XXXVII. Sin él no puede existir.

«Cuando la verdad sea demasiado débil para defenderse tendrá que pasar al ataque.»

Bertolt Brecht.

Diciembre de 2024.

Suzette Verlac estaba furiosa.

Era la clase de chica cuyas emociones más intensas se manifestaban de forma visible, así que no era de extrañar que sus acompañantes la miraran con el ceño fruncido y sin intención alguna de acercarse.

Era una imagen impactante la de una chica como Suzette usando un puño americano.

—Suzzy, ¿puedo preguntar por qué traes esa arma? Casi nunca la usas.

Xiaolang Honglian y Arya Starkweather, para sus adentros, agradecieron que su colega Günther Longford preguntara lo mismo que ellos querían saber. Seguramente a él, la joven Verlac le contestaría de buena manera, ¿no?

Cher, yo que tú me quedaba callado en este momento.

Bueno, al menos eso no atentaba contra la integridad física de nadie.

—Está bien, me callaré. Pero me lo explicarás cuando lleguemos, ¿verdad?

—Tal vez.

Los cuatro cazadores de sombras tardaron menos de lo que Suzette había previsto en llegar a la Rue du Cirque, lo que debía ser por las vacaciones mundanas. A veces Suzette envidiaba la capacidad de los mundanos de evadirse unos pocos días de sus obligaciones, cosa que los cazadores de sombras no podían hacer, no con frecuencia.

—Agradezcan a Alphonse la visita a L'Étoile —indicó la joven, cuando vislumbraron al final de la calle, en una esquina, un café sin mesas exteriores y con un letrero luminoso apagado.

—No parece la gran cosa —apuntó Xiaolang, ceñudo.

—En eso estoy de acuerdo, considerando a la dueña… —añadió Arya.

Suzette, meneando la cabeza, abrió y cerró la mano derecha con cuidado, acomodando el puño americano entre sus dedos. Acto seguido, empujó la puerta.

La sorprendió hallar el local sin clientela. Según lo que había oído (y casi todo era de parte de sus libertinos primos Arbreblanc), ese lugar era el favorito de los subterráneos de París y nunca se vaciaba del todo. Un vago olor a quemado le dio una leve idea de lo que pudo ahuyentar a los clientes, porque a juzgar por el atuendo, la chica bonita de pelo violeta era mesera y debía atraer lo suficiente a los subterráneos como para que no quisieran irse. Mundana con Visión, supuso. La Gran Bruja de París era rara con ganas, así que sus empleados no debían quedarse atrás.

Precisamente la mundana estaba yendo detrás de la barra, agachándose en actitud de buscar algo, habiendo cruzado antes una puerta batiente que debía ser la cocina. Delante de ella, ocupando unos bancos, se hallaban Alphonse y su irritante parabatai.

—Buenos días. Bienvenidos a L'Étoile —saludó la mundana, sonriendo cortésmente pero sin que el gesto le llegara a los ojos, de un azul que brillaba demasiado—. Deben ser los cazadores de sombras que esperaban Rafe y Alphonse.

Los recién nombrados, a la vez, se giraron y miraron por encima del hombro. Era como si lo hubieran ensayado, pensó Suzette: se vieron realmente simétricos, como si uno reflejara al otro.

Era eso o la conexión de parabatai. Tal vez nunca lo sabría.

—Gusto en verlos de nuevo —saludó Arya, sonriendo ampliamente a los dos muchachos, antes de ver a la mundana con seriedad—. ¿Podrías traernos unos cafés, por favor? Y rápido.

—Lo siento, mademoiselle, pero de momento no tenemos servicio. Es periodo de gracia.

—¿Es qué?

—Esperaríamos una hora más para tomarnos algo, pero no hay tiempo —señaló Alphonse entonces, consultando su reloj de pulsera al añadir—. Père y Kit no deben tardar.

—Tú pediste que viniéramos, Montclaire —espetó Xiaolang, no de muy buen humor—. Al menos deberías explicarte.

—¡Diablos, Verlac! ¿De dónde sacaste eso?

Rafael Lightwood («Lightwood–Bane», corregiría él enseguida) veía el puño americano con pasmo y… ¿admiración, quizá?

—Encontraste algo, ¿cierto, Suzzy?

Alphonse parecía que solo quería confirmar algo que sabía de antemano, lo cual a Suzette logró irritarla más.

—Un día tienes que decirme cómo lo haces, Alphonse. Das miedo.

Alphonse se encogió de hombros, pero algo en su rostro le indicó a Suzette que no tenía el humor habitual, así que carraspeó y fue al grano.

—En los archivos hay registrado algo de «enviar a Oslo una delegación de expertos en subterráneos» —comenzó a detallar, apretando tanto el puño americano que los nudillos se le pusieron blancos—. La orden está firmada por tía Eloide… Eloide Verlac, la directora de entonces, de una forma bastante temblorosa, por cierto… y tenías razón. Su nombre estaba allí.

—¿Cómo? —Inquirió Alphonse.

—Como parte del grupo.

—Pero nunca se fue, ¿verdad?

—No. Hay una nota al pie, diciendo que de última hora, ella y Antoine se quedaban en el Instituto. Algo sobre una emergencia en Montmartre.

—Sí, claro…

El sarcasmo de Alphonse era frío como la nieve. Suzette casi se estremeció al oírlo.

—¿Cuándo se fue la delegación? —Quiso saber él.

—Tres días antes del ataque de Sebastian Morgenstern.

Justo en ese momento, cuando las implicaciones de lo que había dicho calaban en el resto de los presentes, se oyó que entraban al café.

—Bienvenidos a… ¡Ah, monsieur Blackthorn, monsieur Herondale!

Suzette se giró para ver a los recién llegados. Tal como había anunciado la mesera, eran Tiberius Blackthorn y Christopher Herondale, ambos con abrigos largos sobre los trajes de combate. Los ojos de ambos hombres, casi enseguida, se posaron en Alphonse con tal expresión de preocupación, que no le dio tiempo para pensar lo de siempre: que era un desperdicio que hombres tan guapos fueran pareja.

—¿Estás bien, Al? —Preguntó Christopher, arrugando la frente.

—Sí, claro.

—No, no lo estás —aseguró Tiberius con voz serena, sin apartar la mirada—. Pero lo entendemos. ¿De qué información disponemos?

A Suzette le pareció increíble que Tiberius Blackthorn no diera muestras de alterarse, pero eso ya lo había notado hacía dos años, cuando estuvo de visita en el Instituto de Londres. Sin embargo, conforme Alphonse le detallaba lo que sabían, notó en sus ojos grises un destello de tristeza que compartía con Christopher Herondale: era como si ambos quisieran llevarse a Alphonse lejos de todo aquello, con tal de que dejara de sufrir.

¿Quién lo diría? Suzette pensó que esos dos realmente se comportaban como padres.

—¿Dónde se puede refugiar un hada cerca de los jardines de Luxemburgo?

La pregunta de Tiberius fue dirigida a la mesera, cosa que a Suzette no le hizo mucha gracia. Lo peor, pensó con amargura, es que el director de Londres había acertado: ella no sabía lo suficiente del París subterráneo como para guiarlo.

—En teoría, en ningún sitio —respondió la mesera, frunciendo el ceño—. Pero es raro. Tengo la vaga sensación de que hay un lugar…

—Tal vez es tu subconsciente —aventuró Alphonse, con lo cual Suzette pudo ver en él una expresión que le conocía: la de incomodidad ante una posible reprimenda por lo que estaba a punto de decir; eso la hizo sentir enferma—. Como… como cuando supiste lo del relicario.

—Puede ser, pero… Alphonse, en teoría yo no debería acordarme de nada.

—No te preocupes, Perenelle. Cualquier idea es bienvenida.

«Perenelle»… ese sí que era un nombre curioso para una mundana. Suzette no tuvo dudas de que la joven era igual de peculiar, viéndola fruncir el ceño en actitud reflexiva.

—Creo recordar una casa —dijo finalmente la mesera, mirando a un punto imaginario delante de ella—. Una fachada elegante… Pero no era de hadas. La aldaba era de hierro y… —abrió los ojos exageradamente y los fijó, de repente, en Suzette—, y tenía serpientes.

—Serpientes… ¿Los Verlac? —Se extrañó Christopher Herondale.

—Si nuestra suposición es correcta, no tendría nada de raro —espetó Alphonse, viéndose de pronto impaciente, lo cual para Suzette era una novedad—. Suzzy, ¿recuerdas si hay una propiedad Verlac cerca de…?

En cuanto oyó el principio de la pregunta, Suzette supo de qué estaban hablando.

—¡Maldita sea, sí! ¡La casa de mis padres! Si se han atrevido a…

La joven alzó la diestra, apretando de nuevo el puño americano con toda la fuerza que le proporcionaba la ira.

—Juro por el Ángel, Alphonse, aquí y ahora, que si Simone hizo lo que creemos, de mi cuenta corre que pague por ello. Ella y Antoine. ¡Maldición! ¿Cómo pudieron ser capaces?

—Por una vez, apoyo a Verlac —señaló Rafael, llevando una mano a un costado, a la empuñadora de una espada que le colgaba de la cintura.

—Suzzy, ¿tan convencida estás de lo que crees? —Inquirió Günther, muy serio.

—¡Es lo único que tiene sentido! Simone hizo las recomendaciones, ella y Antoine fueron los únicos que se quedaron en París de última hora, ¡todos los que mandaron a Oslo eran los candidatos para sustituir a tía Eloide! ¡Y también eran los únicos cazadores de sombras que eran bien recibidos por los subterráneos en esa época!

—¿Qué hay de Edward Longford? —preguntó de pronto Perenelle, arqueando las cejas.

—Él no contaba —Suzette hizo un gesto de mano para restarle importancia, al tiempo que explicaba—. Quiero decir, era un buen cazador de sombras y todo, pero no era considerado como candidato a director y hay un informe que dice que en esos días, él estaba enfermo. Fue lo único que lo salvó de ser enviado a Oslo con su parabatai.

—Pero no lo salvó de sentir morir a su parabatai, o de tener que matarlo después y mucho menos de suicidarse. ¿Estás diciendo que tus tíos son los culpables de esa cadena de eventos?

Suzette miró a la mesera con desconcierto. De pronto ya no se veía guapa y simple como una mundana, sino que irradiaba una belleza sobrenatural, que la hacía verse fría y colérica.

—¡Contesta, Verlac! ¿Son tus tíos los culpables de lo que llevó a Edward Longford a la muerte? ¿Sí o no?

—Eso creemos, sí, pero ¿a ti en qué te afecta?

En ese momento, Perenelle esbozó una sonrisa, pero a Suzette no le gustó nada. Era un gesto hermoso, pero al mismo tiempo, destilaba desdén y ansias de atacar… de matar, incluso.

A lo mejor se había equivocado y la tal Perenelle no era mundana, después de todo.

—En ese caso, también iré con ustedes —Perenelle sacó un auricular telefónico de debajo de la barra—. Solo necesito avisarle a Madame…

—No podemos llevar a una mundana…

La frase de Xiaolang fue cortada por una mirada helada de Perenelle, acompañada del brazo izquierdo de ella extendiéndose hacia él, mostrando cómo aparecía en su mano una pequeña ballesta con un destello blanco azulado.

—Te estás equivocando conmigo —advirtió Perenelle, cuyo rostro no mostraba otra cosa que severidad—. Por favor, no me provoques. He prometido no matar a ningún cazador de sombras, pero nunca dije nada de herir a uno de gravedad. Iré con ustedes porque esto se ha vuelto personal para mí y deberías agradecerlo, aunque su estúpida Paz Fría no los obliga a mover ni un dedo a mi favor, en caso de necesidad.

—¿Eres un hada? —espetó Arya, atónita.

Suzette se quedó de piedra cuando Perenelle asintió lentamente con la cabeza. ¿Sería un hada mestiza? Su aspecto era prácticamente humano y había dado por sentado que su color de cabello se debía a algún producto mundano. Debido al arma conjurada, podría pasar por bruja, pero si contra todo pronóstico era un hada pura, había dicho la verdad todo el tiempo.

¿Con qué clase de seres se relacionaba Alphonse últimamente?

—Nelly, no hay necesidad… —comenzó Rafael.

—Déjala, Rafe —pidió Alphonse, respirando profundo antes de añadir—. Entre más armas, mejor. No sabemos con qué vamos a enfrentarnos y si dice que es por algo personal, ¿quiénes somos para impedírselo?

—¡Pero Al…!

—Rafe —llamó Perenelle con voz amable, atrayendo la atención del aludido enseguida—. Por favor, no insistas. Ahora no hay tiempo, pero te lo explicaré cuando todo termine. Lo prometo.

—Yo… De acuerdo, Nelly. Entonces, ¿nos vamos ya?

Todos a su alrededor asintieron, dejando a Suzette muy impresionada. Cierto era que su teoría era algo descabellada, ¡pero por el Ángel que tenía lógica! Deseó poder ser más sensible con el dolor que se notaba en los ojos de Alphonse, pero no podía.

El apellido Verlac estaba siendo deshonrado y eso era algo que la hería profundamente.

—Todo va a salir bien, Suzzy —aseguró Alphonse, cordial.

—¡Oh, Alphonse! No te preocupes por mí —al verlo asentir y apartar la vista, dejó de lado cualquier atisbo de vergüenza y le tomó una mano—. Te lo agradezco, y mucho, pero estaré bien. Esta maravilla hace un trabajo excelente —mostró en alto el puño americano, que lanzó destellos plateados y dorados—, y tengo a mi Centurión personal, ¿verdad, cher?

—Verdad, meine liebe —confirmó Günther, ligeramente avergonzado.

Alphonse le dedicó una mirada que pareció durar mucho, por lo intensa que se sintió. Suzette había temido el día que pudiera ver de nuevo al chico más cercano a ella cuando eran niños, al que no supo valorar y que, de una forma cruel, alejó con sus palabras cuando lo que en realidad quería era abrazarlo y verlo feliz. Temía volver a verlo porque, conociéndolo desde pequeño, sabía que había destrozado la poca confianza que le tenía al estar en contra no de él, sino de la gente que ahora era su familia y del parabatai que había elegido. La chica hubiera querido explicarle a detalle lo arrepentida que estaba y el porqué de su actitud pasada, pero no había tiempo. Además, Alphonse no la veía con odio o recelo, aunque bien que se los merecía. Los ojos del muchacho eran sinceros, brillando ligeramente de ese color oro que a veces mostraban y que tanto la fascinara cuando era niña, como señal inequívoca de que, de alguna milagrosa forma, la había perdonado.

De no estar delante de tantas personas, Suzette se habría atrevido a abrazar a Alphonse y le juraría de nuevo, por el Ángel, que no le haría daño nunca más.

En cambio, dio un apretón a la mano de Alphonse, dedicándole una sonrisa agradecida, antes de que su diestra volviera a abrirse y cerrarse, acomodando el puño americano en ella.

Alguien iba a pagar por su dolor y el de Alphonse. De eso no le cabía ninguna duda.

—&—

Amélie fue conducida en completo silencio a una habitación pequeña, oscura y empolvada.

No estaba sola. El hombre hada se quedó, plantado ante la puerta, cruzado de brazos y con los ojos repasando el lugar. Le disgustaba la compañía, pero no tenía forma de deshacerse de ella.

Ya que no tenía otra cosa qué hacer, observó al tipo hada con discreta atención.

Seguramente llevaba un glamour encima cuando la sacó del metro, porque nadie habría pasado por algo aquellos rasgos tan perfectos, en un rostro alargado enmarcado por una cortina de pelo que lanzaba un brillo metálico, entre blanco y gris. La única luz que le habían dejado provenía de un par de velas puestas en botellas de vidrio, sobre una desvencijada mesa, y gracias a eso comprobó lo que antes notara de sus ojos: uno era oscuro, tal vez negro o marrón, mientras que el otro brillaba como moneda de oro.

Para su asombro, el hada no se mostraba completamente estoico. También la estaba observando y por fortuna, lo único que mostraban sus facciones era curiosidad.

Tienes sangre de hada.

Amélie volvió a fruncir el ceño. El tono del sujeto era de afirmación, pero no sonó tan agresivo como en el metro. Sin embargo, lo que le daba más miedo era que había comprendido casi todas las palabras.

En ese momento, el hada carraspeó y usó el francés para decir.

—Tú eres su madre, ¿no es así?

—¿La madre de quién?

—De Alphonse Edward Montclaire.

Con dificultad, Amélie logró no mostrar inquietud. ¿Ese tipo de dónde conocía a Alphonse?

—¿Por qué lo crees? —Prefirió preguntar.

—Sus ojos son iguales.

Amélie, por una vez, maldijo el rasgo que le había heredado a su hijo.

—Soy una mundana —le recordó.

—Una mundana con Visión —completó el tipo—. Una mundana con sangre de hada.

—¿Sangre de hada? ¿Yo?

—Sí.

—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso?

El sujeto inclinó la cabeza por un momento y cuando la miró de nuevo, Amélie supo que iba a oír algo que quizá no le gustara, pero que era la verdad.

—Tu hijo, tu padre, tú… ¿De quién crees que han sacado esos ojos tan peculiares?

—&—

—Vaya forma de viajar tienen los mundanos…

Suzette miró con las cejas arqueadas las escaleras que acababa de subir, sobre las cuales había un letrero que indicaba una estación de metro.

—No me sorprende que digas eso.

Rafael Lightwood la miró con las cejas arqueadas, cosa que a Suzette no le hizo gracia.

—¿Por qué?

—Bueno, Al me dijo una vez que la mayoría del tiempo, te dejaban de guardia en el Instituto.

—¿De dónde sacó esa idea?

Rafael se encogió de hombros, pero su ceño fruncido decía a gritos que algo no le gustaba.

—¿Por qué lo dices así? —Preguntó él.

—¿Cómo que por qué? Yo sí hacía patrullas. Con mis tíos, más que nada. Ellos solo me decían…

Se calló, apretando con fuerza el puño americano en su mano derecha.

—Déjame adivinar: te decían que Al se iba a patrullar con alguien más.

—Sí, debí saber… Era raro cuando alguien quería hablar con Alphonse, ya no digamos hacer algo con él. ¿Con quién patrullaba, por cierto?

—Con nadie.

—¿Es una broma? Hacía patrullas prácticamente desde que le impusieron la primera runa. ¡Tuvo que ir con alguien! ¡Es menor de edad!

—Lo sé, pero solo repito lo que él me contó. Lo que por cierto, no fue mucho.

A Suzette le parecía increíble identificarse con ese muchacho tan irritante, pero así era.

—Alphonse no es muy elocuente —confirmó.

—¡A veces sí habla! Pero la mayoría del tiempo debo preguntarle directamente o no me dirá nada. A propósito de preguntar, ¿qué pasa contigo y el Centurión?

—¿Con Günther? —Rafael asintió, así que Suzette dejó escapar un suspiro—. Estamos saliendo, aunque en el Instituto solo lo sabe Jean–Luc y en casa de él Geraldine, su madre.

—Voy a adivinar de nuevo: a tus tíos no es hace gracia.

—Ni a Gilbert, el padre de Günther. ¿Cómo lo supiste?

—Lo supuse por algo que dijo él. ¿Qué le viste? Es un gruñón mal encarado.

—¿A ti qué te importa?

Rafael hizo una mueca, pero de alguna forma, Suzette supo que no estaba enfadado. Cosa rara, si hasta hacía poco, cualquier cosa que ella dijera, a él parecía disgustarle.

—Si algo sale mal con él, Al querría ayudarte —respondió Rafael con sinceridad.

—Y tú crees que no me lo merezco, ¿verdad?

—Sí, pero eso no es mi asunto. Es asunto de Al y lo que él decida, está bien para mí.

—¿Así nada más?

—Así nada más. Es mi parabatai. Confío en él.

—Nunca creí que elegiría a alguien como tú.

—Yo tampoco. La primera vez que le pregunté, me dijo que no.

Suzette arqueó las cejas, sorprendida.

—Se llevan bastante bien, ¿por qué…?

—¿Tú por qué crees? ¿Qué le han dicho de su padre desde siempre? Créeme, le estoy guardando un buen golpe a tu tío por eso.

Ante eso, la chica inclinó la cabeza, apretando aún más el arma en su diestra.

—Ah, una cosa más: si llegara a pasarme algo, procura que Al no haga una tontería.

—¿Le tienes tan poca fe a Alphonse?

Suzette se arrepintió de lo que había dicho, al sentir la dura mirada de Rafael sobre ella.

—Es todo lo contrario —indicó él, bajando un poco la voz al explicar—. Le confiaría mi vida, pero a veces, cuando está demasiado preocupado o asustado, Al no es el mismo. Eres la única, creo, que sabría qué hacer en ese caso. Aunque no me haga ni pizca de gracia.

Suzette sintió un nudo en la garganta. Esperaba haber entendido bien la intención de Rafael al pedirle eso, recordando que el muchacho podía resultarle insoportable, pero hipócrita no era.

—Parecemos un par de padres preocupados —soltó, intentando bromear.

—¡Por el Ángel, no! Para padres preocupados por Al, bastan Tiberius, Kit y la señora Amélie.

—¿Amélie? ¿La mundana que se llevaron? ¿Ella por qué iba a preocuparse por Alphonse?

—¿La has visto en persona alguna vez? Es informante del Mundo de las Sombras. Muchos en París parecen conocerla bien, a ella y a su hermano Étienne.

—Espera, si es informante y tiene a un Étienne por hermano, ¿es Amélie Poquelin? Solo la he visto una vez, de lejos, cuando acompañé a uno de mis primos a recoger un reporte.

—Sí, ella misma.

Suzette intentó recordar. Fue difícil, debido a la poca atención que prestaba a los mundanos, pero finalmente vino a su memoria una mujer de aspecto delicado, largo cabello y…

—Sus ojos eran…

—Ajá.

—¿Entonces ella es…?

—¡Madre!

La exclamación de Alphonse terminó con cualquier intento de respuesta que estuviera pensando Rafael. Tanto Suzette como él prestaron atención al frente, localizando la fachada elegante de una casa, por cuya puerta salía una figura menuda y que lucía un abrigo verde.

Mientras Alphonse se echaba a correr, Suzette vio cómo Rafael hacía una mueca antes de seguir a su parabatai, mientras ella y el resto del grupo se quedaban rezagados.

—¿Es en serio? —Le preguntó Günther en un susurro, mirando a Suzette.

—Lightwood–Bane dio a entender que sí. Por favor, cher, ayúdame a protegerla, ¿sí?

—Dalo por hecho.

Suzette le sonrió sin girar la cabeza. Sabía que Günther la observaba y que no necesitaba agregar algo más. La comprendía bastante bien, aunque se expresara de forma tan escueta.

De pronto, Rafael hizo señas para que se acercaran, lo cual no tardaron en hacer. A Suzette le pareció que la joven hada, Perenelle, era quien más se apresuraba, aunque no le importó cuando vio que fue con la mundana y le pasaba un brazo por los hombros.

—¿Qué sucede? —preguntó Tiberius Blackthorn.

—¡Monsieur Blackthorn! No pueden… ¡Perenelle, me salvó el hada!

—¿Qué?

—¡Sé que no pueden atacar a los suyos! —la mundana veía a los cazadores de sombras por turnos, hasta detenerse en Alphonse—. No pueden, a menos que sean criminales… ¿Verdad?

—Lo sabemos —aseguró Alphonse, antes de acercarse lo suficiente a la mundana como para tomarle una mano—. La denuncia está hecha y los Centuriones serán los que arresten a los cazadores de sombras. Pero madre, ¿decías algo de un hada?

La mundana, según notó Suzette, tenía los ojos brillantes, claramente a punto de echarse a llorar, pero conseguía contenerse de alguna milagrosa forma.

—Dijo que te conocía —respondió, tragando en seco al añadir—. Y que te lo había jurado.

—¿Jurado? ¿A mí? ¿Qué…?

Por la expresión de asombro que Alphonse compuso de pronto, Suzette supo que había recordado algo. Algo importante. Lo vio sacar de un bolsillo un trozo de papel doblado, amarillento y de aspecto frágil, el cual desplegó y miró fijamente, frunciendo el ceño.

—No lo entiendo —masculló, mirando enseguida a la chica hada—. Perenelle, por favor…

—¡Alphonse, no puedo! Si es algo que yo no debo ver, esa cosa podría…

—¿Qué es? —la mundana se había acercado a Alphonse y veía el papel con interés.

—¡No, madame Poquelin! ¡Eso es…!

—¿Qué clase de alfabeto es este? Nunca lo había visto.

—En teoría, es de un dialecto feérico, madre. La nota me la dejó un hada.

—¿Un hombre demasiado guapo, de pelo plateado y ojos de dos colores?

—Lo que dices coincide, solo que los ojos… Si es el mismo hombre hada, los ojos los llevaba cubiertos cuando lo conocimos. ¿Te dijo su nombre?

—No, lo siento.

—Madame Poquelin, ¿está bien?

—Sí, Perenelle, ¿por qué?

Un estruendo, proveniente del interior de la casa, impidió que la conversación siguiera, lo cual a Suzette le pareció estupendo. No estaba entendiendo gran cosa.

—Madame Poquelin, ¿podemos contar con su testimonio acerca de una transgresión al Convenio por parte de cazadores de sombras? —inquirió Günther, con voz práctica.

—¿Se refiere a que si voy a confirmar que ellos son los culpables de mi secuestro? Sí, lo haré. Cuando me lo pidan. De todas formas, nunca me han caído bien, ahora sé por qué.

—Madre, llama a tío Étienne —Alphonse le entregó su teléfono celular—. Pídele que venga por ti. Espéralo en los jardines de Luxemburgo, a la vista.

—Sí, permíteme un momento y…

Otro golpe ahogó la intención de la mundana de seguir hablando. Hizo una mueca, como si algo le doliera, antes de usar el celular en sus manos y marcar un número a toda velocidad.

—Deberíamos ir entrando, antes de que ocurra algo que afecte a la ciudad —indicó Tiberius Blackthorn con voz seria.

Suzette, que se había distraído viendo a la presunta madre de Alphonse llevándose el celular a una oreja, miró al director de Londres con una ceja arqueada. ¿En qué momento había sacado ese puñal y un cuchillo serafín? Llevaba las armas, una en cada mano, con una soltura que indicaba su práctica en usarlas. A su lado, Christopher Herondale había sacado una sola daga, pero no parecía preocupado en absoluto pues, con un movimiento de mano, se dejó ver que al cinto llevaba varios cuchillos arrojadizos.

—Adelante —musitó, más para sí misma que para cualquier otro.

Amaba la casa de sus padres, pero seguro que a ellos no les importaría que la dañara un poco si era por hacerles justicia finalmente.