Capítulo 37
Porque significas mucho para mí.
Tigresa apartó la mirada de sus ojos, avergonzada, aferrándose a sus dos brazos. Po no la escuchó sollozar, pero al verla caer en el suelo, supo que estaba llorando.
Quiso hacer algo para que se detuviera, pero a la vez no pudo acercarse. Ella en ningún momento levantó la mirada hacia él. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la pared junto a la puerta, y se abrazó a sus propias piernas, ocultando el rostro entre sus rodillas. Los pies del panda tantearon en el suelo, pero en vez de acercarse a ella, se fue hacia el rincón más apartado de la habitación, en el extremo opuesto, y se sentó allí a esperar. ¿Esperar qué? No tenía idea, pero él esperó, observando en todo momento a la felina.
Aún no podía procesar del todo lo que ella le había dicho. Bajó la mirada hasta sus manos. Aún sostenía la máscara. Acariciaba la tela, la estrujaba. Quiso romperla, lo intentó, intentó rasgar la tela. Pero no pudo. No supo por qué, se levantó y a paso lento, casi precavido, se acercó a Tigresa. No dijo nada. Tan solo le extendió la máscara. Ella levantó la mirada, observando el objeto en las manos del panda. Parecía confundida, como si no supiera qué hacer, y su mano tembló cuando sujetó la máscara. Tan solo la sostuvo, con las lágrimas nublándole la vista, y acarició con mimo la tela, casi como si aquello fuera un gran tesoro… Cerró los ojos y cerró sus manos en puño, jalando de la tela, rasgándola lentamente hasta tener dos trozos. La arrojó a un lado. Odiaba esa cosa. Odiaba lo que representaba, el daño que le había hecho.
Po tan solo pudo observarla. ¿Por qué lo había hecho? Tigresa no levantó la mirada para ver la reacción del panda. Volvió a abrazar sus piernas y escondió el rostro entre las rodillas, sollozando. Po sintió el corazón rompérsele al verla tan triste, tan angustiada, tan rota. No lloraba, apenas si podía oír sus sollozos, pero eran los sollozos más angustiantes que en su vida había oído. Quiso hacer algo para calmarla, para hacerle saber que él estaba ahí. Sin pensarlo dos veces, se sentó en el suelo, a su lado, y le rodeó los hombros con un brazo. Apoyó la cabeza en la pared y con su mano libre acarició la mejilla de la felina. Una caricia suave, casi ausente. No bajó la mirada. Si lo hacía, terminaría rindiéndose a sus pies. No quería eso.
Tigresa se acurrucó contra su pecho. A Po no le importó. Estaba enojado, si, y bastante dolido, pero prefería tenerla así a su lado a no saber ni siquiera en donde andaba. Prefería que llorara con él, ser él quien la viera en ese estado, débil y vulnerable, antes de cualquier otra que quisiera aprovecharse de ella. Si, con aprovecharse, se estaba refiriendo a aquel leopardo amigo de ella. No confiaba en él. Solo lo había visto un par de veces, pero no le caía muy bien que se diga. Tampoco creía que Tigresa confiara en él… O eso le había hecho entender.
Recordó aquellas leyendas sobre la que llamaban La Dama de las Tinieblas. De pequeño, había oído mucho sobre aquel personaje, tanto de parte de su padre, como de parte de Víbora, quien parecía saberse cada historia. Se decía que era una mujer de lo más atractiva, pero despiadada. Se decía que ella era un demonio de ojos rojos, que utilizaba sus encantos para confundir a quienes luego utilizaba a su favor, especialmente a los hombres, solo para al final deshacerse de ellos cuando ya no le fueran útiles. Pero eran leyendas viejas, demasiado, y Tigresa no era más que una joven, casi una niña aún. No, Tigresa no era la mujer de aquella leyenda, tal como Víbora había pensado.
Recordó aquel cuadro en el bar, el de Akame, y el apodo que aquella gato montés le había dado. Esa era La Dama, la original, por decirlo de alguna manera. Ella estaba muerta, o eso decían. Era como si hubieran tomado a Tigresa y le hubieran enseñado a actuar acorde a un personaje ya inexistente, como si la hubieran entrenado para ser algo así como "la siguiente Dama".
No tenía ni idea de lo cerca que estaba de la realidad.
Exhaló un pesado suspiro y decidió bajar la mirada hacia Tigresa; ella se había dormido. Se sintió más seguro de saber que aquellos ojos no le devolverían la mirada. Por unos largos minutos, se dedicó a observarla. Se veía cansada y su semblante estaba tenso, como si algo le preocupara. Sus labios se torcían de vez en cuando en alguna mueca y por sus mejillas aún rodaban lágrimas silenciosas. Seguía llorando Po se preguntó si siempre lloraba en dormida. Era la primera vez que lo notaba. Aunque tampoco era que alguna vez se hubiera quedado despierto lo suficiente como para averiguarlo.
Con cuidado de no despertarla, la movió de tal manera que la dejó en su regazo, acunándola en sus brazos contra su pecho durante unos minutos, antes de colocarse de pie con ella y caminar hacia la cama. La depositó con delicadeza y aflojó las cintas del corsé, solo lo suficiente para que no le molestara, pues no se atrevió a quitárselo. La cubrió con la sábana y se alejó de la cama.
No quería irse. No quería dejarla sola. Caminó por el cuarto, echando un vistazo, aunque no hubiera nada realmente interesante, en un intento por despejar su mente de las miles de preguntas. Debía pensar, ser más racional, más sensato. Víbora tenía razón, si, cosa que jamás se lo diría, pero eso no quería decir que se rendiría ante ello. Amaba a Tigresa, él si era sincero al decirlo, simplemente… Estaba confundido, no sabía qué hacer.
Tomó la Odachi del suelo y se sentó con ella en el sillón junto al espejo, para luego sacarla de su vaina. Era bastante ligera. La hoja, bastante filosa a simple vista, estaba manchada con sangre seca. ¿Quién habrá sido la pobre victima?, se preguntó, dudando por un instante se aquella era una víctima por la cual debería sentir compasión alguna. Recordaba que Tigresa llevaba aquella espada la segunda vez que se vieron. Sonrió. Debía admitir que, en un principio, Tigresa le pareció un poco loca. Pero era una locura fascinante. Recordó aquel combate en la cueva. No parecía estar peleando. Parecía bailar. Ella jugaba con su cuerpo, con los movimientos, se entregaba por completo a sus instintos para saber cual tendría que ser su siguiente ataque.
Aquella noche, no fue su manera de pelar la que sorprendió a Po, sino la soltura al hacerlo, como si hubiera nacido para ello. Había delicadeza y firmeza en una misma. Era agresiva, pero había algo que en ella que volvía aquella agresividad en algo sensual y llamativo. No llevaba mucho de conocerla, pero en ella logró ver algo que lo dejó sorprendido. Algo a lo que le es imposible ponerle nombre. Toda ella era una mezcla de cosas completamente opuestas. Había miedo, bajo una máscara arrogante, había inocencia, en la misma mirada pícara y astuta. Había delicadeza, en las mismas manos con las que empuñaba aquella espada. Había compasión, en la misma mujer que había acabado con tantas vidas. ¿Cómo era eso posible?
Volvió a envainar la espada y la dejó a un lado, para luego levantar del sillón y caminar hacia la cama. No se iría, no aún, así que se recostó junto a Tigresa y simplemente la observó dormir, sin tocarla, sin acercarse más de aquellas distancia que se había autoimpuesto. Ella no parecía tener un buen sueño, pero se prohibió tocarle la mejilla siquiera.
Alcanzó a ver una herida en su hombro, sobre la cual no había reparado antes. Parecía una mordida. Recordó cuando Tai Lung lo había mordido, una vez jugando a las luchas. Él tamaño era similar. ¿Un felino? ¿Tal vez ese tal Yuan? ¿O Haku? Tigresa se veía pequeña y frágil, aunque sabía perfectamente que no lo era. Sin embargo, la idea de ella siendo atacada por algún macho, que seguramente le doblegaba en tamaño y fuerza, era simplemente horripilante para el panda. Se preguntó qué tan seguido ella tendría que enfrentarse a cosas así. No estaba seguro de querer conocer la respuesta.
La observó, preocupado, en busca de indicios de alguna otra herida. No halló nada. Nada, excepto unos rasguños bastante marcados en sus muslos. Vaya lucha, escuchó a su subconsciente, pero lo mandó a callar. Aquellos rasguños no podían ser lo que él creía, aunque si miraba su espalda sabía que hallaría algunas marcas bastante parecidas en medio del pelaje.
Tigresa con otro macho era una imagen completamente imposible para su mente. No, ella solo era de él, ella solo se desvestía para él… Aunque sabía que era algo completamente irrealista, algo demasiado pretencioso. ¿Qué los única? Nada. Ni siquiera tenían una relación formal. Ella era libre de estar con quien quisiera. Aunque Po deseó ser el único para ella.
Tan absorto estaba en sus pensamientos, que perdió la noción del tiempo. Se quedó toda la noche observándola, contemplándola dormir, y cuando menos se dio cuenta ya había amanecido. Supo que ya tenía que irse. De seguro Víbora ya estaba despierta, al igual que los chicos, y no reaccionaría demasiado bien a su ausencia. Sin embargo, cuando estuvo considerando la posibilidad de salir de allí, Tigresa se removió en la cama, emitiendo un bajo ronroneo, y le pasó un brazo por sobre la barriga, entrelazando también sus piernas.
Solo tenía que moverla unos centímetros. Nada le costaría irse sin que ella lo notara. Pero no pudo. ¡Eres débil, Po! Muy débil, se reprochó mentalmente, mientras rodeaba la cintura de ella con su brazo, correspondiendo al abrazo. Le gustó tenerla cerca. Se sintió como si la abrazara luego de meses sin hacerlo. Se inclinó y depositó un beso en la frente de ella.
No, no podía irse… Y no lo hizo, así como tampoco durmió.
Supo cuando Tigresa despertó, aunque ella no hizo ni un sonido, ni un movimiento. Ni siquiera abrió los ojos, pero él supo que estaba despierta. ¿Cómo? Simple; su cola comenzó a serpentear sobre la cama. Eso no lo hacía estando dormida. Sonrió. No porque tuviera un motivo para hacerlo precisamente, sino porque le apeteció hacerlo. La estrechó con delicadeza en sus brazos, girando en la cama de tal manera que ella quedó sobre él.
Tigresa se enderezó, apoyando sus brazos en el pecho de Po, hasta que sus ojos encontraron los suyos. Ninguno dijo nada. Una de las manos del panda subió por su espalda, hasta posarse en su nuca y con suavidad, la acercó más a él, besándola con ternura. En ese momento, no le importó nada. Volvió a girar en la cama, quedando sobre ella, y ladeó el rostro para profundizar el beso.
La extrañaba. Había pasado toda la noche despierto junto a ella, observándola, pero no era lo mismo si no podía besarla, tocarla, amarla. Al cortar el beso, ocultó el rostro en el cuello de la felina, aspirando aquel suave aroma. De repente, se sentía cansado. La estrechó en sus brazos como si fuera su mayor tesoro, en un abrazo delicado pero firme, y aunque ella le susurró que tenía que volver, él se negó a soltarla.
—Te meterás en problemas —Murmuró Tigresa.
Su voz era ronca, pesada. No tenía ninguna emoción en particular.
—No me importa. Soy capaz de quedarme aquí todo el día si es contigo.
Silencio. Pero supo que ella sonrió.
—Yo también tengo que irme —Se excusó— No me mando sola… Aún.
Más silencio. Po se enderezó y la observó. Increíble, simplemente increíble. No estaba enojado. Recordaba perfectamente cada palabra de ella, cada gesto y cada mirada. Pero no podía volver a enojarse, no podía volver a recuperar aquella sensación de traición. Tigresa lo había hecho para protegerse, para estar a salvo.
Sonaría raro, pero la entendía.
Sonrió. Levantó una mano y con el pulgar le acarició la mejilla a la felina. Aquellos ojos carmín brillaban como nunca, aunque muy en el fondo, aún se oscurecían por la preocupación. Tigresa estaba asustada. ¿De qué? Po no pudo decirlo con seguridad, pero supo que estaba asustada.
—Renuncia a todo.
Incluso a Po mismo le sorprendió aquella propuesta. Tigresa arrugó el entrecejo, confusa.
—¿Te refieres a…?
—Tigresa, dime la verdad —Pidió— ¿Qué temes? ¿Qué es eso que te tiene sujeta a aquellas personas?
Ella negó con la cabeza, como si no supiera qué más hacer. La pregunta de Po era demasiado personal, ni siquiera ella sabía cómo contestarla correctamente. Rehuyendo a la mirada verde, lo apartó y se sentó en la cama, sosteniéndose la cabeza con las manos. Le dolía bastante.
—Po…
—Por favor, dime.
—Temo de Shan —Lo dijo tan rápido, que incluso ella misma tuvo problemas para entenderse— Temo que me busque y me encuentre. Temo… —Suspiró, ¿Por qué le estaba confiando eso?— Es mucho para explicar, Po.
—Pero… Eres fuerte, y hábil, puedes protegerte fácilmente —Y yo también te protegeré.
Tigresa no estaba precisamente indefensa. Era incluso mejor que Tai Lung en batalla y algo le decía que con aquella espada era mejor que cualquier soldado del emperador. ¿Por qué temerle a un lobo con el cual fácilmente podría acabar?
—No es eso.
—¿Entonces?
Ella bufó y se dejó caer de espaldas en la cama, cerrando los ojos. Guardó silencio, pensando exactamente qué iba a decir. Demasiado había soltado la noche anterior, demasiado le había dicho a Po. Si Shan se enteraba… Arrugó el entrecejo por el rumbo de sus pensamientos. ¿Desde cuándo le importaba tanto lo que Shan supiera o no de ella? ¿Desde cuándo le importaba siquiera Shan? Algo estaba mal con ella, algo había cambiado en ella en esos días. Estaba demasiado alterada, seguro que era eso, tenía los nervios a flor de piel y no era raro que de un momento a otro amenazara con desmoronarse.
El silencio en la habitación se volvió tenso. Tigresa sabía que Po esperaba una explicación, sabía que no podía mantenerse callada para siempre. No supo qué decirle, no aún, así que optó por levantarse de la cama y caminar por la habitación. Se detuvo de espaldas al espejo, intentando ajustar mejor las cintas del corsé. En la jodida vida lo vuelvo a usar. Bien, la noche no fue lo que planeaba, su despedida con Po tampoco lo sería, pero al menos se sentía relajada. Era como si se hubiera deshecho de un peso extra. La sensación le gustó.
Sin embargo, un nuevo temor la abrumó; ¿Y si Po no quería volver a verla? Sus manos se volvieron torpes y por poco no rasgó las delicadas cintas. Po lo notó, pero no dijo nada.
—¿Tigresa?
De repente, el semblante de ella se endureció. Ya con el corsé bien puesto, se acercó a recoger su espada, para luego voltear en dirección de Po. Sus ojos se fijaron sobre los de él, fieros, amenazantes.
—No entenderás —Masculló, con todo el odio que albergaba dentro— Tu no viviste eso, no creciste ahí. No entenderás nada, por más que te lo explique.
—¿Y qué es tan grave como para no comprender?
Po se colocó de pie, avanzando algunos pasos. Su mirada igual de severa que la de ella. ¿Por qué le acusaba de aquello? ¿Es que acaso no era todo lo que intentaba hacer desde la noche anterior?
Tigresa quiso reír.
—¡Todo! —Gritó.
—¡¿Y qué se supone que es todo?!
—¡Todo es todo, panda! ¡Todo es toda la vida! ¡Una maldita vida planeada por un hijo de puta para ser su estúpido títere! —Gritaba, al borde de colapso. Sus ojos llenos de lágrimas, su respiración pesada y forzosa — ¡Todo es desde que te hayan enseñado que matar no es malo si es la persona correcta, hasta que te hirieran casi de muerte solo para que no parieras al bastardo hijo de quien te violó! ¡Todo es que quien creías tu padre te venda por salvar su pellejo! ¡Todo…!
Ella no terminó la frase. Jadeaba y las lágrimas caían por sus mejillas. No sollozaba, no lloraba, pues apenas si podía respirar. Ni siquiera tenía idea de qué acababa de decir, no había pensado, tan solo había dicho todo lo que se agolpaba en su cabeza. Se sintió mareada, enferma, sin fuerzas siquiera para sostenerse de algo cuando sus piernas le fallaron.
Po corrió hacia ella en cuanto le vio temblar las rodillas. La sujetó en brazos, cargándola contra su pecho, y se fue a sentar en el sillón con ella en brazos. Le obligó a recostar la cabeza en su hombro y muy dulcemente le murmuró que se calmara. Tigresa permaneció completamente quieta, respirando lo más pausado posible, fuertemente aferrada a Po. Lloraba, maldecía, tal como la noche anterior.
Las palabras de ella flotaron en la mente del panda. Tigresa llevaba mucho tiempo aguantando aquello. Había acumulado demasiado en ella y ahora simplemente se estaba derrumbando. Se calmó a los pocos minutos, pero Po se negó a soltarla. Necesitaba alguien que la contuviera, alguien que la escuchara y le permitiera desahogarse. Dudaba mucho que aquel amigo suyo, aquel leopardo, fuera una gran ayuda en ello. La vaga idea de ser el único en quien Tigresa confiara le hinchó el pecho de orgullo a Po, pero a la vez le provocó cierta angustia tomar consciencia de lo sola que estaba. La estrechó más en sus brazos, casi como si fuera una niña, como si fuera su niña.
—Me hirieron mucho —Murmuraba ella, con el rostro oculto en el cuello del panda— Solo quiero terminar con esto, solo eso.
—¿Y luego…?
Ella guardó silencio. Po le frotaba la espalda. La sintió sonreír contra su piel.
—Libertad —Dijo, con voz ronca— Seré libre de hacer lo que quiera. Ir a donde quiera, tomar las decisiones que me plazcan.
Po tragó grueso.
—¿Y cómo planeas terminar con eso?
En cuanto ella se tensó, Po supo que la pregunta estuvo de más. Fue el turno de ella de tragar grueso.
—¿Cómo acabas con un clan? —Inquirió.
—¿Acabando con el líder?
Tigresa se enderezó, observando a Po. Sus ojos eran severos, fríos y distantes. Se secó las lágrimas, mientras que Po tan solo pudo observarla, temeroso. Ya sabía qué iba a responder, se lo imaginaba, pero guardó silencio, tan solo apartó la mirada, ladeando el rostro. No quería verla.
—Exacto —Murmuró Tigresa— Tengo que matar a Shan.
—Tigresa…
—¡Po! —Le llamó la atención ella. Le sujetó el rostro entre sus manos, obligándolo a mirarla— Es la única manera. Con Shan muerto, incluso los problemas de tus amigos se solucionarán.
—¿De qué hablas?
—Haku quiere el trono. Shan maneja a Haku —Tigresa sonrió. Po supo que algo no decía, pero no preguntó— El trono no es para Haku, es para Shan… Pero Shan está presionado por el líder del clan del bosque.
—¿Y…?
—Hay otros clanes que planean matarme… A Shan no le conviene que maten a su mejor discípula.
Po se tensó. Sus manos sujetaron con fuerza la cintura de ella. ¿Matarla? ¡No! Tigresa lo notó. Sonrió, acariciando las mejillas del oso con sus pulgares. No, no iba a perderlo. Cualquier cosa, menos alejar a Po de ella.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Entregaré a Shan al clan del bosque a cambio de mi libertad.
Parecía una buena idea, pero Po no estaba conforme. No, tenía que haber otra manera. Sabía que de ser posible, Tigresa dejaría aquella vida, sabía que a ella no le gustaba su trabajo, por decirlo de alguna manera. Pero no tenía opción. Torció los labios y apartó la mirada de los ojos de ella. Así no podía pensar. No supo qué decir, no supo cómo reaccionar, así que hizo lo primero que se le vino a la mente; La abrazó.
Tigresa devolvió el abrazo, con su mandíbula sobre el hombro de él. Estaba tensa, ni siquiera aquel contacto podía relajarla ya. No esperaba que Po aprobara su plan, tampoco le estaba pidiendo su aprobación. Solo quiso contarle, explicarle lo mejor posible. Sintió los brazos del panda tensarse a su alrededor y disfrutó lo más que pudo aquel contacto, temerosa que no volver a verlo, temerosa de que aquel fuera el último abrazo que él le regalaba.
—Te amo —Susurró Po— No me importa lo que hagas. Siempre me tendrás a tu lado.
Pero Tigresa no respondió. No, él no estaría siempre a su lado. Puede que la amara, pero ella no necesitaba eso. Cerró los ojos y besó la mejilla de Po; Y yo a ti, panda.
Aquella mañana Víbora se negó a desayunar junto a sus tíos. Alegó no sentirse bien. La mayoría comenzaba a acostumbrarse a sus excusas, sin embargo, Tai Lung estaba preocupado. Llevaba tiempo de no hablar con su amiga y se sentía mal por aquello que le había dicho la última vez. Ella solo intentaba protegerlo, como cualquier hermana a su hermano, no era por ser entrometida. Suspiró. Se mantuvo en silencio la mayor parte de la mañana. Kioko le preguntó qué le sucedía e incluso intentó llamar su atención, acariciándole la pierna por debajo de la mesa, pero él la ignoró. No estaba de humor para los jueguitos de ella, de hecho, no estaba de humor para nada que tuviera que ver con la leona.
Miró de reojo a Kioko y aunque ella le sonrió, Tai Lung no pudo devolverle la sonrisa. Tan solo podía ver a la leona, sonriendo, conversando en la puerta de su cuarto con aquel puma.
Terminó el desayuno antes que los demás y se disculpó, levantándose de su lugar. No sabía exactamente qué iba a hacer. Pensó en ir a hablar con Víbora, que se había quedado a desayunar con Grulla en el cuarto, aunque no estaba seguro de qué iba a decirle. La última vez que hablaron habían discutido exactamente por lo mismo en lo que ahora Tai Lung no podía dejar de pensar. La serpiente había tenido razón, pero claro, no iba a decírselo. No iba a decirle que estaba así por Kioko, ni que era cierto que no tendría que haberse enamorado tan rápido de ella.
¿Enamorar? Quiso reír. ¡¿Desde cuándo él usaba esa palabra?! Se sentía un tonto. Un grandísimo tonto. Claro que quería a Kioko, le había tomado un cariño completamente especial, pero ¿Y si no era amor? No, tal vez tenía suerte y no lo era. Tal vez solo era algún tipo de interés. Ella era distinta a otras mujeres que había conocido, tal vez solo era atracción hacia aquella diferencia. Quiso convencerse de que no era eso, solo para no tener que darle la razón a su amiga. No, no era amor, solo era cariño… Un cariño muy especial.
No fijó un rumbo fijo para caminar, pero de un modo a otro, llegó a la habitación de Víbora. Se quedó parado en la puerta, sin hacer nada, en silencio. No se atrevía a entrar. Tenía miedo de que la serpiente averiguara todo. Quiso reír. ¡Él! ¡Tai Lung! ¡Con miedo de su propia amiga! Definitivamente, quiso reír.
—¿Precisas algo, Tai Lung?
La voz de Víbora, calmada como siempre, desde el otro lado de la puerta le hizo pegar un respingo.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—No dejas de mascullar entre dientes.
¿Él hacía eso? No se había dado cuenta.
—Bien, vale, pero… Pude simplemente haber estado de paso. ¿Quién dice que venía a verte?
La puerta se abrió, dejando ver a Víbora parada allí. Tai Lung la observó con cautela. No se veía muy bien. Sonrió, aunque en sus ojos permanecía una sombra oscura.
—¿Venías a verme? —Preguntó, burlona— Yo solo decía, por si las dudas.
Tai Lung ignoró aquello.
—¿Qué te sucede?
—¿De qué hablas? —Víbora ensanchó su sonrisa— Estoy bien. Solo algo cansada.
Pero el leopardo no pasó por alto como los ojos de la reptil se desviaban por unos segundos hacia adentro. Estiró el cuello para ver; Grulla estaba despierto, bastante atento a su conversación. Hubiera pasado a saludar a su amigo, pero en vez de eso, le hizo señas a Víbora de que lo siguiera. Ella no pidió explicación, ni puso alguna réplica, tan solo lo siguió, no sin antes cerrar la puerta de la habitación.
Ella estaba extrañamente silenciosa, tal vez demasiado. Iban a la par y de vez en cuando, le echaba alguna miradas de reojo. No solo se veía cansada, parecía no haber dormido toda la noche. Pensó en la posibilidad de que pudo haber estado cuidando de Grulla, pero las heridas del ave no eran tan graves como para mantener en vela a la reptil. Además, Víbora jamás descuidaría su propia salud por cuidar a alguien. No, algo andaba mal con la serpiente y no podía pensar en qué podría ser. Tal vez otra vez se sentía mal. Tal vez no había sanado del todo luego de la pérdida del bebé. Tal vez… Había muchas posibilidades, pero ninguna le pareció coherente del todo.
Luego de un par de minutos caminando, y reptando, llegaron al jardín principal del palacio. A Víbora, por alguna razón, le gustaba mucho aquel lugar. Tai Lung se sentó en unos peldaños, mientras observaba a la serpiente reptar por entre las plantas. Se detuvo frente a un pequeño arbusto con flores rosa y aspiró el dulce aroma de estas. El leopardo sonrió. Se veía tranquila, cansada, sí, pero en paz, como si fuera la primera vez que respiraba luego de días, o tal vez meses.
—¿Algo que me quieras contar? —Preguntó.
Víbora volteó a verlo. Sus ojos rápidamente se fijaron en el suelo, apenados.
—Yo… —Tragó— No sé. Estoy confundida.
—¿Respecto a qué?
Ella levantó la mirada tan solo unos segundos, antes de volver a bajarla. Tai Lung palmeó a su lado sobre el peldaño, invitándola a acercarse. Ella lo hizo. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus sonrojadas mejillas, peor Tai Lung se abstuvo de haber comentario alguno.
—Shuo intentó besarme anoche.
Tres… Dos… Uno… Tai Lung se enderezó bruscamente. Sus manos cerradas en puño y su mandíbula demasiado tensa.
—¡¿Qué?!... ¡¿Dónde carajos está ese desgraciado?! ¡Le voy a romper el…!
—¡Tai Lung!
Víbora le sujetó con fuerza del brazo, obligándole a volver a sentarse. Le dio una leve bofetada, llamando su atención.
—¿Cómo que intentó besarte?
—Shhh… ¡Calla! —Lo silenció— Escucha, fue algo… No sé qué fue, pero no pasó nada. ¿Si? No es necesario que lo grites a los cuatro vientos.
—Pero… ¿Y Grulla?
Víbora suspiró y retrocedió, abatida
—No sé. Obviamente no lo sabe —Respondió— Tengo que contárselo, de alguna manera u otra.
Tai Lung la observó, silencioso. No respondió. A su opinión, no era algo que el ave necesitara saber. No, si Víbora no había tenido intenciones con el tigre, Grulla no tenía por qué enterarse de aquel pequeño incidente. El silencio poco a poco se volvió tenso, pesado, y las lágrimas volvieron a aparecer en los ojos de la serpiente. Tai Lung la abrazó, la estrechó contra él y la dejó llorar. Víbora no era mala, no disfrutaba de lastimar a los demás. Ella no dañaría ni a una mosca.
Entendía, o lo intentaba, y sabía que lo mejor era que se desahogara.
Cuando se apartó de él, Tai Lung esbozó su más cálida sonrisa, limpiando los restos de lágrimas de las mejillas de su amiga. No la culpaba por lo que había pasado. ¿Quién era él para juzgar? No aprobaba que siguiera pasando tanto tiempo con el felino luego de eso, pero tampoco iba a decirle algo al respecto. Era su amigo, su hermano, no su padre para regañarla. Ella era adulta. Él estaba seguro que tomaría la mejor decisión.
—¿Segura de que quieres decírselo a Grulla? —Preguntó.
—No —Ambos sonrieron— Pero debo hacerlo.
—Víbora…
—Es lo correcto, Tai Lung.
—Claro que no. Ojos que no ven, corazón que no siente.
—¡Eres un…!
Tai Lung rio, cubriéndose con la mano del coletazo que su amiga había preparado para su rostro.
—Tranquila, solo quería aligerar el ambiente —Se excusó— Pero hablando serio; ¿Tú quieres algo con Shuo?
—¡Claro que no!
—Entonces no hay culpa. Si se lo dices a Grulla, solo será para herirlo.
—Pero…
—Confía en mi ¿Si?
Víbora asintió. Claro que confiaba en su amigo. Había sido su hermano mayor desde que se conocían, siempre había cuidado de ella cuando era pequeña, así como ella había cuidado de él cuando crecieron. Si, confiaba en él. Tal vez Tai Lung tuviera razón.
Suspiró, decidida a dejar aquello de lado. Ya se había desahogado, pero había algo que aún no sabía…
—Ahora…—Sonrió, una sonrisa que no le gustó al leopardo— Dime, hermano ¿Por qué fuiste a buscarme hace un rato?
Se tardó un poco más de lo habitual en volver a la cabaña. No tenía prisas en apartarse de Po, pues no tenía idea si aquella misma noche volvería a verlo, y tampoco le emocionaba volver a ver a Shan. El lobo blanco de seguro ya sabía lo que le sucedió a Haku y no le extrañaría que estuviera que echa humo de la ira. Tigresa sonrió. No, no había matado al león. Cerca, pero no. ¿Por qué? Ni ella lo sabía. Su idea principal había sido aquella; matarlo, pero simplemente hacerlo le pareció demasiado insípido. Tigresa jamás disfrutó de torturar a alguien. Sus muertes solían ser rápidas, pues aquel tipo de tortura le parecía simplemente una pérdida de tiempo. Además, era demasiado ruidosa. Pero gustosa hizo una excepción por Haku… Y vaya si lo disfrutó. Lo dejó igual a como él la dejó a ella en aquel callejón. Las mismas heridas, los mismos golpes. Recordar las súplicas del león le resultaba sumamente placentero. Yo también supliqué, recordó, con toda la amargura, con odio. Él en ningún momento escuchó sus súplicas y ella tampoco escuchó las de él.
Ya era bastante entrada la mañana cuando llegó al sendero que utilizaba todos los días para entrar y salir de aquel bosque. No podía quedarse en la ciudad, pues su kimono estaba manchado de sangre, manchas que eran más fáciles de divisar a la luz del día, y no tenía otro para cambiarse. Maldijo en voz alta por ello. Ciertamente, aquella ropa comenzaba a provocarle nauseas, pero lo disimuló lo mejor posible mientras caminaba.
Ya faltaba poco, apenas unos metros, cuando vio a Yuan. Estaba parado junto a un árbol del sendero y aunque Tigresa supo que la escuchó detenerse a unos pasos de distancia, él no volteó a verla. Sus ojos estaban puestos en el tronco, más precisamente, en las manchas rojas del tronco y las marcas de garras en él. Tigresa no dijo nada. No dudaba que Yuan supiera también sobre lo que había pasado la noche anterior, pero tampoco era que quisiera comentarlo con él. El bosque entero pareció quedarse en silencio. El leopardo no volteaba a mirarla, pero su atención estaba fija en cada uno de los gestos de ella.
—Así que… ¿Te tiraste a Haku o solo lo medio mataste?
Había burla en su voz. Era obvio que no creía que ella pudiera siquiera haber pensado en tocar a aquel león. Tigresa sonrió.
—No sabría decir —Respondió— Mi memoria está borrosa en estos momentos.
—¿Cómo dices?
—Como oíste.
Yuan volteó a verla. Sus ojos recorrieron de pies a cabeza a Tigresa, observando desde las manchas en la tela hasta el tajo del vestido, por donde podía ver la pierna de ella. No dijo nada y Tigresa tan solo ensanchó su sonrisa, una sonrisa ladina y bastante bufona. Debía admitir que era divertido jugar con la cordura del leopardo.
Avanzó un par de pasos y se detuvo delante de él. Levantó una mano hacia su mejilla y acercó sus labios a los suyos, besándolo muy dulcemente. Yuan no lo evitó, pero cuando menos se lo esperó, ella le empujó, apartándolo, y pasó caminando por lado de él, chocando sus hombros. Aquella actitud en ella le desconcertaba. Era como si lo buscara, como si quisiera tenerlo de alguna manera, pero al lograrlo quisiera volver a apartarlo. Claro, idiota, solo juega. Era consciente de su juego. Ella era una gata, literalmente, y él se había convertido en su bola de estambre.
Entonces, luego de que ella avanzara unos pasos, recordó a qué había ido. Rápidamente la alcanzó y le sujetó la muñeca, jalándola con tal fuerza que la obligó a volver. Claro, se ganó un par de improperios por ello, pero los ignoró. Tigresa gruñó y jaló hasta soltarse, amenazando incluso con morderlo.
—No puedes ir —Intentó detenerla— Shan te está esperando.
—Bien por mí.
Ella siguió avanzando. Yuan la siguió y la hubiera tomado nuevamente del brazo, si ella no hubiera gruñido cuando lo intentó.
—¡No entiendes! —Ella no le escuchaba— ¡No está solo!
Pero Tigresa no estaba dispuesta a escucharlo. No le importaba. Shan podría esperarlo, él y cuantos quisiera, ella saldría bien librada. Como siempre. No le temía al lobo blanco, no le temía a nada de él. Ya no había nada que pudiera quitarle, tampoco había daño por hacerle. Ella ya estaba destruida y no había ya nada por destruir, nada por perder. Avanzó, con paso seguro, determinada… Hasta que un brazo se cernió en su cintura y todo a su alrededor dio vueltas. Cual costal de papas, Yuan se la echó al hombro, alejándola de aquel lugar. No lo iba a permitir, así tuviera que amarrarla. Pero Tigresa, terca como solo ella, no estaba dispuesta a aceptarlo.
—¡Bájame!
—No puedes ir.
—¡Yuan!
—Escucha, Tigresa —Intentó razonar— Confío en que podrás con él, confío en que puedes protegerte sola, pero esto es dema…
Tigresa pateó fuertemente el estómago del leopardo, dejándolo casi sin aire, y sin perder tiempo le propinó un codazo en la columna. Lo siento, Yuan. No, no lo sentía, pero por si acaso. El leopardo la soltó y aunque el golpe con el suelo no fue precisamente suave, no le tomó importancia. Rápidamente se enderezó y desenvainó la espada, avanzando nuevamente hacia la cabaña. El corazón le latía dolorosamente y su pecho parecía haberse encogido. Un mal presentimiento le picó la nuca. Se detuvo a un paso de la puerta, con la mano en la manija. Algo no andaba bien. Escuchó la madera crujir dentro y susurros, pudo detectar el aroma del extraño en el aire.
Entró.
Shan la esperaba a mitad de las escaleras. Tigresa arrugó el entrecejo, afirmando su agarre a la espada, y tragó grueso. Se veía tranquilo, demasiado, todo su cuerpo estaba relajado y en su rostro brillaba una ancha sonrisa. La felina entrecerró los ojos, desconfiada, y cerró la puerta tras ella al oír a Yuan acercarse, colocando la traba para que él no entrara. Iba a librarla sola. No necesitaba ayuda. Solo su espada. Eso era todo lo que necesitaba para salir lo más pronto de aquella situación… O eso creyó.
Shan avanzó un paso. Ella gruñó, alzando la espada, y él se detuvo, alzando las manos a la altura del pecho, con la sonrisa aún más ancha. Tigresa no pudo evitar volver a gruñir. No le gustó la risa del lobo blanco, no le gustó la manera en que parecía regocijarse en algún chiste privado que solo él conocía. No le gustó como la observó, con… ¿Lujuria? Instintivamente retrocedió, ligeramente intimidada por aquella mirada. Shan nunca le había mirado así.
—Así que… Estuviste con el panda —No era una pregunta— Otra vez.
Tigresa se encogió de hombros y apoyó despreocupadamente la espalda contra la puerta. Podía oír a Yuan al otro lado exigiendo que le dejara pasar. Lo que no podía oír era a los dueños de aquellos murmullos que había escuchado antes de entrar. Aquella la ponía de los nervios.
—Me pareció justo celebrar —Respondió, ocultando lo mejor posible su inquietud.
—Y decidiste celebrar revolcándote con el panda ¿No? —Shan arqueó una ceja— ¿Sabes? Esa es una de las cosas que heredaste de tu madre; ambas son unas golfas.
Tigresa apenas si se ve afectada por aquel comentario. No le importa lo que digan, no le importa lo que hizo o no hizo en vida. No es más que una mujer ya muerta a la cual ella jamás conoció.
—¿Por qué jamás me hablaste de Akame?
—¿Debería?
—Era mi madre —Recordó ella— Creo que, mínimo, me debías una pequeña explicación.
Shan la observó unos segundos, en silencio. La sonrisa en su rostro se ensanchó.
—¿Qué te dijo Haku?
—Lo suficiente.
—¿Qué. Te. Dijo? —Volvió a preguntar, marcando bien cada palabra.
Tigresa le observó gruñir, inexpresiva. No, no le intimidaba, no le asustaba ya.
—Akame era mi madre —Dijo, con voz calma— Murió al poco tiempo de que nací. Tú la conocías, eras muy cercano a ella, y fuiste tú quien me dejó en aquel orfanato.
Silencio. Un silencio tenso y pesado. Tigresa no estaba completamente segura de que las palabras de león fueran ciertas, pero tampoco podía asegurar que fueran mentira. Mantuvo una mirada firme sobre Shan. Sin embargo, poco a poco, se sintió cansada, agotada. La espada pesó demasiado y tuvo la necesidad de bajarla, pero no lo hizo. Se mantuvo imperturbable.
—Esa espada era de ella —Dijo Shan— También fue de la madre de ella, y de la madre de su madre.
—Mi… ¿Mi Odachi?
Bajó la mirada hacia el mango. Tenía aquella tonta flor grabada en él.
—Es una herencia. Las mujeres de tu familia se la han pasado de generación en generación. Cuando se era más de una hija, estas peleaban por el derecho de tenerla.
—¿Por qué me cuentas esto?
—¿Por qué no contártelo? —Shan se encogió de hombros— Después de todo, ya no hay nada que ocultarte. ¿No?
Tigresa le observó con atención. No, aún había algo más, Shan aún le estaba ocultando algo. Conocía aquella mirada, aquella sonrisa. Se estaba burlando de ella. Él sabía hasta donde iba el conocimiento de ella.
—¿Qué me estás ocultando?
Pero como única respuesta, Shan tan solo sonrió, una sonrisa ladina que puso los pelos de punta a Tigresa. El lobo blanco silbó y al salón entraron dos panteras, ambas armadas, que inmediatamente se dirigieron hacia Tigresa.
—Ya saben que hacer —Susurró el lobo, con malicia… y fue entonces que Tigresa temió.
Continuará…
