Hola, mis queridos lectores. Creo que no hay palabras en élfico, lengua Ents o de los hombres para expresar lo mucho que lo siento por no haber actualizado en Septiembre, pero aún así lo intentaré. Siento de corazón no haber actualizado el mes pasado, al igual que ocurrió en Mayo un familiar mío fue hospitalizado y tuvimos que estar yendo y viniendo de ahí todo el tiempo por lo que me fue imposible escribir a pesar de tener el capítulo por la mitad. Pensaba subirlo a inicios de Octubre, pero el tema de la Universidad tampoco me ayudó mucho a escribir la verdad. Además quería hacer un capítulo amplio como compensación y creo que lo he conseguido. Espero sinceramente que os guste como ha quedado.

«Altaïr apartó los ojos de la figura de Bouchart para mirar a María. No sabía qué hacer, intentaba decidir su próximo movimiento. Bouchart estaba cerca. Puede que no volviera a tener la oportunidad de atacarle cuando menos se lo esperara. Pero entonces volvió a pensar en María». —La Cruzada Secreta

Cambios

Noviembre de 1191 d.C.

Ilyas y Haidar siempre habían sido como dos gotas de agua. Ambos tenían la piel aceitunada, cabellos cobrizos y ojos oscuros, tanto que apenas se conseguía distinguir la pupila del castaño iris. En sus primeros años de vida su madre, Zinat, se había encargado de ellos, ya que su padre, por desgracia, había fallecido en una escaramuza cuando ellos tenían siete años. Tras su muerte, ella había vuelto a casarse con un humilde comerciante; pero, al poco tiempo, ésta había fallecido al dar a luz un bebé mortinato, dejándolos al cuidado de su padrastro, Latif.

Durante un tiempo ambos se habían dedicado a ayudarle, transportando la mercancía desde las afueras de la ciudad hasta el zoco. Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos de Latif, sus ingresos habían ido disminuyendo poco a poco. Incapaz de mantenerse a sí mismo y a dos bocas más optó por entregar a Haidar al gremio de albañiles. Éste viviría en la casa de un maestro albañil, el cual se encargaría de tenerlo como aprendiz hasta que tuviera la edad suficiente para serlo él. Ninguno de los dos había estado conforme con esta decisión, pues jamás se habían separado; pero, aún así, aceptaron.

Sin embargo, a las pocas semanas, Haidar había regresado a hurtadillas a la morada del mercader. Tenía los labios y las mejillas rojizas e hinchadas, supurando del amoratado ojo izquierdo una sustancia viscosa y maloliente. Se había desplomado nada más cruzar el umbral de la casa, ya que apenas podía mantenerse en pie debido a una fuerte cojera en el pie izquierdo. Su hermano había tenido que arrastrarlo hasta su lecho, incapaz de cargarlo en peso a pesar de que estaba mucho más delgado que la última vez que lo vio. Parecía un despojo de sí mismo; y, por primera vez, Ilyas fue incapaz de verse reflejado en él.

El albañil que se había convertido en su maestro, Mahir, era conocido en el gremio por explotar hasta la extenuación a sus aprendices; también por las terribles palizas que les propinaba debido a su voluble temperamento. Así que, tras la última golpiza recibida, Haidar había decidido huir de aquella casa y buscar refugio en el único lugar al que podía acudir. Estuvo postrado varios días antes de poder volver a caminar; pero, a pesar del nefasto trato que recibía, Latif insistió en que debía regresar junto a Mahir. Nada más mencionar su nombre el joven se orinó encima, abstraído por un terror que Ilyas jamás había visto en el rostro de su hermano.

Era imposible de que Haidar volviera a aquel lugar, y mucho menos que pudiera realizar el arduo trabajo que realizaban los albañiles. Al ver el estado en el que se encontraba su gemelo Ilyas tuvo una idea. Durante toda su infancia, muchas veces habían jugado intercambiándose las ropas, confundiendo de esta forma a su madre hasta tal punto que era incapaz de distinguirlos. Así pues, una noche, tomó las ropas de su hermano y fue hasta la destartalada casa en la que vivía Mahir, el cual le recibió con una sonrisa torcida y una fuerte bofetada que le tiró al suelo. Pero lo que el albañil no se esperaba era que el muchacho, al incorporarse y recuperar el equilibrio, se abalanzara sobre él y le clavase un afilado cuchillo en el estómago. A partir de ahí todo se volvió agitado y confuso. Mahir, aún impactado por la herida recibirla, intentó asirle de la camisa al tiempo que volvía a levantar la mano para estrellarla contra su rostro. Ilyas, adolorido e histérico, consiguió volver a agarrar el cuchillo y, con fuerza, apretarlo contra la carne ensangrentada. Al hacer ese gesto recibió un potente empujón que lo lanzó hacia el otro lado de la habitación. Cuando alzó la cabeza, sudoroso e inquieto, pudo ver como el hombre había perdido en equilibrio, desplomándose sobre el suelo mientras en su mano sujetaba el cuchillo que había estado taponando la herida. Apenas fue consciente de cuánto tiempo se pasó ahí, mirando fijamente como la sangre salía profusamente del corte al tiempo que el albañil intentaba, sin éxito, detener la hemorragia con sus propias manos. Ilyas podía haber huido, pero no lo hizo. Se quedó ahí, observando como Mahir desesperadamente se aferraba a la vida, clavando sus diminutos ojos en el joven que tenía enfrente en busca de una ayuda que nunca llegaría. Y, cuando exhaló por última vez, él sonrió.

Tras la muerte de Mahir, Ilyas había instado a Haidar a huir. No podían abandonar Damasco, pues sabían que morirían antes de llegar a otra ciudad cercana, ni tampoco permanecer con Latif, por temor a que los separasen de nuevo. Por ello se ocultaron cerca del barrio judío, en las estrechas callejuelas laterales donde sólo los mendigos y pordioseros moraban. Ahí fue donde conocieron a Salal y Adnan.

Aunque no eran hermanos habían vivido prácticamente como tales. Los padres de Salal lo habían abandonado a las afueras de la ciudad cuando apenas tenía ocho años; desde entonces había malvivido en las calles, donde había conocido a Adnan, algo menor, mientras mendigaba junto a la mezquita. El mayor era menudo y larguirucho, tenía la nariz torcida y el pelo de color pajizo; el pequeño, por el contrario, lo tenía oscuro, tez pálida y ojos verdosos. Ambos estaban raquíticos cuando les conocieron, pues sólo se alimentaban de alimañas y de las pocas sobras que podían rapiñar en el zoco. Desde el momento en el que se conocieron empezaron a cooperar juntos, no sólo se protegían entre ellos, sino que juntos conseguían más sustento. Dormían apiñados en las esquinas, ocultos para que los guardias no los encontraran. Con los años se habían vuelto hábiles, expertos en robar a los distraídos mercaderes. Sin embargo, Haidar era lento. La última paliza que le había propinado Mahir le había dejado tullido de por vida, por lo que mientras sus compañeros se dedicaban a hurtar a los transeúntes él vigilaba los alrededores, por si los guardias aparecían por las calles.

Ilyas se convirtió en el líder en poco tiempo. Aunque ellos no eran los únicos muchachos que vivían en las calles, él había conseguido hacerse temer y respetar por la mayoría de ellos. Era inteligente y cruel. Lo suficiente perspicaz como para percatarse de a quiénes podía robar impunemente y a quienes no; además de usar la inusitada fuerza que había adquirido en los últimos años para atemorizar a los mendigos y ladronzuelos que merodeaban por su zona. Pero, a pesar de todos esos pequeños privilegios, la ley era implacable. Tras escapar Salal, Aidan y él de robar en uno de los puestos más prósperos del zoco, los soldados habían apresado a Haidar, ya que el mercader aseguraba que él era el muchacho que le había robado. El joven se había revuelto, pataleado y chillado a pleno pulmón que él no había hecho nada, que se encontraba en el otro extremo del baluarte cuando eso sucedió. No obstante, sus palabras y súplicas habían sido ignoradas, dejándole como recuerdo la amputación de su mano derecha. La herida había sangrado durante días y, cuando parecía que iba a resultar una lenta pero próspera recuperación, se infectó. A las pocas semanas el muñón se le había necrosado, haciendo que la carne muriese y comenzara a oler a podredumbre. Durante ese tiempo, Haidar había permanecido postrado en un pequeño camastro improvisado en uno de los callejones, ardiendo en fiebre y llamando con voz queda a su madre ante la impasible mirada de Ilyas.

Haidar murió al poco tiempo, hecho que volvió a su hermano aún más cruel. Desde aquel momento abandonaron el zoco y decidieron dedicarse a hurtar en los comercios de extramuros, los cuales apenas contaban con vigilancia. Robar a nómadas y viajeros era mucho más sencillo que aventurarse a desvalijar directamente a los mercaderes. Por tanto, arrebatarle algo a una niña no debía ser complicado. Todo el mundo los ignoraría, centrados más en sus propios intereses que en el bienestar de la pequeña, así funcionaba el mundo, nadie hacía algo por sus semejantes si ello no le producía ningún beneficio. O, al menos, así debería haber sido.

—¿Acaso estáis sordos? —repitió algo más alto—. Que os apartéis de la niña. —Lanzó tentativamente de nuevo la diminuta roca al aire, manteniendo los ojos clavados en ellos—. O si no la próxima se estrellara en tu cara.

María tenía el ceño fruncido mientras observaba la escena que se desarrollaba ante ella. La parsimonia del resto de los transeúntes le resultaba repulsiva; todos demasiado enfrascados en sus propios intereses como para salir en auxilio de la pequeña que permanecía encogida sobre sí misma en el suelo. Altaïr le había impedido actuar en defensa de la mujer a la que habían ejecutado horas antes; pero esta vez no se encontraba ahí para detenerla. Aunque había templado sus nervios, el amargo sabor de la traición y el rencor aún bullía a través de su cuerpo, instándole a proteger fuera como fuese a esa niña. Pudo ver los oscuros ojos del muchacho destilar un profuso odio contra ella, ignorando momentáneamente a la infante que parecía paralizada del miedo.

Los jóvenes se arremolinaron alrededor del cabecilla, preocupados por el golpe que había recibido. La inglesa mostró una sonrisa torcida, satisfecha por haber conseguido que se separaran de la chica, aunque ahora parecía que su objetivo era ella. Salal se giró, observándola con ira contenida.

—¿¡Y a ti qué te importa lo que hagamos, kewad!? —bramó.

Aquel impúdico lenguaje no la sorprendió; los ladrones criados en las calles no destacaban por su educación. Vio como Adnan apoyaba un mano en el hombro de su compañero, como intentando calmarlo.

—¡Cuidado! Podría ser alguien de su familia, imbécil —dijo en voz baja.

—¡Eso es imposible! —exclamó—. ¿Acaso no lo ves? ¡Es un infiel! —Apartó de un empujón a su amigo adelantándose dos pasos, colocándose entre ella e Ilyas, dispuesto a defenderlo si hiciera falta—. Métete en tus malditos asuntos.

María hizo una mueca, fijándose mejor en los jóvenes. Sólo eran niños, al igual que muchos de los supuestos hombres que se habían unido al Temple. Niños que apenas tenían más de quince años; pero que, aun así, eran capaz de cualquier cosa con tal de sobrevivir. Sintió una punzada de lástima por ellos, por su condición. Jamás había tenido que vivir de la caridad de los demás, su vida había estado llena de comodidades hasta que se convirtió en templaria; hasta ese momento jamás supo que era la hambruna o la austeridad. Sin embargo, esos muchachos debían de haberse criado en ella, sin haber tenido ningún tipo de ayuda para salir de su precaria condición. No obstante, aquello no le parecía suficiente justificación para actuar como lo estaban haciendo.

—Esto —puntuó señalándolos—, son mis asuntos —anunció—. Venga, marchaos —ordenó—. No quiero tener que obligaros a hacerlo.

No mentía, no deseaba entrar en una absurda disputa con ellos. ¿Qué ganarían si lo hacían? Lo único que quería era que dejaran en paz a la pequeña, podían irse a robar a algún noble de la ciudad o hurtar algo en alguno de los puestos que estaban ahí, no se lo impediría. Apretó con fuerza la piedra, esperando a que le respondieran, no parecían demasiado dispuestos a acatar su pedido. Pudo ver como el líder de los muchachos movía con cuidado la mano, como si comprobara si el dolor seguía latente en su extremidad, para luego lanzarle una furibunda mirada. La distancia que los separaba no era mayor de ocho pasos, la suficiente como para que con su nefasta puntería hubiera podido atinar de lleno donde quería.

Ilyas apartó a Salal de su camino, dominado por una inusitada ira que recorría su cuerpo. Estaba acostumbrado a huir de soldados y guardias, ellos estaban armados y eran numerosos, enfrentarlos era poco más que una locura. Pero quien le había atacado estaba solo. En circunstancias normales la opción más lógica siempre era la huída; sin embargo, esta vez no sería así. Ellos eran tres, la superioridad numérica les daba ventaja. Además, por su indumentaria no era alguien de la ciudad, sino un viajero más que había parado en aquel lugar seguramente para descansar tras una larga y fatigosa travesía. ¿A quién podía importarle?

María alzó ambas cejas al ver como se aproximaba hasta donde estaba. Reprimió un suspiro de hastío, lo último que deseaba en esos momentos era tener que aleccionar a esos niños. Sin embargo, aunque lo vio acercarse dispuesto a encararla, no vislumbró el puñal que escondía en sus ropas hasta que apenas estuvo a un par de pasos de ella. Soltó la piedra y, de una rápida finta, esquivó la estocada que iba directa a su estómago. Se llevó la mano tentativamente la empuñadura de la espada, dudando si desenvainarla o no. Si lo hacía, serviría para disuadirle de que continuara atacando, ya que enfrentarse con aquel pequeño puñal al afilado acero de su espada era una clara desventaja. Apenas tuvo tiempo para debatir si devolver el ataque o defenderse cuando otro de los muchachos aceleró en paso para placarla.

A pesar de que ellos eran tres, María se había enfrentado a guerreros mucho más experimentados; así que, antes de que impactara contra ella, se desplazó lateralmente dejando la pierna atrás, haciendo que Salal tropezara y se cayera de bruces contra el suelo. La inglesa vio por el rabillo del ojo como Ilyas había alzado el brazo, dispuesto a clavarle el puñal, esta vez en la espalda. Se giró usando la pierna izquierda como apoyo y, adelantando el antebrazo, paró el golpe dejando parada el arma a escasa distancia de su rostro. El joven, que no esperaba que tuviera tales reflejos, pareció sorprenderse de su reacción, y más aún cuando usando la diestra le asió la muñeca doblándosela haciendo que él retorciera su cuerpo.

El puñal se deslizó entre sus dedos, cayendo sobre el terroso suelo mientras Ilyas soltaba una retahíla de maldiciones hacia la inglesa. Alzando la pierna lo alejó de ella, haciendo que se tropezara con su compañero, el cual acababa de estabilizarse. El otro muchacho permanecía alejado de ellos, más prudente que sus camaradas dudando si ser el siguiente en atacar al foráneo. María se agachó, recogiendo el arma del suelo. Era pequeña y ligera, el artefacto perfecto para llevar oculto entre las ropas antes de utilizarlo contra alguien. Lo esgrimió con rapidez, colocándose en una posición defensiva por si, nuevamente, intentaban atacarla entre los tres. Adnan se acercó a los otros, ayudándolos a ponerse en pie, aunque el joven no parecía demasiado convencido en que aquella disputa tuviera mucho sentido.

Ahora estaban desarmados, pero seguían superándola en número. Si atacaban todos a la vez no bastaría sólo con esquivarlos, tendría que, por lo menos, responder a sus ataques para que estuvieran lo suficientemente aturdidos como para volver a hacerlo. Clavó sus claros ojos en la figura de los jóvenes, si su cabecilla estaba armado no podía descartar la posibilidad de que sus compinches también lo estuviera, por lo que tendría que ir con cuidado. Salal se llevó la mano a la espalda, ocultando su diestra a la altura de su cintura, ahí debía de esconder su puñal. María afianzó los pies en el suelo, preparándose para esquivarlo en cualquier momento; sin embargo, el primero en abalanzarse sobre ella esta vez fue Adnan, consiguiendo sorprenderla y sujetarle el brazo. El muchacho era pequeño, pero tenía la fuerza suficiente como para intentar retenerla mientras los otros se acercaban.

La inglesa apenas pensó qué hacer; simplemente actuó. Al verse imposibilitada de utilizar el puñal al tener el brazo fuertemente sujeto, utilizó su puño izquierdo que se estrelló en el estómago del joven, dejándole momentáneamente sin aire. Éste perdió ligeramente el equilibrio, por lo que, adelantando velozmente la pierna, le propinó un golpe en la rodilla. Adnan cayó de bruces contra el suelo, estrellándose de cara contra el árido terreno, al tiempo que María aprovechaba para alejarse de él rodando por el suelo. Nada más incorporarse pudo ver que, al contrario que antes, los jóvenes no habían acudido en auxilio de su compañero, sino que seguían acercándose. Cerró el puño que tenía apoyado en el terreno, agarrando entre sus dedos una cuantiosa cantidad de arena que lanzó contra ellos cuando apenas estaban a dos pasos de ella, cegándoles momentáneamente.

Apoyó los talones contra el suelo, impulsándose hasta Salal, que trataba de eliminar la tierra que le cubría la vista. Adelantó la diestra, produciéndole un profundo corte en el hombro derecho, haciendo que soltara un fuerte alarido antes de que María le callase estrellándole el codo contra la nariz. Le empujó con su hombro, haciendo que chocase contra Ilyas, el cual tenía los ojos enrojecidos, forzándolos a mantenerlos abiertos para poder encarar a la inglesa. No obstante, el brusco choque contra su amigo le hizo parpadear y perder ligeramente el equilibrio, cosa que María aprovechó para propinarle un fuerte puñetazo en la mejilla, haciendo que cayera de espaldas contra el suelo. El joven sintió el férreo sabor de la sangre inundar su boca, al mismo tiempo que notaba un par de dientes fuera de su sitio. Intentó hacer fuerza para levantarse, pero algo que lo impedía.

—Yo que tú me lo pensaría dos veces antes de moverme —advirtió con voz inusitadamente suave.

Sintió algo frío y metálico rozar su cuello, cosa que hizo que sus ojos se abrieran de par en par, ignorando el fuerte ardor que sentía. Aquel infiel se encontraba reteniéndolo contra el suelo, aplastando su pecho con su propio peso mientras apuntaba con el filo del puñal a la palpitante vena que sobresalía de su cuello. Pudo sentir como su corazón se aceleraba, haciendo que su respiración se hiciera irregular y errática. Clavó las uñas en el suelo, siento como el miedo se extendía por cada una de sus extremidades hasta el punto que sus piernas empezaron a temblar.

—Sólo lo repetiré una vez más, ¿me oyes? —dijo agravando la voz todo lo que podía—. Una última vez —anunció—. Marchaos de aquí antes de que cambie de idea, porque —hizo una pausa— la próxima vez que os vea no seré tan indulgente. —Acentuó el acero contra la garganta del muchacho—. ¿Me has entendido?

Ilyas tragó en seco, notando de forma más acentuada el acero aprisionando su garganta. Jamás nadie había conseguido tenerlo tan a su merced como en aquel instante. Él siempre valoraba la situación, la analizaba minuciosamente para ver si había o no peligro real al que enfrentarse. Sin embargo, en esta ocasión había subestimado a su rival, había cometido un error de novato al suponer que vencer a aquel viajero sería algo sencillo debido a la superioridad numérica. ¿Cómo iba a sospechar que sabría luchar? La mayoría de los hombres simplemente se dedicaban a usar sus puños como defensa ante cualquier ataque; pero, a diferencia de ellos, el infiel se movía con soltura en el combate, prediciendo los movimientos que iban a realizar con presteza. Se mordió la lengua, a punto de soltar una maldición por su ignorancia. A pesar de llevar la espada no significaba que supiera usarla, la mayoría de los viajeros iban armados pero apenas sabían mantenerse en pie, debía de haber notado que ese hombre no era como el resto.

Clavó sus ojos en los de él, intentando mostrar una entereza de la que carecía. Su rostro permanecía impasible, mirándolo fijamente con sus claros iris azules manteniendo el arma justo contra su yugular. Aquel infiel no debía ser mayor que él, no muchos eran barbilampiños y su tono de voz era más agudo de lo habitual, además de sus suaves facciones le dotaban de un aire juvenil. Aunque la cicatriz que cruzaba su labio y los moratones que decoraban sus mejillas, las cuales aún no habían tornado a su color sonrosado habitual, le daba un aspecto algo demacrado. Aún con la mirada puesta en él, asintió con lentitud, levantando las manos del suelo en señal de rendición, mostrando de esta forma de que estaba indefenso ante él. Tras aquella acción el viajero se incorporó, dando un par de pasos atrás para asegurarse de que tanto Adnan como Salal no aprovechaban el momento para inmovilizarle. Mantuvo el puñal alzado defensivamente, por si la situación daba un giro inesperado.

—Esto —comentó mientras empuñaba el arma—, me lo quedaré. Para que no se os ocurra usarlo de nuevo contra gente indefensa —aseguró—. Ahora largaos, antes de que me arrepienta.

Ilyas se incorporó sin apartar la mirada de María, la cual seguía observando a los tres jóvenes. Sabía perfectamente que aquella situación se podía torcer con facilidad, que ellos podían ignorar el haber sido derrotados y nuevamente arremeter en su contra; pero, al parecer, no era eso lo que iba a suceder. Adnan se encontraba junto a Salal, que mantenía una mano taponando la herida de su brazo, ayudando a presionar el corte para evitar que sangrase abundantemente. El cabecilla se giró y fue hacia ellos, murmurando algo en voz baja antes de darse la vuelta y dirigirse hacia las puertas de la ciudad. La inglesa permaneció estática, atenta ante cualquier señal que denotara peligro. Sin embargo, tras verlos perderse entre la multitud de curiosos que se habían quedado viendo el singular combate bajó la guardia, alzó la cabeza mientras clavaba sus pérfidos ojos en los viandantes.

Estuvo tentada a alzar la voz, gritarles lo inhumanos que eran al ver tal situación y ser incapaces de hacer frente a aquellos ladronzuelos; pero prefirió morderse la lengua. Su árabe era demasiado gutural, extraño y antinatural para cualquier nativo, y lo último que necesitaba era llamar innecesariamente la atención de más curiosos que empezaban a dispersarse debido a que la pelea había finalizado. Caminó con pasos lentos, acercándose a la encogida figura que seguía acurrucada sobre sí misma observándola con los ojos cargados de miedo, incapaz de levantarse del suelo. Mantenía los labios apretados, luchando contra las lágrimas que corrían por sus mejillas, ensuciándolas debido al polvo que se había acumulado en ellas. Durante un instante, un miserable instante, se vio reflejada en esos claros y diminutos orbes. Una pequeña que era acosada por jóvenes mayor que ella, indefensa ante cualquier peligro mientras luchaba con uñas y dientes por defenderse. Conocía ese miedo, lo entendía perfectamente; sin embargo, también sabía que era pasajero, que el vencerlo traía un beneficio mayor que vivir con él. Se inclinó hacia la niña, haciendo que ésta retrocediera aún atemorizada.

—Tranquila —habló con voz suave, ocultando el timbre femenino que sabía que la habría tranquilizado más que el que usaba ahora—. Ya se han ido, puedes irte. No te seguirán.

La niña la miró con desconfianza, aferrándose con fuerza a la tinaja por la que tanto había luchado. María sonrió, intentando de esta forma tranquilizarla aunque sabía por experiencia lo difícil que era para alguien en aquella peculiar situación confiar en un desconocido. No quería acercarse más; si lo hacía quizás la pequeña rompería en llanto o huiría y no quería que eso sucediera, por lo que se mantuvo de cuclillas, esperando pacientemente a que ella diera el primer paso, ya fuera levantarse o responderle. Se fijó en como giraba la cabeza, clavando sus claros ojos en la dirección por la que se habían marchado los jóvenes, donde ya no había rastro alguno de ellos.

La vio girarse y fijarse en ella, indecisa, mientras mantenía el ceño fruncido. La inglesa sabía que su aspecto no debía de resultar demasiado conciliador para la infante, pero al menos al defenderla había suscitado en ella el beneficio de la duda. La pequeña apoyó una de sus manos en el terreno, intentando mantener el equilibrio mientras sostenía con la diestra la tinaja para evitar que se estrellara contra el suelo. Por su vestimenta estaba claro que no se trataba de alguien que viviera en Damasco. Aunque bastante curtidas, el tejido era grueso y ajado. Estaba deshilachado en los extremos, habiendo sido remendado en diversas ocasiones. No era un ropaje muy lujoso, pero tampoco tenía aspecto de pordiosera. No parecía ser la hija de los cientos de sirvientes que vivían entre los muros de aquella ciudad, ni tampoco el vástago de algún ladronzuelo a la que habían entrenado para robar a los ingenuos transeúntes.

Al haberse puesto la niña en pie, María se irguió, comprobando la sustancial diferencia de altura que las separaba. La inglesa se guardó el puñal en el cinto, manchándose la ropa de pequeñas gotas de sangre al no haber limpiado el filo previamente. Ladeó la cabeza, esperando algún tipo de reacción de la pequeña, que parecía estar meditando seriamente sobre si se trataba de una persona de confianza o era algún tipo de estratagema para robarle su preciado objeto. Vio como ésta la observaba de la cabeza a los pies, manteniendo una expresión inescrutable. Pudo ver como abría la boca, en la cual le faltaban un par de dientes que le habían empezado a salir muy lentamente.

—¿Eres un gentilhomme? —preguntó con un trino agudo y cargado de curiosidad.

María parpadeó, pues no estaba preparada para aquella pregunta. La niña estaba hablando en un árabe bastante fluido, pero aquella palabra, esa anormal y ambigua palabra pronunciada en un burdo francés era algo que no se esperaba. Intentó no mostrar la sorpresa inicial que le provocaba esa cuestión y se dispuso a responder.

—¿Por qué crees que lo soy? —comentó.

Baba dice que los gentilhomme son hombres que protegen a los desvalidos y débiles —contestó—. Y nos cuenta historias sobre ellos —añadió—. ¿Tú también lo eres?

Una sonrisa cansada acudió al rostro de la inglesa. Había soñado durante muchos años con alcanzar ese rango, con poder medirse de igual a igual con el resto de hombres que rodeaba de Robert durante el tiempo que estuvo en el Temple. Y casi lo había conseguido. Si hubiera matado a Altaïr en Jerusalén su ascenso habría estado asegurado, su sueño se habría cumplido, consiguiendo llegar a ser aquello que muchos pregonaban que jamás podría ser. Pero el destino había jugado en su contra, convirtiéndola en una simple mercenaria que vendía su espada a quien estuviera dispuesto a llevarla más allá de aquella yerma y exenta tierra bañada de sangre. Pero aquella niña, esa pequeña que la observaba ahora con ojos cargados de ilusión y curiosidad, no sabía los pormenores de su vida; tampoco los entendería si se los explicase. Por lo que prefirió darle una respuesta sencilla a su ambigua pregunta.

—Lo fui hace tiempo.

—¡No se puede dejar de ser gentilhomme! —bramó la infante contrariada—. Los gentilhomme lo son por siempre y allí donde estén siempre salvan a las personas buenas de las malas.

Aquel era un razonamiento propio de un niño cuya mente estaba cargada de historias de valor, astucia y galantería. Un quimérico mundo romántico donde los hombres gallardos siempre hacían lo correcto y nunca dejaban que los villanos se salieran con sus oscuras intenciones. Cuando María tenía su edad también le gustaban dichas historias, por eso deseaba ser uno de esos héroes cuyas aventuras jamás tenían fin.

—Quizás tengas razón —dijo condescendientemente—. Ahora deberías volver con tu familia o se preocuparán.

Al decir aquello la niña dio un pequeño respingo. Su rostro se puso rojo, aunque la inglesa no supo bien el porqué, y la oyó balbucear algo en voz baja antes de salir corriendo y atravesar la espesura del oasis escurriéndose entre los matorrales. Ante su inusual reacción solamente pudo soltar una queda sonrisa. Había mucha diferencia entre salvar a una mujer de una muerte inminente a enfrentarse a unos ladronzuelos para proteger a una inocente niña. Pero, aún así, pudo notar como la congoja que la había acompañado desde que ocurrió aquello disminuía.


Caminó con lentitud a través del estrecho puente que separaba en dos la ciudad. Ahí podía verse una sinuosa fila de mujeres cargando ánforas rebosantes de agua que subían de la vera del río a través de una empinada escalera. Damasco era una urbe amplia y próspera no sólo debido al comercio, sino también gracias a las riveras y los extensos campos de cultivos que rodeaban el oasis. El agua era un bien preciado en aquella tierra, por lo que, al abundar, todo el mundo estaba dispuesto a aprovecharse de ese preciado don; por ello, había innumerables pozos y fuentes en las principales calles de la metrópoli. Algunas casas incluso poseían su propio suministro, provistos de alcantarillado interno donde el agua discurría hasta llegar hasta los que pequeños veneros a los que proveían.

Sin embargo, la mayoría de la gente que vivía en la ciudad debía de ir a los espacios públicos a abastecerse, y muchas familias que habitaban cerca del río preferían recogerla directamente de ahí. El Asesino continuó su recorrido hasta llegar a un verde y fructífero lugar que proporcionaba una amplia sombra a los cansados viandantes. Se trataba de una zona de extensos jardines, rodeados de palmeras, jazmines y viejos almendros cuyas ramas crecían torcidas y curvadas. Desde ahí se podía sentir la fresca brisa que predecía a las lluvias en otoño, pudiendo observar, a lo lejos, los altos minaretes de la mezquita alzarse poderosos sobre la silueta de la ciudad. Se hallaba en la zona más próspera de Damasco; ahí se encontraba la ciudadela del sultán, un lugar ampliamente fortificado y vigilado donde pocas veces había tenido que investigar. Cerró los ojos, dejándose llevar por la aparente tranquilidad que lo rodeaba; las voces de los mercaderes que se escuchaban por toda la urbe sólo era un incómodo susurro en la lejanía, oculto a la perfección por el trino de las aves que reposaban en lo alto de los árboles. No obstante, una gruesa y profunda voz rompió la quimérica sensación de paz que lo había rodeado durante unos instantes, haciendo que, súbitamente, se girara a observar al heraldo que se encontraba subido en una improvisada tarima.

Aquel individuo era su objetivo, o al menos se hallaba justamente donde Imam había señalado que pregonaban los que seguían divulgando las enseñanzas de Jubair. Caminó despacio, intentando no llamar la atención del sujeto, el cual estaba recitando unos salmos del Corán para aclarar su voz antes de comenzar su discurso. Sólo un par de curiosos parecían estar dispuestos a escuchar lo que iba a decir, mientras que el resto de personas lo ignoraban o simplemente hacían una mueca de disgusto antes de volver a sus quehaceres. Altaïr se dejó caer en una frondosa palmera, esperando pacientemente a que el hombre comenzase a hablar.

—Ya han pasado tres meses desde que nuestro hermano, Jubair al-Hakim, El Iluminado, fue asesinado —dijo—. Sin embargo, a pesar del caos que generó su muerte sus enseñanzas no se han perdido ni han quedado en el olvido —prosiguió—; éstas viven a través de sus seguidores, en las palabras que se trasmiten de unos a otros. Ahí yace toda la verdad, no en las mentiras de las que hablan los libros, los cuales rigen nuestra vida desde hace siglos. —El heraldo tragó saliva, intentando recuperar el aliento para mantener el ritmo en el discurso—. ¿Qué sabemos de aquellos que los escribieron? ¿Por qué seguimos palabras de falsos agoreros como si hubiera sido dicho por el mismísimo Al-lāh?

El Asesino podía recordar con demasiada facilidad el olor a pergamino quemado, el humo inundando cada rincón de la ciudad mientras las piras ardían en base al conocimiento y el saber del que llevaban años nutriéndose las personas que los habían atesorado. Tras la muerte de Jubair sus eruditos se habían esfumado, escondiéndose en los callejones, huyendo como ratas para evitar ser los siguientes en caer; pero habían vuelto. Y con ellos nuevamente aquellas ideas que tildaban de ponzoñosas cualquier enseñanza que estuviera plasmada en papel.

—Acudimos a los escritos en busca de respuestas y salvación, confiando en ellos antes que en nuestro propio juicio —continuó—. Nos limitamos a aceptar lo que dicen, sin siquiera pensar con qué propósito fueron puestas ahí o si hay veracidad en ellas; somos como ovejas guiadas por un pastor ciego y sordo que no ponemos objeciones a sus nefastas órdenes. —Altaïr se fijó en los oyentes, un par de éstos comenzaron a hablar en voz baja, asintiendo al oír aquellas palabras—. Y, ¿qué podemos hacer nosotros contra ellas? ¿Cómo podemos salir del efecto que provocan esas falsas verdades en nuestras vidas? Yo os lo diré —pregonó—, quemad todo pergamino o libro que tengáis, eliminad el influjo que os convierte en ovejas.

Aquella última frase había sido pronunciada con más pasión y fuerza que las demás, con tal convicción que incitaría a todo el que confiase mínimamente en esas palabras a destruir todo lo que promoviera el conocimiento. Por suerte, esta vez sólo le habían escuchado un par de personas, pocas para empezar una revuelta pero las suficientes para que la idea pudiera ser trasmitidas de unos a otros. Vio como el orador se retiraba, aproximándose con lentitud hasta uno de los callejones adyacentes al jardín. Altaïr permaneció atento, esperando a que se introdujera totalmente en el angosto camino antes de seguirle.

Las callejuelas eran estrechas y sinuosas, no muchos viandantes optaban por usarlas al estar plagadas de mendigos y alimañas; ellos preferían los espacios abiertos, las amplias calles donde se podía caminar con libertad. Sin embargo, en algunos casos, la prisa ameritaba a algunos a usarlos pues, al no ser demasiado transitados, llegaban antes a su destino.

«Pon obstáculos entre tu presa y tú —recordó—. Que nunca te encuentren al mirar atrás».

Aún podía oír resonar en su cabeza las palabras del anciano instructor que le había enseñado a pasar desapercibido entre la multitud. Cuando tenía un objetivo que seguir lo más importante era el sigilo, que no notara su presencia hasta que fuera tarde. No únicamente servía para seguir a posibles informadores, sino también para cometer un asesinato sin ser detectado; lo cual era indispensable para realizar aquel trabajo. No obstante, no siempre se podía optar por esa vía. En ocasiones la forma más rápida y eficaz era matar al objetivo aún cuando éste te hubiera descubierto, al igual que ocurrió en el zoco de Acre cuando mató a Eudes. Pero, en el caso de los oradores, no se podía recurrir a aquel ardid, él necesitaba información y no podía acabar con el heraldo antes de que éste hablase.

El Asesino comenzó a seguir a su objetivo, manteniéndose lo suficientemente alejado para pasar por otro ajetreado viandante que intentaba atajar a través de aquella vía. Avanzó con sigilo, intentando no pisar los restos de madera podrida que crujían bajo los pies de su objetivo para evitar que supiera cuan cerca estaba de él. Debía de reducirle antes de que estuviera en un espacio abierto, si había demasiadas personas a su alrededor alguna avisaría a los guardias y eso era algo que debía evitar. Aceleró el paso al ver que el heraldo volteaba la mirada al esquivar una rata en un avanzado estado de descomposición, le vio hacer una mueca de disgusto pero el sarraceno no se detuvo. Pudo ver como los labios de él se despegaban, seguramente para lanzarle alguna advertencia que no llegó a pronunciar; pues, antes de que pudiera hablar, estrelló el puño contra su rostro haciendo que, por inercia, el hombre se estrellara contra una de las paredes de adobe.

Altaïr tenía demasiada experiencia en este tipo de incursiones, si dejaba que el orador se recuperara de aquel sorpresivo golpe se revolvería en su contra con una ferocidad inusitada para un hombre de su tamaño. Por ello, antes de que se pudiera estabilizar, lo cogió por los hombros, lanzándolo hacia el interior del callejón para evitar de esta forma cualquier posibilidad de huir. El orador alzó la vista, al tiempo que escupía restos de sangre contra el suelo. El Asesino frunció el ceño, sabiendo perfectamente que no debía de fiarse de aquel aspecto desvalido pues, tras él, se hallaba un feroz oponente. Dio un par de pasos hasta él; sin embargo, su objetivo se apoyó sobre sus talones y se lanzó contra él, estrellándolo contra el suelo al tiempo de que se quedaba sin aire debido a la embestida. El sarraceno alzó las piernas, impulsando con las caderas el cuerpo de su oponente hacia un lado mientras le daba dos potentes puñetazos bajo el abdomen, los cuales le hicieron resollar.

Aprovechando que el orador intentaba recuperar el aliento se levantó del arenoso terreno y le propinó un rodillazo en la mejilla, arrojándolo contra un grupo de destartaladas cajas que descansaban junto a la puerta trasera de un comercio. El hombre parecía desorientado, los músculos le temblaban y aunque intentaba ponerse en pie parecía no mantener bien el equilibrio. El Asesino se acercó, acorralándolo contra la pared al tiempo que le colocaba el acero de su hoja oculta contra el cuello, consiguiendo que el heraldo soltara un agudo chillido, parecido al chirrido que producían las ratas al verse acorraladas.

—Creí que habíamos enviado un mensaje bastante efectivo cuando Jubair murió —dijo con lentitud—. Pero parece que no os lo tomasteis lo suficientemente en serio.

Pudo ver como la boca del hombre se abría y cerraba, que su rostro se volvía pálido y los rojizos dientes comenzaban a castañetear. Con aquella simple declaración había dado a entender que pertenecía a los Asesinos, pues todo el mundo sabía que habían sido ellos quienes habían acabado con la vida del Jefe de Eruditos de Damasco.

—Yo… yo sólo digo lo que me ordenan —comentó lastimosamente—. Me pagan por ello, sólo es un trabajo —pronunció algo más bajo—; no hago nada más.

—Para no ser más que un trabajo parece que crees bastante en las palabras que pregonas —siseó.

—¡No, no! —gimió—. Yo no soy como ellos —expuso—, ellos niegan cualquier tipo de conocimiento, ¡incluso las palabras del Corán! ¡Yo nunca cometería tal herejía! —constató.

Altaïr se le quedó mirando fijamente, acentuando aún más el acero contra su cuello.

—Has dicho ellos —repitió—, ¿quiénes son?

—¡No lo sé! —bramó revolviéndose para evitar que la hoja se hundiera en su carne.

—Respuesta equivocada.

—¡Es la verdad! —exclamó—. ¡No sé quiénes son! ¡No sé sus nombres! Sólo sé… sólo se… —intentó continuar, pero la saliva se le estaba comenzando a acumular en la boca y eso le impedía hablar.

El Asesino aflojó un poco el agarre, manteniéndole aún agarrado con firmeza imposibilitándole la huída.

—¿Sólo sabes qué? —preguntó inquisitoriamente.

—Sé donde se reúnen —habló—. Por las tardes van a la madraza, no a la que iban con Jubair —puntuó—. Otra más pequeña y humilde, cerca del zoco de al-Silaah. Van después del último rezo de la tarde, eso es todo lo que sé. —El sarraceno le miró a los ojos, pequeños y dilatados, tan brillantes que parecía a punto de llorar—. Por favor, no me mates —suplicó.

Altaïr había oído aquellas palabras en innumerables ocasiones, tantas que habían perdido el significado para él. Si dejaba que se fuera con vida, ¿quién le aseguraría que no daría la voz de alarma? ¿Cómo podría asegurar el bienestar de los compañeros que se inmiscuyeran en la misión de había dejado un cabo suelto? Al principio le parecía algo despiadado matar solamente al mensajero, hasta que Al Mualim le hizo entender que no hacerlo ponía en peligro a la propia Hermandad y eso era algo que no podía permitir. Apretó ligeramente la hoja contra el cuello, un rápido movimiento y todo terminaría: limpio y fácil.

«No eres de los que predican con el ejemplo».

Aquellas palabras tan lejanas y borrosas acudieron a su mente. La suave voz de la inglesa mientras le miraba directamente con una irónica sonrisa en los labios, como si saborease una dulce victoria al decir eso.

«No creo que ellos supieran a qué fin servían verdaderamente. Creían hacer lo correcto pero aún así los mataste —recordó—. Sus muertes no están justificadas, pero aún eran necesarias para tus planes».

¿Acaso no había él mismo cuestionado esas palabras cuando las pronunció? ¿No había pensado que lo que decía ella era correcto? Al Mualim le había inculcado muchas cosas que ahora él mismo se cuestionaba, los métodos que utilizaban, las doctrinas que enseñaban... ¿Quién no le decía que eso también era un error? ¿Qué matar al mensajero a pesar de poner la misión en peligro era infligir el Credo? Aunque aquel hombre estuviera sirviendo a la causa equivocada para él solo era eso, un trabajo que debía de hacer. Soltó con lentitud el agarre, dejando que el heraldo se estabilizara el mismo mientras apretaba las manos contra la pared.

—Largo —dijo el Asesino sintiendo un agridulce sabor en su boca.

El heraldo parpadeó, claramente confuso por la reacción del sarraceno tras haber estado a punto de hincar el acero en su carne.

—¿Me… me dejas ir?

—Hazlo antes de que me arrepienta —espetó—. Pero —continuó—, si yo o alguno de los míos te vuelve a ver pregonar por las calles de Damasco no seré tan benevolente —advirtió.

El hombre asintió fervientemente mientras musitaba en voz baja quedas palabras de agradecimiento al tiempo que salía corriendo a través de la callejuela. Altaïr se le quedó mirando, aún sintiendo la duda sobre si lo que había hecho era o no correcto. Siempre pensó que los fundamentos que Al Mualim le había enseñando a lo largo de los años eran algo inamovible y correcto. Que eran acciones lógicas que traerían la paz a Tierra Santa. No podía dudar de la efectividad de dichos métodos, pues si habían funcionado durante generaciones debía ser porque garantizaban el cumplimiento de la misión. Sin embargo, ¿esa era la única vía para alcanzar la paz? ¿Acaso no existían otros métodos para acabar con los que sumían a esa tierra en la desgracia que la muerte de cientos de individuos para finiquitar a uno sólo? Era un desperdicio de vidas humanas, de inocentes que sólo cumplían su deber.

Aquello tenía que cambiar. No podían defender la libertad de las personas si para ello debían de sesgar la vida de un millar para asegurar el bienestar de los demás. Eso era lo que pretendían los Templarios, no lo Asesinos. Una esquiva y lacónica sonrisa se posó en sus labios, teniendo que constatar por segunda vez en el día que ella quien tenía razón y que él había errado.

Continuará…

Sí, lo sé. ¿Y para esto te has tirado tres meses escribiendo? ¿Para dos peleas y poco más? Pues sí, porque las escenas de acción son muy jodidas de escribir y quería hacerlas bien. Y vosotras me diréis, pero ¿esto qué diablos aporta a la trama? Pues aporta, de verdad, aporta y bastante, la parte de María podríamos hablar de su redención por no haber ayudado a la mujer y Altaïr empieza a dudar sobre las enseñanzas de la Hermandad y se plantea que debe haber un cambio. Obviamente dicho cambio no puede producirse de la noche a la mañana pero al menos ya está pensando que debe haberlo, algo es algo. Ahora, incisos, kewad es algo así como gilipollas en árabe, si alguien me corrige por favor si está mal lo agradecería y gentilhomme es caballero, porque el término es francés y obviamente lo pongo en francés.

En fin, mil gracias a todos los que habéis sido pacientes y no me habéis dejado de lado. Os juro que esta historia no va a entrar en parón y pienso terminarla, así que no desesperéis, que si no actualizo es por fuerzas mayores a mí. Me alegra mucho ver tantas visitas y reviews en este capítulo, os responderé tan pronto como pueda por MP.

Patty Sparda, María es muy lanzada, muy pasional en el sentido de que debe hacer lo que cree correcto y lucha contra la injustica cuando puede. Me hace muy feliz ver que relees tanto mi historia, aunque no creo que tenga tantas cosillas para hacerlo. ¡Nunca dejaré de actualizar hasta terminar el fic, tranquila! Que esta historia no se va a quedar sin un final.

Paola, no deberías envidiar mi narrativa, aún me queda mucho que pulir. Si fuera tan excepcional no necesitaría una beta que me ayudase con algunas comas y punto y comas, que son una pesadilla. Sobre referencias y sobre lo que investigo son muchas horas mirando páginas, al final acabas en los sitios donde menos te lo esperas, la verdad y aprendes cosas que no creerías posible. La cosa siempre es tener ganas de hacer tu historia una gran historia. Espero que te haya gustado el capítulo.

De verdad, muchísimas gracias por la paciencia que me habéis tenido y espero no tardar tantísimo en actualizar el próximo capítulo. Muchas gracias a todos los que me habéis leído desde: España, Argentina, Chile, México, Venezuela, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Canadá, Brasil, Costa Rica, Nicaragua y China. Un besazo a todos. Nos vemos a la próxima actualización.