XXXIV
Las hermanas de la persecución

Tokio, 04 de marzo de 1992, 07:59p.m.

Era la tercera jornada de negociaciones. Aquella reunión sería definitiva para asegurar las hostilidades entre Japón y Estados Unidos, y Cora Dixon lo sabía muy bien.

Ella era como una rebelde en esos tiempos, pues trataba de desatar la guerra en tiempos de paz. Sin embargo, sabía que la guerra formaba parte de la naturaleza humana y solamente era cuestión de tiempo para que los roces comenzaran. Y ella, en lugar de tratar de luchar contra la corriente, prefería aprovechar su poder. De todos modos, habían sido las guerras los eventos que habían hecho progresar a la humanidad, y eso ha sido cierto desde que el ser humano pudo caminar con dos pies.

Con casi cincuenta años, Cora Dixon no lucía como una mujer de su edad, sino que mostraba como veinte años menos. Aquello había sido motivo de especulación dentro de las filas de la Vanguardia de Ares desde que ella fundó la organización hace unos veinte años atrás, un poco después de que Sailor Silver Moon salvara al mundo del holocausto nuclear. Cora detestaba a Sailor Silver Moon, y le había causado regocijo cuando ella murió desactivando los misiles balísticos. Sin embargo, el camino estaba libre, y Cora podría jugar a la guerra en cualquier momento. Haber desacreditado a Manuel Escudero había rendido muchos frutos.

Mientras caminaba hacia el palacio del gobierno, escoltado por dos guardias armados, Cora pensó en lo que debería estar pensando el Primer Ministro japonés después de que ella le mostrara evidencia de que las Sailor Senshi existían. Japón ya había sido víctima del poderío militar de Estados Unidos (19), y Cora solamente necesitaba persuadirle de que le devolviera el favor. Pese a que la mayoría de los japoneses no albergaban rencor contra los norteamericanos, sabía que con el poder de los medios de comunicación, esa percepción cambiaría no en años o en meses, sino en días. Por eso, era vital que la reunión que iba a tener con el Primer Ministro llegase a buen puerto.

Cuando llegó al despacho del Primer Ministro, Cora tomó asiento frente a él, quien era obvio que la había estado esperando. Tuvo que suprimir una carcajada. Había jugado su papel tan bien que ninguno de los guardias del palacio había notado algo raro en su actuar.

—Buenas noches, señor Ministro.

—Buenas noches, señorita Vásquez.

—Usted sabe por qué estoy aquí —dijo Cora Dixon, conocida por el Primer Ministro y la prensa japonesa como Sofía Vásquez, una activista mexicana que estaba en contra del imperialismo norteamericano—, así que me gustaría que sea honesto conmigo. ¿Ha considerado la propuesta?

—Señorita Vásquez —dijo el Primer Ministro japonés, quien respondía al nombre de Yoshihiro Fujita—, tal vez no se haya dado cuenta, pero este país ya no está interesado en la guerra o en planes supremacistas. Somos una potencia tecnológica. No necesitamos más.

—Eso lo sé, señor Fujita, pero también sabe que depende de materias primas para el desarrollo de sus tecnologías. Y, lo quiera o no, tales materias primas provienen de Estados Unidos o de países simpatizantes. Si no cuenta con un as bajo la manga, entonces esas naciones podrían boicotear las exportaciones en cuestión de días. No contaría con materias primas y el desarrollo tecnológico se verá estancado.

—¿Y por qué Estados Unidos haría tal cosa? No somos una amenaza para ellos.

—Pues yo no soy de su misma opinión —dijo Cora Dixon, sacando el celular de su bolsillo y conectándolo a un proyector. Ambos vieron un video de cinco minutos de duración, en el cual se podía ver una reunión en la que se discutía la amenaza que representaban las Sailor Senshi, y de cómo planeaban aplicar aranceles a las exportaciones a modo de medida disuasiva.

—¿Me está diciendo que el gobierno de Estados Unidos piensa que las Sailor Senshi son una amenaza? —dijo el Ministro Fujita con incredulidad—. ¿Por qué pensarían algo así? Ellas no son hostiles. Salvaron el mundo hace varios días atrás. Cualquiera pensaría que están del lado de la humanidad.

—Pues eso es lo que el Secretario de Defensa piensa —dijo Cora, volviendo a reproducir el video, de modo que no hubiera duda alguna de los intereses del Departamento de Defensa de los Estados Unidos—. Desmond Hudson cree que usted podría usar a las Sailor Senshi para invadir Estados Unidos, por eso, tiene planeado iniciar una guerra económica con este país.

—¿Y qué quiere que haga, señorita Vásquez?

—Podría elevar los aranceles a los productos norteamericanos —dijo Cora Dixon, encogiéndose de hombros—. O bien, darles en el gusto. Usar a las Sailor Senshi para disuadir a los norteamericanos de emprender cualquier acción bélica. Ellos les temen. Saben que tienen poderes que son capaces de neutralizar cualquier ejército. Se sienten amenazados por ellas, de la misma forma en que ustedes se sintieron cuando ellos arrojaron sus bombas atómicas. Que conste que no estoy tratando de decirle qué hacer. Soy solamente una pobre activista.

Aquellas palabras surtieron el efecto deseado. El Ministro Fujita había perdido a sus padres y a dos de sus hermanos en Hiroshima, no por la explosión en sí, sino por los efectos secundarios de la radiación. Él mismo había padecido cáncer de pulmón en su juventud, pero la detección temprana (algo muy poco común en esos tiempos), le había salvado la vida. Los médicos le habían dicho que el tumor se había producido a causa de la radiación derivada de la explosión de la bomba atómica, aunque ninguno de ellos sabía por qué había tardado tanto tiempo en manifestarse. Pero daba lo mismo. El Ministro había sido víctima de la agresión de Estados Unidos y, aunque sus mensajes promovían la paz, siempre hubo un resentimiento en su interior por culpa de lo que le había pasado a su familia. Y no solamente a la de él, sino que muchas más que sufrieron cosas peores. No sabía si la señorita Vásquez sabía todo eso o no, pero era innegable el sentimiento de venganza que había ocultado hasta ese momento.

—¿Y bien? —insistió Cora Dixon, tratando de no sonar apremiante—. ¿Ha tomado alguna decisión?

El Ministro tardó varios segundos en tomar su decisión, pero cuando lo hizo, había una determinación rayana en la obsesión fulgurando en sus ojos.

—Estados Unidos lamentará haber arrojado esas bombas sobre nosotros.

Tokio, veinte minutos más tarde

Amy estaba a diez metros de una de las fuentes de energía oscura que había detectado con su computadora y vio que se hallaba dentro de un edificio de oficinas. Entrar sería imposible, pues ya nadie trabajaba a esas horas, salvo aquellos que estuvieran haciendo sobretiempo. No obstante, eso no cambiaba el hecho que el edificio estaría custodiado. Amy no era de esas personas que disfrutara lastimar a la gente para conseguir lo que quería, por lo que se transformó en Sailor Mercury y usó su niebla para infiltrarse en el inmueble.

Para cuando ésta se hubo disipado, ya era demasiado tarde. Los guardias no vieron a la Sailor Senshi que se había escurrido entre la niebla. Mientras tanto, Sailor Mercury usó su computadora para piratear las cámaras de seguridad, de modo que no hubiera registro alguno de que ella estuvo en el edificio.

Se acercaba lentamente a la fuente de la energía oscura. Sailor Mercury consultó el plano del edificio en su computadora y vio que el punto se hallaba en una oficina desocupada. Cautelosamente, abrió la puerta y vio, con espanto, que todo el lugar estaba a oscuras. Inmediatamente, se sintió inusualmente débil, pero siguió adentrándose en la oscuridad y usando su visor para localizar el origen de la energía.

Se trataba de una especie de pilar del que parecía brotar la energía oscura tal como el agua lo hacía de una pileta. Mientras más se acercaba al pilar, más débil se iba sintiendo. Al final, no pudo continuar, pero con las fuerzas que le quedaban, realizó su ataque de agua, congelando el pilar. El flujo de energía oscura disminuyó considerablemente, lo suficiente para que Sailor Mercury pudiera acercarse más y destruir el pilar. Bastó un puntapié para hacerlo añicos.

La debilidad desapareció al instante, pero también apareció una mujer de la nada. Usaba lo que parecía un traje de baño de un celeste pálido, casi blanco, su cabello era albino y poseía ojos muy grandes.

—¿Cómo te atreves a destruir un nexo de energía oscura? —dijo la recién llegada. Sailor Mercury no sabía quién era esa joven ni qué relación tenía con el objeto que acababa de destruir.

—¿Quién eres tú?

—¿Yo? Pues creo que es una pregunta sensata. —La joven hizo un gesto cortés, aunque anticuado—. Me llamo Berthier, y soy una de las cuatro Hermanas de la Persecución. Asumo que eres una Sailor Senshi, vestida con esa ridícula falda y ese estúpido listón en tu pecho.

—¿Por qué estás tratando de diseminar energía oscura en la ciudad?

—Ah, haces muy buenas preguntas —dijo Berthier en un tono delicado—. Desafortunadamente, no tendrás una respuesta, porque ahora deberás lidiar conmigo. Prepárate.

El ataque de Berthier fue inesperado, pero Sailor Mercury reaccionó a tiempo, haciéndose a un lado y devolviéndole el favor. La pelea duró varios minutos, durante los cuales ninguna de las dos pudo obtener alguna ventaja, además, el espacio era reducido y había muchos obstáculos, como mesas, sillas, gabinetes, macetas y otras cosas. Al final, el combate acabó en una tregua entre ambas partes. Tanto Berthier como Sailor Mercury jadeaban a causa del esfuerzo, y fue en ese momento cuando esta última notó el símbolo en la frente de su oponente. Se trataba del mismo símbolo que había visto en Rubeus.

—¿Formas parte de Black Moon?

—Así es —repuso Berthier, quien había puesto en marcha un plan para salir de aquel problema—. Venimos de muy lejos para dejar que unas colegialas como ustedes nos arruinen los planes. Y tú acabas de destruir un pilar de energía oscura. Es mucho trabajo volver a construir uno, ¿sabes?

—No permitiremos que ustedes se salgan con la suya.

—Por desgracia, Sailor Mercury, no tendrás la oportunidad de detenernos.

Sorpresivamente, Berthier alzó ambos brazos hacia arriba y las piernas de Sailor Mercury se congelaron de inmediato. Maldijo su indiscreción. Berthier la había hecho hablar para distraerla y había pagado el precio. Berthier abrió la ventana y dirigió una última mirada a Sailor Mercury.

—Será mejor que derritas el hielo pronto —dijo Berthier con una sonrisa socarrona—. Los guardias no tardarán en llegar.

Berthier desapareció por la ventana y Sailor Mercury se quedó con el problema del hielo en sus piernas. Sus ataques servían para crear hielo, no derretirlo. Pudo escuchar pasos y voces que se acercaban a la oficina. Para cuando el hielo se hubiera derretido de forma natural, ya estaría bajo arresto y tras las rejas en el calabozo de alguna comisaría. La única manera que había hallado de romper el hielo era usar su propia computadora. Daba gracias al cielo por estar construida para durar.

Bastaron diez golpes para romper el hielo, pero la pintura de la computadora se había abollado en los bordes. Con el corazón en un puño, Sailor Mercury salió por la misma ventana que había empleado Berthier, justo cuando los guardias irrumpieron en la oficina. Jadeando, corrió en dirección a su casa, comunicando todo lo que había ocurrido en el edificio a sus amigas.

Washington, 04 de marzo de 1992, 07:46p.m.

Herbert Dixon sonrió cuando el profesor Tomoe exclamó "eureka" en el laboratorio. Supo que había encontrado la cura para la enfermedad de Hotaru y descendió hasta allá, encontrando a su colaborador con una amplia sonrisa en su cara. Se veía que le hacía mucha falta alguna alegría en su vida.

—Profesor.

—Herbert —dijo Soichi Tomoe con los ojos brillantes—. He encontrado una cura. ¡He encontrado una cura! Hotaru al fin se pondrá bien.

—Me alegra oírlo —dijo Herbert, tomando un hombro del profesor con una mano—. ¿La has probado?

—La cura no es nociva para los tejidos de Hotaru —dijo el profesor, tomando una probeta llena de un fluido de color púrpura—. El único efecto secundario que podría tener es somnolencia, y eso en el peor de los casos. Tengo que agradecerte, Herbert, por el apoyo que me has dado con esto.

—No hay de qué, profesor —dijo Herbert con una sonrisa—. Como dije, mantener a mis subordinados contentos es una de mis prioridades. ¿Te parece si vamos ahora mismo a darle la cura?

—Me parece muy bien.

Herbert y el profesor Tomoe se encaminaron hacia el domo médico, donde Hotaru estaba internada. Como era costumbre en recintos como esos, las paredes eran blancas y había un olor penetrante a antiséptico. Había solamente dos pacientes allá: uno se recuperaba de una neumonía y el otro era Hotaru. Cuando ambos llegaron a su camilla, vieron que ella parecía estar hablando en sueños. Decía cosas que no tenían ningún sentido, como si estuviera viviendo en una época distinta.

—Pobre —dijo Herbert, tomando la frente de Hotaru, notando que podría freír un huevo allí—. Debe estar en los cuarenta grados.

—No te preocupes, Hotaru —dijo su padre, usando una vía para inyectar la cura directamente en sus venas—. Esto te pondrá mejor, ya lo verás.

Mientras el líquido de color púrpura penetraba en el cuerpo de su hija, el profesor Tomoe colocó una variedad de sensores en su frente y en sus brazos, de forma que pudiera monitorear las constantes vitales de Hotaru en tiempo real. Después, tomó asiento en una camilla desocupada, pero Herbert se mantuvo de pie, mirando a Hotaru con los brazos cruzados, esperando que la cura hiciera efecto pronto.

—¿Cuánto tiempo debemos esperar para ver los primeros cambios?

—No creo que debamos esperar en absoluto —dijo el profesor Tomoe, consultando las constantes vitales de su hija, notando que la temperatura había comenzado a bajar de forma lenta pero gradual—. La cura ya está haciendo efecto. No pensé que pudiera actuar tan rápido.

Pronto, el ritmo cardíaco fue bajando hasta llegar niveles normales. Pasaron solamente diez minutos desde que el profesor administró la cura para que Hotaru abriera los ojos. Herbert dejó de cruzarse de brazos, luciendo sorprendido, y el profesor se puso de pie, mirando con una amplia sonrisa y los ojos brillantes a su hija. Ella devolvió la mirada a su padre y mostró una sonrisa débil.

—Papá —dijo ella con un hilo de voz.

—Hotaru —repuso su padre, sin poder reprimir las lágrimas.

Padre e hija se abrazaron fraternalmente, y él notó que el cuerpo de Hotaru ya no ardía. Tampoco tenía carne de gallina, algo típico de las personas con fiebre.

—¿Cómo te sientes? —preguntó el profesor Tomoe, pero tomó un largo rato para que Hotaru respondiera. Cuando lo hizo, no obstante, mostró una sonrisa más amplia de lo que su padre le había visto antes.

—Tengo hambre, papá.

Tokio, 05 de marzo de 1992, 03:47p.m.

Serena había llegado a su casa después de una jornada escolar para el desastre. Tenía demasiadas cosas en su cabeza para pensar en los malos resultados que había tenido en Inglés y en Matemáticas. De hecho, su madre le había preguntado por el resultado del examen que había tenido la semana pasada. Además, uno siempre podía contar con Sammy cuando se trataba de presentar calificaciones.

—¿Un tres, otra vez? —preguntó Ikuko de mal humor. Serena bajó la cabeza, mirando a cualquier parte, menos a su madre—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que te pongas a estudiar más? ¿Qué rayos haces con tus amigas, si no es ponerte al corriente con tus estudios? Pensé que esa tal Amy iba a ser de más ayuda, pero veo que no.

—Pero mamá —se excusó Serena, soltando una risa nerviosa—, no puedes esperar que obtenga buenas calificaciones en todo.

—Lo sé, Serena, pero no crees que estas calificaciones son vergonzosas. Deberías seguir el ejemplo de tu hermano menor.

Serena miró a Sammy, quien miraba desde la cocina, haciéndole muecas de burla. Ella arrugó la cara y botó humo por las orejas.

—Pero mamá…

—¡Pero nada, Serena! —exclamó su madre, luciendo como una betarraga con ojos—. ¡Hoy no saldrás con tus amigas! ¡Ni mañana, ni toda la semana!

—¡Mamá! —clamó Serena, sabiendo que debía juntarse con sus amigas por un asunto urgente y no podía perderse esa reunión por nada del mundo—. ¡No puedes hacerme eso! ¡Necesito estar con mis amigas!

—Entonces estudia más y diviértete menos —espetó su madre en tono perentorio, haciendo que Serena soltara un mar de lágrimas y subiera sollozando hasta el segundo piso, dando un portazo y dejándose caer sobre la cama.

No fue hasta un buen rato que Serena dejó de llorar. Se sentó sobre la cama y Luna se trepó a esta, mirando a Serena como queriendo darle un sermón. Al parecer, lo pensó mejor y escogió ir por una senda más pacífica.

—Creo que esta vez tu mamá fue demasiado lejos —dijo Luna, también sentándose sobre la cama—. El asunto que debemos atender es muy serio.

—Lo sé, Luna —dijo Serena tristemente—, pero también soy una joven normal y debo tener responsabilidades normales. No puedo ser una Sailor Senshi todo el tiempo, y mi madre no puede saber que soy Sailor Moon.

—Tu madre tiene una muy buena opinión de Sailor Moon —dijo Luna, sonriendo—. Deberías decírselo.

—Pero…

—Sé que estás protegiendo a tu familia al mantener el secreto, y ha funcionado hasta el momento, pero va a llegar un punto en el que ya no podrás ocultarlo. Si se lo dices, tu madre podría cambiar su opinión sobre ti. Tu hermano adora a Sailor Moon. Estoy segura que Sammy se comportará mejor contigo si se lo dices.

—Pero Luna, no es algo que pueda decirles a la ligera.

—No estoy diciendo que lo hagas a la ligera —aclaró Luna, ladeando la cabeza y mirando significativamente a Serena—. Estoy diciendo que va a llegar el momento en que será necesario hacerlo. Seguramente tu madre va a pensar que estás arriesgando tu vida innecesariamente, al menos al principio, pero ella es lo suficientemente madura para entender por qué estás poniendo tu vida en riesgo.

—No creo que alguna madre pueda entender algo como eso.

—Mmm… tienes razón. Las madres pueden ser muy protectoras, especialmente con sus hijas. Pero ese no es el punto, Serena. El punto es que debes reunirte con las demás, aunque implique romper el castigo de tu madre.

Serena arqueó una ceja, dedicando una mirada penetrante a su gata.

—¿Desde cuándo estás tan rebelde?

—No es cuestión de ser rebelde o no. Se trata de que esta ciudad se encuentra en peligro y ustedes son las únicas que pueden hacer algo al respecto.

—¿Y cómo puedo salir de aquí?

—Transfórmate en Sailor Moon y sal por la puerta delantera. Si tu madre o tu hermano te pregunta, diles que alguien te secuestró y que vas a rescatarla.

—¿Y estás segura que me van a creer?

—Recuerda lo que te he dicho sobre lo que opina tu familia de Sailor Moon.

Serena tragó saliva, pero no veía otra opción que hacerle caso a Luna. Se aseguró de cerrar con llave la puerta y alzó su broche de transformación. Después de las consabidas luces de colores, Sailor Moon quitó la llave a la puerta, sin percatarse que su uniforme ostentaba unos pocos adornos que no estaban presentes la última vez que se transformó.

Cuando llegó a la puerta, Sailor Moon sintió que el corazón le saltaba a la garganta cuando escuchó la voz de su madre.

—¿Qué estás haciendo…?

Sailor Moon estuvo a punto de responderle, pero recordó las palabras de Luna y se quedó callada.

—¿Eres Sailor Moon? ¿Qué estás haciendo en mi casa?

—Bueno… lo que pasa es que… unos bandidos secuestraron a su hija y llegué aquí para atrapar a los responsables.

Sailor Moon, al ver la cara de su madre, se sintió culpable por haber dicho esas palabras, porque ella se puso blanca como porcelana y no era capaz de mover siquiera un músculo.

—Serena… fue…

—Como dije, yo me encargaré de encontrarla. —Sailor Moon no fue capaz de decir nada más, por temor a empeorar las cosas. Se quedó congelada por un par de segundos antes de abrir la puerta y salir a la calle. La reunión iba a concretarse en el lugar de siempre y Sailor Moon sabía que había mucha distancia entre su casa y el templo. En ese momento deseó haber asistido a más clases de Educación Física, porque las piernas comenzaron a pesarle cada vez más y le ardían los pulmones.

Cuando al fin llegó al templo Hikawa, vio que no había nadie. Sailor Moon casi cayó de rodillas al piso de tan cansada que se encontraba, pero pudo sostenerse lo suficiente para poder mirar en lontananza. No había un alma en el templo, y eso que el abuelo de Rei siempre estaba presente. Aquella ausencia de gente no era natural.

Unos pasos se escucharon desde las escaleras. Sailor Moon giró sobre sus talones y vio a sus amigas, ya vestidas como Sailor Senshi. No parecían de humor para discutir algún plan, pero se veía que lucían complacidas por alguna razón.

—Sailor Moon —dijo Sailor Mercury, divisando a su amiga en medio del patio.

—¡Siempre tarde! —gruñó Sailor Mars, mirando a Sailor Moon con una mirada cargada de veneno—. ¡No hay remedio contigo, que horror!

—¡Estaba castigada! —se excusó Sailor Moon, humeando por las orejas—. ¡Tú siempre me estás regañando por todo y por nada!

—¡Ya basta! —rugió Sailor Mercury, poniéndose entre las dos—. Este no es el momento para estar peleando. Debemos prepararnos para luchar.

—¿Pelear? —dijo Sailor Moon, tragando saliva—. ¡No estoy preparada!

—Entonces hazlo ahora —dijo Sailor Jupiter con energía—, porque aquí vienen.

—¿Quiénes?

Pero la pregunta de Sailor Moon fue respondida después de unos pocos segundos, porque cuatro mujeres se acercaban a ellas, todas mostrando molestas sonrisas de superioridad. Sailor Moon solamente pudo concluir que esas chicas salieron de algún circo, pues sus indumentarias eran extrañas, por decir lo menos.

—Así que ustedes fueron las que destruyeron los pilares —dijo la del cabello albino—. A ti ya te conozco, Sailor Mercury, pero no al resto. Esto será interesante.

—¡Pagarán por lo que han hecho! —gritó la del cabello azul y la gema en su frente—. ¡Tanto trabajo que le costó a mi Rubeus crear esos pilares!

—Verán que nadie puede oponerse a nosotras —gruñó la del cabello verde oscuro y ojos de rendija—. ¡Las haremos puré!

—Nosotras, las Hermanas de la Persecución, no podemos permitir que unas niñatas como ustedes se atrevan a desafiar al clan Black Moon —dijo la del cabello castaño, el cual estaba tomado en un moño muy apretado.

—¿Hermanas de la Constitución? —quiso saber Sailor Moon tontamente. El labio de la joven con la gema en la frente tembló.

—Así que Hermanas de la Persecución —dijo Sailor Mars, frunciendo el ceño y crispando los puños—. Hermanas o no, acabaremos con ustedes.

—¡Eso ténganlo por seguro! —exclamó Sailor Jupiter. Sailor Venus y Sailor Mercury no dijeron nada, pero miraban atentamente a las cuatro mujeres frente a ellas.

—Pero antes de trapear el piso con ustedes, nos presentaremos, de modo que sepan quiénes fueron las que las derrotaron —dijo la del cabello castaño, adelantándose a las demás. Era obvio que esa joven tenía pretensiones de liderazgo—. Mi nombre es Calaveras.

—Yo soy Berthier —añadió la del cabello albino. Sailor Mercury arrugó la cara.

—Petz —dijo la del cabello verde. Sailor Jupiter crispó los puños.

—Y yo, Koan —gruñó la del cabello azul, dedicando una mirada fulgurante a Sailor Mars.

—Y no se olviden de mí —dijo una voz de hombre, quien apareció de improviso delante de las cuatro mujeres—. En caso que lo hayan olvidado, mi nombre es Rubeus, y todos nosotros servimos al clan Black Moon. Se arrepentirán de haberme impedido atrapar al conejo. Pero cuando hayamos acabado con ustedes, eso no será ningún problema.

—¿Y para qué quieres a Rini? —dijo Sailor Moon, adelantándose al resto de sus amigas—. ¿Quieres matarla?

—Eso no es de tu incumbencia —ladró Rubeus, y Sailor Mercury notó que Koan le miraba de forma recurrente—. Ahora, si me entregan al conejo, les prometo una muerte rápida e indolora. ¿Qué les parece? Es un trato justo, desde mi punto de vista. Deberían aceptarlo.

—Y tú deberías aceptar que no te entregaremos nada —rugió Sailor Jupiter.

—Es una pena —dijo Rubeus, encogiéndose de hombros—. No me dejan otra alternativa. Sufrirán un tormento tal que desearán haber aceptado mis términos. —Él y las demás se pusieron en guardia, mirando fijamente a las Sailor Senshi—. Hermanas, ¡al ataque!


(19) Con esto me refiero a los ataques con bombas atómicas perpetrados por Estados Unidos en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial en el frente del Pacífico.