La música en el alma

Capítulo 37: El vizconde

Seis días después,

Viernes, 30 de diciembre de 1870

Abrí lentamente los ojos, observando la espesa niebla que me rodeaba. Podía escuchar en la lejanía el sonido de campanas, repiqueteando una melodía lúgubre y lenta, sonando cada vez más cerca de mi posición. Mi mente se encontraba aletargada, hallándose perdida en un aparente mar de bruma nívea.

—No otra vez —intenté decir, quedándoseme las palabras en el interior de la garganta.

Al intentar moverme, ninguna parte de mi cuerpo reaccionaba, dejándome clavada frente a una luz que crecía y crecía a cada instante, mostrándose ante mi posición el dichoso espejo que tanto odiaba.

Aquel sueño volvía a atacarme; lo había tenido en varias ocasiones más, todas diferentes pero parecidas, y esta noche era una de esas. Mas, la sensación que tenía era completamente nueva. No había miedo, o tristeza, o desesperación por correr. Una marea tranquila me acariciaba, dejándome simplemente ser curiosa.

El gran marco que cubría los bordes del cristal se agitaba, vibrando con dureza, como si en cualquier momento fuese a romperse.

La luz terminó por cegarme, permitiendo que un destello blanco me ocupase la visión durante unos pocos segundos. En cuanto todo regresó a la normalidad —si es que había alguna— no fue mi reflejo el que vi en el vidrio, sino el de mi padre, y esta vez no me sorprendía. Su rostro nunca llegaba a definirse, pero sabía con exactitud que me sonreía desde el otro lado, agitando su mano derecha para que me acercase hasta él, estirando los dedos para intentar tomar los míos.

Al querer mover una de las piernas, esta, estaba fijada al suelo, tan bien atada como en cada uno de los sueños anteriores. Por mucho que me retorciese, con brusquedad y agitaciones violentas, nada me dejaría fluir del confinamiento en el que me hallaba.

A pesar de todos los esfuerzos y el cansancio imaginario que crecía en mis articulaciones, lo que me dejó sin aliento fue el hecho de que, la voz del vizconde susurró algo desde algún lugar oculto en las tinieblas.

No podía girar la cabeza hacia ninguna dirección.

Aquella voz, aquella entonación angustiada, afligida… Me estaba rogando que corriese de allí. Y yo no entendía nada. ¿De qué se suponía que debía huir?

Mi padre continuaba animándome para que me acercase a él; en el interior del espejo ahora le cubría un halo anaranjado, como si se tratase de fuego. Él era afable, con paciencia hasta que me arrancase las cadenas y le siguiese, a diferencia de mi amigo de la infancia, quien parecía llorar con un tono infantil que me apartase y huyese con él.

No sabía qué hacer. ¿Qué se suponía que esperaban?

La tranquilidad todavía me acompañaba, pero una agitación invisible me hacía pensar deprisa, como si tuviese solo unos pocos minutos para decidir.

—¿No oyes la sentencia de muerte? —habló Raoul entre gritos.

A pesar de todo, yo no podía moverme.

~)}O{(~

Mañana sería Año Nuevo, y en el día de hoy todo estaba animado por la festividad. El tiempo pasaba y lo celebrábamos todos, con grandes fiestas en salones, o pequeñas tertulias en los hogares más humildes.

Era extraña la sensación que me recorría el cuerpo. En realidad nada cambiaba en dicha noche; todo continuaría según su curso habitual, como si tal cosa verdaderamente no fuese importante.

Cuando sí se apreciaba una gran diferencia en lo referido al tiempo pasado, era en la edad. Por supuesto que yo no era la misma que cuando tenía quince años; pero tampoco lo era hace cinco minutos. Todos crecíamos, quisiésemos o no.

No existe la vida eterna.

Aquello no era algo que me preocupase; sabía que mi vida en algún momento se apagaría, que sería recibida en las puertas del cielo con todos los que con anterioridad me habían dejado. Algunas veces había pensado en crear yo misma dicho acontecimiento, en las horas más tardías de la noche, encontrándome sola y desolada por todo lo que me faltaba…

Fueron pensamientos débiles y mezquinos, absurdos y reprochables.

Nunca podría atreverme a tal acción.

En la actualidad, había aprendido a apreciar las pequeñas cosas; desde la nieve que seguía cayendo de las nubes, hasta la brillantez de los cascabeles que llevaban los caballos como decoración, haciendo resonar a su paso sus tranquilos y suaves sonidos.

Levantando la cabeza, observé llegar el carro de la familia de Changy, teniendo lazos rojos en las puertas, consiguiendo que se pusiera en mis labios una tierna sonrisa.

Cuando iba a una velocidad lenta, de un salto bajó el vizconde, tan elegante como siempre me lo imaginaba. En su expresión había algo, algo que le hacía brillar como chispas revueltas. Sus ojos eran del mismo color que el cielo, tan claros y cristalinos, al igual que el agua de los lagos más puros.

—Christine —me llamó, tropezando con un pequeño agujero al colocarse frente a mí—. Me alegró tanto que aceptases mi petición.

Tuve que sonreírle. ¿Cómo no?

Era tan amable y atento, y había estado rogando por verme desde que llegó de su viaje. Y, si empezaba a decir verdades, era cierto que yo también deseaba pasar tiempo con él; quería saber acerca de lo que le había ocupado en los años pasados, siendo curiosa por si un buen futuro le crecía a cada paso que daba.

—Y yo me alegré tanto como tú al recibirla, Raoul.

El coche se estacionó varios pies por delante, aguardando a que entrásemos.

No había esperado que me llevase en tal ostentosidad. No obstante, no sería capaz de negarme; no ahora. Pero él tampoco parecía encaprichado en subirse todavía, alargando más la conversación.

—¿Cómo has estado? ¿Disfrutaste de la fechas? —Levantó el brazo para que se lo tomara, a lo que accedí agradecida—. Me hubiese encantado estar aquí en vez de allá en la costa.

—Han sido días felices —mentí en menor medida—. Y seguro que tampoco has pasado malos momentos allí. ¿Viste a tu hermana?

Asintió con fuerza, soltándose una hebra rubia de donde la tenía sujeta en la nuca.

—Por supuesto, y Philippe también estuvo con nosotros.

—Estoy segura de que fue agradable entonces. —Apreté el agarre con cariño y él tornó el rostro al frente, observando como uno de los cocheros se bajaba a abrirnos la puerta del carro. Frunció los labios, y no entendí el por qué.

Raoul decidió que sería una buena idea pasar la mañana en una cafetería no muy lejana a la ópera, alegando que lo que más le había gustado del lugar fue la familiaridad con que le trataban.

—Es pequeña y pintoresca, pero estoy seguro de que no te decepcionará —me había dicho nervioso, como si en verdad fuese a juzgarle por el dónde me iba a llevar.

En el camino que hicimos, me explicó que estuvo trabajando como marinero para el ejército, habiendo ascendido pronto de puesto.

No llegué a memorizar el nombre de aquel rango.

—¿Por qué estás aquí entonces? —tuve que preguntarle.

Hablaba con tal énfasis de sus años en barco cruzando el mar, que me parecía extraño que hubiese decidido correr hasta tierra firme e introducirse en la mayor ciudad parisina que había, solo cruzando por ella un río miserable, en comparación con el océano.

Él dio un suspiro, encogiéndose de hombros y llevando la mirada fuera, por la pequeña ventana que mostraba el exterior.

—Philippe quiere enseñarme los deberes que tendré en el caso de que él no esté.

Sacudí las faldas del vestido que llevaba, intentando ser lo más neutral posible.

Me parecía absurdo que su hermano hiciese aquello al más pequeño de su familia; si él era feliz navegando, ¿por qué quitarle tal bendición?

—Entonces solo será un tiempo, ¿no? —Levanté la vista para juntarme con sus ojos.

Negó.

—Creo que no quiere que vuelva.

Me mordí los labios.

No debía entrometerme, no tendría que molestarme por aquellas cosas, pero una parte de mí, la cual veía a Raoul como alguien de buen corazón, incapaz de decir que no a lo que fuese, me hizo saltar para protegerlo.

—Tal vez deberías mencionárselo…

—No creo que sea lo más apropiado. —Se miró las manos, y desde allí volvió sus ojos a los míos—. Al menos —se inclinó hacia delante, llegando a rozarse nuestras rodillas con el traqueteo de los caballos al tirar de las riendas, moviéndonos —tengo la alegría de haberte encontrado. Es algo maravillo. ¿Quién me habría dicho que volveríamos a vernos en tales circunstancias?

—En tales circunstancias…

—Trabajando en una de las mejores ópera de Francia. —Estiró los labios, mostrando los dientes—. En un primer momento no pensé muy bien en ser el patrón del Palais Garnier, ¿pero cómo no hacerlo después de verte?

Arrugué mi expresión.

Ohh, Raoul, no debes hacerlo por mí. Debes hacerlo por la música, por los que allí se preocupan en crear arte.

No podía ser que mi presencia fuese su único incentivo para dar dinero para la obras; sería surrealista. Era frívolo y egoísta. Estaba segura que su hermano tendría algo que alegar al respecto.

Antes de poder volver a decir más palabras sobre lo referido, llegamos al café, comenzando otra conversación muy diferente a la anterior.

El vizconde se movía de un tema a otro, dando saltos felices, preguntando por todo y yo contestando, a pesar de la incomodidad que pudo crear con anterioridad, siendo enseguida olvidad gracias a su incesante parloteo.

Comimos con ánimos, y me alegraba que me hubiese llevado a aquel lugar; estaba ya deseosa de enseñárselo a Meg y, tal vez, al resto.

Echaba de menos a la señora y a su hija…

La conversación se tornó algo más tensa al escucharle decir lo mucho que echaba de menos a su hermana. Fue con quien se crió desde pequeño, y me relataba el cómo le vestía con ropas delicadas y los mejores pañuelos que había visto en su vida. Ahora, ella estaba casada, y a pesar de las muchas cartas que se escribían, no podía llenar ese hueco en su corazón con ellas; estaba deseoso de volver a verla, no habiendo sido suficiente los días festivos que disfrutaron juntos.

Me preguntó también sobre mi pasado, a lo que yo contesté con ánimos y sonrisas, encogiéndome de vez en cuando de hombros. Poco podía contarle sobre mi vida que fuese de verdadera importancia o curiosidad, a diferencia de la suya, que parecía sacada de uno de los cuentos que nos contaba mi padre en la casa de Perros-Guirec.

En un momento dado, mientras salíamos de la pequeña cafetería y me arrebujaba más en la gruesa capa que llevaba puesta, soltó un comentario ciertamente particular, no pasándome desapercibido.

—Hay algo que te falta —murmuró con indecisión—. Has cambiado tanto, Christine.

Temblé.

—Por supuesto que lo he hecho; sería extraño si no fuese así.

—Pero —paró, y pude imaginarme dentro de su mente volar una idea, desde una esquina a otra—, antes eras tan vivaz, persuasiva, risueña…

—¿Ya no lo soy? —dije con el asomo de un tono ofendido, levantando una ceja.

Él estiró el torso, habiéndose dado cuenta de su error en las palabras.

—Por supuesto que lo sigues siendo. Pero, a veces es como si algo te traspasase. ¿Preocupación tal vez?

—No hay nada que me preocupe ahora —contesté algo más seca.

Raoul me hizo saber que continuaríamos a pie el paseo, prefiriendo ver la nieve en el suelo, no haciendo tan mal tiempo como para querer correr hasta colocarse delante de una chimenea.

Los ojos de mi amigo brillaron con algo parecido al pesar, y sabía que había sido mi culpa. Nunca me había dejado llevar por nadie para que relatase mis problemas, convirtiéndolos en bolas que soportar sola, deseando que en algún momento se desatasen los nudos que las mantenían amarradas a mis pies y se marchasen; y, hasta el momento, me había funcionado.

No tendría que serle tan cortante si de verdad se preocupaba por mí; aún que me era absurdo que me dijese que me faltaba algo. Por supuesto que había cambiado, años nos separaban.

—Las cosas han cambiado, Raoul —susurré al final, como si se tratase de una escusa por la fea contestación que le había dado—. Pero ahora todo está bien, de verdad.

Observábamos la nieve en silencio mientras caminábamos; pocas personas se movían por las calles, prefiriendo estar ocultas en el interior de sus hogares, sin disfrutar de las formas curiosas de las nubes o de lo árboles pelados, sin hojas, y con apariencia de muerte.

Mientras girábamos una de las calles, en dirección a la ópera, un escaparate llamó mi atención. La tienda a la que servía era de apariencia pequeña, decorada en su interior con muebles de madera rojizos, desde los suelos hasta las zonas más altas de las paredes. Pero, lo que en verdad consiguió captar mi mirada fue, en una esquina tras el cristal, una hermosa plumilla blanca, tan fina y elegante que daba la sensación de estar levitando en el aire en vez de encontrarse apoyada contra unos almohadones tupidos. En la mitad del objeto, una talla marcaba la diferencia, con varios patrones rizados que le daban un aspecto mucho más encantador.

Era tan hermosa.

Muchos más artilugios se mostraban allá, intentando que alguien los comprase, colocándose demasiados, algunos encima de otros, de manera casi desesperada.

Observé a Raoul, quien se había parado a mí lado, estudiando también lo que vendían.

—¿Qué ha llamado tu atención, pequeña Lotte?

Parpadeé varias veces, sorprendida por escucharle decir de nuevo aquel apodo; la última vez que me había llamado así fue cuando se presentó ante mí en la gala. Incliné el rostro a un lado, apartando mis ojos de los suyos, nerviosa, y señalé con la punta de mi dedo helado la pluma.

Él la estudió, con expresión divertida, terminando por reírse.

—Parece como si estuviese hecha de hueso, ¿no crees?

Encogí la nariz; no lo había pensado.

El hombre volvió a reír.

—¿Sería para ti? —me cuestionó—. Hay algunas mucho más bonitas —dijo mientras me mostraba varias más, en colores oscuros y monótonos.

Se trataba de un capricho, pero no para mí, y a quien fuese a dárselo se merecía algo, sin duda, extravagante.

—Algo así. —Caminé hacia la puerta del establecimiento—. ¿Sería mucho pedir que entrásemos? —Le sonreí de manera coqueta, queriendo que aceptase mi petición—. No tardaré mucho tiempo —terminé por asegurarle.

Pero él no dudo un instante, alegando que no le importaría pasar el resto de la tarde y de la noche allí dentro si yo se lo pedía.

Era una librería, y el olor de papel viejo y tinta enseguida golpeó mis fosas nasales. Me era un aroma tranquilo y apaciguador, de sabiduría e inteligencia. Envidiaba a todos esos ricos que podían permitirse una biblioteca en sus hogares, con cientos de libros que poder leer.

Un hombre se aclaró la garganta, detrás de un mostrador.

—Buenos días —habló, con voz carrasposa.

Raoul y yo le saludamos al unísono.

Enseguida me acerqué hasta donde se encontraba apoyado, y con emoción, comencé a charlar para hacerle saber lo que quería, con una agitación terrible en el pecho.

Sería el regalo perfecto para el Fantasma. Había sentido cierto pesar por no haberle ofrecido nada en la Noche Buena, o el día de Navidad, pero le llevaría la maravillosa plumilla mañana tras el cambio de año. No sabía a la perfección si podría gustarle, pero me arriesgaría.

Lo que no imaginé fue el desequilibrado precio que costaba aquella maravilla, quedando mi gozo en un pozo.

Era demasiado caro.

El hombre, al notar mi desencanto, procedió a mostrarme algunas más que él consideraba hermosas, dejándome notar las ganas que tenía de vendernos algo. El vizconde insistió en comprarme la plumilla blanca por la que había entrado, pero no acepté, no queriendo que él se gastase el dinero en algo que ni si quiera era para mí.

Fue insistente, pero con palabras amables le aseguré que alguna otra también podía gustarme; y aunque no era de la misma apariencia delicada que la anterior, hubo algo en la cuarta plumilla que me enseñó que me hizo saltar el corazón.

Era oscura, de una madera tan profunda como la noche; lo que le hacía destacar, y no convertirla en una más, eran las líneas que rodeaban la parte media y más alta de esta, siendo de color oro, un poco más oscuro incluso, comparándose casi con la miel. La punta era de plata, brillando con alegría al decidirme por ella.

Los dos caballeros asintieron ante mi segunda decisión, contentos de que estuviese satisfecha.

Además, me llevé un tintero con la cerradura hermética y una caja donde guardarlo todo, con una suave tela de terciopelo en su interior.

Estuve a punto de salir saltando cuando nos encaminamos de nuevo las calles, contenta de lo conseguido. Esperaba con toda mi alma que le gustase.

Enseguida retomamos la conversación, y cuando vimos el edificio de la ópera en la distancia bajamos la velocidad de nuestros pasos, intentando alargar el momento. El carro de los Changy estaba frente a la gran escalera de piedra, esperando por el vizconde. Al rodearlo por delante, tuve que preguntarle.

—¿Fue idea tuya el ponerle los cascabeles a los caballos? —Incliné el rostro a un lado—. ¿O las cintas en las puertas? —Era casi una burla.

Él meneo la cabeza. Sus cabellos brillaban al sol del invierno, y el bronceado que tenía su piel le daba un aspecto salvaje, pero sus labios y ojos lo contrarrestaban todo, quedándose con una expresión infantil y dulce.

—No, pero tengo que admitir que me gustan —habló mientras golpeaba una de las campanitas y esta repiqueteaba al son del choque.

Le pondría al caballo blanco de las cuadras algunas cintas rojas en sus trenzas, si es que no se las quitaban, como era la costumbre de alguien. Lo que no sabía era cómo se acercaba a más gente, siendo de apariencia malhumorada.

Incluso intentaría ponerle un collar al gato. Hacía varias noches que no le veía, semanas al menos, y comenzaba a preocuparme por si algún perro callejero o persona cruel le había hecho daño.

—A mi también —me reí de buena gana.

Dándome la vuelta para mirarle directamente, le agradecí lo que habíamos hecho esta mañana.

—No es nada Christine. Pero debes prometerme que volverá a pasar. Podríamos ir a mi casa, estoy seguro de que te encantará; hay un lago con muchísimos peces, y disfrutarías de la decoración que hizo mi hermana.

—Ya lo discutiremos, Raoul. Por el momento alegrémonos de haber pasado compañía el uno junto al otro.

Por supuesto que volvería a salir con él, pero el que me llevase a su finca, actualmente, quedaba fuera de cuestión. Allí convivía con su hermano, y lo que menos quería era verle. Aunque según me había dicho deseaba presentármelo un día, no demasiado lejano, lo que me había robado un suspiro de entre los labios.

—Por supuesto. —Calló, y en su mirada pude apreciar lo que era una discusión interna, abriendo y cerrando la boca además de manera nerviosa, sin saber cómo comenzar.

Esperé en silencio, mordiéndome las mejillas por la diversión, mas pronto encontró el valor, y después de lo que me preguntó, preferí que no lo hubiese encontrado:

—Mañana será año nuevo; ¿acudirás a la fiesta?

No había olvidado que muchas personas habían sido invitadas a la ópera por la noche para celebrar aquella festividad. Incluso había acordado con mis compañeras que todas llevaríamos los mismos brazaletes, siendo estos tomados de una de las producciones pasadas. Estaban que no cabían en sí de la emoción, y yo también sentía gozo al saber que pasaríamos buenos momentos.

—Claro —le contesté.

—Tal vez, he pensado que, podríamos acudir juntos —soltó con solo un pequeño lío de palabras.

Me quedé traspuesta, apretando los dedos muy fuerte contra la caja que llevaba entre las manos. No pensé que fuese hacerme una proposición así, había asumido que iría con mis amigas y, en el caso de que el conde y él fuesen, les vería y disfrutaría un rato de su compañía. Pero aquello era muy diferente a lo que me había imaginado.

—Raoul yo… —Miré en todas direcciones, esperando que alguien apareciese y me ayudase con aquello—. Yo no voy a ir con nadie en particular.

—Entonces…

—Pero no quiero ir con nadie; quiero decir, Meg y yo, el resto de mujeres con las que me junto. Acudiré con ellas. —Su rostro cayó y las nubes parecieron darle una sombra triste a sus facciones—. Esto no significa que no vayamos a vernos. Estaré allí, en cuanto te encuentre iré a hablarte —intenté suavizar las calabazas, dándole además un pequeño apretón en el brazo.

Aquello pareció agradarle, pero no lo suficiente como para que me regalase una de sus maravillosas sonrisas, quedándose el pesar todavía en sus ojos azules.

—Que así sea. —Se dio la vuelta hacia el coche, donde uno de sus sirvientes bien vestidos le aguardaba con la puerta abierta—. Espero que, a quien sea que le des el maravilloso regalo, sepa apreciarlo.

Levanté una ceja, pero una falsa molestia se movía en mí, y continué su juego.

—Eso espero yo también. —Su mirada chispeó, levantándola por encima del hombro—. Nos veremos mañana, pues. —Hice una pequeña inclinación—. Adiós Raoul.

—Christine.

Y observé enfurruñada la salida del carro de la plaza, hasta verlo desaparecer en una de las calles mayores.

Toda la alegría y jovialidad con la que nos habíamos rodeado pareció fugarse en último momento, dejándonos desnudos a la intemperie, con el frío de la nieve sacudiéndonos.

¿Qué podía espera él? ¿Qué dijese que sí? Iba a acudir con Meg, ya se lo había prometido. Pasaríamos una velada deliciosa y Raoul no iba a estropearla; ni si quiera la tarde del día de hoy, simplemente por su absurdo y repentino último comentario.

Por supuesto que el Fantasma apreciaría la plumilla. Él no le conocía, y me dolía que hubiese dicho eso.

Mas… No había tenido el tiempo suficiente para pensarlo si quiera. ¿Deseaba ir con el vizconde? No me molestaba, era un amigo especial, tan cariñoso como lo recordaba, pero no había esperado aquella cuestión por su parte. Tendría, quizá, que haberlo meditado mejor, después de todo, no era como si no pudiese ver más adelante a mis amigas; además de que muchas de las otras damas estarían celosas de que tal importante caballero me hubiese invitado.

A pesar de todo, había algo, en el fondo de mi corazón, que me decía que lo había hecho bien; que sería mejor así.

Deseaba saber qué era aquella aguja que se clavaba en el fondo de mi órgano vital.

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¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!