hola a tds jejeej primero kiero responder la pregunta de Natalia no nena no va a ver Ed y Bella dspues de esta historia lo siento! y puz volviendo al fic les doy las gracias x sus reviews y sus alertas jejeje
recuerden de ke nada me pertence
Capitulo 36
Cuando volvió al hotel. Nina la estaba esperando. Al ver su expresión, la muchacha dijo:
–No lo encontraste, ¿verdad?
Rosalie se quitó el abrigo para sentarse cautelosamente en la cama.
–Lo encontré, sí–respondió con sequedad–. Y mantuvimos una conversación muy interesante. Al parecer, no sólo en Cardinia hay libertinos.
–Eso lo supe siempre. –Nina dilató los ojos, comprendiendo de súbito–. ¿Quieres decir que el honorable Royce King no es tan honorable, después de todo?
Rosalie asintió con la cabeza y relató lo sucedido, tan breve mente como pudo. Nina quedó furiosa.
–¡Ese grandísimo cerdo! ¡Qué miserable, no darte a entender sus verdaderas intenciones, dejarte pensar que...!
–Según dice, supuso que yo entendía.
–Eso es mentira y tú lo sabes, Rose. Y que no se te ocurra defenderlo.
–Nada de eso.
–Mejor así, porque... –Por fin Nina se interrumpió, al caer en la cuenta de que era sólo ella quien chillaba, mientras su amiga permanecía tranquila–. ¿No estás enfadada?
–Supongo que sí.
Esa desteñida respuesta hizo que Nina pusiera los ojos en blanco.
–No lo pareces. Ni siquiera pareces alterada. En realidad, estás exactamente como cuando saliste de aquí.
–Todavía debo acomodarme al descubrimiento de que Christopher no es lo que yo creía. –Rosalie frunció el entrecejo, pensativa–. Pero tienes razón; debería estar más alterada, ¿no? Después de todo, lo he amado durante tanto tiempo...
El resoplido de Nina era revelador de su opinión.
–Lo dices sólo por costumbre.
–Nina... –comenzó ella, a la defensiva. Pero eso también era cuestión de costumbre, y su amiga no estaba dispuesta a seguir permitiéndole las mismas excusas gastadas.
–¡Te digo que no lo amabas! –La interrumpió, acalorada–. Nunca lo amaste. Me he pasado la vida diciéndotelo, pero ahora te vas a convencer. –Y agregó, con menos severidad–: Cuando lo conociste lo deseabas, porque eras joven y romántica. Y, como necesitabas un nombre para esas sensaciones, pensaste que eran amor.
–Y todos estos años...
–Y en todos estos años no te importó, Rose. De lo contrario habrías hecho algo. Piensa. Si lo hubieras amado de verdad, ¿te habrías conformado con quedarte en casa a esperarlo?
Planteada de ese modo, la pregunta exigía una respuesta obvia. Rosalie no tenía esa paciencia para lo que involucraba sus emociones. ¿Por qué se había estado engañando? ¿Por pura costumbre, como decía Nina? ¿O porque, tras confundir encaprichamiento con amor, era demasiado testaruda para admitir su equivocación?
Nina aún no había terminado.
–Aunque no lo amaras, deberías estar furiosa por lo que te ha hecho. Si no fuera por él, habrías mirado con mejores ojos al conde McCarty y ahora estarías casada con él.
¿Era cierto eso? No; en todo caso, habría estado furiosa contra Emmett, porque los sentimientos de él no habían dado ninguna oportunidad a esa relación. Siempre la había mirado con desprecio.
–Si hubiera estado mejor dispuesta hacia él, Nina, no habría hecho más que sufrir. ¿Acaso no había sufrido? ¿No estaba llena de remordimientos? Con voz de fastidio, agregó: –Quiero acostarme. Tal vez me enfade mañana. Por ahora sólo estoy cansada.
Pero el día siguiente no le trajo nada, salvo el retomo de la melancolía, a la que ahora se agregaba la necesidad de tomar una decisión difícil. Aún estaba embarazada y aún necesitaba un marido con urgencia. Puesto que Royce ya no aspiraba a ese cargo, tendría que conformarse con un desconocido.
Eso no era tan horrible como parecía. Rosalie había pasado los últimos años bastante satisfecha con su vida, con una sola excep ción: su deseo de tener hijos. Ahora tendría a su bebé, tendría sus caballos, como siempre, y con eso estaría satisfecha. Hasta existía la posibilidad de que acabara por amar al hombre que escogiera para casarse. No era tan improbable. En realidad, poco importaba amarlo o no.
Lo que lamentaba era esa necesidad de marido, sólo por estar embarazada. Habría sido mucho más fácil instalarse en alguna parte y criar a su hijo por sí sola. Con los caballos podía mantenerse muy bien y hasta ganar una fortuna, si decidía dedicarlos a las carreras. Pero el niño sufriría por su condición de ilegítimo. Y esa no era una alternativa que ella quisiera tener en cuenta.
Ni siquiera consideraba la posibilidad de volver al hogar, puesto que no había perdonado a su padre ni creía poder hacerlo. Sufría con sólo pensar en él y en lo que le había hecho, en lo que ahora padecía por su culpa.
Sólo tenía otra alternativa, y era Emmett. A no ser porque la distancia era tan grande, habría regresado a Cardinia para exigirle que se casara con ella. Pero estaba ya en la séptima semana de embarazo y tardaría un mes más sólo en volver a Cardinia; a continuación tendría que perder más tiempo discutiendo con Emmett para que aceptara, lo cual no sería fácil, tras haberse visto liberado del 'odioso estado matrimonial'. Por entonces su estado ya sería visible. Claro que nadie se extrañaría de que él hubiera engendrado un bebé antes del casamiento.
Rosalie se enfurecía al notar el entusiasmo que le provocaba la mera idea. Aún no deseaba el tipo de matrimonio que podía tener con él. Si no hubiera descubierto lo maravillosos que eran esos derechos conyugales, de los que él pensaba privarla, las cosas habrían podido ser distintas. Pero como ahora las conocía, al cabo de un tiempo llegaría a odiarlo. Hasta era capaz de abandonar su orgullo para... ¡No!
Era preferible decidirse por un extraño, sin vínculos emocionales, pero con una afición común, el hombre tendría que ser un ávido amante de los caballos. Por las conversaciones que había escuchado, muchos ingleses lo eran. También debería ser muy aficionado a las carreras de caballos, pues eso era, probablemente, lo único que la ayudaría a conseguir un esposo en poco tiempo. Disponía de dinero suficiente para vivir bien durante algún tiempo, aunque no volviera a vender un caballo, pero no podía ofrecer una dote rica. Tampoco su título de baronesa tenía la suficiente importancia.
La tentación con la que contaba eran sus purasangres. El hombre al que propusiera casamiento no obtendría sólo una familia ya hecha, sino también, con toda probabilidad, una buena ganancia en las carreras de caballos. Para aceptarla con su embarazo y sus condiciones, él tendría que desear desesperadamente esas ganancias.
Pero una cosa era tomar la decisión y otra, ponerla en práctica. En ese aspecto Lady Beatrice le proporcionó una gran ayuda: le conseguía invitaciones, ponderaba sus caballos y hacía circular la noticia de que ella estaba buscando marido. Bastaron unos pocos días para que todo el mundo sintiera curiosidad por la baronesa rusa que había llegado a Londres en busca de esposo.
Según descubrió, su título nobiliario era mucho más tentador de lo que ella suponía, sobre todo porque venía acompañado por los ingresos asegurados de sus reproductores. Y a eso se añadía el cebo de su hermosura. Descubrió que estaba atrayendo a demasiados hombres que no eran amantes de los caballos; los habría desalentado con su característica franqueza, pero Lady Beatrice le recomendó que no lo hiciera.
–El chismorreo, querida –le explicó–. Por el momento está a tu favor, aunque los pretendientes rechazados podrían volverse contra ti de la noche a la mañana.
–Pero la competencia de tantos candidatos, ¿no desalentará a los que realmente me interesan? Beatrice se echó a reír.
–En absoluto. Tu popularidad intrigará aún más a los que te interesan. Si una señorita tiene a tres hombres zumbando a su alrededor, pronto tendrá diez. Así es el ser humano: siempre quiere saber a qué se debe tanto alboroto. Y los hombres siempre desean lo que otros hombres desean.
Increíblemente, esa conversación se llevó a cabo durante la primera velada que Rosalie pasó entre la sociedad londinense; así de pronta fue su aceptación por la 'gente bien'. Para su segunda fiesta ya había conocido por lo menos a tres caballeros que se ajustaban exactamente a sus propósitos y, puesto que no estaba en situación de malgastar el tiempo en rodeos, dijo a cada uno cuáles eran sus requisitos.
El primero al que llevó aparte para hablarle en privado quedó, al parecer, tan espantado por su franqueza que no se quedó a escuchar el resto del ofrecimiento. Mejor así; si no era capaz de digerir algo tan sencillo como su propuesta, probablemente se habría desmayado al oír lo del bebé.
Pero esa experiencia la llevó a actuar con más cautela con el segundo y a encarar el tema con mayor lentitud, haciéndole saber sus intenciones matrimoniales antes de preguntarle si estaba interesado. Él no quiso darle una respuesta de inmediato, pues necesitaba tiempo para estudiar la proposición; como sólo tenía veintiséis años, no había pensado en tener hijos tan pronto.
El tercer hombre era el más encumbrado, por su título de vizconde, aunque también el menos atractivo, pues estaba un poco obeso. Sin embargo, quedó embobado al oírle hablar de sus caballos y apenas parpadeó ante lo de su embarazo. Le respondió con un resonante sí, asegurándole que sería un placer casarse con ella.
A Rosalie le tocó entonces horrorizarse. No esperaba que las cosas fueran tan fáciles y rápidas. Para darse tiempo, le sugirió que dedicaran algunos días a conocerse antes de tomar una decisión definitiva y fijar la fecha de la boda. De cualquier modo, eso la aliviaba de presiones, pues su problema estaba resuelto. Sólo que, al no tener que seguir buscando un padre para su bebé, volvió a la melancolía.
Pasó buena parte del día siguiente con su vizconde, Gordon Whately, incluido un paseo por uno de tantos parques londinenses. Él le prestó uno de sus propios purasangres para que montara; Rosalie tuvo la impresión de que era una especie de prueba, pues la yegua era muy briosa, aunque ella la dominó sin dificultad. Terminaron hablando de caballos y sólo de caballos. Al menos, en su matrimonio nunca les faltaría tema de conversación.
El no cambió de idea, como se habría podido esperar, y dio crédito a todo lo que ella le dijo de sus propios animales. Por su parte, cambiar de idea era un lujo que no podía permitirse.
Puesto que, al parecer, iba a radicarse en Inglaterra, pronto tendría que visitar a la modista por otros vestidos. Había podido comprar algunos, no retirados por sus dueñas, que pudo usar con un mínimo de modificaciones, y de ese modo iba resolviendo el problema de la ropa de gala. Pero pronto se le acabarían las modistas que pudieran proveerla con celeridad, y con todas las invitaciones que Beatrice acumulaba para ella, a fin de que ampliara el círculo de sus relaciones, aunque el objetivo ya estaba alcanzado, necesitaría un guardarropa mucho más abundante.
Esa noche, Beatrice pasaría por ella para ir a un baile. Gordon no estaría allí, pues tenía otro compromiso que no pudo cancelar, pero Rosalie lo prefería así: pasar demasiado tiempo con él le daba dolor de cabeza.
Esa tarde había hallado un vestido adecuado para el baile: un lujoso modelo de encaje negro y borravino, que dejaba al descubierto gran parte de su busto, según esa moda a la que ella no estaba habituada. Aun así habría preferido no asistir; su afición por la vida social era tan poca ahora como en los siete años anteriores.
Asistió y hasta hizo un esfuerzo por divertirse, sin mucho éxito. Las visiones del futuro le amargaban el humor. Tras haber pasado unas cuantas horas con Gordon, no lograba imaginarse junto a él por el resto de su vida, mucho menos haciendo el amor. Pero ¿acaso podía elegir?
Estaba bailando cuando se inició el murmullo. Por doquier las conversaciones elevaron el tono, como si todo el mundo hablara al mismo tiempo. Su compañero estaba tratando de ver qué ocurría, aunque no era más alto que ella y no llegaba a distinguir nada extraño. Por su parte, Rosalie no sentía curiosidad, aunque no pudo dejar de oír parte de los comentarios que la rodeaban en la pista de baile.
–¿Es la reina?
–Allí, junto ala...
–... nunca he visto a alguien tan...
–Santo Dios, ¿quién es...?
–... tan hermoso...
–... tan hermoso...
–... tan hermoso!
Su compañero se detuvo, aunque la música continuaba. Su curiosidad era tal que ni siquiera se acordó de pedirle disculpas. De cualquier modo todo el mundo estaba haciendo lo mismo y los murmullos crecían.
Rosalie, suspirando, le pidió disculpas y abandonó la pista. Poco le interesaba el personaje que tanto impresionaba a esa gente. ¿Tan hermoso les parecía? Si querían ver a alguien realmente hermoso tendrían que ir a Cardinia.
En ese momento, la muchedumbre se partió ante ella, abriendo paso al hombre que cruzaba lentamente el salón. Y así, en el espacio abierto, era imposible no verlo. También era imposible dar crédito a sus ojos o dar un paso más.
¿Emmett en Londres? Imposible. Pero allí estaba, avanzando directamente hacia ella, los ojos dorados más brillantes que nunca y clavados en los suyos. Lo que todos veían era una expresión inescrutable, pero Rosalie sabía lo que significaba ese dorado fulgor, estaba tan furioso como para estrangularla. Y ella no sabía si echar a correr, desmayarse, llorar... o reír, por el puro gozo que le sobrecargaba los sentidos ante su sola aparición.
yyy fin? jajaj del capitulo jajaja espero los reviews jeje los dejo kn la duda d loke psara ! jejeje
spero bastantes reviews y les prometo actualizar!
bye
