Capítulo 36.
Durante la semana que siguió al examen de Encantamientos, Harry rindió gran parte del resto de sus TIMOs y, en general, consideró que lo había hecho bastante bien. El martes se presentó al examen teórico de Transformaciones, después del desayuno, para el cual olvidó la definición del Hechizo Conmutador. En el examen práctico no le fue tan mal; había logrado desaparecer por completo su iguana, recordando los consejos que Claire le había dado en su primera detención de aquel curso. La pobre Hannah Abbot, en la mesa junto a la suya, cayó bajo la presión y los nervios y, de alguna forma, se las había arreglado para multiplicar su hurón en una bandada de flamencos que provocó que el examen se suspendiera por diez minutos.
El miércoles tuvo su examen de Herbología, y sin contar un pequeño mordisco de un Geranio Colmilludo, pensó que lo había hecho de forma aceptable. El jueves rindió el examen de Defensa Contra las Artes Oscuras, y Harry estuvo seguro de haber obtenido un Extraordinario. No tuvo problemas con ninguna de las preguntas escritas y sintió un especial placer, durante su examen práctico, al llevar a cabo perfectamente todos los contra-hechizos y encantamientos defensivos delante de Umbridge, quien le observaba con frialdad cerca de las puertas del vestíbulo.
- ¡Oh, bravo! - gritó el profesor Tofty, quien estaba examinando nuevamente a Harry, cuando éste demostró un perfecto Hechizo Desvanecedor de un Boggart. - ¡Muy bien hecho! Bueno, creo que esto es todo Potter... a menos que...
Se inclinó un poco hacia delante.
- He escuchado, de mi querido amigo Tiberius Ogden... ¿puedes producir un Patronus? ¿Para puntos extra...?
Harry elevó su varita, miró directamente hacia Umbridge y se la imaginó saliendo despedida.
- ¡Expecto Patronum!
Su ciervo plateado hizo erupción del extremo de su varita y galopó a lo largo del comedor. Todos los examinadores se dieron la vuelta para ver su avance y cuando se disolvió en una niebla plateada, el profesor Tofty aplaudió entusiasmado.
- ¡Excelente! – exclamó. - ¡Muy bien, Potter, puede irse!
Cuando Harry pasaba a Umbridge al lado de la puerta sus ojos se encontraron. Había una desagradable sonrisa jugueteando en su floja y ancha boca, pero no le preocupó.
El viernes, Harry y Ron tuvieron el día libre mientras Hermione daba su examen de Runas Antiguas, y como tenían el fin de semana por delante, se permitieron hacer una pausa de sus estudios. Pero su relajo solo duró hasta que su amiga regresó de su prueba, con un humor terrible que perduró todo el fin de semana. Por suerte, no fue difícil de ignorar, ya que pasaron gran parte del sábado y domingo estudiando para su examen de Pociones.
Como esperaba, Harry encontró difícil la prueba teórica de la mañana del lunes, aunque pensaba que había conseguido puntuación completa en la pregunta que le pedía describir los efectos de la Poción Multijugos, cosa que le resultó fácil tras haberla ingerido ilegalmente en su segundo año. La parte práctica fue bastante menos terrible de lo que había anticipado. Snape había estado ausente durante la prueba, por lo que Harry se mantuvo bastante tranquilo en comparación con las clases. Incluso Neville se veía feliz mientras preparaban la poción que les habían solicitado. Cuando la profesora Marchbanks les indicó que el tiempo había terminado, Harry llenó un frasco con una muestra de su preparación sintiendo que quizás no obtendría una buena nota, pero que no reprobaría.
Aquella noche se puso a repasar Cuidado de Criaturas Mágicas con mucho entusiasmo y determinación para su prueba del día siguiente, pues se había propuesto dar su mejor esfuerzo para no decepcionar a Hagrid.
El examen práctico tuvo lugar durante la tarde, sobre el césped al borde del Bosque Prohibido. Se les exigió a los estudiantes que identificaran correctamente el Knarl escondido entre una docena de erizos (el truco estaba en ofrecerles a todos leche por turnos: los Knarls, criaturas muy desconfiadas, cuyas plumas tenían muchas propiedades mágicas, generalmente perdían los estribos por lo que veían como un intento de envenenarles); luego debían demostrar el manejo correcto de un Bowtruckle, alimentar y limpiar un cangrejo de fuego sin sufrir quemaduras serias, y escoger, entre una amplia selección de comida, la dieta que le darían a un unicornio enfermo.
Hagrid miraba ansiosamente las pruebas, apartado de los estudiantes, junto a Claire, quien estaba supervisando aquellos exámenes. Cuando la examinadora de Harry, una bruja pequeña y rechoncha, le sonrió y le indicó que podía retirarse, Harry les sonrió a ambos y les hizo un gesto de aprobación con ambos pulgares antes de regresar al castillo.
- ¡Solo tres exámenes más y estaremos libres! – exclamó Parvati Patil, cuando se dirigían a la Sala Común de Gryffindor.
- ¿¡Solo!? – preguntó Hermione, gruñendo. - ¡Todavía me queda Aritmancia y probablemente es la asignatura más difícil que hay!
Nadie fue lo suficientemente tonto como para discutirle, así que Hermione tuvo que contentarse con desahogar su mal humor con un grupo de chicos de primero, a quienes regañó por reír demasiado fuerte, mientras Harry se ponía a repasar para Astronomía y Adivinación.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Claire regresó a su oficina el martes por la noche, luego de cenar tras haber supervisado los exámenes de Cuidado de Criaturas Mágicas, y se dejó caer pesadamente en su silla. Aquella semana había resultado ser tan agotadora como se la había imaginado cuando supo que tendría que preparar y supervisar los exámenes. En estricto rigor, cuando la Directora le había informado que ella y Hielsen se encargarían de aquello, había mentido descaradamente. Ella sola había tenido que preparar los exámenes teóricos y prácticos de todas las asignaturas que ya habían sido dadas, excepto los de Defensa Contra las Artes Oscuras, los cuales habían sido preparados por el Inspector y supervisados por la Directora.
La consolaba el hecho de que al día siguiente, aunque era la encargada de volver a preparar el Gran Comedor para los exámenes teóricos y prácticos de Astronomía y Adivinación, los cuales vigilaría también, Hielsen sería el encargado de supervisar el examen práctico de Astronomía, el cual tendría lugar a media noche. Hubiera sido demasiado para su gusto tener que supervisar aquella prueba y después dedicarse a vigilar los pasillos, pues le correspondía por designación de horarios. Pero podría descansar un poco antes de recorrer el castillo de noche.
Claire se estiró en su silla y miró los documentos que tenía sobre su escritorio. Le habían enviado un manuscrito revisado de un anteproyecto que un estudiante de Bioquímica aspirante a tesista había presentado para solicitar un lugar dentro del laboratorio que ella solía dirigir. Tenía que revisarlo y corregirlo si era necesario, en menos de una semana para poder reenviarlo a tiempo con sus comentarios. No era ella quien tomaba la decisión de aceptar o rechazar al aspirante, pero pedían su opinión de todas maneras.
Cansada, pero sin sueño, en realidad, se puso los lentes de lectura y leyó hasta pasada la una de la madrugada, cuando consideró que ya había hecho suficiente por aquella noche y decidió irse a la cama.
A la mañana siguiente, después del desayuno, volvió a arreglar el interior del Gran Comedor con los pupitres individuales antes de llamar a los estudiantes para su examen teórico de Astronomía. La profesora Sinistra supervisaba la prueba y el tiempo en el reloj de arena desde la mesa de profesores, mientras Claire se paseaba entre los pupitres, como lo había hecho en casi todos los exámenes teóricos ya, atenta a cualquier signo que le indicara acerca de la existencia de intentos de copiar. Hasta el momento, no habían sorprendido a nadie haciendo cualquier tipo de trampa, y esperaba que siguiera así durante los exámenes que quedaban.
La consejera pasó lentamente entre los pupitres centrales, intentando no distraer a los estudiantes. Estaba usando zapatos bajos para que sus pasos no resonaran mucho contra el piso de piedra, y miraba las cabezas de los chicos, todas bajas en dirección a sus pergaminos de preguntas. Cuando pasó junto a Harry, no pudo evitar asomarse levemente sobre él, procurando que no se notara, para leer algunas de sus respuestas, y sonrió al leer algunas palabras relacionadas efectivamente a las respuestas esperadas.
Cuando la profesora Sinistra indicó que el tiempo se había terminado, Claire retiró los pergaminos de respuestas de cada uno de los estudiantes, quienes pudieron salir finalmente y descansar un poco antes del almuerzo. Claire entregó los pergaminos a los examinadores y se retiró a su oficina para seguir con su lectura antes de almorzar.
Después de terminar de comer, fue al baño rápidamente para lavarse los dientes y refrescarse un poco antes del examen de Adivinación, que solo contaba con parte práctica. Mientras observaba a los examinados, esperando a que alguno de los examinadores se desocupara para llamar al siguiente en la lista, solo pensaba en lo mucho que deseaba que aquella prueba terminara. No era como los exámenes anteriores, en los que podía entretenerse observando el desempeño de los estudiantes al realizar los hechizos o preparar las pociones, pero ahora solo se sentaban frente a su examinador y veían dentro de las bolas de cristal o miraban las hojas de té.
Pero finalmente el último chico fue examinado y, junto a los estudiantes, Claire fue autorizada a retirarse. Fue directamente hacia su despacho y, aunque solo quiso descansar los ojos unos minutos, se quedó dormida inevitablemente.
Despertó después de una profunda siesta sin sueños; una siesta que duró casi seis horas, según verificó cuando vio su reloj de pulsera; era pasada la media noche ya. El examen práctico de Astronomía debía de ir por la mitad del tiempo ya. Se quedó sobre su cama algunos minutos más antes de ponerse de pie y acomodarse la ropa, decidiendo que aprovecharía para hacer una primera ronda por los pasillos luego de pasar por el baño para lavarse la cara.
Con la excepción de los que estaban siendo examinados en la torre de Astronomía, ningún otro estudiante estaba autorizado para estar fuera de su Sala Común a esas horas, excepto los prefectos, así que los pasillos se hallaban en completo silencio y a oscuras. La fría falta de sonido solo era interrumpida por el eco de sus pasos rebotando contra las paredes. Todo estaba tranquilo. Los habitantes de los cuadros estaban dormidos, bañados ocasionalmente por la luz plateada de la luna.
Si todo seguía así podría regresar a su despacho para trabajar en poco tiempo. Pero a veces el destino es muy caprichoso. Una luz roja intensa atravesó las ventanas, iluminando todo una fracción de segundo antes de que un sonoro BANG se escuchara, proveniente desde el exterior. Claire, sorprendida, se acercó rápidamente hacia la ventana más cercana y vio una iluminada cabaña de Hagrid, a lo lejos, donde una enorme figura oscura se agitaba entre otras más pequeñas, que le lanzaban varios chorros de luz roja.
- Oh no… - jadeó Claire, y comenzó a correr hacia la puerta.
Agudizando el oído fue capaz de escuchar, aunque sin entender lo que decían, los gritos provenientes del exterior. Hagrid gritaba, y Umbridge también. Y mientras se acercaba rápidamente a la puerta de salida escuchó otra voz, pudiendo reconocerla al instante.
- ¿¡Cómo se atreven!? – gritó la profesora McGonagall, también desde el exterior. - ¿¡Cómo se atreven!?
Claire distinguió su alta figura a través de las ventanas que pasaba; iba corriendo a través del césped hacia la cabaña de Hagrid, donde éste seguía luchando, retorciéndose y lanzando puñetazos contra las figuras que intentaban aturdirlo. La consejera dobló por una esquina y divisó la puerta abierta un poco más adelante, más allá pudo ver a McGonagall directamente, aun corriendo hacia la cabaña.
- ¡Déjenlo en paz! ¡En paz, he dicho! ¿¡Dónde creen que lo están atacando!? – gritó la profesora, cuando Claire salió del castillo, sin dejar de correr. - ¡No ha hecho nada! ¡Nada que justifique semejante…!
Y Claire abrió los ojos como platos, escuchando los gritos provenientes desde la altura en la Torre de Astronomía, cuando no menos de cuatro rayos rojos impactaron directamente contra el pecho de la profesora. Ésta pareció ser envuelta por un brillo suave, rojizo, antes de salir disparada hacia atrás y caer sobre su espalda, quedándose completamente quieta.
- ¡Minerva! – gritó Claire, sin dejar de correr hasta que llegó junto a la anciana.
Inmediatamente se agachó junto a ella y registró sus signos vitales.
- ¿Qué sucede aquí? – preguntó una voz ronca desde la entrada. Claire levantó la vista y vio a Filch observando todo.
- Vaya a buscar a Madam Pomfrey, señor Filch. – le ordenó Claire. Estaba enojada. Furiosa. - ¡Rápido!
Y el viejo celador salió corriendo hacia el interior del castillo. Claire se puso de pie, casi con elegancia, y sacó su varita antes de voltearse hacia la cabaña de Hagrid. Su furia hacía hervir su sangre, pero no por eso no podía pensar correctamente. Estaba plenamente consciente de lo que haría y de las consecuencias, pero consideró que su trabajo en Hogwarts estaba hecho. Había cumplido su promesa a Dumbledore; había enseñado a defenderse a Harry, y éste al resto de los que quisieran aprender, lo que lo había hecho mejorar mucho más. El resto era responsabilidad de él.
La joven consejera fijó sus ojos en la figura baja y redonda, oscura por el contraste con la luz que emitía la cabaña de Hagrid. Umbridge…
Hola gente! Les traje un nuevo capi :p y agrego algo más aquí abajo. Comenten qué les parece lo que está por venir cuando este fic termine.
Dejen reviews please! me ayudaría mucho saber lo que piensan.
Buenas noches a todos!
Coming soon…
Dentro del gimnasio para empleados del parque solo una persona estaba ejercitándose a esa hora de la mañana. Aquel día prometía ser algo más ocupado en comparación con uno normal, pues además de realizar su rutina diaria, debía encargarse de aquella tarea para la cual solo ella estaría más segura. Seguía siendo peligroso, si, extremadamente peligroso. Fatal si llegaba a haber un error. Pero Ellie White lo sabía y aun así lo haría, como varias veces antes. Mientras aumentaba su ritmo sobre la trotadora para los últimos cinco minutos que le quedaban a su programa de entrenamiento, repasaba mentalmente todas las medidas de seguridad que debería implementar para terminar su tarea antes de que las atracciones abrieran.
Un pitido le anunció que la rutina de trote había finalizado, y la banda de la trotadora comenzó a bajar la velocidad, obligándola a bajar el ritmo de sus pasos hasta que fue capaz de detenerse por completo sin temor a ser tirada de la máquina.
Respiraba agitadamente, y estaba sudada. No era que fuera muy apegada al deporte en general, pero mantenerse en forma era una parte esencial de su trabajo, por seguridad más que nada. En especial la condición física que le permitía correr a gran velocidad y mantenerse en eso por varios minutos; podría salvarle la vida.
Bajó de la máquina y agarró la toalla que ella misma había colgado del pasamano. También levantó la botella de bebida hidratante y le dio un gran trago al líquido mientras se secaba el sudor de la frente. Apenas eran pasadas las siete de la mañana y ya hacía calor en el lugar, como en la mayoría del año; iba a ser otro sofocante pero siempre estimulante día en el trabajo.
No era para malinterpretar; amaba su trabajo. Lo hacía desde que fuera a realizar su pasantía ahí, junto a su padre, quien fue quien se la consiguió, en primer lugar. Aprendió mucho durante aquellos meses, y gracias a eso, podía decir que era una de las pocas personas en el mundo que podía trabajar de la manera en que lo hacía. Y que, además, era la única experta en su especialidad.
Antes, su padre era el experto, hasta que aquel accidente se cobró su vida, un accidente, como recordaba mientras se daba una ducha, que ocurrió debido a un descuido mientras hacía exactamente la misma tarea que ella comenzaría a hacer en algunos minutos.
Ellie salió de la ducha y se secó y se vistió con su uniforme de trabajo. Zapatos de seguridad, pantalones cortos de tela y una camisa delgada de color gris con el logo del recinto. Era un orgullo llevar ese logo en su ropa, un honor que portaba desde hacía más de dos años, y representaba una gran responsabilidad. Se lo había ganado con trabajo duro y demostrando que era la mejor para el cargo.
Se miró en uno de los espejos, arreglando su cabello castaño en una cola de caballo, revisando su apariencia general con sus ojos cafés. Cuando estuvo satisfecha, salió de los camarines y del gimnasio, recibiendo el aire húmedo y tibio del exterior de golpe en todo el cuerpo. Había sido difícil adaptarse a aquellas condiciones ambientales, pero ya lo toleraba bastante bien. Sabía que nunca terminaría por acostumbrarse totalmente a la humedad constante, pero ya no era tan molesto como en un principio.
Caminó a través de los caminos extendidos principalmente para los turistas, que aún no despertaban ni abandonaban sus habitaciones de hotel, pues las atracciones continuarían cerradas hasta por lo menos las ocho de la mañana, en su mayoría. Ella misma estaría trabajando en una que permanecería cerrada hasta las nueve y media. Llegó finalmente a la entrada del personal del Corral 9. Colocó su dedo índice en el lector de huellas digitales junto a la puerta e ingresó la contraseña de seis dígitos en el panel junto a éste para abrir la puerta, y entró en el recinto.
Lo primero que vio después de cerrar la puerta detrás de ella fue al enorme depredador a través de las enormes ventanas de grueso vidrio blindado, casi como si supiera lo que le esperaba aquella mañana; estaba parada en el punto exacto en el que sería requerida, en donde podría alimentarse.
Ostentando sus cinco metros de altura, el Tyrannosaurus Rex, o Rexie, como gustaba de llamarla, esperaba casi con alarmante paciencia a que su alimento se le proporcionara, caminando lentamente, haciendo temblar el piso de concreto, pero manteniéndose siempre dentro de un radio pequeño dentro de su territorio cerrado. Ellie White, una de las veterinarias de Jurassic World, experta en la trata con el enorme depredador, estaría a cargo de darle un baño aquella mañana, como hacía cada dos meses, para evitar que las garrapatas y otros parásitos se le pegaran a la piel.
Era, posiblemente, el trabajo dentro de su profesión más peligroso en todo el mundo… que le había arrebatado la vida a su padre… pero ella, aun así, adoraba a aquel enorme animal.
