Capitulo XXXVII Vínculo de amor
Un par de días después, Michael, Candy, Flammy y Judy gozaron de un bello día en el gran parque Zoológico de la ciudad de Chicago.
Michael y Flammy tuvieron la oportunidad de hablar sobre sus experiencias al frente de la guerra. No entendían cómo no se habían conocido antes, ambos habían servido en la misma región Europea. Parecían tener mucho en común, a parte de la medicina.
El grupo había pasado casi todo el día compartiendo experiencias y sonrisas y de un delicioso almuerzo informal sentados sobre el césped.
En un momento que el grupo caminaba de una exhibición a la otra, a lo lejos Elisa Leagan los observaba. Vio a Candy junto a un caballero a quien poco a poco fue reconociendo...
Una semana más de trabajo comenzó. Candy había tenido un lindo fin de semana en compañía de amistades, pero extrañaba muchísimo a Albert y pensaba buscarlo.
No se explicaba por qué no había tenido noticias de Annie y Archie. ¿Le habría pasado algo a la tía? ¿Habrían regresado a Lakewood? ¿Se habría ido Albert de viaje? Si fuera así Annie le hubiera avisado.
Sus días estuvieron muy ocupados porque había asistido en muchas cirugías relevando a Flammy quien asistía de lleno a Michael en el proyecto.
Por las noches, era cuando Candy recordaba más a Albert. Trataba de distraerse con la lectura de poemas, pero lo recordaba más. En realidad no tenía que hacer ningún esfuerzo por recordarlo porque él era parte de ella.
Era la última semana del mes de Octubre, el frío muy pronto haría su aparición.
Un día viernes por la tarde, Candy tuvo la grata visita de Annie quien andaba por la ciudad y había decidido visitarla.
La rubia preparó té y sirvió galletas, se sentían muy contentas de verse nuevamente.
Se sentaron en el comedor a conversar, la última vez que se habían visto fue la noche de teatro.
- Te extrañaba tanto Annie. ¿Como está la tía abuela? –dijo curiosa.
- Muy recuperada.
- ¿y Cómo marcha todo con Archie?
- ¡Muy bien! Déjame contarte que estoy involucrada en un grupo de damas donde organizamos eventos benéficos para niños pobres y enfermos. También doy clases de piano y literatura a pequeñines, por eso no he podido verte estos días. ¡Estoy tan contenta! Archie me apoya, el está feliz porque me ve feliz, me gusta mi trabajo y me siento útil – la morena estaba exaltada, tomaba a la rubia de ambas manos.
- ¡No sabes lo feliz que me haces! Me da tanto gusto verte feliz –dijo la rubia con ojos vidriosos.
- Pero Candy, estás llorando – apretó con urgencia las manos de su amiga.
- Perdóname, tú sabes que soy una llorona…
Hubo un leve silencio entre ellas, Annie puso una mano sobre el hombro de la rubia y se vieron a los ojos:
- Candy, perdóname, sé que las cosas entre tú y Albert no andan bien y yo con mis cosas…-se sintió apenada, con la otra mano le limpió las lágrimas.
- No Annie, somos amigas, somos hermanas – buscó de nuevo las manos de la morena - Es tu deber contarme tus cosas, me alegro por ti – habló un tanto mas animada.
- Candy, ¿Qué ha pasado entre ustedes? Albert tampoco está bien.
Hizo una pausa recordando la dolorosa noche que había hablado con Albert por última vez y le contó todo.
- Candy, en el fondo te comprendo perfectamente por el amor que siento por Archie, sé que lo amas locamente. Pero no puedes dejar que el temor te venza. Tú siempre fuiste valiente y decidida, tienes que superar el miedo.
- Lo sé, esto me está torturando, sufro mucho por eso. He tenido miedo por quererlo tanto y por temor lo he perdido.
- Albert también sufre, lo veo atormentado. Sale a cabalgar pero ni eso le devuelve la alegría. Durante el té, casi no conversa, se pierde en sus pensamientos. Después de la cena, sin darse cuenta, toma un par de copas más de lo usual. Sale a dar largas caminatas por el bosque de la mansión y regresa hasta altas horas de la noche. Pasa largas horas en el despacho trabajando incesablemente hasta que Archie y George le piden que dejen de trabajar, luego su tristeza vuelve. El te extraña también, hasta me da la impresión que se estuviera despidiendo de todo, pero Archie no dice palabra…
Candy lloraba silenciosamente.
- ¿Por qué no vas a verlo?
- Iré, me siento muy sola sin él. Necesito a Albert, el es quien me da fuerzas.
- Verás que todo se arreglará entre ustedes.
- Annie, quiero amar a Albert en cuerpo y alma y entregarle todo mi amor sin reservas – dijo tierna y firme.
- ¡Candy! – su amiga abrió ampliamente los ojos alarmada.
- Annie, déjame decirlo, si no se lo digo a mi mejor amiga, no podré decírselo a nadie, sólo al espejo.
- Lo se, te entiendo.
Ambas se envolvieron en un tierno abrazo.
- No te preocupes, Archie y yo estaremos siempre contigo pase lo que pase, somos tus hermanos, te cuidaremos.
- Gracias, eso me da más fuerzas, los quiero tanto…
Después de un rato más, la rubia le contó a Annie sobre el doctor Michael Lambert, de todo lo que pasó la noche que la invitó a cenar y el día en el parque zoológico.
El sábado a la hora del almuerzo en la mansión Ardley, Albert, la tía abuela, Annie y Archie, se preparaban para tomar sus alimentos cuando Elisa hizo su aparición en el comedor.
Inmediatamente Albert y Archie se pusieron de pie ante la presencia de una dama; luego Albert invitó a Elisa que tomara asiento, se sentaron y pidió que le trajeran almuerzo.
- Perdón por llegar sin avisar. No he tenido noticias de ustedes por varias semanas y decidí venir. ¿Cómo se siente tía abuela? –preguntó la pelirroja.
- Muy bien Elisa, gracias. ¿Cómo están tus padres y Neal?
- Mi padre esta en Londres, mi madre sigue en Lakewood. Neal y yo nos vamos pronto a Nueva York de compras antes que el fin del año se nos venga encima, luego regresaremos a casa donde pasaremos el fin del año. – hizo una leve pausa y dirigió su vista al rubio- Me imagino que ustedes regresarán a Lakewood para esas fechas, ¿verdad?
- Así es Elisa - respondió Albert entre mordiscos.
- Por cierto tío, el otro día vi a Candy muy risueña en el parque zoológico, andaba sola con el Doctor Michael Lambert.
Elisa despertó su curiosidad.
- No los quise saludar para no interrumpir la felicidad que les saltaba por los poros. También Neal los vio juntos una noche en un restaurante y estaban tomados de la mano, dice que parecían un par de enamorados.
A Albert no le gustó lo que escuchó. Su fisonomía cambió, se puso muy serio.
Cuando Annie vio la reacción de Albert, saltó a la defensa de su hermana:
- Elisa, las cosas no fueron como tú dices – vio a la pelirroja con ojos fulminantes. Albert, - dijo buscando la mirada celeste- Candy no fue sola con Michael al zoológico, fue con un grupo de amigas, pero tú no las conoces Elisa por eso no las viste –fijó sus ojos en ella, luego cambió su vista al rubio - La noche en el restaurante, Michael la tomó de la mano para desearle lo mejor en su vida porque Candy le confesó que te…
Annie se detuvo al recordar que la tía abuela estaba presente y no quiso ser indiscreta.
La chica continuó su explicación viendo al rubio a los ojos:
- Te puedo asegurar Albert, que Michael sólo le deseaba felicidades, por eso la tomó de la mano, no para cortejarla.
- Como sea, Candy es una coqueta – interrumpió fresca antes de tomar un sorbo de vino.
- Ocúpate de ti misma Elisa, consíguete un novio -dijo Archie con aire de insolencia.
- No discutamos en la mesa por favor – pidió la tía.
Esa tarde, vieron salir a Albert de los establos a todo galope.
Las horas pasaron, era ya muy tarde y no había regresado.
A altas horas de la noche, Archie había ido a la cocina por una jarra de agua cuando vio al rubio entrar.
Tenía un semblante triste, perturbado, casi malhumorado. Estaba empapado en sudor, tenía una leve barba, un poco más oscura que su cabello rubio, el mismo color de sus cejas. Se veía muy desarreglado.
Albert apenas vio a Archie a los ojos.
- Buenas noches – dijo secamente y subió los escalones aprisa, de dos en dos hacia su habitación.
Parecía que había estado cabalgando por largas horas y había pasado el resto de la noche libre en el bosque. Esa era la manera en que Albert desahogaba sus dolores internos, rodeado de la naturaleza y los animales que amaba.
Archie sabía que en el fondo, su tío, estaba atormentado y sufría mucho porque pronto partiría a tierras lejanas. A su manera se estaba despidiendo de todo lo que amaba, especialmente de cierta chica de ojos color esmeralda.
No muy lejos, en su mansión, Elisa Leagan yacía acostada en su cama sin poder conciliar el sueño.
Desde meses atrás había descubierto el interés de William por la enfermera. Ya no podía esperar más, tenía que hacer algo al respecto antes de que fuera tarde y el romance avanzara.
Se levantó bruscamente de su cama y fué hacia el escritorio secretario en su habitación.
Con la mano temblorosa por los nervios exaltados ante tan horrorosa posibilidad, comenzó a escribirle una carta a su madre pidiendo que llegara a Chicago lo más pronto posible.
El Domingo por la tarde Candy fue a buscar a Albert a su mansión.
Eran como las cinco de la tarde, Annie y Archie la recibieron con alegría.
Preguntó por la tía y le dijeron que estaba bien de salud y que regresaría a Lakewood al día siguiente. Luego le contaron las malas intenciones de Elisa cuando conversó con Albert.
- Candy - dijo Annie seria- él debe de estar en el bosque, ya tiene largo rato allá.
La rubia dio las gracias, se disculpó y caminó hacia el bosque.
El sol desaparecía poco a poco, la tarde era un poco fría, sin embargo se sentía cómoda en un vestido color fucsia, un ligero abrigo color negro y botas negras. Su cabello suelto al natural, era agitado por la leve brisa.
No sabía dónde buscarlo. Fue a la casita en la copa del árbol pero no estaba ahí. Caminó un poco más, pero no lo encontró.
Recordó el frondoso árbol donde estuvieron juntos una noche, fue, pero no estaba ahí.
Caminó unos pasos y lo vio de espaldas sentado en el césped en una pequeña colina en frente del lago.
Leía un libro. Levantaba su triste mirada al firmamento como teniendo una dolorosa conversación con ambos.
Su cabello rubio estaba más corto y era el contraste perfecto a la vestimenta color negro con un ligero abrigo del mismo color.
Albert no se percataba de la presencia a su espalda.
Parecía estar absorto en una triste meditación y lectura.
Ella silenciosamente se acercaba.
Candy no podía soportar verlo atormentado y sus ojos se llenaron de lágrimas.
El joven escuchó un ruido y volteó la vista:
- ¡Candy! –exclamó sorprendido poniéndose de pie y sintió su corazón palpitar aprisa.
Las tristes miradas se encontraron. El mundo afuera se detuvo. Todo quedó en silencio.
En ese momento comprendieron, que la verdadera felicidad de uno, radicaba en el otro.
A pesar de la tristeza que había en sus corazones, éste dio un salto de emoción en sus pechos al verse y sentirse cerca.
Ella lloraba de muchas emociones juntas y de ver la tristeza en el dulce rostro de su Príncipe de la Colina.
Lo había extrañado tanto que su pecho dolía. Quería arrojarse a sus brazos y borrar su dolor y el miedo. Quería explicarle todo de alguna manera.
- ¿Por qué lloras Candy? o debo decir…¿por quién lloras?– dijo herido.
- Es por ti, lloro por ti – contestó enfatizando- no soporto verte así…si tu estas triste yo también.
- No te preocupes, se me pasará - respondió secamente.
Ella se acercó y lo tomó por el brazo mientras con la otra mano se secaba las lágrimas.
- Albert tenemos que hablar…– en el instante, Candy sintió como el joven se apartaba lentamente abandonando el contacto entre ellos - Albert, mírame por favor – añadió.
- Candy, ya no tiene caso...-dijo sin voltearse.
- Entonces… ¿quieres que me vaya?
El no contestó.
- No seré tu segunda opción Candy, no quiero lastimarte, talvez es mejor marcharme - pensó.
Como adivinando su pensamiento, ella evitó su intención. Se acercó y lo abrazó tiernamente por la espalda, por la cintura.
Segundos después, intensificó el abrazo apretándolo suavemente, apoyando el rostro sobre la ancha espalda, mandando un escalofrío por el varonil cuerpo.
- Albert, no quiero perderte, no puedo…no entendería mi vida sin ti –abandonó suavemente el abrazo, con un leve movimiento de su mano pidió que el se volteara. Se vieron profundamente a los ojos - Perdóname, no puedo explicarte bien, pero Albert, entre nosotros no hacen falta las palabras, solo tienes que ver mi ojos. Te quiero, compréndeme por favor.
- No puedo entenderte Candy – respondió de inmediato- primero lloraste por Terry y cuando te pregunté que sentías por mi, te quedaste callada ¿Que quieres que entienda? ¿Qué lo sigues amando? –habló irónico.
No podían desprender sus miradas. El en la expectativa de la respuesta, ella con toda la intención de decirle finalmente lo que sentía:
- Albert, estás equivocado, te quiero a ti, solamente a ti. Yo…Albert…yo…te quiero…
Albert, lentamente dio unos pasos alejándose de ella y de nuevo le dio la espalda. Tenía su corazón partido en mil pedazos:
- Un te quiero no es suficiente, tampoco un te extraño. Tienes todo mi amor sin reservas, quisiera que me amaras de la misma manera, ¿Candy es posible que puedas? – pensó.
- ¿Por qué te alejas? ¿Dejaste de quererme? ¿ya no quieres mi amistad? – preguntaba entre sollozos.
- Tu amistad no es suficiente, tu cariño ya no es suficiente –dijo secamente volteando solamente la cabeza a verla- Además…
Candy no sabia que esperar.
- Nunca pensé decirte esto – el chico volteó todo su cuerpo hasta quedar frente a frente- cuando hay amistad es necesario que haya confianza y tú no la tuviste con migo – habló tristemente- me hiciste mucho daño.
- He cometido errores, pero también tú – dijo con un dejo de dolor – me dejaste sola después que nos habíamos prometido compartir nuestras alegrías y tristezas. Debiste confiarme que eras el tío abuelo. No sabes cuanto lloré por ti cuando me dejaste sola en el apartamento. Pensé que nunca te iba a volver a ver en mi vida, tuve que soportar sola la perdida de Stear…siempre pierdo a mis seres más queridos –dijo terminando en voz tenue.
- Fue mi culpa, te pedí demasiado.
El se sentó en la grama, puso sus brazos alrededor de sus rodillas, su rostro viendo hacia la grama, ella siguió de pie.
- Nada de lo que le he dicho lo ha hecho cambiar. Abuela Gray lo he perdido - pensó angustiada.
- ¿Qué quieres decir con eso? – continuó - Albert prefiero morirme antes de perderte, eres lo único que tengo en el mundo…
Sus pensamientos hicieron que su corazón explotara de emoción y rompiera en llanto.
Al verla tan triste Albert se puso de pie y la abrazó tiernamente.
- Candy, perdóname – se sintió miserable - ven, sentémonos.
Se sentaron sobre la grama muy juntos. El con un brazo la rodeó por la espalda y con el otro abrió el libro que leía.
Candy, escucha éste poema y entenderás mejor lo que siento- dijo con voz profunda:
- Tú no sabes lo que es ser esclavo
de un amor impetuoso y ardiente
y llevar un afán como un clavo
como un clavo metido en la frente.
- Tú no sabes lo que es la codicia
De morder en la boca anhelada,
Resbalando su inquieta caricia
Por contornos de carne nevada.
Tú no sabes los males sufridos
por quien lucha sin fuerzas y ruega,
y mantiene sus brazos tendidos
hacia un cuerpo que nunca se entrega.
- Y no sabes lo que es el despecho
de pensar en tus formas divinas,
revolviéndome solo en mí lecho
que el insomnio ha sembrado de espinas. *
- Candy, te he amado desde hace mucho tiempo. Por eso, un te extraño o un te quiero, no son suficientes -dijo en voz suave viéndola a los ojos mientras ponía el libro en el suelo- Cuando era tu amigo, te vi llorar por Terry, mencionabas siempre su nombre…fue doloroso para mi tener que aceptarlo. No pude soportar aquel día que leíste los poemas y su recuerdo te causó lágrimas – le limpiaba las lágrimas suavemente con su mano libre - Tengo celos que lo recuerdes….
Albert no pudo continuar porque vio que Candy se acercaba lentamente con la mirada más amorosa que él había visto en ella y suavemente puso el dedo índice en su boca para silenciarlo.
Con la yema de los dedos, Candy acarició sensualmente la comisura de sus labios, se acercó más y sin él esperarlo, lo besó suavemente en la boca.
Pasaron unos segundos. Ella lo besaba tierna con todo el amor que sentía, a la vez que lágrimas rodaban por sus mejillas.
Los labios de aquel hombre eran carnosos y dulces. Su aliento era fresco, la proximidad y tibieza de su cuerpo la embriagaban por completo.
Su corazón latía tan fuerte que tuvo que separarse un poco para no hacer evidente el deseo que ardía en ella.
Pero no fue muy lejos porque Albert la detuvo. Puso una de sus fuertes manos por detrás del delicado cuello y la atrajo hacia su rostro besándola con necesidad.
Era la primera vez que sus labios hacían contacto y sus bocas deseaban conocerse.
Sus cuerpos añoraban sentirse, acostumbrarse a la proximidad del otro. Sus manos deseaban conocer los trazos del cuerpo del otro y a medida que pasaban los segundos, sus corazones deseaban latir como uno solo.
La había esperado por tanto tiempo…
Había encontrado su refugio, su hogar, su nido, desde que fue una niña. El fue su primer y verdadero amor, no quería que quedara ninguna duda.
Las bocas correspondían a los besos con la misma intensidad.
En un segundo, en sus mentes, se transportaron a años pasados cuando todavía eran niños, hasta el día en que se conocieron en la Colina de Pony. Pero, el deseo físico que en ese momento experimentaban, interrumpió sus pensamientos de repente.
El fuego que tenían en la sangre, hizo que lentamente se acostaran en la grama mientras se besaban vehementes.
El mantenía el torso casi encima del pecho de ella y el cuerpo inferior sobre la grama, entre tanto se apoyaba en uno de sus antebrazos para no lastimarla con su peso.
Su otra mano libre la colocaba atrás del cuello de la chica y suavemente la acercaba hacia sus labios para que éstos se amoldaran perfectamente.
La fuerte mano empezó a deslizarse hacia abajo…por el delicado hombro, el cual apretó levemente. Bajó hacia la estrecha cintura y la curvilínea cadera. Sentía como Candy temblaba en sus brazos.
Acarició uno de los delicados muslos por encima del vestido y lo apretó con la intención de entrar bajo la falda... pero se detuvo.
- Te deseo tanto….- la voz varonil dijo ronca entre besos.
Ella no podía decir nada, solo apretó la ancha espalda contra su pecho, no quería que se detuviera.
Nunca antes se había sentido así. Parecía que su corazón iba a explotar de la emoción, su sangre hervía. Ella también lo deseaba tanto…
Albert sentía que Candy se le entregaba por completo sin reservas.
El joven sabía que eran los primeros besos y caricias juntos y era más probable la primera vez que ella estaba íntimamente en los brazos de un hombre.
Albert deslizó su mano de nuevo a la pequeña cintura como si fuera territorio neutral y cambió el ritmo de los besos y caricias a uno más suave y tranquilo.
Sus besos eran dulces, sus caricias tiernas y sensuales.
Apenas podía soportar las emociones que las caricias de ella le transmitían.
Albert sentía una mano de ella apretando su espalda. Con la otra, los delgados dedos se deslizaban por su cabellera.
Ante las caricias, no pudo evitar sentirse provocado a acariciar uno de los suaves y voluptuosos senos y maravillado escuchó un débil gemido de ella que penetró agradablemente sus oídos estimulándolo y llenándolo de placer.
Se besaron con más fuerza.
No pudo contenerse, Albert se colocó mejor encima de ella y comenzó a besarle el cuello con fervor.
Fue ahí que Candy sintió sobre su vientre la dureza del hombre e instintivamente movió sus caderas apretándose a él.
Al mismo tiempo ambos emitieron un leve gemido de placer.
Se vieron a los ojos. Había fuego en ellos…era una mirada desconocida para los dos.
Sus ojos estaban oscuros y notaron que estaban sudando por el placer.
En un segundo, el razonamiento volvió a su mente. Estaba a punto de poseerla.
Candy observó como Albert frunció el entrecejo y abandonó el beso y las caricias. Trató de controlar su respiración y ella hizo lo mismo.
Continuaban viéndose fijamente.
Tenía que pensar lo mejor para ella. Nunca se perdonaría que la señalaran. Ya una vez había arriesgado su reputación por él cuando vivieron juntos. Algunos se habían enterado que no eran verdaderamente hermanos y era cuestión de tiempo antes que todos lo supieran. No hubiera querido irse del apartamento, eso era lo que lo atormentaba un día que se encontró a Terry en un bar en Chicago. Quería lo mejor para ella y para los dos. Quería hacer las cosas bien desde el principio.
Se quitó de encima de ella y se sentó para recuperarse, luego ella se sentó a la par de él componiéndose el vestido.
Con la respiración todavía agitada, se vieron a los ojos y sonrieron levemente.
Albert le dio un corto beso en los labios. Ella le limpió el sudor de la frente.
El le sonrió de medio lado y se abrazaron. Ella dejó caer su cabeza en el fuerte pecho y de nuevo, abrazados, se acostaron en la grama a descansar.
Sintieron sus cuerpos temblar levemente por los nervios y experimentaron cierto dolor físico, tal vez porque la pasión y el deseo de entregarse habían sido interrumpidos sin mas que hacer.
Se abrazaron fuertes para mitigarlo y poco a poco se fueron recuperando.
Así abrazados pasaron un buen rato en silencio tirados en la grama. El sudor era secado por la fresca brisa de la noche.
- ¿Albert? –dijo ella con débil voz reposando su mejilla en el fuerte pecho.
- Umm
- Lo eres todo para mí, ¿lo sabes verdad? – su voz era suave, muy dulce.
- Y tú para mi Candy.
- Toda mi vida añoré tener a mis padres, tu me ayudaste a sobrellevar la perdida de Anthony, Terry, y Stear pero tengo miedo de algún día perderte a ti también. – Ella lo apretó más entre sus brazos.
- Candy mi amor, tendremos la familia que siempre hemos querido tener, nuestra propia familia y tendrás mi amor para siempre.
- ¿Me lo prometes? ¿para toda la eternidad? – dijo más animada, levantó el rostro buscando la mirada de cielo.
- Para la eternidad – repitió- nuestro amor es para siempre – confirmó seguro viendo los bellos ojos verdes.
Satisfecha por aquellas palabras, Candy volvió a recostar su cabeza en el fuerte pecho. La fina tela de la camisa del joven secaba sus lágrimas y se llenaba del maravilloso olor a maderas del fuerte cuerpo.
Hubo un largo silencio entre ellos, solo se escuchaba su respiración y la brisa del viento.
- Albert – volvió a decir.
- Umm
- Una vez pensé ir a buscar a Terry, pero no iba a decírtelo, perdóname, debí de confiar en ti.
- Sí, debiste.
- ¿Lo sabías? – se sorprendió mucho.
- Te escuché hablar con Annie. Me dolió que pensaras ir a verlo sin decírmelo, se que era algo muy personal, pero yo te hubiera entendido.
- Cuando leí los poemas …
- Shuh, no es necesario que me expliques. Todo comienza ahora, sólo importamos tú y yo - la abrazó con más fuerza. – Te necesito Candy, cuando estás a mi lado me siento plenamente feliz.
- Yo también te necesito Albert, sólo contigo me siento feliz – Sabes, aquella tarde en el parque cuando todavía no recordabas tu identidad y te marchabas…entonces no sabía por qué, pero sentía que perdía mi vida si te ibas…hoy siento lo mismo…te quiero tanto que no concibo mi vida sin ti.
- Mi Candy…
De nuevo se besaron suave y tiernos…al terminar el beso se regalaron una dulce sonrisa, tan dulce como sus besos.
Albert estaba más que feliz por tener finalmente la mujer que había elegido para compartir su vida. Ya no había ninguna duda, ella lo amaba intensamente.
Lentamente la alegría volvió a sus almas al sentirse juntos más que nunca, unidos en un fuerte vínculo de amor.
Al cabo de un buen rato, él se puso de pie y tendió su mano para ayudarla a que hiciera lo mismo. Sacudieron los residuos de césped que yacía sobre sus abrigos.
Luego, él le pasó un brazo por el hombro, ella por la cintura; así caminaron rumbo a la mansión.
Después de unos pasos, llegaron al frondoso árbol tan especial para ambos y detuvieron su caminar:
- Candy – volteó serio a verla.
- ¿Sí? – se vieron a los ojos amorosos.
- Eres mía pequeña, eres mi novia, ¿quieres ser mi novia, verdad? –le dio una amplia sonrisa.
- Si, quiero. Después de lo que acaba de pasar, soy su novia señor William – respondió dulce y sonriente. El volvió a sonreír, había presentido la respuesta.
Hubo una pausa y bajó el rostro apenada
- Albert, de verdad… ¿sientes todas esas cosas que decía el poema?
- Todas – afirmó rápido.
Candy demostró un rostro de alarma y se sonrojó, lo cual le pareció gracioso al joven y carcajeó con ganas.
- Te adoro Candy –dijo inclinándose, ella se puso de puntillas y se dieron un corto beso en los labios.
Luego, tomados de la mano, reanudaron el camino hacia la mansión.
- Candy, no quiero que te marches esta noche.
- Me quedaré, yo tampoco quiero irme, aunque mañana tengo que trabajar.
- No te preocupes, te llevaré al hospital. La tía Elroy parte a Lakewood mañana temprano. Pienso hablar de lo nuestro con ella cuando regresemos a Lakewood, ¿estás de acuerdo? ¿vendrás conmigo verdad?
- Iría contigo a cualquier parte que me pidieras, no quiero separarme de ti un día más. Pronto será Diciembre y pienso pedir vacaciones y visitar el Hogar de Pony.
Antes de entrar a la mansión, todavía tomados de la mano, ella se detuvo ante las grandes y elegantes puertas que, de repente, parecían inusualmente gigantescas…
Sintió miedo por la nueva vida que le esperaba al lado de un hombre tan importante como William Albert Ardley.
Buscó la mirada del joven para que le diera fuerzas. El entendió perfectamente.
Hicieron el contacto de sus manos más fuerte, y así entraron a la mansión.
Recordó las palabras de la abuela Gray quien la animó y le dijo que un día, el la tomaría de la mano y con su amor le mostraría su mundo y le daría confianza y fuerza, que no tuviera miedo y que el amor los uniría. La abuela había tenido razón.
Era ya la hora de la cena. Archie, Annie y George ya estaban en el comedor a su espera y vieron a los rubios entrar tomados de la mano. Los nuevos novios saludaron y se disculparon por llegar tarde.
Albert le indicó a Candy que se sentara a su derecha e inmediatamente los asistentes sirvieron la comida para todos.
Durante la cena, Annie y Candy intercambiaban miradas. Parecía que tenían una conversación telepática.
Annie entendió que Candy pasaría la noche en la mansión y tenía gran curiosidad de saber que había pasado entre ellos.
Archie y George sintieron satisfacción de ver a William sonriendo de nuevo y pensaron que sus planes de regresar a Escocia ya no seguirían su curso.
Después de la cena, todos fueron un rato al salón del té. La tía abuela apareció sorpresivamente y saludó a todos muy cordialmente.
- Que bueno que estés aquí Candy, sabes que siempre eres bienvenida en la casa.
- Gracias tía – respondió solemne.
- Mañana regreso a Lakewood, quiero agradecerles todas sus atenciones, especialmente a ti Candy y a ti Annie. Gracias por sus cuidados.
Las aludidas hicieron una pequeña reverencia con la cabeza, luego Albert habló:
- Tía, en poco más de un mes regresaremos a Lakewood, hay algo muy importante que quiero conversar con usted.
- Está bien William, cuídate mucho y todos ustedes, nos veremos entonces.
Albert se acercó a ella y le dio un beso en la frente. Después la acompañó hacia los escalones donde un asistente la ayudó a subir.
George se retiró a su habitación. Annie le comunicó a Candy que había invitado a Patty a pasar unos días con ella, luego los jóvenes esposos Cornwell se retiraron a su habitación.
Albert y Candy se quedaron solos. Ella quería hablarle y buscó llamar su atención:
- Albert, hay algo que necesito decirte. Durante éstos días...
- ¿Se trata de Michael Lambert? –interrumpió mientras la tomaba de las manos y se veían.
- Sí, siento mucho que te hayas enterado por Elisa.
- Annie, nos contó como pasó todo realmente.
- Me hubiera gustado decirte, pero estábamos tan distantes… él es un amigo…– trataba de explicarle.
- Confío plenamente en ti – interrumpió despreocupado.
- Algo bueno salió de todo esto –continuó animada- creo que Michael y Flammy se entienden muy bien.
- ¿De verdad? que bueno. Te confieso que me gustaría conocer al hombre que me robó tu amistad por algún tiempo, cuando vivíamos en Lakewood –habló y la abrazaba por la cintura- Te alejaste completamente de mí pequeña y te refugiaste en Michael – había un deje de reproche en su voz.
- Entonces sentía que había perdido a mi mejor amigo, a Albert. Ya te quería, pero eras mi padre adoptivo, me sentí confundida, no quiero ni siquiera recordarlo – lo dijo angustiada.
- Te incomodaba mucho…
- Claro que sí, estaba ¡enamorada de mi padre adoptivo!
- Todo eso quedó en el pasado, nos queda todo un futuro por delante.
- Albert…necesito unos momentos a solas. Estaré en el jardín –dijo y sin esperar respuesta se separó de él y salió apurada.
Albert le dio un tiempo a solas, pero al cabo de dos cuartos de hora, se preocupó porque afuera estaba haciendo frío y no quería que se enfermara, por eso fue a buscarla.
Ella estaba sentada en una de las bancas en el jardín, meditando, contemplando el cielo estrellado.
Cuando Albert llegó con ella, le dijo que le estaba dando gracias a Dios por hacerla tan feliz.
El se sentó a la par, le echó el brazo por el hombro y la atrajo hacia su pecho para protegerla del frío. Ella se dejo envolver por él.
Le dijo que él también quería darle gracias a Dios por su felicidad.
Ambos permanecieron un rato en silencio contemplando el firmamento hablando desde su corazón con Dios.
Así abrazados, pasaron un rato hasta que decidieron retirarse a sus habitaciones.
Continuara.
* Efrén Rebolledo, Tu no Sabes lo que es ser Esclavo, todos los derechos a su autor.
Kitzytae, te adoro
A todas/os que visitan mi historia aunque no dejen mensajes, mil gracias por leerme.
A los que me hacen saber su opinión, no tengo palabras para expresarles mi agradecimiento, gracias no es suficiente.
Calemoon, ¿Qué puedo decirte a ti? Tu apoyo, es un honor linda…
