: Rota la ilusión, se muestra su verdadero ser interior. ¡Ay! Eso rimó. Y como Kimiko está en busca de su príncipe azul y la referencia al cuento, Jack no será un príncipe, pero es un tipo rico... por eso.

Estuve sacando mis cuentas estos días cuando estaba más tranquila, creo que podemos llegar a los cincuenta capítulos, así pelado, lo máximo es cincuenta y uno y lo mínimo es cuarenta y nueve. Aunque podemos llegar más rápido al final: Puedo introducir un asesino serial a último momento y matar a todos los personajes a puro plomazo limpio y a una Alice alternativa, y que al final se suicide. Entonces como no hay personajes ni escritora, nadie escribe y listo. Fin. Un final gore y para nada acorde a la trama, pero es un final...

¡Alice no! ¡¿Te volviste loca?! ¡No puedes hacernos eso!

Bueno por aquí me están diciendo que descarte absolutamente esa idea, que siga hasta los cincuenta o cuarenta y tantos. ¡Qué raro! Yo empecé que estaba hartándoles D: No pude terminar la historia en diciembre, pero de todos modos no estoy preocupada ya que la universidad aplazó mi inicio a clases así que me dará de tiempo de terminar. Empezar a escribir la secuela y mi historia personal. El capítulo que viene me gusta, es la continuación del 28: La vida sigue, ¿si se acuerdan? En que estuve haciendo más de una referencia: Orgullo y prejuicio. En lo particular a mí me gusta y yo sé que los lectores románticos lo adorarán. No se lo pueden perder. Este martes que viene: Entre tu orgullo y mis prejuicios. Capítulo 37, ¡ya estamos en la etapa cumbre, señores! Ya lo saben, si les gustó este capítulo ¡háganmelo saber! Y si no, igual. ¡Cuídense, queridos míos! ¡hasta la próxima, se les quiere y se les respeta!