Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...
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Fantasy Fiction Estudios
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Proyecto Idavollr 2017 - 2018
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IDAVOLLR
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La guerra de los hijos del vacío
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Valhalla
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V
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Jamás volveremos a ser las espadas de esos malditos opresores. Odín, hermano, piénsalo, ¡seríamos dioses en nuestro propio universo!
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—Pase lo que pase, prometamos que volveremos a vernos aquí —dijo Ranma a sus amigos.
Rashell sonrió a medias, en una mezcla de ironía y su acostumbrado oscuro humor. Méril, un poco más inseguro, miró su mano abriendo y cerrando lentamente los dedos, para finalmente empuñar la mano y asentir.
Los tres estaban solos en el nuevo cuartel de los Dragones Rojos en Noatum, todavía en ruinas y a medio limpiar.
—¿Estás seguro de llevarla, Ranma? —preguntó Rashell.
—No es como si hubiera elegido hacerlo —respondió el joven de Nerima, rascándose la cabeza en un gesto de ansiedad—. Akane es demasiado terca, no me despega los ojos de encima como si sospechara que fuera a escaparme o algo. Incluso ahora puedo percibir su espíritu vigilándome, haciéndome imposible incluso esconder mi presencia de ella.
—¡Geez! Ahora que lo dices también puedo percibirlo —dijo Rashell, alzando el mentón como si se estuviera concentrando un momento, antes de poder reconocer las distintas fuerzas mágicas que repletaban la ciudad—, tu prometida está mejorando cada día, nunca esperé ver a una nueva señora de la magia y menos que fuera apenas una niña, lo digo sin la intención de ofender, amigo.
—No lo haces, está bien. A mí también me tiene confundido toda esta situación…
—Lo dice el renacido hijo de Njörd, mitad mortal y ser abisal —dijo Méril sonriente—. Creo que Akane lo tiene más difícil que tú, Ranma, si se trata de entender al otro.
Ranma gruñó, cerró los ojos y apoyó las manos en la cintura. No podía responder a eso.
—También es astuta —agregó Rashell—, con lo tonto que eres me sorprende que todavía no se te haya escapado algo de lo que planeamos hacer… ¡Geez!
Rashell detuvo con la palma de la mano el puñetazo que le lanzó Ranma, ambos se miraron y terminaron sonriendo a medias.
—Vuelve a insinuarlo y veremos quién es el tonto, amigo.
—No se puede negar que Ranma es demasiado evidente —dijo Méril también sonriendo—, Akane debe sospechar que planeas algo y por eso no te saca los ojos de encima.
—Por eso es que tendré que llevarla, después de todo por mucho que me moleste reconocerlo ella tiene razón. Maldición, ella quiere luchar y es tan capaz como cualquiera, sino la mejor cuando se trata de hechizos.
—Y ya te salvó el trasero una vez —dijo Rashell.
—Si queremos sobrevivir debemos dar lo mejor de nosotros —acotó Méril—, aunque eso implique poner en riesgo a los que amamos.
—No quiero…
—Ninguno de nosotros quiere, Ranma —dijo Rashell, ahora con seriedad—, pero si deseamos ganarle esta mano al destino, tendremos que apostarlo todo por el todo. No es hora de ser sobreprotectores y celosos, tampoco cobardes, menos egoístas y orgullosos, pues está en juego el futuro. Siento que tendrás que involucrarla en esto, también siento que Prisma tenga que participar —agregó mirando a su pequeño amigo—, no sé cómo lo llevas tan bien.
—Ni yo —acotó Ranma—, todavía no quiero aceptar del todo que tendré que llevar a Akane conmigo, otra vez a ese maldito lugar…
—Ninguno de los tres puede hacerlo solo —intervino Rashell—, deja ya de luchar con eso.
—¡Lo sé, lo sé! —gruñó Ranma mostrando los dientes—. Pero para ti es más fácil, eres un depravado sin corazón…
—Pervertido, dios oscuro, asesino —agregó Méril a las palabras de Ranma—, manipulador, mentiroso y conspirador señor de la muerte.
—Y de seguro que no te importa poner en peligro a Nabiki al llevarla contigo —continuó Ranma.
—¡Geez! ¡¿Qué quieren decir con eso?! —reclamó Rashell indignado—. ¿Les he dado motivos para que crean eso de mí?... Sí, está bien, quizás una o dos cosas, pero querer destruir el universo…
—Tres universos en realidad —lo corrigió Méril.
—… Detalles, ¡detalles! ¡Geez! Como decía, haber tenido algunos pequeños e insignificantes errores no quiere decir que yo sea un ser despiadado.
—Lo eres —respondieron Ranma y Méril al unísono.
—Ya, basta, ¿desde cuándo soy yo la burla del grupo? —se quejó Rashell encogiéndose de hombros—. Se supone que es a Ranma al que siempre molestamos.
Los tres rieron, relajándose un poco de la tensión que sus jóvenes pero eternos corazones soportaban en ese momento. Entonces suspiraron dejando caer los hombros. Envueltos en el silencio del ruinoso salón se miraron y empuñaron las manos, juntándolas en el centro.
—Es una promesa —reafirmó Ranma.
—Las protegeremos —dijo Méril.
—Y a todo el universo con ellas —concluyó Rashell—, pero las necesitamos. Saben tan bien como yo que estamos fuera de la línea de existencia de este universo, no solo Ranma, los tres fuimos exiliados y cortamos nuestros lazos con la creación de una u otra manera, es la única forma en que podamos llevar a cabo nuestra lucha en contra de los hijos del vacío en iguales términos. Por eso deben ser seres de esta creación los que deban involucrarse y alterar el curso de la historia. Nosotros solo las podemos ayudar. Porque, finalmente, fuimos nosotros con nuestros sentimientos quienes las escogimos e involucramos en esto. El destino se encargó de prepararlas a nuestras espaldas como el sacrificio definitivo de su trágica obra.
—Es nuestra misión llevarlas a que lo enfrenten —dijo Méril, con el corazón oprimido al pensar en Prisma y lo que pudiera sufrir por tener que acompañarlo.
—Y será nuestro trabajo hacer que el destino no se cumpla con ellas, ni con nadie —Ranma sonrió, no de alegría o satisfacción, sino con agresividad como para ocultar el miedo que hacía temblar sus piernas al imaginar a Akane en peligro, y recordar las historias que ella vivió en su ausencia, haciéndolo sentir culpable e inútil por haber estado ella en peligro sin haber hecho nada para ayudarla—. Nos encargaremos de esos malditos hijos del vacío.
—Mientras ellas liderarán la salvación de los seres de esta creación —dijo Rashell queriendo creer en el futuro tanto como sus amigos.
Ninguno de los exiliados del destino compartía el entusiasmo que sus compañeras, en ese momento y en otros puntos de la ciudad, expresaban por embarcarse en aquellas peligrosas aventuras junto con ellos. Pero tal como les explicó Heid, según las reglas del metauniverso solo seres de la creación podían alterar el curso de sus universos, mientras que ellos ya no parecían tener lazos ni influencia. Su trabajo sería otro.
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—¡Lo destruirás todo, detente! —clamó Méril—… Es demasiada energía abisal.
La gran esfera de energía oscura y relámpagos rojizos comenzó a emitir poderosas ondas que barrieron el cielo y provocaron pequeños golpes en todos los edificios de la capital en ruinas de Valhalla, provocando pequeños derrumbes y un constante temblor. La criatura no escuchó los ruegos del joven señor de Gimle, la mano que tenía extendida con la palma hacia arriba la giró apuntando al suelo. Entonces la enorme masa de antimateria y energía comenzó a descender.
Méril apuntó con el arco y reuniendo toda su fuerza espiritual en la flecha disparó. La flecha chocó contra la esfera liberando otra intensa serie de ondas de luz y oscuridad, el suelo tembló con más fuerza, pero al final la flecha fue absorbida por esa materia similar a un agujero negro que siguió descendiendo.
—No, ¡no! —gimió Méril—, ¡no te dejaré!
Sin medir sus fuerzas el joven Llewelyn disparó rápidamente una flecha de luz tras otra, con tanta energía que cada disparo barría con poderosa ventisca el suelo que lo rodeaba hasta levantar los escombros. No se detuvo al cansancio ni al dolor de su alma por desgarrarla con tal exigencia. Las flechas tronaron en el cielo, impactando a la esfera en distintos puntos, provocando más despliegues de poderosas ondas, pero apenas si conseguían alentar el descenso de la esfera oscura. La risa artificial de la criatura lo humillaba, parecía disfrutar en su quebrada existencia del vacío la destrucción que iba a provocar, o quizás se relamía en su interior saboreando desde ya la energía creadora de todos los sobrevivientes del Valhalla a los que iba a devorar. Sin boca, su espíritu hizo un sonido que sacudió el corazón de Méril, como si tronara los dientes.
—Gugnir es mía… Valhalla es mía… ¡Todo me pertenece! —proclamaba la voz espectral del ser, que no dejaba de empuñar con fuerza a Gugnir con la otra mano, poniendo un pie sobre el torso mutilado del cadáver de Thor, aplastándolo hasta hundir sus garras como de metal en la malla y piel al pararse con más fuerza. Su mano tembló como si resintiera la fuerza que aplicaba para ejecutar su ataque abisal—. Yo soy… el único rey… de Valhalla… ¡Yo soy Odín! ¡Odín! ¡Odín! ¡Odín…!
Méril sintió un escalofrío al comprender en la locura de ese ser quebrado ser que, de alguna manera, era el alma de Odín que había regresado del abismo convertido en eso, otro hijo del vacío pero más poderoso de los que había conocido antes. Pareciera ser que la codicia del original Odín se había manifestado como un rasgo en esa nueva encarnación del vacío, convirtiendo su hambre en algo palpable, en esa energía oscura que amenazaba con devorarlo todo, como una vez el rey de los aesirs se alimentó de la gloria y el poder de todas las razas de Asgard.
—No te dejaré, ¡no te dejaré! —Méril siguió disparando una flecha tras otra, cada vez más fuerte, sus dedos sangraban en su arco de luz y su ropa y cabellos no paraban de agitarse con la fuerza de cada disparo que estaba barriendo con las ruinas que lo rodeaban—. ¡No te dejaré!
—¡Mío, todo es mío!... ¡Asgard es mío! —rugió la criatura con una voz ronca que se sobrepuso al coro de voces espectrales que acompañaba cada una de sus palabras. Como si a cada segundo la conciencia de ese ser estuviera madurando o despertando, recordando mejor quién era—. Soy Odín… ¡Ya lo recuerdo, soy Odín y todo me pertenece! ¡Tú me perteneces! Este universo me pertenece…
Entonces una gran explosión azulada impactó la base de la esfera oscura desde otro ángulo. Tan intensa que al juntarse con las flechas de Méril provocaron que la esfera se alentara un poco más.
—¿Quién…? —Méril disparó una flecha más y buscó a la distancia de dónde provino el hechizo—. ¡Prisma!
La joven Prisma, la menor de las nietas de Amatista, se encontraba de pie en el extremo más alto de un edificio inclinado, con las hermosas alas cristalinas extendidas y su cuerpo envuelto en aros rúnicos. Sus manos resplandecían una energía que ella en el pasado, siempre la más tímida, nunca mostró. Sus ojos ya no eran temerosos o recatados, sino que miraba de frente al peligro en el cielo no temiendo a las poderosas ondas de energía oscura que hacían vibrar todo en la ciudad. Apuntó otra vez con sus manos juntas hacia la esfera.
—¡Méril, podemos detenerla! —gritó Prisma, uniendo su corazón al de su novio inmortal.
—Prisma, no, debes salir de aquí —gimió Méril—, ¡es demasiado…!
—¡Deja de hablar y dispara! —ordenó Prisma con premura, contradiciendo su habitual actitud más sumisa hacia Méril—. ¡Dispara!
—¡S-Sí! —respondió Méril, concentrándose otra vez en la esfera.
Rugió haciendo aparecer de a tres flechas de luz a la vez en la cuerda de energía, que disparó salpicando la sangre de sus dedos.
—¡Rayo de cristal! —invocó Prisma e invocó al momento una serie de anillos rúnicos delante de sus manos, más grande que todo su cuerpo y que se expandieron y desaparecieron al momento que un poderoso rayo cristalino los cruzó.
El hechizo de Prisma chocó junto con las flechas de Méril sobre la esfera de energía abisal.
—No es suficiente… —lamentó Méril, sin rendirse ni dejar de disparar—. El odio y la ambición de Odín supera nuestra existencia, ¡milenios de codicia le han dado un deseo voraz por consumirlo todo!
—¡No te rindas, Méril! —proclamó Prisma, sin dejar de conjurar un hechizo tras otro. Si bien su alma se alimentaba de la energía de Noatum, a través de su contacto con Méril, su cuerpo temblaba resintiendo ser el vial de tanto poder y cada hechizo hacia doler su corazón—. No te rindas… no… ¡Rayo de cristal!
El ser oscuro que fue creado de los fragmentos del alma de Odín, devorada por el vacío durante la última gran guerra de Asgard, también tembló. Las garras en que terminaban sus pies se hundieron con más fuerza en el suelo y en la carne de Thor, su mano que extendida controlaba el ataque abisal, temblaba y se envolvía en un vapor como si se estuviera quemando. Ya no hablaba ni celebraba, sino solo gruñía y se quejaba, amenazaba en murmullos llenos de odio, porque toda su hambre parecía estar siendo retenida por esos dos.
Más explosiones y destellos chocaron contra la esfera de oscuridad sorprendiendo a Méril.
—¿Cómo? ¿Quiénes?
Sobre las ruinas se alzaron las sombras de casi mil almas. Hadas lanzando hechizos, elfos disparando flechas con puntas de cristal en las que ponían todo su valor y fe, enanos improvisando monstruosos mecanismos con balistas, enormes arpones con flechas de cristal, pero que eran más fuertes por sus deseos de existir que por el material con que fueron creadas. Todos los disparos, hechizos y misiles de cristal chocaron contra la esfera del hambre de Odín. Las ondas que generaban cada impacto en la superficie de la esfera se multiplicaron y resonaron produciendo un misterioso tañido, uno tras otro, uno sobre otro, hasta volverse un coro ensordecedor.
—¡No, es mío! —gimió el ser del vacío en un coro espectral, con una voz que pareció hablar directamente a los corazones de los sobrevivientes hiriéndolos de miedo e inseguridad—. Asgard es mío, sus almas son mías, ¡todo es mío! ¡Me pertenecen!
Los ataques contra la esfera se debilitaron, la presencia del vacío comenzó a sentirse en todo el Valhalla oscureciendo la poca luz del día. El tronco de Yggdrasil se inclinó todavía y su corteza comenzó a agujerearse, a estallar y liberar como si fueran nuevas chimeneas más de ese vapor grisáceo que ascendía hasta el cielo arremolinándose sobre sus cabezas.
—¡Seres de Gimle, no se rindan! —Prisma alzó la voz y su cuerpo parecía resplandecer con luz propia. Algo que sorprendió incluso a Méril. La voz del hada, suave y cristalina, se hizo escuchar mágicamente a través del espíritu de la doncella que se unió al del resto—. Somos hijas e hijos de la creación y este siempre fue nuestro hogar. Si no pudimos defenderlo cuando nuestro padre Gimle estaba vivo, ¡ahora es nuestro deber vengarlo y rechazar la codicia de los invasores aesirs!
—Prisma… —susurró Méril.
Repentinamente el hijo de Ull pudo percibir como el espíritu de todos los allí reunidos se alzó, y no por beber más de la fuente de Noatum que corría a través de su alma divina, sino que realmente eran las almas que confiaban y amaban más que nunca, elevando sus existencias por encima del hambre y la ambición del desaparecido Odín. Antes los había percibido como almas atemorizadas, pequeños destellos de vida a punto de extinguirse, miedosos de vivir en una era sin mañana. Ahora era todo lo contrario, porque las palabras de Prisma y lo que habían conseguido hoy, crearon en sus almas una llama propia. Ellos no solo vivían sino que ahora creían en sus futuros y los deseaban tanto o más que el hambre del ginnugagap. Él quiso salvarlos y resultó que ellos eran los que estaban dándole un ejemplo de fuerza y fe en sus existencias.
—¡Luchemos, hijos de Gimle! —gritó Méril una poderosa orden que también resonó en todas las almas—. ¡Llegó la hora de liberarnos de la esclavitud del destino!
Recordó toda su patética existencia, desde vivir el abuso de su padre adoptivo y el asesinato de su madre adoptiva, luego los crímenes que cometió en Midgard y su muerte. Recordó las cientos de aventuras y penurias que pasó como un einjergar en Asgard. Luego recordó también el enfrentamiento que tuvo con Ull, su auténtico padre, y haberle provocado la muerte. Tantos crímenes que lo hicieron odiarse a sí mismo y desear jamás haber nacido. Esas dudas, esos dolores, esa actitud hacia su propio destino desechándose a sí mismo por sus horrendos pecados lo debilitaba ante la presencia del vacío, de la que ya se sentía parte. Ahora comprendió que no debía ceder más a esa oscuridad.
Prisma brillaba como su faro en las tinieblas, la voz de una fe ciega y pura, ingenua y hermosa, que depositó en él. Ella creía en él como jamás lo hizo de sí mismo. Ya no debía más pensar en el pasado y sus arrepentimientos, sino vivir para el futuro de todo su pueblo y entregarse a ellos por amor y devoción, no por culpas inservibles en esa guerra donde lo que estaba a prueba era la existencia misma de sus almas.
Viviría para Prisma, porque gracias a ella conoció el sentimiento más poderoso capaz de quebrantar toda oscuridad y llenar el más infinito de los abismos del vacío.
—¡Prisma! —alzó la voz
Prisma lo escuchó y mirándolo sintió, a pesar de la mucha distancia entre ellos, que esos ojos oscuros la traspasaron y se apoderaron de su ser como si manos gigantes la estuvieran envolviendo, acariciando y enloqueciendo. Sí, enloqueciendo lo suficiente como para sentirse feliz y confiada en una situación como esa, donde todos deberían temer.
Asintió, compartiendo los sentimientos de Méril hasta derramar lágrimas de cristal por sus mejillas. Entonces se concentró y sus hechizos resplandecieron con una luz platinada y una fuerza que jamás ella, amante de la paz. No solo ella, las poco más de mil almas de los refugiados revivieron imágenes de un Gimle primigenio, bosques eternos con selvas que trepaban verticalmente hasta enredarse con las nubes, y el árbol Gimle, madre y padre de todo ese universo, como el eje del que brotaba la vida en abundancia. Las lágrimas corrieron por las mejillas de los elfos, enanos y las hadas, al reconocer lo que habían perdido y que ahora se paraban sobre ruinas de un universo seco y moribundo.
Pero estaban vivos.
Y lucharían para seguir viviendo por ellos y por los que amaban más allá de Gimle que les dio la vida para seguir y multiplicarse donde fuera que estuviera su futuro hogar. Antes, debía vencer al rey opresor de Asgard, el alma quebrantada de Odín, el ser del vacío que quería devorarlos una vez más como lo hizo antes liderando a los conquistadores aesirs. Ellos cortarían finalmente sus cadenas en nombre de todos sus hermanos y hermanas, y serían libres de marchar a su nuevo hogar sin más arrepentimientos.
Los hijos de Gimle jamás volverán a ser esclavos.
—¡Gimle!... ¡Ataquen! —clamó Méril apuntando de a tres flechas de luz a la vez y disparando una poderosa ráfaga.
—¡Por Gimle! —retumbó el coro de los refugiados, atacando con renovadas fuerzas que hizo retroceder la oscuridad del abismo.
El resonar de los ataques retuvo a la esfera oscura, provocando nuevas ondas que tintinearon provocando una melodía armónica de energía creadora. Tanta intensidad hizo a la oscuridad detenerse e incluso retroceder. La esfera comenzó a achatarse como si estuviera siendo aplastada entre el hambre del despojo del vacío y el deseo de vivir de los refugiados. Cada impacto se hundía en la esfera oscura convirtiéndola a cada momento en algo más similar a un disco de energía en el cielo.
El ente del vacío, cuyos recuerdos de Odín estaban fragmentados reteniendo únicamente su ambición, comenzó a quejarse, a gemir y chillar de manera hiriente, con el brazo que controlaba su ataque, en el que concentraba toda su codicia y hambre, ardiendo por la energía creadora que indirectamente sentía en su contra. Y gritó de dolor.
Méril se concentró. Toda su existencia, sentimientos, pensamientos, arrepentimientos y también sus deseos fueron puestos en una única flecha.
—Gimle… no… te… ¡pertenece!
Disparó la flecha liberando tanta energía del arco que sus botas se hundieron en el suelo agrietando un enorme círculo a su derredor.
La flecha surcó el cielo y en una fracción de segundo chocó contra la esfera oscura… y la traspasó en una estremecedora explosión que hizo retroceder las nubes y desintegró gran parte de la corteza de Yggdrasil.
El Odín abisal chilló con una voz que parecía más el quejido de centenares de almas desgarradas cuando su brazo se hizo pedazos, convertido a sus pies en un charco de sangre negra, trozos de antimateria solidificada en forma de piedra vollr y fluidos viscosos y traslúcidos de propiedades imposibles en la creación. La esfera negra se consumió rápidamente alrededor del agujero de luz que le dejó la flecha, extendiéndose en forma de un anillo de energía abisal, de medidas colosales que abarcó todo el cielo y traspasó el suelo como si fuera un fantasma hasta desaparecer en la nada.
Luego el silencio dominó las ruinas de Valhalla. Los refugiados, compungidos por los sentimientos que todos compartieron en un intenso momento, gracias al espíritu de Gimle que los inundó y los hizo luchar compartiendo su último deseo de que sobrevivieran, alzaron los ojos para descubrir que el cielo ahora despejado revelaba una ciudad invertida que flotaba a mucha distancia, apenas distinguible, cubriendo de gris desde un horizonte al otro.
Cayeron de rodillas superados por la emoción de sentirse vivos y también el dolor de sentirse solos y abandonados sin un universo al que llamar hogar. Era como si finalmente hubieran comprendido que Gimle se había despedido de ellos. Se abrazaron como hermanos, los amantes y esposos se besaron y secaron con caricias sus lágrimas, los lastimados por la esclavitud más allá de lo decible sintieron que finalmente podían olvidar y sanar.
—Méril, ¡Méril!
Prisma alzó la mano y corrió entre las ruinas alejándose del grupo de refugiados, corriendo a su encuentro. Tras ella el pequeño cachorro de Fenris, sorprendentemente para su corta vida, ya podía correr pero quedándose muy atrás, con las orejas caídas y apenas controlando sus miembros, cayendo y rodando a cada momento como si estuviera jugando. Pero Prisma solo podía mirar a Méril en ese momento, ese muchacho que era el causante de todas sus esperanzas y fuerza para haber creído en el futuro.
—Prisma… —Méril bajó el arco y sonrió. Y su rostro se petrificó de terror—. ¡Prisma, cuidado!
Tras la distraída chica apareció la sombra de Odín. La lanza Gugnir se alzó en el aire y cayó con la velocidad y fuerza del ser abisal, empuñada por la mano del único brazo que le quedaba. Prisma apenas consiguió sentir esa presencia cuando uno de los filos de la lanza apuntó a su cuello.
Los pies de Prisma temblaron, quietos, sus brazos cayeron inertes. Sus ojos temblaron y sus labios se entreabrieron de terror al sentir un intenso frío metálico robándole la vida y ver la gran hoja como de espada asomándose de debajo su rostro hacia el frente, con el borde hundiéndose apenas en la piel de su delicado cuello, presionándola y abriendo un fino corte superficial. La sangre virgen borboteó de la herida recorriendo como un fino hilo carmesí el borde del arma divina.
Tras Prisma estaba Méril, de pie ante Odín, casi frente a frente mirándolo hacia arriba, a los ojos. La mano del más joven de los exiliados del destino sostenía con fuerza la lanza por el bastón muy cerca de la mano del ser abisal. El pilar de Asgard encerrado en el pequeño cofre de cristal en la mitad de Gugnir, antes grisácea y traslúcida sin resplandor, ahora brillaba pulsando entre intensos colores verde esmeralda y azul turquesa, los mismos colores que como pigmentos resplandecían a la par en los iris oscuros de los ojos de Méril.
La criatura también parecía confusa. No había visto moverse a Méril en ninguno momento y ahora estaba ahí reteniendo con una sola mano el arma, forcejeando con él contra toda su fuerza salvando la vida de esa hada.
Gugnir vibró, apenas perceptiblemente bajo las poderosas fuerzas que forcejeaban por su control. Entonces Méril, sin siquiera variar su mirada llena de ira, la hizo retroceder jalando hacia su lado, desprendiéndola del delicado cuello de Prisma, dejando que un hilo muy fino de sangre cayera a sus pies.
—Ah…
Prisma, sin aliento, cayó de rodillas y se palpó su cuello lastimado. Temblaba hasta las lágrimas, confundida, como si su alma todavía estuviera reviviendo el momento en que sintió la seguridad de la más violenta y rápida muerte.
—Gugnir… es mía —susurró el abisal Odín con los ojos brillando, dejando una estela vaporosa de luz con cada movimiento de su cabeza.
Jaló con más fuerza el arma, pero para su sorpresa el en comparación pequeño Méril la retuvo una vez más. El joven señor de Gimle siempre lamentó y se arrepintió de las muertes que había provocado; mas, ahora no dudo del deseo que hizo arder su sangre de aesir.
—No te lo perdonaré —murmuró con la voz vibrando de ira.
Por primera vez el corazón, la mente y el alma del muchacho se sincronizaron en una única voluntad.
—¡Jamás te lo perdonaré!
El deseo de matar.
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Parte de las ruinas estallaron en pedazos, los edificios partidos en enormes bloques se abrieron ante un estallido de polvo en que terminó la estela que cortó la avenida en dos. En el inicio de la gran zanja que dejó el ataque, Méril estaba de pie con el brazo extendido hacia adelante empuñando con ferocidad a Gugnir, el arma divina que dejó de ser un arma gris y degastada. La pulsación de energía del pilar de Asgard la había transformado, reduciendo la larga lanza del bastón en una empuñadura de apenas un codo de largo con el pilar cortándolo en el centro. Las puntas como de espada se habían alargado en su lugar y adelgazado, convirtiéndose ahora en un arma de hoja doble, más ligera acorde al cuerpo de su nuevo rey.
Méril dejó caer el arco de Gimle al lado de la impactada Prisma, con su mano manchada de rojo todavía en su delicado cuello, miraba hacia arriba a ese joven al que no solo desconoció, sino que temió.
—Espérame aquí —ordenó.
Sin esperar respuesta de Prisma Méril dio un paso por el centro de la zanja. El cachorro Fenris se asomó por el borde de la misma y cayó rodando por la pequeña cuesta, como una bola de pelos, quedando frente a la bota de Méril. El muchacho lo vio, lo tomó por el lomo y extendió el brazo hacia atrás pasándoselo a la todavía impactada hada.
—Cuídalo también, que no se meta en problemas.
Recobrando apenas un poco de dulzura en su voz al sonreírle a Prisma, al verla asustada y paralizada abrazando con fuerza a Fenris, se sacó también la capa y con ella la cubrió.
—Vuelvo pronto, no te preocupes.
Al volver el rostro al frente esa sonrisa desapareció otra vez como una pequeña hoja arrancada por la poderosa tormenta. Avanzó marcando sus pasos en medio del silencio, interrumpido por el tronar de los escombros y los lejanos susurros de los refugiados que miraban desde su posición elevada en la periferia de esa zona, la más destruida de las ruinas del Valhalla.
—No eres más que un despojo de codicia y orgullo —dijo Méril mirando hacia la humareda al final de la zanja, de manera severa y fría—. ¿Qué esperas para levantarte y luchar? ¿Dónde está tu orgullo como aesir? —Giró la espada doble sobre su cabeza y con una mano la empuñó cruzándola tras su espalda, separando las piernas en posición de combate—. Soy Méril Llewelyn, un aesir, ¡un arma de guerra al igual que tú!
La humareda retrocedió y el montículo de ruinas explotó lanzando trozos gigantescos de edificios que rodaron por todas partes. La criatura gritó consumido por la ira, con su mano invocó su arma de energía oscura, que asemejaba en su silueta a la antigua Gugnir. Y desapareció.
Dejando una estela de vapor negro apareció en el aire sobre Méril y cayó dando giros cortando con su arma como una cuchilla. Méril lo esquivó hacia un lado. Pero apenas el ser abisal cortó el suelo, creando una nueva zanja, desapareció y reapareció tras Méril cortando horizontalmente con su arma de energía abisal.
—¡Méril! —gritó Prisma, otra vez dueña de sí y aterrada por el joven. Fenris chilló.
El arma de energía negra cortó el aire dejando una estela negra. Méril apareció tras el ser abisal, de la misma forma que este se había trasladado dando un salto por el plano espacial, cayendo como de un salto y sin siquiera tocar el suelo cortó con su arma. Odín abisal giró con gran destreza haciendo chocar su arma negra contra Gugnir, sacándosela de encima para estirar su larga pierna y conectarle una patada a Méril en todo el abdomen que lo hizo doblarse en el aire, lanzándolo contra una pared. Sin darle tregua, Odín azotó su arma oscura contra el suelo cortándolo con una gran estela de energía del vacío que barrió todo a su paso chocando contra el lugar en el que se supone cayó el chico. Pero Méril no estaba ahí, sino que ya caía desde el aire, con el rostro lastimado y un hilo de sangre al costado de su cabeza, girando a Gugnir con ambas manos antes de lanzar el golpe que Odín bloqueó cruzando el arma sobre su cabeza.
Méril, al verse detenido en el aire sobre Odín, apoyándose en Gugnir como si fuera una barra de acrobacia giró de manera invertida sobre el ser y cayó a su espalda lanzando una fuerte patada. Para sorpresa de todos los que observaban, esta vez el golpe dio en el blanco doblando horrorosamente la cabeza del ser abisal. Méril todavía en el aire giró lanzó una segunda patada en el costado de Odín. La criatura se retorció de dolor, pero en su caída giró todo el cuerpo y lanzo un rápido corte con su arma que levantó parte del suelo. Méril había desaparecido dejando una estela verdosa de luz y estaba del otro lado de Odín, recibiéndolo con un poderoso corte de su espada doble.
La energía abisal estalló como un géiser, un miasma oscuro que se liberó de la espalda y hombro en que fue cortado por Gugnir. Gimió como un animal herido y se tambaleó.
—Gugnir fue creada con un pilar de Asgard en su centro, ¿siquiera sabías lo que era cuando todavía vivías como Odín? —preguntó Méril a la aberrante criatura que se retorcía de dolor como si toda su sombra de existencia estuviera escapando de su cuerpo.
—¡Es mía! —rugió y volvió a embestir.
Méril lo esquivó con facilidad y lanzó un nuevo corte que alcanzó en el cruce a su rival. El abisal Odín gimió con un sonido que provocó el espanto de todos los que quedaban en Valhalla.
—Ya te lo dije, es un pilar de Asgard, un trozo del corazón de Gimle.
Méril giró y lo encaró con el arma cruzada horizontalmente a la altura de su rostro, notándose la igualdad entre el resplandor de la piedra y el de sus ojos.
—No, ¡no eres digno! —la voz de la criatura se tornó más humana a medida que perdía grandes cantidades de energía oscura, que se escapaba como un gas de las heridas que había recibido—. Yo soy Odín, ¡yo soy el rey de Asgard!
—Y como el corazón de Gimle su poder te rechaza, más ahora que eres hijo del vacío, mientras que Gugnir se ha convertido en un arma que contiene un fragmento de la creación. ¡No eres digno siquiera de tocarla!
Méril lanzó otro ataque y partió en dos el arma de energía de Odín, abriendo otra feroz herida en el sólido pecho de la criatura, escapándose más energía oscura. No conforme con esto, Méril desapareció en una estela y resplandores rodearon a Odín. El joven apareció del otro lado del campo de batalla.
—Cada pilar de Asgard, como apenas es un fragmento sobrante del corazón de Gimle, contiene un único plano de las dimensiones que rigen este universo —explicó Méril, como si quisiera darle a entender algo a Odín, o quizás a él mismo al recordar lo que les enseñó Heid—. La piedra de Gugnir controla el espacio y me permite moverme como lo haría Ranma u otro hijo del vacío.
Del cuerpo de Odín escaparon decenas de columnas de miasma, de cada herida que en una fracción Méril le había provocado. Sin embargo, insistió en luchar, se giró hacia Méril y volvió a invocar su arma oscura.
—No lo acepto —el rostro duro como de armadura se desmoronó, para sorpresa de Méril, revelando parte del rostro del alma ahí encerrada. Era Odín, torturado, demente, pero seguía siendo su alma que estaba ahí encerrada por el abismo—, ¡no acepto ser derrotado por un debilucho como tú! Asgard me pertenece, es mi destino, ¡no voy a desaparecer! No seré vencido por un traidor…
Un espasmo sacudió a Odín cuando una flecha de luz atravesó su espalda y abrió su pecho antes impenetrable.
Méril alzó el rostro sorprendido. Descubrió a Prisma del otro extremo del campo de batalla empuñando con determinación al resplandeciente arco de Gimle con el cachorro Fenris arrimado a su pie.
—Entonces serás destruido por una hija de Gimle —respondió Prisma con valor.
Odín gimió, se retorció, con su mano trató de aferrar los trozos de la armadura de su pecho que comenzó a desmoronarse alrededor de la herida en el pecho que Prisma le hizo. Pero su cuerpo se deshacía como el agua entre los dedos. El miasma negro que componía su cuerpo abisal escapaba de todas sus heridas. Cayó de rodillas y el resto de dura piel que cubría su rostro también se desmoronó revelando un rostro pálido, sin sangre, ojos abiertos como la boca de la que caían fluidos extraños, con los labios temblando de miedo y desesperación.
—No quiero desaparecer, ¡no quiero desaparecer!... No quiero volver a ser… nada… yo… el rey de… Asgard… todo debió… ser… mío…
Trozos de piedra vollr cayeron al suelo sobre una pila de cenizas al desintegrarse el último recuerdo de Odín.
Prisma cayó otra vez sobre sus rodillas abrazando el arco de Gimle. Méril dejó caer el arma y también cayó sentado en el suelo, sin aliento, sintiendo que el haber ocupado a Gugnir y el poder de su pilar habían drenado casi toda su energía espiritual. A pesar de eso, a la distancia, ambos jóvenes se miraron y sonrieron.
Los vítores de los refugiados se hicieron escuchar en las ruinas del Valhalla, mientras Yggdrasil ya sin vida caía trozo a trozo despedazándose sobre el otro lado de la ciudad.
Y Fenris gruñía y luchaba, mordiendo y jalando con porfía el extremo del vestido de Prisma.
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Continuará
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A los reyes y reinas de Asgard:
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El primero de los jueces del destino ha caído. La victoria es para uno de los exiliados del destino. La próxima semana un nuevo escenario y otra emocionante batalla nos esperan en Idavollr, porque la misión por conseguir los pilares de Asgard restantes en un universo que se desmorona a cada momento no tiene descanso.
Saludos a todos los que siempre me leen y dejan tantos emocionantes comentarios, espero no defraudarlos. Pronto también tendrán noticias sobre el esperado Cristales de Alta Tierra.
Nos veremos en el próximo capítulo.
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Nos vemos la próxima semana.
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
