Disclaimer: Nurarihyon no Mago pertenece a su autor, Shiibashi Hiroshi, o en su defecto a las personas en las que haya delegado sus derechos. Yo sólo escribo esto por pura diversión.
Summary: Tras salir de su estado de abatimiento, Yura asume el liderazgo de la familia Keikain y evita que completen la barrera de Seimei. Rikuo realiza el ritual de la copa con Tsurara y se prepara para la batalla. Mientras tanto, Tamazuki reúne un gran ejército con el que planea conquistar Kioto.
El fin de la ambición
Hagoromo Gitsune observó en silencio como Inugami Gyobu Tanuki aposentaba su vieja y voluminosa mole en el vagón del tren. Por supuesto, había usado su poder de tanuki para camuflar su apariencia. Ahora se hacía pasar por un anciano yakuza de aspecto tranquilo y cansado. Como el peso real no podía desaparecer, tenía que usar un bastón para sostenerse. A su lado, la siempre solícita Sewagakari no Medanuki se aseguró de que su señor se encontrase cómodo. Hagoromo Gitsune aún no tenía muy claro si era una simple criada o algo más, pero tenía la mente ocupada en cosas mucho más serias como para perder el tiempo en semejantes cotilleos.
—Salir de Shikoku es mucho más sencillo que antes —dijo Inugami Gyobu Tanuki, examinando el vagón con curiosidad.
—No tanto como me gustaría —contestó Hagoromo Gitsune.
A ojos de la kitsune, Shikoku era un lugar tan atrasado que ni siquiera contaba con una línea de Shinkansen. El tren bala había pasado de largo la isla. El conjunto de puentes Honshu-Shikoku estaba preparado para acomodar líneas de alta velocidad, si es que algún día se decidían a construirlas. Así que no les había quedado más remedio que ir alternando trenes de Matsuyama. Ahora se disponían a coger el expreso Shiokaze hasta Okayama, y desde allí podrían coger finalmente un tren bala directo a Kioto.
Tanto Hagoromo Gitsune como Inugami Gyobu Tanuki confiaban en llegar a tiempo a la capital, aunque por razones diferentes.
Hubo unos minutos de silencio incómodo. Sewagakari no Medanuki miró con expresión cohibida a los dos grandes yokai que tenía enfrente y entre los que aún residía una cierta animadversión. Siglos de rivalidad entre tanukis y kitsunes no podían desaparecer así como así.
Al final, Hagoromo Gitsune dijo:
—No me esperaba que tu hijo fuese a tener el Martillo de Mao. La espada del Rey Demonio es un arma peligrosa.
—No sé cómo la consiguió —reconoció Inugami Gyobu Tanuki—. Tampoco sé cómo la consiguió aquel humano de hace tres siglos. La leyenda cuenta que nos derrotó con un martillo de madera. Paparruchas. La espada parece mellada, pero está afilada y, lo peor de todo, absorbe la energía vital de todo aquel al que mata.
Hagoromo Gitsune asintió.
—Lo sé. La he visto en acción.
—Los yokai de Shikoku tiemblan sólo de oír el nombre de esa arma maldita. De haber sabido que estaba relacionada con un monstruo como ese Sanmoto Gorozaemon, probablemente habríamos temblado más —suspiró el viejo tanuki—. Desde que la consiguió, el idiota de mi hijo dio nueva vida a las ambiciones que habíamos abandonado. No podía conformarse con una vida tranquila en el campo. Y cuando sus hermanos se le opusieron, los mató a todos. Ahora su poder espiritual es incomparable.
—Tu hijo es un fratricida, y aún así quieres salvarlo —señaló Hagoromo Gitsune, enarcando una ceja.
Inugami Gyobu Tanuki quiso decir algo pero le entró una tos áspera y reseca. Al final, después de beber unos tragos de la botella que la atenta Sewagakari no Medanuki llevaba consigo, pudo responder por fin:
—Es mi hijo. El único que me queda. Decidme, señora Hagoromo Gitsune, ¿qué no haríais por la sangre de vuestra sangre?
La kitsune no respondió. No hacía falta. Ambos conocían la respuesta.
El resto del trayecto hasta Okayama lo hicieron en silencio.
00000
Casa ancestral de los Keikain
Los onmyoji se preparaban para la batalla. Por todas partes, los miembros de la familia Keikain se afanaban en reunir sus armas antes de salir. Los fabricantes de sellos producían talismanes prácticamente en cadena. No eran de la mejor calidad, pero en aquel momento importaba más la cantidad. Con lo que no había ninguna duda era con la calidad de las espadas de los Yaso. Incluso la más pobre de las hojas forjadas por Akifusa seguía siendo un arma formidable. Ahora el genio albino las estaba repartiendo generosamente entre sus camaradas. Cuando llegaba la hora de la guerra, no había rencillas entre las casas.
Yura observaba los preparativos con expresión satisfecha, como una verdadera comandante en jefe. En honor a la verdad, su tarea consistía básicamente en dar ánimos a los suyos y azuzar a los rezagados. Los que de verdad se ocupaban de vigilar el proceso eran sus primos y, sobre todo, su hermano Ryuji. A su lado, el espíritu de Hidemoto Decimotercero asentía igualmente satisfecho.
—Esto marcha. Ah, aún recuerdo cuando mi predecesor hacía salidas así para luchar contra gente como Tsuchigumo. ¡Qué tiempos aquellos!
—¿Y cómo acababan esas salidas? —le preguntó Yura.
—Huy, fatal. Morían casi todos. Pero seguía siendo épico.
A Yura no le agradó mucho la respuesta de Hidemoto. No era cuestión de hundir la moral de los onmyoji. Sin embargo, no tuvo tiempo de contestarle nada, pues justo en ese momento llegó un enviado diciendo que un gran número de yokai se acercaba a la mansión, sin prisa pero sin pausa.
—¿Son los yokai de Shikoku? —preguntó Yura alarmada.
—No, son los yokai de Kioto. Los guía el nieto de Hagoromo Gitsune.
—¿Rikuo está aquí?
—Sí. El kitsune nos ha mandado un mensaje. Pregunta textualmente "si va a salir Yura a jugar".
La joven onmyoji soltó un bufido de disgusto, pero sin más dilación se dirigió hacia la puerta principal. Muchos de los exorcistas que montaban guardia parecían asustados. Yura, en cambio, no mostró asomo de miedo y salió a recibir a la horda yokai que había ante su puerta. Hidemoto la acompañó, por supuesto.
Tal como le habían informado, Rikuo, en su forma yokai, estaba a la cabeza de la Procesión Nocturna. A su lado estaba la omnipresente Tsurara, mientras que por detrás venían la pequeña Kyokotsu, el esqueleto gigante Gashadokuro, Hakuzozu con su lanza, el Gran Tengu del monte Kurama, el irascible Ibaraki-Doji, el piadoso Shokera... En fin, toda la plana mayor del Clan Abe había salido a combatir. Tampoco faltaban Kurotabo, Aotabo y Kappa, los tres enviados del Caln Nura que habían ido a la capital a echar una mano a sus congéneres.
—¡Yura! —la llamó Rikuo con una sonrisa henchida de confianza—. ¡Estás tardando! ¡A este paso no llegaremos a tiempo de darle una paliza a ese tanuki de pacotilla! ¿Tanto os cuesta elegir la ropa que os vais a poner? ¿O es que necesitáis maquillaros antes de la batalla?
Yura se enfadó.
—¡Cállate, kitsune! No hablarías así si supieras lo que me ha costado convencer a mi familia de echaros una mano. Está claro que vosotros, yokai, no podéis resolver esto sin ayuda. ¡Deberías darme las gracias en lugar de hacer el tonto!
Rikuo sonrió todavía más. Se acercó y posó una mano en la cabeza de su amiga.
—Gracias, Yura. De verdad.
Su amiga iba a protestar pero, por una vez, en lugar de darle unas palmaditas condescendientes, Rikuo le revolvió el pelo cariñosamente. Normalmente, Yura le habría gritado que no era una niña pequeña, pero en aquel momento resultaba un gesto extrañamente apropiado.
—Eres un tonto. Lo sabes, ¿verdad? —le susurró Yura.
—Tuve una buena maestra —Rikuo le guiñó un ojo—. ¿Nos vamos?
—Sí —asintió Yura—. Es hora de demostrarles a esos invasores quién manda en Kioto.
00000
Senbon Dori
Kioto fue construida siguiendo un plano regular y perfectamente simétrico. De este a oeste, de norte a sur, las calles estaban medidas al milímetro y todo se había dispuesto para que Heian-kyo fuese la capital de de la paz y la tranquilidad por mil años. Su centro era la avenida Suzaku, llamada así en honor del fénix bermellón, el guardián del sur. La avenida acababa en el Daidairi, el palacio imperial, desde donde los emperadores del periodo Heian habían gobernado el país.
Sin embargo, esos tiempos habían acabado. Conforme la ciudad se expandía hacia el este, los barrios del oeste fueron abandonados y la avenida Suzaku dejó de ser el centro de la ciudad. El palacio imperial mismo sufrió un incendio y se quemó hasta los cimientos. Al final, con la restauración Meiji, la ciudad recuperó parte de su esplendor perdido y la avenida Suzaku fue reconvertida y rebautizada como la calle Senbon. Aunque ya no era el centro neurálgico de Kioto, seguía siendo una calle importante.
Por esa misma calle avanzaba ahora el ejército de Tamazuki. Había vaciado su rascacielos para conformar una fuerza de ataque impresionante. Ya no se escondía. Buscaba el enfrentamiento cara a cara con los yokai de Kioto.
Sin embargo, Tamazuki no era tonto. Había evitado cuidadosamente las calles en las que la presencia de templos y capillas antiguas podía dar una ventaja a los yokai de Kioto. Sabía que la mayoría de sus tanukis eran poco más que carne de cañón. Los cinco Peregrinos que aún quedaban eran su as bajo la manga. Ellos, y la sorpresa que tenía preparada el Clan de las Cien Historias.
A su paso, los humanos huían o se quedaban encerrados en sus casas. Gracias a Internet habían extendido tanto miedo por la ciudad que casi podía saborearlo.
—Los habitantes de Kioto serán una gran fuente de miedo cuando conquistemos la ciudad —observó Inuhoo, el perro fénix.
—Aún no la hemos conquistado —dijo Hari-onna, la mujer de pelo de aguja.
—¡Bah! Es sólo cuestión de tiempo —intervino el ogro Tearai Oni—. Esos cobardes de los Abe ni siquiera han salido a recibirnos.
—Todavía —puntualizó Gangi-kozo, el horrible duende acuático de las orillas de los ríos, más prudente que su compañero—. Recuerda que hemos perdido ya a Sodemogi y a Inugami.
—Pobre Inugami —murmuró Hari-onna. De los siete peregrinos, era la que mejor se había llevado con él.
Nadie dijo nada de Sodemogi. El devorador de dioses era un demonio repelente incluso para sus propios compañeros, a los que solía atosigar. Más de una vez los peregrinos habían tenido que comprar ropa nueva, ya que Sodemogi acababa comiéndose sus mangas.
—Mm, tal vez ha estallado la guerra entre los onmyoji y los Abe. Sería un acontecimiento auspicioso para nosotros —reflexionó Inuhoo. Se volvió hacia su acompañante, la última de los peregrinos—. ¿Tú qué opinas, Yosuzume?
Pero la misteriosa mujer pájaro siguió en su mutismo habitual. Inuhoo iba a añadir algo más, pero entonces Tamazuki les mandó callar.
—¡Silencio! Allí están.
Tamazuki señaló un punto a lo lejos. Desde el norte de la calle Senbon bajaban las fuerzas unidas de los Abe y los Keikain. Bueno, unidas, lo que se dice unidas, no mucho. Tanto los yokai de Kioto como los exorcistas hacían visibles esfuerzos para mantenerse separados los unos de los otros, una tarea un tanto difícil porque la calle no era muy ancha. Se miraban entre sí con desconfianza. Varios yokai se burlaban de los onmyoji, mientras que éstos amagaban con lanzarles talismanes a la cara, pero en general mantenían la calma.
Aunque no marcharan al compás, estaban juntos. Y esta vez no era un grupo de comandos enfrentándose a Tsuchigumo, como durante la guerra contra el Nurarihyon, sino dos ejércitos completos. Obviamente, habían tenido la previsión de dejar defensores en sus respectivas casas, pero estaba claro que tanto los Keikain como los Abe habían acudido con el grueso de sus efectivos para impresionar a los invasores.
Y estaba funcionando. Muchos tanukis empezaron a sentir un nudo en la garganta al ver aquel despliegue de fuerzas. Tamazuki les había prometido una victoria fácil. Esto era distinto.
Tamazuki no se desanimó, como tampoco lo hizo Encho, siempre a su lado.
—Ha llegado la hora de la verdad —susurró el narrador de las Cien Historias—. Señor Tamazuki, debe escribir un final digno para esta historia.
—Observa y aprende, Encho.
Tamazuki se adelantó un paso, sonriendo a Rikuo.
—¡Abe no Rikuo! Sabía que vendrías a mí. Somos muy parecidos, tú y yo. Te lo digo ahora: ¿compartirás el sake conmigo? ¿Te unirás a mi Procesión Nocturna por las buenas?
—Ni hablar —respondió Rikuo con una mueca de desagrado—. Hasta hace poco no entendía la importancia del ritual de la copa. Ahora que sé lo que es, la mera idea de intercambiar sake contigo me repugna.
La sonrisa de Tamazuki no cedió ni un ápice. Su miedo se expandió, revelando su forma tanuki. Se colocó una máscara blanca sobre la cara, a la vez que desenvainaba el Martillo de Mao, la espada maldita.
—Entiendo —asintió el líder de los yokai de Shikoku—. Tendrá que ser por las malas, entonces. ¡Que empiece la guerra de los cien demonios!
A pesar del grito de guerra de Tamazuki, hubo una pausa mientras los dos grupos se medían entre sí. Los yokai de Kioto estaban convencidos de que aplastarían a esos mequetrefes de campo en un santiamén. Sin embargo, la sonrisa de confianza de Tamazuki y, sobre todo, la sonrisa de Encho presagiaban que sus enemigos tenían algo preparado para ellos.
Yura lo sabía, así que empezó a diseñar una estrategia.
—El enemigo se acumula en la calle, pero a diferencia de los yokai de Kioto no parecen tener muchas unidades voladoras —reflexionó la onmyoji—. Podríamos intentar atraerlos al centro de la calle mientras los voladores atacan desde arriba. Luego, nuestros onmyoji podrían rodearlos por los flancos y entonces...
—No te esfuerces, Keikain —le dijo Tsurara, lanzando un suspiro de resignación.
—¿Por qué no? —preguntó Yura confundida.
Por toda respuesta, la Yuki-onna señaló a Rikuo. El joven kitsune se había adelantado y caminaba sin miedo hacia el centro de la formación enemiga. Al principio solo, pero no por mucho tiempo.
—¡Rikuo! ¡Voy contigo! —dijo Tsurara, dejando atrás a Yura.
—¡Hermano mayor, espera! —gritó Kyokotsu por detrás.
—¡Joven señor! —exclamaron Hakuzozu y Gashadokuro a la vez, siguiendo la estela de Kyokotsu.
—¡Vamos a matar a esos imbéciles! —rugió Ibaraki-Doji, arengando a sus oni.
—Cuida tu lenguaje, por favor —le amonestó Shokera, aunque luego fue el primero en seguirle.
—He de decir que me gusta el estilo del nieto de Hagoromo Gitsune —sonrió Aotabo de los Nura.
—A mí también —asintió Kurotabo.
Los yokai cargaron hacia delante, mientras los onmyoji se quedaban descolgados. Yura estaba roja de la ira.
—¿Pero en qué está pensando ese tonto kitsune? —masculló la joven onmyoji.
—¿Qué hacemos, Yura-chan? ¿Vas a dejar que los ayakashi se queden con toda la diversión? —le preguntó Hidemoto con un guiño de complicidad.
—¡Sí! ¡No! ¡Aaaaaaaaaaaagh! —Yura quería tirarse de los pelos—. ¡A la porra la estrategia! ¡A por ellos, onmyoji! ¡Los Keikain no podemos quedarnos atrás!
—Lo que tú digas, enana —masculló Ryuji, preparando su shikigami de agua.
Las fuerzas combinadas de Abe y Keikain cargaron calle abajo, siguiendo los pasos de Rikuo. El joven señor de los Abe se había adelantado bastante y ya estaba enarbolando su Ichibi no Tachi cuando un brillo peligroso en los ojos de Tamazuki le hizo detenerse.
"¿Qué estará tramando?", pensó el kitsune.
La respuesta llegó con un estruendo ensordecedor cuando la casa más cercana voló en pedazos. Los cascotes cayeron sobre los yokai de Kioto, que tuvieron que frenar en seco so pena de acabar sepultados por los escombros. Una gigantesca forma oscura apareció entre los restos del edificio.
Era... Rikuo no sabía lo que era. Parecía una estatua, pero no era una estatua. Parecía un samurai en armadura, pero tampoco era eso. Había partes del cuerpo que etsaban donde no debían estar, y la cabeza era un amasijo de órganos monstruosos y horribles que parecían más propios de una criatura de Lovecraft que de un yokai clásico. Despedía una cantidad de "miedo" colosal, como colosal era también su tamaño. A Rikuo le recordó vagamente a Tsuchigumo.
—Te presento a Ao Andon, joven Abe. Es la última adquisición del Clan de las Cien Historias. Miedo puro de Internet destilado en un cuerpo digno de un dios —explicó Encho, orgulloso de su creación—. Presiento que vais a ser muy buenos amigos.
Ao Andon, "la linterna azul", no emitió ningún sonido. Simplemente atacó.
El puñetazo fue más rápido de lo que Rikuo había pensado. Afortunadamente, meses de entrenamiento y su sangre de kitsune le daban la agilidad necesaria para esquivarlo. Sin embargo, cuando Rikuo trató de devolverle el favor y le lanzó un tajo con su espada larga, Ao Andon le esquivó con suma facilidad. Luego, el gigante le asestó un puñetazo cuando aún estaba en el aire. Rikuo acabó estampado contra el suelo.
—¡Rikuo! ¿Estás bien? —Tsurara acudió rauda a socorrerle. Le apartó del alcance de los brazos de Ao Andon y creó una barrera de hielo para escudarlos.
—Ugh... Tsurara, hay que alejarse de aquí.
—Déjame ver si tienes alguna herida...
—¡No! ¡Hemos de irnos! ¡Ahora!
Aunque su cuerpo crujía de dolor, Rikuo tomó a Tsurara entre sus brazos y se alejó de un salto. Justo a tiempo. Lo que él había visto, pero Tsurara no, era que de la boca de Ao Andon había surgido un brillo de apariencia peligrosa. En el momento en que se alejaban de allí, un rayo destructor salido de la boca del monstruo pulverizó la barrera de hielo y abrió un boquete en el asfalto de la calle.
—¿Pero qué demonios es esa cosa? —exclamó Yura, unos metros por detrás.
—Ni idea. No había visto algo así en mi vida —dijo Hidemoto.
Otro rayo. Y otro. Y otro más. La capacidad de destrucción de Ao Andon no parecía tener fin. Los yokai de Kioto y los onmyoji retrocedieron, mientras Rikuo y Tsurara trataban de ponerse a salvo. Al otro lado de la calle, los yokai de Shikoku celebraron la confusión de sus enemigos. Algunos estaban deseosos de unirse a la batalla, pero Tamazuki había ordenado que mantuvieran sus posiciones.
—Sólo estaríamos estorbando a Ao Andon —dijo el líder tanuki.
—Os dije que el Clan de las Cien Historias aún tenía mucho que aportar —se vanaglorió Encho. A su lado, Yanagida asintió con satisfacción, pero por alguna razón sus ojos se desviaban una y otra vez hacia el Martillo de Mao.
Mientras tanto, los yokai de Kioto no estaban dispuestos a dejarse avasallar por aquel nuevo enemigo. Ibaraki-Doji y Shokera se adelantaron para enfrentarse a Ao Andon, a pesar de las protestas de Rikuo.
—Dejadnos este demonio a nosotros, joven señor. Con la ayuda de dios, lograremos vencer a la fuente del mal —dijo Shokera.
—Menos hablar y más luchar, meapilas —replicó Ibaraki-Doji, sacando sus dos katanas—. Baquetas del demonio. Tijeras que cortan la muerte. Ondekobachi, Butsugiribasami.
Con sus espadas enarboladas a modo de tijeras, Ibaraki-Doji se lanzó contra Ao Andon. Por supuesto, una carga tan obvia habría sido respondida de inmediato con una nueva dosis del rayo destructor, pero Shokera cubrió a su camarada lanzando un destello cegador a los ojos del gigante. Ao Andon no pudo reaccionar a tiempo y, para cuando sus ojos se recuperaron del destello luminoso de Shokera, Ibaraki-Doji le había cercenado uno de sus brazos.
—¡Sí! —exclamó Ibaraki-Doji—. ¿Qué vas a hacer ahora, engendro?
Al monstruoso Ao Andon no pareció molestarle la pérdida de su brazo derecho. La razón estuvo clara enseguida. Apenas unos segundos después, corrientes de miedo sólido empezaron a brotar de las profundidades y se arremolinaron en torno al miembro cercenado, creando un nuevo brazo para Ao Andon, exactamente igual que el anterior.
—¡Oh, vamos, no me j-! ¡Eso es hacer trampa! —protestó Ibaraki-Doji.
A una distancia segura, los yokai de Shikoku observaron maravillados el desarrollo de los acontecimientos.
—¿Es inmortal? —preguntó Inuhoo con curiosidad.
—Casi. En realidad, se regenera gracias al "miedo" que cosechamos de Internet. Mientras nuestros ordenadores sigan recolectando la energía, Ao Andon podrá regenerarse tantas veces como haga falta —explicó Encho.
—Seguro que tiene algún punto débil... —aventuró Inuhoo.
—Lo tiene, pero los Abe no lo descubrirán hasta que sea demasiado tarde. Para entonces, Ao Andon los habrá destrozado a todos.
La profecía de Encho parecía cumplirse, ya que Ao Andon estaba consiguiendo lo impensable: que el ejército conjunto de Abe y Keikain se viese obligado a retroceder. Por supuesto, yokai y onmyoji seguían atacando al monstruo, pero ni Rikuo ni sus compañeros lograban causarle nada más que heridas superficiales de las que se recuperaba enseguida. A todos los efectos, parecía un arma invencible.
—Tenemos que encontrar su debilidad —dijo el Gran Tengu—. Quizá si examinamos qué partes se recuperan antes que las demás, podamos descubrir las zonas más vulnerables de la bestia.
—Opino, por el contrario, que debemos destruir su fuente de poder —intervino Hidemoto Decimotercero—. Si acabamos con ella, ya no podrá regenerarse.
—¿Alguna idea que vaya a tardar menos que una semana? —preguntó Rikuo exasperado.
—¡Ja! Ya me gustaría, Rikuo-kun, pero me temo que es difícil. La forma ideal de asegurarnos de que se muere de una vez sería desintegrar hasta la última partícula de su cuerpo, pero eso requeriría una cantidad ingente de energía concentrada en un punto concreto, algo como... como...
Hidemoto intercambió una mirada de complicidad con Yura. La chica asintió. Sin más dilación, sacó sus talismanes de invocación.
—¡Vamos allá! ¡Invoco tu poder, Hagun! ¡Fusión humano—shikigami! ¡FUSIÓN A TRES!
Hubo una explosión de poder bruto. Cuando se disipó, Yura apareció transformada en su forma de fusión a tres, inconfundible con su arco y su larga cabellera. Incluso Rikuo pareció impresionado.
—Vaya, vaya, has mejorado muchísimo, Yura. Reconozco que eres la maestra en este tipo de cosas. ¡Y menudo pelo! —Rikuo alargó la mano y examinó las puntas del cabello de Yura—. En serio, nunca había visto un pelo así. Es increíble.
—¡Deja mi pelo en paz, maldito kitsune! —le abroncó Yura, roja como un tomate. Tsurara se tapó la boca para que no viese cómo se reía—. ¡Ni que tuviera nada de especial! A ti... A ti también te crece cuando te transformas.
—¿Oh? ¿Y cómo te gusto más? ¿Con el pelo corto o con el pelo largo? ¿Tú qué opinas, Tsurara?
—Yo creo que estás bien con los dos, Rikuo —se apresuró a responder la Yuki-onna.
Yura se enfadó aún más.
—¡Dejad de hablar de peinados, maldita sea! ¡Tenemos un monstruo que derrotar!
—¿Y lo vas a hacer tú sola? —Rikuo enarcó una ceja.
—¡Mira y aprende, yokai! —le espetó su amiga de la infancia.
Yura cogió aire. Hidemoto había desaparecido, pero seguía comunicándose con ella en su mente, pues su cuerpo vibraba con la energía inconmensurable del Hagun. Si Hagoromo Gitsune se hacía más poderosa con cada nueva reencarnación, el Hagun también se volvía más fuerte conforme se incorporaban a él los cabezas de familia fallecidos. Ahora Yura necesitaba toda la energía que pudiese reunir.
Entonces apuntó su arco, directamente a la cabeza de Ao Andon.
—¡Yomi Okuri, Yura Max Revised! ¡FLECHA DIVINA!
La flecha de energía partió de su mano, a una velocidad imposible de esquivar. Acertó en el blanco, sin que Ao Andon pudiese reaccionar. Una bola de luz destructora envolvió la cabeza del gigante primero. Luego su cuerpo explotó en mil pedazos.
Los yokai de Shikoku esperaron pacientemente a que Ao Andon se recuperase de nuevo, pero no ocurrió así. Al contrario, los pedazos empezaron a desintegrarse, liberando el "miedo" acumulado. Fuera cual fuese el punto débil del monstruo, el ataque de Yura lo había volatilizado. También había abierto un cráter de dimensiones considerables en la calle Senbon. Un nuevo problema para los responsables de obras públicas del ayuntamiento, pero lo importante era que la amenaza de Ao Andon había sido neutralizada.
Tamazuki se volvió hacia Encho hecho un basilisco. El narrador de las Cien Historias se rascó la cabeza avergonzado.
—Este giro del guión no estaba previsto —se disculpó Encho.
Al otro lado de la calle, Yura se derrumbó sobre el asfalto. Había puesto todas sus energías en aquel ataque. Se alegraba de que hubiese tenido éxito, pero no podía dar ni un paso.
—¡Buen trabajo, Yura! Ahora descansa. A partir de ahora nos ocupamos nosotros —le dijo Rikuo, para luego volverse hacia yokai y onmyoji por igual—. ¡Adelante! ¡Barramos a esos invasores del suelo de Kioto!
00000
Tamazuki observaba.
Por ejemplo, observaba cómo sus fieles peregrinos cargaban sin miedo contra los yokai de Kioto, a pesar de que la pérdida de Ao Andon había causado el pánico entre las filas de los tanukis. Pero los peregrinos eran los campeones de la isla. No tenían miedo de nada ni de nadie. Por desgracia, sus habilidades no estaban a la altura de su voluntad.
Así lo descubrió Tearai Oni. El ogro de Shikoku aumentó su tamaño y su fuerza, conteniendo la marea de los yokai de Kioto y retando a cualquier campeón a combate singular.
—¡Venid si os atrevéis! ¡Si quiero, puedo hacerme tan grande que puedo caminar por encima de las montañas!
—Cuanto más grande sea el orgullo, más grande será la caída —recitó Hakuzozu, revoloteando a su lado—. Gashadokuro, ¿puedes hacer los honores?
—¡Allá voy! —se lanzó el esqueleto gigante, enzarzándose en combate singular con Tearai Oni. A su lado, Kyokotsu le daba ánimos y apoyo. Y miedo.
Si el ogro creía que un esqueleto iba a ser fácil de pulverizar, pronto descubrió que incluso un cobarde como Gashadokuro tenía suficiente "miedo" acumulado como para dejar en pañales a cualquier yokai de Shikoku. Incluido él.
El resto de lugartenientes de la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de Shikoku no lo estaban pasando mejor. Hari-onna se veía obligada a escapar de las afiladas armas de Ibaraki-Doji y Kurotabo, empeñados en raparla al cero si hacía falta. Gangi-kozo intentaba hacer lo que podía para ayudar, pero su maestría sobre el agua se vio contrarrestada por Kappa. El yokai acuático de los Nura utilizó el agua apestosa de las alcantarillas para anular todos sus ataques.
—No es el agua más limpia del mundo, pero sirve. ¿No crees? —le preguntó Kappa a Gangi-kozo con su calma habitual.
—¡Desgraciado! —bramó el yokai de Shikoku.
En cuanto a Inuhoo, el perro fénix se encargaba de dirigir a las huestes de Shikoku, pero no estaba haciendo un buen trabajo. Entre el miedo abrumador de los lugartenientes de Kioto y los hechizos de los onmyoji, cada vez más tanukis eran reacios a dar un paso al frente y pelear.
La única que parecía estar haciendo algo útil era Yosuzume. La mujer pájaro hizo llover sus plumas negras para cegar a sus enemigos, frenando el avance de los Abe. Sin embargo, había gente con el ojo avizor que descubrió su estratagema enseguida.
—¡Cubríos los ojos! —ordenó Ryuji—. ¡Y que alguien derribe de una vez a esa pajarraca!
—¿La tienes a tiro, Tsurara? —le preguntó Rikuo a su amiga.
—¡Yo me encargo! —exclamó la Yuki-onna. Empezó a acumular frío a su alrededor, una tarea facilitada por el hecho de que estaban en los últimos días de diciembre. El invierno le daba fuerzas—. ¡Brilla con blanco fulgor en la oscuridad! ¡Tiembla de miedo ante la gélida brisa! ¡Vendaval maldito! ¡Grulla del silbido del viento! ¡FUSEI KAKUREI!
Y Yosuzume se vio convertida muy a su pesar en un cubito de hielo.
Todo eso lo observaba Tamazuki. También observaba cómo Encho y su colega Yanagida se retiraban discretamente a un segundo plano. Sin duda estaban buscando la mejor manera de escapar, pensó Tamazuki. Pero sobre todo observó cómo Rikuo se dirigía a él, espada en ristre y con un brillo asesino en sus ojos. Sólo el peso del Martillo de Mao en sus manos le daba seguridad a Tamazuki.
—¡Señor Tamazuki! ¡Tenemos que retirarnos! —exclamó Inuhoo—. ¡Nuestras filas se deshacen! ¡Los yokai de Kioto son más fuertes de lo que pensábamos! ¡No podemos quedarnos aquí!
—Maldita sea —masculló Tamazuki—. Sois una panda de inútiles. Pero en el fondo... En el fondo no sois más que carne de cañón.
—¿Señor Tamazuki?
De repente, el líder tanuki le cortó la cabeza a Inuhoo. El cuerpo del perro fénix comenzó a disolverse y su miedo pasó a flotar al lado de Tamazuki, ante el asombro de los demás yokai de Shikoku. Luego, el líder de la Procesión de los 88 Demonios ató la espada a su larga mata de pelo y empezó a girar como una peonza, provocando una oleada de muerte y destrucción a su paso. Los yokai de Shikoku que le habían seguido hasta Kioto empezaron a caer como moscas, mientras su poder era absorbido por el Martillo de Mao.
—Vosotros, seres inútiles... ¡Dad vuestra vida por mí!
—¿Está.. está matando a los suyos? —observó Kurotabo horrorizado.
—A esa escoria le falta un tornillo —dijo Ibaraki-Doji con displicencia. Abe y Nura podían tener muchas diferencias, pero si algo tenían en común era el respeto a todos sus camaradas. Que un líder asesinase a los suyos de aquella manera era anatema para ellos.
Hari-onna aprovechó la confusión de sus dos perseguidores para acercarse a Tamazuki. El tanuki, fuera de sí, había diezmado prácticamente las filas de sus seguidores. Sólo Tearai Oni, aplastado bajo Gashadokuro, y Gangi-kozo, noqueado por Kappa, se habían mantenido fuera del alcance del homicida de su jefe.
—¡Señor Tamazuki! ¡No lo hagáis, por favor! —le imploró Hari-onna—. ¡Son nuestros compañeros...!
La súplica de Hari-onna fue arrancada de raíz cuando el Martillo de Mao cercenó su vida.
Cuando terminó, Tamazuki se encontró rodeado de los cadáveres de sus seguidores. No se arrepentía. Su espada estaba rebosante de energía, la energía robada a sus camaradas muertos, y que ahora pasaba a él. Ahora era más grande, más fuerte, ¡prácticamente invencible! Ni siquiera se dio cuenta de que el Martillo de Mao le estaba transformando. Una masa informe brotó a su espalda, cual tumor maligno compuesto por almas en pena. La propia espada parecía ahora un ser vivo en vez de una herramienta. Tentáculos carnosos rodeaban la hoja y se fundían también con el brazo de Tamazuki.
El tanuki no veía nada de eso. Estaba borracho de poder. Sólo tenía ojos para Rikuo.
—¡Ja, ja, ja! ¡Ahora verás, Rikuo! ¡Yo seré el Señor del Pandemónium! ¡Yo seré el Rey Demonio! ¡Con la carne y la sangre de mis súbditos, soy invencible!
Tanto los yokai de Kioto como los onmyoji Keikain miraron a Tamazuki con disgusto. Se había convertido en un ser abominable. Hasta qué punto era culpa del Martillo de Mao o del propio Tamazuki, era algo que no sabían, pero estaba claro que tenían que pararlo.
Fueron muchos los que se ofrecieron a servir en bandeja la cabeza de Tamazuki a su joven señor, pero Rikuo les dijo que no.
—Es mío —se limitó a decir Rikuo—. Dejad que yo me encargue.
Tsurara tuvo que contener sus ganas de protestar. Sin embargo, había intercambiado las copas de sake con Rikuo. Tenía que respetar sus deseos. El resto de sus vasallos también lo entendió así. Los onmyoji Keikain no tenían razón para seguirle la corriente, pero preferían dejar que los yokai se ocupasen del asunto. Hasta el momento no habían tenido que lamentar más muertes de los suyos y preferían que siguiese siendo así.
—¡Eso es, Rikuo! ¡Enfréntate a mí! ¡Comprueba el poder de mi Procesión Nocturna! —gritó Tamazuki.
—¡Cállate! —le espetó Rikuo.
De un rápido tajo, el muchacho rajó la máscara de su enemigo. La punta de su Ichibi no Tachi dejó su marca bajo los ojos de Tamazuki. El tanuki ni siquiera se inmutó. Estaba demasiado ido.
—¿A eso llamas una Procesión Nocturna? ¡Despierta! ¡Estás bailando al son que marca esa espada! Tú... Tú no tienes lo que hay que tener para ser el Señor del Pandemónium.
Sus palabras hirieron a Tamazuki más de lo que lo había hecho su espada.
—¡Agh! ¡Silencio, silencio, silencio! ¡Tú no entiendes nada!
Tamazuki descargó golpes brutales contra Rikuo, que aguantó la acometida como pudo. Sin embargo, ahora el poder de Tamazuki era avasallador. Rikuo acabó en el suelo, mientras sus compañeros lanzaban gritos de angustia. Sin embargo, Rikuo les ordenó que no se moviesen de su sitio.
—¡Atrás! ¡Aún no hemos terminado!
—Sí, aún no hemos terminado —asintió Tamazuki—. Creía que tú me comprenderías, Rikuo. Por eso quería que te unieses a mi Procesión Nocturna. Yo heredé el poder de mi padre. Pero era un poder inútil. La nuestra era una familia a la que habían quitado los colmillos. Yo no era más que el octavo hijo de la 88ª esposa del viejo y barrigudo general Inugami Gyobu Tanuki. No podía hacer nada. Mis hermanos se mofaban de mí. Decían que mis ojos brillaban demasiado, que nadie en Shikoku tenía ese brillo en los ojos. Decían la verdad. Era el brillo de la ambición. Para que no sospechasen de mí, fui a la escuela como un chico bueno, pero en secreto empecé a reunir mi propio ejército. Y un día, repentinamente, "él" me otorgó esta espada.
—Sanmoto Gorozaemon... —masculló Rikuo con asco.
—Sí, el Rey Demonio en persona. Me invitó a usar el Martillo de Mao, la misma espada que había derrotado a mi padre trescientos años atrás, para liberar todo mi potencial. Descubrí que la espada se volvía más poderosa a medida que se cobraba las vidas de otros. Y que yo también me volvía más fuerte. Entonces maté a todos mis hermanos. Eran escoria y no estaban dispuestos a obedecer. Luego resucité a la Procesión Nocturna de los 88 Demonios de sus cenizas, y ahora... Ahora estamos aquí, tú y yo.
Rikuo reunió fuerzas para lanzarle una sonrisa burlona a su enemigo.
—Te crees un conquistador, pero no eres más que una marioneta de Sanmoto.
Tamazuki frunció el ceño.
—El Rey Demonio y yo tenemos ciertos objetivos comunes, nada más. En el equilibrio del mundo existen el yin y el yang. La oscuridad y la luz. Los seres humanos siempre han temido a las tinieblas. Sin embargo, ¿no crees que en el mundo actual hay demasiada luz? La existencia de los yokai se ha diluido, Abe no Rikuo. Es necesario un cambio. Los humanos deben temernos de nuevo. Por eso yo, Inugamigyobu Tanuki Tamazuki, voy a traer las tinieblas de vuelta al mundo...
—Deliras.
—Ahora te mataré, ¡y me haré con el poder de tus cien demonios!
Tamazuki descargó su hoja contra Rikuo. Tsurara ahogó un grito de terror. Sin embargo, no hizo falta que nadie interviniera. Con algo de dificultad, Rikuo logró desviar el Martillo de Mao y se incorporó en actitud desafiante.
—Escúchame bien, tanuki. Primero, no son "mis cien demonios". La Procesión Nocturna de Kioto le pertenece a mi abuela, la única e inimitable Hagoromo Gitsune. Aunque me cortases la cabeza, no serviría de nada. Segundo, no estás a la altura. Si los Nura de Tokio son fuegos artificiales, y los Abe de Kioto somos el fuego del infierno, tú no eres más que una vulgar caja de cerillas.
Rikuo sacó de su bolsillo un talismán de papel, con el nombre de Kyubi escrito en él.
—Necesitas que alguien te enseñe una lección. No estoy a la altura de Yura en lo que a transformaciones shikigami se refiere, pero he estado entrenando los últimos meses y te aseguro que no ha sido en balde.
Ante la mirada confundida de Tamazuki, Rikuo se concentró y empezó los pasos de la invocación. No podía cometer ningún error.
—¡A mí, Zorro de Nueve Colas! ¡Shikigami permutado! ¡Fusión deidad-persona! ¡KITSUNE NO MAGO!
Hubo una explosión de energía, no tan impresionante como la de Yura antes, pero sí lo suficiente como para sorprender a muchos, incluido Tamazuki. Los ojos de los presentes se abrieron de par en par cuando Rikuo reapareció enfundado en una armadura samurai. Pero eso no era lo más destacable. Lo más destacable es que en lugar de una cola de zorro, ahora tenía nueve colas blancas e impolutas.
—Rikuo... —musitó Tsurara impresionada.
—Es... igual que nuestra Señora de la Oscuridad —balbució Shokera.
—No —intervino Akifusa. Como uno de los Keikain a cargo de la supervisión del entrenamiento onmyoji de Rikuo y como experto en fusiones shikigami-humano, aquella transformación no le había cogido por sorpresa—. Ese poder no es ni una fracción del poder de un auténtico kitsune de nueve colas. Sin embargo, debería ser suficiente para acabar con ese engendro.
Tamazuki se revolvió, inquieto, pero luego volvió a alzar el Martillo de Mao.
—¿Te crees que me das miedo? ¿Te crees que por tener nueve colas de mentira ahora eres más fuerte? ¡No me vencerás! ¡Soy Tamazuki! ¡El futuro conquistador del mundo!
—No, Tamazuki. Se acabó —susurró Rikuo.
No era un verdadero kitsune de nueve colas, pero gracias a Kyubi su fuerza y su velocidad se habían duplicado. Tamazuki no podía seguir su ritmo.
—¡Cadena del Cielo, Luna cortante! ¡TENSA ZANGETSU!
Con un tajo limpio, Rikuo cortó el brazo con el que Tamazuki sostenía el Martillo de Mao. Libre de la influencia de la espada demoníaca, Tamazuki notó cómo su poder empezaba a escapársele.
—¡Ooooooh! ¡Ooooooh! ¡Los... los cien demonios! ¡Se escapan! ¡Se escapan!
En efecto, todo el miedo que había robado con el Martillo de Mao volvía ahora a la espada. El líder tanuki se arrastró patéticamente hasta el sable maldito, aún sujeto a su brazo cercenado. Sin embargo, antes de que pudiera cogerlo de nuevo, una sombra se interpuso.
—¿Quién...? ¿Yosuzume?
En efecto, la mujer pájaro de los Siete Peregrinos se había librado por fin de la prisión de hielo de Tsurara y ahora se afanaba en recuperar la espada, ante la mirada esperanzada de Tamazuki. Sin embargo, en lugar de devolvérsela al tanuki, Yosuzume se alejó con ella.
—¿Qué estás haciendo, Yosuzume? ¡Devuélveme la espada! ¡Es mía! —gritó Tamazuki.
—No, nunca ha sido tuya. Siempre ha sido de Sanmoto Gorozaemon. Y ahora nuestro señor quiere recuperar lo que es suyo —dijo Encho.
El narrador de las Cien Historias había reaparecido en compañía de Yanagida. A su espalda, un portal dimensional brillaba con luz mortecina. Yosuzume se arrodilló ante ellos, mostrándoles la espada. Encho asintió complacido.
—¿Yosuzume...? ¿Una traidora...? —balbució Tamazuki, sin terminar de creerse lo que estaba pasando.
—No se puede traicionar a alguien en quien no se cree. Yosuzume siempre ha tenido muy claras sus verdaderas lealtades —sonrió Encho—. Por cierto, muchas gracias por recolectar todo el miedo de la Procesión Nocturna de Shikoku. Ahora sus espíritus y su energía pasarán a formar parte del Rey Demonio, el legítimo Señor del Pandemónium.
—¡Alto, Encho! —clamó Kurotabo, adelantándose con sus compañeros Nura—. ¿Acaso crees que te vamos a dejar marchar después de lo que hemos visto?
El narrador se encogió de hombros.
—Podéis intentar detenernos, si queréis. No servirá de nada.
Rikuo ni siquiera necesitó dar la orden. Apenas Encho terminó de hablar, varios yokai se lanzaron sobre ellos. Sin embargo, tal como había advertido el Ejecutivo de las Cien Historias, fue imposible detenerlos. Encho, Yanagida y la traidora Yosuzume desaparecieron por el portal antes de que les pudiesen poner un dedo encima. Sin duda habían ido a reunirse con su amo en la dimensión infernal.
Rikuo suspiró. Las tinieblas de la noche estaban dejando paso al amanecer.
—No podemos hacer nada más por ahora. Atended a los heridos. También a los de Shikoku. Ellos no tienen la culpa de que sus jefes sean tan malvados.
—Rikuo, el día... —señaló Tsurara.
—¿Qué? Ah sí —dijo Rikuo tras examinarse a sí mismo. Con los primeros rayos de sol, su forma nocturna empezaba a dejar paso a su forma humana—. Supongo que he consumido demasiada energía. En fin, no importa. La batalla ya ha acabado.
—Mejor. Ya estaba harta de ver esa sonrisa de suficiencia que gastas cuando estás en modo kitsune —dijo Yura con voz cansada.
—No sé yo. Suenas un poco decepcionada —se burló Rikuo. La sangre yokai aún no había dejado del todo su cuerpo.
—¿Decepcionada? ¿Yo? ¡Para nada! Además, de día estás más gua... Ah... Quiero decir, de día eres menos irritante —respondió Yura a trompicones.
Sin embargo, aún quedaba un cabo suelto. Herido, arrastrándose por el suelo, Tamazuki lloriqueó mientras echaba pestes contra los demás.
—Yosuzume... Una traidora... Hari-onna, Inugami... Unos inútiles. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? Me han dejado en la estacada... ¡A mí! ¡El gran Tamazuki! Malditos gusanos... Y yo que les había dado la oportunidad de dejar de reptar por el suelo...
Ibaraki-Doji meneó la cabeza.
—Joven señor, ese imbécil no tiene remedio. ¿Quiere que le corte la cabeza?
Antes de que Rikuo pudiese responder, una voz vieja y cascada exclamó:
—¡NO!
Cientos de pares de ojos se dieron la vuelta. Por la calle venían un hombre mayor acompañado de una criada. Era él quien había gritado. Pero enseguida quedó en un segundo plano cuando vieron quién le acompañaba.
—¡Hermana mayor! —gritó Kyokotsu alborozada, corriendo a su encuentro.
—¡Abuela! —sonrió Rikuo.
—Veo que tenéis la situación controlada —dijo Hagoromo Gitsune con aprobación—. Quizás debería tomarme vacaciones más a menudo.
—Mejor que no —suspiró Rikuo.
Mientras tanto, el viejo desconocido se arrodilló ante el cuerpo caído de Tamazuki. Dejó que su disfraz humano cayese y se reveló como Inugami Gyobu Tanuki, el legítimo señor de Shikoku.
—¿Señor Inugami Gyobu Tanuki? —exclamó Tearai Oni sorprendido. Al igual que Gangi-kozo, había tenido la fortuna de sobrevivir a la matanza perpetrada por Tamazuki.
—Oh, Tamazusa, estúpido hijo mío... Quién te ha visto y quién te ve —sollozó el anciano tanuki.
—¿Padre...? —murmuró Tamazuki confundido.
Escudando el cuerpo de su hijo con su inmensa mole, Inugami Gyobu Tanuki se arrodilló ante Rikuo, un acto que escandalizó a muchos. ¡El líder de una Procesión Nocturna no debía caer tan bajo! Sin embargo, al viejo yakuza le importaba más la vida de su hijo que su honor.
—Por favor, os lo suplico. A pesar de ser cómo es, es el único hijo que me queda. Estúpido, estúpido hijo mío. Sé que nada de lo que podamos hacer servirá como compensación, pero por favor, perdonadle la vida. Prometo que lo retendré en Shikoku para que no cause problemas. Os lo ruego, señores de Kioto, no lo matéis. Pagaremos el precio que haga falta.
—Yo... -empezó a hablar Rikuo, pero su abuela le cortó al instante.
—No, Rikuo. Esa decisión le corresponde a otra persona. La Señora del Pandemónium hizo una promesa y nadie puede romperla.
Entonces Hagoromo Gitsune se acercó a Inugami Gyobu Tanuki.
—Hemos hablado un poco antes, pero sigues sin comprender. No es a mí ante quien te tienes que arrodillar —le dijo la kitsune—. Kyokotsu, por favor, ven aquí.
La niña se acercó dubitativamente. El viejo tanuki la miró sin terminar de comprender.
—Yo, Hagoromo Gitsune, Señora del Pandemónium, le prometí a Kyokotsu aquí presente que tendría en sus manos la vida del responsable de la muerte de su padre —le explicó la dama oscura—. Muchi, el autor material, está muerto, pero Tamazuki fue el cerebro. Sé lo que es perder a un hijo. Duele, duele mucho. Sin embargo, también sé lo que es perder a una madre. No seré yo quién decida.
—Señora Hagoromo Gitsune... —murmuró Kyokotsu cohibida.
—Es tu turno, Kyokotsu. Habla con él. Yo sé lo que haría, pero tú debes elegir, Kyokotsu. En cuanto a ti, Tanuki, veamos si puedes convencer con discursos lacrimógenos a quien ha sido víctima de las maldades de tu hijo.
Tanto Inugami Gyobu Tanuki como la pequeña Kyokotsu se miraron con evidente incomodidad. La niña quería pedir a gritos la cabeza de Tamazuki, pero no se atrevía a hacerlo delante de aquel triste anciano que tenía miedo de perder a su único hijo. Por su parte, el viejo tanuki no sabía qué decir. Las palabras de súplica que había dicho antes sonaban huecas delante de una chiquilla que había quedado huérfana por culpa de su hijo.
Hagoromo Gitsune conminó a los suyos a que se alejaran y dejasen que los dos implicados pudiesen hablar con libertad. Rikuo frunció el ceño ante aquella idea.
—¿Estás segura de esto, abuela? Kyokotsu es muy joven. No deberías forzarla a asumir una responsabilidad tan grande.
—Kyokotsu es la nueva líder de la facción cadáver, Rikuo. Como jefa del clan, tengo que respetar sus privilegios. Y no puedo romper mis promesas. Jamás.
—¿Incluso si lo deja con vida?
—Es su decisión.
Rikuo entrecerró sus ojos marrones.
—¿Y si elige cortarle la cabeza?
Hagoromo Gitsune le devolvió una mirada gélida. Parecía estar diciendo: "no me preguntes tonterías, Rikuo".
—Entonces yo misma blandiré la espada. Porque ser la líder del clan significa asumir las cargas de tus subordinados.
Rikuo asintió con pesar. No le gustaban las implicaciones, pero así era el mundo en el que vivía. No podía cerrar los ojos y fingir que era otra cosa.
Al cabo de unos minutos, Kyokotsu regresó donde ellos. Sus ojos estaban arrasados por las lágrimas, pero trataba de mantener su entereza.
—Hermana mayor... Hermanito... Yo... He tomado una decisión.
Notas adicionales:
Y otra vez llego por los pelos. Ay. No es una buena costumbre, no. Gracias a todos por vuestros comentarios, desde Nayrael que siempre está bregando con el traductor de Google hasta mi vieja conocida Corazón de Piedra Verde (dios, siento mucho no haber contestado antes a la reseña; he andado tan ocupado que debí confundir la alerta de reseñas con alguna tontería y no me he dado cuenta hasta publicar hoy el nuevo capítulo), pasando por la sagaz Dennou (ánimo con tus escritos, espeor con ansia la conclusión de tu obra maestra sobre Rikuo y Tsurara). Mencionaría a todos los demás, pero no hay sitio. ¡Gracias a todos!
* En el manga, Nurarihyon viaja con Inugami Gyobu Tanuki en el Sunrise Seto, un tren cama que hace el trayecto entre Shikoku y Tokio. Por desgracia, no hay conexiones directas entre Kioto y Shikoku, así que aquí Hagoromo Gitsune y compañía tienen que hacer transbordo.
* El punto débil de Ao Andon es una tetera escondida en su boca y que es la verdadera fuente de su espíritu. Gracias a Itaku, en el manga consiguen descubrir este punto débil y derrotar a Ao Andon. Sin embargo, en este universo Yura está presente y no tiene tanta paciencia. Por si acaso, para que quede claro, Yura le acierta en todo el morro, así que la tetera acaba igualmente desintegrada.
* Sí, Rikuo consigue su propia fusión shikigami. Por supuesto, está a años luz de la de Yura, pero le sirve para darle un poder extra. Recordar también que en capítulos anteriores se ha mencionado varias veces que Rikuo estaba aprendiendo técnicas de fusión con Yura, aunque su amiga estaba mucho más adelantada.
Próximo capítulo: "La fiesta de Año Nuevo". Se acaba la saga de Shikoku/Cien Historias y se ponen las semillas del arco final de esta historia.
