Hoooooooooolaaaaaaa!

Sí, lo de siempre, va...y quince días desconectada del mundo, de vacaciones.

Como siempre, agradeceros vuestros mensajes, vuestra paciencia y vuestra compañía. Ya sabéis que esto no es nada sin vosotros.

No me enrollo más y a por el capi de hoy. Este viene con musiquita, para quien quiera acompañar (Touch & Go - Straight to number one)

Espero que lo disfrutéis...tanto como ellos... ;)


Cap 36. La primera vez

POV Bella

Tum-tum, tum-tum, tum-tum…

El corazón palpitante, más vivo que nunca, golpeando con fuerza contra mi pecho.

Tum-tum, tum-tum, tum-tum…

La adrenalina hirviendo en mis oídos, quemando mi sistema.

Tum-tum, tum-tum, tum-tum…

El aire en grandes bocanadas arañando mi garganta.

Los ojos de Edward, negros, atravesándome como dagas candentes. Estudiándome asombrados, atrapados en los míos, buscando respuestas, sorprendidos, incrédulos.

Un segundo. Un gemido. Y una transformación.

Sus brazos rodeándome, sosteniéndome. Sus labios acariciándome, su piel serenándome. Y sus ojos, oro líquido de nuevo, cálidos e íntimos.

—Bella…—apenas escuché su suspiro, porque mi respiración, fuerte y pesada no me permitía percibir más que el sonido estridente del aire escapando con dificultad de mis pulmones.

—Oh, dios…—gemí por fin consiguiendo arrancar algún sonido de mi garganta.

Me sentía tan atrevida, tan fuerte y osada en ese momento, imparable, y a la vez tan asombrada conmigo misma, por mi imprudencia, por mi temeridad…No sabía si estar orgullosa o golpearme por idiota…

Y Edward…oh, señor, Edward no estaba mucho mejor que yo. Podía percibir su lucha entre sermonearme por mi insensatez o idolatrarme por mi fiera defensa.

Claaaaro, qué hubiera hecho él sin mí, ¿verdad?

—¿Acabas de amenazar a un vampiro para defenderme? —susurró, entrecerrando los ojos, y aún no sabía cuál de los dos bandos era el que iba ganando la batalla— ¿Para defender mi honor?

Intenté buscar en su mirada cuál sería la respuesta acertada, aquella que no le hiciera explotar, que le hiciera pasar por alto mi locura, mi necedad…

—Tu honor es muy importante para mí—y mi respuesta sonó a pregunta, abrazada a él, sosteniéndolo con fuerza, jugando con su pelo y con su piel, intentando calmarlo…Pero no lo conseguí.

—Eres increíble—gritó alzándome entre sus brazos y haciendo su abrazo más fuerte—Y eres mía—sentenció anulando en un instante la distancia entre nuestros labios.

Y la contundencia de su afirmación me mostró claramente esa verdad. Esas mismas palabras habían salido de mi boca, sin pensarlas siquiera, porque eran una verdad tan absoluta que mi ser la aceptaba sin cuestionarla, sin razonamiento alguno, porque simplemente era.

Él lo había sabido, y ahora, yo también. Nos pertenecíamos el uno al otro, y esa aceptación despertó un ansia que nunca había conocido. El deseo de posesión, de estar presente en cada instante de su vida, en cada uno de sus pensamientos, de ser yo lo único que viera, que tocara, que sintiera.

Un deseo irrefrenable me poseyó como lo había hecho instantes atrás la furia de verlo atacado, sin origen ni razón, sólo presente, arrasador e incontenible.

Este ser perfecto era mío, como si de una ley divina se tratara, y yo quería tomarlo, marcarlo y proclamarlo.

Me besó como jamás lo había hecho hasta ahora, con una contundencia aplastante y una posesión rotunda, y eso me hizo preguntarme si él no estaría teniendo la misma revelación que yo.

Toda la pasión contenida de las últimas semanas explotó en nuestros cuerpos. Me apretó contra él y le respondí instintivamente, acoplándome a su piel, dejando que la mía fuera moldeada por su dureza. Su lengua reclamaba la mía en un beso hambriento, condenándola a no separarse de ella jamás.

Y ahí estaban esas corrientes eléctricas que nos recorrían, esas cadenas que se hacían más fuertes, dejándonos indefensos a ambos, entregándonos por completo al poder que ejercían sobre nosotros.

Ya no hay que luchar más…No hay resistencia, no ha vuelta a tras. Lo deseo. Lo necesito. Mío.

Edward separó su cabeza de la mía para mirarme. Vi su fuego. Vi su hambre. Y me estremecí de deseo. Deseo de poseer lo que ya era mío.

No hizo falta decir nada. Me subió a su espalda y salimos por la ventana. En unos segundos estábamos en mi casa.

Mientras buscaba las llaves en mi bolso, Edward estaba pegado a mi espalda, besándome, acariciándome.

Dónde están las llaves.

Sus manos subían y bajaban por mis muslos.

Dónde están las malditas llaves.

Besaba y mordía suavemente mi cuello, mientras notaba mi sangre golpeando en él cada vez más fuerte, cada vez más caliente.

Joder, con las llaves.

Tras un suave gruñido de desesperación, y sin separar un milímetro su cuerpo del mío, Edward alejó su mano un instante de mi pierna para dar un pequeño empujón a la puerta. Ésta cedió al momento.

—Mañana te la arreglo—susurró mientras me cogía por la cintura y, casi sin rozar el suelo, me llevaba a mi habitación.

Le miré de reojo sorprendida y reí al ver su cara contraída en un gesto de contención…

—Ansioso, ¿eh? —no pude controlar mi boca picante.

Me miró, sorprendido por mi lengua descarada.

—Llevo esperándote más de una vida—susurró empujándome contra la pared de mi habitación.

Me besó con urgencia, impaciente, descontrolado. Estaba tan pegada a su cuerpo que podía sentir cada movimiento, exacto y preciso, de sus músculos sobre mi ardiente piel.

Ansioso…ni se acerca, Bella—gimió mordiendo el lóbulo de mi oreja y haciéndome temblar tan fuertemente que tuve miedo de caer.

Sólo por eso…enredé mis piernas alrededor de sus cadera y clavé mis uñas en la impenetrable piel de sus hombros. El hecho de que la nueva postura brindara a mi sexo caliente el contacto que tanto anhelaba contra su cuerpo…frío, duro y tremendamente preparado para mí…Sí, bueno, supongo que fue un extra del cual no me iba a quejar.

Casi no podía respirar. Su pecho era un muro contra el mío. Pero quién necesitaba aire cuando tenía su boca sobre la mía, en mi cuello, en mi oreja, en mi mandíbula…

A la mierda el aire…Sólo quería que sus manos me tomaran con más fuerza de mi nuca, de mi espalda, de mis nalgas, de mis piernas.

Sí, vale, ya no me quedaba aire, pero y qué…estaba en el paraíso, y no quería marcharme de allí, no quería separarme de él, no quería parar.

Soltó mis labios para bajar al nacimiento de mis pechos e instintivamente mi boca se abrió en una sonora aspiración…A regañadientes tuve que aceptar que estaba a punto de ahogarme…

—Lo siento—sonrió burlón, aliviando mínimamente la presión sobre mi cuerpo, pero sin apartar su boca de mi escote, donde sus manos se encontraban ya acariciando mis pechos por encima de la ropa.

—Cuando quieras—contesté con voz ronca cuando pude recuperar el aliento.

Con mis manos bajo su camiseta, su tacto duro, suave y frío, hacía arder mi piel a su contacto, y a través de ella, mandaban al centro de mi cuerpo corrientes de sensaciones nuevas, tan intensas que hacían estremecer cada fibra a su paso y que no podía catalogar como algo que no fuera placer en el más puro de sus estados.

Enredé mis manos en su pelo y enterré su cabeza más en mí cuando sentí su lengua helada acariciar mis pezones. No pude controlar el gemido que me arrancó sentir sus dientes morder ese lugar tan sensible, haciendo que un torrente cremoso y caliente resbalara por mi sexo, ya húmedo, ardiente y necesitado.

Edward jadeó con dolor mientras apretaba más fuerte mis pechos.

—Tu olor me está volviendo loco, Bella.—su voz, dura y rota en agonía, acariciaba mis oídos, excitándome, rebosándome de deseo.

Busqué desesperadamente su sexo con mis manos y me estremecí al comprobar la magnificencia de su miembro erecto, preparado, por primera vez, sólo por mí y para mí.

—Edward…

Él rió satisfecho y me miró durante un segundo. El fuego y la necesidad de sus ojos eran incontenibles.

Sorprendiéndome, me giró de repente, volviendo a quedar detrás de mí, apretando su cuerpo contra el mío, frotando su erección, que buscaba su lugar entre mis nalgas. Con una mano dentro de mi escote y la otra bajo mi vestido, acariciando mis braguitas empapadas, me dejó sin aliento.

Mi voz salió como un quejido desesperado. No podía esperar más. Mis brazos rodearon su cuello aprisionando su boca a mi oreja, a mi garganta, a mi cuello. Restregaba sin ningún pudor mi culo contra su erección, maldiciendo la tela que nos separaba, queriendo sentirla toda, plena, espléndida contra mi piel. Vibraban todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, mandando sus corrientes a mi vientre, a mi centro, que temblaba de anticipación, alerta, ansioso, como el resto de mí.

—Bella…—susurró Edward en un quejido lastimero y la voz ronca de deseo—Ya no pudo parar, no puedo parar…

En ese momento, su mano se coló dentro de mis bragas. Ni siquiera me dio tiempo a respirar, porque sus dedos entraron en mí con tanta fuerza que me levantó del suelo.

Mi grito de dolor quedó ahogado por la violenta explosión de un orgasmo que me sacudió como si me hubieran conectado a una central eléctrica.

—Ohhhh Edwardddd… ohhhh diosssss míiiioooo…—me volví loca, poseída por el placer que no dejaba de recorrer mi cuerpo.

Apretaba su boca a mi cuello, ofreciéndome, sintiendo sus dientes arañar mi piel, sin pensar en lo que hacía, sólo en respuesta a los rugidos, casi animales, que vibraban a mi espalda.

Con un brazo alrededor de mi cintura y sus dedos aún dentro de mí, Edward mantenía su boca abierta alrededor de mi cuello, en un esfuerzo sobrehumano, supuse, por no apretar un poco más y dejar que la sangre corriera libre por su garganta.

Y no es que mi resistencia le estuviera ayudando, ¿cierto?

Supe exactamente cuando llegó el momento. Su cuerpo se relajó de repente, adaptándose aún más al mío, amoldándose a él, haciendo que inmediatamente yo le siguiera. Sus manos subieron a mi cuello, y lo tomaron con fuerza, una girando y sosteniendo mi mandíbula y la otra firme en la base, acariciando con sus dedos la clavícula, la garganta y haciendo círculos en ese punto, debajo de mi oreja, que le fascinaba. Su lengua salió a prepararme, en una larga y húmeda lamida justo donde quería saborearme.

Entonces, cuando sentí sus dientes acompañar a su lengua, su cuerpo volvió a tensarse, y como si le hubiesen golpeado, se separó de mí bruscamente, chocando contra la pared de mi habitación.

Aún aturdida por el extraño placer inducido por su debilidad ante mí, y con los ecos del orgasmo todavía vivo entre mis piernas, me di la vuelta para observarlo, movida por un deseo morboso de contemplar su lucha, sabiéndome la causa y el efecto de la misma, sintiéndome a la vez poderosa y culpable.

Cerró los ojos y apretó fuertemente los puños, en un desesperado intento de contenerse. Pero el sonido que parecía salir directamente de su pecho cambió a un feroz rugido que me paralizó de miedo.

Y en un instante estaba ante mí, aterrador, letal y arrolladoramente irresistible. El terror fue transformándose en una espiral que, desde mi estómago, iba arrastrando cualquier sensación de mi cuerpo, convirtiéndolo en un caos de deseo y necesidad febriles, llevándose los últimos restos de cordura de mi mente, entregándose por completo al reclamo del monstruo. Mi monstruo.

Arrancó mi ropa de un tirón, y me observó de pie, parado ante mí. Recorrió mi cuerpo con sus ojos negros, y sentí cómo mi piel era lamida, mordida y poseída por ellos. Gemí, porque necesitaba expresar lo que mi cuerpo sentía y no sabía cómo hacerlo. Ser devorada físicamente no podía ser muy diferente a aquello. Edward me estaba engullendo, con sus ojos, con su cuerpo, que ahora parecía abarcarlo todo. Mi cuerpo quemaba entre mis piernas y temblaba de necesidad. Necesitaba…necesitaba…oh Dios, ni siquiera tenerlo dentro de mí parecía ser suficiente. Necesitaba quemarme, arder en llamas y fundirme con él…

Me tiró sobre la cama y sin moverse de su sitio se arrancó él mismo su ropa. Se exhibió sin pudor unos segundos, dejando que su grandeza me sobrecogiera, desnudo, glorioso, sobrenatural. Mordí mi labio intentando ahogar una súplica.

Me estremecí contemplando los músculos marcados en sus brazos y sus piernas, su torso esculpido en brillante mármol blanco, cada detalle de las curvas de su estómago y su vientre, sus caderas ligeramente delineadas, guiándome en mi escrutinio, llevándome por el camino que trazaba una sutil línea de vello cobrizo que unía su ombligo a su miembro erecto, insolentemente hermoso ¿Qué parte de Edward podría no ser bella?

La sensual imagen me envolvió en una espesa bruma de lujuria y me vi reflejada en su mirada, caliente y hambrienta. Ven a mí, pequeño. Le sonreí con lascivia y abrí mis piernas para él.

Encima de mí, justo antes de entrar en mí, sintiendo ya su sexo rozar mi entrada, durante un instante, estuvo allí el Edward humano, de diecisiete años, el joven puro que temblaba de nervios a punto de perder su virginidad.

—Amor…—susurré presa de una ternura que me era imposible encajar en el desenfreno de sensualidad que nos rodeaba, y que sin embargo estaba allí, latente y contundente.

Porque no éramos sólo dos cuerpos entregados a una pasión loca y desconocida. Éramos dos almas a punto de compartir una entrega única, permanente e irrevocable. La entrega del último vestigio humano que Edward poseía, la pureza de su cuerpo inmaculado, no compartido con ningún otro ser. Y la entrega de la confianza ciega que yo depositaba en Edward, una confianza que había sido destruida y había renacido nueva, con la fuerza de un titán gracias a él, a la fe en el amor puro que nos unía, que derrotaba a monstruos y a instintos.

—Te amo—gimió sobre mi boca y entró en mí.

Entró en mí tan fuerte que creí romperme, por dentro y por fuera, porque dentro de mi pecho algo explotó en el instante en el que él me llenaba por primera vez. Su rugido se unió a mi grito, y era espeluznante y liberador.

Mis manos buscaban su cuerpo, arañaban sus hombros, su espalda, se agarraban fuertemente a sus brazos, lo atraían hacía mí. ¿Qué me ocurría? Quería ese dolor, quería esa fuerza dentro de mí, quería ese temor que me hacía temblar, quería sentirme presa en su cuerpo. Quería mucho más de todo aquello, y lo quería más intenso, más fuerte, más doloroso. Porque eso era Edward, fuerza, poder, potencia, pasión, intensidad…

Y yo lo quería todo, lo quería todo de él.

No reconocía mis palabras. No reconocía mi voz. No reconocía mis emociones. Una lujuria como nunca antes había sentido me poseía, me corrompía, borraba de mi memoria todo lo que yo había sido para descubrirme una Bella diferente, una Bella lasciva, sensual, desvergonzada, deseosa de rogar por su liberación.

Su nombre se mezclaba con el mío en nuestras bocas, en nuestras lenguas atrevidas e insaciables. Cada embestida me llenaba entera, completa, justo como me hacía sentir tenerlo dentro de mí. Todo mi ser lo llamaba, con una necesidad enfermiza. Mi cuerpo vibraba bajo el suyo al ritmo de los espasmos de placer que su generoso y complaciente falo provocaba, arrastrándose una y otra vez por mis paredes, rasgándolas, marcándolas, haciéndolas adictas a sus movimientos, al goce con el que otra vez me llevaba al orgasmo.

Su cuerpo se tensó sobre el mío y sus embestidas se convirtieron en frenéticos movimientos, salvajes y brutales, que llevaron a Edward a explotar en un clímax que sentí en cada parte de mi cuerpo. Sentí su calor helado derramándose dentro de mí y el rugido de la bestia retumbó en mi habitación.

Y miles de plumas cayeron sobre nosotros.

Y las sábanas de mi cama se convirtieron en jirones.

Y la desesperación de su agonía me hizo abrazarlo con todo mi cuerpo.

Cayó sobre mí por completo, con la boca abierta recorrió mi cuello, con sus dientes, con su lengua, sin dejar de gemir, de sollozar, provocándome de nuevo, excitándome, dándome ese poder de dominarlo, de poseerlo, de hacerlo tan necesitado de mí como lo era yo de él.

Me miró un segundo con la turbación escrita en sus ojos.

(Touch & Go - Straight to number one - : / / w w w . ? v = ? v = 0)

—Te necesito más…—dijo susurrando. Y sin más, lo sentí enterrando su lengua en mi sexo, lamiendo, saboreando mi humedad.—Bella, Bella…—repetía, y su voz, ardiente, impaciente, me hizo reír histérica, triunfadora y preparada para lo que él quisiera darme.

Jadeó al sentir como le llegaba mi néctar y apretó su boca con más fuerza.

—Más, más…—repetía mientras su lengua jugaba en mi entrada.

—Toma lo que quieras, amor…soy tuya…

Me moldeaba, acoplaba mi cuerpo a sus deseos, a sus necesidades, dándome todo…dándome más. Mis caderas acunaban su rostro entre mis piernas…y se veía tan jodidamente perfecto…

Introdujo sus dedos en mi interior y mi cuerpo se arqueó mostrándole cuán en armonía estaba con él, con sus movimientos, con sus lamidas con sus suaves mordiscos, con sus caricias.

—Edward…dios…—grité agarrándome con fuerza a su pelo, implorando en silencio que jamás se separara de donde se encontraba ahora.

Pero él paró un instante para mirarme y yo gemí frustrada. Sonrió satisfecho, con esa sonrisa torcida, excitante, excitado.

—Te ves tan jodidamente perfecta cuando estás a punto de correrte—susurró poniendo en voz alta mis propios pensamientos, sin alejar sus labios y su lengua de aquel lugar que estaba hecho para recibirlo.

—No pares por favor, Edward, no pares, te necesito—imploré presa de mi necesidad—Por favor, por favor.

—Joder…—cerró los ojos un momento apretando su mandíbula, fuerte, contra mí…dios…—Putamente caliente…—susurró abriendo de nuevo los ojos y la boca para mí.

El orgasmo llegó como un latigazo…cruel y despiadado, un torbellino de calor, llamas y electricidad que me dejó suspendida en la narcosis del placer, derramándome, cambiándome a un estado líquido y denso, olvidando la consciencia de mi cuerpo.

Edward apretaba más mis caderas mientras gemía y bebía de mí.

—Más, Bella, dame más…dame todo…

Lamía y bebía, besaba y mordía y cuando pareció saciarse trepó de nuevo a mi boca, besándome, dándome a probar mi propio sabor.

Su cuerpo haciéndome suya de nuevo, penetrándome con la fuerza y el poder del ser que ahora me poseía por completo, me devolvió la realidad de mi cuerpo, que, desarraigado ya de mi mente y mi consciencia y entregado a su nuevo amo, lo acogía y lo invitaba a quemarse dentro de él, porque todo lo que quedaba en mí eran llamas, lenguas vigorosas y desafiantes de calor, placer, éxtasis y delirio.

—Oh, Bella.—gemía en mi oído.—Eres mía, eres mía. Quiero tomarte, una y otra vez. Siempre, siempre—balbuceaba tan perdido como yo en ese frenesís de sensaciones—No quiero parar nunca…Córrete, arde, quémame, Bella.

—Edward…por favor—no sabía por qué rogaba, no era dueña de mi cuerpo, ni de mi mente, ni de mis sentidos. Pero todos ellos me llevaban a él, a desearle, a complacerle, a darme.

Era suya, sí. Ahora entendía sus palabras.

Me alzó quedando de rodillas, enganchando mis piernas a su cintura, hundiendo sus dedos en mis nalgas, conduciéndome, moviéndome, llevándome con él, arrastrándome una vez más al clímax de nuestros cuerpos unidos, sincronizados, fundidos al fin.

—Sí amor—susurró inmerso en la embriaguez del encantamiento que nos dominaba—Ahora, sí…ahora…ven conmigo Bella—jadeó en mi boca.

La explosión de aquel orgasmo compartido empujó finalmente a mi consciencia fuera de mí. Me sentía tan llena, tan completamente llena de él. Mis ojos llenos de su cuerpo, mis pulmones llenos de su olor, mi piel llena de su tacto, mi lengua llena de su sabor, mis oídos llenos de su voz.

Plácidamente di la bienvenida a la inconsciencia, sintiendo cómo mi ser estallaba rebosante de él.


Y...ahí queda eso...

Espero saber de vosotros...

Gracias y besos

P.