Kyra POV
El hombre extraño vestido elegantemente siguió merodeando por estas calles, siempre preguntando por Francisco. No había nadie que no conociera a Francisco, aunque nadie recordaba su nombre. Y tampoco queríamos que Francisco tuviera algo que ver con ese hombre… Por alguna razón no nos agradaba. Y Francisco pensaba lo mismo, por lo que se la pasaba ocultándose de ese hombre cada vez que venía. Si es que el extraño estaba muy cerca, Francisco se iba prácticamente volando.
Aún pensábamos que era una mala idea acercarse al extraño, pero eso no significaba que no nos aburriéramos de escondernos. Nosotros ya vivíamos escondidos desde siempre, pero no era lo mismo, ya que nosotros sabíamos a quién buscaba el extraño, y Francisco se la pasaba mucho tiempo en el Callejón de los Huérfanos con nosotros. Si nos descubrían, lo descubrían a él –No me da buena espina ese señor…
Francisco opinaba lo mismo aunque ya estaba tan cansado como todos nosotros de ocultarse –Creo que sería mejor ir a hablarle, ya me cansé de estar ocultándome– dijo decidido y se dirigió hacia la entrada del callejón.
-¡Francisco! ¡¿Pero qué estás…?!
-No sabremos qué quiere ese señor hasta que le preguntemos qué sucede.
Audaz, y sin temor, el anciano siguió avanzando, moviendo su mano, mostrando el dolor que sentía por su artrosis. Pobrecito, no quería admitirlo pero cada vez estaba peor, y nosotros no podíamos hacer nada para evitarlo… Aún. Pero haríamos todo lo posible para que Francisco se mejorara.
Yo preferí quedarme escondida pero igual me acerqué sigilosamente para escuchar bien. Todos los demás niños estaban cuchicheando así que tuve que callarlos –¡Shh! Escuchemos qué sucede.
La escena fue en un principio rápida, Francisco llamó al señor para que se detuviera. Podíamos escuchar cómo Francisco se presentaba, y cómo el señor del traje elegante se sorprendía al haber encontrado por fin a la persona que buscaba. Pero algo en su cara me decía que él no esperaba encontrarse con un millonario, aunque tampoco con un vagabundo.
Poco a poco empezaron a disminuir el volumen de la voz y no pudimos escuchar nada, sólo ver. Francisco escuchaba con atención, escéptico y esperanzado a la vez, mientras el desconocido le hablaba. Parecían muy preocupados de que nadie los estuviera escuchando, ¿pero por qué? ¿Tenían algo que ocultarnos? Aunque de repente el hombre desconocido dejó de hablar en voz baja y pudimos oír qué decía –Entonces, tendría que venir a verlo…
-Pues, ¿y por qué no puede venir? –Preguntó intrigado.
-Lo que sucede es que su estado de salud es muy delicado… Pero no se preocupe, no se encuentra grave. Sólo es que tiene una salud delicada.
Pero ante el resto de la conversación los dos estuvieron hablando demasiado despacio para entender. Finalmente, el desconocido buscó algo de su maletín, un pedazo de papel. Se lo dio a Francisco y se fue. Mientras tanto, Francisco volvió a entrar en el callejón.
-Vaya, qué pequeño es el mundo.
-¿Qué sucedió?
Francisco nos mostró el papel que el hombre le había dado. Era una tarjeta, pequeña, blanca, adornada con un bonito marco dorado y letras del mismo color que decía: Dr. Javier Santos, neurólogo.
-¿Ese señor era tu hermano? –Pregunté, sin poder creer lo que estaba sucediendo.
-No, yo no conozco al hombre que me estaba buscando. Pero ese señor trabaja para mi hermano, y quiere que lo vaya a visitar –respondió tomando la tarjeta, para doblarla y guardarla en un bolsillo–. Dice que está enfermo y quiere verme de nuevo… Pero no lo sé. Tal vez no debería ir, ahora que lo pienso.
Se sentó, derrotado, enojado consigo mismo. Yo sabía lo que Francisco estaba sintiendo, pero eso no significaba que yo estuviera de acuerdo. Conociendo al anciano, sabía que a él le daba vergüenza que su hermano lo viera como estaba, por la historia que me había contado. Y tal vez Francisco había hecho mal en convertirse en un vago, pero ésa no era razón para perder la oportunidad de reencontrarse con su hermano. Se notaba que Francisco había deseado una ocasión así desde hacía mucho tiempo, aunque ahora dudaba.
-Creo que no debería ir. Se avergonzaría de mí, por como estoy ahora –dijo suspirando, triste.
-Pues, vagabundo o no, vas a ir a ver a tu hermano –reclamé con un gesto maternal.
Patrick POV
El momento simplemente era perfecto. La misteriosa neblina que podía verse entrar a la habitación por la ventana abierta, la habitación bien asegurada con el cerrojo, el húmedo cabello de Melly en mi cara, empapando la almohada…
Podría haberme quedado ahí para siempre sin aburrirme nunca. Ahí los dos, juntos. Aunque, jamás se podía tener una paz absoluta, ya que hacía un buen rato que Sasha estaba tocando la puerta para entrar, pero ni Melly ni yo estábamos interesados en que arruinara el momento.
-Por favor, chicos, quiero entrar. No me hagan ir a buscar la llave –se escuchó su voz a través de la puerta, aburrida de estar esperando.
-Cinco minutos más, señora estricta –dijo Melly divertida, con su rostro pegado al mío.
-Por favor –agregué.
Nunca supe cuánto tiempo nos quedamos así, pero sólo sabía que el tiempo pasó muy rápido, y que deseé que jamás hubiera acabado. Pero cuando busqué a tientas la cinta que mantenía cerrada la bata de baño de Melly, ella se apartó de mí.
-Esto está mal. Seguimos pensando diferente, yo aún creo que hay que vengarnos. Y sé que tú piensas diferente.
No quería volver a pelear con Melly, menos en ese momento. ¿Pero qué iba a hacer? No iba a dar mi brazo a torcer. No en algo tan importante y arriesgado, en donde Melly se veía en peligro si es que decidía continuar con esa estupidez de venganza.
Si nos alejáramos del séquito de Chester y Sophie, todo sería más fácil. Si es que Melly volviera a vivir en el refugio para no tener que tener contacto ni si quiera con Sasha, no tendríamos porqué preocuparnos de cosas absurdas e innecesarias. Pero si Melly insistía en darle su merecido a Sophie, nunca podríamos tener paz. Pero al menos en ese momento no quería discutir del tema.
-Melly, no pensemos en eso ahora…
-Tenemos que pensarlo ahora. Piénsalo, ésta reconciliación es falsa. Tarde o temprano volveremos a discutir por lo mismo.
-Okay, tienes razón. Pero entiende, lo que estás haciendo es muy peligroso. Sólo no quiero que te hagan daño.
Pero al decir eso, Melly se tensó y se apartó aún más de mí, molesta –¿Es que crees que no podemos hacerlo? Maca me está ayudando, ella me apoya. ¿Encuentras que soy débil? ¿Qué Sophie es demasiado fuerte?
Intentando tranquilizarla, le inmovilicé los brazos con suavidad –No es eso, lo sabes. Es sólo que no quiero que te hagan daño, estás jugando con fuego. Sabes muy bien que lo que haces es peligroso… Pero confío en ti.
Al menos por ese día, la lucha había terminado. Seguramente Melly y yo volveríamos a discutir dentro de poco, era inevitable no pelear con ella. Y eso no me gustaba, pero qué otra cosa se le podía hacer, mientras Melly no se diera cuenta en el problema que se estaba metiendo, todo sería muy complicado.
-No más peleas –imploró.
-No más peleas –aunque eso era una total mentira, pero no tenía por qué pensar en eso al menos por ese instante. Para relajarme y distraerme, busqué con la boca el cuello de Melly. Pero de pronto se escuchó un pequeño ruido, un golpe de metales pequeños sonando al otro lado de la habitación, eran las llaves de la puerta.
-¡Pero qué sucede…! –Grito el papá de Sasha mientras entraba, sin entender la situación.
-Lo siento, chicos –dijo Sasha apareciendo, avergonzada, detrás de su padre–, pero ésta sigue siendo mi casa y tienen que obedecer ciertas reglas.
-No te preocupes Sasha, era lo que tenías que hacer. Estabas en todo tu derecho –dijo Melly cabizbaja, arrepentida por haber ignorado a Sasha cuando estaba llamando a la puerta. Después, Melly se dirigió hacia la figura molesta que echaba humos por las orejas–. Tío, lo lamento, es mi culpa. Yo lo puedo explicar…
Pero el hombre no quería entender razones, y tenía motivos, claramente. Intenté disculparme, aunque con los gritos del tío no era precisamente fácil expresarme. Aunque en la conversación de gritos que tenía el tío con todos nosotros pude entender que el perro lo había regalado justo para evitar eventos como éste.
-Tranquilícese tío –dije intentando hacerme escuchar–. Acá yo tengo la culpa, lo siento. Le prometo que no va a volver a ocurrir.
-¡Obviamente que no va a volver a ocurrir! ¡Partiste, largo de mi casa! –Gritó eufórico y volví a desaparecer por la ventana, huyendo del perro, y yéndome finalmente, derrotado. Aunque no perdí la oportunidad de lanzar un insolente beso al aire, dirigido hacia la ventana donde estaba Melly.
