Su señorita, monstruo III
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Mi corazón y mi alma nunca fueron míos.
¿Qué te importa tanto como para morir…?
Morimos jóvenes, todos moriremos jóvenes.
¿De qué quieres morir?
—Devil like me, Rainbow Kitten Surprise.
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23 de Enero, 1989.
Lo que pasó ese día… tiene que haber una razón lógica, una explicación para lo que pasó ese día.
No trataría de hacerme daño, lo juro.
¿Y qué otra cosa puedo hacer además de esto?
¿Tendría que haberme quedado sentada, esperando a que volviera a ocurrir?
¿A ver a ese niño tan parecido a mí, a verlo en peligro y nunca poder hacer nada al respecto?
Tiene que haber una forma de que esto termine, de que dormir deje de ser una tortura y que el miedo porque esa visión vuelva desaparezca.
Así que cuando escuché ese rumor en el mercado me dejé llevar.
No me considero supersticiosa, me considero una persona común, como cualquier otra, crecí en un hogar donde las cuestiones religiosas y de fe en realidad no jugaron un papel importante. Pero de cierta forma siempre creí en Dios, creo en que es posible que exista algo más allá de nosotros, de la vida en la tierra.
Así que cuando escuché los rumores de una "médium" en la ciudad la curiosidad pudo mucho más que cualquier otro pensamiento racional.
La busqué, en realidad no sabría decirte qué es lo que me motivó a buscarla, no esperaba que solucionara mis problemas o que pudiese ayudarme de alguna manera, sólo sé que tenía que intentarlo.
Y cuando encontré su local en el corazón de Bridgeport no lo sé, creo que lo sentí.
Que algo ahí dentro me llamaba, así que no dudé en entrar.
La puerta se abrió con el sonido de una campanilla, el olor del interior, el calor me envolvió y sólo entonces me di cuenta del frío que hacía afuera. Dentro, en esa pequeña tienda repleta de olor a incienso y humedad, tras el desastroso mostrador lleno de baratijas y piedras de colores, estaba ella.
La médium.
Me sonrío y me quedé paralizada, era una mujer rubia, estrafalaria, con los ojos enmarcados por gruesas gafas de montura y los enormes ojos de ese extraño color, de un tono violáceo, como un lila muy pálido. Toda ella era de esa forma, demasiado blanca, muy pálida.
Vestía de una forma muy llamativa, con un vestido demasiado ligero y fresco para el invierno, con la cabeza cubierta por una colorida pañoleta y ambos brazos cubiertos de brazaletes hechos de brillantes piedras.
"¿En qué puedo ayudarla?" preguntó con voz cálida, amable, tan melodiosa que parecía estar cantando en lugar de hablar.
Y pese a que ella parecía tan amable e inofensiva en mi interior, esta sensación horrible, este miedo sin nombre se hizo presente. Fue como si algo en el fondo de mi pecho, algo ajeno a mí, luchara por escapar.
"Yo…" balbuceé, traté de retroceder, de huir pero no pude moverme.
Y entonces del fondo de la pequeña tienda se escuchó el llanto de un bebé, la mujer desvío la vista de mí, salió de atrás del mostrador y entonces pude notarlo, su enorme barriga, mucho más prominente que la mía. La vi marcharse al fondo de la tienda, tan apresurada y descuidada.
Y sólo entonces pude relajarme.
Ver a esa mujer extraña volviendo con un niño en brazos y consolarlo, darle cariño. Mirarla cuidando de su hijo me dio el valor necesario para continuar, para atreverme a hablarle de lo que me ha venido atormentando desde hace días.
La mujer volvió al mostrador, volvió a sentarse en ese pequeño banquillo y comenzó a mecer al niño en sus brazos. La extraña paz que me otorgaba esa imagen bastó para acallar a esa voz en mi mente, esa que imploraba por huir, por correr.
Cuando finalmente el niño se quedó dormido entre los brazos de la mujer, sus ojos tan extraños volvieron a prestarme atención".
"Cariño, te lo diré de una vez para que no creas que soy una charlatana. Puedo verlo, puedo sentirlo, existe algo dentro de ti que me pone los pelos de punta y no lo digo con la intención de insultarte, porque sé que también puedes sentirlo" dijo la mujer y aunque quería irme me mantuve firme.
Me quedé sin palabras, atontada, era como si sus ojos pudieran ver a través de mí, y me sentí por completo expuesta, desnuda.
"Es como si hubiera algo siguiéndote, es una energía fuerte, muy oscura… ¿Has sentido como que alguien te sigue, como que algo está acechándote?" continúo la mujer y asentí con la cabeza, incapaz de hablar, incapaz de respirar.
La mujer volvió a la trastienda, regresó sin el niño y con mucha dificultad comenzó a revolver cosas dentro del aparador.
Finalmente ella sacó un libro, un volumen grueso y lleno de polvo y lo puso sobre el mostrador.
Abrió el pesado volumen justo por la mitad y después colocó un rosario, un mazo de cartas para leer el tarot y encendió una vela.
"Te haré una lectura gratis cariño, por favor dame tus manos" ordenó, con la voz aterciopelada y una sonrisa dulce.
Lo hice, extendí mis manos en su dirección, porque ¿Qué importaba si ya había llegado así de lejos?
Entonces la mujer tomó mis manos, con el rosario entre los dedos y en cuanto su piel hizo contacto con la mía algo extraño ocurrió.
Mi piel se sintió como si ardiera, por la cara de la mujer supongo que ella sintió algo parecido. Sin embargo, lo verdaderamente espantoso, lo horrible fue ese dolor extraño que sentí en mi ojo derecho. Un dolor agudo, monstruoso, que me arrebató el aliento y me hizo encorvarme, gritar.
La mujer me soltó con brusquedad a los pocos segundos y tan pronto a como ocurrió el dolor se esfumó.
"¡Lárgate de mi tienda!" grito de pronto la mujer, todo vestigio de su sonrisa dulce se esfumó y pude ver en sus ojos un terror tan poderoso, un miedo sin precedentes.
Pero no pude ni moverme, de pronto una oleada de imágenes comenzó a llegar a mi mente, a un ritmo vertiginoso, mi cabeza comenzó a doler, mi ojo derecho ardió se sintió como si estuviera ardiendo en llamas.
Y volví a verlo, a ese niño, a ese niño con ese dibujo en su ojo derecho.
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25 de Enero, 1989.
Volví a verla hoy, a Malena, la médium.
Al principio no quiso ni abrirme la puerta de su tienda, y se mostró por completo hostil durante todo nuestro encuentro.
Se negó a tocarme y su mirada esquiva en ningún momento se posó en mis ojos.
Me sentí terrible, como si yo fuera un ser despreciable, o como si yo padeciera de una terrible enfermedad contagiosa. Sin embargo, pese a lo hiriente de su conducta en ningún momento dejó de ser amable, de referirse a mí de una manera respetuosa.
Se presentó a mí a regañadientes y me vi obligada a confesarle mi nombre real.
Malena Blackwood sin embargo no se sorprendió cuando le dije que era una Phantomhive, parecía incluso como si entendiera algo que yo no conseguí comprender. Me confesó que comprendía de cierta forma el dolor que suponía para mí el estar apartada de mi familia, del lugar donde crecí.
Me contó que ella, así como yo, provenía de una familia acomodada, que su madre era quien se hacía cargo de los negocios y ella había escapado de sus responsabilidades al mudarse al otro lado del país. No mantenía ningún tipo de contacto con ella, ella estaba enamorada de alguien a quien su madre no aprobaba y había decidido fugarse. El resultado no había sido bueno, apenas había conseguido instalarse en la ciudad con su pareja, cuando él la abandonó, a su pequeño hijo y a ella, embarazada.
Tal vez la simpatía que Malena siente por mí resulta mucho más grande que el miedo que me tiene.
Tal vez no sentía tampoco ningún tipo de simpatía por mí, así como yo no le tengo fe a sus métodos.
Tal vez lo único que a Malena le preocupa es mantener a salvo a sus hijos, así como a mí lo único que me importa es mantenerte a salvo.
Lo cierto es que tal vez, eso es lo único que nos une.
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Cuando cuelga es como si el sonido se extinguiera, la música se detiene, las voces y risas enmudecen, sólo puedo escuchar un pitido en mis oídos, es como un silbido agudo, demasiado agudo y la cabeza me duele, una punzada amenaza con reventarme el cráneo. Todo se oscurece y no consigo ver nada en concreto, todo se vuelve borroso, se difumina y de pronto se siente como si el banco en donde estoy sentada en realidad estuviera suspendido a cientos de metros sobre el suelo.
El vértigo se sobrepone a todo lo demás que siento.
Tiene a Jess…
Mi pecho quema, todo arde y no puedo ni moverme, no puedo ni pensar.
Sólo puedo verla, sólo puedo ver su rostro como en mis pesadillas, muerta.
Comienzo a ser consciente de mí alrededor cuando la voz de Lance es tan fuerte y brusca que resulta imposible de ignorar.
—¡Es mi maldita culpa! —espeta y se lleva ambas manos a la cabeza, se jala del cabello y la desesperación en él es tan palpable que puedo sentirla con tan solo mirarle.
Y por un momento todo lo que puedo hacer es solo mirar a Lance, por un momento todo lo que existe son sus ojos ahogados en angustia y terror. Sus ojos tan parecidos a los de Jessica y por un momento me imagino que es ella quien está aquí, que es ella a quien estoy mirando.
Jessica…
Y por un momento el dolor es insoportable.
Pero después cede, se esfuma, no siento nada.
Es como si estuviera adormecida, como si todas mis emociones hubiesen sido arrancadas de mi pecho, de mi mente. Y el miedo acaba con todo, me despoja de hasta la más pequeña parte de mí.
Incluso el miedo se va, es reemplazado por el vacío y el vacío es tan poderoso que no queda nada más.
No siento nada, nada.
Cuando me pongo de pie, no hay rastro alguno de duda. Sebastián a mi lado sonríe, parece incluso que se divierte, pero el tono oscuro de sus ojos es una advertencia, una amenaza. Como si en silencio me pidiera que no haga nada que me ponga en peligro.
Pero ya es tarde.
—Lance, tienes que escucharme —tomo la mano de mi amigo y aunque él se rehúsa, me mira a los ojos.
—Tengo que hacerlo, me quiere a mí —le susurro y la furia arde en los ojos de mi amigo, la frustración, el miedo.
—¡No! —grita y lo hace tan fuerte que todos dentro de la fiesta se giran para mirarnos.
Y antes de que las personas continúen mirándonos murmuro una orden silenciosa al demonio. Sin esfuerzo alguno Sebastián levanta a Lance del suelo y lo coloca en su hombro, así como alguna vez lo hizo conmigo.
Lance grita, hace un escándalo y ruego porque la gente sólo crea que está muy ebrio.
Es hasta salir del salón, en el rincón más apartado del estacionamiento que Sebastián suelta a Lance, pero mi amigo se remueve con tanta violencia que cae al piso.
—¡¿Están los dos locos o qué demonios les pasa?! —grita Lance y tengo que contenerme para no gritarle también.
—Tú eres el que está comportándose como un demente —le respondo, pero Lance no se detiene, ha perdido por completo el control.
—¿Y cómo esperas que reaccione entonces, eh? ¿Que esté bien, que esté tranquilo cuando un psicópata tiene a Jessica y tú quieres entregarte? —ironiza, su voz es fuerte, inestable— ¡Claro que si Samantha, estoy tan aliviado y contento! —grita y sólo puedo pensar en que mientras más tiempo pasa la muerte se acerca un poco más a Jessica.
—¿Y cómo piensas solucionarlo? —le espeto y consigo sentir algo, una violenta oleada de ira, de furia, escapa, me golpea y no puedo contenerme, no puedo reprimirlo ni un segundo más— ¿Vas a llamar a la policía para que Jessica terminé igual que todas las otras chicas? ¡No tengo tiempo para esto, para discutir contigo por qué es lo correcto o por crees que no puedo cuidarme a mí misma! —lo empujo contra su auto, sé que lo estoy lastimando en más de una forma.
Pero no puedo parar.
Tiene a Jessica.
—Vas a hacer por un maldita vez lo que yo te digo —ordeno y no puedo reconocerme, mi voz es cruel, no hay rastro alguno de duda o compasión.
Sé por la mirada que me dedica que él tampoco me reconoce, es tal vez el horror que sigue ahí, latiendo como un monstruo que amenaza con devorarlo, o tal vez soy yo, tal vez es mi propia monstruosidad, mi capacidad de destrucción.
—Voy a ir, tengo que ir, me quiere a mí y no a Jessica, y si le doy lo que quiere la dejará en paz. No sólo a ella, es la única forma en que todos estarán a salvo, mi familia… tú… —le suplico y hago la peor cosa de la que jamás he sido capaz, engañar a Lance.
Porque mientras se lo digo, mientras dejo que un poco de mi propia angustia y miedo se filtre por mi voz, me acerco a él, estoy tan cerca que puedo sentir su aliento, su olor opacado por el alcohol y el tabaco.
En realidad el odio me consume, esa ansia enfermiza de conseguir mi objetivo nubla incluso mi razón.
Sé que está mal, que él siempre ha sido mi mejor y amigo, pero ahora no puedo arrastrarlo conmigo.
No podría soportarlo.
¿Y si los perdiera a ambos…?
—No puedo perderte —insisto y dejo que las lágrimas me corran por las mejillas, me aferro a su pecho, mi boca jadea muy cerca de la suya.
—Por favor —suplico con voz rota, mi cuerpo tiembla y puedo sentir el sonido de los latidos de su corazón contra mi pecho, en mi piel, su calor me envuelve.
No puedo.
—Por favor, no iré sola, Sebastián estará conmigo, me protegerá… pero no puede protegernos a ambos —soy cuidadosa, soy tan falsa y mentirosa— ¿Y si te pasa algo? ¿Cómo voy a continuar si algo te sucede? —pero aunque trato de engañarlo no puedo ocultarle esa verdad.
—Ve a la oficina forense, estarás a salvo ahí y Grell nos ayudará, por favor… —imploro y Lance me estrecha entre sus brazos una última vez antes de subir a su auto.
Cuando lo veo marcharse, cuando su auto se aleja al girar la calle puedo respirar, puedo dejar que el rencor que guardo en mi interior me consuma.
—Síguelo —le ordeno a Sebastián y el demonio me mira, sus ojos son purpuras, brillantes, con las pupilas rasgadas.
—Yes, my lady —recita con voz tranquila, sin quitarme los ojos de encima.
Y aunque sé, por el dolor que se apodera de la marca del contrato, que en realidad no quiere obedecerme, de todas formas lo hace.
Su mano va a su pecho con solemnidad, me dedica una elegante reverencia y una mirada furiosa antes de desaparecer.
Entonces no pierdo ni un minuto, busco mi auto y cuando estoy dentro piso el acelerador a fondo.
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Lance Riddle acelera, la vieja Lucille protesta, el motor hace un sonido extraño y en el momento en que gira en la calle para incorporarse a la avenida y seguir rumbo a la catedral pierde el control. El volante no responde, permanece girando incapaz de recuperar el control y aunque pisa el freno hasta el fondo Lucille sigue moviéndose a máxima velocidad.
El auto derrapa, da vueltas sobre sí mismo y el detective novato se aferra con ambas manos al volante, esperando el impacto, esperando lo peor.
Lance Riddle cierra los ojos con fuerza, su corazón late a un ritmo vertiginoso, casi doloroso y contiene el aliento, Lucille continúa girando, precipitándose a alta velocidad contra la acera más próxima.
Pero el impacto nunca llega.
En su lugar el movimiento se detiene de manera abrupta, el olor del humo que ha comenzado a salir del motor inunda el automóvil y pese a que el detective esperaba algo mucho más aparatoso, lo único que siente es un fuerte dolor en la cabeza y un pitido agudo en los oídos.
A Lance Riddle le toma algunos segundos el recobrar la compostura, sus manos aún tensas sobre el volante se apresuran a desabrochar el cinturón de seguridad. Sabe que tiene que abandonar el auto lo más pronto posible pues el olor a quemado es intenso, sin embargo el cinturón no cede, está atascado y la desesperación del chico no hace más que aumentar cuando el sonido de su teléfono se hace presente.
Pero el tono de llamada no es lo que provoca que la poca cordura del detective flaqueé, no, es el sonido sobre el techo del automóvil, el techo metálico parece estar abollado y el ruido de golpes secos contra el metal es lo que provoca que el terror se apodere de Lance Riddle.
Hay algo afuera, algo tan fuerte y poderoso como para haber detenido la marcha de un automóvil fuera de control. Algo que no se detiene, algo que en definitiva ha venido por él.
Lance se apresura, sigue el ruido del teléfono celular, el aparato vibra y emite luz desde el piso del automóvil y cuando consigue alcanzarlo el caos estalla.
El fuego se hace presente, sale del motor del vehículo, el metal emite un chirrido, el automóvil entero se mueve, es como si la tierra temblara y el toldo termina de venirse abajo.
El detective queda apretujado entre las entrañas metálicas de la destrozada Lucille, el aire se vuelve sofocante, la temperatura aumenta y lo único que consigue hacer Lance Riddle es aferrarse al teléfono que ha conseguido alcanzar.
El auto vuelve a moverse, se sacude con violencia y antes de que Lance Riddle pueda reaccionar la puerta del conductor es arrancada de un solo movimiento. El miedo dentro del detective le impide respirar, cuando eso mismo que ha arrancado la puerta lo jala de las solapas de la camisa y lo arranca de dentro del automóvil en llamas.
Afuera, la lluvia ha comenzado a caer pero no es suficiente como para apagar el fuego, el sonido se vuelve insoportable, Lance trata de luchar contra aquello que lo arrastra.
Todo ocurre demasiado rápido, Lance Riddle consigue alcanzar el arma escondida en la cinturilla de los pantalones de su traje, el auto explota entonces, el fuego consume todo a su paso, la oscuridad vuelta una masa espesa envuelve al muchacho y por un momento la lluvia es reemplazada por plumas negras.
El sonido de la explosión aturde a Lance Riddle, le priva del oído y de la vista por unos instantes, y la desesperación se vuelve insoportable. Lo único que consigue hacer es apuntar con el arma que lleva entre las manos, pero su pulso es tan inestable que no consigue ni siquiera el quitarle el seguro.
—¡Se ha ido! —grita una voz que el detective no consigue reconocer, las tinieblas se disipan, el caos termina y de a poco y Lance recupera la visión.
El calor del fuego penetra en la piel del muchacho, sin embargo no lo lastima, es más como si lo cobijara, el ardor en la piel no dura más que unos segundos y entonces la lluvia helada comienza a caer sobre su cuerpo.
Lance recupera sus sentidos sólo para ver dos figuras frente a él, una entre el fuego, entre los trozos de Lucille, una figura tan saturada de rojo que es difícil de ignorar. Pero el horror no acompaña al ya conocido shinigami, no, no es Grell Sutcliff quien provoca qué Lance Riddle pierda por completo la cordura.
No, es él, la figura de negro que se mantiene a su lado, el demonio de ojos escarlata que le sonríe con humor.
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Me obligo a respirar, a seguir pese a que el frío es tanto que me arde la piel. He salido como una tromba, y encima sólo llevo el delgado vestido color melocotón, me llega a las rodillas y el escote en mi espalda tampoco me ayuda en nada. Mis manos están heladas y mi piel es tan pálida que puedo distinguirla pese a la oscuridad dentro del automóvil, cuando consigo ver la catedral a pocos metros mi corazón comienza a latir como loco.
Es todo lo que escucho, el rugido de mi corazón.
Cuando me estacionó enfrente las llantas lanzan un chirrido, el automóvil protesta y sé que tal vez mi querido Mercedes tendrá que volver al taller.
Pero eso no me importa, sólo puedo pensar en Jess, cada que cierro los ojos su rostro está ahí, el viento produce un sonido tan parecido a su voz y mi pesadilla retorna de entre las profundidades de mi mente.
Cuando miro la hora en mi teléfono compruebo que tengo muchas llamadas perdidas de Lance y Sebastián, pero nada de lo que ellos puedan decirme me detendrá ahora. He llegado un par de minutos antes de la hora acordada, son las tres de la mañana en punto y aunque no he dormido mucho en los últimos días estoy muy despierta, alerta.
Mi mano tiembla cuando abro la guantera y sacó de ahí una pistola, es pesada, está cargada y tengo que darme un minuto para recordar lo poco que Sebastián me ha enseñado sobre usar un arma. Nunca me atreví a preguntarle cómo es que lo sabía, o cómo es que había conseguido una. Sólo sé que ahora agradezco de cierta forma su paranoia.
Cuando por fin salgo de mi auto el frío de la calle me recibe sin piedad, ha comenzado a llover y aunque inicia como una fina llovizna pronto se convierte en una tormenta y las gotas de lluvia me golpean con fuerza, duelen.
Estoy por completo empapada cuando consigo abrir las pesadas puertas de la catedral.
Dentro todo está oscuro y el eco del sonido de mis pasos inunda el lugar.
Es como estar dentro de una película de terror, la tensión es tanta que apenas y puedo respirar, mientras me adentro en la iglesia me mantengo a la expectativa de que algo terrorífico salga de algún rincón, que un ser deforme me arrastre por los pisos de la iglesia y me devore de la forma más grotesca y dolorosa posible.
Sin embargo nada de eso ocurre, el murmullo de la lluvia del exterior y mi propia respiración es todo lo que escucho. La escasa luz dentro del lugar proviene de unas pocas velas encendidas en lo que supongo es el altar y pese a que ya he estado aquí antes, hace algunas horas, no consigo orientarme, voy dando tumbos, caminando a ciegas y chocando con todo lo que hay frente a mí.
Sé que estoy frente al altar, las llamas bailan, las velas parecen a punto de consumirse y la luz proyectada por las velas ilumina de una forma extraña la imagen de una virgen colgada en el altar.
Pese a que todo es aterrador no me siento asustada, más bien me siento ansiosa, mis manos cosquillean y mi boca sabe amarga, la cabeza me punza.
Es entonces que la verdadera película de terror comienza, puedo sentirlo antes de que ocurra, como una corriente fría, dolorosa, que me recorre de pies a cabeza.
El primer relámpago cae, demasiado cerca, tanto que la tierra tiembla y la luz inunda por completo el interior de la iglesia por unos instantes. Y el rugido del rayo viene acompañado de un grito, un grito agudo y femenino que derrumba todo en mi interior.
Me quedó paralizada, pese a que mi primer impulso es correr, el miedo está acabando conmigo y cuando el segundo relámpago impacta mucho más cerca, cuando la tierra tiembla y la luz inunda la iglesia es que consigo verlo.
A pocos metros de mí, sobre el atrio donde horas atrás Natalie y Jacob recitaban sus votos, ahí está.
Un charco carmesí, brillante, sangre.
Y sobre el charco fresco, suspendido con cuerdas desde el techo de la iglesia está una enorme cruz de madera, y clavada en la cruz está el cuerpo destrozado de lo que parece ser una mujer.
El grito que se construye en mi interior termina siendo callado por la violenta arcada, el fuego en mi garganta me hace doblarme sobre mi misma y me caigo de rodillas al suelo. El vómito viene en arcadas dolorosas, mi cuerpo entero protesta adolorido, agotado.
Y los ojos me arden, las lágrimas escapan sin que pueda controlarlo y en cuanto dejo de vomitar sé que estoy a punto de comenzar a hiperventilar.
El tercer relámpago cae, esta vez más lejano, pero su luz es suficiente para que una nueva revelación termine por destruirme.
En el piso, mis manos están llenas de sangre, toda yo estoy cubierta de sangre y en una de las paredes de la iglesia, sobre los frescos de imágenes santas, está escrito con sangre el mismo mensaje.
"TE DIJE QUE NO LA TOCARAS"
Ese mismo mensaje que Sebastián había recibido hace tanto tiempo atrás.
Y entonces la tormenta en el exterior toma tanta fuerza que las pesadas puertas de la iglesia se abren de par en par, el viento frío penetra en el lugar con tanta brutalidad que incluso algunas de las inmensas bancas se mueven. Las velas se apagan y un chillido agudo proveniente de la parte trasera de la catedral se convierte en la señal para que consiguiera ponerme de pie y correr en dirección al sonido.
No me lleva mucho tiempo, la luz en los pasillos interiores está encendida pero parpadea, como si la fiera tormenta en cualquier momento fuera a llevarse la electricidad.
Y me guío no sólo por el sonido de los gritos, sino por la vista en los pasillos. Hay sangre por todas partes, manchas en el suelo de madera y también embarrada por las paredes. Sobre los numerosos cuadros de imágenes religiosas están escritos con sangre todos y cada uno de los textos en los mensajes.
Sus amenazas, sus provocaciones, están todas ahí, escritas en sangre y tengo que reprimir el llanto, aunque controlar el temblor en mis manos resulta imposible.
Levanto el arma, la mantengo frente a mí, apuntando a lo que sea que se llegara atravesar en mi camino, le quito el seguro y ruego porque sea suficiente para protegerme, para sacar a Jessica de aquí.
Conforme avanzo los gritos aumentan, el miedo gana más terreno y la tormenta cobra fuerza, a cada paso, entre más me adentro en la entrañas de la catedral el frío aumenta, las manchas de sangre se vuelven cada vez más grandes y ya no sé si queda algún rincón de mi propio cuerpo que no esté cubierto en sangre tibia y fresca.
Al fondo del pasillo, frente a la puerta de la misma habitación en donde vi a Natalie horas atrás hay un cuerpo tirado, el cuerpo de una mujer desnuda, asesinada de la misma forma que Susan Rallye, con el pecho y el vientre abiertos, surcados por múltiples puñaladas. Y en el rostro de esta mujer desconocida aparece la misma expresión terrorífica, inhumana, de la Susan de esas fotografías.
Verla es un nuevo golpe para mi cordura, mis manos tiemblan tanto que apenas y puedo sostener el arma y me tambaleo, incapaz de seguir de pie, necesito apoyarme contra la pared para evitar caerme sobre su cuerpo mutilado.
Tengo que obligarme a respirar, a continuar adelante, me valgo de la ira, de la impotencia para conseguir la fuerza necesaria para girar el pomo de la puerta.
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—¡No! —grita el detective y la realidad lo golpea con fuerza.
Es una trampa.
—¿Te salvo la vida y es así como me lo agradeces? —se burla el demonio y Lance lo mira incrédulo.
Lance Riddle no puede pasar por alto el lamentable estado de las ropas del demonio, la tela está quemada casi en su totalidad y entonces consigue comprenderlo.
Ella mintió.
—¡No hay tiempo para que seas arrogante ahora! —brama el detective intentado ponerse de pie, pero su esfuerzo es inútil, el dolor se apodera de sus piernas y la frustración, la desesperación se vuelve insoportable.
Sebastián le tiende una mano al muchacho, lo entiende tan bien como él, que han caído en su trampa.
—Si no fuera por mí tal vez lo dos estarían muertos, así que si a alguien deben de agradecerle es a mí —gritonea el shinigami mientras se acerca al demonio y al detective.
Y mientras Lance se pone de pie con ayuda de Sebastián el teléfono en sus manos vuelve a sonar.
Lo más sensato sería ignorar la llamada pero entre la conmoción y el dolor Lance decide atender la llamada, ni siquiera se fija en lo que hace, sólo contesta.
—¡Lance! —jadea la voz al otro lado y el alivio que inunda a Lance Riddle es reemplazado rápidamente por el horror.
—¿Jessica? —murmura el chico y el demonio le mira con la misma angustia, con la misma frustración— ¡Por Dios Jessica! ¿Estás bien…? ¿Dónde estás?
—En mi hotel, creí que algo había pasado cuando vi todas esas llamadas tuyas… ¡Por Dios Lance, son las tres de la mañana! —la voz de Jessica Sammuels es como una bomba, la adrenalina inunda el cuerpo de Lance Riddle y la angustia, el miedo, lo devora todo.
—Jess, por favor no salgas, quédate donde estás. Te lo explico luego, sólo no te muevas… —implora el chico antes de colgar y el demonio le dedica un gesto afirmativo.
La lluvia, que ha recobrado fuerza hasta convertirse en una tormenta les deja escuchar a la distancia, el gemido lejano de una sirena, y pronto se convierte en muchas más. Por la avenida pasan, una caravana de patrullas a toda velocidad y un camión de bomberos.
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Nada me prepara para lo que está por ocurrir, siento mi pulso atorado en la garganta, el sudor me corre por la piel y aunque quiero huir, aunque quiero echarme a correr, todo lo que hago es apretar con fuerza el arma que sostengo.
Cuando abro la puerta todo se precipita en mi interior, es el odio, la ira lo que actúa por mí y cuando consigo divisar una silueta al fondo de la pequeña habitación, no puedo contenerme.
No consigo verle el rostro, es sólo una sombra, un machón oscuro, me doy cuenta entonces de que estoy llorando, que aquello que me nubla la vista son mis lágrimas y no el coraje que arrasa con mi razón.
Es como si fuera a cámara lenta, mi valor está en su punto cúspide, estoy decidida a acabar con eso, a que todo termine y es cuando jalo el gatillo, es cuando un nuevo relámpago cae con un ruido ensordecedor, es cuando la luz vuelve y parpadea, y miro su rostro…
Evelyn…
Es demasiado tarde, he disparado, el arma se resbala de entre mis dedos, corro hacia ella, me adentro del todo en la habitación. Pero es demasiado tarde.
Le he disparado.
Y la sangre brota a borbotones de su pecho cuando se desploma en el piso, la sangre me salpica cuando la alcanzo, y la sostengo en mis brazos porque no sé qué más hacer.
Está atada, sus brazos y piernas permanecen amarrados y la venda de sus ojos se deshace.
Ella grita, su voz se une al ruido de los relámpagos, a mi propio llanto, a mis gritos.
Y no sé qué hacer, trato de ayudarla, quiero salvarla, pero no consigo entender nada de lo que está sucediendo.
Mis manos se aferran a su pecho, trato de detener la hemorragia, trato de hacer algo para salvarla, para que sus ojos fijos en mí no se cierren.
—Lo siento —sollozo y he perdido por completo el control, mis emociones revientan, el dolor en mi pecho se vuelve insoportable y no puedo respirar— lo siento —jadeo y Evelyn me sonríe, es una sonrisa sincera, tiene los labios manchados de sangre y su mano se estira en mi dirección, alcanza mi rostro, su sangre cálida me mancha la cara y la culpa, el arrepentimiento, me apuñalan.
—No es tu culpa —susurra con la voz rota y sólo puedo sostener su mano en el momento en que pierde la fuerza, en el momento en que sus ojos de un azul tan claro como los de Jacob se apagan y la vida se extingue en ellos.
Entonces grito, grito como si eso pudiera retroceder el tiempo, como si gritar fuera la respuesta.
Pero no es así.
Yo la he matado.
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No sé en qué momento ocurre, es como si viera mi vida a través del lente de una cámara, como si mi cuerpo no fuera mío y yo sólo fuera una espectadora.
No sé tampoco en qué momento es que el fuego ha comenzado, cuando me doy cuenta yo continúo en la misma posición, con el cuerpo de Evelyn entre mis brazos, apretándola contra mi pecho como si eso fuera a regresarla a la vida.
Soy consciente de ello cuando el sonido inconfundible de una sirena atraviesa la tormenta, el humo llega, nos envuelve y sé que tengo que moverme, que escapar, pero no consigo hacerlo. He perdido la fuerza, no siento nada, sólo puedo quedarme aquí, con ella entre mis brazos, con su sangre empapándome.
Escucho las voces, lo gritos, el camión de bomberos arribando a la escena con su escandalosa alarma.
Los pasos retumban en el interior de la iglesia, escucho voces, hay más gritos y puedo imaginarme lo que los policías y bomberos deben de estar viendo. Cierro los ojos y las imágenes vuelven, el cuerpo clavado en la cruz, la mujer tirada frente a la puerta… y ella, Evelyn atada y muerta entre mis brazos.
Por mi culpa.
Cuando la puerta se abre sólo alcanzo a levantar las manos, el cuerpo de Evelyn se desliza de mi regazo al charco brillante de su sangre y la luz resulta cegadora. Alguien apunta el foco de una linterna en mi rostro y me suelto a llorar.
Cuando la luz se aparta puedo distinguir el rostro de Morales, parece sorprendido, impactado y aunque espero la furia, que me trate como el monstruo que soy, el teniente Morales no lo hace.
Es el único que se acerca a mí, mientras el resto de los policías que lo acompañan se precipitan sobre el cuerpo de Evelyn.
No puedo entender lo que dicen, no puedo escucharlos, es como si hablaran a través de un teléfono con interferencia y cuando Morales me levanta del suelo y me aleja de ella yo no quiero irme. Peleo, me remuevo buscando escapar, no puedo dejarla ahí, no puedo permitir que Evelyn se convierta en una olvidada evidencia dentro de un congelador.
Pero por más que lucho por liberarme fracaso, Antonio Morales es como una mole de piedra, aunque me sostiene con un solo brazo es más que suficiente para inmovilizarme. Y no puedo impedir que me saque casi a rastras de la habitación.
Mi voz es todo lo que puedo escuchar, mis gritos, grito tan fuerte que me duele la garganta.
Grito su nombre, grito por Evelyn, grito lo siento, grito tan fuerte que sé que no hay manera de que Morales no me haya escuchado.
Y es mientras el caos reina, mientras el teniente me saca de la iglesia que consigo comprender algo.
Pese a que sigo en shock por fin consigo reaccionar.
Y entonces comienzo a gritar buscando a Jessica.
—¡Tiene a Jessica Sammuels! —le grito a Morales, el miedo me consume, mientras me saca de la iglesia.
El humo continúa envolviendo gran pare del interior y vislumbro a los bomberos tratando de apagar las llamaradas frente al altar.
Retomo mi lucha por liberarme, pateo a Morales con toda la fuerza que tengo pero es inútil y cuando finalmente me saca de ahí la realidad me intercepta sin piedad alguna.
Afuera, en la calle hay al menos unas cinco patrullas estacionadas frente a lo que queda de la catedral, el camión de bomberos hace lo suyo y un chorro de agua a alta presión es arrojado contra la edificación.
Las luces parpadean en una tonalidad de rojo y azul que me aturde, el ruido es insoportable y no impongo resistencia cuando Morales me lleva a su patrulla.
Sé lo que viene, no me resisto, Morales me esposa las muñecas y me obliga a meterme en la parte trasera de la patrulla.
Mi angustia crece cuando los paramédicos arriban a la escena, los veo salir con sus uniformes azules e internarse a las entrañas de la catedral.
No pasa mucho antes de que una camioneta del servicio forense llegue y es entonces cuando un nuevo ataque de pánico me embarga.
Escucho que alguien grita mi nombre, su voz es opacada por el ruido de las sirenas, pero sé que alguien grita mi nombre.
No busco el origen de la voz, en su lugar me mantengo pegada a la ventana de la patrulla, esperando a que Morales vuelva, a que los paramédicos salgan.
Espero por alguna señal de Jessica y lo único que consigo ver es cuando los paramédicos salen cargando bolsas negras consigo.
Cuento tres y mi corazón late con furia, contengo el aliento.
Alguien sale con ayuda de los paramédicos, los policías y bomberos lo rodean y no puedo ver quién es.
Trato de salir, mis manos vueltas puño golpean la ventanilla y grito porque no puedo hacer otra cosa.
—¡Jessica! —le grito al cristal de la ventana y la angustia comienza a ahogarme.
Tengo que saber que ella está bien…
Tiene que estar bien.
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Morales me mira con sus ojos fríos, duros e inescrutables.
Permanezco sentada, con el cuerpo adormecido, frío, me siento como si estuviera muerta, como si yo hubiese tomado el lugar de Evelyn, como si yo hubiera recibido esa bala y no ella. Y por un minuto es lo único que deseo, recibir esa bala en su lugar.
El dolor en mi pecho apenas y me deja respirar y no siento el resto de mi cuerpo, todo lo que siento es frío.
Estoy helada.
—¿No hablará señorita Carson? —repite Morales y apenas consigo comprender lo que dice, me pitan los oídos, tengo los ojos muy hinchados y mi cabeza se siente pesada.
No me muevo, no respondo, sólo puedo ver mis manos, las esposas me vienen grandes, mis manos son tan delgadas y pequeñas… y están manchadas de sangre.
Su sangre.
—¿Está consciente de que puede enfrentar un cargo de homicidio? —susurra Morales con cautela y sólo puedo ver cómo es que la sangre seca continúa ahí, entre mis dedos.
—¿Qué hacía ahí, en esa iglesia? —pregunta y la furia se cuela en su voz, ante mi silencio golpea la mesa metálica frente a mí.
Sé que estamos en una sala de interrogatorios, que hay muchas más personas aparte de Morales que me observan y sé que nunca antes me había enfrentado a una situación de esta magnitud.
—¿Usted le disparó a Evelyn Sullivan? —pregunta y mi pecho se estruja con violencia, puedo ver su rostro, sus ojos…
Yo la maté.
Quiero decirlo en voz alta, pero no puedo ni abrir la boca.
—¿Y por qué dijo que alguien tiene a Jessica Sammuels? ¿Qué tiene que ver esa chica en esto? —sus palabras captan mi atención, me atrevo a mirarlo y me siento al borde del colapso.
Contengo las lágrimas, el nudo en mi garganta, la desesperación me está comiendo viva y no puedo hacer nada por impedirlo.
—¿Ella está viva? —le pregunto y mi voz es un sonido irreconocible, como un gemido, tan débil y agonizante.
Morales me mira de esa forma extraña, como si no me entendiera y mis hombros se sacuden con violencia.
—¿Ella está bien, la sacaron de ahí y está a salvo? —sueno tan desesperada, debo de verme de esa misma forma porque el teniente Morales suspira y se masajea las sienes.
—Jessica Sammuels está bien —asiente con la cabeza cuando le dice y no puedo evitar que las lágrimas se me escapen, que mis manos ensangrentadas me cubran el rostro.
Me desarmo por completo, mi interior es un cúmulo de sensaciones intensas, demoledoras, el alivio, la culpa, la furia, el odio y la angustia están ahí, luchando por dominarme.
Pero nada lo consigue, todo es tan abrumador que en realidad lo único que quiero, lo único que deseo es que pare.
—No hay razón para que la señorita Sammuels no estuviera bien —agrega y me obligo a mirarlo, sus ojos oscuros son inexpresivos y sé de inmediato que algo está mal— su amiga nunca estuvo en peligro, hablé con ella, estuvo toda la noche en la seguridad de su cuarto de hotel ¿Dónde creía que estaba?
Sus palabras son como una cubetada de agua helada, la realidad vuelve a impactarme, la verdad me destruye por dentro y una de las demoledoras emociones en mi interior gana la batalla.
Es el odio, un odio animal, inhumano y me lo arrebata todo, acaba con todo.
Era una trampa.
Jessica… jamás tuvo a Jessica…
Me engañó.
Y yo caí en su trampa…
¿Pero entonces… quién era esa cuarta persona que estaba ahí dentro…?
Y antes de que Morales pueda agregar una sola palabra la puerta de la sala de interrogatorios se abre.
Y quien entra por la puerta no es otro sino el mismísimo Evan Phantomhive.
A su lado la pequeña René, pelirroja y encantadora, y a quien reconozco como Gregory Lambert, el abogado.
La cara de Morales enrojece, parece colérico y no le da tiempo a reclamar antes de que René se le cuelgue del brazo y le obligué a salir con ella y Gregory de la habitación.
Es entonces que me quedo sola con Evan, sus ojos de ese azul tan profundo me miran tratando de intimidarme, está más allá de molesto y se acerca a mí, sus manos golpean la mesa de metal y se inclina en dirección a mi rostro.
—Imagino que eres lo suficientemente lista como para no hablar con un policía antes de que contactar a un abogado —arrastra las palabras, hay veneno en su voz y en definitiva no estoy de humor ahora para enfrentarlo.
Pero no me dejo intimidar por él.
—¿Qué hacías en la escena de una masacre? —espeta, es directo, frío y su falta de tacto no me sorprende para nada.
—¿Qué haces tú aquí? —le escupo de vuelta con la misma ira contenida, el mismo tono venenoso.
Evan me dedica una sonrisa torcida, se aleja lo suficiente y me recorre con la mirada.
—¿Te creías que iba a dejarte libre por el mundo y sin vigilancia? —dice con sarcasmo y la ira hierve en la boca de mi estómago.
—¡Estabas siguiéndome! —lo acuso y mi voz tiembla, en mi mente toda va a velocidad máxima.
Evan aplaude como si yo fuera una niña pequeña haciendo alguna cosa graciosa.
—Sí, niña genio, tenía a un par de personas siguiéndote, cuidando de ti desde el momento en que hicimos ese nuevo acuerdo— admite con una sonrisa falsa, como si fuera lo más obvio del mundo y es una suerte que esté esposada a la mesa porque si no lo agarraría a golpes.
—¿Te piensas que soy idiota? —espeta con arrogancia, quiero escupirle en la cara—. Primero me pides que proteja a tu familia como si fueras una loca paranoica perseguida por algo, después estás ahí, en medio de un tiroteo y ahora estamos aquí, contigo cubierta de sangre y un cargo de homicidio ¿Acaso me equivoqué al ponerte bajo vigilancia? —se burla y me niego a responderle.
—Tienes que decírmelo todo para que pueda sacarte de aquí y esta vez, Carson, tienes que decirme la verdad.
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Morales me dedica una mirada acusadora, se nota que no quiere dejarme ir pero de todas formas no protesta.
No quiero ni imaginarme qué clase de trato ha hecho con Evan para dejarme libre, no quiero ni volver a escuchar lo que sea que los Phantomhive me quieran decir.
Sólo quiero que esto termine pronto.
—¡Niña! —la conocida voz de Grell me recibe cuando salimos de la comisaría.
Evan me suelta, ni siquiera se despide y sólo lo veo subirse a su auto junto a René y el abogado antes de marcharse.
Los brazos del shinigami me envuelven, ni siquiera le importa la sangre seca que me cubre, no le importa nada. Sólo está ahí, abrazándome y el calor de su abrazo basta para espabilarme un poco. Su voz colmada de alivio es como un bálsamo y entonces puedo permitirme salir de mi burbuja.
Ya es de día, en algún punto mientras estaba en la sala de interrogatorios ha amanecido y sol arde en lo alto del cielo, parece incluso un lindo día, el cielo está despejado y no hay rastro alguno de la tormenta.
Como si nada hubiera pasado la noche anterior.
—¡¿Acaso no hay nadie con un poco de educación ahí adentro?! —brama Grell con dramatismo y sus manos me tallan los hombros, trata de calentarme, de reconfortarme y masculla una maldición entre dientes porque no tiene nada con lo cual cubrirme.
Grell se hace a un lado, alguien detrás de él lo empuja y la mirada escarlata de Sebastián Michaelis me recibe, me envuelve.
Me sonríe, su sonrisa no llega a sus ojos, pero está bien, no tengo nada que reclamarle ni reprocharle ahora. Ha obedecido a mi orden aunque fuera una súplica idiota y suicida, el agradecimiento que siento hacia el demonio se hace presente cuando luego de que me cubra con su chaqueta se hace a un lado.
Y Lance está ahí, mirándome, no se mueve, no hace nada por alcanzarme y aunque me parte el alma en pedazos para mi es suficiente.
Él está bien, vivo y entero.
Jessica está bien.
Y que ellos estén a salvo es más que suficiente.
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¡Hola gentecita hermosa de fanfiction!
En teoría aún es Viernes, así que ajá, estoy siendo puntual.
Hablemos del capitulo porque sé que eso les importa más que mis mariconerías de amor(?) para empezar creo que debería de haber colocado una advertencia pero soy mala y eso, era como que previsible debido a la conclusión del capítulo anterior.
¿A que se creían que era Jessica, verdad? No, no era ella, era un trampa para todos nosotros. No, yo no maté a Evelyn por el perverso motivo que piensas(?), Evelyn en si sólo estuvo en el lugar equivocado y en el momento equivocado, pudo haber sido cualquier otra persona, pero sí, era inevitable...
Ahora hay que decir que esto es un impacto demasiado fuerte para nuestra Sam, y es un milagro que no se vuelva loca a estas alturas, es algo que sin duda transformará y cambiará a Sam de una manera violenta y mala, pero todo tiene una razón, no la hago sufrir porque si(?)
En cuanto a Lance, sí, a nuestro mejor amigo favorito le querían dar cuello pero Sebastián estuvo ahí para evitar que lo rostizaran. No odien a Sebastián, es la primera vez que cumple una orden al pie de la letra(?)
Respecto a Morales, recuerden que hace su trabajo, tampoco lo odien. A Evan si pueden odiarlo, por feo(?)
Hablando ahora sobre los fragmentos del diario de Lilian ¿Tiene más preguntas que respuestas? ¿Qué tiene que ver la familia Blackwood en esto? ¿De verdad creen que los sueños de Lilian son sólo eso que sus visiones son sólo alucinaciones?
Dejen todas sus teorías locas y amor en forma de review.
¡Nos leemos el próximo Viernes...!
