Capítulo 37
- ¿Señorita Candy? – preguntó George sin disimular su sorpresa y regalándole su mejor sonrisa – Pero… ¡qué sorpresa!
- George… quiero decir…
- ¿Ustedes se conocen? – preguntó Graham.
- Algo así – dijo Albert con una fría sonrisa - ¿Cierto, señorita White? Tantos años, Candice…
- Cierto… tantos años…
Candy no supo si llamarlo Albert o William. Estaba totalmente impresionada y en su mente había una sola idea: "Estamos perdidos".
- Tomemos asiento, por favor – invitó Graham.
- No puedo creerlo – le dijo en voz baja Albert a George - ¿Candy? Archie me había comentado algo de una clínica, pero pensé que estaba trabajando en una de ellas.
- Eso es porque nunca prestas atención a nada, Albert. Archie y también Annie nos han hablado varias veces del negocio de Candy… pero confieso que jamás pensé que fuera tan importante. ¿Y encontrarla así? Vaya. La vida es muy irónica.
- Bueno, me trae sin cuidado. Creo que esto va a ser muy sencillo y nos dará tiempo para preparar mejor la otra propuesta.
- No te confíes, Albert.
- Por favor, George… ¿qué podría salir mal?
En el otro extremo de la mesa, Candy no podía quitarle los ojos de encima a Albert. Estaba perdida. Jamás podría competir con Albert, ¡jamás! Aparte de eso, el dinero con el que había comenzado su negocio era en realidad dinero de él, ¿cómo iba a quitarle una oportunidad de negocios? No podía… eran amigos… o al menos alguna vez lo habían sido. Lo poco que sabía de negocios lo había aprendido oyéndolo a él y a George… no podía. Simplemente, no podía competir con él.
- Candy, estos son los documentos que debes entregar al señor Graham, luego debes…
- No puedo, Lorraine – dijo Candy.
- ¿Qué no puedes?
- No puedo hacerlo, Lorraine. Es Albert. Es William Albert Andrew. Alguien como yo no puede ganarle. Sus empresas son enormes, estamos perdidas – sentenció, sintiéndose totalmente acabada.
- Sí, es cierto, sus empresas son enormes y él tiene mucha experiencia, pero vamos, Candy, tú misma lo dijiste: es tu sueño y vas a pelear por él.
- No puedo pelear contra Albert.
- Oh, vamos, mujer. No me salgas con esas cosas ahora. Esto no es una pelea contra él ni contra nadie. Esto son sólo negocios, Candy. Es trabajo, no es la vida. No creo que él esté pensando en dejarse perder. No te preocupes. Sólo haz lo mejor posible – le dijo Lorraine con una sonrisa.
- ¿Están listos, señores? – preguntó Graham.
- Desde luego – dijo Albert mirando a Candy con una sonrisa confiada.
- Claro… claro – tartamudeó Candy.
- Señor Graham, ¿le parece si dejamos que las damas comiencen? – preguntó Albert.
- Desde luego, ¿señorita White?
Candy miraba a su alrededor con ojos de niña perdida. Era imposible. Jamás podría competir con Albert. ¡Con William Albert Andrew! Sentía la garganta seca, sudaba frío y le tiritaban las manos.
- ¿Señorita White? – preguntó de nuevo Graham.
- ¿Eh? – dijo Candy.
- ¿Desea comenzar su presentación?
- Yo… en realidad…
Albert miró su reloj y luego le dirigió una sonrisa de satisfacción a Candy. George sabía que Albert estaba disfrutando el momento de nerviosismo de Candy y le pareció increíble que hiciera algo así.
- Albert, no debiste hacer eso – le dijo George en voz baja – Sabías que se pondría aún más nerviosa.
- Naaa, déjala, George. Candice no es la niñita que tú te imaginas –le dijo en tono amargo, recordando su último encuentro - Terry le enseñó muy bien a defenderse.
- ¿Cómo puedes decir eso? – le respondió sorprendido y contrariado George.
- Créeme, amigo: lo último que ella necesita es nuestra compasión – y luego agregó en voz alta – Señor Graham… no quisiera ser mal educado, pero… tengo un día algo ocupado y…
- Desde luego, señor Andrew. Señorita White, ¿prefiere que empiece el señor Andrew?
Lorraine seguía cada detalle de Albert. Sabía que estaba presionando a Candy a propósito; peor aún: lo estaba disfrutando. Candy seguía paralizada. Albert acabaría con ella sin piedad, eso estaba claro. Pero no era justo… no después de todo lo que Candy había luchado. No después de que había invertido pasión y esfuerzo en cada detalle. No después de haber desarrollado un proyecto que de verdad era excelente. Lorraine tomó un papel y escribió algo. Disimuladamente, lo puso en la mano derecha de Candy. La rubia la miró y Lorraine le sonrió, haciéndole una leve inclinación de cabeza. Candy miró el papel: "Lucha por tu sueño". Candy sonrió y en voz muy baja le dio las gracias.
- Disculpe, señor Graham. Comenzaré de inmediato.
- Bien, la escuchamos.
- Esto va a ser muuuuy interesante – le dijo Albert a George en voz baja, poniéndose cómodo y riendo para sus adentros.
Poco a poco, con voz entrecortada, Candy comenzó su presentación. Se esforzaba por recordar los gestos y las fórmulas que usaba John, pero apenas lograba articular palabra. Lorraine le indicaba qué parte de los documentos debía explicar y sufría junto a ella. Candy se confundía una y otra vez y trataba de remediar sus errores con sonrisas nerviosas. Albert no le quitaba la vista de encima, con una sonrisa burlona en los labios, haciendo que se sintiera cada vez más nerviosa. Candy quería concentrarse en la presentación, pero una y otra vez venían a su cabeza las palabras que Albert le había dicho la última vez que habían hablado, mismas palabras que él también recordaba mientras la chica intentaba hacer su presentación. Así, a medida que la inseguridad de Candy aumentaba, la orgullosa soberbia de Albert aumentaba.
Entonces Lorraine escribió otro papel y lo puso sobre los que Candy estaba usando para la presentación: "¡Concéntrate!". Candy la miró sorprendida y vio que Lorraine le daba una mirada severa. Tenía razón, debía concentrarse. Empezó nuevamente y otra vez se equivocó en algunas cifras. El señor Graham pareció contrariado y Albert se acomodó en su silla, cruzándose de brazos, con una sonrisa torcida en los labios. No estaba funcionando. Definitivamente no estaba funcionando.
"¿Crees o no en tu proyecto?" escribió otra vez Lorraine. Candy respiró profundamente. Sí. Sí creía en su proyecto. Avanzó un poco más. Y luego un poco más. "¡Bien! Sigue así", decía el siguiente papel que Lorraine dejó sobre los documentos. Poco a poco, las manos de Candy dejaron de temblar y su voz comenzó a tomar un ritmo más pausado y claro. Era su sueño. Creía en su proyecto. Sabía que era bueno. Tenía que luchar. Le pidió a Lorraine que le pasara una carpeta y ella aprovechó el momento para dejar otra nota entre las hojas: "Explícales por qué crees en tu proyecto". Sin pensarlo dos veces, Candy explicó lo que Lorraine le indicaba. Graham se mostró mucho más interesado y eso animó a Candy. A continuación venía la parte más complicada. Las cifras. Los datos duros. Candy respiró hondo y Lorraine le pasó la carpeta correspondiente. Candy la abrió y leyó la pequeña nota de Lorraine: "Son sólo números. No necesitas entenderlos. Recítalos". Candy sonrió.
Entonces recitó.
Línea por línea, explicó cada uno de los cálculos que conocía de memoria, indicando cómo esperaban recuperar la inversión, cuánto esperaban ganar el primer año, cuánto el segundo, el impacto que el proyecto tendría sobre el valor de las propiedades circundantes, todo. En algún momento dudó, pero rápidamente recuperó el ritmo. Poco antes de terminar, Lorraine le entregó el último documento y con él, su último mensaje. "¡Gana!" Era su momento de brillar. Candy explicó las últimas cifras y cerró su presentación detallando el efecto positivo que esperaban tener sobre la comunidad con un proyecto que ella calificó como limpio y eficiente.
- En el futuro, señor Graham, lugares como el que pensamos construir serán la norma: respetuosos con el medio ambiente y respetuosos con la gente. Le aseguro que haremos un proyecto que beneficiará a todo el sector. Jamás haríamos algo que dañara el entorno. Queremos crecer junto a las personas que nos rodean, tal como lo hemos hecho ya en nuestras otras clínicas. Muchas gracias por su tiempo.
- Gracias a usted, señorita White. Su enfoque es realmente muy novedoso. En realidad sería lamentable perder la belleza de un lugar tan maravilloso… pero negocios son negocios. Veamos qué nos ofrecerá el señor Andrew.
Candy respiró hondo. Estaba agotada. Lorraine ordenó las carpetas y disimuladamente deslizó otra nota. Sin que nadie lo notara, Candy lo abrió y un pequeño chocolate cayó en su falda. "Te lo mereces, campeona". Candy miró a Lorraine con una sonrisa en los labios.
- Gracias, Lorraine- le dijo en voz baja.
La chica asintió en silencio y le regaló una amplia sonrisa. Candy había pasado su primera prueba.
La presentación de Albert había sido tal como se esperaba que fuera: perfecta. Candy lo miraba admirada y consideraba que cada palabra era la palabra perfecta y que cada gesto, era el gesto perfecto. Albert era el mejor y ella lo sabía. A los cinco segundos tenía claro que él había ganado. Se movía confiado por los números, las cifras, los indicadores, todo. Perfecto. Y agresivo. Su propuesta era fuerte y reconocía que afectaría negativamente el entorno, pero daba tantas razones económicas para justificar la inversión, que Candy terminó por convencerse de que una clínica sería algo horrible en comparación con lo que Albert quería construir. Si ella tuviera que decidir, le vendería el terreno a Albert.
- Finalmente, señor Graham – señaló Albert – está su prestigio. Si bien la propuesta de la señorita White resulta… ¿cómo decirlo? Cándida – dijo con una leve sonrisa, ignorando a Candy en todo momento – ambos sabemos que lo mejor para ustedes es hacer negocios con alguien de nuestra solidez. Los proyectos basados en fantasías no llegan a ninguna parte.
Todos se sorprendieron ante el innecesariamente agresivo comentario.
- Con todo respeto, señor Andrew, debemos reconocer que la señorita White ha hecho de sus fantasías, como usted las llama, una realidad muy interesante y rentable.
- Es sólo por la novedad, señor Graham – contestó de inmediato Albert – Todos lo sabemos. Nuestra propuesta le permitirá aumentar sus ganancias en muy corto plazo. Confíe en mí, señor Graham: no siga fantasías, ¡siga el dinero! – remató Albert con una sonrisa.
- Gracias por sus consejos, señor Andrew – dijo incómodo Graham.
George no podía dar crédito a sus oídos. Candy sintió que se hundía en su asiento mientras Albert la miraba por primera vez, con una sonrisa triunfadora. Lorraine, en cambio, estaba blanca de ira. ¿Quién se creía ese hombre petulante? ¡No tenía derecho a burlarse de Candy!
- ¿Les parece que hagamos una pausa para un café? – preguntó Graham.
- Desde luego – dijo Albert confiado.
Se dirigió a la puerta y cuando pasó junto a Candy, le dijo en voz baja:
- Nada de resentimientos, ¿eh? Negocios son negocios, ¿cierto, Candy?
- Claro… claro… – dijo Candy en un hilo de voz.
- Señorita Candy, la felicito por su presentación – dijo George adelantándose - Ha hecho usted progresos admirables. Me alegra verla tan bien.
- Gracias, George.
- George, ¡por favor! – se quejó Albert - Vamos por un café.
Antes de salir, como era costumbre, Graham entregó a cada uno los documentos que explicaban la propuesta económica del otro grupo, para que así pudieran hacer la última presentación.
Candy estaba destrozada. Albert no sólo la había apabullado con su presentación, sino que también se había reído de ella y su proyecto, tildando todo de "fantasías". Sólo quería irse de ahí. No tenía caso seguir perdiendo el tiempo. Albert había ganado y todos lo sabían. Lorraine, en cambio, estaba indignada.
- Ese hombre es un grosero – reclamaba - ¿Cómo se atreve a tratarte así?
- Él tiene razón, Lorraine. Al señor Graham no le conviene vendernos el terreno; le conviene asociarse con las empresas Andrew.
- ¿Y por qué? ¿Porque sus empresas son más grandes?
- ¿Te parece poco?
- Pues cualquiera que hubiese heredado la fortuna que él heredó y que tuviera un equipo como el que él tiene habría hecho lo mismo. Tú, en cambio, has creado todo esto sola, Candy. ¡No hay comparación!
- Tal vez, pero al final del día, lo mío no son más que lo que él dijo: fantasías – dijo Candy con infinita tristeza.
- Pues todo negocio es una fantasía mientras no se trabaja duro para transformarlo en un éxito – sentenció Lorraine – Pase lo que pase hoy, no lo olvides nunca Candy. Aunque pierdas esta batalla, nunca debes renunciar. ¡Menos ante un engreído como este!
- ¿Pasemos? – preguntó Graham.
- En seguida – le dijo Candy. Luego se volvió a Lorraine – Tienes razón, Lorraine. Esto es sólo una batalla. Si no ganamos hoy, buscaremos otro lugar. Empezaremos todo de nuevo. No vamos a rendirnos.
- No. ¡Nunca! – Lorraine le dio un abrazo. Ambas sabían que no había forma de ganarle a Albert – Vamos, señorita White. Lo que tenga que pasar, pasará. Sólo recuerda algo: esto es sólo trabajo, no es la vida. Vamos.
Una vez de vuelta en sala de reuniones, Graham le pidió a Albert que indicara si tenía algún comentario sobre la propuesta económica de Candy. Albert señaló perezosamente algunos puntos, casi son aburrimiento. Nada importante, sólo detalles insignificantes.
- Fuera de eso – dijo para terminar – la propuesta es simplemente menos rentable que la nuestra. Creo que eso es razón más que suficiente para que usted opte por nosotros.
- Gracias por sus consejos, señor Andrew – dijo en tono molesto Graham – Señorita White, ¿quisiera darnos su opinión sobre la propuesta del señor Andrew?
- A decir verdad, señor Graham, creo que la propuesta es muy buena y que…
- ¡Se los dije! – comentó satisfecho Albert desde su asiento.
- Albert, cállate, por favor – lo retó George en voz baja.
- Lo siento, lo siento – rió Albert – Sigue por favor, querida - dijo Albert con voz compasiva.
¡Eso era suficiente! Ese arrogante millonario, ¿cómo se atrevía? Lorraine tenía ganas de saltar al otro extremo de la mesa y agarrarlo del cuello. Candy estaba totalmente perdida, lo sabía, pero no era necesario humillarla de esa manera. La condenada propuesta de Andrew de verdad era mejor, era sólo cosa de ver las cifras y darse cuenta de que… de que… Lorraine contuvo la respiración. Rápidamente escribió una pequeña nota a Candy y se la entregó al tiempo que le pasaba otros documentos: "Déjame hablar". Candy la miró sorprendida y Lorraine le devolvió una mirada apremiante.
- Si me permite, señor Graham, me gustaría que Lorraine, mi asistente, le explicara nuestras observaciones.
- Desde luego. La oímos, señorita.
- Gracias, señor Graham. A nuestro juicio, la propuesta del señor Andrew es muy buena, pero carece de fundamento económico. Es más: está errada.
Candy miró a Lorraine con cara de espanto y Albert casi se cayó de la silla.
- ¿Pero qué está diciendo, señorita? – preguntó molesto.
- Señor Graham – continuó Lorraine, ignorando a Albert – Podría, por favor, mire la segunda página de la propuesta, bajo el apartado intereses. ¿Nota la tasa propuesta?
- Sí, un 3,5%.
- Exacto. ¿Podría, por favor, mirar al final de la página? ¿Qué cifra aparece?
- Un tres… ¡Oh, cielos! Tiene usted razón. ¡Aparece un 3,35%!
- ¡Por favor! – reclamó Albert - ¡Ese es un detalle insignificante!
- Señor Graham, si no le importa, ¿podría por favor pedirle al señor Andrew que nos deje continuar?
- Desde luego. Señor Andrew, por favor.
- Disculpe, señor Graham – dijo Albert sin ocultar su incomodidad.
- Decía que en lugar del 3,5% inicial, se indica un 3,35% Esto, que parece insignificante, tendría en realidad un impacto significativo en la recuperación de la inversión, pues ya no sería a la tasa inicial y, dada la tasa de inflación usada como referencia en la propuesta, el efecto a mediano y corto plazo sería un incremento de los…
Lorraine siguió con un complejo discurso que Candy no logró entender. Graham, en cambio, la seguía atentamente, asintiendo en cada observación de Lorraine. Albert no podía creer lo que estaba oyendo. La chica tenía razón. ¡La propuesta estaba basada en cálculos incorrectos!
- Por tal razón, señor Graham, creemos que nuestra propuesta es la mejor. Es cierto: las ganancias son bastante inferiores en el corto plazo, pero en el largo plazo, serán mayores que la propuesta Andrew que, como hemos visto, está basada en cálculos errados. Por otra parte, nuestra propuesta de cuidar el entorno sin duda tendrá un excelente impacto en la imagen de sus propias inversiones. Puede sonar a fantasías, sin duda, pero sé que usted concordará conmigo en que de pequeños sueños nacen grandes empresas. Usted mismo es un ejemplo de ello. Para nosotros será un placer aprender de su experiencia. Muchas gracias por su tiempo.
- Y creo que yo tendré mucho que aprender de sus conocimientos contables y de su pasión – remató Graham sorprendido – Realmente no había visto el pequeño gran detalle que usted señaló. Se lo agradezco. ¡Nos ha ahorrado unos cuantos cientos de miles de dólares!
- Señor Graham, es sólo un pequeño detalle, fácil de corregir. Estoy seguro de que… - intentó comentar Albert.
- Gracias, señor Andrew. Creo que está claro quién maneja mejor los números en esta mesa – Graham se puso de pie y ante la mirada incrédula de Albert, se dirigió hacia Candy.
- Señor Graham… señor Graham…
- Señorita White, – dijo el hombre extendiendo la mano hacia la rubia – será para mí un placer hacer negocios con su empresa. Me encantará ver crecer sus sueños.
- Gracias, señor Graham – dijo Candy dándole la mano con una enorme sonrisa.
- Y en el proceso, estoy seguro de que mis inversiones también se verán beneficiadas, ¿cierto? – dijo guiñándole un ojo.
- ¡Desde luego que sí! – rió Candy, encantada ante su complicidad.
- Señor Graham, comete usted un error – dijo Albert poniéndose de pie.
- Albert, por favor – rogó George, avergonzado.
- ¿De verdad piensa desperdiciar la oportunidad de trabajar con nosotros?
- No – respondió molesto Graham – No la desperdicio: la desecho. Buenos días, señor Andrew.
Albert hizo un gesto que dejaba ver su profunda frustración. Iba a decir algo, pero las palabras quedaron en el camino cuando George se puso de pie.
- Muchas gracias, señor Graham. Señorita Candice, señorita Lorraine, mis respetos por su impecable negociación. Es un placer perder ante tan excelente competencia. Muchas felicitaciones.
- Gracias a usted, George.
Albert, en cambio, sólo tomó su maletín, dio media vuelta y se dispuso a salir de ahí lo antes posible. Cuando pasó detrás de Candy, la chica le dijo divertida:
- Nada de resentimientos, ¿eh? Negocios son negocios, ¿cierto, Albert?
El derrotado millonario la fulminó con la mirada y sin siquiera despedirse, se retiró.
- Qué hombrecito tan patético – comentó Lorraine levantando una ceja, sin poder evitar que una sonrisa de satisfacción se dibujara en sus labios.
CONTINUARÁ...
¡Hola!
Muchas gracias por sus comentarios. Veo que en algunas lectoras la emoción y los nervios van en aumento :-) ¡Excelente! Lamentablemente no puedo responder la mayoría de sus comentarios, porque ustedes no tienen habilitada la opción para que les envíen mensajes, así que aprovecho este espacio para darles GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, MUUUUUUUUUUUUUCHAS GRACIAS POR SU APOYO.
Espero que este capítulo les haya gustado. Confieso que es uno de mis favoritos ;-) Tres capítulos más y Pupilas de Gato I llega a su fin. Espero contar con su lectura hasta el final.
PCR
