.

Capitulo 35

—Necesito que te mantengas al margen, por favor —le decía Albert en ese momento, en un aparte, lejos de los demás guerreros.

—Está bien, Albert —le prometió ella, que lo vio tan preocupado que a punto estuvo de abrazarle.

—Si te sucede algo...

—No me moveré de donde tú me digas.

—Luchas bien, Candy. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, Albert.

—Pero los Rossen son guerreros avezados. Te harían puré al primer mandoble.

—Lo sé. Aún no estoy preparada.

—Eso es. Todavía no —sonrió, pero fue una sonrisa triste—. No podemos dejaros aquí, así es que los más jóvenes vendréis con nosotros, pero os quedaréis atrás. Podéis usar los arcos si veis la oportunidad, pero no acercaros.

—De acuerdo. —Candy no podía contestar otra cosa. Albert tenía razón, ella no era tan inconsciente.

—Candy, yo...

—¡Albert! —La voz de uno de los guerreros interrumpió lo que fuese que iba a decirle, y se aproximó hasta ellos.

—¿Sí, Gideon?

—Estamos listos, jefe.

—Pues vamos entonces.

Le lanzó una última mirada a Candy, que ella sintió como una caricia, y montó sobre Brave de un salto. Los demás le imitaron y ella contempló a aquellos hombres que habían abandonado sus gestos risueños y sus bromas y que se habían convertido, de repente, en una fuerza temible. No sabía cuántos guerreros del clan Rossen formaban parte de aquel grupo invasor, pero más de uno no iba a dormir en su cama esa noche.

El grupo resultó ser mayor de lo esperado, y se encontraron solo un par de horas más tarde. Candy, con el estómago encogido, los observó desde la distancia, junto al resto de jóvenes, que parecían impacientes por entrar en combate. Sin embargo, eran disciplinados y siguieron las instrucciones de Albert. Sacaron sus arcos y se prepararon por si tenían la posibilidad de mandar al infierno a alguno de aquellos salvajes.

Ella no perdía de vista al jefe de los Andrew, que se bajó del caballo y le golpeó en la grupa para que se alejara. Con las piernas ligeramente abiertas y los pies clavados en la tierra con firmeza,

Albert echó mano de la espada que llevaba sujeta de la espalda. Justo en ese momento, un rayo de sol asomó entre las nubes y acarició el metal, arrancando destellos de su superficie. Candy pensó que era una señal y que, pese a la inferioridad numérica, Albert saldría victorioso.

Sus hombres le imitaron, y se escuchó el siseo de una veintena de aceros al ser desenvainados. Candy sintió un escalofrío. Los guerreros Rossen hicieron lo mismo y los dos grupos quedaron frente a frente. Desde donde se encontraba, solo le llegaban palabras sueltas mientras Albert hablaba con el que parecía el jefe del otro grupo. Era un guerrero alto y ancho como una puerta, de larga y desgreñada melena oscura y cuyo fiero aspecto la obligó a tragar saliva varias veces seguidas. Dedujo que Albert le preguntaba por los motivos por los que habían invadido sus tierras, y el otro pareció burlarse de él. Cuando los guerreros que se alineaban tras el gigante se carcajearon, supo que ya no había vuelta atrás.

Entonces todo pareció convertirse en un borrón. Los guerreros de ambos bandos echaron a correr para encontrarse a medio camino en un entrechocar de aceros que sonó como un trueno, seguido de otro y otro más. La boca de Candy se secó, pero mantuvo su pulso firme. Preparó su arco y se dispuso a esperar.

Junto a ella, sentía removerse a los muchachos, cada vez más nerviosos. Parecía que varios guerreros Andrew luchaban con dos y hasta tres contrincantes a la vez, en una lucha desigual que no tardaría en provocar víctimas. Algunos hombres lucían ya algunas heridas, que salpicaban la tierra mojada. De tanto en tanto, vislumbraba la larga melena de Albert azotada por el viento y el esfuerzo, y luego volvía a desaparecer en aquel barullo. Ella retenía la respiración sin darse cuenta, hasta que de nuevo avistaba algunos mechones de su pelo y lograba un sosiego tan necesario como efímero.

—Tenemos que hacer algo —decía Jimmy en ese momento.

—Nos quedaremos aquí —repuso ella—. Esas son las órdenes.

—¡Pero van a masacrarlos! —exclamó otro de los muchachos, Archie—. Además, tú no eres nuestro jefe, por muy nieto del laird que seas.

—¡Claro que no! Vuestro jefe es Albert. Y nos ha dicho que nos quedemos aquí.

—No sabía que fueses un cobarde, Rob —insistió Archie, escupiendo en el suelo.

—Y no lo soy, pero no estamos preparados para luchar contra los Rossen.

—Eso dilo por ti —repuso Jimmy, con un sarcasmo que logró herirla, aunque procuró mantener su rostro impasible.

—¡No podemos dejar solos a nuestros hombres!

—Archie, si os metéis ahí, solo conseguiréis que os maten.

—Pues que así sea. Moriré como un Andrew entonces. —El joven sacó su espada y dio un par de pasos en dirección a la batalla—.¿Alguien me acompaña?

Ante el estupor de Candy, un único sonido retumbó en sus oídos cuando las espadas de los ocho jóvenes que la acompañaban abandonaron sus vainas. Supo que no podría convencerles. ¿Qué debía hacer? ¿Obedecer a Albert o acompañar a los chicos y evitar, en lo posible, que los matasen? No tuvo que pensarlo mucho, porque los jóvenes echaron a correr gritando el lema de los Andrew: «No dejamos a nadie atrás», y sus pies se movieron solos para unirse a ellos.

Mientras avanzaba, Candy era consciente de que no tendría ninguna posibilidad frente a aquellos guerreros, que parecían más grandes cuanto más se aproximaba. Tal vez saldría airosa de un envite, tal vez incluso de dos, pero sus brazos no poseían fuerza suficiente como para luchar demasiado tiempo con una espada escocesa. Echó de menos el arma que había traído consigo desde Toledo, que languidecía en un rincón de la cabaña de Albert, aunque seguramente tampoco le habría servido de mucho, como él le había indicado en su momento. El arco, en cambio, cuyo extremo sentía golpear sus nalgas en la carrera, era otro cantar. Así es que no se molestó ni en valorar sus opciones. A pocas yardas de la melé, se detuvo, apenas sin aliento, mientras veía cómo los muchachos se metían en la refriega. El cuerpo le temblaba con tanta violencia que no sabía si sería capaz de sostener el arco con firmeza, así es que echó una rodilla en tierra y usó la pierna flexionada como soporte. Colocó la primera flecha, recorrió la explanada con la vista y eligió un objetivo. Debía ser cuidadosa, no quería errar el blanco y darle a uno de los suyos.

«Tranquilízate, Candy», oyó la voz de su padre junto a su oído, traída por el viento y el tiempo. Cerró los ojos un instante, lo justo para ver su sonrisa y sus ojos verdes, y, cuando volvió a abrirlos, se sintió un poco más calmada. Tensó la cuerda y disparó. La primera flecha dio en el blanco, en el brazo de un hombre que, en ese momento, estaba a punto de descargar su espada sobre el cuerpo de Alec, que había resbalado en el barro y la sangre, y trataba de incorporarse. El hombre soltó un aullido y soltó su arma, y Alec aprovechó para clavarle la suya en la pierna. El guerrero Rossen había quedado fuera de combate. Alec le lanzó una rápida mirada de agradecimiento y se dio la vuelta, en busca de otro enemigo al que enfrentarse.

«Uno», se dijo Candy, que se dispuso a buscar un nuevo objetivo. Reprimió un grito cuando vio a Iain luchar contra un par de enemigos, y su certero disparo equilibró las fuerzas. Unos minutos más tarde, ya eran cuatro los blancos conseguidos, y el pulso de Candy era tranquilo, más de lo esperado en aquellas circunstancias. Ya no sentía el miedo, ni siquiera se notaba nerviosa, como si hubiese hecho aquello cientos, miles de veces. Como si aquellos hombres fuesen los muñecos de paja con los que practicaba a diario.

La refriega continuaba, y sus ojos eran incapaces de abarcar tantos frentes. De repente veía a Gideon luchando contra tres enemigos, y luego a Albert batiéndose con otros dos. Veía a los chicos haciendo frente a su primera batalla con el arrojo de su juventud, y a varios guerreros Andrew sangrando, gritando y manejando aquellas espadas como si fueran una extensión de sus brazos. Le pareció distinguir algunos bultos en el suelo, pero se obligó a no pensar en quiénes podrían estar agonizando mientras sobre ellos el mundo temblaba.

«Cinco», pronunció el número en voz baja, mientras veía caer a un guerrero que se había enzarzado con Archie, en compañía de otro tan grande y temible como él. Parecía que los Rossen habían optado por enfrentarse a los más bisoños, en vista de que les resultaba muy difícil vencer a los veteranos, o al menos eso era lo que parecía. De nuevo, la melena de Albert reverberó en medio del caos y ella soltó un suspiro de alivio. Un suspiro que se transformó en grito cuando sintió un dolor lacerante en el tobillo izquierdo, justamente la pierna que tenía flexionada y apoyada sobre la hierba. Perdió momentáneamente el equilibrio, y casi la visión, pero logró recomponerse lo suficiente como para girar un poco la cabeza y ver a uno de los Rossen a unas veinte yardas, cargando de nuevo su arco. Había salido del grupo para buscar al arquero que ya había imposibilitado a varios de sus hombres, y había visto a aquel muchacho imberbe, que manejaba el arco como si hubiera nacido con uno bajo el brazo.

Candy se obligó a erguirse y a ladear un poco el cuerpo para apuntar. Sabía que, si no lo hacía, la siguiente flecha le arrancaría el alma. Aún no había terminado el guerrero de colocar la suya, cuando la de Candy salía disparada para atravesar su hombro y conseguir que cayera de rodillas.

Con los ojos cubiertos de lágrimas, Candy comenzó a respirar de forma entrecortada, tratando de controlar lo incontrolable. Volvió a erguir los brazos, medio sentada sobre la hierba, incapaz de apoyar aquel pie que no se atrevía ni a mirar sin que las náuseas la asaltaran. La flecha había atravesado limpiamente la pierna, un poco más arriba del tobillo, y la punta sobresalía al menos un palmo por el otro lado. En aquella incómoda postura, aún hizo blanco otras dos veces, y lloró y rio al mismo tiempo al ver que los guerreros Rossen se rendían y se batían en retirada, llevándose a sus heridos y lo que a ella le parecieron, al menos, cuatro muertos. Los guerreros Andrew comenzaron a gritar y a alzar sus espadas al aire. Vio a Jimmy y a Archie abrazarse entre ellos, y a Iain con la mano sobre el vientre ensangrentado, intentando contener la hemorragia pero gritando con la misma fuerza que los demás. Distinguió a Albert al frente de sus hombres, en silencio pero con la espada alzada. Luego lo vio inclinarse para ayudar a algún herido, aunque no pudo distinguir a quién. Incapaz de sostenerse por más tiempo, Candy se dejó caer sobre la hierba mullida y cerró los ojos. Un grito reverberó en mitad del prado.

—¡Nooooo! —La voz de Albert fue lo último que escuchó antes de perder el conocimiento.

Despertó un par de horas más tarde, cómodamente recostada sobre la hierba. Observó su pierna, que alguien se había ocupado de curar. Le habían extraído la flecha y se la habían vendado, pero el dolor seguía siendo atroz. Incluso pensar suponía un esfuerzo titánico.

A su alrededor pululaban los guerreros Andrew, muchos de ellos con heridas vendadas con trozos de camisas o de tartanes, pero no veía a Albert por ningún lado. Sabía que estaba vivo, recordaba haber oído su voz antes de sumirse en la negrura. Tampoco veía a los muchachos, y rogó para que todos ellos se encontraran bien.

Sí que vio a Callum que se acercaba y se sentaba junto a ella.

—¿Cómo estás, chico? —le preguntó, con una sonrisa.

—Creo que bien, aunque duele mucho.

—Es normal, pero aquí no tenemos nada que pueda aliviarte.

—¿Dónde están mis compañeros?

Callum desvió la vista y a Candy le pareció ver algunas lágrimas bailar sobre sus pestañas.

—Hemos perdido a Alec... y a Stear.

Candy sintió un peso en el pecho y se mordió las lágrimas. El dulce Stear. Y Alec, el joven y risueño Alec, que siempre andaba bromeando y retorciéndose los mechones de su melena pelirroja.

—Por favor, dime que no es verdad.

—Lo siento, Rob.

Candy soltó un sollozo muy poco masculino, pero Callum ni siquiera pareció darse cuenta, se limitó a darle golpecitos en la mano, como si con ello quisiera transmitirle su consuelo.

—Algunos de los demás se han salvado gracias a tu arco.

—No fui capaz de retenerles —balbuceó ella, con pesar.

—Lo sé, Jimmy nos lo ha contado.

—Lo siento.

—No es culpa tuya, muchacho. Los jóvenes son así, impulsivos e inconscientes.

—¿Y los demás?

—Algunas heridas, nada realmente importante. Los Andrew somos duros.

Candy asintió, incapaz de seguir hablando. Callum se levantó y la dejó a solas con su dolor y su pena, y ella escondió la cabeza en su tartán y lloró un buen rato.

Albert estaba furioso, y triste. Había perdido a dos de sus chicos, solo porque ellos no habían sido capaces de seguir una sencilla orden. Pensó que, sabiendo cómo son los jóvenes de impetuosos, debería haber dejado a algún guerrero con ellos. Candy había tratado de impedir que se unieran a la batalla y luego los había apoyado con su arco, pero no había sido suficiente. ¿Por qué diablos habían creído que necesitaban ayuda? No eran más que un puñado de miserables Rossen, los habrían aniquilado sin problemas. Ahora tenía dos cadáveres que llevar a casa, y a un buen puñado de heridos, entre ellos a varios de sus mejores guerreros, que se habían visto obligados a desdoblarse para defender a los muchachos.

Y Candy había sido herida. Una flecha le había atravesado la pierna de parte a parte, y la herida no tenía buen aspecto. Habían conseguido cerrarla, pero no sabía si volvería a caminar bien alguna vez. Allí no disponían de remedios suficientes para tantas curas como habían tenido que hacer, entre ellas un corte que él llevaba en el brazo izquierdo. Una cicatriz más. Le escocía como si le estuvieran vertiendo acero fundido, pero no podía tomarse ni un respiro.

Había reñido a los muchachos, les había gritado tanto que algunos se habían echado incluso a llorar. El más avergonzado parecía ser Archie, el instigador. Los vio tan desvalidos y tan hundidos por la muerte de sus amigos, que decidió que ya habría tiempo para los castigos más adelante. Porque aquello no podía quedar así. Cuando uno recibía una orden del jefe de los guerreros, la obedecía, aunque el suelo se abriese bajo sus pies. Era algo que debían aprender, por el bien de todos.

Una vez finalizada la ronda, decidió ir a ver a Candy, y la encontró dormida. Callum le dijo que le había preparado una infusión de adormidera para que descansara. Observó su rostro pálido y cómo gemía en sueños, seguramente a causa del dolor. No quería ni imaginarse cómo debía sentirse. Malditos los Rossen y toda su estirpe.

—He de volver al clan —le dijo a Callum—. He de llevar a Alec y a Stear.

—Ese es mi trabajo, son mis chicos.

—Eran mis guerreros. Yo se los entregaré a sus padres.

—Rob no debería viajar, al menos durante unas horas. La herida podría volver a abrirse. Y el joven Iain tiene un corte muy feo en el vientre aunque, por fortuna, no es demasiado profundo.

—Lo sé. Gideon tampoco está en condiciones. Se quedarán aquí, con algunos de los hombres. No creo que los Rossen regresen, al menos por un tiempo.

—Yo me quedo con ellos.

—No esperaba menos. —Albert le palmeó el hombro.

—Les hemos dado su merecido.

—Pero hemos pagado un precio muy alto, Callum.

Callum no dijo nada. Carraspeó, escupió en el suelo y luego alzó los ojos al cielo, como si allí pudiera encontrar las respuestas que necesitaba.

—Se hace tarde. Será mejor que os pongáis en marcha —anunció al fin.

Albert observó una vez más a Candy y lamentó que no estuviera despierta para poder despedirse. Quería estar allí cuando abriese los ojos, acunarla entre sus brazos y mitigar su dolor a fuerza de besos. Quería llevarla con él, pegada a su pecho, cabalgando sobre Brave con destino a su futuro. En cambio, el deber le imponía llevar los cadáveres de dos buenos chicos que se habían creído inmortales y que, en esos momentos, cruzaban sin duda las puertas del Cielo.

El dolor la despertó al caer la noche, un dolor que le subía hasta la mandíbula, que sentía rígida e inflamada de tanto apretar los dientes. Los ojos le pesaban y los notaba hinchados. Y tenía frío, un frío glacial que se había hecho un hueco junto a ella y que no parecía tener intención de abandonarla.

¿Dónde estaba Albert? De hecho, ¿dónde estaban todos? Se incorporó ligeramente y se mordió el labio inferior para no gritar. Vio a un puñado de guerreros alrededor de una fogata, a pocos pasos de su posición. Trató de hablar y solo fue capaz de emitir un sonido ronco. Sin embargo, fue suficiente para que uno de ellos alzara la cabeza y la mirara. Era Callum, que se levantó, tomó un cuenco caliente entre las manos y se acercó a ella.

—Debes tener hambre.

—¿Dónde...? —carraspeó para aclararse la voz, que había sonado como un graznido—. ¿Dónde están los demás?

—Han regresado al clan, con los cadáveres de Alec y Stear.

—¿Albert?

—Él es quien lleva a los chicos a sus padres.

—Oh, Dios. —Aquella era una tierra dura, Albert se lo había dicho en más de una ocasión, y ella no podía estar más de acuerdo.

—Mañana partiremos nosotros también, aunque viajaremos algo más despacio.

—Puedo cabalgar deprisa si es necesario —se apresuró a añadir, deseosa de regresar a su casa. Su casa, que en realidad era el hogar de Albert, pero que también sentía ya como algo suyo.

—Tal vez tú sí, Rob, pero Iain no, y Gideon tampoco.

—Lo siento...

—No te disculpes, muchacho. Y ahora bébete este caldo. Está caliente y no has comido nada en todo el día.

Candy no tenía hambre. De hecho, sentía el estómago cerrado, como atrapado en una trampa sin salida, pero se obligó a beber el líquido. Se sintió reconfortada de inmediato y Callum le aconsejó que volviera a dormirse.

Se recostó, pero no conseguía encontrar una postura que le aliviara el intenso dolor que sentía en la pierna, que ardía como si estuviese sumergida en los fuegos del infierno. La cabeza le palpitaba y notaba la lengua hinchada. Dormitó a ratos, con sueños poblados de pesadillas y de sangre. Las primeras luces del día la sorprendieron con los ojos abiertos, tiritando y con los músculos agarrotados. A través de su mirada borrosa vio la figura de Callum acercarse a ella. ¿Por qué no era capaz de ver con claridad? El hombre le puso una mano sobre la frente, una mano rugosa, áspera y fría.

—Creo que tiene fiebre —le oyó decir.

—Entonces no podemos demorarnos —contestó una segunda voz, pero no fue capaz de reconocerla.

La ayudaron a incorporarse y la subieron a su caballo. Le ataron la pierna herida a la silla con gruesas tiras de tartán, para que no se balanceara durante el viaje. El dolor era tan intenso que estuvo a punto de perder el conocimiento de nuevo. Junto a ella, ahora con más claridad, vio a Iain, que iba a cabalgar con Callum. Este, con la ayuda de otro de los guerreros, ató el cuerpo del chico al suyo propio. Candy quiso girar un poco la cabeza, para ver quién más les acompañaba, pero tenía el cuello tan rígido que no fue capaz. Solo vio a otro de los hombres de Albert aproximarse hasta su caballo y tomar las riendas para guiarlo. Saber que velaban por ella le permitió relajarse, porque tenía miedo de desmayarse, caerse de la grupa y quedar olvidada en medio de aquella tierra regada con la sangre de sus compañeros y con la suya propia.

CONTINUARA