Capitulo 37
La oscuridad del alma
—Pase lo que pase… ya nada volverá a estar bien— Sakura Kinomoto
Len Tao corrió con toda su velocidad, llevando a rastras a la joven hechicera cuyos pies apenas y tocaban el suelo.
En la mente de ambos no existía nada más que el encontrarse a lado de Tomoyo Daidouji, a quien deseaban con toda el alma proteger.
— … ¿Por qué te preocupa esa mujer?... — Len no detuvo sus pasos aunque esa voz llegara a su cabeza.
— …. No… no de nuevo— pensó él preocupado. Fue claro que no era la primera vez que escuchaba esa voz tan desagradable— ¡Aléjate!— pensó con fuerza.
— ¿Acaso en verdad creíste que con un poco de luz podías desaparecerme por completo?...— burlesca, el dueño de esa voz se manifestó como fantasma, volando a su lado.
Ni Sakura Kinomoto podía verle, pero Len Tao miró de reojo al ser que más despreciaba en toda su existencia; una replica de si mismo le sonreía con malicia, los ojos de su doble se encontraban vacíos de espíritu humano.
— ¡Lárgate, este no es el momento para que me atormentes!— le ordenó con un pensamiento el joven Tao.
— Lo siento, pero no puedo— los labios de ese fantasma no se movieron, pero sus cejas expresaban bien la satisfacción que había en él por poderle enfrentar de nuevo— Si estoy aquí es porque tu me has llamado…
— ¡No digas tonterías!
— No le mientas a la mejor parte de ti Len Tao, aquella que tu padre moldeó con todo su conocimiento y poder. Él siempre dijo que me necesitarías y es momento de que me dejes volver a guiar tu espada— le habló tranquilamente.
— ¡Nunca!— gritó sin poder contenerse, logrando que Sakura se extrañara.
— Iluso y cobarde aun ahora… Has decidido usar insulsas emociones como ancla y retener tu verdadero poder ¿Por qué es tan difícil de comprender pese a que lo deseas con tanto fervor? El poder absoluto siempre se ha hallado en tu alma. De no haberte revelado, te habrías convertido en el mismísimo Shaman King, superar la fuerza de Yoh Asakura, aquel a quien envidias tanto…
— ¡Cállate, cállate! ¡Hace mucho tiempo que dejé de hacerle caso a la voz de mi padre, así que aléjate de mi, vuelve al olvido! ¡No eres mas que un recuerdo que me causa repugnancia!— volvió a llevar sus exaltaciones dentro de sus mismos pensamientos.
— Como te he dicho, no puedo hacer eso, tu mismo me has llamado. Aunque no lo sepas, ansias volver a ser como en tú mejor época… Aquella donde no había confusión, ni miedo; ¡solo poder, confianza y victoria!
Len tensó la mandíbula al sentirse insultado por esa voz de su pasado. Cuando era un niño que desconocía el mundo, entrenado por un diabólico padre que lo obligaba a pasar por los peores tratos y las más inmundas experiencias, es que esa voz le acompañó desde el día en que su padre, En Tao, lo marcó con ese tatuaje de odio que por mucho tiempo adornó su espalda.
Él mismo fue su mejor maestro y su mejor compañía, creando una parte de si que aceptó la vida solitaria que lo llevaría al control total de los espíritus, convertirse en el Rey de los Shamanes. Y otra, pequeña y relegada que protegió su corazón infantil, una que solo volvió a ver la luz cuando conoció a Yoh y a los demás…
Había olvidado el camino de oscuridad que su padre alumbró con promesas absurdas, para caminar por la vereda luminosa que sus amigos le mostraron…
— Hay demasiado dolor y angustia innecesaria en el camino de la luz… Dentro de la oscuridad no hay nada que temer, no hay nada que te haga sentir tristeza porque solo debes preocuparte de una sola persona: de ti mismo— susurró ese fantasma muy cerca de su oído— El poder que te llevará a vencer a tus enemigos reside en ti, solo tienes que aceptarlo… Admite que lo que vives, que lo que sientes, es una mera ilusión, y que tu verdadero ser aspira a más que una vida sin preocupaciones…— se burlo de un pensamiento tan diminuto.
Sakura sintió como la mano de Len le apretó con fuerza, como si sufriera. Sakura, intuitivamente correspondió ese apretón, para recordarle que no se encontraba solo.
Len sacudió su cabeza y pareció bastar para recobrar cordura ya que ningún demonio de su pasado se hallaba a su lado.
Por la forma del camino, supo que pronto llegarían, su corazón ansiaba el verla con bien y pedirle perdón… Es algo que nunca había hecho, retractarse de sus acciones, pero ahora…
Sakura entonces divisó primero que nadie el terrible acontecimiento que estaba por suceder, ya que la quemadura en su cuello ardió, advirtiéndole de un desastre.
— ¡Len, allá arriba!— apuntó Sakura, deteniéndose inmediatamente junto a Len Tao.
Los ojos del shaman se abrieron en horror al ver como es que sobre la cordillera cercana, dos individuos se encontraban al borde de un peñasco. Reconoció inmediatamente a la chica de cabello oscuro, la cual se encontraba atrapada por uno de los escurridizos asesinos.
La hechicera cerró los ojos cuando la imagen de sus sueños acaparó sus ojos— ¡Tomoyo!— gritó Sakura con desesperación.
Len Tao se apresuró hacía ellos, estando demasiado alto y alejados como para creer que llegaría a tiempo. Sus técnicas solo lastimarían a Tomoyo quien le daba la espalda y servia de escudo para ese despreciable sujeto.
Una furia incontrolable lo cegó, sobre todo cuando ese asesino se atrevió a sonreírle a distancia, vanagloriándose de su posición… Si no se equivocaba, se trataba de uno de losa mismos malditos que habían atacado el palacio de su padre, y ello triplico su furia.
Un brillo dentro de los ojos amatistas del asesino le advirtieron a Len que una macabra idea había cruzado por su mente.
— ¡No! ¡No te atrevas! ¡Tomoyo!— gritó desgastando su garganta. No se encontraba ni lo mas minimamente cerca como para hacer algo.
Vio como es que la chica estuvo a punto de voltear, quería ver su rostro, deseaba poder hacerlo una vez más, pero la mano del asesino lo impidió cuando atravesó su pecho.
Anonadado, los pies de Len Tao se detuvieron, casi cayendo por la repentina pausa. Sus ojos servían como espejos de la sangre que emergió del agujero que Vidar había marcado en el cuerpo de la chica.
Sakura, llevándose las manos a la boca esperó reprimir su grito pero pronto las lagrimas apañaron sus ojos.
El hombre de ojos amatistas miró a ambos con descaro. No permanecería con ese cuerpo, simplemente lo dejó caer.
Len tardó en reaccionar, sus rodillas parecían pegadas al suelo mientras su mente aceptaba lo que estaba pasando.
Gotas de sangre se dispersaron durante su caída, cayendo algunas de ellas sobre Len Tao, reaccionando solo por esa lluvia.
Como un relámpago, el shaman estiró sus brazos para tomar a la chica, a la que sujetó como si una muñeca rota hubiese caído en sus manos.
Mudo y con un rostro que no parecía creer lo ocurrido, Len volvió a caer de rodillas, con la vista perdida en un punto que no era Daidouji.
Llamándola una y otra vez, Sakura les dio alcance sin importar que pudiera ser atacada por los enemigos. Se sobrecogió al ver toda esa sangre que la mano de Len Tao ingenuamente deseaba retener al oprimir con cierta fuerza.
— ¡Tomoyo no, tú no!— lloró con fuerza al sujetarle una mano, tratando de buscar una reacción— ¡Tomoyo! ¡No me abandones!— con el corazón desgarrado es que abrazó a su querida amiga sin poder lograr que Len Tao la soltase todavía.
El golpe no había atravesado por su espalda, pero el shaman solo intentaba mantener en secreto para la hechicera que no había nada que pudiera hacerse sobre un golpe que había perforado el corazón de esa humana.
Durante su descenso, antes de que su vista se nublara, Tomoyo se sintió feliz el poder verle ahí… Fue agradable sentirse en sus brazos nuevamente y cuando menos saber que moriría en el regazo de una persona especial…
Repeliendo a la muerte solo unos segundos más es como Tomoyo pudo seguir conciente, y antes de que su vista se apagara quiso decir algo, pero su voz había partido junto con sus demás sentido. No sentía nada más que el frío invernal de la muerte…
Len permaneció con sus ojos ausentes, escuchando solo los lamentos de la hechicera…
En un ultimo esfuerzo, Daidouji logró rozar con sus dedos la barbilla del shaman.
Len sujetó con rapidez su frágil y fría mano, solo para dirigir sus ojos a ella y ver como es que los ojos azules de esa bella chica derramaron unas ultimas lagrimas…
Lo último que su vista había encuadrado esperaba poder llevárselo al otro mundo, y ese era el rostro de Len Tao, el hombre al que lamentaba no haber podido conocer mejor…
Aunque se tratara de un shaman, no fue capaz de evitar que esa alma se le escapara de las manos… No controló el que lo abandonara…
Abrazó con añoranza a esa mujer, cubriéndose con sangre inocente que había sido derramada por sus enemigos.
Reprimió cualquier lagrima, reprimió cualquier tristeza, transformándola en una energía más útil, tal y como había aprendido hace mucho tiempo…
Su rival se encontraba sobre su mismo suelo. Si no los había atacado ya era solo porque disfrutaba el cuadro frente a él, del que él había sido pintor.
El shaman se levantó, dejando ese cuerpo al cuidado de Sakura Kinomoto quien permanecía inconsolable, ajena a cualquier otra situación que no fuera su mar de lágrimas.
Permaneció de espaldas, con sus manos manchadas comprimiéndose hasta el punto en que podría triturar sus propios huesos.
— Lastimoso es que, pese a que digan que pueden controlar a la muerte, jamás podrás alcanzar el alma de esa mujer… No quiero que guardes insulsas esperanzas de que podrás volver a verle, o que ahora se halla en un lugar mejor. Déjame ser el que te diga que eso es mera ilusión.
Len Tao continuó en silencio, procesando el torbellino de emociones que surcaban por su ser, convirtiéndolo en combustible para pelear… Rompiendo poco a poco el sello que él mismo se había impuesto cuando derrotó a su padre…
— Las almas de los caídos en esta trayectoria de destrucción que iniciamos no alcanza la paz, directamente es llevado por las fauces del verdadero y autentico amo de la muerte, se vuelven su alimento y su fuerza.
—… ¿Qué ganaste con esto?— preguntó Len ligeramente atragantado— ¿Por qué asesinaste a alguien como tú? ¿A una humana sin poderes?... ¡¿Qué diablos significó para ti el acabar su vida?!
— No fue por placer… Jamás ha sido por placer, solo necesidad— Vidar permaneció con su espectral apariencia, portando la capa que lo volvía un excelente imitador de la parca y su guadaña— Si deseas culpar a alguien, culpa a esa mujer que se encuentra allá. La muerte señaló a Tomoyo Daidouji solo por su cercanía con ella…
— No me vengas con estupideces…— le advirtió Len Tao completamente enfurecido.
Vidar pudo ver como es que el aura de ese shaman comenzaba a desprenderse de su cuerpo en forma de niebla.
—… El único responsable de su muerte eres tú… Por lo tanto, será tu cabeza la única que mi espada desea— como dagas de hielo escupió esas palabras, finalmente se giró a atender el duelo que Vidar buscaba— Voy a matarte… Para que vayas y le seas más útil a tu amo…— sus ojos dorados penetrarían cualquier confianza, excepto la de Vidar. En su mano derecha apareció su lanza espiritual.
— Bien Len Tao, después de todo será un honor el cortar la raíz de la Dinastía Tao. Que todo la línea de monstruos que tu familia a creado termine contigo…— las vendas que colgaban de su cuello volvieron a reunirse sobre su rostro para cubrir la mitad de este. En sus manos apareció la espada metamorfo que adquirió la forma de una guadaña.
La explosión que sacudió tierra y cielo cuarteó la capa de hielo que formó en las aguas del lago.
El shaman Horo Horo miró angustiado en aquella dirección donde su prometida luchaba, justo bajo la colosal columna de humo que caracterizaba a una bomba atómica.
— ¡Miyuki!— no creyó que pasaría algo parecido. Muchas presencias comenzaron a desaparecer y otras a debilitarse de modo alarmante— ¡Kororo, debemos volver, ahora!— ordenó a su coloso, olvidando a los dos enemigos que aun le acechaban.
El gigante de hielo lanzó un ultimo rayo congelante al gigante de patas de araña. Sin embargo, la criatura escupió una gruesa telaraña que atrapó le bruma congelante, evitando el convertirse en una estatua de hielo.
Tras un salto, el monstruo arácnido escupió una serie de telarañas que cayeron fácilmente sobre Horo Horo y su espíritu acompañante.
Ante el desagradable contacto con esa telaraña, Horo Horo ordenaría a Kororo el que las congelase, pero antes de que cualquier palabra, sintió como es que esa telaraña comenzó a drenar en gran medida su poder espiritual tras una onda de electroshock que le paralizó algunos músculos. Y no solo a él, el mismo Kororo pasó por lo mismo.
Cuando el espíritu azul intentaba el emplear su poder, la telaraña succionaba cada esfuerzo, cada gota de poder que deseara emplear para liberarse.
— ¡Argh! ¡Maldito!— pero el shaman lejos de detenerse continuó con sus intentos, siendo electrificado hasta los huesos, causando que su piel se rasgara y que sangre brotara de sus heridas.
No se dejaría morir por un oponente tan débil, el verdadero enemigo estaba muy lejos del poder de ese monstruo araña. Además, debía ir a salvar a Miyuki, a quien no debió haber dejado sola… Sin importar lo mucho que ella hubiera insistido, debió traerla consigo… Pero su prometida podía ser tan testaruda…
La telaraña aumentaba y aumentaba de tamaño cada que se fortalecía con el poder de aquellos a los que mantenía cautivos.
La criatura se acercó entonces a Kororo, utilizando dos de sus filosas patas para atacarle, funcionando como un pica hielo golpeando la dura superficie de hielo que era su cuerpo.
Horo Horo se estremeció al sentir el dolor de su compañero como propio. Gritó, pero se aferró a controlarse, debía pensar la forma en la que podría salir de ese lío…
—… Bien Horo Horo, concéntrate… concéntrate— se animó a si mismo.
Ya era claro que al concentrar su energía sobre si mismo solo terminaba por ser devorada por la grotesca red, ahora, como mago del hielo entonces aun sería capaz de controlar… ¡el hielo ya creado!
Nunca lo había intentado, y aun así se sentía capaz de hacerlo.
Cuando la araña se hubiera cansado de Kororo y estuviese a punto de devorar su cabeza, Horo Horo retiró su fuerza espiritual para que volviera a ser el pequeño espíritu y se perdiera en la blancura de la telaraña. Logrando así atraer la atención del monstruo a quien le sacó la lengua.
Con las espadas que eran sus patas, acabaría con el insignificante humano que no tenía escapatoria. Por supuesto que, antes de que algunas de sus extensiones le dieran alcance, una estalagmita de hielo emergió del frío suelo, con su extremo filoso y en punta, amputó una de las patas de la abominable criatura.
Tras un gemido, la criatura lo intentó de nuevo, repitiéndose el mismo ciclo de estacas que salieron del lago congelado como lanzas que acabaron por empalar a la araña, y el cuerpo que la mantenía funcionando.
Horo Horo se liberó de su prisión de seda, cayendo al suelo congelado donde tuvo tiempo de respirar, agotado por la energía perdida. Sin duda, necesitaba a alguien de su lado que jalara sus orejas y le advirtiera que sus acciones traerían más consecuencias que soluciones.
Sorpresivamente, una presencia estaba por atacarle por la espalda. Mirando sobre su hombro vio a la esquelética águila que venía sobre él con sus garras extendidas que podrían arrancarle la cabeza de lograr sujetarlo.
Horo Horo se levantó para hacerle frente, materializando tarde su espada espiritual, pero gracias a su buen compañero es que volvió a evadir las garras de la muerte.
Un tornado de aire frió que emergió de la pista de hielo improvisada, heló hasta los huesos el cuerpo de esa alma corrupta, cayendo estrepitosamente al suelo donde se despedazó como vajilla de cristal.
Solo por un pelo es que el shaman logró salir del camino que la estatua de hielo siguió hasta el piso donde halló su fin.
Desconcertado, Horo Horo buscó a su amuleto de la suerte, buscando con cuidado entre los residuos de telaraña que poco a poco se descomponían.
Sonrió aliviado al encontrar una esfera de cubierta de hojas, sabiendo que bajo esta su pequeño amigo se había protegido. Tras sujetarlo con cuidado, Kororo abrió sus ojos y buscó ser consentido por su buena acción.
— Gracias. En verdad que no sé lo que haría sin ti mi amigo— el shaman de cabello azul lo montó sobre su hombro, donde encontró un confortante asiento— Descansa Kororo que aun tenemos mucho que hacer. Vayamos y ayudemos a nuestros amigos— miró con expectación el horizonte, de donde sentía provenir un aire fétido a muerte y sangre.
Anna vendó con su estola roja la profunda herida que marcaba el hombro de Yoh, quien no dio muestras de dolor en ningún momento pese a que la sacerdotisa haya probado su resistencia discretamente.
— Estás listo— sentenció ella al ponerse de pie, llamando a Garou, su lobo espiritual quien se mantuvo alerta todo el tiempo, protegiéndoles de cualquier ataque imprevisto.
Yoh logró ponerse de pie, probó su hombro al realizar unos leves ejercicios con su brazo, pero ninguna línea de malestar cruzó por su cara. Sin embargo, el shaman miró con recelo hacia atrás, por el camino que ellos habían tomado para llegar hasta aquí.
Anna y su espíritu acompañante también lo sintieron, era una gran concentración de energía espiritual que se aproximaba…
— Parece que no lo lograron…— comentó Anna con cierta frustración. El que esa ola maligna continuara avanzando por tierra de los Apaches significaba que la resistencia que había para ella no logró su cometido— ¿Acaso eran tan débiles como para no poder hacer nada más?
— Algo terrible debió suceder tras esa gran explosión…— intentó convencerse Yoh de que no había sido incompetencia de ninguno de ellos— ¿Qué haremos ahora?...
Para su sorpresa, Anna se adelantó, y muy confiada, sin mirarle a los ojos, ordenó— Adelántate, yo les impediré el paso.
— Anna, puedo responder a muchas de tus demandas, ¡pero no permitiré tal cosa, es un suicidio!— añadió completamente molesto.
— ¿Acaso no confías en mi?— cuestionó ella sin volverse, solo su lobo yendo a su lado.
Yoh le confiaría su vida a esa mujer… Anna lo sabía, qué ganaba con hacerle tal pregunta.
— Sigue adelante, te prometo que ninguno de ellos va a entrometerse en tu camino de nuevo…
—… Pero— se aferraba a permanecer a su lado.
Garou gruñó en advertencia al indeciso shaman, dispuesto a arrastrarlo lejos de ahí de ser necesario.
— No hay necesidad que dos esposos se peleen entre si— alguien dijo para ambos— Seré yo quien me encargue a partir de ahora— tras buscar esa voz, un pequeño torbellino de desierto trajo consigo al renombrado shaman Mikihisa Asakura.
— Padre…
El shaman con el rostro cubierto por una mascara de madera pasó por entre ambos jóvenes, colocándose a la cabeza de estos, tomando claramente el lugar de la sacerdotisa.
— Anna, te pido por favor que acompañes a Yoh, él va a necesitarte…— pidió su voz profunda tras el filtro provocado por la mascara.
— Espera ¿dónde habías estado? ¿Por qué hasta ahora…?
— ¿Lo olvidaste acaso?— inquirió el hombre enmascarado— ¿No recuerdas lo que dijiste ese día? ¿Que si descubrías que te ocultaba algo nuevamente me matarías?
Yoh lo recordaba, pero no lo dijo en serio… ¿o si? Estaba enfadado por los antecedentes que sus padres tenían para con él, pero eso no significaba que realmente deseara hacerles daño.
— A estas alturas ya debes saber más que yo… Pero ya es tiempo que tú y tu esposa tomen el lugar de tu madre y el mío— explicó sin que su mascara dejara de apuntar el camino por el que el peligro se aproximaba.
— Entonces lo sabías, todo… desde el principio— espetó el shaman— Y aun así, en mi propia cara te atreviste a mentir…
— Yoh, no espero que lo comprendas ahora… Algún día entenderás que hay cosas que otros deben descubrir por si mismos, y que hay otras que uno debe callar para proteger a los demás…— aseguró con melancolía— Solo quiero que sepas que tu madre y yo nunca quisimos hacerte daño. Siempre hemos estado dispuestos en entregar nuestras vidas de ser necesario con tal de que logres tu objetivo. Incluso hasta en el final, Keiko quiso ahorrarte este mal y por ello… ella…— aun desolaba su corazón el que su esposa haya partido sin decirle adiós…
Un mal presentimiento le golpeó la espalda y tocó su corazón—… ¿Qué dices…? ¿Acaso ella a…?— por qué le afectaba tanto, de cualquier forma, Keiko Asakura fue una completa desconocida… Pero, ningún hijo podría no sentir nada ante una noticia como esa.
Anna pudo saber mejor que Yoh todos los sentimientos que el corazón de Mikihisa Asakura guardaba en su interior… Una gran lastima inundó sus sentidos ya que Yoh en verdad no sabía lo mucho que su padre y madre han debido sacrificar por el único objetivo de verlo llegar hasta aquí…
— Debes marcharte ahora. Prometo que los detendré. Anna, por favor, cuídalo…— masculló.
Asakura no se movió… Mucho quiso salir de su boca, pero su lengua se mantuvo paralizada por la confusión, dudas, conmoción y resentimiento que bombeaban su sangre.
La sacerdotisa asintió, tomó la mano de Yoh entre la suya y esperó el guiarlo, pero este se resistió al tirón.
— Estas muy equivocado si crees que vas a pelear tú solo…
— Yoh, no tenemos tiempo que perder— recriminó Anna.
— Deja de preocuparte, ya que no lucharé solo…— habló con suma confianza al instante en que otros seis torbellinos se manifestaran de entre las hojas de los árboles, creando copias exactas del shaman enmascarado— Vete ya, no me obligues a tener que desafiarte de nuevo— pidió aun con serenidad.
… De nuevo sucedía… Todos estaban dispuestos a ahorrarles batallas con el único objetivo de que él pudiera llegar al escenario final. Así como sucedió con Hao, todos ellos depositaban sus esperanzas en él… No debía permitir que ese esfuerzo, ese sacrificio fuera en vano…
Nunca se ha sentido un líder, las personas le siguen sin él proponérselo… ¿Tan inalterable es su destino acaso?... Sintió como si no hubiera otra salida. Sin importar los acontecimientos, él iba a volverse el líder de toda esa gente…
Anna volvió a intentarlo, caminó y para su beneplácito los pies de Yoh Asakura le siguieron.
Mikihisa sonrió bajó su mascara, se alegraba que su hijo haya decidido seguir adelante.
— Yoh, hijo, muchas veces te dejé pelear batallas en las que debí protegerte— pensó el de mascara de madera— Pero todo ha tenido su propósito… Me alegra que por fin, el destino me permita protegerte, pelear por ti— permaneciendo en medio de sus replicas, Mikihisa preparó conjuros con pergaminos que se pegaron en la espalda de todos sus otros yo—… Keiko, mira bien, ya que no pienso quedarme detrás de ti…
Cuando su hijo se encontrara cerca de él para asegurarse de su condición, Kerbasi habló lleno de angustia— Shaoran, no debes estar aquí…
Ayudando a que su padre levantara la espalda del suelo, el chino permaneció a su lado. En ningún momento bajando su defensa ante los enemigos que, extrañamente, le permitieron el acercamiento— Eres tú quien debería avergonzarse. ¿Ir a pelear y no invitarme?— sonrió inconscientemente para el cansado monje. Verlo así, herido y débil le estrujó el corazón. Ablandó esa fría pared de hierro que había interpuesto entre él y su padre...— Creo que la única actividad que nos une realmente son aquellas que se logran en el campo de batalla— sus ojos contemplaron el cascabel de oro que el anciano se negaba a soltar— Esta no es solo tu batalla. Ya has dado lo mejor de ti durante toda tu vida para proteger ese legado… Creo que llegó mi turno— masculló para sorpresa de Kerbasi— No te muevas de aquí y observa si soy digno sucesor o no…— Li intentó aminorar la tensión, ya que no se sentía cohibido por esos dos sujetos.
— Shaoran…— parte de él quiso detenerlo, pero la que se encontraba con el pecho inflado de orgullo es quien le permitió el aceptar el relevo.
Li Shaoran se puso de pie no sin antes recitar un conjuro, tan suave y tan leve que solo el viento fue capaz de escuchar— Dios supremo del viento, yo te invoco— apenas y sus labios se movieron y un campo de fuerza invisible había creado una cúpula alrededor de Kerbasi, tomando el ancho del circulo trazado por el impacto de hace unos momentos
—… Sabes que te permito tus aires honorables de vez en cuando…. — murmuró con desaprobación la pelirroja— Sin embargo, considero inadecuado que ocurra en este momento tan crucial, Sobek.
El soldado no respondió de ninguna forma, solo aguardó a que su siguiente oponente tuviera un intercambio de palabras con el monje. Es una oportunidad que hasta él mismo podría desear si se encontrara en las mismas circunstancias.
— Pero está bien… lo tolerare una vez más— aseguró con una media sonrisa— Encárgate del muchacho, te prometo que no intervendré en tu batalla— dijo con sus ojos clavados en el monje. Mientras que Sobek entretenía al hechicero entrometido, entonces ella podría aprovechar cualquier oportunidad de descuido para obtener lo que tanto anhelaba.
En el momento en que Li Shaoran abandonó su lugar al lado de Kerbasi y que su magia creara la barrera de protección, fue el tiempo en que Sobek se separó de la pelirroja.
— ¿Estabas esperándome?— preguntó confundido el hechicero. Su espada se mantuvo con la punta hacia el suelo mientras que en su otra mano sujetaba unos pergaminos de colores ocres.
Sobek cerró los ojos, siguió sin decir palabra… Pensó, recordó, se decidió.
Con la velocidad de un relámpago, el asesino tomó la Cold.45 que había formado con su voluntad, disparando numerosas veces contra el hechicero.
Shaoran solo necesitó ver el cañón de esa arma apuntarle para que su espada se moviera hacia los diminutos puntos donde pudo sentir la energía concentrada en forma de municiones. Logró rebotar todas ellas para librarse de un daño agravado.
El soldado corrió en su dirección sin dejar de disparar. Sin importar lo certero que pudiera ser para esquivar sus balas, lo mantuvo prisionero en su misma zona de defensa, la cual pensaba romper con un rápido movimiento de sus garras.
Mas Li Shaoran se percató de su intención. Y aunque todos sus movimientos se centraban en los continuos rebotes, el destello de las garras que crecieron del brazal del enemigo que venia sobre él lo hizo decidirse.
Un disparo le hirió en el costado, solo un roce gracias a su agilidad. Su espada detuvo el peligroso avance de las afiladas garras. Con el codo retuvo el arma de fuego, lo único importante fue que la mira dejara de apuntarle.
Aunque encontró sus brazos atrapados, Sobek utilizó sus rodillas para herir el punto en que su energía había herido al hechicero, desplegando una patada que transfirió tres golpes; iniciando con la rodilla, siguiendo con el pie que alcanzó su quijada y el talón que remató sobre su hombro derecho con gran fuerza, intentando inutilizar el brazo con el que su oponente poseía mejor dominio sobre la espada.
Li se encontró rápidamente desarmado. Confiándose, Sobek encontró el hueco que permitiría rebanarle el cuello al joven, sin embargo, Shaoran Li se agachó y eludió velozmente el golpe, alzando su puño que buscó acertar en el rostro de su enemigo.
Sobek movió su cabeza, el puño del chino avanzó por el espacio vacío existente entre el cuello y su hombro.
Li marcó su distancia, tomando en el camino la espada que llevó a guardar en la funda que cuidaba su espalda.
— Estabas muy equivocado si creíste que solo tenía mi espada para defenderme— tomando una posición claramente de combate y con una sonrisa en sus labios, el hechicero se alegró de señalarle su error al enemigo.
— No pude evitarlo…— no se mostró impresionado, pero si satisfecho— El problema con ustedes es que confían en un solo ámbito del combate. Me alegra por fin encontrarme con aquellos que son guerreros de verdad— enfundó del mismo modo su arma de fuego, optando una posición rígida en comparación con las artes marciales chinas.
Pero en cuanto extendió sus brazos, el hombre de trenza vio como es que una de sus hombreras se vino a bajo. Trató de no distraerse, pero al ver ese brillo de victoria en ojos de su adversario es que descubrió que el último golpe no había sido en vano…
— Parece que posees la misma habilidad que el viejo— masculló pensativo. Habían sido muchas las peleas donde expuso la protección de su armadura, y solo aquí es donde encuentra a oponentes que son capaces de fracturarla… En verdad iba a pelear con una versión joven del monje, pero, él sabe que detrás de los beneficios de la juventud se haya la mayor desventaja: inexperiencia.
— Por fin voy a vengarme de todo el mal que han causado… así que prepárate, serás el primero— le advirtió Li al dejar libres los pergaminos que llevaba en mano. El viento jugó poco con ellos, porque las tiras de papel se dispersaron y mantuvieron suspendidas en el cielo en un determinado punto.
— Eso han dicho muchos— repuso sarcástico el asesino.
Li fue el primero en arrojarse al ataque, siendo una patada lo que dio inicio un intercambio de golpes entre ambos combatientes.
El hechicero debía sobreponerse a cada golpe que bloqueaba su enemigo, ya que sus nudillos eran repelidos al golpear el sólido metal que cubrían los brazos y pies de ese hombre. Pero ni eso lograba frenarlo en sus movimientos.
Sobek se atrevió a utilizar solo uno de sus brazos para defenderse. Medía la destreza y potencia de su rival. Para conquistar una tierra desconocida, lo primero que debía hacerse era explorar…
¿Hechicero, shaman, monje? Ese joven parecía tener habilidades de las tres corrientes conocidas, por lo que debía ser cuidadoso.
El soldado pateó el cuello del hechicero, pero Li lo sujetó por el pie, girándolo con la intención de torcerlo, sin embargo Sobek utilizó la fuerza de su contrincante para que todo su cuerpo girase de la misma forma y su pierna libre atinara una segunda patada en las costillas del chino.
Li cayó al suelo adolorido. Pero sin intenciones de dejarlo respirar, Sobek se lanzó nuevamente sobre él.
El hechicero extendió el brazo como si se tratara de su escudo mas fuerte— ¡Señor supremo del fuego, manifiéstate!— gritó, e inmediatamente un torrente de brazas anaranjadas emergió del brazo de Li cuando uno de los pergaminos brilló del mismo color en el aire.
Por reflejo inconsciente es que el soldado se detuvo por el choque con la corriente de fuego, viéndose envuelto por el torrente.
Sin bajar su brazo, el hechicero logró levantarse, enfocando toda su energía para volver cenizas a ese maldito.
A lo lejos, Anath sonrió divertida, pues bien sabía que no había nada por el cual preocuparse. Será divertido ver cuando el hechicero, como muchos otros antes que él, se de cuenta de su error…
De entre el lanzallamas de su brazo, la silueta del asesino emergió por encima de esta, cayendo estrepitosamente sobre Li a quien golpeó con el puño, azotándolo y reteniéndolo contra el suelo donde sus garras buscaron nuevamente atravesarle el pecho. Li rápidamente pudo crear un vació entre su cuerpo y esas filosas garras gracias a su ki, pero su oponente no dejó de ejercer presión
No podía creer que su fuego mágico no haya logrado efecto alguno sobre ese sujeto. Ni siquiera una pequeña quemadura sobre su piel…
— Es una lastima, pero sus trucos dejaron de funcionar sobre nosotros…— advirtió con descaró el soldado, las puntas de sus zarpas se acercaban cada vez mas a su blanco— Si quieres vencerme tendrás que pelear como un hombre de verdad.
Pero Li no creía que no hubiese algo que su magia no pudiera hacer… Teniendo tan cerca de uno de ellos por primera vez es cuando se dio cuenta de lo que escondían esos tatuajes… No eran otras cosas mas que conjuros que repelían hechizos…
¡Pudo verlo, pudo entenderlo pese a su pequeñez! Eran muchos pero los que había en su cara… Fuego, y otros elementos… Pero donde estaba el trueno…
Sus ojos se abrieron mas cuando el espacio que le pertenecía al relámpago en cualquier anagrama de magia se encontraba vacío…— ¡Dios supremo del trueno, manifiéstate!
Cuando uno de los pergaminos que flotaban brilló, de las mismas nubes del cielo un estrepitoso rayo cayó en la espalda del soldado quien se paralizó de dolor.
Por su armadura, la intensidad de ese ataque se agravó, volviéndose mucho más intenso. Recorriéndole el cuerpo y atrofiando muchos de sus músculos.
Li no desperdició su oportunidad, y tras haber logrado apartar esas garras fácilmente, lanzó un puñetazo contra la frente de su enemigo, justo entre las cejas.
El golpe y su ki elevaron al soldado por los cielos, donde una vez más Li invocó al relámpago que atinó sobre el blanco nuevamente.
Anath vio absorta como es que su compañero cayó de espaldas contra el suelo, inmóvil. Su frente sangraba y parecía estar inconsciente.
Li permaneció con el puño alzado. Examinó al oponente caído a algunos metros de distancia, esperando que ese golpe a uno de sus puntos vitales bastara para detenerlo…
Si había empleado bien su ki, entonces ese sujeto ya no se volvería a levantar…
Kerbasi respiró aliviado, cada vez más orgulloso de aquel que era su hijo, sobre todo al verlo emplear las técnicas que él le había enseñado.
Li miró entonces hacia donde se hallaba la pelirroja, ella le regresaba una mirada llena de fastidio y odio.
El hechicero estaba dispuesto a pelear con ella. Se sentía con esa confianza ya que era el primero en descubrir la debilidad de esos infelices.
Anath no sentía odio por ese insignificante hechicero, no, su rabia iba más allá, al recuerdo de la mujer que había dejado estas cicatrices en su cuerpo… Aquella que la había utilizado para purificar las marcas que les permitían ser inmunes a un sin numero de conjuros. Y de alguna manera, ese muchacho había logrado descubrirlo… Que diestro debía ser para poder leer tan pequeños símbolos y descifrar sus fallas en cuestión de segundos...
— Ahora es tu turno— añadió Li con determinación.
Pero Anath solo sonrió y cerró los ojos— Que iluso si crees que tus trucos funcionaran también sobre mí.
Haciendo caso omiso a la advertencia, Shaoran volvió a hacer uso del poder de los relámpagos, claro que esta vez la mujer esquivó con rapidez, una, dos, tres veces.
Tres círculos negros se dibujaron en el suelo que ella pisó por eludir esa tormenta— No te vanaglories todavía, quizás hayas podido tumbar a Sobek pero fue solo porque lo tomaste por sorpresa— aclaró con aires de superioridad— Cosa que no podrás hacer contra mi ya que yo conozco a los de tu clase mejor que nadie— aseguró sarcástica— Además, perdiste tu ventaja al permitirme ver lo que eres capaz de hacer, por lo que no volverás a usar ese puño contra nadie más, eso te lo prometo.
Kerbasi aun dudaba… ¿Acaso esa mujer en verdad podría ser la Gran sacerdotisa?... ¿Aquella a quien debe de servir?... Aunque lo dijera no podía creerlo, imposible… ¿Cómo es que podría estar involucrada con el enemigo?... Aunque, si lo pensaba bien… tal vez ese fue el mejor de los escondites para ella…
Pronto, sintió una extraña energía que trajo consigo la corriente. Solo él pareció notarlo, pero cuando sus ojos buscaron esa inusual manifestación al sentirla tan familiar, es que llegó hasta el guerrero caído.
Un disparo pasó rozándole la mejilla. Shaoran se giró para ver como es que de cuclillas, su oponente le apuntaba de nuevo.
— Que estúpido, desperdició un tiro que pudo ser certero— pensó con enfado la pelirroja.
Solo a un hombre se había atrevido a matar por la espalda… Pero En Tao lo merecía, la venganza lo impulsó…
— ¡Anath… te advertí que te mantuvieras fuera de esto!— repuso molesto, levantándose con cierto esfuerzo, aun sintiéndose aturdido por la electricidad que cruzó por su cuerpo.
— No me mires a mí, este ingenuo creyó que había terminado contigo con solo tres golpes— hundió los hombros con desdén.
¿Cómo podía levantarse tras ese golpe? Shaoran Li no lo entendió. Un punto vital que garantizaba la inconciencia… Además, empleando su energía el efecto debía ser mucho más duradero.
Claro que Sobek resentía los efectos de todo lo ocurrido. La sangre de su frente caía sobre su rostro, y su doble vista no le permitiría el hacer uso adecuado de su arma, por lo que volvió a ponerla en su funda.
— ¡Estas gravemente herido, solo prolongas tu derrota!— le señaló el hechicero— El golpe que recibiste tarde o temprano…
— ¡Esta pequeñez no va a detenerme!— lo cortó tajante el asesino al recobrar postura— Con esto solo has acortado el tiempo que tengo para eliminarte… ¡es lo único que cambiará!
El hechicero atrajo el pergamino del relámpago y lo fundió en la hoja de su espada, la cual y se mostró reluciente por las ondas eléctricas que se manifestaron a su alrededor.
A Sobek no le atemorizaba el morir solo por dejar de existir… No, lo que le aterraba era morir y descubrir que estaba equivocado… que todo el tiempo erró. Se equivocó y lo comenzaba a comprender, pero a cualquier soldado se le dificultaba el aceptar que estaba luchando por algo incorrecto…
Antes de que cualquiera de los dos volviese al ataque, Sobek retrajo las garras de su brazal, el cual quitó de su brazo.
— ¡¿Pero qué estas haciendo?!— preguntó con horror la pelirroja.
Sin decir palabra se privó de los guantes de metal, de las botas, de la armadura y del cinturón. Todo lo metálico lo arrojó a tierra, de nada le servia ahora andar de pararrayos… Solo el traje oscuro de fibra especial es lo que mantuvo en él, así como la bandana.
En un último preparativo, de su bota derecha extrajo un pequeño y rutinario cuchillo…
— ¡¿Acaso ese rayo te atrofió el cerebro y por fin te volviste loco?!— Anath desaprobó completamente su acción.
— No me molestes… Sé lo hago— le pidió con demasiada calma.
Poco a poco, la energía de ese hombre estaba cambiando, Kerbasi lo sentía y ello le preocupaba… Aun con vestigios de energía corrupta en su esencia, ciertos resplandores comenzaron a ser notorios…
— Eres muy astuto— admitió Li.
— Estamos en iguales condiciones ahora…— con sus dientes sujetó la hoja del cuchillo para que sus brazos quedaran completamente libres.
Una tormenta de fuego terminó con cientos de pequeños insectos parecidos a los escarabajos Para el león de ojos dorados y para Yue fue claro el origen carnívoro de las alimañas cuando una de ellas saltó y mordió con saña la nariz de Kerberos.
Resultaba frustrante para el león alado el haber perdido a Sakura todo gracias a esos monstruos entrometidos que los obligó a detenerse.
Por mucho que lo intentaran, los insectos con punzantes tenazas seguían y seguían emergiendo del suelo. Ni si quiera en los cielos encontraron camino libre pues los insectos contaban con pequeñísimas alas bajo su caparazón que les permitían asecharlos como mosquitos.
Yue creó un campo de energía a su alrededor que terminaba por rostizar a las diminutas pestes solo al tocar su barrera. Mientras, Kerberos no dejaba de arrojar su fuego mágico sobre aquellas que venían en su búsqueda.
En si, no resultaban un reto para ambas criaturas mágicas, pero al parecer interminables les obligaba a no avanzar, no si con ello llevarían peligro a la chica que querían proteger. Por eso, Kerberos decidió permanecer ahí hasta que pudieran deshacerse de esas molestias.
Sin importarle demasiado, Yue solo permaneció en el cielo con su campo de fuerza y eso bastaba para no tener que hacer nada mas. Gracias a ello es que podía intentar descubrir el secreto tras esa eterna emanación de bichos.
Una alfombra de esas criaturas cubrían gran parte de la zona por la que ellos volaban, solo algunas es que se lanzaban al ataque contra ellos pero el resto permanecían sobre la tierra. Observó el movimiento uniforme de ellas, como es que poco a poco formaban una silueta bajo ellos.
Yue gritó para alertar a su compañero ya que el escalofrió que sintió fue tan terrible que lo llenó de pavor— ¡Kerberos, apártate!
El guardián de alas blancas vio el gran ojo formado por los escarabajos, y como este parpadeo como su se tratara de un ser vivo. Del mismo perímetro que lo trazaba, una luz se elevó al cielo con la intención de aprisionar a las dos criaturas, pero en un reflejo inconsciente, Yue lanzó su energía en forma de una ventisca potente que logró arrastrar a Kerberos fuera del alcance de ese resplandor.
El guardián de cabello plateado quedó paralizado por esa fuerza que comenzó a hacer estragos sobre su cuerpo, imposibilitándole el moverse o el de mantener su escudo funcionando.
En un intento por ayudarle, el león estaba por embestir esa luz, pero una advertencia de Yue lo contuvo.
Antes de que cualquiera de los dos pudiera hacer algo más, de ese ojo gigantesco en tierra emergieron un sin numero de delgadas agujas que subieron por el cilindro proyectado.
En una lluvia de haces de luz, el cuerpo de Yue fue vapuleado por una gran cantidad de esos impactos que lo elevaron mucho mas por el aire.
En un desesperado intento, Kerberos reunió su energía vital, y de sus fauces dejó escapar un gran rayo de energía dorada contra la superficie donde ese ojo se mantenía abierto. La fuerza de esa ráfaga desintegró gran parte del suelo y deshizo la formación de los escarabajos, pero otros tantos comenzaron rápidamente a reagruparse.
Yue luchó para mantenerse conciente pese a que todo su cuerpo ardía en dolor. Cada uno de esos afilados golpes habían atrofiado sus movimientos. Mientras más subía empujado por esos resplandores, más fue su desesperación, pero una vez que el ataque hubiese cesado el vacío le aguardaba.
Extendió sus alas con el afán de mantenerse en el aire pero ni siquiera ellas le respondieron debidamente.
Realmente aturdido, Yue no sería capaz de escapar de tan tremenda caída, pero no por nada su fiel compañero se encontraba ahí. Tras darle alcance, Kerberos logró interceptar a Yue. El guardián de cabello blanco se aferró al lomo del león para no volver a caer.
Con el rostro ligeramente rasguñado, Yue miró confundido a su camarada— ¿Estas bien, puedes continuar?— preguntó Kerberos sin que sus ojos dejaran de estudiar los movimientos de esas alimañas, quien sabe que otra sorpresa podrían tener para ellos.
—… Apenas puedo sentir mi cuerpo…— confesó con aparente molestar.
— Torpe, no tenías porque haber hecho eso— masculló Kerberos— Pero te lo agradezco— dijo con una media sonrisa. De algún modo, pese a que Yue hubiese pedido los recuerdos de sus anteriores amos, su inconsciente seguía conectado a la camaradería que ambos lograron reforzar con el paso del tiempo. Y eso le alegraba…
Yue tampoco lo comprendía, sobre todo le confundía la extraña manifestación de su energía… ¿Qué es lo que pasaba?
— No habrá de otra, ¡sujétate bien! Por ningún motivo puedo dejarte para que seas blanco fácil de esos carnívoros.
A Yue no le agradaba la idea de depender de otra persona, pero ante la situación, lo único que podía hacer era cooperar.
— ¿Y qué es lo que vamos a hacer?... Esto parece que nunca tendrá fin— comentó serio.
Nuevamente, el león comenzó a desplazarse por el aire al ser perseguidos por un torbellino de numerosos insectos— ¡Tu y yo sabemos que esas cosas no puede estar actuando por su cuenta, algo o alguien las manipula, solo hay que encontrar al responsable!— explicó en pleno batir de sus alas.
Montado sobre el lomo del león volador, Yue materializó su arco de energía, lanzando una flecha que terminó con esa corriente devoradora. Kerberos desintegro a las que venían por su costado.
Inesperadamente, un enjambre de esos seres crearon nuevamente una serie de ojos suspendidos en el cielo, y como cíclopes es que cada uno de ellos lanzaron una ráfaga azul que pudieron esquivar.
Cuando esos rayos cayeron sobre los árboles, estos rápidamente se derritieron como si fueran de cera.
— ¡¿Sentiste eso?!— pregunto Kerberos con desconcierto.
— ¿De qué hablas?— se desentendió Yue tras crear nuevamente una barrera que repelió a los escarabajos, y a su vez, disparando sus flechas para terminar con la formación de ellos.
— ¡Cuando esos ojos lanzaron esos ataques sentí la presencia de un enemigo!— gritaba para dejarse oír por encima de los constantes zumbidos de todos los insectos
— ¿Qué dices? ¡Yo no sentía nada!
— ¡No es una presencia mágica!— si Yue recordara lo que habían aprendido, comprendería ya la situación— ¡Cree lo que te digo! ¡Solo necesitas concentrarte! ¡Tú también posees esta habilidad!
Kerberos dedujo con rapidez. Tras muchas de sus experiencias, de sus conocimientos, teorizó la táctica que estaba siguiendo su enemigo para atacarles.
¿Pero que tal si se equivocaba?... Pondría en riesgo su vida y la de su compañero, y era algo que deseaba evitar, por lo que emprendería solo su estrategia.
— ¡¿Crees que puedas volar?! Es de vital importancia que nos separemos.
— ¿Tienes un plan no es cierto?— el guardián de pelo plateado reconocía esa mirada en los ojos de Kerberos.
Kerberos volvió a sonreírle— Descabellado como siempre— admitió— Solo necesito que te defiendas como hasta ahora y no te entrometas en mis asuntos ¿entendido?
Nunca antes habría aceptado ordenes de alguien que no fuese su amo Clow, pero en vista que Kerberos parecía tener una idea y él no, pues… no había nada que pudiera perder. Lo único que le preocupara es que la ineptitud de su aliado terminara por matarlo y entonces su amo se sentiría muy triste…
No debió responderle con palabras, y aunque no imaginaba lo que el león estaba por hacer, Yue se dejó caer y sus alas lograron mantenerlo en el cielo donde lentamente recobró la fuerza de su vuelo.
Una vez que se asegurara de que Yue podría resistir por su cuenta, Kerberos buscó alguno de esas curiosas formaciones, precipitándose a una de ellas que ocurrió encima de su cabeza.
Si estaba en lo correcto, quien quiera que fuera el que controlara a esos insectos, se encontraba dirigiendo todo a distancia, y a través de esos portales es por los que dirigía sus mejores golpes.
Por la estreches de esa circunferencia, en pleno vuelo Kerberos regresó a su minúscula forma ante los ojos absortos de Yue.
Cualquiera pensaría que se trataba de un ataque suicida pues aquel ojo trazado en el cielo rápidamente concentró su ataque y un poderoso rayo se dirigió hacia la criatura de cabeza redonda.
Antes del choque, Kero tragó todo el aire que sus pulmones le permitieron solo para dejarlo escapar de su boca como una corriente que creó un vacío entre él y esa sofocante energía, partiendo el cause de esta en dos como si se tratara de una ola que acababa de abrir por la mitad, y por ese mismo sendero logró cruzar hacia el otro lado.
Yue vio confundido cómo es que la pequeña criatura se lanzó hacia la formación de escarabajos, desapareciendo una vez que alcanzará su objetivo.
Resultó menos de un segundo, pero al toparse con un aire turbulento y terroso supo que su teoría había sido acertada. Rápidamente, sus alas volvieron a atraer su fiera apariencia, y sus ojos dorados se precipitaron hacia la única silueta visible en ese paisaje estepario.
No se permitió perder ni un segundo, en un rápido descenso, el león atravesó con sus patas a uno de esos esbirros malignos. Clara fue la poca habilidad física de ese adversario al solo bastar un zarpazo de Kerberos para terminar en el suelo. No por nada esa monstruosidad antes humana necesitaba pelear lejos del verdadero campo de batalla.
El león no tuvo consideración alguna, y una vez bajo sus zarpas, dejó que su fuego terminara completamente con ese armatoste que se fundió con el suelo tras la intensidad de las flamas.
Con un ligero rastro de humo saliendo de sus fauces, Kerberos miró en redondo. Ningún rastro de civilización, ni de ningún ser vivo que no fueran serpientes o escorpiones.
Pronto, se percató del problema. Una vez que buscara orientarse por las presencias de amigos u enemigos, fue clara la gran distancia de la que se encontraba de todos ellos.
— ¡Maldición!— gruñó preocupado al saberse demasiado lejos de aquellos que lo necesitan. Jamás pensó en la consecuencia que traería arrojarse ha un portal desconocido. Cuando menos creyó que el sujeto se encontraría relativamente cerca del combate, pero el muy canalla si que se había esforzado por mantenerse al margen de cualquier peligro.
Se elevó en el aire donde su cuerpo adaptó la mejor postura para que sus alas resultaran más aerodinámicas. El tiempo era corto, y todos esos segundos que no se encontraba al lado de Yue o Sakura le hacían pensar en todas las terribles situaciones por las que podrían estar pasando y él no se encontraba con ellos para ayudarles.
Yue desvaneció su campo protector una vez que los escarabajos comenzaron a caer, y uno tras otro se fosilizaron con rapidez hasta una ligera brisa fue capaz de transformarlos solo en polvo sobre el suelo.
Sin saber a ciencia cierta dónde podría encontrarse su camarada, lo único que podía suponer es que él tuvo algo que ver con el freno de esa plaga.
Creyó que en cualquier momento volvería por lo que decidió esperar. Sus pies se posaron sobre una rama del árbol más cercano, esperando que un terreno alto le permitiera estar fuera del campo de visión de algún peligro… Pero se equivocó.
El sonido de algo abriéndose paso por el aire y algunas hojas que se encontraron en su camino alertaron a Yue de girar.
Con grandes reflejos, el guardián partió con sus brazos cortantes la flecha que estuvo por encajarse en su frente. Yue también pudo con otras dos que buscaron diferentes puntos, pero con agilidad y hasta cierta gracia es que destruyó los alargados proyectiles.
En el aire, buscó a su atacante, pero descuidado fue ya que de entre los árboles una larga extensión de metal le sujetó por la pierna. Se adhirió con tanta fuerza que dañó la pierna del ángel.
Yue intentó cortar eso que estaba desgarrándole el muslo, pero en cuanto llegó esa decisión a su cerebro, una violenta descarga cruzó por todos su cuerpo, obligándolo a finalmente caer a tierra donde permaneció aturdido al sumarse a sus males el impacto contra el suelo.
Con la visión ligeramente borrosa, Yue alcanzó a ver los pies embotados de alguien que se acercó tranquilamente hasta él, deteniéndose a escasos centímetros.
— "¿Cómo has caído del cielo, astro rutilante, hijo de la aurora, has sido arrojado a tierra, tú que vencías a las naciones?" *— entonó con gran sarcasmo la voz de una mujer. Aquella que sostenía el látigo que ataba a ese ángel a permanecer sobre la tierra.
Con la punta de su pie, logró alzar la barbilla del joven de cabello plateado solo para que este la contemplara— Al fin te encuentro, encarnado aun bajo un bello rostro— masculló con sadismo la mujer del crucifijo—Será un placer convertirme en la espada que atravesará tu corazón… Luzbel.
Se arrojaron uno sobre el otro en un santiamén, con sus deseos por derrotar al otro como su único impulso y objetivo.
La espada de Li lanzó varias estocadas causando solo cortes superficiales en el soldado que debía adentrarse en esa ofensiva. En la última de ellas, Sobek logró retener el brazo del hechicero por la muñeca y el codo, siendo su rodilla la que rematara el punto medio de donde se encontraban sus manos y así romper el hueso.
Li gritó con mucha fuerza ante la fractura, su espada cayó al suelo mientras que Sobek lo pateó en las pantorrillas y el hechicero se precipitó al suelo nuevamente, donde Sobek golpeó con su talón el punto medio de su pecho.
El soldado tomó el cuchillo y un simple movimiento con su pequeño cuchillo terminaría con él, pero antes de hacerlo Sobek se detuvo sin explicación alguna…
Li aspiró profundo ante la falta de aire, sorprendiéndose el que su enemigo se hubiera detenido tan precipitadamente, pero eso no lo contuvo de centrar su ki y con su brazo sano lanzar una ráfaga energética que golpeó al hombre de trenza, alejándolo.
Sobek cayó de rodillas pero con sus manos ayudó a que el resto de su cuerpo volviese a ponerse de pie para embestir con su hombro al hechicero quien apenas se levantaba demasiado enfocado en el terrible dolor de su brazo.
Su mano armada de nuevo buscó la garganta del joven, pero su movimiento fue demasiado lento y el cuerpo de su oponente cayó al suelo antes de que alcanzara su blanco.
Li volvió a reaccionar, y con fuerza sujetó la pierna de Sobek al cual le descargó una serie de relámpagos que cayeron del cielo.
Con el cuerpo humeante es que se trastabilló para crear distancia. Las cortadas en su piel ardían como el resto de su cuerpo acalambrado. Su vista empeoró, por lo que el mantener los ojos cerrados era el único alivio que encontraba al respirar agitadamente.
No entendía por qué es que su propio cuerpo se detenía cuando estaba por terminar su batalla… Podría culpar a todas esas descargas que había recibido, el golpe en su cabeza pero…. No era normal que cuando fuera a terminar con la vida de ese mago es que algo pasaba que impedía el suceso.
Escuchó a Li venir hacía él, con su brazo izquierdo manejando la espada de trueno. Sentía el cuerpo tan entumecido que no creía poder evadir su ataque, pero no dejó de intentarlo.
Con las manos desnudas fue capaz de impedir el paso de esa espada letal, y aunque sufrió por la electricidad fue mejor que verse atravesado por ella.
La retuvo suficiente para que su mano alcanzara a tomar el brazo de Li, jalarlo hacia él, azotándolo contra el duro suelo de nuevo donde permaneció torciendo su mano. El contacto con esa espada había abierto nuevas heridas, pero nada le impediría romperle el brazo faltante a su oponente.
Sus músculos volvieron a tensarse, imposible de mantener sujeto a Li…. ¿Qué es lo que me pasa? Se preguntó desconcertado y confundido antes de recibir una serie de patadas que Li lanzó sobre él.
Anath se percató de ello, cómo es que en los momento cruciales Sobek se entorpecía…
Por permanecer como espectadora era fácil detectar tales detalles. Buscó explicación, sus sentidos se dispersaron por el lugar, difícil de centrar al existir una gran variedad de energías cuyas ondas expansivas llegaban hasta allí.
Crecieron dudas en ella al detectar un cambio repentino en el aura de su compañero… Aquella que siempre fue como la suya y el resto de los que fueron bautizados por la sangre de Cali, ahora comenzaba mostrar indicios de… luz. Pero como fuera, algo más actuaba sobre él, una energía diferente, ajena e invasora. Siguió el rastro y llegó a una conclusión.
Observó con expectación al monje, quien dentro de la protección de ese campo de fuerza había acondicionado su cuerpo en una posición de flor de loto como en un inicio. Parecía completamente desconectado de la realidad y todo su poder mental se dirigía a un solo objetivo.
Li se agazapó para esquivar un debilitado puño, bastando con un codazo de su parte para privarle del aliento a su adversario.
La espalda del soldado se estrelló contra una gruesa pared de roca ocasionada por la inestable erosión del suelo a causa de la batalla. El hechicero se permitió una pausa al sentirse él mismo agotado.
Sobek giró en el suelo con el afán de no rendirse a la inconciencia. Pero el cuerpo no le respondía a sus deseos, como si todos sus huesos estuvieran a punto de endurecerse como piedra.
Anath sintió rabia por verlo en ese estado ante la mala jugada de ese monje… Sin embargo, esperaba que esa lección terminara por convencer a su aliado que no todos respetarán una pelea con honor— Al final la supervivencia lo es todo…—musitó para si misma.
Tensó todo su cuerpo, empleó lo que le quedaba de fuerza para levantarse pero, como si una piedra de una tonelada recayera sobre su espalda, no pudo, mas no dejó de intentarlo.
Aunque sus músculos comenzaran a desgarrarse, él combatió esa fuerza que lo aplastaba contra el suelo.
Li Shaoran no era de la clase de persona que mataría a un oponente. Por lo que al sentir que finalmente había inutilizado la amenaza es por lo que volvió a prestar atención a la pelirroja.
La fuerte energía de Kerbasi cubría y ahogaba con facilidad la del soldado.
No iba a permitir que su hijo muriera en manos de ese hombre, y al no poder pelear, lo único que podía hacer por él era facilitarle el combate.
Mal debía sentirse por saber que su hijo no iba a ser el ganador de esa batalla. Solo le bastó con ver un poco del combate para saberlo… Que temibles maquinas de combate eran todos esos individuos… Lamentaba el tener que emplear esta clase de tácticas para poder sobrevivir…
Cegado por la furia que despertó su impotencia, el cuerpo de Sobek comenzó a expulsar su ki en forma llameante y transparente. Inconsciente de sus actos, intentaba repeler esa pesadez, combatía la voluntad del monje que aprisionaba sus movimientos.
Anath volvía a sentirse lista para acabar con lo que Sobek había comenzado. Agradecía que haya decidido pelear primero, de esa forma sería más fácil acabar con ese hechicero y anciano malheridos.
Antes de que sus garras se mancharan de la sangre de algunos de ellos, ella junto al joven y el monje sintieron el inesperado huracán que surgió en las cercanías.
El rostro sereno de Kerbasi se contrajo. Todas las líneas de expresión se marcaron con fuerza. ¿Cómo podía ser posible que no pueda domar esa implacable energía? No hace mucho era solo una brisa fría… Ahora estaba siendo expulsada como si se tratara de una peligrosa tormenta.
El campo de fuerza le permitió el no ser golpeado por la tierra que se alzaba, ni por los escombros que se desprendía del suelo.
Shaoran Li se cubrió el rostro con su espada, esperando descubrir lo ocurrido tras esa explosión de poder.
La pelirroja liberó una barrera de energía que la privó de cualquier golpeteo de los escombros, observando curiosa en la misma dirección.
Kerbasi abrió los ojos, el excesivo sudor que nació de su frente se dispersaba por el resto de su cara.
Perdidos en medio de ese ventarrón, el aire giraba y los ocultaba con ayuda del denso polvo que seguían levantándose.
En medio de ese torrente, Kerbasi veía como es que ese enemigo había logrado sobreponerse y torpemente sus rodillas abandonaron el suelo.
Con sus uñas clavándose en sus palmas, Sobek continuaba expulsando su poder, con mucho mas ahínco al sentir como su cuerpo comenzaba a aligerarse. Centrado en el único objetivo de terminar con esa maldición, no notó la forma en la que sus tatuajes destellaban.
El monje observó estupefacto cómo es que el cambio de esa aura se aceleraba. Donde hubo oscuridad y frágiles destellos de luz se encontraban cautivos, rayos del mismo sol comenzaron a emanar y dispersaban esa bruma oscura.
Una resplandeciente aura dorada eliminó toda esa negatividad. Quemó las marcas que habían tatuado en su carne y en su alma, limpiándolas por fin.
— ¡No puede ser!... Esta presencia es… es…— no podía consolidar el simple pensamiento— Como si el sol brillara a su espalda… —¡No! ¡Imposible! Solo puede significar que…. — la imagen del Gran Maestro se antepuso a la de Sobek, la forma en la que sus energías ahora parecían hermanas gemelas.
En un movimiento que nació de lo mas lucido de su subconsciente (el que ahora dominaba todo su ser), llevó su puño a aguardar a uno de sus costados solo para dejarlo ir hacia al frente en un rápido golpe al aire, liberando así una estela de luz de la que se desprendieron numerosos golpes a una velocidad que superaba la del sonido mismo.
La barrera que protegía al monje fue traspasada cual no existiera, perdiendo todo sentido al recibir solo la primera línea de golpes que dañaron severamente su desprotegida piel.
Li se exaltó al ver a su padre salir despedido de esa gran humareda cuyo movimiento permaneció cual un tornado de gran intensidad que expandió sus ondas en todas direcciones. Con la fuerza de dos huracanes, Li Shaoran fue expulsado del suelo, fundiéndose con las terrosas nubes.
Horo Horo saltó de su tabla de esquiar. Miró consternado el basto terreno delante de él: desolado y desconsolador, el suelo fracturado e irregular por la inmensa detonación…
Había sido tanta su intensidad que ni siquiera los restos de los guerreros que allí pelearon con valentía lograron resistir…
Abatido, el shaman pegó sus rodillas en el suelo. No podía sentir otra energía espiritual mas las dos que habían causado ese desastre y que aun se encontraba impregnada en todo el sitio, como si sus dueños aun permanecieran en las cercanías luchando con todas sus fuerzas.
Escuchó pasos a su espalda, pero al reconocer la presencia es por lo que ni siquiera se preocupó.
Fausto llegó lentamente a su lado. Su gabardina blanca, aquella que reforzaba aun más su posición de experto doctor, se ondeó con el golpe del viento que arrastró polvo de ese desierto.
El shaman de cabello azul estuvo por aprisionarse en un campo de remordimiento y tristeza, incluso Kororo mostró la vinculación con esas mismas emociones y sus ojos se tornaron vidriosos y llenos de pesar con rapidez.
—… Miyuki…— casi resultó un sollozo de su parte.
El doctor lo observó de reojo. Comprendía el conflicto de emociones que estaban golpeando el alma de ese joven pues él mismo conoce el sentimiento de perder a la persona más amada.
Pero Fausto iba a mantener la mente fría por ambos ya que no se podían detener, no cuando había que seguir luchando. Se adelantó, disgustándole lo que estaba a punto de hacer pero… no había alternativa, no cuando el número de enemigos resultaba mayor.
Alzo ambas manos frente a él, con tan sutiliza como si estuviera por realizar una complicada y peligrosa intervención…
— …. ¡Ni siquiera lo pienses Fausto!— gruñó Horo Horo, habiendo descubierto las intenciones del shaman de cabello rubio y ojos acentuados por grandes ojeras— ¡No te atrevas a profanar los cuerpos de nuestros amigos!— aun con el rostro ensombrecido, el shaman despertó un mal presentimiento en el doctor.
— Date cuenta que si seguimos de esta forma llevamos las de perder… Combatimos a numerosos rivales, es claro que debemos compensar las perdidas de nuestro bando— sonó frío y decidido.
— ¡No! ¡Jamás imitaremos a esos bastardos! ¡De ninguna manera aceptaré… ser como ellos!— se atragantó por la furia que sentía bajo su piel, aquella misma que lo estaba levantando.
—… Extraño— musitó con gracia el pálido doctor— Porque ante mis ojos, son ellos quienes nos imitan muy bien…
La sola idea de que el cuerpo de su querida Miyuki pueda convertirse en un títere de Fausto lo asfixió de cólera.
— Conmigo bastará… Yo acabaré con todos esos malditos…— masculló con advertencia— No hay necesidad de…— pero Fausto ensordeció y con el movimiento de un pulgar logró que debajo de una pila de rocas algo comenzará a moverse.
De un prematuro impulso, Horo Horo llegó hasta el rubio, azotándole un golpe en la nariz que bien pudo fracturarla.
Fausto cayó al suelo y ahí permaneció inmóvil, su cuerpo parecía una marioneta al que le fueron cortados los hilos.
— ¡¿Acaso no me escuchaste?!— gritó exasperado el shaman— ¡Si vuelves a hacer eso, te juro que…!— de nuevo escuchó el movimiento bajó tierra, lanzando sus ojos en esa dirección ya que Fausto permaneció inmóvil.
Curioso, es que Horo Horo se acercó, pero sus pies inmediatamente se encontraron en el vacío al momento en que el nivel del suelo que pisaba hubiese cambiado.
Como si la tierra abriera una gran boca, una capa rocosa se abrió por la mitad tras haber servido de barrera protectora. Un gigantesco escudo que resguardó y salvó la vida de muchos.
Horo Horo cayó sentado, pero en cuanto sus ojos se abrieron pudo sorprenderse con lo descubierto.
Bajo esa superficie que fue removida por acto de magia, un numeroso grupo de hechiceros, criaturas y shamanes habían sido refugiados. La gruesa corteza logró absorber gran parte del impacto, pero aun así, la mayoría de ellos se hallaban malheridos o inconscientes.
Sin importarle esos rostros necesitados, Horo Horo buscó la única cara que deseaba poder ver. Sintiéndose en medio de una sala de emergencias, buscó en medio de heridas sangrantes y huesos rotos a su preocupación inmediata.
Fausto caminó con ojos analíticos tras limpiarse la sangre que caía de su nariz. Solo bastó un paso de su mano y el cartílago se reacomodó.
Si intención jamás ha sido el de pelear con alguno de sus camaradas, sobretodo con alguien con quien ha vivido intensas situaciones de vida y muerte… Pero le disgustaban los hombres que perdían el objetivo de una misión, y sin importar la cuestión ética él estaba dispuesto a pelear a su manera.
No había que malinterpretarse, sí le alivió el ver a todos esos sobrevivientes que corrieron con suerte. Sacando una hipótesis muy acertada es que supuso que habían sido dados muertos por el enemigo gracias a las fuertes energías de la explosión que confundieron cualquier clase de rastreo.
Fausto se detuvo al ver a un hombre que sangraba por el pecho, decidiendo atenderlo a él primero.
Miyuki se levantó a gatas, sobándose la cabeza al sentirla zumbar. A su lado, el zombie peleador igualmente recobraba el sentido, protegiendo aun a la chica rubia de nombre Mary.
Guein, la mujer que sirvió alguna vez a la familia Tao sostenía en sus brazos a una chica de cabello púrpura, aquella que había salvado sus vidas.
— ¡Miyuki!
Al escuchar su nombre con tanto afán, la chica buscó el origen de ese llamado, solo para ver a lo lejos a un sonriente Horo Horo que se desvivía por llegar a su lado lo más pronto posible.
Justo en el momento en que pudo ponerse de pie fue cuando su prometido ya se había aferrado a ella, transmitiendo demasiada añoranza en su tacto.
La chica se sonrojó al ser victima de curiosas miradas, pero no fue tan cruel como para romper con ese momento de reencuentro.
No había palabras para expresar lo agradecido que se encontraba por el poder abrazarla una vez más tras haber creído que la había perdido.
—… Oye, ¡¿Qué es lo que haces aquí, tonto?!— preguntó malhumorada la chica.
El shaman la miró confundido y hasta cierto punto molesto. Pero solo bastó contemplar esos bellos ojos y recordar que esa era la forma en la que los dos funcionaban bien… Por lo que después de limpiarse sutilmente las lagrimas es que con un aire pedante expresó— ¡Mujer, todavía que me preocupo por ti ¿y me recriminas?!
— ¡Baka!— se sintió complacida de que él pudiese entenderla mejor que nadie— ¡Después de que fuiste tú quien decidió ir a perseguir a esas cosas con tantos aires de grandeza ¿ahora vienes a hacerla de héroe?— una rápida mirada y agregó— ¡Y encima ya estas herido, que descuidado eres y eso que no ha iniciado la verdadera batalla!
Ese juego solo podía jugarlo con ella. Dejando de escuchar su incesante parloteo es cuando él la besó para que se detuviera. De tal forma aceptó su rendición y la proclamó vencedora de la competencia.
Los ojos de Li Bruce Long se encontraron con los de Guein. Ellos dos habían sido los mas cercanos a la hechicera quien fue la que, actuando en el ultimo instante, se había elevado a los cielos, dirigiendo al resto de los hechiceros que emplearon lo mejor de si para transmitir sus conjuros a las llamas del ave fénix que intentó protegerlos. Pero aun con esa ayuda, ese cúmulo de energía estalló.
Siendo la primera victima de esa onda expansiva, la hechicera retuvo suficiente conciencia y concentración como para controlar el elemento con el cual era más afín. La tierra cumplió su voluntad, defendió a los suyos y los resguardó bajo su dura corteza, impidiendo el exterminio total.
El zombie reconoció a la chica aun en su estado tan lamentable. La misma joven que había sobrevivido a lo ocurrido en Londres. Si mal no lo recordaba su nombre era Alice…
—… ¿Está…?
— Aún vive— se adelantó Guein, siendo quien pudo atraparla antes de que el suelo los devorara— Pero su condición es delicada— era visiblemente fácil de notar por las lentas respiraciones.
El zombie observó a su alrededor, tantos heridos y tanta devastación le pareció injusta.
Algunos guerreros se encontraban ya de pie, dispuestos a continuar aun tras esa drástica pausa. La sed de venganza por el ataque traicionero guiaría sus acciones.
Otros heridos permanecieron al cuidado de alguien más, aquellos que contaban con habilidades que mitigaban o desaparecían el dolor de los necesitados.
Li bruce Long dejó a la chica en el suelo, lo mas cómodo que pudiera ser posible. Él estaba decidido a acompañar a todos los que continuarían luchando. No podía hacer nada por los que se encontraban lastimados ya que el Dios creador le negó la bendición de sanar a los heridos, pero en cambio si le dio el talento suficiente para pelear por defender a los suyos.
— ¿Piensas ir con ellos?— cuestionó la shaman de cabello verde.
Bruce Long le sonrió, pero antes de que palabras de confianza emergieran de sus labios, una tremenda opresión en el pecho acongojó hasta su alma. Sus ojos se desorbitaron mientras que sus manos buscaron por su cuerpo las manos invisibles que presionaban de esa forma todo su esqueleto.
— ¡Bruce Long!— se preocupó Guein.
— ¡N-no! ¡No te acerques!— exclamó visiblemente asustado. Caminó con torpeza, tratando desesperadamente de alejarse lo más que pudiera de todos ellos.
— ¡¿Qué ocurre contigo?!— cuestionó al ser evidente que algo malo ocurría en él.
El zombie intentó repeler esa fuerza con su voluntad como su única arma pero, tras unos pasos más, terminó cayendo de costado.
Su preocupación despertó los recuerdos confusos, y más aterrado se encontró al saber que la misma corriente espiritual que recorría su cuerpo era aquella que había esclavizado su voluntad por tantos años…
Las ataduras de los Tao volvían a oscurecer su conciencia mientras que su cuerpo era envestido con poderes más allá de su imaginación.
Guein reconocía esa presencia que ahora cubría al zombie guerrero. Un sudor frío le recorrió la frente al no creerlo totalmente… No podía ser verdad, no después de tantos años… No después de que su antiguo señor hubiese prometido que jamás volvería a ser como su padre.
Ella junto a otros ojos de los heridos vieron el oscuro resplandor que consumió el cuerpo de Li Bruce Long, el cual se había vuelto una masa de oscuridad dentro de una cúpula de flamas púrpura. Allí, la apariencia y las exaltaciones del zombie comenzaron a transformarse.
Convertido en una sombra, esta se adaptó alejándose del concepto de un ser humano; los gritos de agonía se transformaron en gruñidos feroces. De su espalda emergieron dos extensiones alargadas; pronto sobre cuatro patas se apoyó el resto de su cuerpo, una larga cola azotó contra el suelo.
Del cielo sobre él, un relámpago golpeó el centro de su espalda, encendiendo los colores vivos de su nueva forma tras el paso eléctrico de esa corriente.
Con escamas doradas y ojos esmeraldas, esa criatura de rostro y colmillos alargados dejó escapar un gruñido que pudo hacer temblar el suelo.
— ¡Es el espíritu del dios dragón!— lo supo Guein, no por nada fue un miembro de confianza dentro de las filas de la Dinastía Tao.
Su amo, En Tao era el único que podía invocar a esa criatura. Antes de la rebelión del joven Len, el antiguo señor de los Tao permitió que Bruce Long fuera capacitado para acceder a la legendaria forma del protector de tan distinguida familia…
—… No… Solo el señor de los Tao puede llamarlo… solo él puede invocarlo…. ¡Len!— fue su ultimo pensamiento antes de que la majestuosa bestia agitara sus alas y tras fundirse con un relámpago desaparecer de la vista de todos los ahí abajo.
Ni los continuos golpes de metal sobre metal, detonaciones y gritos lograron superar la agonía que apenas y la dejaba respirar.
Sus manos abandonaron ese cuerpo inmóvil una vez que en verdad aceptara que no se trataba de una ilusión… Realmente había ocurrido.
Sus manos y las mangas de su ropa se encontraban empapadas de rojo carmesí, intentando limpiarlas ilusamente frotándose las manos, después palpando el suelo donde quería que el polvo absorbiera todo ese fluido. Sus labios temblaban en medio de los sollozos, tratando de convencerse a si misma de la única frase que en momento difíciles le habían dado mucho valor— .. Pase lo que pase… pase lo que pase… pase lo que pase…— pero su lengua no le permitía terminar la oración, ya que ni su mente ni mucho menos su corazón creía ya en su poder…
Se desesperó al no encontrar el consuelo en ese, su conjuro, aquel en el que muchos (incluyendo a Tomoyo) confiaron…
¿De qué servía tener estos poderes si no era capaz de salvar a las personas que son importantes para ella?... ¿Qué pecado cometió en otra vida para tener que soportar esta clase de martirios?
Una gentil mano tocó la suya mientras que sus oídos captaron su misma voz— Es suficiente— ¿podría ser su propio inconsciente hablándole?— Ya basta…— se insistía a si misma— Olvida. Acepta que las cosas ya nunca volverán a ser como antes…Sin importar lo que suceda, al termino de este día, ya nada volverá a estar bien…— le susurró esa proyección de si misma, su único consuelo.
Poco a poco su respiración fue normalizándose hasta que solo quedaban cortos espasmos de rápidas inhalaciones.
Tras ella, una lanza se blandió justamente sobre su cabeza. En posición, aquella guerrera empalaría de un fugaz golpe a la hechicera.
Sin embargo, al verla ahí, ahogándose en su propio dolor es lo que la detuvo de terminar con su trabajo… Culminar todo aquello por lo que extendió su vida un poco mas…
En silencio, no pudo evitar el mirar mas allá de Kinomoto, como es que un rostro pálido yacía en el suelo.
Temis no podría negar que al ver a esa persona, algo en su interior se removió y ocasionó cierto pesar. Fue un suceso inevitable al final de cuentas, al final nada bueno traía estar cerca de fenómenos como ellos...
La asesina no se había esforzado por pasar desapercibida y ni aun así, cuando su sombra delataba su ubicación, Sakura reaccionó de alguna forma.
¿Qué importaba? Estaba acabada, incluso para Temis fue claro que algo murió en la hechicera junto a la joven Daidouji…
— … Sakura, finalmente has pedido tu brillo— sus pensamientos se expresaron de modo tan inconsciente, al mismo tiempo que la punta de su lanza se dirigió hacia la cien de la chica de cabello castaño— ¡Es lo único que deseaba ver… Verte hundida en el pozo que ha cavado tu sufrimiento!— pensó completamente confiada en que su venganza llegará a su fin— ¡Todo termina aquí!
— Las lágrimas no cambian al mundo… tampoco a las personas…
— La tristeza cesa en la indiferencia…
— Se terminó … Acepta… Olvida… Reacciona y todo terminará…
La filosa cuchilla curveada que adorna la lanza de la guerrera se vio fieramente aprisionada por incontables estelas de viento que emergieron de entre los cabellos de Sakura Kinomoto.
Las cadenas de viento sujetaron furiosas a la asesina que se vio inmóvil por los ráfagas que giraron huracanadas alrededor de todo su cuerpo, como serpientes coléricas que siseaban ansiosas por devorarla.
Confundida y molesta, Temis miró a la hechicera. Ella finalmente se había puesto de pie, dejando en el suelo, junto al cuerpo de la que fue su mejor amiga, las ultimas lagrimas que sus ojos derramarían en mucho tiempo. El sentimiento que estaba dominando su cuerpo, mente y espíritu secaron por completo sus ojos… Le arrebató lo que mas atesoraba, aquello que le permitía caer y volver a levantarse con los ánimos reestablecidos.
Sentía un hueco en el pecho, pero aun ante la extrañeza de esa carencia, notó el gran beneficio que trajo consigo.
Se palpó el pecho solo para asegurarse que su corazón continuaba ahí. Así fue, escuchaba los latidos, pero ya no había dolor…
Sonrió bajo el cabello que cubría su rostro sucio por la sangre. La cicatriz marcada en su cuello resplandeció sutilmente solo para que su color rojo se difuminase en su piel, dispersándose en pequeñas y delgadas líneas que se acumularon en la base de su cuello, en medio de su frente y en su brazo derecho.
Con algún espejo frente a ella podría haber notado las marcas que ahora adornaban su piel… Pero al girarse hacia Temis bastaría para sentirse frente a uno; Ahora, ambas, compartían las bendiciones de la muerte.
— A partir de ahora… — masculló rodeada de un aire perturbador y lúgubre— Pase lo que pase… ya nada volverá a estar bien….
Fin del Capitulo 37
* Isaías (14:12)
