Estamos a un capítulo de llegar al capítulo que le da nombre a esta historia y, por lo tanto, la que inició la idea principal hace 8 años aprox. Irónicamente, este capítulo lo escribí apenas en enero de este año. Hay años de diferencia entre ambos. En fin. Espero que les siga gustando. A algunos personajes del Santuario les llueve sobre mojado.
Alfa Lázcares
De más sueños extraños
Estaba en una isla, caminando por el pequeño pueblo, aunque más parecía una aldea. Las personas vestían trajes que no se habían visto en al menos unos doscientos años. Bajó la mirada. Ella misma tenía uno de esos atuendos. Llevaba una canasta entre las manos y se dirigía a una tienda pequeña. Cuando entró y comenzó a buscar lo que quería, escuchó la conversación que dos mujeres sostenían. Una de ellas se estaba preguntando si debía quedarse en esa isla. El volcán estaba dando indicios de despertar desde hacía ya algún tiempo y probablemente haría erupción pronto. La otra mujer le contestó que ella también estaba pensando lo mismo, pero la situación era difícil. Sus pertenencias estaban en esa isla y no querían dejarlo todo ahí. Lo único que les quedaba era rogarle a los Dioses que el Demonio de la isla se tranquilizara. La joven levantó la mirada y se mordió la lengua. Ella conocía la verdad. Ese hombre no era un demonio. Estaba muy lejos de ser un demonio. Todas esas personas deberían de dejarse de tonterías. Si tan solo supieran que ahora estaban más seguros en esa isla de lo que habían estado antes de que llegaran. Respiró profundamente antes de tomar las cosas, ir a pagar y salir de la tienda.
Levantó la vista hacia el volcán. Sí, una densa columna de humo se elevaba, pero no estaba preocupada por ello. Todo estaba bajo control. Sin perder más tiempo comenzó a caminar por las calles del poblado y cuando al fin salió, comenzó a correr. No le tomó mucho tiempo llegar a una cueva a los pies del volcán. Entró sin prisa, se aseguró que los carbones que dejara en la fogata siguieran encendidos y luego fue a dejar las cosas que había comprado.
—Sabes que no es necesario que vivas en este lugar conmigo.
—No pienso ir a vivir al pueblo. ¿Es muy necesario que tengamos esta conversación cada que regreso de la aldea? —contestó ella sin voltear a verlo. No tardó en sentir un par de brazos rodeando su cintura y una voz a su oído.
—Este no es lugar para una doncella como tú.
—¿Nada más para un demonio como tú? No me hagas reír, querido. Además, quién sabe en qué fachas estarías si no estuviera yo presente. Ya es bastante con que te niegues a usar camisa. ¿Dónde quedó el pudor?
—En el Santuario de la Diosa —con eso el hombre la giró y procedió a besarla.
La chica rodeó el cuello del hombre con sus brazos.
Alfa despertó de pronto. What the fuck. Miró al techo y luego a su lado, a Saga que seguía dormido y que era tan similar y a la vez tan diferente al chico de su sueño. Se pasó una mano por la cara. ¿Ahora resulta que tenía un fetiche con vivir en una caverna? Sus sueños se ponían cada vez más raros. Se acercó más al hombre dormido, retiró con cuidado un mechón de cabello que tenía muy cerca de uno de sus ojos. Lo miró un buen rato. Luego le dio la espalda y se apretó contra su cuerpo. El de Géminis se movió un poco, le rodeó la cintura con un brazo y pegó su nariz contra el cuello de la chica. Alfa no tardó en volver a quedarse dormida.
De nuevo en el mundo de los sueños se vio a si misma en el Santuario de Atenea, pero era un tanto diferente, como si estuviera en otra época y todos estaban en alerta por la Guerra contra Hades. Se encontraba en el Templo Principal, leyendo un libro, pero de pronto escuchó revuelo. Dejó el libro a un lado y se encaminó al Salón del Trono, de donde provenían las voces. Se quedó oculta, detrás de una columna mientras veía a dos hombres acercarse al Patriarca. Al otro lado del Salón distinguió la figura de Asmita de Virgo, quien también se mantenía oculto. Reconoció a los hombres. Uno de ellos era Aspros de Géminis y el otro era Déuteros. Contuvo el aliento, ¿qué hacía Déuteros presentándose ante el Patriarca? Quiso salir de su escondite, pero su sentido común se lo impidió. No se supone que ella conociera a ese hombre.
Mientras estuvo sumida en sus pensamientos los hombres no se habían mantenido quietos. Aspros atacó al Patriarca a traición, pero Asmita lo detuvo. La chica se llevó una mano a la boca mientras veía cómo culpaban a Aspros por intentar asesinar al Patriarca y por estar controlando la mente de Déuteros. La chica apenas podía creer lo que estaba viendo. Tenía un par de días desde la última vez que viera al Gemelo Menor, pero cuando lo vio todo parecía estar en orden. Algo tuvo que pasar durante ese tiempo. Los cuatro hombres estaban discutiendo, o bueno, Déuteros nada más estaba contemplándolo todo, intentando recobrar el control de sí mismo. Y lo logró. Lo logró justo a tiempo para asestarle un golpe a su gemelo, un golpe que mandó a Aspros a volar unos cuantos metros por el aire hasta estrellarse contra una pared. El Gemelo Mayor estaba vencido, pero también decidido a llevarse consigo la última palabra. Se aplicó a sí mismo el Satán Imperial, y murió. La chica volvió a llevarse una mano a la boca. No podía creer lo que acababa de presenciar. El Gemelo Mayor había sido el mayor candidato a ser Patriarca, pero él no lo sabía, y eso logró hacer que se revelara. Ahora Déuteros lo había detenido y con ello se ganó el derecho a ser el Santo de Géminis. Lo vio acercarse a su gemelo caído y levantarlo. El Patriarca le dijo que podía quedarse en el Santuario a ocupar el lugar de su hermano, pero Déuteros se negó. Le dijo que tenía que irse a entrenar, a ser un mejor guerrero. El Patriarca le dijo que podía quedarse con la armadura de Géminis. Dicho esto, Déuteros salió del Templo.
La joven salió también y luego bajó por los pasadizos hasta llegar al cementerio del Santuario. Déuteros no tardó en aparecer. La vio, pero no le dijo nada. Ella tampoco lo hizo. El cuerpo de Aspros estaba cubierto y ya no portaba la armadura. Déuteros excavó una tumba y luego depositó ahí a su hermano. La chica lo acompañó en silencio. Se quedaron ahí un largo rato, viendo la tumba. Finalmente se levantaron y él le dijo que tenía que marcharse. Ella le contestó que se iría con él a donde fuera. Discutieron. El deber de ella, como Saintia, era quedarse en el Santuario, pero ella no podía permitir que él se fuera solo. Lo necesitaba y él a ella y ambos lo sabían, pero su relación era un secreto para todo el mundo. Estaba prohibida. Las Saintias debían concentrarse por completo en la Diosa y Déuteros debía ser una sombra a quien nadie debía conocer. Sin embargo se conocieron. Desde niños se conocieron, cuando ella tenía dificultades para convertirse en la Saintia que debía ser y cuando Déuteros tenía que entrenar en secreto y resistir todos los malos tratos que la gente del Santuario le daba por ser la sombra de su hermano. Él tampoco quería dejarla ahí, pero no veía otra opción. Ella le dijo que también necesitaba el entrenamiento, que a donde fuera él, podría ayudarlo, podrían entrenar juntos y enfrentar al mundo juntos. O, si lo prefería, ella renunciaría a ser una Saintia, dejaría ahí su armadura y se olvidaría del Santuario, pero no podía quedarse si no sabía lo que sería de él.
Ninguno de los dos se dio cuenta, pero esa conversación estaba siendo escuchada por Dohko y Asmita. El de Virgo estaba escandalizado, pero entendía, de cierta manera, la situación. Las vidas de aquellos dos nunca fueron fáciles. Y tenía muy claro que, si alguien había animado y mantenido cuerdo al menor de los gemelos, esa había sido aquella chica. Dohko pensaba cosas similares, aunque él no estaba escandalizado. Había visto a la joven Saintia entrenar y tener problemas con mantener la vida que era requerida de ella. Sus poderes eran fuertes. Era una buena sanadora, también su uso de cosmo era muy bueno y sus conocimientos no eran pocos. Sabía que podía ayudar a Déuteros y él necesitaría la ayuda, porque no le iba a ser fácil reponerse de la culpa de haber matado a su hermano y de la traición que había cometido.
Ambos Santos Dorados se acercaron a los otros dos. Cuando Déuteros se dio cuenta, se puso delante de la chica, protectoramente. Les dijo que no se acercaran ni intentaran nada. Los otros dos continuaron acercándose, pero con las manos extendidas, en señal de calma. Hablaron. Ella sabía bien que su castigo era la muerte si esto se llegaba a saber. Ni Asmita ni Dohko pensaban que su crimen fuera tan grave, pero quién sabe cuántos más pensarían lo mismo. Déuteros decidió irse a la isla Kanon y ella le dijo que lo seguiría. Déuteros no pudo negarse ya, tampoco quería hacerlo. Asmita le dijo que se adelantara, que le ayudarían a la chica a llegar con él lo más pronto posible. El de Géminis se mostró reacio a dejar a la joven ahí, pero sabía que sería más sencillo si se iba solo, porque todas las miradas se concentrarían en él en cuanto el Santuario se enterara de lo que acababa de pasar, y, para esas horas, probablemente ya muchos lo sabían. La dejó ahí. Dohko se la llevó del cementerio y por senderos que sólo él conocía. Asmita se mantuvo al margen, pero vigilante, asegurándose de que nadie más los viera. Como lo prometió, Dohko dejó a la chica sana y salva en la isla Kanon al cuidado de Déuteros. La chica sí se había llevado la armadura con ella, pero no planeaba usarla, sino ocultarla. Y el joven fue quien se encargó de llevarla a las profundidades del volcán.
Alfa despertó de nuevo, pero esta vez con el sonido del despertador. Recordaba fragmentos aislados de su sueño, como que estaba en una isla, de nuevo. Y que, por algún motivo, la armadura de Géminis había ido a visitarla. Se sentía triste. Esa era la primera vez que se sentía de esa manera luego de tener uno de esos extraños sueños.
