Me sorprende decir esto, pero es una ¡actualización rápida!

Advertencias: Despair siendo un malnacido. Muerte de un personaje.

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Capítulo XXXVI – Marioneta

Después de asegurarse de que todos dormían en el palacio, Heracles abandonó su habitación. Se colocó una capa negra, para confundirse con el ambiente, después de todo, aún había guardias que patrullaban por los alrededores. Aunque él fuera un experto en pasar desapercibido cuando lo necesitaba, no estaba de más ser precavido. Pronto alcanzó la frontera con Varuna y se internó en los callejones, hasta llegar a la zona donde se localizaban las prisiones. Se descubrió un poco el rostro para que sus guardias lo reconocieran y la pareja de hombres que resguardaban la entrada lo dejaron pasar luego de una mirada y una reverencia.

El interior de las prisiones estaba compuesto por una serie de pasillos estrechos, alumbrados sólo por la luz de las antorchas que estaban dispuestas de forma desordenada por ahí. Bajó por unas escaleras de caracol que tenían tétricas manchas de sangre y continuó por un pasillo que tenía celdas a ambos lados. Al final de dicho pasillo, había una gruesa puerta de metal reforzada. Introdujo una llave en la cerradura y la empujó con el pie. Dentro de la habitación se encontraba la celda más grande de todas. Allí dentro, estaba Amaterasu.

La mujer tenía la espalda contra la pared. Llevaba una ligera túnica blanca, sucia, rasgada y manchada de sangre. Poco podía hacer aquella prenda por cubrir su más que evidente desnudez. Sus muñecas y tobillos estaban apresados con gruesas cadenas de metal. En su cuello también había una cadena. Tenía la cabeza agachada y un hilillo de sangre resbalaba por la comisura de su boca. Su cuerpo exhibía desagradables moretones, cortes y heridas bastante profundas. Heracles rió en cuanto se topó con la lastimera imagen de la mujer. Abrió la celda y entró.

Levantó el rostro de la mujer, tomándola de la barbilla. Los ojos de la mujer carecían de brillo, era como si estuviese muerta en vida. Heracles se acercó y le susurró al oído:

—Buenos noches, duquesa —la mujer dirigió sus inexpresivos ojos hacia el recién llegado, antes de escupir en su rostro —No deberías tentar a tu suerte, hermosa Solaris —replicó, azotando la cabeza de la mujer contra la pared de piedra. Ella ni siquiera se inmutó —Ahora eres mi prisionera y puedo hacer contigo lo que me plazca.

Heracles se puso de pie para quitarse la capa y también la camisa, dejando ver su trabajado torso. Se arrodilló nuevamente para remover los grilletes de los tobillos de la mujer y le separó las piernas. Colocó el cuerpo casi inerte de la rubia sobre su regazo y le alzó el rostro de nuevo. Esta vez los ojos de Amaterasu se toparon, no con el señor de Varuna, sino con el perverso señor oscuro, Despair. La rubia sonrió tenuemente, antes de hablar:

—Así que no estaba equivocada. Heracles de Varuna no podía ser otro que el mismo Señor de la Destrucción —el hombre sonrió y se desabotonó el pantalón —Oh, parece que has encontrado otra forma bastante creativa de destrozar mi cuerpo —el sujeto se bajó los pantalones y la ropa interior.

—Te equivocas. Voy a hacer lo que quiera contigo, pero no para destrozar tu cuerpo, sino tu espíritu —Amaterasu lanzó un lastimero grito en cuanto el hombre dio su primera estocada —Haré que me supliques que te mate para liberarte de tu sufrimiento.

—Puedes hacer lo que quieras, pero eso jamás va a suceder —replicó ella, con voz firme, mientras apretaba los puños y se mordía el labio inferior.

Despair comenzó a reír perversamente, mientras buscaba darse placer con el hermoso cuerpo de su prisionera. Simplemente, no podía tener suficiente de ella. Siempre, desde que la conoció en su vida pasada, la había deseado, pero había sido un objetivo inalcanzable para él, debido a la presencia de su hermano Chaos, quien repudiaba a los seres humanos. Ahora no podía parar, iba a recuperar todo el tiempo perdido.

Las manos del hombre recorrieron cada recoveco del cuerpo de Amaterasu, sin detener el vaivén de sus caderas. La besó en sus labios, en el cuello, en el pecho. Dejó marcas rojillas, como queriendo decir que aquella mujer era "su propiedad". Se sentía en completo éxtasis, pero no pasó mucho tiempo antes de que alcanzara su clímax. Una fina capa de sudor le cubría el cuerpo cuando por fin se separó de la rubia para acomodarse la ropa, con una inmensa sonrisa en los labios.

—Eres increíble, aun estando casi muerta —le dijo —No puedo creer que aquel estúpido sujeto que tanto decía amarte jamás se atreviera a tocarte.

Volvió a colocarle los grilletes, pero en ese momento escuchó que las rejas volvían a abrirse. Se volteó justo a tiempo para encontrarse con la mirada iracunda de Mina. Sus ojos destellaban odio, tenía los puños tan apretados, que se estaba haciendo daño, porque ya había comenzado a sangrar. Miró a Amaterasu, luego a Despair.

—Imperdonable. Imperdonable. ¡Imperdonable! —gritó, sacando su estrella de transformación —¡Poder de curación estelar, transformación!

—Mina, no seas estúpida, sal de aquí —espetó la rubia, mirando a la recién llegada con el ceño fruncido.

—Sabía que Heracles de Varuna no era un sujeto ordinario —dijo Healer, ignorando las palabras de Amaterasu —Finalmente he sido capaz de descubrir tus verdaderos colores. Ahora le diré a todo el universo que el bondadoso Heracles de Varuna no es nadie más que el perverso Señor Oscuro, Despair. Así que prepárate, ¡Infierno Estelar de Healer!

El ataque alcanzó de lleno a Despair. O al menos eso era lo que Mina creía.

—¡Estrella de Sailor Maker!

Sailor Star Maker acababa de aparecer, interponiéndose entre Despair y el ataque de Healer. Mina fue lanzada hacia atrás por el ataque de la recién llegada, que se había vuelto abrumadoramente poderosa. Incluso el ordinario ataque de Maker parecía tener dos o tres veces más poder que antes. Mina se incorporó, dispuesta a continuar con la batalla, pero Molly se acercó velozmente a ella y la golpeó en el estómago, dejándola sin aire. Mina cayó de rodillas al suelo.

—Despair, ¿vas a hacer sufrir a esa niña también? —intervino entonces Amaterasu —Me has capturado ya, ¿acaso no era eso lo que querías? Borra su memoria y deja que se marche, ella no tiene nada que ver en esto.

—Nadie tiene el derecho de decirle a mi señor qué hacer, mujer —espetó Maker, con odio, dándole una patada en las costillas.

—Molly, creí haberte dicho explícitamente que nadie más que yo tenía permiso para tocar a esta mujer —dijo Despair, con el odio impregnado en cada una de sus palabras. La mujer se encogió por el miedo y agachó la cabeza, asintiendo lentamente —Muy bien, ¿qué debería hacer con esta niña?

Despair sujetó a Mina por el cabello para levantarla del suelo. La mujer iba a darle una patada, pero sintió como si su energía estuviese siendo drenada por el hombre. Sus ojos casi no podían mantenerse abiertos y su cuerpo había perdido toda la energía que le quedaba. Ella lo sabía, que había sido una imprudencia ir y enfrentar a Despair sola, pero, ¿quién más podría haberla ayudado? El hombre la examinó cuidadosamente con sus perversos ojos. Y entonces tuvo una idea.

—Ya sé qué haré contigo. Te enviaré de regreso a la tierra —la rubia parpadeó, confundida —Sí, te daré un permiso especial para que puedas permanecer al lado de tu amado príncipe Tsubasa. Considéralo un premio a tu desempeño en tu entrenamiento como Sailor Star Light —bajó la voz y se acercó para susurrarle al oído —Pero, a cambio, vas a informarme todos y cada uno de los movimientos de los guerreros del universo.

Despair la soltó y el cuerpo de una inconsciente Mina se desplomó en el suelo. El hombre volvió a adquirir la apariencia de Heracles y recogió la capa para colocársela nuevamente. Le hizo una seña a Molly para que abandonara la celda. La chica volvió a tomar su apariencia de civil y obedeció, mientras él cerraba nuevamente la celda de Amaterasu.

—Volveré luego para continuar con la "conversación", cariño.

Cuando Amaterasu escuchó la pesada puerta de metal cerrarse nuevamente, se permitió a sí misma un momento de debilidad y comenzó a llorar. Casi no podía recordar la última vez que se había sentido tan humillada, como si su vida no fuera más que un objeto de intercambio. Tuvo que morderse la lengua para no gritar. Pasaron unos minutos antes de que la rubia pudiera calmarse, pero su "tranquilidad" no duró mucho tiempo, ya que la celda volvió a abrirse.

Amaterasu levantó la cabeza, pero grande fue su sorpresa cuando, en vez de Despair, sus ojos se encontraron con tres jóvenes que ella conocía bien.

—¿Qué hacen ustedes aquí? —preguntó, con un tono de voz más brusco de lo que le hubiese gustado.

—¡Tía Megumi! —exclamó un muchacho de cabello rubio, arrojándose hacia la mujer para abrazarla —¡Por todos los cielos! —exclamó, en cuanto se dio cuenta de la condición de la rubia —Ese maldito Despair…

—Tatsuya, vete de aquí —replicó Amaterasu —Ustedes también, Paris, Aika. Ya que están aquí, voy a darles una misión, pero tienen que marcharse en cuanto me hayan escuchado.

—¡No podemos simplemente abandonarte aquí! —replicó Aika, con lágrimas en los ojos —Puedo verlo. Puedo ver tu sufrimiento, sé qué fue lo que vino a hacer ese malnacido aquí —los dos muchachos miraron a la chica, como queriendo saber más, pero ella no estaba dispuesta a compartir con ellos esos desagradables detalles —Si no te sacamos de aquí, ¡quién sabe de lo que será capaz la próxima vez!

Los cuatro se quedaron en silencio en cuanto se escuchó el sonido de la pesada puerta de metal, que nuevamente se abría. Amaterasu chasqueó la lengua, tenía que darse prisa.

—No hay tiempo para preocuparse por mí, Aika. Despair no puede matarme, al menos no aún. No hasta que le haya entregado la otra mitad del cristal cósmico a la princesa de la Luna. Despair sabe que no le sirve de nada robar un cristal incompleto —Paris iba a replicar, pero Amaterasu no se lo permitió —Ahora, escúchenme con atención, porque no tenemos mucho tiempo. Tatsuya, tu padre ha perdido su cristal cósmico, pero aun así sabes que no se quedará sin hacer nada durante la batalla final. Tienes que asegurarte de que no cometa ninguna tontería, no ahora que tu madre está embarazada.

—¿Mamá está… embarazada? —preguntó el rubio, atónito —Vaya, qué sorpresa. Parece que a mi padre no le gusta perder el tiempo. ¿Lo sabe él ya?

—Ninguno de los dos lo sabe aún, pero no falta mucho para que se enteren. Ahora, Paris, tus padres han ido a Saturno para enfrentarse a Moiras. Creo que no tengo que explicarte lo que tu madre planea hacer, ¿verdad?

—Lo sé, no te preocupes, iré a detener a esa terca mujer —contestó Paris, tratando de ocultar su preocupación.

—Aika, tu madre ha regresado a la tierra, —continuó la mujer. Aika sonrió ampliamente —pero se ha convertido en la marioneta de Despair, así que lo único que hará será espiar a los guerreros del universo. Sé que estoy colocando una gran carga sobre tus hombros, pero en mi condición no hay mucho que pueda hacer.

—No te preocupes, te sacaremos de esta —aseguró Aika, arrodillándose para limpiar con un pañuelo el rostro de la mujer —Iré a la tierra para encontrarme con Serenity y Selene y les contaré lo que sucede aquí. Tenemos suficiente información acerca de este lugar, conocemos bien sus puntos débiles, así que…

—Así que tendré que matarlos, por traidores, miembros de la Brigada Real.

Los tres muchachos se voltearon. Una vez más, Sailor Star Maker aparecía en la celda de Amaterasu. Esta vez llevaba consigo a un ejército de al menos cincuenta hombres, todos armados y dispuestos a acabar con los intrusos. La chica chasqueó los dedos y los sujetos se arrojaron sobre los tres muchachos. Ellos comenzaron el contraataque, pero por alguna extraña razón sentían que poco a poco las fuerzas los abandonaban.

—¡Tienen que marcharse de aquí, ahora mismo! —exclamó Amaterasu —¡Perderán sus poderes!

—¿Qué dices? —preguntó Tatsuya, dándole un puñetazo a uno de sus atacantes. En ese momento, los tres chicos cayeron de rodillas al suelo, respirando agitadamente —¿Qué es este… poder?

—¡Este es mi verdadero poder! —exclamó Maker, con una sonrisa perversa en los labios —¡El poder que me fue otorgado por el futuro gobernante de este universo! —chasqueó los dedos y antes de que los miembros de la brigada se dieran cuenta, ya estaban apresados con cadenas.

—Maldita sea —dijo Amaterasu, forcejeando con sus cadenas, aun sabiendo que jamás sería capaz de liberarse en su condición actual —Maldita sea —repitió, al tiempo que Molly se acercaba a ellos sosteniendo una espada que se le hacía terriblemente familiar. No, no podía ser esa espada. No la espada que acabó con la vida de… "él".

—Mi señor no necesita enterarse de esto, así que los mataré antes de que puedan causarle problemas innecesarios antes de su boda.

—Por favor, Radamanthys, por favor —susurraba Amaterasu, con los ojos fuertemente cerrados —Préstame tu poder, sólo por un momento. Estos niños… ellos no pueden morir aún. Sé que no me queda nada, pero… quítame un brazo, un ojo, ¡lo que sea!

—No tienes que rogarle tan desesperadamente a ese sujeto, gran Amaterasu —la mujer levantó la vista al escuchar esa voz. Vio que Aika, Paris y Tatsuya estaban libres y se recuperaban poco a poco

—Kelvin… ¿qué rayos haces aquí? —replicó Maker, a quien Kelvin tenía bien sujeta, con un cuchillo en el cuello —Acaso, ¿has venido a matarme?

—Es lo que quisiera —contestó él —Eres mi enemiga ahora, no te contentas con seguir las órdenes del malvado Despair, sino que también te atreviste a lastimar a mis amigos y a mi "hermana mayor". A pesar de eso, aun te amo y preferiría mil veces morir por tu mano que alzar la mía en tu contra —miró a los desconcertados tres muchachos —Largo de aquí, tienen cosas que hacer.

Los tres, no del todo seguros, no tuvieron más opción que levantarse y salir corriendo de la celda, mientras Kelvin sujetaba a Molly. Amaterasu se fijó entonces en que Kelvin había acabado, además, con todo el ejército que Molly llevaba consigo. Molly forcejeó, pero Kelvin no le permitió moverse. La muchacha agachó la cabeza y Kelvin aflojó el agarre en cuanto la escuchó sollozar.

—¿Molly?

—No es como si hiciera esto porque quiero, ¿sabes? —dijo ella, en voz baja. Kelvin apartó el cuchillo de su cuello —El señor oscuro… es terrible… Tengo mucho miedo, Kelvin.

—Molly, no temas, porque yo… —Kelvin se encogió de dolor —¿Pero qué…?

Molly acababa de clavarle el cuchillo justo en el corazón. El muchacho cayó de inmediato, de rodillas al suelo. Pero justo antes de que se desplomara, la chica le arrancó el cuchillo del pecho, ganándose un lastimero quejido de dolor por parte del otro. Molly rió perversamente, antes de lamer la sangre del arma. Kelvin permaneció de rodillas, negándose a caer el suelo por completo.

—Esa mirada… —espetó Molly, mirando al otro con odio —¡Quita esa mirada, maldición! —le dio un puñetazo en el rostro —¡No me mires como si me tuvieras lástima! ¡Ya basta! —gritó, desesperada, mientras continuaba golpeando a un agonizante Kelvin —¡Muérete de una vez!

Amaterasu sólo podía mirar, desesperada, impotente, cómo el muchacho era agredido. Más aún, cómo la muerte estaba cerca del chico que sólo se había descuidado un momento, debido a las palabras de la mujer que amaba. Vio que los ojos del chico se cerraban, pero aún al borde de la muerte, Kelvin tenía una sonrisa, aunque tenue, en los labios.

Molly volvió a gritar, desesperada y arrojó el cuchillo al suelo.

—¡Guardias! ¡Guardias! —aparecieron entonces dos hombres, que se quedaron sorprendidos con la escena —Este hombre intentó liberar a la prisionera —Molly intentó calmarse —Según las órdenes del señor Heracles, ya he acabado con él. Encárguense de lo demás —y se encaminó a la salida de la celda.

—Increíble, se nota que es el líder de la Brigada Real, —la chica se detuvo en cuanto escuchó el murmullo de los guardias —ha muerto, pero aún así se niega a agachar la cabeza —Molly pateó la espalda de Kelvin y su cuerpo finalmente se desplomó en el suelo.

—¡Dense prisa, inútiles!

—Sailor Star Maker es, sin duda, una mujer despiadada —comentó uno de los guardias, mientras levantaban el cuerpo inerte de Kelvin.

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Tokio.

Aquella noche, Thanatos había decidido cumplir la orden de su señor. Envió a Fauno a la ciudad, para darle un poco de "entretenimiento" a los guerreros del universo. Así, Fauno había liberado a todos sus ejércitos, por todos los rincones de la ciudad. La situación era crítica, así que los guerreros tuvieron que dividirse en varios grupos para poder luchar. Sin embargo, a pesar de todas las batallas por las que ya habían tenido que pasar, aquella situación se les antojaba de lo más irreal. ¿Por qué? Pues la respuesta era simple. Centauros, minotauros, hipogrifos, dragones, harpías, incluso un Kraken. Estas eran las criaturas que Fauno había liberado en la ciudad y que parecían sacadas de una película de ciencia ficción.

Amy y Taiki libraban una batalla de astucia contra los centauros. Habían logrado mantenerlos a raya, pero ni siquiera Amy con su forma Eternal y Taiki con todos sus poderes como caballero solar habían logrado vencerlos. Yaten y Lita se las arreglaban bien contra los minotauros, pero la fuerza de las criaturas era abrumadora. Garuda se encargaba, mientras tanto, de los hipogrifos, que tenían la ventaja de la batalla aérea. Los dragones se habían encontrado con Setsuna y Apolo, cuya espada había logrado arrancar las cabezas de un par de ellos. Freyr y Hotaru iban contra las harpías, que los superaban abrumadoramente en velocidad. Mientras, Eos enfrentaba al Kraken con el poder de Aurora.

La batalla parecía no tener fin. Cada vez que uno de los monstruos era derrotado, otros dos aparecían para reemplazarlo. Todos comenzaban a preguntarse si es que el ejército de Fauno era infinito. A ese paso, no durarían mucho más. ¿Cuál era el secreto de Fauno? Pues era el poder que el mismo Thanatos le había otorgado: la caja de Pandora.

La caja de Pandora era un objeto mítico, que había pertenecido a Chaos en el pasado. Era un pequeño cofre de madera, que al abrirse era capaz de materializar y multiplicar el poder de su portador. Sentado, observándolo todo desde la cima de la Torre de Tokio, Fauno proyectaba su energía a la caja que se encargaba de reemplazar a los guerreros caídos. La batalla no se detendría hasta que la caja fuera cerrada y Fauno fuese derrotado.

Eos apenas lograba mantenerse en pie. Cierto que el poder de Aurora era enorme, pero también requería mucha de su energía para materializar la figura de la imponente guerrera que lo protegía. Aquella era la tercera vez que Aurora acababa con el Kraken, pero este siempre era capaz de revivir.

—Rayos, ¿qué puedo hacer? —espetó —Si tan sólo alguien llegara adonde está Fauno y cerrara esa caja —esquivó uno de los tentáculos de la criatura dando un gran salto —Pero, si me muevo de aquí, este maldito Kraken acabará con la ciudad.

La situación de Pluto y Apolo no era muy diferente. Los dragones estaban en clara ventaja ante una Setsuna que, por alguna extraña razón, sentía que perdía su energía gradualmente y un Apolo que, sin su cristal cósmico, no podía hacer más que pelear como un espadachín ordinario. Ya Setsuna le había advertido que no se lo perdonaría si se le ocurría usar su energía vital para luchar.

—¿Estás bien, Setsuna? —preguntó Apolo, cuando la mujer cayó de rodillas por enésima vez, al atacar con su "Grito Mortal" —Será mejor que descanses, deja que me encargue de esto por un rato.

—¡No! —replicó la guerrera en cuanto sintió que la energía de Mizuki iba incrementándose —Ni siquiera lo pienses. Quédate atrás, yo me encargaré de esto.

—Oye, oye, no tienes que tratarme como un inútil, ¿sabes? —le dijo el rubio, sintiéndose herido por las palabras de la mujer —Es cierto que perdí mi cristal cósmico, pero sigo siendo un guerrero y… —Setsuna lo abrazó y él guardó silencio.

—No es nada de eso, Mizuki. Es sólo que… te conozco y sé que eres capaz de hacer una locura.

—Pero, Setsuna, hace un par de días que no te ves demasiado bien —replicó él, poniéndose de pie para ayudarla a hacer lo mismo —Has vomitado todo lo que comes y estás muy pálida. Necesitas ver a un médico.

—Lo haré en cuanto ganemos esta batalla —y se volteó para seguir luchando contra los dragones. Apolo suspiró, derrotado y se preparó para cubrirla.

Amy y Taiki intentaban mantener la calma durante la batalla, pero poco a poco esa paciencia casi eterna que ambos parecían tener se estaba esfumando. No entendían cómo era que, cada vez que derrotaban a uno, otros dos más fuertes aparecían para ocupar su lugar. Estaban agotados. Amy levantó por enésima vez una barrera que los protegiera de la lluvia de flechas de los centauros, que hasta ahora no habían logrado dar en ningún punto vital a ninguno de los dos.

—¡Mensajero del Ágora! —gritó Mercury. Taiki saltó para destruir a los tres centauros que habían sido apresados por el poder de Amy —Esto… no tiene fin —añadió ella, respirando agitada.

—¿Has logrado identificar la fuente de este poder? —ella asintió con la cabeza.

—La persona que controla a todas estas criaturas está en la Torre de Tokio, pero…

—Sí, no podemos marcharnos de aquí, porque estas criaturas destruirían la ciudad —añadió el castaño —Maldición, Seiya, ¿dónde estás cuando se te necesita?

Era increíble la velocidad con la que las harpías se multiplicaban cada vez que eran derrotadas. Aquello era… irreal. Las fuerzas de Freyr y Hotaru comenzaban a ceder. ¿Cuánto tiempo llevaban combatiendo? Era demasiado, ninguno de los dos podía soportarlo más.

—Sieg —lo llamó Hotaru, luego de que él cortara la cabeza de una harpía —Yo estoy bien, ¿Por qué no vas…?

—La respuesta es no.

—Pero si no he dicho nada aún.

—Quieres que te deje aquí, peleando contra las harpías, mientras yo voy a acabar con el sujeto que las controla, ¿cierto? —la chica desvió la mirada —No puedes engañarme y no voy a abandonarte aquí. Estamos juntos en esto. Y, en cuanto terminemos me vas a decir qué es lo que te preocupa tanto.

—¿Qué quieres decir? Yo estoy… —Freyr se colocó enfrente de ella, para protegerla de la lluvia de afiladas plumas de las harpías.

—¿Acaso no acabo de decir que no puedes engañarme, princesa? —replicó —Sé que, desde que regresamos del Mukai, no has hecho más que pensar en las palabras de Keres. Matar a Thanatos, esa mujer es una cobarde que no quiere ensuciarse las manos; pero Thanatos es nuestro enemigo, si no acabamos con él, el universo no podrá estar en paz.

—Eso lo sé, pero no creo tener el poder suficiente para derrotarlo —contestó ella —¿Qué pasa si, aún con Eclipse, no soy capaz de vencerlo?

—Créeme, eres más poderosa de lo que piensas, además, recuerda que yo siempre estaré contigo —una sonrojada Hotaru esbozó una tímida sonrisa —Ahora, podremos hablar más tarde de mi "recompensa", por el momento, ocupémonos de estos estorbos.

La batalla se había prolongado hasta la madrugada. La gente seguía corriendo desesperada, mientras los guerreros del universo hacían todo lo posible por mantenerlos a salvo. Los noticieros reportaban la situación desde todos los rincones de la ciudad, advirtiendo a los ciudadanos que no abandonaran sus hogares. Todo el mundo hablaba de las hazañas de los guerreros del universo. Sin embargo, ninguno de ellos se sentía a la altura de tales elogios. Todos se hallaban ya "entre la espada y la pared".

Amy y Taiki se encontraban rodeados de centauros que los apuntaban con sus arcos, sin ningún lugar al cual escapar. Se tomaron de las manos, sintiendo el apoyo del otro, dispuestos a morir luchando como los guerreros que eran.

—Amy, nunca olvides que te amo —pronunció Taiki, al tiempo que los centauros disparaban las flechas.

—Es demasiado pronto para ese final de telenovela, hermanito.

—¡Seiya! —exclamaron Amy y Taiki al unísono, al tiempo que la espada Taiyo de Seiya destrozaba los arcos de los centauros.

—Ya era hora —lo reprendió Taiki, con una ligera sonrisa en los labios —¿Qué te tomó tanto tiempo?

—Ah, pues sólo digamos que sucedieron muchas cosas en la Luna, pero ya tendremos tiempo para hablar de eso.

Garuda por su parte acababa de ser arrojada de la espalda de un hipogrifo, al que había intentado controlar. Cayó pesadamente al suelo, golpeándose el brazo izquierdo. Escuchó un desagradable crujido que le indicó que, probablemente, se había roto el brazo. Sujetó con firmeza la espada en su mano derecha y elevó lo que le quedaba de energía. Los hipogrifos retrocedieron un momento, justo antes de que otros diez más llegaran.

—Genial —espetó, sarcástica —Bueno, vengan a devorarme si es lo que quieren, malditos.

Y, como respondiendo a las provocaciones de la chica, los hipogrifos se arrojaron sobre ella, enseñando sus garras y batiendo con fuerza sus alas. Garuda supo que aquel sería su final y sólo sonrió al saber que pronto se reuniría con su amado abuelo.

—¡Eclipse de Luna! —exclamó una voz que la muchacha creía conocer. Unas esferas doradas de energía hicieron que las criaturas se evaporaran al instante —Ha pasado mucho tiempo, Surya.

—No puede ser, ¿Sailor Moonlight?

Ni siquiera la impresionante fuerza de Jupiter, combinada con la asombrosa velocidad de Horus, fueron capaces de hacer frente a la manada de minotauros que ahora se abalanzaban dispuestos a acabar con ellos, con sus gigantescas hachas. Pronto se vieron rodeados, sin lugar al cuál escapar. Apenas pudieron defenderse del ataque de los minotauros que iban al frente, pero ya no les quedaban fuerzas.

—Bueno, Jupiter, fue un placer luchar a tu lado —dijo Yaten.

—¿Qué estás diciendo? —replicó Lita —Esto apenas…

—¡Infierno Estelar de Healer!

Ambos levantaron la mirada para ver cómo los minotauros eran eliminados por un ataque que los dos conocían muy bien.

—Parece que hubieran visto un fantasma —dijo Healer, sonriendo ante la mirada de desconcierto de Lita y Yaten.

—M-Mina… ¿qué rayos estás haciendo aquí? —preguntó un Yaten que no salía de su asombro. La chica infló las mejillas, fingiendo molestia.

—Han pasado siglos desde la última vez que nos vimos, ¿y así es como me recibes aún después de haberte salvado?

Eos sólo pudo ver cómo la figura de su eterna compañera Aurora se volvía polvo, justo delante de sus ojos. No podía más, ya no le quedaba nada de poder para mantener a Aurora "con vida". Desenvainó su espada, pero supo que no sería capaz de hacerle frente a tan inmensa criatura con aquella diminuta arma.

—Dione, parece que nos encontraremos mucho antes de lo que había planeado. Espérame, por favor —dijo, justo cuando el Kraken arrojaba uno de sus tentáculos hacia él.

—¡Resplandor lunar!

Los ojos de Eos se abrieron como platos en cuanto llegó a sus oídos la voz de Sailor Moon. Y cuando la vio de pie, con su transformación Eclipse y al Kraken hecho trizas a sus pies, supo que aún había esperanza. La chica se volteó hacia él, preocupada. Se arrodilló a su lado, y preguntó:

—¿Estás bien, Eos?

—Princesa Serena, estoy bien. Gracias por salvarme la vida.

Ambos lucían terribles. Ya no podían ni siquiera mantenerse en pie. Ambos estaban de rodillas en el suelo, Apolo sirviéndole de escudo a Pluto, mientras la mujer intentaba recuperar el aliento. Setsuna insistía en que podía seguir luchando, pero su cuerpo no parecía pensar lo mismo. Mizuki se hartó finalmente de la situación y decidió usar su último recurso. Su energía se encendió, se concentró en enviarla toda a su espada, para acabar de golpe con todas aquellas molestas criaturas.

—Mizuki, detente —dijo Setsuna, pero él no le hizo caso —Mizuki, por favor, no lo hagas.

—Es la única forma de salvarte —contestó él, poniéndose de pie, con la espada extendida —Lo siento, Setsuna —los ojos de la mujer comenzaron a cristalizarse.

—Un hombre jamás debe hacer llorar a una dama —dijo entonces una voz, al tiempo que trozos del duro cuerpo de los dragones caían pesadamente al suelo —¿Están bien?

—¿Quién eres? —preguntó Mizuki, al ver aparecer a un muchacho rubio, con unos ojos que se le hacían tremendamente familiares.

—Mi nombre es lo que menos importa en este momento, tienes que darte prisa y llevarla con un médico —contestó el muchacho. Mizuki se volteó sólo para darse cuenta de que Setsuna se había desmayado. La tomó en sus brazos, viendo cómo más dragones volvían a aparecer —Yo estaré bien, ¡date prisa!

Mizuki asintió y se apresuró a llegar al hospital.

—Bien, parece que mis padres pronto se llevarán una gran sorpresa.

Freyr se golpeó las piernas con los puños, viendo cómo Hotaru se colocaba entre él y el ataque de las harpías. Sus piernas no respondían, ya no podía mantenerse en pie. Hotaru también estaba en su límite, pero aun así, allí estaba ella, protegiéndolo. El muchacho intentó levantarse, pero de nuevo cayó patéticamente al suelo.

—Maldición. Maldición. Maldición.

—No te preocupes, Sieg, esta vez yo te protegeré —dijo Hotaru, decidida.

—No se preocupe, princesa Hotaru, yo me encargo —dijo entonces una misteriosa voz femenina —¡Eclipse de Sol!

Las harpías fueron eliminadas al instante. La chica que los había salvado… Hotaru podía jurar que la conocía, o, al menos, se le hacía familiar, pero, ¿quién era?

—Tú… no puede ser… —balbuceó Sieg —Sailor Sunlight —añadió en voz bajísima, para que Hotaru no pudiera escucharlo.

Mientras tanto, en la cima de la Torre de Tokio, Fauno observaba, ligeramente sorprendido la forma en la que la batalla se estaba desarrollando. No esperaba que nadie interviniera. Pero, de cualquier forma, la victoria sería suya mientras tuviera la caja de Pandora consigo. Ni siquiera un ejército de miles de guerreros poderosos sería capaz de resistir los continuos ataques de su batallón de criaturas mitológicas.

—Qué estupidez, ¿por qué mejor no se rinden?

—¿Por qué mejor no te rindes tú, Fauno? —el aludido levantó la vista y alzó una ceja.

—¿No eres acaso Aika Kou, la hija de la princesa de Venus? —preguntó Fauno —¿Qué estás haciendo en esta época? ¿Acaso quieres ser castigada por los Jueces?

—Eso es lo que menos importa en este momento, además, ¿por qué estás preocupándote por el enemigo? —contestó la muchacha —Da igual, de todas formas voy a derrotarte, aquí y ahora.

—Tonterías, tengo la caja de Pandora, nadie puede derrotarme.

—Oh, ¿caja de Pandora? ¿Te refieres a esta cosa? —los ojos de Fauno cambiaron a una expresión de sorpresa en cuanto vio que Aika sostenía la caja, ya cerrada, en su mano izquierda.

—¿Cómo fue que tú…?

Pheromones, el arma secreta de las descendientes de Venus —respondió Aika, con una sonrisa de suficiencia —Y no hay nadie que las controle mejor que yo.

—Maldita seas —replicó Fauno, quien era incapaz de moverse en ese momento, o de apartar sus ojos de Aika.

—Es hora de destruir esta cosa, para que no cause más problemas —Aika le dio un puñetazo y la caja se destrozó por completo, luego arrojó los trozos hacia el suelo —Adiós, Fauno —y dicho esto, Aika desapareció.

Fauno fue entonces capaz de moverse nuevamente. Maldijo a la mujer y se apresuró a seguirla. Tenía que acabar al menos con ella o la ira de su señor caería sobre él. Tragó saliva. No le hacía ni pizca de gracia imaginarse la clase de castigo que le daría su señor si se enteraba de que había perdido la caja de Pandora.

Cuando finalmente se acabó la batalla, todos fueron a reunirse en las afueras de la ciudad, donde Sailor Moon y Eos se habían enfrentado al Kraken. Los guerreros del universo se quedaron asombrados al ver que Serena finalmente había logrado despertar Eclipse. Mientras intentaban ponerse al corriente con todo lo que había sucedido en las últimas horas, aparecieron cuatro misteriosos personajes.

Las primeras eran unas hermosas gemelas de cabello negro y brillantes ojos azulados. También estaba allí una chica de cabellera plateada y ojos azules. Y por último un muchacho rubio de ojos rojizos. Los guerreros los miraron con desconfianza, pero antes de que alguno pudiera decir nada, una de las gemelas tomó la palabra:

—Este tipo de ataques no cesará ahora que el señor oscuro se ha dado cuenta de la magnitud de sus poderes.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Yaten.

—Eso es algo que no podemos responder en este momento, Alteza —le dijo la chica de cabello plateado —Pero le aseguro que no somos enemigos y que esta no será la primera vez que nos veamos.

—¿Cómo se supone que confiemos en ustedes si ni siquiera sabemos quiénes son? —insistió el de cabellos plateados.

—Ellos… no son malas personas —intervino Hotaru —Nos ayudaron, además, su energía es cálida. No puedo percibir maldad de ellos.

—Es cierto, no son malas personas, pero vienen de una época diferente, ¿no es así? —preguntó Seiya —¿Qué los trajo hasta aquí?

—Hemos venido a pedir la ayuda del príncipe Seiya y la princesa Serena —contestó la que parecía ser la menor de las gemelas —¿Nos escucharán? Traemos noticias de Amaterasu.

—¡¿Noticias sobre la Maestra?! —exclamaron Garuda y Eos, al unísono.

—¡Por supuesto! —exclamó Serena al instante —¿Saben dónde está Amaterasu? ¿Está bien?

—Lamentablemente, la señorita Amaterasu no se encuentra bien —dijo el muchacho de rubios cabellos —Está prisionera en Kinmoku.

—¿Prisionera en Kinmoku? ¡Eso es imposible! —replicó Taiki —La reina Kakyuu jamás permitiría que…

—Su Majestad ha cambiado, príncipe Taiki —dijo la mayor de las gemelas —Desde que Heracles de Varuna apareció en su vida, se ha convertido en una persona completamente diferente. Es más, ha dejado todas las decisiones importantes en manos de ese hombre.

—¿Qué saben ustedes de la reina? —replicó Yaten, enfadado.

—Sabemos más de lo que usted cree, príncipe —continuó la muchacha —Porque hemos visto lo que ha sucedido con Kinmoku desde que ese sujeto apareció. Como una pequeña muestra, déjenme decirles que la reina acaba de casarse, en una ceremonia privada donde ni siquiera estuvo su hermano, al que tanto quiere. Heracles de Varuna no permitió que ella invitara a nadie.

—Todo lo que ella ha dicho es cierto —agregó Mina, con rostro serio —La reina ha hecho ojos ciegos a las injusticias que ha cometido ese hombre. Permitió que destruyeran la Brigada Real que su amada abuela fundó, restauró la pena de muerte, incluso… permite que Amaterasu sea torturada y tratada como traidora —Yaten se quedó mirando fijamente a su novia, supo de inmediato que no mentía y se quedó horrorizado.

—¡Tenemos que salvar a la Maestra! —exclamó Garuda —¡Partamos de inmediato, Eos!

—No, ninguno de ustedes se moverá de aquí —dijo Seiya. Garuda lo miró, con una expresión de ira tras la máscara —Bombón y yo nos encargaremos de salvarla, después de todo, le debemos mucho.

—¡Príncipe Seiya! Nosotros también somos guerreros del universo, por lo que tenemos derecho… —empezó Eos, antes de que Garuda perdiera el control e interviniera.

—Eso lo sé bien, Eos, no eres el único que se preocupa por ella —le dijo Seiya —Pero tampoco podemos dejar la tierra sin protección, además, si Heracles de Varuna es tan terrible como nos lo han dicho y como yo mismo sospecho…

—Heracles de Varuna no es sólo "terrible", príncipe Seiya —intervino la menor de las gemelas —Él es la fuente del mismísimo mal, es el señor oscuro, Despair.

Silencio sepulcral. Todos estaban demasiado impactados con la información que acababan de recibir como para ser capaces de procesarla y reaccionar. Habían tenido al mismo señor oscuro tan cerca, pero ninguno había sido capaz de darse cuenta. ¿Qué clase de guerreros eran?

—Kinmoku pronto se convertirá en la fuente de todos los ataques al universo —continuó el rubio —La misma reina corre peligro.

—Seiya, tenemos que darnos prisa e ir a Kinmoku —dijo Serena.

—¿Acaso piensan ir ustedes dos solos? —preguntó Yaten —¡Imposible! Es demasiado arriesgado.

—Un grupo grande aumentaría el riesgo —razonó Taiki —La idea de todo esto es salvar a Amaterasu sin que Despair se dé cuenta. Además, no podemos marcharnos todos y dejar la tierra sin protección.

—Taiki tiene razón —agregó Lita —Además, en este momento, creo que Serena y Seiya son los más capacitados para enfrentarse al señor oscuro. A nosotros aún nos queda un largo camino por recorrer.

—Bueno, no se diga más —dijo Seiya, volteando hacia Serena —Bombón, ¡nos vamos a Kinmoku!

—Hemos recolectado información que les será útil para la misión, —dijo la menor de las gemelas —pero de momento es mejor que descansen y partan mañana a primera hora. Nos encontraremos aquí y entonces les daremos los detalles.

—Creo que es lo mejor, Serena, Seiya —habló Amy —Después de todo, acaban de regresar de la Luna.

Todos estuvieron de acuerdo y comenzaron a dispersarse, pero entonces Hotaru dijo:

—Un momento, ¿dónde están mamá Setsuna y Apolo?

—Ah, casi lo olvido —contestó el rubio —La princesa Setsuna no estaba sintiéndose bien y fue llevada al hospital cuando yo aparecí.

Ninguno dijo nada más y, regresando a su apariencia de civiles, todos corrieron al hospital. Mina se quedó un poco más atrás, junto con Yaten, que ya se disponía seguir a los demás cuando la muchacha de cabellos plateados la sujetó por la muñeca.

—Mina, ¿por qué te quedas atrás? —preguntó Yaten, pero la rubia no lo escuchó.

—La oscuridad pronto comenzará a manipular tu corazón —dijo la muchacha. Mina parpadeó, confundida —Pero no te preocupes, no dejaré que te conviertas en una marioneta, yo te protegeré, mamá.

Mina se quedó boquiabierta, viendo cómo la chica se marchaba. Yaten regresó y la tomó de la mano, arrastrándola con él.

—Vámonos —le dijo y ella asintió, saliendo de su ensimismamiento —¿Estás bien? —ella asintió y continuó caminando, bajo la mirada de un Yaten que no estaba del todo convencido.

Mina definitivamente no estaba "bien".

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Mizuki caminaba de un lado a otro, esperando "pacientemente" a que la puerta de la habitación donde estaba Setsuna se abriera. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que el médico y la enfermera se encerraron en aquel cuarto? ¡Horas!, bueno, la verdad es que no estaba seguro, pero estaba desesperado por saber qué le pasaba a Setsuna. Sólo esperaba – y rogaba – que no fuese nada grave.

Finalmente, después de lo que al rubio le pareció una eternidad, la puerta se abrió y la enfermera le indicó que podía pasar. Setsuna estaba recostada en la cama, con una expresión en su rostro que Mizuki no estaba seguro de cómo interpretar. Parecía molesta, pero también confundida. ¿Qué rayos había pasado? Se acercó a él entonces el médico, un anciano de apariencia amable.

—¿Es usted el esposo de la señorita Meioh? —preguntó el hombre, pero sin dejar que Mizuki le corrigiera, añadió —¡Muchas felicidades! —el hombre parpadeó, confundido y el médico le hizo una seña para que se acercara a Setsuna.

—Setsuna, ¿qué sucede? —ella suspiró profundamente, antes de mirar al rubio.

—Estoy embarazada, Mizuki.

El hombre parpadeó un par de veces, antes de mirar de nuevo a Setsuna, incrédulo. Se aclaró la garganta, mirando a Setsuna como queriendo comprobar que no había escuchado mal. Ella asintió con la cabeza y agachó la mirada. "Estoy embarazada", había dicho Setsuna. Setsuna estaba embarazada. Un momento, eso significaba que, ¡¿iba a ser padre?! Al caer en la cuenta de lo que sucedía, a Mizuki se le iluminó el rostro.

—¡Setsuna, gracias, mil gracias! —exclamó entonces, tomando las manos de su novia y besándola en las mejillas —Me has hecho el hombre más feliz del universo —ella no dijo nada —Pero, ¿por qué no pareces feliz? —ella lo miró con reproche. Él soltó sus manos.

—¿Te parece que este es el mejor momento para tener un hijo, Mizuki? —preguntó ella, con lágrimas en los ojos —¿Acaso no eres consciente de la situación en la que nos encontramos? ¡Soy una guerrera! No puedo simplemente…

—Mi madre me dijo una vez que no hay poder que pueda compararse al de una mujer embarazada —ambos se volvieron, para encontrarse con Serena, que venía seguida de Seiya —Mi madre Ikkuko y también la reina Serenity dijeron lo mismo. Setsuna, ¿no te parece, más bien, que esta noticia es la que necesitamos para seguir adelante?

—Serena…

—Mizuki, ¿puedo hablar contigo un momento? —preguntó Seiya. A Mizuki le pareció extraño que el muchacho estuviera tan serio, pero asintió y salió de la habitación.

—La verdad es que… estoy confundida —dijo Setsuna, cuando ambos hombres se habían retirado —Una parte de mí está que salta de la alegría con la noticia. ¿Lo imaginas?, estoy esperando un hijo, un hijo Mizuki, el hombre que amo, pero eso me hace pensar en mis responsabilidades como Sailor Scout. Ni siquiera sé si voy a ser capaz de sobrevivir a esta batalla, Serena.

—No quiero escucharte decir esas cosas, Setsuna —la reprendió Serena —Todos estamos juntos en esto, ya verás que seremos capaces de sobrevivir para ver crecer a nuestros hijos. ¿Sabes?, yo también añoro ser madre, ¡quiero tres hijos! Un niño…

—¡No puedes detenerme! —el grito de Mizuki les llegó desde fuera de la habitación. Serena se apresuró a abrir la puerta, para averiguar qué pasaba —¡Es mi única hermana, Seiya!

—Mizuki, cálmate, estamos en un hospital —lo reprendió Seiya, tratando de mantener la calma. Setsuna, ayudada por Serena, se puso de pie y se acercó a Mizuki.

—¿Qué sucede? —preguntó la morena. Mizuki agachó la mirada, apretando los puños.

—Mi hermana… mi hermana está en peligro…

—¿Tu hermana? ¿Hablas de Megumi? —preguntó Setsuna, confundida —¿Qué quieres decir con que está en peligro? ¿Dónde está ella?, pensé que trabajaba en este hospital —el rubio se mordió el labio, dándose cuenta de que acababa de revelar información que no debía.

—Creo que no hace falta mantenerlo en secreto por más tiempo, Mizuki —le dijo Serena. Setsuna miró a su novio, exigiendo una explicación. Mizuki respiró hondo y le dijo, sin mirarla:

—Mi hermana Megumi es en realidad…la guerrera Amaterasu y… es prisionera de Despair en este momento… Está en… Kinmoku…

—¡¿Qué?! —Setsuna se llevó ambas manos a la boca, sorprendida. Jamás se habría imaginado que la amable Megumi Hoshida pudiese ser en realidad la poderosa líder de los Caballeros Solares —En ese caso, Mizuki, vayamos a Kinmoku —el rubio la miró, sorprendido —Vamos a salvar a mi cuñada.

—Setsuna, pero, en tu condición… —empezó él.

—Recuerda esto, no hay poder que pueda compararse al de una mujer embarazada —contestó —¿No es así, Serena? —la rubia sonrió, complacida. Mizuki abrazó a Setsuna y ella le correspondió de inmediato. Sentía que, si estaba junto a él, todo iba a estar bien.

—Me alegra que las cosas se hayan aclarado entre ustedes, —habló entonces Seiya —pero ninguno de los dos irá a Kinmoku. Nosotros nos encargaremos de rescatar a Amaterasu.

—Lo siento mucho, pero no puedo obedecer esa orden, príncipe mío —replicó Mizuki —Vamos a ir a Kinmoku con ustedes, aunque no lo quieran.

—Qué sujeto tan problemático —dijo Seiya, con una sonrisa —Parece que no hay forma de hacerte entrar en razón. Qué más da, iremos todos, ¿verdad, bombón?

—Supongo que no tenemos opción —añadió Serena, riendo también.

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Múnich, Alemania.

Su rostro estaba pálido y tenía unas pronunciadas ojeras debajo de sus antes encantadores ojos. Definitivamente no era el mejor momento para que le pidieran hacer esa sesión fotográfica, pero en un momento de cólera simplemente no había podido negarse. No podía soportar el seguir viendo a Haruka; no soportaba su mirada llena de reproche. Sabía que le había fallado, estaba consciente de que ese beso le había dolido más a Haruka que a ella misma, pero, ¿qué más podía hacer? No podía permitir que Moros acabara con ella, ¡no lo habría soportado!

Quería ver a Haruka. La extrañaba con desesperación. La Múnich que tanto amaba no era lo mismo sin ella a su lado. Quería regresar a Japón, pero ¿qué haría cuando la tuviera de frente? Además, fue muy imprudente de su parte marcharse de la ciudad sabiendo la situación crítica en la que se encontraban. No tenía deseos de enfrentarse a Serena, mucho menos al resto de los guerreros. Por primera vez en mucho tiempo, Michiru decidió conformarse con huir, con ser una cobarde.

Justo cuando divagaba en sus pensamientos, su representante entró, llevando consigo a una hermosa mujer de brillante cabellera roja y ojos azules, tan profundos que, cuando la miró, sintió que esa mirada podía atravesarla. Michiru se puso de pie e inclinó la cabeza a modo de saludo, antes de que su manager las presentara.

—Michiru, esta es Vesta, será tu compañera durante la sesión fotográfica de hoy.

—Es un placer, señorita Kaioh, soy Vesta Kanakaris y es un honor para mí trabajar con usted —Michiru le estrechó la mano y sonrió tenuemente. Había algo en aquella mujer que se le hacía tremendamente familiar, pero no estaba segura de qué se trataba.

—En un momento vendrá el encargado del vestuario —anunció John, el representante de Michiru —Las dejo para que se conozcan mejor.

Michiru volvió a ocupar su asiento, enfrente del gran espejo de su tocador. Miró su muñeca para comprobar la hora y se encontró con el hermoso reloj de plata que le había regalado Haruka por su aniversario. Respiró hondo para evitar que las lágrimas arruinaran el maquillaje que tanto trabajo le había tomado a la maquillista. Se cubrió el reloj con la mano cuando sintió un toque en su hombro.

—¿Sucede algo, señorita Kaioh? —preguntó Vesta —¿Acaso peleó con su novio? —Michiru se mordió el labio —Ah, disculpe mi atrevimiento, por favor.

—No pasa nada. Se podría decir que sí, pelee con mi "novio" —contestó, quitándose el reloj y metiéndolo en su bolso —Es un idiota, pero no hablemos de él, mejor dime "Vesta", ese no es un nombre común, ¿cierto? No recuerdo haber visto tu nombre en las revistas europeas antes.

—Mi familia es griega, pero yo nací en Rusia. Hice algunos trabajos menores como modelo en mi tierra natal. En realidad, esta es la primera gran oportunidad que tengo de aparecer en una revista importante, y ¡es junto a la mujer que más admiro! —Michiru se sorprendió un poco, pero le dedicó una pequeña sonrisa.

—Entonces, hagamos un buen trabajo hoy —Vesta asintió.

—Por cierto, señorita Kaioh…

—Sólo Michiru, por favor.

—Sí, bueno, Michiru, ¿le parecería un atrevimiento si la invito a cenar esta noche? —dijo —Verá, este es como un sueño hecho realidad para mí y de verdad me gustaría que pudiéramos ser amigas —Michiru se sorprendió un poco con la actitud de Vesta, pero decidió que no estaba mal ir por unas copas con aquella atractiva chica.

—De acuerdo, es una cita —contestó guiñándole un ojo.